Con distinta piel (I)

Dylan Thomas

 

 

 

 

1. Un hermoso comienzo

1

Aquella madrugada de enero de 1933, sólo una persona estaba despierta en la manzana, y era la más silenciosa. Llamémosle Samuel Bennett. Tenía puesto un sombrero de fieltro que había estado tirado junto a su cama, por si los dos ladrones, un hombre y una mujer, volvían a buscar la maleta que se habían olvidado.

Con un pijama estrecho que le apretaba debajo de los brazos y se había roto entre las piernas, bajó descalzo la escalera y abrió la puerta del comedor pequeño de la casa de sus padres, que tenía seis habitaciones. El cuarto olía fuertemente al tabaco de la última pipa que fumara su padre antes de acostarse. Las ventanas estaban bien cerradas y las cortinas corridas; la puerta trasera con cerrojo; la noche ladrona no podía entrar por ningún lado. Primero escudriñó, inquieto, los conocidos y tenebrosos rincones, como si temiera que la familia estuviera sentada en silencio en la oscuridad; después encendió el gas con la vela. Aún sentía los ojos pesados, después de soñar con intocables mujeres de la ciudad, pero alcanzó a ver que Tinker, el pomerania con cara de tía, dormía delante del fuego consumido, y que el reloj de la repisa de la chimenea, entre los dos piafantes caballos imitación ébano, marcaba las dos menos cinco. Se detuvo en silencio y escuchó los ruidos de la casa: no había nada que temer. Arriba, la familia respiraba y roncaba tranquilamente. Oyó a su hermana que dormía en su cuarto bajo retratos autografiados de actores de teatro, y envidiables fotografías de boda de amigas. En el dormitorio más grande, dominando el terreno que llamaban «atrás», su padre revisaba en sueños las facturas del mes y su madre barría y lustraba un bosque de cocinas. Cerró la puerta: ahora no había nadie que pudiera molestarlo.

Pero los ruidos de la oscura madrugada (a no ser por ellos muerta o dormida), el íntimo respirar de sus tres parientes invisibles, el ruidoso perro viejo, podían despertar a los vecinos. Y el barboteante pico de gas, a esta hora podía llamar, respecto a su presencia en el comedorcito, la atención de mistress Probert, la vecina, disfrazada como una cabra con camisón, corneando el aire con los ganchos de sus rulos; o a su elegante hijo, el empleado, con una cadena de reloj tatuada a lo ancho de su creciente panza; o al pensionista tuberculoso, con su atildado paraguas y su palangana en la mano. La marca regular de la respiración familiar podía golpear contra la pared de la casa del otro lado, y hacer salir a los Baxter. Bajó la llama del gas y se detuvo un minuto junto al reloj, escuchando el sueño, imaginando a mistress Baxter que bajaba desnuda de su cama de viuda, con una banda de luto alrededor del muslo.

Pronto desapareció la imagen; mistress Baxter regresó, contrita, al nidal debajo de las sábanas, y los objetos reales de la habitación reaparecieron lentamente a medida que perdía el temor a que los extraños de arriba, a quienes conocía desde que alcanzaba a recordar, se despertaran y bajaran armados de atizadores y palmatorias.

Primero, había la larga tira de instantáneas de su madre, apoyada contra el florero de vidrio tallado, debajo de la ventana. Un profesional, escondido bajo el negro paño del pajarito, la había sorprendido mientras caminaba por Chapel Street, en diciembre, y había revelado las fotos mientras ella aguardaba mirando los termos y los artículos de fumador en el escaparate más próximo, gritando «Buenos días» de una acera a otra a las transeúntes conocidas, con vestidos de matrona y sombreros como macetas o bacinillas sobre las ondulaciones permanentes. Allí estaba, caminando calle abajo junto a los zócalos de los escaparates, paso a paso, sólida, segura, confiada, concentrada en sus diligencias, aferrando su bolsa, haciéndose a un lado al pasar junto a las mujeres comunes, ciegas y torpes bajo la pila de provisiones para una semana, espiándose en los espejos de las puertas de las tiendas de muebles.

—Su fotografía está lista.

Inmortalizada en ese momento, andará eternamente de compras entre el florero de vidrio tallado con flores artificiales y la caja con horquillas, botones, tornillos, paquetes vacíos de champú, carretes de algodón, papel atrapamoscas, figuritas de cigarrillos. Casi a las dos de la mañana, apretaba el paso por Chapel Street, contra un telón de fondo de bombines e impermeables que iban hacia el otro lado, paraguas que se alzaban a las primeras gotas de lluvia de un mes atrás, rostros ciegos de gente que siempre sería extraña, a medio revelar detrás de ellas, y las sombras del barrio comercial de la ciudad extensa y sumergida. Podía oír sus tacones golpeteando sobre los rieles del tranvía. Podía ver, bajo el pañuelo de seda de tono pastel, el distintivo redondo de la Sociedad de mistress Rosser, y el camafeo de la abuela sobre el escote del pullover color trébol.

El reloj dio las dos. Samuel extendió la mano y cogió la tira de instantáneas. Después la hizo pedazos. Toda la cabeza muerta y confiada quedó entera en uno de los pedazos, y la rasgó a través de las mejillas, y luego desde la papada a los ojos.

El pomerania gruñó en sueños y mostró sus dientecitos.

—Quieto, Tinker. Duerme, muchacho.

Metió los pedazos en el bolsillo del pijama.

