¿Puede prestarnos a su marido? (Final)

Graham Greene

 

 

 

 

V

Ya advertirá el lector que en esta comedia represento un papel muy poco heroico. Podía haberme dirigido directamente a la muchacha para soltarle una breve conferencia sobre las cosas de la vida, empezando con delicadeza por el régimen de una escuela secundaria inglesa (Peter llevaba un pañuelo con la insignia de su clase, hasta que un día Tony le dijo, durante el desayuno, que para él la raya púrpura era un error de juicio). También habría podido dirigirme al propio muchacho, pero si Stephen había dicho la verdad y Peter tenía los nervios de punta, mi intervención no habría contribuido a calmarlo. No podía hacer nada. Tenía que esperar y observar, mientras los dos avanzaban cuidadosa y diestramente, hasta el desenlace.

Ocurrió tres días después, durante el desayuno, cuando Poopy compartía como de costumbre la mesa con ellos, mientras su marido estaba en su cuarto entregado a sus lociones. Stephen y Tony nunca se habían mostrado más encantadores ni divertidos.

Cuando llegué a mi mesa, hacían una descripción realmente cómica de una casa que habían decorado en Kensington para una duquesa viuda, locamente interesada por las guerras napoleónicas. Recuerdo que hablaban de un cenicero hecho con el casco de un caballo: Apsley House garantizaba, según el anticuario, que había pertenecido a un caballo tordo que Wellington montaba en la batalla de Waterloo. Había también un paragüero hecho con un casco de bomba encontrado en el campo de Austerlitz y una escalera de incendios hecha con una escala de Badajoz. Escuchándolos, la muchacha parecía aliviada. No había probado el café ni los panecillos; Stephen concentraba toda su atención. Sentí la tentación de decirle: «Lechucita». No habría sido un insulto; porque realmente tenía los ojos muy grandes.

Al fin Stephen inició el plan definitivo. Comprendí que había llegado el momento porque sus manos se pusieron rígidas al coger la taza de café, mientras Tony bajaba los ojos y parecía dirigir una plegaria a su croissant.

—Estábamos pensando, Poopy, si podría usted prestarnos a su marido.

Nunca oí palabras dichas con más elaborada simplicidad.

Ella se echó a reír. No se había enterado de nada.

—¿Prestarles a mi marido?
—Hay una aldea en las montañas, más allá de Montecarlo… Se llama Peille. He oído decir que hay allí un viejo escritorio de belleza arrebatadora. No está en venta, desde luego, pero Tony y yo tenemos nuestras tácticas.
—Ya me he dado cuenta —dijo ella.

Por un instante Stephen pareció desconcertado. Pero ella no había dicho esas palabras con doble intención. Quizás era sólo un cumplido.

—Pensábamos comer en Peille y pasar el día en el camino, para admirar el paisaje. La única dificultad es que en el Sprite sólo hay sitio para tres. Pero Peter nos dijo el otro día que usted tiene intención de ir alguna vez a la peluquería. Por eso pensamos que…

Me pareció que hablaba demasiado para ser convincente, pero no tenía por qué preocuparse: ella no sospechaba nada.

—Creo que es una idea maravillosa —dijo—. Peter necesita tomarse unas vacaciones sin mí. No ha estado un minuto a solas desde que nos casamos.

Se mostraba muy sensata. Y quizás estuviera aliviada. Pobre muchacha. También ella necesitaba unas vacaciones.

—Será una excursión terriblemente incómoda. Tendrá que sentarse en las rodillas de Tony.
—No creo que le importe.
—Desde luego, no podemos garantizar la calidad de la comida en el camino.

Por primera vez Stephen me pareció estúpido. ¿Había todavía una esperanza? A la larga, y a pesar de su crudeza, Tony fue más sagaz. Antes de que Stephen tuviera tiempo de volver a hablar, levantó los ojos de su croissant y dijo con decisión:

—Muy bien. Todo está arreglado. A la hora de la cena se lo devolveremos sano y salvo.

Me miró con aire desafiante.

—Desde luego, nos disgusta que tenga que comer sola, pero estoy seguro de que William la cuidará.
—¿William? —preguntó ella, y odié el modo en que me miró, como si yo no existiera—. ¿Oh, quiere decir el señor Harris?

La invité a comer en el puerto viejo, en el restaurante de Lou-Lou. No podía hacer otra cosa. En ese momento apareció en la terraza el perezoso Peter.

