¿Puede prestarnos a su marido? (I)

Graham Greene

I

Nunca oí que su marido o los dos hombres que se hicieron sus amigos la llamaran de otro modo que «Poopy». Quizás yo estuviera un poco enamorado de ella (aunque eso parezca absurdo, a mi edad), porque descubrí que ese nombre me fastidiaba. No le iba bien a una persona tan joven y franca… demasiado franca. Ella pertenecía a la generación de la franqueza; yo a la del cinismo. «La buena de Poopy», llegó a llamarla el mayor de los dos decoradores, que no la había conocido antes que yo. Ese apodo le habría sentado mejor a alguna jamona estropeada y amiga de empinar el codo, pero útil para llevarla a rastras como a una ciega… Y realmente esos dos necesitaban a una ciega. Una vez pregunté a la muchacha cuál era su verdadero nombre, pero se limitó a decirme: «Todos me llaman Poopy». Y ahí acabó la cosa. Temí parecerle demasiado estricto si insistía (y, quizás, demasiado viejo), así que aunque detesto el apodo cada vez que lo escribo, tendrá que seguir llamándose Poopy. No sé otro nombre.

Hacía más de un mes que yo estaba en Antibes, trabajando en un libro —la biografía del conde de Rochester, el poeta del siglo XVII—, cuando aparecieron Poopy y su marido. Yo había llegado a finales de temporada, me había instalado en un feo hotelucho junto al mar, no lejos de las murallas, y podía ver cómo la temporada se iba junto con las hojas de los árboles del boulevard General Leclerc. Al principio, ya antes de que empezaran a deshojarse los árboles, veía a los automóviles extranjeros que emprendían el regreso. Pocas semanas antes, había contado catorce nacionalidades incluso Monaco, Marruecos, Turquía, Suecia y Luxemburo entre el mar y la place De Gaulle, hacia la cual caminaba todos los días en busca de los periódicos ingleses. Ahora todas las matrículas extranjeras habían desaparecido, salvo las belgas, las alemanas y alguna que otra inglesa. Y, desde luego, las matrículas de Mónaco que se veían por todas partes. El tiempo frío se había presentado tempranamente y Antibes sólo recibe el sol de la mañana. Era bastante agradable desayunar en la terraza, pero resultaba más seguro comer dentro, a menos que uno quisiera tomar el café a la sombra. Allí había siempre un argelino frío y solitario, inclinado sobre las murallas, buscando algo, acaso la seguridad.

Era la época del año que más me gustaba, cuando Juanles Pins se pone tétrico como un parque de atracciones cerrado, con el Luna Park clausurado con tablones, los letreros que anuncian Fermeture Annuelle frente al Pim Pum y Maxim’s, y el Concours International Amateur de Striptease en el Vieux Colombier suspendido hasta la temporada siguiente. Entonces Antibes vuelve a adquirir su verdadera naturaleza, con el Auberge de Provence lleno de gente del lugar y ancianos que beben cerveza en el bar de la plaza De Gaulle. El jardincillo que circunda las murallas resulta un poco triste, con sus palmeras bajas y fornidas que inclinan su follaje marrón; el sol de la mañana brilla sin resplandor, y unas pocas velas blancas avanzan lentamente en un mar que no deslumbra.

A menudo los ingleses, a diferencia de los veraneantes, prolongan su estancia hasta el otoño. Tenemos una fe ciega en el sol del sur y el viento que sopla helado sobre el Mediterráneo nos pilla por sorpresa. Entonces empieza una guerra cotidiana con el hotelero sobre la calefacción del tercer piso, y las baldosas están heladas bajo los pies. Para un hombre que ha llegado a la edad en que todo cuanto anhela es un poco de buen vino, un poco de buen queso y un poco de trabajo, es la mejor estación del año. Me molestó la llegada de los decoradores en el momento en que esperaba ser el único extranjero en Antibes, y deseé que fueran aves de paso. Llegaron antes de la comida en un Sprite rojo —un automóvil demasiado joven para ellos—, vestidos con elegantes trajes deportivos, más apropiados para la primavera en El Cabo. El mayor tendría unos cincuenta años, y su pelo gris, ondulado sobre las orejas, era demasiado uniforme para ser real; el más joven pasaba de los treinta y era tan moreno como el otro canoso. Supe que se llamaban Stephen y Tony antes de que llegaran a la recepción, porque tenían voces claras y penetrantes, aunque tan superficiales como la mirada que posaron sobre mí, sentado con un Ricard en la terraza, y que desviaron al advertir que no tenía nada que pudiera interesarles. No eran arrogantes; simplemente estaban más interesados el uno por el otro, aunque quizás —como una pareja que lleva varios años de matrimonio— sin mucha profundidad.