Después venía la fotografía enmarcada de su hermana, junto al reloj. La destrozó de un solo movimiento y, al rasgarse su sonrisa estereotipada y derrumbarse su cabeza peinada a lo chico, hecha ahora una bola de papel, cayeron la Escuela de Señoritas y las sonrientes potrancas de largas patas con bombachos negros y moños; las muchachas con piernas de jugador de hockey que se reían detrás de las manos cuando salían corriendo por los portones y él pasaba, también fueron a parar, rotas y arruinadas, dentro de su bolsillo; desaparecieron en el porche, y quedaron hechas pedazos sobre su corazón. Stanley Road, donde estaba la Escuela de Señoritas, nunca volvería a conocerlo. Allá vas tú, Peggy, susurró a su hermana, con todas las piernas largas y los bailes de las Jóvenes Liberales y los muchachos que traías a cenar los domingos, y Lionel, al que besaste en el porche. Cuando yo tenía once años y tú dieciocho, te oí, desde mi dormitorio, tocar la Canción del Desierto. La gente andaba abajo por todas partes.

La mayoría de los deberes de historia, sobre la mesa, ya estaba marcada y condenada por la escritura violeta de su padre. Con un pedazo de carbón del fuego apagado, Samuel volvió a marcarla, restregando con fuerza el carbón sobre las cuidadosas correcciones, dibujando piernas y pechos en los márgenes, borroneando los números y los nombres de las divisiones. La Historia es un montón de mentiras. Tomad por ejemplo a la reina Isabel. Vamos, tomad a Alice Phillips, tomadla y metedla entre las matas. Tomad al viejo Bennett y dadle de latigazos por los corredores, llenadle la boca de fechas, meted su cuello almidonado en su tinta de corregir y hundidle los dientes a martillazos en su cabeza relamida, pelada y aburrida, con su regla de golpear nudillos. Haced girar a míster Nicholson en su planetario hasta que se le caiga la cola. Contadle a míster Parsons que habéis visto a su mujer saliendo de La Brújula a hombros de un marinero borracho, escondiendo peniques en la liga. Es tan cierto como la Historia.

En la última hoja firmó con su nombre varias veces bajo un monigote gigantesco con tres piernas. Sobre la hoja de arriba no escribió nada. A primera vista no había señales de interferencia. Después arrojó el carbón en la chimenea. Se levantó una nube de polvo, que luego se depositó sobre el lomo del pomerania.

Oh, si ahora pudiera gritar al techo, al círculo oscuro que trazaba el gas, a las grietas y las líneas que siempre le habían parecido los mismos rostros y figuras, hombres barbudos persiguiendo a un animal por el filo de una montaña, una mujer arrodillada con caras en las rodillas:

—Venid y mirad a Samuel Bennett destrozando la casa de sus padres en Mortimer Street, Stanley’s Grove; nunca le permitirán regresar. Mistress Baxter, espíe un poquito por debajo de las sábanas frías; míster Baxter, que trabajaba en la Oficina de Seguros del Puerto, tampoco puede regresar. Mistress Probert Chestnuts, tu chivo se ha ido, dejando un espacio lleno de pelos en la cama; míster Bell, el pensionista, tose toda la noche bajo su paraguas; su hijo no puede dormir, está contando sus medias de caballero, de a tres libras, once chelines y tres peniques y medio, que saltan sobre las frazadas revueltas. En voz baja, para sí, Samuel gritó:
—Venga y mire cómo destruyo la evidencia, mistress Rosser; espíeme, por debajo de su redecilla para el cabello. He visto su sombra contra la persiana mientras se desnudaba; la observaba desde el farol de la calle, junto a la lechería; desapareció como bajo una carpa, y volvió a salir delgada, jorobada y negra. Soy el único tipo en Stanley’s Grove que sabe que usted es una mujer negra con joroba. Míster Rosser se casó con un camello; todos se vuelven locos y malos en su encierro cuando bajan las persianas; venga y mire cómo rompo la porcelana sin hacer ruido, de modo que no pueda regresar nunca.
—Shh —se dijo a sí mismo— te conozco.

Abrió la puerta del armario de la porcelana. Los mejores platos relucían en fila, un sauce junto a un castillo cubierto de hiedra, canastas de sólidas flores sobre textos adornados con frutas. En un estante se apilaban las soperas, en otro las ensaladeras, los tazones para lavar las manos, las bandejitas para tostadas que decían Porthcawl y Bebé, los platitos para bizcochos, la taza con bigotera, herencia de la familia. El servicio de té para la tarde era quebradizo como una galleta y tenía bordes de oro. Hizo chocar dos platillos, y el pico curvo como un cuerno de la tetera se desprendió en su mano. En cinco minutos había roto todo el juego. Que salgan todas las hijas de Mortimer Street y me vean, susurró en la despensa cerrada: las muchachitas pálidas que ayudan en la casa, que caminan haciendo cálculos por la calle rumbo a los negocios bien olientes, y ondulan su cabello duro y seco en sus cuartos, arriba; la sangre les corre por dentro como sal. Y espero que las muchachas de las oficinas golpeen a la puerta con las romas puntas de sus dedos y tecleen Señor o Señora sobre el vidrio del porche, las nenas brillantes y despiertas que nunca van demasiado lejos. Se las puede oír en el callejón, detrás de la oficina de correos, si uno pasa de puntillas, diciendo: «Así dijo, y yo dije y él dijo y Oh, sí, dije», mientras las voces masculinas asienten. Traedlas aquí desde Stanley’s Grove; yo sé que están durmiendo bajo las sábanas, llenas hasta el borde de deseos. Beryl Gee se casa con la Cámara de Comercio en una iglesia de sal y pimienta. Señora del señor Intendente, Madame Sombrero Echado Atrás, Lady Canapé, estoy rompiendo soperas en el aparador, debajo de las escaleras.

Una tapa se le cayó de la mano y se estrelló en el suelo.

Esperó oír el ruido de su madre al levantarse. Nadie se movió arriba.

—Fue Tinker —dijo en voz alta, pero el áspero sonido de su voz le hizo guardar silencio. Sus dedos se quedaron tan helados y entumecidos que supo que no podría alzar otro plato sin romperlo—. ¿Qué estás haciendo? —se dijo por fin con voz fría, desafinada—. Deja tranquila a la calle. Déjala dormir.