—No quiero interrumpir su trabajo —dijo ella rápidamente.
—No creo en la inanición —dije—. Tengo que interrumpirlo para comer.

Peter había vuelto a cortarse en la cara y tenía un gran pedazo de algodón pegado en la barbilla: me recordó la contusión de Stephen. Mientras esperaba que alguien le dijera algo, tuve la impresión de que ya estaba al corriente de todo: los tres lo habrían ensayado todo cuidadosamente distribuyéndose los papeles, practicando ese estilo lleno de naturalidad, hasta la frase sobre la comida.

Ahora uno de los actores parecía indeciso, de modo que hablé yo.

—He invitado a comer a su mujer al restaurante de Lou-Lou. Espero que no le importe.

La expresión de rápido alivio que vi en las tres caras me habría divertido, de haberme parecido concebible que alguien se divirtiera con semejante situación.

.

VI

—¿No volvió a casarse cuando ella se fue?
—Ya estaba demasiado viejo para casarme.
—Picasso lo hizo.
—Bueno, no soy tan viejo como Picasso.

La trivial conversación tenía como fondo unas redes colgadas sobre un empapelado con botellas de vino pintadas: decoración de interiores, otra vez. Alguna vez he soñado con tener un cuarto que evolucione naturalmente, como los rasgos de una cara. La sopa de pescado humeaba entre los dos. Olía a ajo. Éramos los únicos parroquianos. Quizás fuera la soledad, quizás la franqueza de su pregunta, quizás sólo el efecto del vino rosado, pero súbitamente tuve la agradable sensación de que éramos íntimos amigos.

—Siempre le queda a uno el trabajo —dije—, y el vino y el buen queso.
—Yo no me lo tomaría con tanta filosofía si perdiera a Peter.
—No creo que ocurra, ¿verdad?
—Creo que me moriría, como algún personaje de Christina Rossetti.
—Creía que no la leía nadie de su generación.

Si hubiera sido veinte años más viejo, quizás le habría explicado que nada es tan terrible, que al final de lo que se llama «la vida sexual» el único amor que perdura es el que lo ha aceptado todo, cada decepción, cada fracaso, cada traición, el que ha aceptado hasta el triste hecho de que al cabo, no hay deseo tan hondo como el simple deseo de compañía.

Pero no me habría creído.

—El poema de «La muerte» me hacía llorar. ¿Escribe usted cosas tristes?
—La biografía que estoy escribiendo es bastante triste. Dos personas atadas por el amor, pero una de ellas es incapaz de ser fiel. El hombre muerto de vejez, acabado, a los cuarenta años. Y un sacerdote acechando junto a su cama para arrebatarle el alma. Ni la menor intimidad para un moribundo: el obispo escribió un libro sobre eso.

Un inglés propietario de una cerería en el puerto conversaba en el bar y dos viejas que eran parte de la familia tejían en el fondo del cuarto. Entró un perro, nos miró y se marchó con su cola rizada.

—¿Cuánto hace de eso?
—Unos trescientos años.
—Parece muy contemporáneo. Sólo que hoy no sería el obispo, sino un periodista del Mirror.
—Por eso quise escribir esa biografía. El pasado no me interesa verdaderamente. No me gustan las obras de época.

Sonsacar confidencias supone una técnica parecida a la que algunos hombres emplean para seducir a una mujer: dan un rodeo que parece alejarlos mucho de su verdadero propósito, y procuran interesar y divertir hasta que por fin llega el momento de asestar el golpe. Supuse, equivocadamente, que ese momento había llegado mientras revisaba la cuenta.

—¿Dónde estará Peter ahora? —dijo ella.

Me apresuré a preguntar:

—¿Algo va mal entre los dos?
—Salgamos —dijo ella.
—Tengo que esperar el cambio.

Siempre era más fácil ser atendido en el restaurante de Lou-Lou que pagar la cuenta. En ese momento todos tenían la costumbre de desaparecer: la vieja, abandonando su tejido sobre la mesa, la tía que ayudaba a servir, la propia Lou-Lou, su marido con el suéter azul. De no haberse marchado ya, el perro también habría desaparecido en ese momento.

—Olvida usted que me dijo que no era feliz.
—Por favor, por favor, llame a alguien y salgamos.

Exhumé a la tía de Lou-Lou de la cocina y pagué. Cuando salimos, todos, inclusive el perro, parecieron regresar.