Pronto supe muchos detalles sobre ellos. Tenían cuartos contiguos en mi mismo piso, aunque dudo que ocuparan ambos cuartos, porque cuando iba a acostarme solía oír voces procedentes de uno sólo de los cuartos. ¿Parezco demasiado curioso sobre los demás? Puedo decir en mi defensa que fueron los propios participantes en esta triste comedia quienes llamaron mi atención. El balcón donde trabajaba todas las mañanas en mi biografía de Rochester daba a la terraza donde los decoradores tomaban su café, y aun cuando ocupaban una mesa fuera del alcance de mi vista sus voces claras y declamatorias me llegaban perfectamente. No quería oírlos; quería trabajar. En esos momentos me dedicaba a las relaciones de Rochester con la señora Barry, la actriz, pero en un país extranjero es casi imposible no escuchar a alguien que habla nuestra lengua. Habría aceptado el francés como una especie de música de fondo, pero no podía dejar de prestar atención al inglés.

—Querido, ¿adivina quién me ha escrito?
—¿Alee?
—No, la señora Clarenty.
—¿Qué quiere esa vieja bruja?
—No le gusta el mural de su dormitorio.
—Pero Stephen, si es divino… Es lo mejor que ha hecho Alee. El fauno muerto…
—Supongo que la vieja quiere algo más núbil y menos necrófilo.
—¡Vieja libertina!

Eran dos tipos intrépidos. Todas las mañanas, alrededor de las once, iban a bañarse a la pequeña península rocosa frente al hotel: disponían del Mediterráneo entero para ellos solos. Cuando los veía regresar a buen paso con sus elegantes bañadores, a veces corriendo un trecho para entrar en calor, tenía la impresión de que se bañaban no tanto por placer como por hacer ejercicio y mantener las piernas esbeltas, el vientre liso, las caderas estrechas, indispensable todo ello para pasatiempos más recónditos y etruscos.

No eran perezosos. Iban en el Sprite a Cagnes, Vence, St. Paul; y a cualquier aldea donde pudieran saquear una tienda de antigüedades. Luego regresaban con objetos de madera de olivo, faroles antiguos espurios, imágenes religiosas pintadas que en una tienda me hubieran parecido feas y triviales pero que sin duda ya tenían destinadas para algún singular proyecto de decoración. Pero sus mentes no estaban únicamente ocupadas en su profesión. Además, descansaban.

Una noche los vi en un bar de marineros del puerto viejo de Niza. Fui impulsado por la curiosidad, porque había visto el Sprite rojo estacionado frente al café. Estaban agasajando a un muchacho de unos dieciocho años que, a juzgar por su ropa, debía trabajar como marinero en el barco de Córcega que estaba anclado en el puerto. Me miraron fijamente cuando entré, como pensando ¿Nos habremos equivocado respecto a él? Tomé una cerveza y salí; el más joven me dio las buenas noches cuando pasé junto a su mesa. A partir de entonces, nos saludamos todos los días en el hotel. Me sentí como admitido en su intimidad.

Durante unos días el tiempo se deslizó tan lentamente para mí como para lord Rochester, recluido en la casa de baños de la señora Fourcard, en Leather Lane, para recibir un tratamiento de mercurio para sus pústulas. Aguardaba parte de mis notas, que había olvidado en Londres. No podía liberar a Rochester hasta que llegaran las notas, y mi única distracción durante esos días, eran los dos hombres. Por la tarde o por la noche, cuando se metían en el Sprite, me complacía en adivinar por su ropa la índole de su excursión. Siempre elegantes, lograban expresar mediante el simple cambio de suéter su estado de ánimo: al bar de marineros iban bien vestidos, como de costumbre, pero con un aire de sencillez; cuando trataban con una lesbiana que vendía antigüedades en St. Paul, se arreglaban los pañuelos con masculina arrogancia. En una ocasión desaparecieron durante una semana entera, vestidos con las ropas que supuse serían las más viejas de su colección. Cuando regresaron, el mayor tenía una contusión en la mejilla derecha. Me dijeron que habían ido a Córcega. Les pregunté cómo lo habían pasado.

—Bárbaramente —respondió Tony, el más joven, aunque no creo que lo dijera en el mejor sentido de la palabra.

Me sorprendió mirando la mejilla de Stephen y agregó:

—Tuvimos un accidente en las montañas.