Después cerró la puerta de la despensa.

—¿Qué estás haciendo, deliras?

Ni siquiera el perro se había despertado.

—Delirando —dijo.

Ahora tenía que apurarse. El accidente del aparador le había hecho temblar tanto que apenas pudo romper las facturas que encontró en un cajón del trinchante y desparramarlas debajo del sofá. La labor de punto de su hermana era demasiado difícil de destruir. Los mantelitos y los cubreteteras eran duros como goma. Los rasgó lo mejor que pudo, y los encajó dentro del tubo de la chimenea.

—¡Son cosas tan pequeñas! —dijo—. Debería romper las ventanas y rellenar los almohadones con vidrio. —Vio su cara redonda y suave en el espejo, debajo de Mona Lisa—. Pero no lo harás —se dijo, volviéndose—, tienes miedo al ruido. —Volvió a mirar su imagen—. Tienes miedo de que ella se corte las manos.

Quemó el borde de la sombrilla de su madre en el pico del gas, y sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas y goteaban por el cuello de su pijama.

Incluso en el primer instante de culpa y de vergüenza, se acordó de sacar la lengua para probar el gusto de las lágrimas. Todavía llorando, se dijo:

—Es sal. Verdadera sal. Como en mis poemas.

Subió la escalera en la oscuridad, temblándole la vela; pasó junto al cuarto de su hermana, entró en el suyo y lo cerró con llave por dentro. Extendió las manos y tocó las paredes y la cama. Buenos días y adiós, mistress Baxter. Su ventana, frente al dormitorio de ella, estaba abierta ante la madrugada sin viento y sin estrellas, pero no llegaba a oírla respirar ni dormir. Todas las casas estaban silenciosas. La calle era una tumba cerrada. Los Rosser y los Probert y los Bennett estaban callados y tranquilos, en la profundidad de sus silencios separados. Su cabeza tocó la almohada, pero sabía que no podía volver a dormir. Sus ojos se cerraron.

Venid a mis brazos, ya que no dormiré, muchachas dormidas en todas partes, en las buhardillas y los cuartos de huéspedes de las casas rojas y cuadradas con ventanas saledizas que miran a los árboles, detrás de las verjas. Conozco vuestros cuartos como las palmas de mis manos, como vuestras nucas en el cine, cuando se apoyan en el hombro del vecino. No volveré a dormir. Mañana, hoy, me voy en el tren de las 7:15, con diez libras y una valija nueva. Apoyad vuestros ganchitos para rulos en mi almohada, el despertador os avisará a las seis y media para que corráis a levantar las persianas y a encender los fuegos antes que bajen los demás. Venid pronto, la casa de los Bennett se derrite. Os oigo respirar, oigo a mistress Baxter dándose vuelta en sueños. ¡Oh, los lecheros se están despertando!

Se durmió con el sombrero puesto y las manos apretadas.

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2

La familia despertó antes de las seis. Los oyó, desde un profundo medio sueño, afanándose en el rellano. Estarían en ropas de dormir, con los ojos abotagados y el cabello revuelto. Peggy tal vez se habría puesto un poco de colorete en las mejillas. La familia entraba y salía del cuarto de baño, sin detenerse a lavarse, chocaban unos con otros en el estrecho rellano superior de la escalera, mientras regañaban y hacían ruido para despertar. Se dejó hundir a mayor profundidad, hasta que las olas volvieron a romper alrededor de su cabeza, y las luces de una ciudad giraron brillantes entre los ojos de las mujeres que caminaban en su último sueño. Desde la ondulada distancia oyó a su padre gritar, como un hombre parado en una costa opuesta:

—¿Has guardado la bolsa de las esponjas, Hilda?
—Claro que la he guardado —respondió ella desde la cocina.

Que no mire en el armario de la porcelana, rezó Samuel entre las mujeres que caminaban como faroles. Nunca usa la porcelana buena para el desayuno.

—Está bien, está bien, sólo quería preguntarlo.
—¿Dónde está su cepillo nuevo para el cabello?
—Bueno, no me grites así, me aturdes. Aquí está. ¿Cómo quieres que te lo dé si estás en la cocina? Es el cepillo con sus iniciales: S. B.
—Ya sé cuáles son sus iniciales.
—Mamá, ¿te parece que necesita todos estos chalecos? Ya sabes que nunca los usa.
—Estamos en enero, Peggy.
—Ya sabe que es enero, Hilda. No tienes por qué contárselo a los vecinos. ¿No hueles a quemado?
—Es la sombrilla de mamá —dijo Samuel en el dormitorio cerrado.

Se vistió y bajó. El gas del comedor pequeño estaba encendido otra vez. Su madre le estaba hirviendo un huevo en el fogón de gas.

—Nosotros tomaremos el desayuno luego. No debes perder el tren —dijo—. ¿Has dormido bien?
—No hubo ladrones anoche, Sam —dijo su padre.

La madre sirvió el huevo.

—No hay por qué esperarlos todas las noches.

Peggy y su padre se sentaron frente a la chimenea vacía.

—¿Qué es lo primero que harás cuando llegues, Sam? —preguntó Peggy.
—Se buscará una buena habitación, naturalmente, no demasiado céntrica. Y que no tenga una casera irlandesa. —La madre le cepilló el cuello mientras él comía—. Búscate en seguida alojamiento; eso es lo importante.
—Lo buscaré.
—No te olvides de revisar bajo el empapelado, para ver si hay chinches.
—Basta, Peggy. Sam sabe cuándo un lugar está limpio.

Se vio golpeando a la puerta de una pensión, en el mismo centro de la ciudad; una irlandesa aparecía a la puerta.

—Buenos días, señora. ¿Tiene alguna habitación barata?
—Siendo para ti, hijito, más barata que la luz del sol.

