Historia de Jacobo (I)

Max Aub

 

 

MANUSCRITO CUERVO

HISTORIA DE JACOBO

 

Edición, prólogo y notas de

J. R. BULULÚ,

cronista de su país y visitador de algunos más

 

Dedicado a los que conocieron al mismísimo
Jacobo, en el campo de Vernete,
que no son pocos

Traducido ahora por primera vez del idioma
cuervo al castellano por Aben Máximo Albarrón

 

 

PRÓLOGO

Realmente tienen las obras de la divina arte no sé qué de primor como escondido y secreto, con que, miradas unas y otras muchas veces, causan siempre un nuevo gusto.
J. JOSÉ DE ACOSTA, S. J.
(Historia natural y moral de las Indias)

 

Cuando salí, por primera vez, del campo de concentración de Vernete y llegué a Toulouse, en los últimos meses de 1940, encontré en mi maleta un cuaderno que no había puesto allí.

Jacobo había desaparecido días antes y no se sabía nada de él, ni, según supe luego, se volvió a tener noticias suyas. Jacobo era un cuervo amaestrado cuya mayor habilidad consistía en posarse en las tapaderas de las tinas repletas de las evacuaciones, propias y ajenas, que llevábamos a vaciar y limpiar al río, con regularidad y constancia dignas de mucha mejor causa. Paseábase luego, dándose importancia, entre los barracones y aun volaba del A al B y al C, cuarteles que nos dividían al azar, aunque en principio correspondiera el primero a los denominados detenidos «políticos», el último a los delincuentes comunes y el otro a la morralla de las más variadas índoles: judíos, españoles republicanos, algún conde polaco, húngaros indocumentados, italianos antifascistas, soldados de las Brigadas Internacionales, vagos, profesores, etc.

Ignoro quién colocó aquel cuaderno en mi equipaje. Yo no tenía relaciones personales con Jacobo. Estas páginas dieron vueltas por el mundo, en un ídem, al azar de mis azares, y si las doy ahora a la imprenta es únicamente como curiosidad bibliográfica y recuerdo de un tiempo pasado que, a lo que dicen, no ha de volver, ya que es de todos bien sabido que se acabaron las guerras y los campos de concentración.

Es evidente que el propósito de Jacobo fue escribir un tratado de la vida de los hombres, para aprovechamiento de su especie. Por lo visto no tuvo tiempo de acabarlo; o no se trata más que del borrador del libro publicado en lengua corvina. El índice, que va al frente del cuaderno, promete más de lo que el texto da; lo que no es, por otra parte, achaque puramente corvino: el que no haya trazado índices sin mañana, que levante la mano.

DESCRIPCIÓN DEL MANUSCRITO: 34 páginas de un cuaderno de 48, tamaño 18 x 24, escritas con letra extraña (véase facsímil), no muy difícil de descifrar. Las cubiertas son de color rosa y llevan impresas atrás la tabla de multiplicar. Al frente se lee L’Incomparable, y, abajo, 48 pages.

CRITERIO GENERAL PARA ESTA EDICIÓN (siguiendo, como es natural, las Disquisiciones, de Cuervo):

Sobre el proceso de las sustituciones ver los MSS. de la catedral de Sevilla.

SIGNOS COPULATIVOS: El ángulo se imprime E.

ABREVIATURAS: Se han deshecho en cuanto me ha sido posible.

Doy las más expresivas gracias a Su Excelencia, monsieur Roy, ministro del Interior, socialista como yo, que en 1940 tuvo a bien ayudarme a dar con el manuscrito y me proporcionó tiempo y solaz necesario, y aún alguno de más, para descifrarlo.

J. R. B.

Marsella, julio de 1946.

 

 

HISTORIA DE JACOBO

Traducida fielmente del idioma cuervo por Aben Máximo Albarrón

Edición, prólogo y notas por J. R. Bululú,

Cronista de su país y visitador de algunos más

Dedicado a los que conocieron al mismísimo Jacobo en el campo de Vernete, que no son pocos

 

 

ÍNDICE

Cero. — De mí mismo y de mi propósito.