Dos días después, al atardecer, llegó Poopy con su marido. Yo estaba trabajando de nuevo en Rochester, sentado con un abrigo en el balcón, cuando apareció un taxi. El chofer era un individuo que acosaba a los viajeros en el aeropuerto de Niza. Lo primero que observé, porque los pasajeros no habían bajado aún del taxi, fue el flamante equipaje, de color azul eléctrico. Hasta las iniciales unas absurdas P. T. brillaban como monedas recién acuñadas. Había una maleta grande, otra más pequeña y una sombrerera, todas con el mismo brillo cerúleo. Después apareció un respetable baúl de cuero, absolutamente inadecuado para viajar en avión, de esos que se heredan con restos de etiquetas del Hotel Sheperd o del Valle de los Reyes. Al fin salió la pasajera y vi a Poopy por primera vez. Los decoradores también observaban la escena desde la terraza, bebiendo Dubonnet.

Ella era una muchacha muy alta, quizás de un metro setenta, muy delgada, muy joven, de pelo castaño, con un traje tan nuevo como su equipaje. «Por fin», dijo mirando la fachada vulgar con aire extático (o quizás fuera esa la forma de sus ojos). Cuando vi al muchacho tuve la certeza de que eran recién casados: no me hubiera sorprendido ver caer confetti de sus ropas. Eran como una fotografía del Tatler, se miraban con sonrisas fotográficas y sin poder ocultar su nerviosismo. Supuse también que llegarían directamente del banquete de bodas, que debía de haber sido muy elegante, después de una irreprochable ceremonia religiosa.

Formaban una pareja encantadora, mientras vacilaban antes de subir la escalera de la entrada. El largo haz luminoso del faro de la Garoupe barría el agua tras ellos y súbitamente iluminó el hotel, como si el gerente hubiera estado esperando su llegada para enfocarlos. Los dos decoradores permanecían sentados, sin beber, y advertí que el mayor se había cubierto la contusión de la mejilla con un pañuelo blanco muy limpio. No miraban a la muchacha, desde luego, sino al muchacho. Mediría un metro ochenta y era tan delgado como ella; su cara parecía el perfil de una moneda, absolutamente hermosa y absolutamente muerta.

Pensé que se había comprado la ropa para la ocasión: la chaqueta deportiva con dos cortes, los pantalones grises, estrechos para destacar las largas piernas. No creo que sumaran cuarenta y cinco años entre los dos, y sentí un tremendo impulso de inclinarme sobre el balcón y advertirles que se marcharan: «No en este hotel… En cualquier hotel, menos en éste». Pude decirles que no había suficiente calefacción, que el agua caliente era imprevisible, que la comida era pésima —aunque a los ingleses no les importa mucho la comida—, pero desde luego no me habrían prestado atención. Evidentemente, estaban resueltos y yo les habría parecido un viejo maníaco. (Uno de ésos ingleses excéntricos que se encuentran en el extranjero; ya imaginaba la carta que escribirían a sus casas). Ésa fue la primera vez que sentí deseos de intervenir, aunque no los conocía. La segunda vez fue demasiado tarde, pero creo que siempre lamentaré no haber cedido a mi locura…

Era el silencio y la atención de los dos decoradores en la terraza lo que me había atemorizado, y el pañuelo blanco que ocultaba la vergonzosa contusión. Por primera vez oí el odioso nombre.

—¿Subimos a ver el cuarto, Poopy, o prefieres tomar una copa antes?

Resolvieron ver el cuarto, y los dos vasos de Dubonnet se pusieron de nuevo en movimiento.

Creo que ella era más hábil que él para organizar una luna de miel, porque esa noche no volví a verlos.

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II

Ya había pasado la hora del desayuno en la terraza, pero advertí que Stephen y Tony se demoraban más que de costumbre. Quizás habían resuelto que hacía demasiado frío para bañarse; sin embargo, me pareció que esperaban algo. Nunca hasta entonces se habían mostrado tan amistosos conmigo y me pregunté si pensaban que mi aspecto, lastimosamente normal, les serviría como pantalla. Ese día alguien había desplazado mi mesa fuera del sol y Stephen sugirió que compartiera la suya: se irían en enseguida, después de tomar otra taza. Se le veía menos la contusión, pero creo que se había empolvado la mejilla.