Una vez fuera, le pregunté si quería regresar al hotel.

—No tan pronto… Pero tal vez estoy distrayéndolo de su trabajo.
—Nunca trabajo después de beber. Por eso empiezo temprano. Acerca el momento del primer trago.

Ella dijo que no había visto nada en Antibes, salvo las murallas, la playa y el faro, de modo que la llevé por las callejuelas donde hay ropa tendida de ventana a ventana, como en Nápoles, y donde se entrevén cuartuchos atestados de hijos y nietos. Sobre los portales de antiguas casas nobiliarias se veían ornamentos de piedra labrada. Las aceras estaban bloqueadas por barriles de vino y las calles por niños que jugaban a la pelota. En un cuarto de una planta baja, un hombre sentado pintaba esas horribles cerámicas que se envían a Vallauris, para venderlas a los turistas en el antiguo taller de Picasso: ranas con motas rosadas, peces morados, truchas en forma de cerdito.

—Volvamos al mar —dijo ella.

Regresamos hasta un lugar soleado, en el bastión, y de nuevo sentí la tentación de confiarle mis temores; pero me aterró la idea de que mirara con el estupor de la ignorancia. Ella se sentó en el muro y sus largas piernas ceñidas en los pantalones negros oscilaron como calcetines de Navidad.

—No lamento haberme casado con Peter —dijo.

Me recordó una canción que canta Édith Piaf, Je ne regrette rien. Lo característico de esta frase es que siempre se dice o se canta en tono desafiante.

—Debería llevárselo a casa.

Fue lo único que pude decir, pero me pregunté qué habría ocurrido si hubiera dicho «Se ha casado usted con un hombre al que le gustan los hombres y ahora está de paseo con sus amigos. Soy treinta años mayor que usted, pero al menos siempre he preferido a las mujeres y me he enamorado de usted y todavía podemos pasar unos buenos años juntos, antes de que llegue el momento en que quiera dejarme por un hombre más joven». Todo lo que dije fue:

—Quizás eche de menos el campo… y los caballos.
—Ojalá tuviera usted razón. Pero la cosa es peor.

¿Habría advertido, por fin, la índole del problema? Esperé que se explicara mejor. Era como una novela en el límite entre lo cómico y lo trágico. Si comprendía la situación, sería una tragedia; si persistía en su ignorancia, una comedia, hasta una farsa. Una situación entre una muchacha inmadura, demasiado inocente para comprender, y un hombre demasiado viejo para tener el coraje de dar explicaciones. Supongo que soy aficionado a la tragedia. Así que esperé el desenlace trágico.

—No nos conocíamos demasiado antes de venir aquí —dijo—. Ya sabe, reuniones de fin de semana, el teatro… y los paseos a caballo, desde luego.

No veía adonde quería ir a parar con esas observaciones.

—Casi siempre estas situaciones crean mucha tirantez. Se siente uno arrancado de la vida habitual y embarcado con otra persona después de una complicada ceremonia, casi como dos animales encerrados en una jaula sin haberse visto antes —dije.
—Y ahora que me ha visto, no le gusto.
—Exagera.
—No. ¿Le escandalizaré si le cuento cosas? —agregó con ansiedad—. No tengo a nadie con quien hablar.
—Después de cincuenta años, estoy a prueba de sustos.
—No hemos hecho el amor… de verdad… ni siquiera una vez desde que llegamos aquí.
—¿Qué quiere usted decir con «de verdad»?
—Empieza… pero no termina; no ocurre nada.
—Rochester escribió algo acerca de eso —dije, sintiéndome muy incómodo—. Un poema llamado «El goce imperfecto». —No sé para qué le facilité ese oscuro dato literario; quizás quería, como un psicoanalista, que no se sintiera a solas con su problema—. Puede ocurrirle a cualquiera.
—Pero no es por culpa suya —dijo—. La culpa es mía. Lo sé. No le gusta mi cuerpo.
—Bueno, es un poco tarde para descubrirlo.
—Nunca me vio desnuda hasta que vine aquí —dijo ella, con el candor de una muchacha que consulta al médico: eso era lo que yo significaba para ella, estoy seguro.
—Casi siempre el hombre se pone nervioso la primera noche. Y si después se preocupa (usted debe imaginar qué herido resulta en su orgullo), puede seguir en la misma situación durante días y hasta semanas.

