Con distinta piel (II)

Dylan Thomas

 

 

 

 

2. Cantidades de muebles

1

Cada pulgada de la habitación estaba cubierta de muebles. Sillas sobre canapés, sobre mesas; espejos casi de la misma altura de la puerta, apoyados, espalda contra espalda, contra las paredes, reflejando interminables montañas de escritorios, sillas con las patas al aire, cómodas, más espejos, bibliotecas vacías, lavabos, roperos. Había una cama de matrimonio, cuidadosamente parada, con los extremos de las sábanas doblados, colocada sobre una mesa de comedor, encima de otra mesa; había lámparas eléctricas y pantallas, bandejas y floreros, palanganas y jarras, amontonados en sillones colocados sobre aparadores y mesas y camas, hasta tocar el techo. La única ventana, que miraba a la calle, apenas alcanzaba a verse entre las patas curvas de trinchantes colocados al revés. Las paredes, detrás de los espejos de pie, estaban cubiertas de cuadros y marcos.

Míster Allinhgam trepó a la habitación por encima de una pila de colchones, y desapareció.

—Salta, muchacho.

Su voz subió por detrás de un aparador de cocina cubierto de alfombras. Trepando, Samuel miró hacia abajo y lo vio sentado en una silla colocada sobre un diván, cómodamente echado hacia atrás, con un codo sobre el hombro de una estatua.

—Es una lástima que aquí no podamos cocinar —dijo míster Allingham—. Hay una cantidad de estufas, además. Eso es una fiambrera —dijo señalando a un rincón—. Ahí, debajo del juego de dormitorio.
—¿Tiene piano?
—Había uno —dijo—. Creo que está en la otra habitación. Ella le puso una alfombra encima. ¿Sabes tocar?
—Un poco, de oído. Por lo menos es fácil reconocer lo que toco. ¿La otra habitación es como ésta?
—Hay dos habitaciones más, pero creo que el piano está cerrado con llave. Sí, hay cantidad de muebles —dijo míster Allingham mirando a su alrededor con disgusto—. Cada vez que digo: «Bueno, ya es bastante», entra ella con su «Hay lugar, hay mucho lugar». Un día va a descubrir que no puede entrar, eso es lo que va a suceder. O que no puede salir; no sé qué sería peor. Algunas veces lo enloquecen a uno todos estos muebles —agregó.
—¿Es su esposa, míster Allingham?
—Descubrirá que hay un límite para todas las cosas. Uno llega a sentirse como en una trampa.
—¿Usted duerme aquí?
—Ahí arriba. A casi tres metros y medio de altura. Lo he medido. Cuando me despierto puedo tocar el techo.
—Me gusta esta habitación —dijo Samuel—. Creo que tal vez sea la mejor habitación que he visto.
—Por eso te traje. Pensé que te gustaría. Una linda cueva para un tipo con el dedo en una botella, ¿eh? Nadie más podría aguantarla. ¿No perdiste las maletas?
—Están allá. En el baño.
—No les quites el ojo de encima, eso es todo. Una vez perdimos un sofá. Un juego más, y perderé la cama. ¿Y qué pasa cuando viene un cliente? Te contaré. Espía por la puerta, y se va al trote. Por el momento sólo se puede comprar lo que está arriba, ¿entiendes?
—¿Se puede entrar en las otras habitaciones?
—Tú puedes —dijo míster Allingham—. Ella se zambulle, de cabeza. Yo, por mi parte, ya he perdido todo interés en las otras habitaciones. Uno podría vivir y morirse ahí dentro, y nadie se enteraría. Hay algunos hermosos Chippendales, sin embargo. Cerca de la claraboya.

Apoyó el otro hombro en una percha.

—Yo llego a sentirme perdido —confesó—. Por eso me voy a la cantina. Por lo menos, allí no hay más que mesas y sillas.

Samuel se sentó donde estaba, haciendo oscilar la botella, y tamborileando con los pies contra el costado de una bañera colocada a metros de altura sobre el piso de colchones. Detrás de él una alfombra, extendida en el aire sin soporte visible, sostenía precariamente sobre el lomo de las aves en ella estampadas una gran ánfora de tierra cocida. Alta, sobre su cabeza, una mecedora hacía equilibrios sobre una mesa de juego, cuyas delgadas patas descansaban sobre la tapa de un aparador que se erguía entre almohadas y guardafuegos, con la luna de su puerta abierta.