—¿Se van a quedar ustedes mucho tiempo? —pregunté, consciente de la torpeza con que iniciaba la conversación, a diferencia de su fácil parloteo.
—Pensábamos irnos mañana —dijo Stephen—, pero anoche cambiamos de idea.
—¿Anoche?
—Ayer hizo un día bonito, ¿verdad? Nos han entrado ganas de quedarnos.
—Sin duda nuestro melancólico Londres podrá esperarlos un poco más.
—Sí, tiene un tremendo poder de resistencia, como los bocadillos de las estaciones de tren.
—¿Y sus clientes son tan pacientes?
—¡Dios mío, los clientes! En su vida habrá visto usted las atrocidades con que nos encontramos en Brompton Square y otros lugares por el estilo. Siempre es lo mismo. La gente que paga para que les decoren sus casas suele tener un gusto atroz.
—Entonces, ustedes mejoran el mundo. Cuánto sufriríamos sin ustedes. En Brompton Square.

Tony se echó a reír.

—No sé cómo podríamos soportarlo si no fuera por nuestras bromas. Por ejemplo, en el caso de la señora Clarenty, hemos instalado lo que llamamos el baño de Lúculo.
—Estaba encantada —dijo Stephen.
—Las formas vegetales más obscenas. Me recordó una fiesta de la cosecha.

De pronto callaron, tensos, mientras observaban atentamente a alguien situado a mis espaldas. Miré atrás. Era Poopy, sola. Esperaba que el camarero le indicara qué mesa podía elegir, como una alumna nueva en una escuela cuyas reglas desconoce. Y hasta parecía llevar un uniforme de escolar: pantalones muy ceñidos, con cortes en las pantorrillas. No había advertido que la temporada estival ya había terminado. Supuse que se había vestido así para no llamar la atención, pero sólo había otras dos mujeres en la terraza, y ambas llevaban discretas faldas de tweed. Poopy las miró con nostalgia mientras el camarero la conducía hacia la mesa más cercana al mar. Sus largas piernas se movían torpemente en los pantalones, como sintiéndose observada.

—La joven novia —dijo Tony.
—Ya abandonada —dijo Stephen con inmensa satisfacción.
—Se llama Poopy Travis, ¿sabe?
—Es un nombre increíble. No pueden haberla bautizado de este modo, a menos que hayan dado con un sacerdote muy liberal.
—Él se llama Peter. De ocupación indefinida. No creo que esté en el ejército: ¿qué crees tú?
—No, en el ejército no. Quizás tenga algo que ver con el campo… Hay en él algo agradablemente vegetal.
—Parece que lo saben todo sobre ellos —dije.
—Echamos un vistazo a su ficha antes de cenar.
—No me parece que P. T. tenga aspecto de haber pasado una noche de bodas muy agitada —dijo Tony.

Miró a la muchacha a través de las mesas con expresión muy parecida al odio.

—A los dos nos sorprendió el aire de inocencia del muchacho —dijo Stephen—. Debe de estar más acostumbrado a los caballos.
—Ha confundido lo que sus entrepiernas deseaban con algo muy diferente.

Quizás intentaban escandalizarme pero no creo que esa fuera su intención. Más bien pienso que estaban en un estado de gran excitación sexual; la noche anterior habían tenido un coup de foudre en la terraza y eran incapaces de disfrazar sus sentimientos. Yo era una excusa para hablar, para emitir opiniones sobre el objeto deseado. El marinero había sido sólo un sucedáneo: lo que buscaban estaba aquí. La situación me divertía porque ¿qué podía esperar esta absurda pareja de un muchacho recién casado con la joven que lo esperaba pacientemente, mostrando su belleza como un viejo suéter que se hubiera olvidado de cambiarse? Quizás la metáfora no era la adecuada: ella no se habría atrevido a llevar un suéter viejo, salvo a solas, en su casa. Desconocía que era la clase de mujer que puede permitirse ignorar la moda. Poopy reparó en mi mirada y, quizás porque yo era tan evidentemente inglés, me dirigió una tímida sonrisa. Tal vez yo mismo habría recibido el coup de foudre si no hubiera sido treinta años mayor que ella y no hubiera contado con dos matrimonios en mi haber.

Tony captó la sonrisa.

—Un ladrón de cadáveres —dijo.

Mi desayuno y el muchacho llegaron al mismo tiempo, antes de que pudiera contestarle. Cuando pasó junto a la mesa, pude notar la tensión.

—Cuir de Russie —dijo Stephen, frunciendo la nariz—. Un error de la inexperiencia.

El muchacho oyó las palabras al pasar y se volvió con expresión de asombro para mirar al que había hablado. Los dos decoradores sonrieron con insolencia, como si efectivamente hubiesen tenido el poder de conquistarlo. Por primera vez me sentí inquieto.

