El dios encadenado: “Memorias de Dios” de Giovanni Papini

Carlos E. Luján Andrade

 

 

Dios se manifiesta ante nosotros y no a través del que dicen que fue su hijo. No, él nos dice en este libro que él jamás envió a nadie como su emisario, y que solo lo que conocen de él es por las leyendas que han sido creadas por los hombres y es necesario que la humanidad sepa de él a través de un escritor que como todos, las más de las veces, “no tiene qué decir y si dice de veras lo que ve, disgusta a los hombres”.

Papini hace hablar a Dios, explicar el porqué de la creación de los hombres, del mundo y del resultado de su moral. Reprende, reflexiona y se lamenta, enseñándonos a un ser supremo melancólico, la desesperada tristeza de quien se ve condenado a sus propias debilidades producto del hastío de su perfección. Nos reprende por mal interpretarlo y ¿cómo comprenderlo? si el ser humano es pequeño y nos dice que: “(nuestros) conceptos no encajan y para sugerir algo no sabéis sino daros vuelta del revés y atribuirme todo lo que no poseéis –es decir, todo lo que deseáis. Y yo soy también eso, pero todavía soy más (…) soy también esas cosas, que son más, mucho más de las que podéis imaginar”. Él increpa: “soy lo que vosotros no sois, yo soy lo que no conocéis” y que encallamos en nuestro lenguaje imperfecto y hasta tan limitado para expresar las necesidades humanas. Y no nos ama, desmiente ese afecto bíblico para solamente darnos la compasión, él nos dio la capacidad de amar pero no es capaz de hacerlo.

Su lamento se inicia en no tener un origen, donde no hay espacio para el escape que al menos gozamos los hombres con la muerte, y que la creación no es “una donación imperial generosamente otorgada a pigmeos sin derechos” sino que el mundo es producto de su pecado porque para él, la creación es rebajamiento, un ser perfecto que al momento de crear lo vuelve imperfecto, su caída, teniendo que contemplar su error sin obtener ninguna liberación.

Vemos en el Dios de Papini a un creador que tiene el peso de la perfección, sin un borrador que pueda desaparecer el error. El autor manifiesta en el presente libro que el ser humano no es el producto del amor de Dios, sino es un ser al libre albedrío que hace de su propia causa una creencia que por supuesto nadie puede cuestionar. Nos muestra un Dios que tiene verbo y que reniega de la filosofía humana y de su religión, explicando el origen del mal como un bien incomprendido, donde somos el experimento de un creador antojadizo, víctimas por siempre y que no sufre por nosotros porque nos creó así: “infelices, malos y melancólicos”, la contradicción viviente.

Este Dios imaginado nos anticipa que andamos por el camino incorrecto y que debemos vivir renunciando a las alegrías, a ya no buscar el equilibrio pues: “solo los que no quisieron gozar y que se negaron a todas las alegrías están a mi lado – pero la mayoría de vosotros, interesados y miedosos, se negaron a todos los males, quisieron esquivar todo padecimiento, y para huir de ellos, antes consintieron en embrutecerse y todas sus acciones se señalaron por la esperanza de lo útil y de la alegría.” Es el testimonio de un liberador, aquel que nos deja la puerta abierta de la herrumbrosa jaula en la que nos mantuvo cautivos el cristianismo por tantos siglos.

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