—¿No tiene miedo de que se puedan caer estas cosas? Mire esa mecedora. Un empujoncito y se viene abajo.
—No te atrevas. Claro que tengo miedo —dijo míster Allingham—. Si abres ese cajón, se caería aquel aguamanil. Hay que ser veloz como una serpiente. ¿No hay nada arriba que te gustaría comprar?
—Me gustan muchas de estas cosas, pero no tengo dinero.
—No, claro, tú no puedes tener dinero. Otra gente tiene dinero.
—Me gusta esa ánfora grandota. Podría esconderse un hombre dentro. ¿No tiene jabón para mi dedo?
—Claro que no hay jabón, no hay más que aguamaniles. Tampoco puedes bañarte, aunque tenemos cinco bañeras. ¿Por qué te gusta esa ánfora donde podría esconderse un hombre? Nunca he conocido a nadie que quisiera esconder un hombre en un ánfora. Todos los demás siempre dicen que es demasiado grande para que sirva de algo. ¿Por qué quieres encontrar a Lucille Harris, Sam?
—No quise decir que quisiera esconder un hombre ahí. Quiero decir que se podría, si uno quisiera. Oh, un tipo que conozco me habló de Lucille, míster Allingham. No sé por qué quiero encontrarla, pero es la única dirección de Londres que guardé. Tiré todas las otras en el retrete del tren. Mientras el tren estaba en marcha.
—Bien, bien.

Míster Allingham puso la mano sobre el cuello grueso y blando de la estatua desnuda, y apretó los dedos.

Se abrió la puerta que daba al descanso y entraron dos personas, que treparon a los colchones sin decir palabra. La primera, una mujer baja y gorda con cabellos negros y una peineta, que se había pintado la cara como si fuera una pared, se zambulló repentinamente hacia el rincón, detrás de Samuel, y desapareció entre dos columnas de sillas. Debió de aterrizar sobre almohadones o sobre una cama, porque no hizo ningún ruido. El segundo visitante era un hombre alto, más bien joven, con una sonrisa estereotipada; tenía dientes grandes, como de caballo, pero muy blancos; su cabello, rubio y reluciente, estaba peinado con ondas muy marcadas, y se le podía oler desde el otro lado de la habitación. Se paró sobre un colchón elástico, en el vano de la puerta, y comenzó a saltar de arriba abajo.

—¡Vamos, Rose, no seas terca! —dijo—. Sé dónde te has metido —después, fingiendo ver por primera vez a Samuel, agregó—: Qué gracioso, parece un pájaro posado allá arriba. ¿Dónde está escondido Donald?
—No estoy escondido —repuso míster Allingham—. Estoy al lado de la estatua. Sam Bennett, George Ring.

George Ring hizo una reverencia y dio un saltito, alzando un pie sobre el colchón elástico.

Él y míster Allingham no podían verse. Y ninguno podía ver a la mujer de la peineta.

—Espero que haya pedido disculpas a míster Bennett por la habitación —dijo George Ring, y avanzó unos saltitos en dirección a la estatua escondida.
—No creo que necesite ninguna excusa, míster Ring —dijo Samuel—. Nunca he visto una habitación más confortable.
—Oh, pero es terrible —ahora George Ring se movía de arriba abajo rápidamente—. Es muy generoso de su parte decir que es confortable, pero mire esa confusión. Piense lo que es vivir aquí. Tiene algo en el dedo, ¿se había dado cuenta? Adivine. Una botella.

Se sacudió los rizos y rió al tiempo que daba saltos.

—Todavía no sabe nada —dijo la voz de míster Allingham. La sucesión de saltos había hecho caer una alfombra sobre la percha, y ahora estaba oculto como si se encontrara en otra habitación más baja—. Todavía no sabe nada de él. Espere. ¿Por qué salta, George? La gente no acostumbra saltar como una pelota cuando entra en una habitación.
—¿Qué es lo que no sé de usted?

De un salto George Ring había quedado directamente debajo de Samuel, hacia el cual orientaba sus rizos.

—No sabe adónde va, para comenzar. Y está buscando a una muchacha que no conoce, llamada Lucille.
—¿Por qué la busca? —La cabeza de George Ring tocaba la bañera—. ¿Vio su foto en el diario?
—No, no sé nada de ella, pero quiero verla porque es la única persona de Londres cuyo nombre conozco.
—Ahora conoce dos más, ¿no le parece? ¿Está seguro de que no la ama?
—Por supuesto que estoy seguro.
—Pensé que quizá podía ser una especie de Santo Graal. Usted sabe a qué me refiero. Una especie de ideal.
—Vamos, tunante —dijo míster Allingham—. Sáqueme de aquí.
—¿Es la primera vez que viene a Londres? Yo me sentía así también cuando llegué. Hace años y años. Sentía que había algo que yo debía encontrar, no puedo explicarlo. Algo que estaba ahí, detrás de la esquina. Busqué y busqué. ¡Era tan inocente! Me sentía como una especie de caballero.
—Sáqueme de aquí —rogó míster Allingham—. Siento como si me hubiera caído encima toda la habitación.
—Nunca lo encontré. —George Ring rió, suspiró y golpeó el costado de la bañera —. Tal vez usted tenga suerte —dijo—. A lo mejor da vuelta a la esquina y ahí está ella. Lucille, Lucille. ¿Está en la guía?
—Sí. Tengo su número en mi libreta.
—Oh, eso facilita las cosas, ¿verdad? Vamos, Rose —dijo—. Yo sé dónde está. Está de mal humor.