La mujer no podía tener más de veintiún años.

—¿Hay chinches?
—Las paredes están llenas, gracias a Dios.
—Entonces la tomo.
—Yo sabré lo que hago —le dijo a su madre.
—El auto de Jenkins no ha llegado todavía —dijo Peggy—. A lo mejor ha tenido pinchazo.

Si no viene pronto, lo verán todo. Me cortaré el cuello con un pedazo de porcelana.

—Acuérdate de visitar a mistress Chapman. Dales saludos de nuestra parte.
—La veré, mañana, mamá.

Afuera paró el taxi. En toda la manzana, se habrían levantado las persianas de los dormitorios.

—Aquí está tu cartera. No la pongas en el bolsillo del pañuelo. Nunca se sabe cuándo va a ser necesario sonarse la nariz.
—Desparramarías tu fortuna —dijo Peggy, y lo besó en la frente.

Acordarme de limpiarme en el taxi.

—Estás besando al director del Times —sonrió su madre.
—Bueno, no tanto, Sam. Todavía no, ¿eh? —dijo su padre—. Los escalones son muchos y… —y después miró hacia otra parte.
—Escríbenos mañana a primera hora. Envíanos noticias.
—Y vosotros mandadme noticias a mí también. El señor Jenkins está haciendo sonar la bocina.
—Toca mejor que tú la trompeta —observó Peggy—. Nunca hay noticias en Mortimer Street.

Esperad, esperad, picarones. Esperen a que las llamas toquen el cubretetera de las garzas.

Se agachó para acariciar a Tinker.

—Vamos, no pierdas tiempo con el perro; está lleno de pulgas. Son las siete pasadas.

Peggy abrió la puerta del taxi para él. Su padre le estrechó la mano. La madre lo besó en la boca.

—Adiós, Mortimer Street —dijo, y el coche arrancó—. Adiós, Stanley’s Grove.

A través de la ventanilla trasera vio a tres desconocidos que lo saludaban. Bajó la cortinilla.

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3

Sentado con su maleta en el lavabo del tren en marcha, porque todos los compartimentos estaban llenos, recorrió su libreta de apuntes y arrancó las páginas en orden. Iba vestido con un flamante sobretodo de mezclilla marrón, traje marrón, camisa blanca almidonada con corbata de lana y alfiler, y brillantes zapatos negros. Había colocado su sombrero marrón en el lavamanos. Allí estaba la dirección de mistress Chapman junto con el número de teléfono de un tal míster Hewson que iba a presentarlo a un tipo que trabajaba en un diario; y debajo de éstos, la dirección del Instituto Literario, que una vez le había dado una guinea por un poema, en un concurso: Will Shakespeare ante la Tumba del Soldado Desconocido. Arrancó la página. Después el nombre y la dirección, en tinta roja, de un poeta de antología que le había escrito una carta agradeciéndole una serie de sonetos. Y una página de nombres que podían servir.

La puerta del lavabo se abrió a medias, y la cerró rápidamente con el pie.

—Perdón.

Óiganla pidiendo disculpas por el pasillo, llena como un huevo. Podía hacer girar todos los pomos a lo largo de todo el tren y en cada retrete encontraría un hombre totalmente vestido, sentado con su pie contra la puerta, perdido y solitario en aquella larga y semoviente casa sobre ruedas, viajando en silencio y sin ventanillas, corriendo a sesenta millas por hora hacia otro lugar que no lo quería, incómodo cada vez que se detenía el tren. El pomo de la puerta volvió a girar, y Samuel alejó a alguien, tosiendo.

La última página de la libreta fue la única que guardó. Debajo del dibujo de una muchacha con largos cabellos que danzaba encima de una dirección, había escrito: Lucille Harris. Un hombre al que conoció en el Paseo, le había dicho, sentados en un banco y mirando las piernas que pasaban:

—Está muy bien. Es una chica que conozco. La mejor del mundo; se encargará de ti. Llámala cuando llegues. Dile que eres amigo de Austin.

Esta página la colocó en su cartera entre dos papeles de una libra.

Recogió del suelo el resto de las páginas, hizo una bola con ellas y las arrojó al inodoro, entre sus piernas. Después tiró de la cadena. Y allá fueron los nombres serviciales y los números con influencia, las direcciones que podían significar tanto, al hirviente y redondo mar del inodoro, y luego a los rieles. Ya habían quedado perdidas una milla atrás, y ahora revoloteaban sobre las vías, sobre los fragmentos de cerco, hacia los campos que pasaban como relámpagos.

No más ayuda, no más hogar. Tenía ocho libras y diez chelines y la dirección de Lucille Harris. Muchos comenzaron peor, dijo en voz alta. Soy ignorante, haragán, deshonesto y sentimental, y no conozco a nadie.

El picaporte giró otra vez.

—Apuesto a que no puede estarse quieto —le dijo a la persona parada del otro lado de la puerta cerrada.

Los pasos se alejaron por el tren.

Lo primero de todo, apenas llegue, me tomaré una cerveza con un emparedado rancio, decidió. Me los llevaré a una mesa, en un rincón, sacudiré las migas con mi sombrero, y apoyaré mi libro contra el salero. Debo estudiar bien los detalles desde el principio. El resto debe venir por accidente. Estaré sentado allí antes de mediodía, fresco y sereno, el sombrero sobre las rodillas, el vaso en la mano, aparentando no tener ni un día menos de veinte años, fingiendo leer y espiando con el rabillo del ojo a la gente que espera, a la gente inquieta que bebe sola junto al mostrador. Las otras mesas estarán llenas. Habrá mujeres que harán señas sin moverse, por encima de sus cafés fríos; y hombres viejos y anónimos, con rapé en las mejillas, temblorosos sobre sus tazas de té; hombres silenciosos aguardando a nadie, de trenes que esperaron ansiosamente horas y horas; mujeres llegadas con la intención de huir, de tomar un tren a St. Ives o a Liverpool o a cualquier parte, pero que saben que nunca tomarán ninguno y beben tazas de té y se dicen: «Podría tomar el de las doce, pero esperaré al de las doce y cuarto»; mujeres del campo con docenas de chicos inquietos; dependientas de tienda, empleadas de oficina, muchachas de la calle, gente que no tiene nada peor que hacer, felices con sus cadenas, hombres y mujeres forasteros asombrados en el bufete de la estación de la ciudad que yo conozco de cabo a rabo.