Empecé a hablarle de una amante que tuve. Estuvimos mucho tiempo juntos y, sin embargo, yo no pude hacer nada durante las dos primeras semanas.

—Estaba demasiado nervioso para tener éxito.
—Era un caso diferente. Usted no odiaba verla.
—Hace usted un drama de nada.
—Eso es lo que él trata de hacer —dijo ella con la súbita crudeza de una escolar, y se echó a reír tristemente.
—Nos fuimos una semana a otra parte y desde entonces todo marchó bien. Durante diez días fue un fracaso, pero vivimos felices durante los diez años siguientes. Muy felices. Los nervios pueden depender de un cuarto, del color de las cortinas, hasta pueden colgar de los percheros… Pueden humear en el cenicero que dice Pernod y cuando mira uno hacia la cama, asoman la cabeza debajo de ella como las puntas de unos zapatos.

Y repetí una vez más la única fórmula mágica que se me había ocurrido.

—Lléveselo a casa.
—Eso no cambiaría las cosas. Está decepcionado. Eso es todo.

Se miró las largas piernas negras; seguí su mirada porque ahora descubría que la deseaba de veras y ella dijo con sincera convicción:

—No soy lo bastante bonita cuando estoy desnuda.
—No diga tonterías. No sabe lo que está diciendo.
—Oh, no son tonterías. Todo empezó bien, pero cuando me tocó…

Se puso las manos sobre los pechos.

—… todo marchó mal. En la escuela solíamos hacer revisiones nocturnas. Era horrible. A todas las chicas les crecían, menos a mí. No soy Jayne Mansfield, se lo aseguro. —Rió de nuevo, sin alegría—. Recuerdo que una de las chicas me aconsejó que durmiera con una almohada encima. Dicen que luchan contra el peso, que necesitan ejercicio. Pero no dio resultado, desde luego. No creo que la idea fuera muy científica. Recuerdo que pasaba mucho calor por la noche —agregó.
—Peter no me parece el tipo de hombre que necesita a una Jayne Mansfield —dije cautelosamente.
—Pero tiene usted que comprender que si me encuentra fea, no hay nada que hacer.

Quería estar de acuerdo con ella. Quizás esa razón que ella había inventado fuera menos penosa que la verdad, y pronto aparecería alguien para curarla de su inseguridad. Ya había advertido antes que, con frecuencia, las mujeres encantadoras son las que menos confianza tienen en su aspecto. Pero sin embargo, no podía fingir que estaba de acuerdo con ella.

—Confíe en mí —dije—. No hay nada de malo en usted, y por eso le hablo de este modo.
—Es usted muy bueno —dijo, y sus ojos pasaron sobre mí como el haz luminoso del faro que por la noche se alejaba más allá del museo Grimaldi y, al cabo de cierto tiempo, volvía para barrer, indiferente, todas las ventanas de la fachada del hotel—. Dijeron que volverían a la hora del cóctel —continuó.
—Si quiere usted descansar un rato antes…

Durante un momento habíamos estado muy cerca el uno del otro, pero ahora volvíamos a alejarnos cada vez más. Si la apremiaba, quizás tendría posibilidades de ser feliz. ¿La moral convencional exige que una muchacha permanezca atada como ella lo estaba? Se habían casado por la iglesia; quizás fuera una buena cristiana y yo conocía las leyes eclesiásticas. En este momento de su vida, podía librarse de él, el matrimonio podía anularse, pero dos días después era muy probable que las mismas leyes dijeran: «Él se las ha arreglado bastante bien; están ustedes casados para siempre».

Pero no podía apremiarla. ¿No irían demasiado lejos mis sospechas? Quizás fuera sólo el problema de los nervios de la primera noche; quizás estuvieran a punto de regresar los tres, en silencio, confusos, y Tony tendría una contusión en la mejilla. Me habría encantado ver esa contusión; el egoísmo se desvanece un poco con las pasiones que lo engendran y creo que me habría sentido satisfecho con sólo verla feliz. Volvimos al hotel casi sin hablar. Ella subió a su cuarto y yo al mío. Al fin resultó una comedia, y no una tragedia. Y hasta una farsa. Por eso he dado a estos recuerdos un título humorístico.

.