Samuel se meció suavemente en su cajón en medio de los muebles. Era la habitación más repleta de Inglaterra. Cuántos cientos de casas habían sido volcadas aquí, con sus mesas y sus sillas derramándose como un torrente de madera, los armarios y los aparadores trepando por sogas hasta la ventana y posándose luego como pájaros. Las otras habitaciones, al otro lado de aquella puerta atrancada, debían ser todavía más altas y oscuras que ésta, con la forma muda y negra del piano cerrado como una montaña bajo el sudario de alfombras, y Rose, con su peineta como la proa de un barco, zambulléndose en su oscuridad, y echada toda la noche, inmóvil y silenciosa, donde había caído. Ahora estaba inmóvil, como muerta, sobre una cama desvencijada, entre la columna de sillas, enterrada viva, blanda y gorda, perdida en una tumba, dentro de una casa.

—Voy a comprarme una hamaca —dijo George Ring—. No soporto dormir debajo de todos estos muebles.

Tal vez por la noche la habitación se llenara de gente que no podía verse, tirada debajo de sillones, debajo de sofás, vertiginosamente dormida sobre las mesas, despertándose todas las mañanas a los gritos de: «¡Terremoto! ¡Terremoto!».

—Y entonces me acostaré como un marinero.
—Dígale a Rose que salga y me saque de aquí —dijo míster Allingham, detrás de la percha cubierta por la alfombra—. Quiero comer.
—Está de mal humor, Donald. Ahora está loca por un biombo japonés.
—¿Oyes eso, Sam? ¿No hay ya bastante intimidad en esta habitación? Cualquiera puede hacer cualquier cosa, y nadie lo ve. Quiero comer. Quiero comer algo en Dacey’s. ¿Duermes aquí esta noche?
—¿Quién? —preguntó Samuel—. ¿Yo?
—Puedes echarte en una de las otras habitaciones, si crees que podrás volver a levantarte. Hay camas como para un harem.
—Harén —dijo George Ring, acentuando debidamente—. Hay visitas, Rose, querida. Sal y te presentaré.
—Gracias, míster Allingham —dijo Samuel.
—¿De veras no tenía ninguna idea? —George Ring rebotó, y por un instante su cabeza perfumada quedó al nivel de la de Samuel. Una sonrisa ancha, brillante, caballuna, y la cabeza desapareció—. Sobre cómo se duerme aquí y otras cosas. Creo que es usted muy valiente. Pudo haber caído entre cualquier clase de gente. «Cayó entre ladrones». ¿Conoce el poema de sir Henry Newbolt?
—«Arrojó su revólver vacío cuesta abajo» —prosiguió Samuel.

El día se movía descuidadamente hacia un final prometido, y en una habitación oscura repleta de muebles iba a acostarse con su manojo de esposas en el nido de cuervos de una cama, o a mecerlas en una hamaca, cerca del techo.

—¡Bien, bravo! Es tan interesante encontrar alguien que conozca poesía, «Las voces murieron, la sierra dormía». ¿No es hermoso? Las voces murieron… Yo soy capaz de leer poesía horas y horas, ¿no es verdad, Donald…? No me importa qué clase de poesía sea, pues me gusta toda. ¿Conoce «Hay alguien dentro, dijo el viajero»? ¿Dónde pone usted el énfasis, míster Bennett? ¿Puedo llamarle Sam? ¿Usted dice «Hay alguien dentro» o «Hay alguien dentro»!
—No es natural —dijo míster Allingham— que un hombre no pueda ver a alguien cuando está sentado a su lado. No protesto, pero la verdad es que no veo nada. Es como no estar aquí.
—Oh, cállese ya, Donald. Sam y yo estamos discutiendo una cosa perfectamente seria. Claro que está aquí, no sea morboso.
—Yo creo que pondría el mismo énfasis en todas las palabras —dijo Samuel.
—¿Pero no le parece que eso tiende a hacer el verso demasiado chato? «Hay alguien dentro, dijo el viajero» —murmuró George Ring, paseando por el colchón elástico, con la cabeza inclinada—. Yo siento que hace falta un acento en alguna parte.

Esta noche estaré solo con el piano, se dijo Samuel. Solo como un hombre en un depósito, acostándome en una cama tras otra, abriendo cajones y metiendo dentro mis manos, mirándome en los espejos en la oscuridad.