Uno. — De la extraña manera de vivir de los hombres. De los campos: la lista, la cocina, el B y el C.

Dos. — Del lenguaje de los hombres. De las distintas jergas y sus diferencias.

Tres. — De sus particularidades físicas. De los hombres y de los guardias. De cómo los hombres no tienen hembras. De sus músculos y su servicio. De lo que es leer y escribir. De la absurda manera de comer.

Cuatro. — De los semidioses. De los papeles. De la policía y de la gran invención de la censura. De cómo se manda a los hombres contra su voluntad. De los agentes.

Cinco. — Del trabajo, de las trincheras vacías. De las carreteras y de la dificultad de explicarlas.

Seis. — De lo que hablan, de sus mitos, de los fascistas y de los antifascistas. De la guerra. De la libertad. De los judíos.

Siete. — Del lenguaje, como lo hablan no sólo los hombres sino las cosas. De los altavoces, del teléfono. De la importancia de la cocina. De los externos.

Ocho. — De los internacionales. De cómo aun hablando en lenguas distintas, todos cantan en español.

Nueve. — De cómo, cuando los hombres llegan a uso de razón, los encierran.

Diez. — De las distintas maneras de perder las guerras.

Once. — De la superioridad de los cuervos. Del amor humano: de la masturbación y de la mariconería.

Doce. — De cómo han tenido que inventar máquinas de alas rígidas, que sólo vuelan a fuerza de ruido. De otros medios de transporte imitados de las lombrices. De cómo el esfuerzo les obliga a echar humo. (Del fumador y de tas locomotoras).

Trece. — De cómo un buen espulgador vale lo que pesa.

Catorce. — De cómo para ser de verdad hombre hay que estar a la altura de las circunstancias, de lo difícil que resulta sin alas.

 

CONSIDERACIONES PRELIMINARES DE MÍ

Todo hace presumir que pertenezco a la más ilustre familia corvina. Si no lo abonara mi extraordinario destino, lo diría mi físico: de buena estatura, ojos brillantes, pelaje lustroso, pico aguileño, pata agresiva, porte noble, croar estridente.

Mi destino, me ha llevado a descubrir y avizorar regiones, si antes vistas, nunca comprendidas por mis semejantes. Ello me lleva a tomar la pluma por el pico para ilustración de los más.

Mi nacimiento se envuelve en el más negro de los misterios, lo que prueba mi linaje ilustre. Me he hecho a mí mismo, y si se me permite tal modestia, no le debo nada a nadie. Mis primeros recuerdos coinciden ya con mis relaciones con los bípedos, pero en lo obscuro de mi memoria quedó grabada, como principio de mi vida y ha/añas, el sello de una larguísima caída desde las alturas de los cielos.

Si juzgo necesario enterar a mis compatriotas de las extrañas costumbres y usos que presencié es, en primer lugar, porque me da la corvina gana; en segundo, por la gloria que, seguramente, he de sacar de esta empresa, y, terceramente, para aprovechamiento de tanto cuervo como hay por el mundo.

Si estas líneas llegan a ojos humanos tengo, en cambio, que disculparme. Con perdón de ustedes: El caso es que no sé donde nací. Considero importante este aspecto porque los hombres han resuelto que el lugar donde ven la luz primera es de trascendencia supina para su futuro. Es decir, que si en vez de nacer en un nido A, se nace en el nido B, las condiciones de vida cambian de todo en todo. Si usted ha nacido en Pekín, por las buenas le declaran chino; del propio modo si es usted bonaerense, cátese argentino, así sea blanco, negro, amarillo o cobrizo. Añádanse los pasaportes, para mayor claridad. ¿Os figuráis un cuervo francés o un cuervo español, por el hecho de haber nacido de un lado u otro de los Pirineos?