La puerta fue sacudida.

—A ver, ese que está ahí dentro —dijo una voz, afuera—. Hace horas que está metido ahí.

Abrió el grifo de agua caliente, y salpicó de agua fría su sombrero, antes de que atinara a retirarlo.

—Soy director de la compañía —dijo, pero la voz sonó débil, falta de seguridad.

Cuando los pasos se desvanecieron otra vez, recogió sus cosas, salió del retrete y caminó por el pasillo. De pie, frente a un compartimento de primera clase, vio a un hombre y a un revisor que se acercaban a la puerta y la golpeaban. No probaron el tirador.

—Desde que pasamos Neath —decía el hombre.

Ahora el tren perdía velocidad, se escurría desde el campo hacia el humo de un túnel de fábricas, resoplando a lo largo de los andenes suburbanos, entre las altas casas de ventanas rotas, con hileras de ropa interior bailando entre los patios mugrientos. Los niños de las ventanas nunca saludaban al tren con sus bracitos. Era como si fuera el viento el que pasara.

Cuando el tren se detuvo bajo el enorme techo de vidrio, había una multitud discutiendo al lado de la puerta.

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4

—Un vaso de cerveza y un bocadillo de jamón.

Los llevó hasta una mesa del rincón, sacudió las migas con su sombrero mojado, y se sentó, exactamente poco antes de mediodía. Contó su dinero: ocho libras, nueve chelines y un penique, casi tres libras más que la mayor suma que viera jamás. Alguna gente disponía de eso todas las semanas. A él tenía que durarle hasta la muerte. En la mesa vecina se sentaba un hombre regordete, maduro, con una mancha de nacimiento color chocolate en la mejilla y un mentón que parecía media barba. Estaba apoyando su libro contra una botella vacía, cuando un muchacho se acercó desde el mostrador.

—Hola, Sam.
—Hola, Ron. Qué sorpresa verte.

Era Ronald Bishop, que vivía en la Rotonda, cerca de Stanleys Grove.

—¿Hace mucho que estás en Londres, Sam?
—Acabo de llegar. ¿Qué tal todo?
—Yo también. Debemos haber viajado en el mismo tren. Bueno, medianamente. ¿Siempre en lo mismo, Sam?
—Ajá, haciendo algún que otro negocio. ¿Tú como siempre?
—Ajá.

Nunca habían tenido nada que decirse.

—¿Dónde paras, Ron?
—Como siempre. En el Strand Palace.
—Entonces creo que nos volveremos a ver.
—Perfecto. Podría ser mañana en el bar, alrededor de las siete y media.
—De acuerdo.
—Te esperaré, no lo olvides.
—No temas.

Los dos lo olvidaron en el acto.

—Bueno, hasta la vista.
—Pórtate bien.

Cuando Ronald Bishop se alejó, Samuel dijo silenciosamente a su vaso: Buen comienzo. Si salgo de la estación y doblo la esquina, me encontraré otra vez en mi casa. Los chicos de Probert estarán jugando a médicos frente a la Gavilla de Heno. El único forastero en este lugar es el comerciante de la cara manchada, que se está leyendo las palmas de las manos. No, aquí viene una mujer con abrigo de pieles; se va a sentar a mi lado. Sí, no, no. La olí al pasar; agua de colonia, polvos y cama.

La mujer se sentó dos mesas más allá, cruzó las piernas y se empolvó la nariz.

Esto es el comienzo de una insinuación. Ahora está fingiendo que no nota que se le ven las rodillas. Hay un lince en el salón, señora. Abotónese el abrigo. Está golpeando la cucharilla contra la taza para llamarme la atención, pero cuando la miro fijo, sin sonreír, veo que baja la vista suave, inocentemente, a su regazo, como si allí tuviera un niño. Se alegró de que no fuera desvergonzada.

Querida mamá, escribió con el dedo en el dorso de un sobre, alzando la vista, cada tantas palabras invisibles, hacia la mujer de enfrente, que no notaba nada; ésta es para decirte que llegué bien y que estoy bebiendo en el bufete con una mujerzuela. Después te diré si es irlandesa. Tiene unos treinta y ocho años y el marido la abandonó hace cinco a causa de sus andanzas. Su hijo está en un asilo, y ella lo visita todos los domingos. Siempre le dice que trabaja en una sombrerería. No debes temer que se quede con todo mi dinero, porque nos amamos a primera vista. Y no debes preocuparte pensando que me romperé el corazón tratando de reformarla, porque he sido educado en la creencia de que lo correcto es Mortimer Street, y eso no se lo deseo a nadie. Además, no quiero reformarla. No porque piense que no es indecente. Su oficio le gasta muchas medias, de modo que voy a pagar la primera semana de alquiler de nuestro cuartito en Pimlico. Ahora va hacia el mostrador a pedir otra taza de café. Espero que notes que se lo paga ella misma. Todo el mundo en la cantina es desdichado, menos yo.