—No me llame morboso, George Ring —dijo míster Allingham. Trató de moverse, pero la estatua cayó sobre su silla—. Recuerdo que una vez bebí cuarenta y nueve vasos de cerveza seguidos, y regresé a casa en lo más alto de un autobús. No hay nada de morboso en un hombre capaz de hacer eso. En lo más alto de un autobús, fíjese, no en el piso de arriba.

¿O estará la habitación llena como un cementerio, con los muertos invisibles respirando y roncando a mi alrededor, haciéndose el amor en los aparadores, borrachos como lores en las bañeras vacías? De pronto, un cuerpo cálido podría atravesar la puerta y acostarse en mi cama toda la noche, sin decir un nombre, sin una palabra.

—Creo que tomarse cuarenta y nueve vasos de cerveza es cosa de cerdos —opinó George Ring.
—Llovía —dijo míster Allingham— y yo nunca me pongo truculento. Puedo cantar, y bailar un poquito, pero nunca me da por ponerme desagradable. Dame una mano, Sam.

Samuel retiró la alfombra de la percha y empujó la estatua. Había caído entre las piernas de míster Allingham. Éste apareció lentamente ante su vista, frotándose los ojos como un hombre que despierta.

—Te lo dije. Uno se siente atrapado. ¿Viene a Dacey’s, George?
—Me tendré que quedar aquí horas —dijo George Ring—. Usted sabe que soy la única persona capaz de calmar a Rose cuando está en este estado. ¡Oh, vamos, Rose, no seas temperamental! Noventa por ciento temperamento, diez por ciento mental. No porque seas actriz vas a pensar que te puedes quedar toda la tarde debajo de los muebles. Contaré hasta cinco…

Samuel siguió a míster Allingham hasta la puerta.

—Cinco, seis, siete… —decía George Ring en el momento en que míster Allingham daba un fuerte portazo, y su voz se perdió entre el ruido de muebles que caían.

Bajaron la escalera hasta un vestíbulo que olía a repollo, y salieron a la calle gris.

—Creo que debe haber sido la mecedora —dijo Samuel.
—El figón de la señora Dacey está a la vuelta de la esquina —dijo míster Allingham—. Ya estamos. ¿Ves el cartel?

.

2

La ventana de la fachada de mistress Dacey estaba encalada por dentro, y las palabras «Primera Categoría» habían sido garrapateadas a través del vidrio. «Susan Dacey, licencia para vender tabaco», leyó en voz alta Samuel.

—¿Es restaurante también?
—Eso tienes que repetírselo a ella —dijo míster Allingham, abriendo la puerta. Sonó una campanilla—. Nunca lo habían llamado así. —Retuvo la puerta con el pie para que la campanilla siguiera sonando—. Es una mujer entre mil.

Una mujer alta, de aspecto digno, entró por la puerta del fondo del negocio, con las manos entrelazadas delante de ella. Iba vestida de negro casi hasta los tobillos, con un severo cuello blanco, y sostenía la cabeza muy derecha, como si pudiera derramarse algo. Dios ayude a las otras novecientas noventa y nueve. Pero entonces sonrió, y sus ojos eran penetrantes y luminosos; la vulgaridad se borró de su boca y ésta se reveló cruel y feliz.

—Saque sus pezuñas de la puerta —dijo.

La campanilla enmudeció.

—Así está mejor. Ha hecho tanto ruido como para despertar a un muerto.

Era una mujer con buena dicción, clara y precisa, como una maestra de escuela.

—¿Sigue usted bien, señora Dacey? Un nuevo amigo, Sam Bennett. Dos tortas y dos cafés, por favor. ¿Dónde está Polly?
—No andará en nada bueno —replicó mistress Dacey, dirigiéndose detrás del mostrador. Su impresionante vestido flotó a su alrededor—. Usted es del campo — dijo, por encima del hombro, mientras abría el grifo del café sobre el recipiente de bronce—. ¿Qué le parece Ikey Mo?
—Soy yo.

Una de las mejillas de míster Allingham se ruborizó.

—En realidad no soy del campo. —Samuel le contó de dónde venía—. Conocí a míster Allingham en la estación. Esta noche voy a dormir en su apartamento.
—Yo preferiría dormir en un vertedero —dijo ella.

El café era espeso, blanco, insípido. Llevaron las tazas a un reservado y Samuel limpió las migas de la mesa con la manga. Había perdido el sombrero. En el suelo, a sus pies, había bolitas de mugre.