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III

Algo no marchaba bien, ésa era la triste verdad. La muchacha bajaba a desayunar casi siempre antes que su marido. Supongo que él pasaba largo tiempo bañándose, afeitándose y poniéndose su Cuir de Russie. Cuando se reunía con ella le daba un cortés beso fraternal, como si no hubieran pasado la noche en la misma cama. Ella empezó a tener las ojeras propias de la falta de sueño… porque yo no podía creer que fueran «los rasgos del deseo satisfecho». A veces, desde mi balcón, los veía regresar de algún paseo. Nada podía ser tan hermoso, salvo quizás un par de caballos. La dulzura del muchacho podía haber tranquilizado a la madre de Poopy, pero cualquier hombre no podía dejar de impacientarse al ver cómo la guiaba por el sendero sin riesgo, le abría las puertas, y caminaba un paso tras ella, como el consorte de una princesa. Yo esperaba algún estallido de irritación producido por la saciedad, pero nunca parecían conversar cuando volvían de su paseo, y en la mesa sólo oí el tipo de frases corteses que emplean los que comen juntos.

Sin embargo, podía jurar que ella lo quería, inclusive por el modo con que evitaba mirarlo. No había nada ávido ni sediento en ella: sólo echaba rápidas miradas cuando estaba segura de que el muchacho tenía la atención puesta en otra parte. Eran miradas, tiernas, quizás ansiosas, pero nada exigentes. Si alguien le preguntaba por él cuando no la acompañaba, la iluminaba el placer de decir su nombre.

Peter se ha quedado dormido esta mañana. Peter se ha cortado al afeitarse. Peter no encuentra su corbata, cree que el camarero se la ha robado.

Lo quería, sin duda; pero no estaba tan seguro de los sentimientos del muchacho.

Era increíble cómo entretanto cerraban el cerco los otros dos. Parecía un sitio medieval: cavaban sus zanjas y levantaban sus terraplenes. La diferencia era que el sitiado no reparaba en ellos, menos la muchacha no lo hacía. Respecto a él, no lo sé. Tenía ganas de advertírselo, pero ¿qué podía decirle sin inquietarla o molestarla? Creo que los dos decoradores se habrían mudado de piso si eso les hubiera ayudado a acercarse a la fortaleza. Probablemente discutieron las ventajas del traslado y resolvieron que era una maniobra demasiado evidente.

A mí me consideraban casi como un aliado, pues sabían que no podía hacer nada contra ellos. Después de todo, algún día podía serles útil distrayendo la atención de la muchacha, y creo que en esto no se equivocaban del todo. Por mi modo de mirarla podían calcular mi interés y quizás pensaban que, a la larga, mis intereses podían coincidir con los de ellos. No se les ocurría que tal vez yo fuera hombre de escrúpulos. Para ellos, los escrúpulos sobraban cuando alguien quería conseguir algo. Había en St. Paul un espejo con marco de carey que ambos pensaban conseguir a mitad del precio que les pedían (creo que había una vieja madre que cuidaba la tienda cuando su hija iba a una boite para mujeres de gustos peculiares). Naturalmente, cuando yo miraba a la muchacha, cosa que me veían hacer con frecuencia, me consideraban dispuesto a secundarles en cualquier plan «razonable». «Cuando yo miraba a la muchacha…». Advierto que no he hecho un verdadero intento de describirla. En una biografía se puede incluir una fotografía o un retrato, y asunto concluido: tengo en estos momentos los grabados de lady Rochester y de la señora Barry frente a mí. Pero hablando como novelista profesional (ya que la biografía y la reminiscencia son formas nuevas para mí) sé que no se describe a una mujer para que el lector la vea con los más precisos detalles de forma y color (muy a menudo, los elaborados retratos de Dickens parecen instrucciones para el ilustrador que debieron de eliminarse una vez concluido el libro), sino para transmitir una emoción. Que el lector se haga su propia imagen de una mujer, de una amante, de alguna transeúnte «dulce y amable» (el poeta no necesita otras palabras para describirla), si tiene imaginación para ello. Si tuviera que describir a la muchacha —en este instante no me decido a llamarla por su odioso nombre—, no sería para indicar el color de su pelo, la forma de su boca, sino para expresar el placer y el dolor con que la recuerdo: yo, el escritor, el observador, el personaje secundario, lo que ustedes quieran. Pero si no me tomé el trabajo de expresárselo a ella, ¿por qué habría de hacerlo contigo, hypocrite lecteur?