VII

El teléfono me despertó de mi siesta de hombre maduro. Sorprendido por la oscuridad, no pude encontrar el interruptor. Lo busqué a tientas y tropecé con la lámpara junto a la cama. El teléfono seguía sonando y cuando intenté coger el auricular di con un vaso para cepillos de dientes en el que me había servido el whisky. La esfera luminosa de mi reloj me indicó que eran las ocho y media. El teléfono seguía sonando. Descolgué el auricular, pero esta vez derribé el cenicero. No podía extender el cordón hasta mi oído, así que aullé hacia el teléfono:

—¡Hola!

Desde el suelo llegó un tenue sonido que interpreté como «¿Es usted, William?». Grité: «No cuelgue». Ya del todo despierto, advertí que el interruptor estaba justo sobre mi cabeza (en Londres estaba sobre el velador). Mientras encendía la luz, me llegaron desde el suelo unos ruidos impacientes, como una algarabía de grillos.

—¿Quién es? —pregunté con fastidio.

Reconocí la voz de Tony.

—¿Qué pasa, William?
—Nada. ¿Dónde está?
—Oí un estrépito que me perforó el tímpano.
—Un cenicero —dije.
—¿Suele usted arrojar ceniceros?
—Estaba dormido.
—¿A las ocho y media? ¡William, William!
—¿Dónde está usted? —pregunté.
—En un bar, en lo que la señora Clarenty llamaría Monty…
—Prometió regresar a la hora de la cena.
—Por eso lo llamo. Soy una persona responsable, William. ¿Querría usted decir a Poopy que llegaremos un poco tarde? Invítela a comer. Por favor. Háblele como solamente usted sabe hacerlo. Volveremos a eso de las diez.
—¿Han tenido un accidente?

Lo oí reír a través del teléfono.

—Bueno, yo no lo llamaría accidente…
—¿Por qué no le ha telefoneado Peter?
—Dice que no se encuentra con ánimos.
—Pero ¿qué voy a decirle a la muchacha?

Se cortó la comunicación. Me levanté de la cama, me vestí y llamé a su cuarto. Respondió en seguida; creo que estaba sentada junto al teléfono. Le transmití el mensaje, le pedí que nos encontráramos en el bar y colgué antes de verme obligado a responder a más preguntas.

Pero descubrí que no era tan difícil como temía «tapar la cosa». El mensaje telefónico la había aliviado enormemente. Desde las siete y media había permanecido sentada en su cuarto, pensando en las curvas peligrosas y los barrancos de la Grande Corniche, y cuando la llamé temió que fuera la policía o un hospital. Sólo después de tomarse dos martinis secos se rió de sus temores y dijo:

—¿Por qué Tony lo habrá llamado a usted, y no Peter a mí?
—Supongo que habrá tenido un compromiso urgente… en el baño —dije (ya tenía preparada la respuesta).

Fue como si hubiera dicho algo muy ingenioso.

—¿Cree usted que estarán un poco borrachos? —preguntó—. No me sorprendería.
—Pobre Peter, se merecía el día libre.

No pude dejar de preguntarme en qué consistirían los méritos de Peter para merecerlo.

—¿Quiere usted otro martini?
—Será mejor que no. También yo me podría emborrachar.

Ya me había cansado del suave y frío vino rosado, así que durante la cena, bebimos una botella de auténtico vino. Ella bebió media botella y hablamos de literatura. Parecía tener nostalgia de Dornford Yates, había llegado hasta sir Hugh Walpole y hablaba con respeto de sir Charles Snow, a quien, evidentemente, creía ennoblecido, como sir Hugh, por sus servicios a la literatura. Yo debía de estar muy enamorado para no encontrar casi insoportable su inocencia. O quizás también estuviera un poco borracho. Sin embargo, le pregunté cuál era su verdadero nombre para interrumpir su charla. Ella respondió: «Todos me llaman Poopy». Recordé las letras P T estampadas en sus maletas, pero los únicos nombres que se me ocurrieron fueron Patricia y Prunella.

—Entonces la llamaré simplemente Usted —dije.

Después de comer pedí un coñac y ella un kümmel. Eran más de las diez y media y aún no habían vuelto, pero ella ya no parecía preocupada. Se había sentado en el suelo del bar, junto a mí, y de cuando en cuando el camarero miraba para comprobar si podía apagar las luces. Había apoyado una mano en mis rodillas e inclinada contra mí decía cosas tales como «Debe de ser maravilloso escribir». Con el calor del coñac y la ternura que sentía por ella, no me importaba oírselo decir. Hasta empecé a hablarle del conde de Rochester. ¿Qué me importaban Dornford Yates, Hugh Walpole y sir Charles Snow? Incluso tuve ánimos para recitarle unos versos claramente inadecuados para la situación:

Then talk not of Inconstancy,
False Hearts, and broken Vows;
If I, by Miracle, can be
This live long Minute true to thee,
This all that Heav’n allows.