—Tiene una botella en el dedo —observó la mujer.
—¿Lo ves? Todo el mundo lo nota. ¿Por qué no te la sacas, Sam? No es una condecoración, no sirve para nada, no es nada más que una botella.
—Me parece que se me debe haber hinchado el dedo, míster Allingham. La botella me aprieta mucho más ahora.
—Déjeme que lo mire otra vez. —Mistress Dacey se puso unas gafas con armazón de acero y una cadenilla colgante—. No es más que un niño.
—Tengo veinte años.
—Ikey Mo, el criador de niños. —La mujer caminó cuidadosamente hasta el fondo del local, y llamó—: ¡Polly, baja! ¡Polly! ¡Polly!

Una voz de muchacha contestó desde lo alto de la casa:

—¿Para qué, mamá?
—¡Ven a sacarle la botella a un señor!
—Parece un compositor ruso, ¿verdad, querida? —dijo George Ring desde la puerta—. Qué vestido tan maravilloso, parece usted una asesina.

Se sentó al lado de Samuel.

—No pude conseguir que Rose se moviera. Va a estar tirada allí todo el día, de mal humor. Cuéntenme qué pasó, los dos.
—Esa botella, otra vez —dijo míster Allingham—. ¿Por qué no habrás metido el dedo en un vaso, o en otra cosa? En primer lugar, no sé para qué querías meter el dedo. Es un enigma para mí.
—Todo es un enigma para usted. Usted no puede comprender el menor toque de originalidad. Se me ocurre que debe ser terrible carecer de imaginación. Es como no tener sentido del humor.
—Lo que digo, simplemente, es que no poder entrar a tomar una botella de cerveza sin tener que salir con la botella en el dedo, me parece una especie de pesadilla. Eso es todo lo que digo.

Samuel oyó a la hija de mistress Dacey que bajaba corriendo la escalera. Después vio su mano en el borde de la puerta. En el segundo que le llevó empujar la puerta y entrar, le dio un centenar de rostros; la hizo hablar y caminar en todos los disfraces de sus amores nocturnos; le dio cabello dorado, cabello negro; sabía que tendría cutis de gitana, y que sería blanca como la leche. Polly, entra y pon la tetera con tus manos blancas, delicadas, morenas, anchas, y mírame mientras espero en este reservado ratonil como un granadero o un califa.

—Es como esas pesadillas en que uno juega al billar con un taco de goma —dijo míster Allingham.

Entró una muchacha de rostro largo y pálido, con gafas. El cabello no era de ninguno de los colores de Sam, sino simplemente oscuro y opaco.

—Ven, ayuda a sacarle la botella —dijo mistress Dacey.

Polly se sentó ante la mesa y le tomó la mano.

—¿Duele? Nunca hice esto. Le tiró del dedo.
—Y espero que nunca tengas que volver a hacerlo —dijo míster Allingham—. No me importa si no tengo imaginación. Me alegro de ser como soy y de no tener nada en el dedo.

Polly se inclinó sobre la mano de Samuel, y él atisbó en el interior de su vestido. Ella sabía que estaba mirando, pero no se echó hacia atrás ni se llevó la mano al cuello del vestido; alzó la cabeza y le miró en los ojos. Siempre recordaré esto, se dijo él. En 1933 una muchacha tiraba de una botella que yo tenía en el meñique de la mano izquierda, mientras yo atisbaba en su escote. Perdurará más que mis poemas y mis dificultades.

—No puedo sacarla —dijo la muchacha.
—Llévalo al baño y ponle un poco de jabón —ordenó mistress Dacey con su voz seca, precisa—. Y ojo, que no sea más que la botella.

Cuando se levantaban para subir, dijo George Ring:

—Suelta un alarido si me necesitas; estaré allí en un abrir y cerrar de ojos. Es una personita terrible, ¿no es verdad, querida? Lo que es a George no te lo llevarías solo allá arriba.

Polly lo condujo por la escalera.

—No me quejo —dijo míster Allingham—. Simplemente hago una afirmación. No digo que no deba ser así. Él tiene una botella en el dedo, y yo acabo de encontrar un diente en mi torta.

Su voz se fue perdiendo.

.

3

Alguien había corrido las andrajosas cortinas del baño, para dejar afuera al día viejo y húmedo; la bañera estaba llena de agua hasta la mitad, y un pato de goma flotaba en ella. Cuando Polly cerró la puerta se oyeron pájaros que cantaban.

—Son pájaros —dijo la muchacha, y se metió la llave en el vestido—. No tiene por qué asustarse.

Del techo colgaban dos jaulas.

Pero Samuel había puesto cara de asustado al verla dar vuelta a la llave y metérsela en el vestido, donde nunca se atrevería a buscarla, no al ver que el cuarto se transformaba de pronto en un bosque, entre las confusas sombras de las cortinas verdes.

—Es un lugar extraño para tener pájaros —dijo.
—Son míos. —Polly hizo correr el agua caliente, y los pájaros cantaron más fuerte, como si oyeran una cascada—. Míster Allingham viene a bañarse aquí los miércoles, y dice que le hacen muecas y ruidos de mal gusto mientras se lava. Pero no creo que se lave mucho. ¿Míster Allingham no le hace reír a usted también?