Para con los hombres tengo, pues, verdadero reparo en presentarme sin saber de dónde soy, aunque salí de un huevo como es natural, e hijo de padres desconocidos. Visto desde el ángulo humano, una persona que no sabe dónde ha nacido o quiénes fueron sus padres, es un ser peligroso. Menos mal que soy cuervo, que si no ya estaría fichado: si un hombre es inglés, sus padres no pueden haber sido más que personas honestas, míranle con respeto; todos los españoles son hijos de toreros; los italianos, hijos de cantantes; los alemanes, hijos de profesores; si corsos, hijos de guardias móviles; si chinos, hijos del arroz, únicos que surgen por generación espontánea. Es decir, que aúnan la paternidad con el suelo, lo que debe ser producto de muy antiguos ritos. Simbolizan las tierras con vistosas banderas. Éstas varían con el tiempo y las banderías.

 

DE MI MÉTODO, Y ALGUNAS GENERALIDADES

Soy un cuervo perfectamente serio. Tengo en mucho decir las cosas como son y no como desearía que fuesen, achaque de tantos y mal para todos. Al cuervo, cuervo y a la urraca, urraca.

Me propongo estudiar aquí una casta primitiva, netamente inferior, que la casualidad me ha dado a conocer.

¿Para qué, dirán mis lectores, estudiar lo mediocre, lo inferior, habiendo tanto en qué forjar nuestra superioridad?

Por varias razones: para evitar que la ilustre raza cuerva caiga en los mismos defectos y para ver si en ese mundo embrionario hay algo que pueda servir para la mejor comprensión del universo corvino, ya que, si no nos podemos quejar de nuestro espacio vital ni de nuestra evidente superioridad sobre las demás especies, ignoramos de dónde venimos.

Existen todavía sabios (aún últimamente el ilustre cuervo X 471-B 4) que sostienen que descendemos del hombre; como se verá, aunque yo no comparta en ningún momento esa teoría, en una vida como la de los hombres, tan primaria, tan sin estructurar, quizá podamos colegir los rastros de una organización social que pudo ser parecida a la nuestra, hace muchos siglos. Por otra parte, no entra en mi intento abordar cuestiones tan abstrusas y me limitaré a aportar datos exactos y fehacientes acerca de ese conglomerado extraño y primitivo en el que, hasta nuestros días, nos hemos fijado tan poco.

Hablar corvinamente de los hombres es pisar un terreno virgen, o casi, de los anales de la tierra. Algún ilustre antepasado nuestro tuvo relaciones, no muy cordiales por cierto, con algunos fabulistas: especie de, embajadores que, sin mayor resultado, intentaron enviarnos esos bípedos.

El respeto que nos tienen, ya que no se atreven siquiera a disparar sus armas contra nosotros, ha fortalecido este sentimiento de indiferencia que nuestro pueblo manifiesta hacia tal especie. Las universidades corvinas se han orientado hacia otros estudios, sin duda más interesantes para nuestra cultura y nadie será tan atrevido que las tache por ello.

Sin embargo, yo no tenía por qué desaprovechar la ocasión que se me ofrecía.

Educado desde mi más tierna infancia entre estos extraños seres —por motivos que no tengo por qué elucidar—, he llegado a tener un cierto conocimiento de su modo y manera de vivir. Todo cuanto describa o cuente ha sido visto y observado por mis ojos, escrito al día en mis fichas. Nada he dejado a la fantasía —esa enemiga de la política— ni a la imaginación —esa enemiga de la cultura.

Todos los hechos aquí traídos a cuenta no lo son por mi voluntad, sino porque así sucedieron. He rechazado todos los relatos que me pudieran parecer sospechosos aunque el informador me mereciera crédito. He procurado seguir el procedimiento más riguroso posible.

Hubiese podido dar más amenidad al relato a costa de lo auténtico, mas para mí la exactitud, las papeletas, el método, es mi propia razón de ser. Se es erudito, o no se es nada.

No siendo este libro para el vulgo, por lo tanto:

A). Diré poco referente al exterior y apariencia de los hombres. (La clase de animales que más se les aproxima —y a la que conocemos un poco mejor— es la de las lombrices; y no sólo porque ambos carecen de alas).

B). El punto más delicado, el que se presta a más desorientación, es la absoluta falta de lógica en sus reacciones espirituales, tal como el irracionalismo es el signo fundamental de su estructura social.

