Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Pobrecito el flaquito”

Ítalo Costa Gómez

 

 

Hace poco leí que la puntualidad no solo consiste en saber llegar a la hora sino también en retirarse a tiempo… en pegar la vuelta en buen momento. Creo que uno aprende a manejar eso con los años. En mi caso mis visitas suelen ser de médico. Me quedo dos horas máximo contigo y luego tengo que ir a otro lugar (a menos que se haya establecido que me quedo a dormir en tu casa). Siempre estoy de un lugar para el otro.

[Un ratito aquí. Un ratito allá. Un ratito. Un mo-mo-momentito]

A mi mamá nunca le gustó recibir visitas en casa mientras que mi papá siempre fue un hombre muy amoroso con los “forasteros”. Siempre mi vida ha jugado en los extremos, desde que era chiquitito.

Como siempre me he parecido más a mi madre pues le herede la vaina. Es extrañísimo que yo haga reuniones en mi casa por lo enamorado que estoy del silencio exquisito que disfruto en ese espacio después de pasar el día entero hablando. Yo soy una fiesta todo el tiempo y cuando estoy en mi hogar necesito, por un tema de salud físico y espiritual, desconectarme de todo y mantenerme callado. Por tanto, si te invito a compartir algo conmigo será en algún local, en la calle o seré yo el invitado breve en tus aposentos.

Como mi vida es una comedia romántica (más comedia, obviamente, Jim Carrie y su Máscara son unos gafos a mi lado) tuve que aprender esto de la retirada oportuna de manera jacarandosa.

Cuenta la historia que habíamos formado un grupo bonito en la universidad donde nos juntábamos un máximo de ocho pendejos con ganas de aprender a informar. Jóvenes con ínfulas de comunicadores del mañana que se tenían camote. Siempre nos íbamos a beber, a leer al Centro de Lima textos viejísimos que nadie conocía, a beber, a cantar a la Residencia San Felipe canciones de Sabina, a beber, a enamorarnos y odiarnos en la misma semana compartiendo nuestras anécdotas y nuestras papitas Lays, a copiarnos la tarea del nerd y a beber.

Jóvenes, bellos y felices.

La cosa es que vivíamos todos muy lejos unos de otros y eran tiempos en que los veinte soles que teníamos – con suerte – tenían que alcanzar para movilizarnos, comer, la chancha del trago, los pasajes… en fin, para todo. Entonces se habían establecido los “Hogares bausatinos para el estudiante desprotegido” donde nos alojaban cuando la noche caía y el taxi cobraba demasiado. Tirabas tu bolsa de dormir en el piso y buenas noches los pastores.

Muy buenas noches, hasta mañana, que descansen y que duerman bien. Karina y Timoteo se van a la cama y tú también.

Como el chalaco era yo – sigo siendo yo – (en realidad no nací en el Callao pero me adoptó a los trece años para mi buena fortuna) siempre era el que estaba más alejado que todos y además era de los más impetuosos del grupo, de los que nunca querían irse y eso hizo que me alojara en una de esas “casas para el estudiantes homeless” un poquito demasiado. Compraba comida, llevaba mi traguito, mis cigarros, todo… de conchudito nada pero me donaban el techo. Me parecía justo.

Ya había decidido partir antes que caiga la tercera noche. Había llegado la mañanita del día tres en la casa de Pablo me fui a tomar café a la cocina y ésta tenía un escape de ventilación que daba al primer piso donde estaba la cochera y escuché claramente a la mamá de Pablito – que nunca me clavó el clavito, valga la aclaración – decir:

– Tus amigos se ven buenas personas… el flaquito es bien gracioso. Es el que más se queda, ¿no? Es bien bueno, pero… ¿cuándo se va a ir a su casa?, ¿tendrá problemas con sus papás? Pobrecito, mejor no le digas nada.

¿Me acababa de llamar pobrecito la señora? Ah no carajo, antes muerto que sencillo y también primero muerto antes que pobrecito, cariño. Acá el único que puede decirme pobrecito soy yo y el que me atiende en la ventantilla del BCP de la Punta cuando voy a retirar mi sueldo. Nadie más.

Compré todo para dejarles de almorzar. Compré fruta, verduras, todo. Me tiré los cobres que me alumbraban para la semana entera (qué coño me importa) y dejé una notita:

Coman rico, perdonen que no cocine pero cocino feo. Yo no he nacido para esas tareas domésticas. Gracias por el cariño en mí no tan breve visita. Los adoro como la vaca al toro. Me verán volver, Ítalo”.

No sé si la doña habrá cambiado su percepción sobre mí pero al menos me sentí digno. Más tranquilo con mi conciencia.

Así fue, pequeños irreverentes dementes, que aprendí eso de que la visita y el pescado al tercer día huelen feito.

Olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pego la vuelta.

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