En ese momento el ruido —¡y qué ruido!— del Sprite que se acercaba nos hizo ponernos de pie. Era innegable que todo lo que el cielo nos concedía eran los momentos en el bar de Antibes.

Tony cantaba; lo oímos mientras remontaban el boulevard General Leclerc; Stephen conducía con el mayor cuidado, casi siempre en segunda, y Peter —según vimos cuando salimos a la terraza— estaba sentado en las rodillas de Tony —un pollito en el nido—, coreando el estribillo. Oí algo así como: «Redondo y blanco, en una noche de invierno, la esperanza del navío de la reina».

Creo que si no nos hubieran visto en la escalera, habrían pasado de largo sin darse cuenta.

—Estás borracho —dijo la muchacha con satisfacción.

Tony la envolvió con el brazo y la hizo subir la escalera.

—Cuidado —dijo ella—. William me ha emborrachado también a mí.
—El bueno de William…

Stephen bajó cuidadosamente del coche y cayó en la silla más cercana.

—¿Todo va bien? —pregunté, sin saber a qué me refería.
—Los chicos lo pasaron muy bien —dijo él— y descansaron mucho.
—Tengo que ir al baño —dijo Peter (de nuevo habían cometido un error), y se dirigió a las escaleras.

La muchacha le tendió una mano y oí que Peter decía:

—Un día maravilloso, un paisaje maravilloso. Un maravilloso…

Ella se volvió al extremo de la escalera y nos envolvió con su sonrisa alegre, tranquila, feliz. Al igual que la primera noche, cuando me pregunté si bajarían a tomar unas copas, no volvieron a aparecer.

Hubo un largo silencio y al fin Tony comentó sonriente:

—Mi querido William, hemos hecho una buena acción. Nunca lo habrá visto usted tan détendu.

Stephen permanecía sentado sin hablar; me pareció que las cosas no le habían ido tan bien. ¿Será posible cazar equitativamente en pareja, o habrá siempre un perdedor? Las ondas grises de su pelo estaban tan inmaculadas como siempre: no se veía ninguna contusión en su mejilla, pero tuve la impresión de que el temor al futuro había arrojado una larga sombra.

—Supongo que lo habrán emborrachado.
—No con alcohol —dijo Tony—. No somos unos vulgares seductores, ¿verdad, Stephen?

Stephen no respondió.

—¿Entonces, cuál fue la buena acción?
—Le pauvre petit Pierre. Estaba en tal estado… Casi se había convencido (o tal vez era ella quien lo había convenido), de que era impuissant.
—Parece que hace usted grandes progresos en francés.
—Suena más delicado en francés.
—¿Y con su ayuda descubrió que no lo era?
—Después de cierta virginal timidez. O casi virginal. No en vano ha pasado por la escuela. Pobre Poopy. No sabe cómo componérselas… Es de una soberbia virilidad. ¿Dónde vas, Stephen?
—Me voy a la cama —dijo Stephen con desgana.

Subió la escalera. Tony lo siguió con la mirada, creo que con una especie de ternura y lástima, con un pesar muy superficial.

—Esta tarde lo ha atormentado el reumatismo —dijo—. Pobre Stephen.

Pensé que lo mejor sería irme a la cama antes de convertirme en el «pobre William». Esta noche, la caridad de Tony era infinita.

.

VIII

Después de mucho tiempo, ésa fue la primera mañana en que me encontré desayunando a solas en la terraza. Las mujeres con las faldas de tweed se habían marchado algunos días, y «los dos muchachos» tampoco habían aparecido. Mientras esperaba el café, me pregunté cuál sería la razón. Podía ser el reumatismo, aunque no me imaginaba a Tony cuidando a un amigo. Existía también la remota posibilidad de que estuvieran algo avergonzados y no quisieran enfrentarse con su víctima. En cuanto a la víctima, me pregunté tristemente qué penosa revelación le habría deparado la noche. Me culpé por no hablar a tiempo. Sin duda habría conocido la verdad más suavemente de mis labios que algún balbuciente estallido de su marido. Al mismo tiempo —tan egoísta somos en nuestras pasiones—, me alegraba de estar así, esperando para secarle las lágrimas, tomarla en mis brazos y consolarla… Me entregué a románticos sueños en la terraza hasta que ella bajó la escalera y comprobé que nunca había necesitado menos que la consolaran.