Cuando la mujer volvió a su mesa, rompió el sobre y la miró, serio, durante todo un minuto medido por el reloj de pared. Una vez alzó ella los ojos hacia él; después miró a otra parte. Golpeaba con la cucharilla contra el costado de la taza; después abrió y cerró el bolso; luego volvió lentamente la cabeza para mirarlo, y en seguida apartó rápidamente la vista en dirección a la ventana. Debe ser nueva, pensó con repentina compasión, pero no dejó de mirarla. ¿Deberé guiñarle un ojo? Se echó el sombrero tieso y mojado sobre los ojos y guiñó: un guiño largo, deliberado, que deformó toda su cara e hizo que el cigarrillo casi le tocara la punta roma de su nariz. Ella cerró de golpe el bolso, empujó dos peniques debajo del platillo y salió del salón, sin mirarlo cuando pasó por su lado.

Dejó el café, pensó. Y además, Dios mío, estaba sonrojada.

Un buen comienzo.

—¿Dijo algo? —preguntó el hombre de la mancha de nacimiento, alzando la mirada.

Su cara era roja y púrpura donde no era marrón, un tanto desaseada y sin afeitar, inquieta y malhumorada alrededor de los ojos, como si su astucia le causara una irritación imposible de aguantar.

—Creo que dije que era un buen día.
—¿Forastero?
—Sí, acabo de llegar.
—¿Qué le parece la ciudad?

No parecía importarle nada.

—Todavía no he salido de la estación.

En este momento la mujer del abrigo de pieles estaría diciéndole a un policía: «Un muchacho bajito, con el sombrero mojado, acaba de guiñarme un ojo». «Pero si no está lloviendo, señora». Eso la sosegaría.

Puso el sombrero debajo de la mesa.

—Hay mucho que ver —dijo el hombre— si es eso lo que quiere. Museos, galerías de arte… —Sin hablar, recorrió una lista de nombres de otras atracciones, pero los rechazó todos—. Museos —repitió, después de una larga pausa—. Hay uno en South Kensington, y hay el Museo Británico, y hay otro en Whitehall con cañones. Los he visto todos —dijo.

Ahora todas las mesas estaban ocupadas. Gente con frío, dura, sin tiempo que perder, se sentaba a mirar sus tazas de té y el reloj, inventando respuestas a preguntas que nadie formularía, justificando su conducta en el pasado y en el futuro, ahogando cada momento presente apenas empezaba a respirar, mintiendo y deseando, perdiéndose todos los trenes en el terror de sus imaginaciones, cada una de ellas sola en la estación terminal. El tiempo se marchitaba en el salón. Y de pronto todas las mesas, salvo la vecina a Samuel, volvieron a estar desocupadas. La multitud solitaria salió en procesión fúnebre, dejando tras de sí cenizas, hojas de té y periódicos.

—Tendrá que salir de la estación tarde o temprano, ¿sabe? —dijo el hombre, volviendo a una conversación que no tenía ningún interés para él—. Si quiere ver cosas. Es justo. No es justo venir en un tren y sentarse en la cantina y después regresar y decir que se ha visto Londres, ¿no le parece?
—Salgo ya, en seguida.
—Me parece bien —aprobó el hombre—. Dele una oportunidad a Londres.

«Está tan cansado de hablarme que ya está perdiendo la paciencia», pensó Samuel.

Miró otra vez a su alrededor, a las «víctimas» que se movían inquietas ante la caja, a los rápidos bebedores de whisky que formaban un nudo junto a la caldera de té, a las camareras despreocupadamente atareadas con vales de repostería y las monedas de cambio.

—De otro modo, es como no salir de la cama, ¿no le parece? —insistió el hombre —. Hay que caminar por ahí, ¿sabe? Hay que moverse. Todo el mundo lo hace —dijo con intensidad repentina, opaca.

Samuel pidió otro vaso de cerveza a una muchacha parecida a Joan Crawford.

—Es la última, después me voy —dijo cuando hubo regresado a su mesa.
—¿Usted cree que me importa cuántas más se toma? Puede quedarse aquí todo el día, y a mí, ¿qué? —El hombre volvía a mirarse las palmas de las manos, a medida que crecía su enojo—. ¿Acaso soy el tutor de mi hermano?

Ronald Bishop seguía en el mostrador.

Mortimer Street me ha seguido la pista, pensó amargamente Samuel, hasta en esta pelea unilateral con un quiromántico en un restaurante de ferrocarril. No había escapatoria. Pero no era escapatoria lo que quería. Mortimer Street era un agujero seguro en una pared, detrás del viento, en otro país. Quería llegar y ser atrapado. Ronald seguía allí, como una furia con un paraguas enrollado. Entre, mistress Rosser, con su abrigo de macramé color gamuza y beige, con el tocado tribal sobre las ondas, y grite las noticias de Mortimer Street a través de la mesa, con su voz de jugador de whist. No podría escapar a su furia ni en un nido de gaviotas, usted pellizcaría el mar lleno de peces con el pico abierto como una bolsa de la compra.

—Odio a los entrometidos —dijo el hombre, y se puso de pie.

Camino del mostrador pasó junto a la mesa donde había estado sentada la prostituta irlandesa y recogió los peniques que había debajo del platillo.

—Deténganlo, es un ladrón —dijo suavemente Sam.

Nadie podía oírlo. Hay una empleada con el marido tuberculoso que necesita esos centavos. Y dos niños, Tristam y Eve. Cambió rápidamente los nombres. Tom y Marge. Después se levantó y puso una moneda de seis peniques bajo el platillo, en el momento en que la camarera llegaba a la mesa.

—Se cayó al suelo —explicó.
—Ah, ¿sí?

Cuando volvía a su mesa, vio que la muchacha hablaba con tres hombres junto al mostrador, moviendo la cabeza en su dirección. Uno de los hombres era Ronald Bishop. Otro era el hombre con la mancha de nacimiento.