Esperaba verla sonriendo cuando se volvió hacia él, pero el rostro de la muchacha seguía quieto y grave, y de pronto vio que era más bonita que cualquiera de las que había imaginado antes de que abriera la puerta, abajo. Desconfió de su belleza a causa de la llave. Recordaba lo que había dicho mistress Dacey cuando míster Allingham preguntó dónde estaba Polly. «En nada bueno andará». No pensó que fuera a abrazarlo. Eso hubiera sido diferente. Si intentaba meterle la cabeza debajo del agua llamaría a George Ring, y él subiría como un caballo, relinchando y olisqueando el aire.

—Cerré la puerta porque no quiero que entre George Ring. Es un bicho raro. Se empapa la ropa de perfume, ¿lo sabía? La Nube que Pasa, así lo llamamos. La Nube que Pasa.
—Pero no era necesario que guardara la llave donde la guardó —dijo Samuel—. Podría derribarla y buscarla, podría ser esa clase de tipo.
—No me importa.

Si le hubiera sonreído mientras decía eso… Pero parecía como si realmente no le importara si la tiraba al suelo o si se sentaba en el borde de la bañera y se dedicaba a empujar el pato con la botella.

El pato flotaba en círculos sobre el agua gris y grasienta.

—¿Cómo se llama?
—Sam.
—Yo me llamo Mary. Pero me llaman Polly, para abreviar.
—No es mucho más corto, ¿no le parece?
—No, tiene exactamente la misma longitud.

La muchacha se sentó a su lado en el borde de la bañera. Sam no sabía qué decirle. Aquí estaba la puerta cerrada que tantas veces había inventado en sus historias, acostado en Mortimer Street, y la llave tibia, escondida, y la muchacha ansiosa de cualquier cosa. Pero el baño debía ser un dormitorio, y la muchacha no debía usar gafas.

—¿Por qué no se quita las gafas, Polly? —Si quiere… Pero no podré ver muy lejos.
—No necesita ver muy lejos; es un cuarto pequeño —dijo él—. ¿Puede verme a mí?
—Claro que puedo. Está a mi lado. ¿Le gusto más ahora?
—Supongo que es muy bonita, Polly.
—La linda Polly —dijo ella, sin sonreír.

Bueno, se dijo él, aquí estás, aquí está ella sin gafas.

—Nunca pasa nada en Sewell Street.

La muchacha le tomó la mano y dejó que el dedo con la botella descansaran en su regazo.

Aquí estás, se dijo él, con la mano en su regazo.

—Tampoco pasa nada en el lugar de donde vengo. Se me ocurre que deben estar pasando cosas en todas partes; excepto donde uno está. Toda clase de cosas le pasan a otra gente. Así lo dicen —concluyó.
—El pensionista de la casa de al lado se cortó el cuello así —dijo ella—, antes del desayuno.

En sus primeros días de libertad desde que naciera, Samuel estaba sentado junto a una muchacha liviana, en un cuarto de baño cerrado, sobre un salón de té, con las sucias cortinas corridas y la mano sobre sus muslos. Y no sentía absolutamente ninguna emoción. Oh, Dios, pensó, hazme sentir algo, hazme sentir como me debería sentir; aquí está sucediendo algo y estoy frío y aburrido como un hombre en un autobús. Hazme recordar todos los cuentos. La tomé en mis brazos, mi corazón latió contra el suyo, su cuerpo temblaba, su boca se abrió como una flor. El loto de Osiris se abría bajo el sol.

—Escuche a los pájaros —dijo ella, y él vio que el agua caliente rebosaba en el lavabo.

Debo ser impotente, pensó.

—¿Por qué se cortó el cuello así, Polly? ¿Por amor? Yo creo que si me fuera mal en el amor, bebería brandy y crema de menta, y esa cosa que hacen con huevos.
—No era amor, en el caso de míster Shaw. No sé por qué lo hizo. Mistress Bentley dice que había sangre por todas partes, por todas partes, y encima del reloj. Dejó una notita en el buzón, y lo único que decía era que estaba pensando hacer eso desde octubre. Mire, el agua va a chorrear hasta la cocina.

El muchacho cerró el grifo. Los pájaros dejaron de cantar.

—Tal vez fuera amor, en realidad. A lo mejor la quería a usted, Polly, pero no se atrevía a decírselo. Desde lejos.
—¡Vamos, si renqueaba! —dijo ella—. El viejo Patacoja. ¿Cuántos años tiene?
—Veinte.
—No.
—Bueno, casi.
—No.

Después quedaron en silencio, sentados en el baño, con la mano de él en su regazo. Ella metió su mano pálida en el agua. Los pájaros empezaron a cantar otra vez.