Estaba como la había visto la primera noche: tímida, animada, alegre, con un largo y feliz futuro resplandeciente en sus ojos.

—¿Puedo sentarme con usted, William? —dijo.
—Por supuesto.
—Ha tenido usted tanta paciencia conmigo y con mis depresiones… Le he dicho un montón de tonterías. Ya sé que usted me dijo que eran tonterías, pero yo no le creí. Y tenía usted razón.

Aunque lo hubiera intentado, no habría podido interrumpirla. Era una venus en una proa, navegando por un mar espumeante.

—Todo va bien. Anoche… Él me quiere, William. Me quiere de veras. No está decepcionado conmigo. Estaba cansado y nervioso, eso es todo. Necesitaba un día de descanso… Détendu.

Incluso repetía las expresiones de Tony.

—Ya no tengo miedo a nada. Qué raro, con lo negra que me parecía la vida hace dos días… Creo que si no hubiera sido por usted, habría renunciado. Qué suerte tuve al conocerlo y a los otros dos. Son unos amigos maravillosos para Peter. Volveremos juntos la semana próxima. Los tres seremos un grupo feliz. Tony empezará a decorar la casa enseguida. Ayer, durante el paseo, hablaron del asunto. No reconocerá la casa cuando la vea… Ah, olvidé que usted nunca la ha visto. Tiene que ir cuando esté terminada. Con Stephen.
—¿Stephen intervendrá en el proyecto? —conseguí preguntarle.
—Tony dice que ahora está demasiado ocupado con la señora Clarenty. ¿Le gusta cabalgar? A Tony le encanta. Adora los caballos, pero tiene tan pocas oportunidades en Londres… Para Peter será maravilloso tener un amigo como Tony. Porque, después de todo, yo no puedo cabalgar con Peter todo el día; tendré montones de cosas que hacer en casa, sobre todo ahora que no estoy acostumbrada. Es maravilloso pensar que Peter no estará solo. Dice que en el cuarto de baño habrá frescos etruscos. Aunque no sé qué es eso de etrusco. Pintaremos el salón de color verde nilo y las paredes del comedor de rojo pompeyano. Ayer trabajaron mucho… Quiero decir con la imaginación, mientras nosotros nos divertíamos. Yo le dije a Peter «Tal como están las cosas, tendremos que pensar en el cuarto de los niños». Pero Peter dijo que Tony me dejará que yo me ocupe de esto. Y habrá que ocuparse de los establos: eran una antigua cochera, y Tony cree que podemos devolverle su antiguo estilo. Ha encontrado un farol en St. Paul que parece justo para… Podemos hacer infinitas cosas. Hay trabajo para seis meses, dice Tony, pero por suerte dejará a la señora Clarenty en manos de Stephen y se dedicará a nosotros. Peter lo consultó sobre el jardín, pero él no es especialista en jardines. Dijo: «Cada uno en su propio metier». Le bastará con que yo encuentre a un hombre que entienda de rosas. Conoce a Colin Winstanley, desde luego, así que formaremos una buena pandilla. Es una lástima que la casa no pueda estar lista para Navidad. Pero Peter dice que se le han ocurrido ideas estupendas para un árbol realmente original. Peter cree que…

Así siguió durante mucho rato. Quizás debí interrumpirla, quizás debí explicarle que su sueño no podía durar. Pero permanecí sentado en silencio, y al fin subí a mi cuarto e hice las maletas. Todavía quedaba un hotel en el parque de atracciones abandonado de Juan, entre Maxim y el local de striptease clausurado.

Si me hubiera quedado… ¡Quién sabe si Peter fue capaz de seguir fingiendo una noche más! Pero yo tampoco le convenía. Si el problema de Peter eran las hormonas, el mío eran los años. No volví a verlos. Ella, Peter y Tony habían salido en el Sprite, y Stephen, según me dijo la recepcionista, estaba en cama con su reumatismo.

Pensé escribirle una nota para explicarle, con cierta vaguedad, los motivos de mi partida, pero cuando me puse a escribirla recordé que no conocía otro nombre que el de Poopy para dirigirme a ella.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.