C). Parecen obrar con arreglo a impulsos y leves bastante idénticas a las que dicta nuestra razón, pero si se estudian a fondo, veremos que no es más que apariencia. Su mentalidad primitiva no alcanza a comprender los, para ellos, misterios de la organización social y aún los fenómenos naturales, lo que les lleva de la mano a los más extraños ritos, a las más inesperadas ceremonias.

D). Su falta de fuerza e iniciativa personal les lleva a vivir en grandes manadas, e imitar a los caracoles en cuanto se refiere a la vivienda, dándose el extraño caso —muestra evidente de su retraso mental— de que aun necesitándolas no las lleven a cuestas.

E). Su falta de plumaje, la carencia de alas y pico, el extraño crecimiento de esos órganos atrofiados que llaman brazos (ya que ni siquiera los necesitan para arrastrarse sino en contadas ocasiones, como no sea en sus primeros pasos, con lo que la teoría de mi ilustre colega 86H6K referente a que los hombres pierden sentido a la medida de sus años parece verosímil) fomenta en ellos un general sentimiento de odio entre sí, como si el imposible vuelo les empujara —por neto sentimiento de inferioridad a usar los brazos para luchar unos contra otros.

Mi interés por los hombres se debe a que es tal vez, y a pesar de todo, el animal que más enseñanzas sacó de nuestra perfecta organización. Lejos quedó, debido al poco desarrollo de su inteligencia, pero de todos modos algo alcanzó: come de todo —hierbas, insectos, animalillos vivos y muertos—. Adoptó, en parte, la monogamia y el gusto por los objetos brillantes. Sólo en un aspecto llegó a tanto o más: en guardar pertrechos para el mal tiempo, por medio de un método que merece estudiarse para ver si nos conviene adoptarlo (que nada es despreciable, y de todo se puede uno aprovechar). Llámanlo —quién sabe por qué— bancos.

Conceptúo difícil que un cuervo acepte a medias, sin rechistar lo que aquí voy a exponer. Pero tengo ya, por mis anteriores comunicaciones académicas, suficientemente cimentado el renombre de mi austeridad y de mi virtud, para que las afirmaciones contenidas en la comunicación que tengo el honor de presentar sean aceptadas como fiel reflejo de la realidad humana.

Advertencia importante: Nuestro riquísimo idioma cuervo no puede expresar tan exactamente como yo hubiese deseado un cúmulo de palabras de las que no he podido todavía averiguar el exacto sentido. Las he reducido al mínimo y van impresas en itálica.

Sólo me queda dar las gracias a don Cuervo Z. 416, a don Cuervo M. N. H. 512 y a don Cuervo Z 18, que me han prestado su inapreciable colaboración, y al Cuervito X 4 14 que ha tenido la gentileza de revisar las pruebas de esta comunicación.

 

DEL LUGAR

Vernete está en el departamento del Ariége, región del sudoeste de Francia, formado por el antiguo Conserans, el país de Foix y una parte de las provincias de Gascuña y Languedoc. Foix es su capital y Pamiers su obispado. Limita al sur con España.

En Vernete hace mucho frío en invierno, y mucho calor en verano. Al fondo, los Pirineos vigilan que todo esté en orden. (Datos debidos a la gentileza del profesor Morales, de la Universidad de Barcelona. Barraca 7. Cuartel B).

El campo está cerca de la carretera y a un vuelo de la estación para que los escogidos tengan toda clase de facilidades para llegar a él. La salida es otra cosa: graduarse en un campo de concentración no es tan fácil. Es uno de los centros culturales de mayor nombre y, quien ha pasado por él, tiene asegurado su porvenir. Los franceses lo crearon en 1939, para mayor y mejor aprovechamiento de españoles. Con lo que la tradicional maledicencia que hace de ellos unos chauvinistas a ultranza queda mal parada.

Para el servicio de los internados disponen de buena guardia, que realiza su trabajo a conciencia. Éstos llevan uniformes, como los porteros de los mejores hoteles.

Para impedir que los externos se mezclen con los escogidos han plantado alambradas alrededor de las numerosas barracas. Y son muy rigurosos para admitir a quien sea en el recinto. Las visitas —aun de los familiares— están prohibidas. Así los internados disponen de todo su tiempo para el trabajo.