Qué rápido cavaban sus túneles esos dos. No creo que hubieran pasado más de cuatro semanas desde su llegada cuando un día, al bajar para el desayuno descubrí que habían acercado su mesa a la de la muchacha y la entretenían en ausencia del marido. Lo hacían muy bien. Fue la primera vez que la vi relajada y feliz, feliz porque hablaba de Peter. Peter administraba tres mil acres de su padre, en algún lugar de Hampshire. Sí, le gustaba cabalgar, y también a ella. Salió a la luz la clase de vida que soñaba llevar cuando volviera a su hogar. De vez en cuando, Stephen se limitaba a decir alguna palabra de cortesía, más bien anticuada, para no interrumpirla. Al parecer había decorado alguna casa en la vecindad de la pareja y sabía los nombres de unos conocidos de Peter —Winstanley, creo—, y eso inspiró inmensa confianza a la muchacha.

—Es uno de los mejores amigos de Peter —dijo, y los dos se lanzaron miradas como lenguas de lagartos.
—Siéntese con nosotros, William —me dijo Stephen, aunque sólo cuando advirtió que podía oírlos—. ¿Conoce usted a la señora Travis? ¿Cómo podía negarme a acompañarlos? Sin embargo, al hacerlo parecía convertirme en aliado de los dos.
—¿No será usted William Harris? —preguntó la muchacha.

Era una pregunta que odiaba pero ella la transformó con su aire de inocencia. Porque tenía la facultad de renovarlo todo: Antibes era un descubrimiento y nosotros los primeros extranjeros que pisaban su suelo. Cuando dijo «Desde luego, me temo que no he leído ninguno de sus libros», me pareció oír por primera vez esa reiterada observación. Hasta me pareció una prueba de su honestidad (he estado a punto de escribir «de su virginal honestidad»).

—Usted debe de saber mucho sobre la gente —dijo ella.

En la trivial observación volví a descubrir una llamada. ¿A quién, y contra quién? ¿Contra esos dos? ¿Contra el marido, que en ese instante apareció en la terraza? Tenía el mismo aire intranquilo que ella y hasta las mismas ojeras, de modo que un extraño podía haberlos tomado por hermano y hermana, como ya he escrito. Vaciló un instante al vernos juntos, y ella lo llamó.

—Ven, querido, quiero presentarte a estas personas tan amables. Conocen a los Winstanley, y este señor es nada menos que William Harris.

No pareció muy contento, pero se sentó con aire sombrío y preguntó si el café estaba todavía caliente.

—Pediré más, querido.

Me miró sin expresión; supongo que se preguntaría si yo tenía algo que ver con el tweed Harris.

—Me han dicho que le gustan los caballos —dijo Stephen— y me preguntaba si usted y su mujer querrían comer con nosotros en Cagnes, el sábado. El sábado es mañana, ¿no? Hay una buena carrera en Cagnes.
—No sé… —dijo él dubitativamente, mirando a su mujer para consultarla.
—Tenemos que ir, querido. Te encantará.

El rostro del muchacho se iluminó instantáneamente. Creo que sólo lo había preocupado un escrúpulo social: el problema de si deben aceptarse invitaciones durante la luna de miel.

—Es muy amable por su parte —dijo—, señor…
—Empecemos por el principio. Me llamo Stephen y él se llama Tony.
—Mi nombre es Peter. Y ella es Poopy —agregó con cierta tristeza.
—Tony, tú llevarás a Poopy en el Sprite. Peter y yo iremos en autobús.

Tuve la impresión —y creo que Tony también— de que Stephen se había apuntado un punto.

—¿Vendrá con nosotros, señor Harris? —preguntó la muchacha, usando mi apellido como para destacar la diferencia entre yo y los demás.
—Me temo que no podré. Estoy trabajando contra reloj.

Aquella noche los observé desde mi balcón cuando regresaron de Cagnes. Al oír cómo reían, pensé «El enemigo está dentro de la ciudadela: sólo es cuestión de tiempo». Mucho tiempo, porque esos dos obraban con suma precaución. No repetirían el rápido ademán que, sospecho, había motivado la contusión en Córcega.

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IV

Entretener a la muchacha durante su desayuno solitario, antes de que llegara su marido, se convirtió en un hábito. No volví a sentarme con ellos, pero me llegaban fragmentos de la conversación y me pareció que nunca volvió a mostrarse tan contenta. Se había disipado hasta la sensación de novedad. Una vez la oí decir «Hay tan poco que hacer aquí» y me pareció una observación muy extraña para una muchacha durante su luna de miel.

Una noche la encontré llorando frente al museo Grimaldi. Había ido en busca de mis diarios y, según mi costumbre, di un paseo por la Place Nationale con el pilar erigido en 1819 para celebrar —curiosa paradoja— la lealtad de Antibes a la monarquía y su resistencia a las troupes étrangéres que procuraban restablecer la monarquía. Después, según mi costumbre, seguí por el mercado, el puerto viejo y el restaurante de Lou-Lou, subiendo la cuesta hacia la catedral y el museo y allí, a la luz gris del atardecer, antes de que se encendieran las farolas, la encontré llorando bajo el risco gris del castillo.