¡Oh, hermoso, hermoso! Si no hubiera roto la porcelana, habría tomado el próximo tren de vuelta. A esta altura ya habrían barrido los pedazos, pero las lágrimas correrían por toda la casa. «Mamá, mamá, he metido mi labor en la chimenea», oyó que gritaba su hermana como el silbato de un guardia. Garzas, canastas con flores, palmeras, molinos de viento, Caperucitas Rojas, enterradas entre las llamas y el hollín. «Dame una goma para borrar el carbón, Hilda. Naturalmente, voy a perder el puesto. Es lo único que cabe esperar». «Oh mi tetera, oh mi juego azul, oh pobre hijo mío». Se negó a mirar hacia el mostrador, donde Ronald Bishop lo denigraba inaudiblemente. La empleada sabía, nada más lo vio, que él era el que robaba las latas de los mendigos ciegos y los metía del brazo en lo más espeso del tránsito. El hombre de la mancha decía que le había visto mostrar cierta clase de postal a una cliente con abrigo de pieles. Las voces de sus padres lo condenaban por encima del tintineo de las tazas. Miró fijamente su libro, pero la letra de imprenta temblaba como si las lágrimas de su casa hubieran corrido tras él a lo largo de los rieles y fluyeran ahora en esa habitación calurosa y suspicaz, a través del aire manchado de té, y hasta sus ojos. Pero la imagen era falsa, y el libro había sido elegido para los desconocidos. A él no le gustaba ni lo entendía.

«Mis cuentas». «Mis mantelitos». «Mi plato del sauce».

Ronald Bishop salió al andén.

«Hasta luego, Ron».

El rostro de Ronald Bishop había enrojecido en el embarazo de fingir que no lo veía.

El placer consiste, se dijo Samuel, en que no sé qué espero que me suceda. Sonrió a la empleada, detrás del mostrador, y ella miró hacia otra parte, culpable, como si la hubiera descubierto robando la caja. No soy tan ingenuo como parezco, pensó. No espero que ningún Fagin, viejo y cubierto de telarañas, chorreando personalidad e historias, salga de un rincón arrastrando los pies y me conduzca a su casa inmensa, chillona, roñosa; no habrá ninguna Nancy que cosquillee mi imaginación en una cocina llena de pañuelos y de camas deshechas e invitantes. Nunca pensé que un coro de mujeres livianas se pusieran a cantar y a bailar alrededor de las mesitas, con vestidos de felpa y corpiños ajustados, apenas pusiera pie en Londres por primera vez, haciendo tintinear mi fortuna, fresco como Copperfield. Podría contar las pajas enredadas en mi cabello con una sola mano.

¡Ssh! Te conozco, se dijo, tramposo en el solitario, espía de cerraduras, coleccionista de recortes de uña y cera de oídos, buscador de muslos en la Biblioteca de Clásicos Favoritos, Sam Thumb, espiando hacia arriba desde la alcantarilla en los días de viento.

Nada de eso, no soy así, replicó en el momento en que el hombre de la mancha se acercaba a su mesa y se sentaba frente a él.

—Creí que se iba —dijo el hombre—. Usted me dijo que se iba. Ya hace una hora que está aquí.
—Lo vi —dijo Samuel.
—Ya sé que me vio. Debe haberme visto, ¿verdad?, porque me estaba mirando —dijo el hombre—. No porque necesite los dos peniques; tengo una casa llena de muebles. Tres habitaciones llenas hasta el techo. Tengo sillas como para que todo Paddington se siente. Dos peniques son dos peniques —dijo.
—Pero eran dos peniques para la muchacha, también.
—Ahora tiene seis, ¿no es así? Ha hecho una ganancia neta de cuatro peniques. Y a usted no le hace ningún mal el hecho de que ella crea que se disponía a robárselos.
—La moneda era mía.

El hombre alzó las manos. Las palmas estaban cubiertas de sumas escritas con tinta.

—¡Y hablan de igualdad! ¿Importa de quién eran los seis peniques? Pudieron haber sido míos, o de cualquiera. Se hablaba de llamar a la administradora —dijo—, pero en ese punto intervine yo.

Los dos guardaron silencio durante varios minutos.

—¿Ha resuelto cuándo se va a ir de aquí? —preguntó al cabo el hombre—. Porque usted debe irse, tarde o temprano, ya lo sabe.
—No sé adónde voy a ir. No tengo la menor idea en el mundo. Por eso vine a Londres.
—Mire —dijo el hombre, controlando su voz—, todas las cosas tienen sentido. Tienen que tener. De otro modo no podríamos seguir adelante, ¿no le parece? Todo el mundo sabe adónde va, sobre todo si ha venido en el tren. De otro modo no se movería del lugar donde tomó el tren. Eso es elemental.
—Hay gente que huye.
—¿Usted huye?
—No.
—Entonces, no lo diga. No lo diga. —Su voz temblaba; miró los números de sus palmas. Después comenzó otra vez, suavemente, con paciencia—: Aclaremos lo primero. La gente que ha venido debe irse. La gente debe saber adónde va; de otro modo el mundo no podría ser dirigido sobre una base sólida. Las calles estarían llenas de gente vagando, ¿no es así? Vagando de un lado a otro y perdiendo el tiempo en discusiones inútiles con gente que sabe adónde va. Me llamo Allingham, vivo en Sewell Street, cerca de Praed Street, y soy mueblista. Sencillo, ¿verdad? No hay necesidad de complicar las cosas si uno no pierde la cabeza y sabe quién es.
—Yo soy Samuel Bennett. No vivo en ninguna parte. Y tampoco trabajo.
—¿Adónde va a ir, entonces? Yo soy un entrometido, ya le dije de qué me ocupo.
—No sé.
—No sabe —repitió míster Allingham—. No crea que ahora está en alguna parte, ¿sabe? No puede llamar a este lugar alguna parte, ¿verdad? Respira lugar.
—Estaba preguntándome qué iba a suceder. Eso es lo que he estado discutiendo conmigo mismo. En realidad vine para ver qué me sucedería. No quiero forzar que me suceda algo.
—Estaba discutiendo consigo mismo. Con un muchacho de veinte años. ¿Cuántos años tiene?
—Veinte.
—Eso es. Discutiendo un problema como ése con un muchacho recién salido de la adolescencia. ¿Qué esperaba que sucediera?
—No sé. Tal vez al comienzo vendría gente y conversaría conmigo. Mujeres —dijo Samuel.
—¿Por qué debían conversar con usted? ¿Por qué debo hablar yo con usted? Usted no va a ninguna parte. Usted no hace nada. Usted no existe.