Los guardias vigilan constantemente los alrededores y disparan sin aviso previo contra quien quiera salir o entrar sin permiso expreso. Es uno de los servicios culturales del hombre mejor organizados. (Lo que no es decir mucho, como veremos más adelante).

 

DE LA HISTORIA

Foix, capital del departamento, es ciudad de buena historia. Fue fundada por los focenses, cuyo origen marítimo consta por un tridente que luce en las armas de la ciudad.

Su tradición religiosa está bien establecida: el primer signo de su existencia data del siglo V, cuando mataron de mala manera a su obispo, San Volusiano. En 1095, Roger III marchó a las cruzadas con tal de hacerse perdonar su excomunión, ganada por legítima y bien probada simonía. Cosa que no consiguió hasta poco antes de su muerte, gracias a ricas donaciones y a que fundó Pamiers —ciudad de la que depende el Vernete— en recuerdo de Antígona (Apamea), capital siríaca.

Foix y su región, como todo país que se estima, pasó bajo el mando de muchos. Tras los de la Fócida, vinieron los romanos, y los emperadores de Tolosa, los de Carcasona. Luego, al azar de las bodas, el ya condado de Foix fue unas veces independiente y otras no, mientras batallaba con unos u otros, según las necesidades o las ambiciones de sus poseedores. Albigense o católico romano según las épocas; Enrique IV, el gran componedor, lo incorporó a la monarquía francesa. (Datos debidos a la gentileza del profesor Lowenthal, de la Universidad de Colonia. Barraca 33). El campo del Vernete cuenta ahora entre las más legítimas glorias del departamento.

 

CLASIFICACIONES

Hay tres clases de hombres:

A — Los que cuentan su historia.

B — Los que no la cuentan.

C — Los que no la tienen.

Otra clasificación, según la lengua:

A — Los que no tienen lengua.

B — Los que la tienen mala (que son todos los que quisieran tenerla buena, y se vengan de sí hablando mal de los demás).

C — Los que teniéndola no hacen uso de ella, callando por no hablar, porque les tiene sin cuidado.

D — Los discretos (género que se extingue, sin remedio).

 

DE LA DIVISIÓN DE LOS HOMBRES

Los hombres se dividen en internos —presos, internados, detenidos— y externos —militares con o sin graduación—. Los segundos son seres inferiores y uniformados, que están al servicio de los internos. Trataré principalmente de estos últimos. Espero que la junta para Ampliaciones de Estudios pensione algún cuervillo para que estudie a los externos, a fin de que su trabajo sirva de complemento a este ensayo.

 

DE LOS ISMOS

Rebasa mis fuerzas hablarles de otro aspecto de la humanística, que tendría que ver con su clasificación —para mí incomprensible— y que ellos mismos tienen como reliquia de tiempos pasados. ¿Cómo explicaros lo que son: exorcismo, rito doble, rito semidoble, el adviento, la eucaristía, el tedeum, la ofrenda, las cuarenta horas, las novenas, la hisopada, el oficio parvo, las consuetas, los mártires? ¿O el islamismo, el cristianismo, el arrianismo, el vedismo, el fetichismo, el judaísmo, el druidismo, el ocultismo y otras cien palabras con la misma desinencia en ismo?

Mis ilustres concorvinos especializados en filología podrán, quizá, hallar una solución al problema. Yo, por mi parte, sólo puedo indicarles que los hombres entienden por ismo (impreso así o de otra manera pero con el mismo resultado vocal, que ésta es otra: lo mismo escriben añadiendo letras o suprimiéndolas, buen ejemplo de su indecisión, inconstancia y absoluta falta de seriedad).

A). Una lengua de tierra que une dos porciones mayores de la misma.

B). El velo del paladar.

C). La parte encefálica (fíjense en ello: encefálica por la relación que pueda tener con el órgano generador, que también es istmo) que une cerebro y cerebelo.

Ahora bien, a esta luz borrosa ¿quién puede explicar lo que pueda ser ocultismo, fetichismo, cristianismo, etc.?