Advertí demasiado tarde sus lágrimas: de lo contrario, no habría dicho «Buenas tardes, señora Travis». Ella se sobresaltó un poco, se volvió y dejó caer el pañuelo. Cuando lo recogí, comprobé que estaba mojado de lágrimas; era como sostener un animalito ahogado en mis manos. Dije «Discúlpeme», para explicarle que lamentaba haberla asustado, pero ella lo interpretó de otro modo.

—Soy una tonta, eso es todo. Me siento deprimida. Todos tenemos momentos malos, ¿no es cierto?
—¿Dónde está Peter?
—En el museo, con Stephen y Tony, mirando los Picassos. Yo no los entiendo.
—No hay por qué avergonzarse. Le pasa a mucha gente.
—Pero Peter tampoco los entiende. Sé que no los entiende. Sólo finge estar interesado.
—Bueno…
—Y no es sólo eso. Yo también fingí durante algún tiempo, para complacer a Stephen. Pero él finge para alejarse de mí.
—Creo que está exagerando.

A las cinco en punto se encendió el faro. Pero aún había demasiada luz para ver el haz luminoso.

—Estarán a punto de cerrar el museo —dije.
—¿Quiere caminar conmigo hasta el hotel?
—¿No prefiere esperar a Peter?
—¿No huelo mal, verdad? —preguntó ella con aire desdichado.
—Bueno… hay un aroma a Arpege. Siempre me gustó el Arpege.
—Parece usted un experto.
—No, en realidad no. Es sólo que mi primera mujer solía comprar Arpege.

Empezamos a caminar y el mistral sopló en nuestros oídos y le dio una excusa, llegado el momento, para sus ojos enrojecidos.

—Antibes me parece muy triste y gris —dijo ella.
—Creía que lo pasaba usted bien aquí.
—Durante un par de días…
—¿Por qué no regresa?
—Resultaría extraño volver antes de terminar la luna de miel, ¿no cree?
—Váyanse a Roma o a algún otro sitio. En Niza encontrará aviones hacia cualquier lugar.
—Sería lo mismo. Lo malo no está en el lugar, está en mí.
—No la entiendo.
—Él no es feliz conmigo. La cosa es muy simple.

Se detuvo frente a una de las casitas de la escollera. Había ropa tendida sobre la calle y un triste canario en una jaula.

—Usted misma lo ha dicho, está deprimida.
—Él no tiene la culpa —dijo—, la culpa es mía. Supongo que le parecerá estúpido, pero nunca me acosté con nadie antes de casarme.

Tragó saliva, volviendo la cara hacia el canario.

—¿Y Peter?
—Es muy sensible. Es una buena cualidad —agregó en seguida—. No me habría enamorado de él, si no lo fuera.
—Pues yo en su caso me lo llevaría a casa en seguida, lo antes posible.

No pude evitar que mis palabras sonaran de modo siniestro, pero ella casi no me oyó. Escuchaba las voces que se acercaban por las murallas, la risa alegre de Stephen.

—Son muy amables —dijo—. Me alegro que Peter se haya hecho amigo de ellos.

¿Cómo podía decirle que estaban seduciendo a Peter en sus propias narices? Y en cualquier caso, ¿su equivocación no sería irreparable? Ésas eran dos de las preguntas que me perseguían durante las horas de la tarde —temibles para un hombre solitario —, cuando el trabajo y la animación del vino de la comida han terminado, y todavía no ha llegado la hora de la primera copa, y la calefacción está muy baja. ¿Tenía ella alguna idea sobre la índole del muchacho con quien se había casado? ¿La había tomado él por ciega, o era su último y desesperado intento de normalidad? No podía resignarme a creerlo. Había una especie de inocencia en el muchacho que parecía justificar el amor de su mujer y prefería creer que aún no estaba del todo formado, que se había casado honestamente y sólo ahora se encontraba al borde de una nueva experiencia. Quizás todo hubiera ido bien si el influjo de algún planeta no hubiese cruzado su luna de miel con ese par de cazadores famélicos.

Yo quería hablar claro, y al fin lo hice, pero no a ella. Cuando me dirigía a mi cuarto, vi que la puerta de uno de los decoradores estaba abierta y oí de nuevo la risa de Stephen, esa risa que a veces, con ironía involuntaria, llamamos contagiosa. Me enfureció. Llamé y entré: Tony estaba echado en una cama de matrimonio y Stephen se arreglaba el pelo, con un cepillo en cada mano, disponiendo las ondas grises a cada lado de la cabeza. El tocador estaba cubierto de potes, como el de una mujer.