—Me gustan las manos pálidas —dijo él.
—Junto al Shalimar. ¿De veras, Sam? ¿Te gustan mis manos? ¡Qué cosa tan cómica! —Miró gravemente aquella larga y flotante alga en el agua, y formó una ola —. Aquí es como si fuera de noche.
—Como una noche en el campo —dijo él—. Pájaros que cantan, y agua. Ahora estamos sentados a la orilla del río.
—De merienda en el campo.
—Y después nos vamos a quitar las ropas para nadar. Diablos, va a estar fría el agua. Y vas a sentir los peces nadando a tu alrededor.
—También puedo oír el autobús cuarenta y siete —dijo ella—. La gente regresa a su casa a tomar té. Hace frío cuando uno se desnuda, ¿verdad? Toca mi brazo, está como nieve, aunque no tan blanco. Me gustan las manos pálidas —comenzó a canturrear—. ¿Y me amas a mí entera?
—No sé. No creo que sienta nada de eso. Nunca siento gran cosa hasta después, y entonces es demasiado tarde.
—Ahora no es demasiado tarde. No es demasiado tarde, Sam. Estamos solos. Polly y Sam. Vendré y nadaré contigo, si quieres. En el río sucio y viejo, con el pato.
—¿Nunca sonríes, Polly? No te he visto sonreír una sola vez.
—Sólo hace veinte minutos que me conoces. No me gusta sonreír mucho, creo que quedo mejor cuando estoy seria, así. —Entristeció los ojos y la boca—. Soy una trágica. Lloro porque mi amante está muerto.

Lentamente, las lágrimas asomaron a sus ojos.

—Se llamaba Sam y tenía ojos verdes y cabello castaño. Y era así de bajito. Mi querido, mi querido Sam, está muerto.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Deja de llorar ahora, Polly. Por favor. No llores. Te hará daño.

Pero ella lloraba lastimeramente.

—Basta, Polly, mi linda Polly. —Le puso el brazo alrededor de los hombros. La besó en la mejilla. Estaba tibia y mojada—. Nadie ha muerto, Polly, querida —dijo.

Ella lloraba y se quejaba, y en el abandono de su dolor fingido, tiró del cuello bajo y suelto de su vestido, se echó atrás el cabello y alzó sus ojos humedecidos hacia los pájaros en sus jaulas y el techo lleno de grietas.

—Lo haces muy bien —dijo él, desesperado, sacudiéndola por los hombros—. Nunca he visto un llanto mejor. Pero basta, por favor, Polly, por favor, para ya mientras puedes.

El noventa y ocho por ciento del cuerpo humano es agua, pensó. Polly Dacey es toda ella agua salada. Estaba sentada a su lado, una inundación con delantal de cocina.

—Haré lo que quieras si paras —dijo él—. Te vas a ahogar, Polly. Te prometo que haré cualquier cosa.

Ella se secó los ojos con el brazo desnudo.

—No me estaba destrozando el corazón, tonto. Estaba haciendo una imitación. ¿Qué vas a hacer, decías? ¿Cualquier cosa? También puedo imitar la alegría porque el amor no está muerto. El Ministerio de la Guerra se equivocó.
—Cualquier cosa —dijo él—. Quiero verte alegre mañana. No debes hacer una cosa después de la otra.
—Esto no significa nada para mí. Puedo hacer toda clase de cosas, una después de otra. Puedo imitar un parto y una borrachera, y…
—Por favor, quédate quieta. Imita a una señora tranquila sentada en un baño, Polly. —Lo haré si nadas conmigo. Me lo prometiste.

Se alisó el cabello con la mano.

—¿Dónde?
—En el baño. Métete tú primero, vamos. No puedes faltar a tu promesa.

George Ring, susurró, galopa hasta aquí arriba, ábrete camino por la puerta a mordiscos. Quiere que me meta, con el abrigo puesto y la botella en el dedo, en este baño frío y grasiento, en este cuarto semioscuro, bajo los pájaros burlones.

—Llevo un traje nuevo —dijo.
—Quítatelo, tonto. No quiero que te metas en el agua con la ropa puesta. Mira, pondré algo ante la ventana para que te desnudes en la oscuridad. Después, yo también me desnudaré. Entraré en la bañera contigo. Sam, ¿estás asustado?
—No sé. ¿No podríamos quitarnos las ropas sin meternos en el agua? Quiero decir, si es que insistes en que nos las quitemos. Podría entrar alguien. Hace un frío terrible, Polly. Terrible.
—Tienes miedo. Tienes miedo de acostarte en el agua conmigo. El frío no te durará mucho.
—Pero no tiene sentido. No quiero meterme en la bañera. Sentémonos aquí; imita a una persona concreta, Polly.