Aun con estos datos fidedignos dudo que puedan mis ilustres compañeros lograr una explicación, no ya lógica, que ya hemos visto que los hombres no pertenecen al ámbito racional, sino solamente sinderética.

 

DE SUS DIOSES

Los hombres hacen lo que no quieren. Para lograr este fin, tan absurdo a nuestras luces, inventaron quien les mande. Éstos, a su vez, no hacen tampoco lo que quieren, sino lo que les mandan. Los que más mandan tampoco hacen exactamente lo que desean, porque siempre dependen de una fuerza oscura tal vez inventada por ellos, la Burocracia. La Mentira y la Burocracia son los dioses de los externos, es decir, de una casta inferior que mandan a sus superiores, los internados.

 

DE NOSOTROS PARA CON ELLOS

Aprovecho esta ocasión propicia (suponiendo que esto ha de llegar a sus ojos) para protestar del mal nombre que entre los hombres se nos ha hecho, y no me refiero, como puede suponerse, a eso que se llaman refranes, o séase dichos de la plebe, v. gr.: Tal cuervo, tal huevo. No puede ser el cuervo más negro que sus alas. Cría cuervos y te sacarán los ojos. Todos peyorativos, sólo merecen desprecio. Volamos más alto. Además siempre queda el primer ermitaño para compensar tan mala sangre; me refiero a otra felonía que vino a hacerse popular con aquello de La ida del cuervo, aludiendo a la desaparición sin más de alguna gente obligada a mejor cortesía, equiparándonos con el humo, y que se malbasa en una dolosa interpretación de una frase del Génesis, confundiéndonos, para mayor vergüenza nuestra, con la paloma, que fue la que no volvió (¿cuál de las catorce?); a pesar de lo asentado categóricamente por Moisés —al que debieran tener más respeto—, en su primer libro, capítulo VIII versículo 7, y que dice, al pie de la letra: y envió al cuervo, el cual salió y estuvo yendo y tornando hasta que las aguas se secaron de sobre la tierra.

Siempre hemos tenido mala prensa, sin hablar siquiera de los fabulistas, que, como es costumbre general humana, y más de los escritores, muestran un desconocimiento absoluto de la materia que tratan. Sabida, hasta del mayor mentecato, nuestra prudencia, nuestro temor y recelar, nuestra desconfianza, nuestro cuidado y recato que nos lleva a planear —en ambos sentidos de la palabra—, buscando, con nuestro soberbio olfato y penetrantísima mirada, lugar solitario donde posarnos, llega ese fatuo francés, de peluca y pantalón corto, nombre corriente, asegurando, para mayor regodeo de niños y niñas, barbaridad tan ultrajante como aquello de:

 

Maitre corbeau, sur un arbre perché, etc.

 

¿Qué nos puede enseñar a nosotros una zorra? Y en cuanto a cantar, todos saben que se trata de una particularidad de pájaros inferiores. (Prueba: intentan muchas veces los guardas de este campo hacer cantar a los internados, y no pueden, a pesar de los golpes. Cantan los borrachos, las criadas, los enfermos de ópera y zarzuela, a los que se encierra en jaulas especiales —a veces doradas— llamadas teatros, donde los incurables —dícense actores o cómicos— divierten a la plebe representando, frente a ella, los más diversos papeles. Si mejoran, creyendo ya sólo ser otro —en Francia, Napoleón—, los dan de alta y llevan al manicomio, donde, por lo menos, viven mal, pero sin público. El teatro es uno de los vicios más horrendos de los hombres, ejemplo impar de su crueldad).

Tal alud de bazofia, ya consignada por un tal Job, que tuvo la avilantez de asentar que abandonábamos a nuestras crías, cuando es del dominio universal que no hay padres más amorosos que nosotros, tal basura vertida sin razón no merecería —ni ha merecido— contestación. Si me rebajo a ello de pasada es únicamente por las actuales circunstancias y porque, al fin y al cabo, he vivido entre hombres algún tiempo.

Sólo Plinio nos trató con cierta consideración, ¿qué mosca le picó?

Claro está que quedan las cornejas, nuestra inferiores, que sirvieron para los albures. ¿Pero quién toma eso en serio? La razón vence siempre.