—¿De veras te dijo eso? —decía Tony—. ¡Hola, cómo está usted, William! Adelante. Nuestro joven amigo ha hecho confidencias a Stephen. Cosas realmente fascinantes.
—¿Cuál de sus jóvenes amigos? —pregunté.
—Peter, desde luego. ¿Quién iba a ser? Los secretos de la vida matrimonial.
—Pensé que habría sido el marinero.
—¡Malvado! —exclamó Tony—. Pero touché, desde luego.
—Me gustaría que dejarán en paz a Peter.
—No creo que a él le gustara mucho —dijo Stephen—. Ya habrá usted sospechado que no tiene los gustos adecuados para esta clase de luna de miel.
—A usted le gustan las mujeres, William —dijo Tony—. ¿Por qué no se dedica a la muchacha? Es una magnífica oportunidad. No me parece que se esté quedando contenta, como vulgarmente se dice.

Era el más brutal de los dos. Sentí ganas de golpearlo, pero no son tiempos para esa clase de gestos románticos. Además, estaba echado sobre la cama.

—Ella está enamorada del muchacho —dije débilmente.

Debí pensarlo mejor antes de iniciar un debate con esos dos tipos.

—Creo que Tony tiene razón. Ella se sentiría más satisfecha con usted, querido William —dijo Stephen, dando el último toque al cabello sobre su oreja derecha.

La contusión había desaparecido por completo.

—Por lo que Peter me ha confiado, creo que les haría usted un favor a los dos —siguió.
—Stephen; cuéntale lo que te ha dicho Peter.
—Me dijo que desde el principio descubrió en ella una especie de hambrienta feminidad que le pareció terrible y repulsiva. ¡Pobre muchacho! Estaba realmente atrapado por este asunto del matrimonio. Su padre quería herederos (él cría caballos también). Y su madre… bueno, hay una cuestión de interés. No creo que el muchacho tuviera la menor idea de la clase de cosas que le aguardaban.

Stephen se estremeció ante el espejo y después se miró con satisfacción.

Aún hoy quiero creer, para mi propia tranquilidad, que el muchacho no dijo esas cosas monstruosas.

Creo, o más bien espero, que fue el astuto comediante quien puso esas palabras en su boca. Pero esto apenas es un consuelo, porque los manejos de Stephen siempre tenían en cuenta el carácter de sus personajes. Stephen no se dejó engañar por mi aparente indiferencia respecto a la muchacha, y comprendió que Tony y él habían ido demasiado lejos: no convenía a sus propósitos que yo tomara una actitud equivocada o que la crudeza de sus planteamientos me hiciera perder interés por Poopy.

—Desde luego, estoy exagerando. Sin duda el muchacho estuvo un poco enamorado antes de que se produjera la cosa. Su padre la describiría como una linda potranca, supongo.
—¿Qué piensan hacer con él? —pregunté—. ¿Se lo jugarán a cara o cruz, o uno de ustedes cogerá la cabeza y el otro la cola?
—¡Qué cosas de decir, Willam! —exclamó Tony—. Tiene usted una mente clínica.
—¿Y qué pasaría si le cuento a la muchacha esta agradable conversación?
—Mi querido William, ni siquiera la entendería. Es increíblemente inocente.
—¿Acaso no lo es también él?
—Lo dudo… conociendo a nuestro amigo Colin Winstanley. Pero la cosa es discutible. Todavía no se ha franqueado del todo.
—Pronto lo pondremos a prueba —dijo Stephen.
—Un paseíto por el campo… —dijo Tony—. La tensión lo delata, es fácil verlo. Tiene hasta miedo de dormir la siesta, por si es objeto de atenciones no solicitadas…
—¿No tienen ustedes piedad?

Era una expresión anticuada y absurda ante tipos tan cínicos. Me sentí más estricto que nunca.

—¿No se les ha ocurrido que pueden arruinar la vida de la muchacha sólo por divertirse con su juego?
—Esperamos que usted la consuele.
—No es un juego —dijo Stephen—. Debe comprender que tratamos de salvarlo a él. Piense en la vida que llevaría… con todos esos blandos contornos siempre encima de él. Las mujeres me hacen pensar siempre en una ensalada con demasiado aceite…, Esas hojas de verdura mustia nadando, literalmente.
—Cada uno tiene sus gustos —dijo Tony—, pero Peter no está hecho para esa clase de vida. Es muy sensible —agregó, usando las palabras de la muchacha.

No se me ocurrió nada más que decir.

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