No podía mover la mano, le había atrapado la botella entre las piernas.

—No quieres estar asustado. Yo no soy mayor que tú —dijo la muchacha, y su boca susurrante estaba junto al oído de él—. Apenas te metas en la bañera, saltaré encima de ti en la oscuridad. Puedes imaginarte que soy alguien a quien amas, si no te gusto. Puedes darme cualquier nombre —le clavó las uñas en la mano—. Dame tu chaqueta, la colgaré frente a la ventana. Oscuro como medianoche —dijo, mientras colgaba la chaqueta.

Su rostro, en la luz gris que se filtraba por las cortinas, era como el rostro de una muchacha debajo del mar. Después el verde desapareció, y la oyó rebullir. No quiero ahogarme. No quiero ahogarme en Sewell Street, cerca de Circe Street, susurró.

—¿Te estás desvistiendo? No te oigo. Pronto, pronto, Sam.

Se quitó el chaleco y se quitó la camisa por encima de la cabeza. Mírame bien en la oscuridad, Mortimer Street, espíame en Londres.

—Tengo frío —dijo.
—Yo te haré sentir calor, Sam. —No podía decir dónde estaba ella, pero se movía en la oscuridad y hacía tintinear un vaso—. Te voy a dar un poco de brandy. Hay brandy, querido, en el botiquín. Te daré un vaso grande. Tienes que beberlo de un trago.

Desnudo, deslizó una pierna sobre el borde de la bañera y tocó el agua helada.

Vengan y miren al impotente Samuel Bennett, de Mortimer Street, cerca de Stanley’s Grove, temblando hasta morirse en un baño frío, en la oscuridad, cerca de la estación de Paddington. Estoy perdido en la metrópoli con un pato de goma y una muchacha que no puedo ver y que está sirviendo brandy en el vaso de los dientes. Los pájaros se vuelven locos en la oscuridad. Ha sido tan breve para ellos, Polly.

—Ya estoy en la bañera.
—Yo también me estoy desnudando. ¿Me oyes? —dijo ella suavemente—. Ese es mi vestido. Ahora me estoy quitando las enaguas. Ahora estoy desnuda. —Una mano fría lo tocó en la cara—. Aquí está el brandy, Sam. Sam, querido mío, bébetelo todo, y entraré contigo. Te amaré, Sam, te amaré, Bébelo todo; después puedes tocarme.

Sintió el vaso en su mano, lo alzó, y bebió todo su contenido.

—¡Cristo! —dijo con voz clara, ordinaria—. ¡Cristo!

Después los pájaros se lanzaron volando hacia él y le golpearon la cabeza, cuidadosamente, entre los ojos, brutalmente en las sienes, y cayó de espaldas en la bañera.

Todos los pájaros cantaban bajo el agua, y el mar estaba lleno de plumas que subían hasta su nariz y se le metían en la boca. Un pato grande como un barco navegó sobre una gota de agua grande como una casa y olió su aliento, que le brotaba a chorros de los labios quebrados, sangrantes, como llamas y surtidores. Aquí llegaba una ola de brandy con pájaros, y míster Allingham, desnudo como un bebé, cabalgaba en su cresta con la marca de nacimiento como un arco iris, y George Ring nadaba en estilo braza por la puerta, y tres señoras Dacey se deslizaban en bateas sobre el piso inundado.

La oscuridad se ahogó en una brillante bola de luz, y los pájaros callaron.

.

4

Las voces comenzaron a llegarle desde una gran distancia, viajando en retretes de trenes desenfrenados por una vía líquida, zambulléndose desde el techo inconmensurablemente alto hacia el mar helado contenido en la enorme bañera.

—¿Ven lo que veo yo? —Esa era la voz del hombre llamado Allingham, que dormía debajo de los muebles—. Está tomando un bañito.
—Déjeme mirar, Donald. Está desnudo del todo. —Lo conozco, pensó Samuel. Ese es George Ring, el caballo—. Y está descompuesto, además. Sam, qué tonto.
—Sam, qué afortunado. Está borracho, George. Bueno, bueno, y ni siquiera se ha sacado la botella. ¿Dónde está Polly?
—Fíjese allí —dijo mistress Dacey—. Allí, en el estante. Se ha tomado toda el agua de colonia.
—Tendría mucha sed.

Grandes manos sin cuerpo se acercaron a la bañera y lo sacaron.

—Es un excéntrico —dijo Allingham, mientras lo depositaban en el suelo—. Eso es todo lo que digo. No sermoneo, no condeno. Digo tan sólo que otras personas se emborrachan donde corresponde.

Los pájaros cantaban otra vez en el amanecer eléctrico, cuando Sam se hundió tranquilamente en el sueño.

.

(Continuará…)

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