 

DE LA LIMPIEZA

Cuidan tanto de su cuerpo que al alma se le pegan los resabios del mismo. Tiénenlo en tanto que en su aseo se les va lo mejor de su tiempo. No comen cuando les viene en gana, sino a ciertas horas. Parecen contentos de su carne. La limpian y le sacan brillo. Cepillan sus dientes como si fuesen joyas, y aun se los sacan y guardan y tienen repuesto. (¿Quién ha visto cuervo con pico postizo?). Piensan en platos, y los preparan. Poseídos como lo están de absurdas creencias ancestrales, roídos de tabús cuecen y pasan por el fuego la mayoría de sus alimentos para purificarlos. Ejemplo impar de su atraso y barbarie: «Comer como una fiera» tiene, entre ellos, sentido peyorativo.

De las duchas vengo. No quería que me lo contaran, pero ahora me veo en aprietos para relatarlo. ¿Qué hay más nocivo y molesto que la lluvia? A coro podemos contestar: Nada.

Ahora bien, figuraos que los hombres, en un afán masoquista, han organizado lluvia artificial, ¡y particular! Cada hombre tiene su ducha, o la toma, bajo un pomo de regadera. Allí se restriegan, se rascan, se frotan. ¡Horrenda suciedad!

La verdad: fui con la primera remesa —van de cincuenta en cincuenta— formada por viejos.

¡Qué espantoso es un hombre viejo! Me doy cuenta de lo difícil que resulta explicar el efecto del tiempo en el hombre. Nosotros a los seis meses ya somos adultos y poco cambiamos hasta los cien o doscientos años, como no sea en tamaño. En cambio, los hombres padecen toda clase de vejaciones con el correr del sol; se transforman, su feísima piel desplumada se arruga, cáeseles el pelo, los dientes, se consumen; todo se les vuelven colgajos, sálenles manchas oscuras y las costillas se les marcan como si el esqueleto quisiera salirse de tan innoble envoltura. Carraspean, escupen, peden, a quién más mejor.

Con ellos fueron los mancos, y era cosa de verlos lavarse los muñones.

Todo ello en medio de un vaho apestoso. El uno, pasando un trapo deshilachado a otro: —Frota.

Aquelarre. Éste con una cicatriz, aquél con dos. Sacose el cojo de la 46 uno de sus ojos, y lo mira, y se ríe él solo de su gracia.

Esas delgadas piernas, esos vientres caídos, esas nalgas chupadas… Ahora comprendo por qué los hombres se visten. No hay mal que por bien no venga: dígalo por mí, todavía no repuesto del asco.

Marchitos, lacios, flacos, sarmentosos, tal como olivos o troncos muertos, con sólo el pellejo y los huesos, tizones; secos como palos, untándose de una sustancia viscosa llamada jabón, cuya espuma de blanca viene a parda y negruzca; mohosos, orinados, cubiertos de maculas. ¡Qué guarrería!

Además, incapaces de obrar con iniciativa; ahí, como en todo, tienen un uniformado que les grita: —¡Mójense! ¡Enjabónense! ¡Enjuáguense! ¡Séquense!—para refrescarles la memoria. Hácenlo todo de prisa y mal, muchos no alcanzan a seguir la velocidad del rito; protestan en vano.

¿Para qué los cuidarán y guardarán con tanto esmero y lujo de fuerzas? Todavía no alcanzo a comprender la razón de tanto boato y gasto. Me consuelo pensando que no sólo yo estoy en este caso. El propio capitán de información dijo hoy al jefe de la barraca 34: El noventa por ciento está aquí porque fueron detenidos en un momento de locura.