Pero toda la fuerza de Samuel estaba en su vientre y en sus ojos. Debía taparse los ojos o el mostrador con tapa de mármol se derretiría y se desprenderían las ropas de las muchachas, detrás de él, y se resquebrajarían todas las tazas en los estantes.

—Cualquiera podía acercarse —dijo. Después pensó en su hermoso comienzo—. Cualquiera —repitió, sin esperanza.

Un empleadillo de la Rotonda, a una docena de puertas de su casa; una mujer de Birmingham, vulgar y fría, asustada por un guiño; cualquiera, cualquiera; un diácono venido del Valle, con un pretexto mezquino y el portamonedas cosido a sus forros; una empleada madura en vacaciones, procedente de un almacén de franelas y calicós, donde las cotizaciones de Bolsa se reciben por cable. Nadie que él hubiera deseado jamás.

—Oh, cualquiera, claro, Janet Gaynor —dijo míster Allingham—, Marion Davies y Kay Francis, y…
—Usted no lo entiende. No espero esa clase de gente. En realidad, no sé qué espero, pero no es eso.
—Modesto.
—No, tampoco soy modesto. No creo en la modestia. Es simplemente que estoy aquí y no sé adónde ir. No quiero saber adónde ir.

Míster Allingham comenzó a rogar, echándose sobre la mesa, tirando suavemente de la solapa de Samuel, mostrando las cuentas de sus manos.

—No diga que no quiere saber adónde ir. Por favor. Sea bueno. Debemos tomar las cosas con calma, ¿no? Escuche una simple pregunta. No se apure. Tómese tiempo —cogió una cucharilla de té con la mano—. ¿Dónde estará esta noche?
—No sé. En alguna otra parte, pero no será ninguna parte que yo haya elegido, porque no voy a elegir nada.

Míster Allingham soltó la cucharilla de té.

—¿Qué quiere, Samuel? —susurró.
—No sé. —Samuel se tocó el bolsillo del pecho, donde estaba la cartera—. Sé que quiero encontrar a Lucille Harris —dijo.
—¿Quién es Lucille Harris?

Entonces míster Allingham lo miró.

—No sabe —dijo—. ¡Oh, no lo sabe!

Un hombre y una mujer se sentaron a la mesa vecina.

—Pero me prometiste que lo destruirías —dijo la mujer.
—Lo haré, lo haré —aseguró el hombre—. No te preocupes. Bebe tu té. No te preocupes.

Habían vivido mucho tiempo juntos y habían llegado a parecerse, con sus caras secas y arracimadas, y sus boquitas mordisqueantes. La mujer se rascaba mientras bebía; aferraba el borde de la taza con sus labios grises y la sacudía.

—Dos peniques a que tiene cola —dijo Samuel en voz baja, pero míster Allingham no los había visto llegar.
—Bien —dijo—. Como usted quiera. Y está toda cubierta de pelos.

Samuel metió el dedo meñique en el cuello de la botella vacía.

—Abandono —dijo míster Allihgham.
—Pero usted no entiende, míster Allingham.
—Entiendo lo suficiente —dijo él en voz alta. La pareja de al lado dejó de hablar—. Usted no quiere forzar que las cosas sucedan, ¿no es así? Pero yo las haré suceder, sí, señor. Usted no puede entrar aquí y hablarme como me ha estado hablando. ¡Lucille Harris! ¡Lucille del cuerno!

El hombre y la mujer comenzaron a cuchichear.

—Y sólo es la una y media —dijo la mujer, y sacudió la taza como una rata.
—Vamos. Nos vamos.

Allingham empujó hacia atrás su silla.

—¿Adónde?
—No importa. Soy yo el que está haciendo que las cosas sucedan, ¿no?
—No puedo sacar el dedo de la botella —dijo Samuel.

Míster Allingham cogió las maletas y se puso en pie.

—¿Qué es una botellita? —preguntó—. Tráigala consigo, hijo.
—Y además, padre e hijo —dijo la mujer, al tiempo que Samuel lo seguía.

La botella le colgaba pesadamente del dedo.

—¿Adónde vamos ahora?

Fuera de la rugiente estación.

—Sígame y meta la mano en el bolsillo. Queda ridículo así.

Mientras subían la cuesta hasta la calle, míster Allingham dijo:

—Nunca había estado con nadie que llevara una botella en el dedo. ¿Para qué metió el dedo en la botella?
—Lo empujé, eso es todo. Con un poco de jabón lo podré sacar; no hay por qué armar un escándalo.
—Nadie tuvo que sacarse jamás una botella del dedo con jabón, eso es todo lo que digo. Esta es Praed Street.
—Aburrida, ¿no?
—Ya no hay más caballos —dijo míster Allingham—. Esta es mi calle. Esta es Sewell Street. Aburrida, ¿no?
—Es como las calles de mi pueblo.

Un chico se cruzó con ellos y gritó «Ikey Mo» a míster Allingham.

—Este es el veintitrés. ¿Ve? Ahí está la chapa veintitrés.

Míster Allingham abrió la puerta de la calle con una llave.

—Segundo piso, primero a la derecha.

Dio tres golpes.

—Míster Allingham —dijo, y entraron. La habitación estaba llena de muebles.

.

(Continuará…)

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