Y como le preguntara si no había remedio, se alzó de hombros, abrió los brazos y dijo: C’est la guerre… La pagaïe…

 

DEL TRABAJO

Curiosísimo animal, que teniendo cuatro extremidades valederas, sólo usa dos para andar, demostrando así el estado embrionario de su cerebro. Por versión fidedigna, he tenido noticia de que hacia el sur, en lugares ya prohibidos para nuestra especie, existe otra clase de hombres, un poco más racional, llamados monos, de muy variadas especies, que, aun desaprovechando el cincuenta por ciento de su poder caminador, justifícanse por el medio en el que viven: selvas; donde lo que llaman manos les sirven para aprehender lianas, ramas, troncos, etc…

La degeneración del hombre se nota principalmente en esa parte de su estructura: de nada le sirven, como no sea para corromperse: a) o vendiéndose por dinero, que reciben con mano abierta, o b) trabajando. Plaga, esta última, exclusiva de los hombres, y que, gracias al Gran Cuervo, no se propaga fuera de tal en primer término, en una declinación paulatina que los lleva a someterse voluntariamente a hacer toda clase de ejercicios completamente inútiles desde que empiezan a tener uso de razón y fuerza bastante, hasta su muerte; que tanto es d poder del vicio. Tan sin cabeza andan, tan perdidos, que revuelven, trepan, machacan, desmenuzan, deshacen, maltratan cuanto alcanzan sus manos, únicamente por cansarse. En vez de admirarse de lo que el Gran Cuervo nos dio, se dedican —baja la cabeza— a pisotearlo; en vez de no tener ojos para tanta belleza, a veces —¡oh muestra de su incuria!— intentan reproducirla (con resultados siempre lamentables, como no podía menos de ser). En vez de sentarse a descansar, y alabar a quien todo nos lo dio hecho, procuran, en su imbecilidad congénita, transformar —empeorándola— tanta grandeza. Echan su gozo en un pozo a la medida de todas sus fuerzas. Llaman a eso trabajar. Llega su aberración a tal grado que, no contentos con huir personalmente de la ociosidad, los hay que hacen trabajar a los demás. Llaman a eso negocio. Desde luego los negociantes son la casta humana más despreciable. Tal enfermedad ha llevado a esta desdichada humanidad a creer que hay que ganar algo para comer. Fáltame espacio para examinar ahora palabras como jornal, oficio, ocupación, absolutamente intraducibles a nuestro idioma. Sin embargo, no quiero dejar de señalar su expresión: Ganar su vida, porque demuestra hasta qué punto está viciado su entendimiento. Y aquella otra —completamente esotérica—: Ganarás el pan con el sudor de tu frente. Como si el pan tuviera que ganarse, o algo tuviera que ver con el sudor o con la frente. Es una fórmula mágica que, a mi leal saber y entender, está en la base del atraso casi inconcebible de esta curiosa especie.

Hurtan horas al sueño para romper la tierra, entretiénense en aplanarla, en abrirle hoyos, en perforar montes, de día y de noche sudan en empleos inútiles, labran la madera, funden metales, barren las calles, corren tras una pelota. Nada de todo eso es funcional. Y así andan echando pestes de su mundo, como si no fueran ellos los que fabrican su esclavitud. Penados, campesinos, albañiles, secretarios, capataces, vendedores, gañanes, mayorales, sobrestantes, metalúrgicos, artesanos, aprendices, que así y de mil otras maneras se llaman, según su trabajo: todos mercenarios. No es esto lo peor, sino que convencieron a algunas otras especies de no mejor caletre, que se pusieron a imitarlos, o aún a superarlos: mulos, perros, bueyes, caballos. No en balde dicen: Trabajar como un burro.

 

DEL PICO

Fáltales ante todo el pico. ¿Con qué suben? Lo han reemplazado (mal, como todo paliativo) con la palabra. Nunca como ahora, cuervos de todas partes, respingaréis; pero así es: tener buen pico tiene cierta semejanza con el sentido de nuestro refrán, solemos emplearlo refiriéndonos, en su recto sentido, a quién gracias a él trepa fácilmente; como no lo tienen los hombres, sólo lo emplean en sentido figurado: al que mejor habla dícenle pico de oro.

También escuché picar muy alto rifiriéndose a grandes ambiciones, evidentemente son huellas de antiquísimos rastros de su perdida prenda, dolidas muestras de pasados esplendores.

Dicen hincar el pico por morir, por respeto a nosotros. Perderse por el pico es expresión paremiológica que no he logrado interpretar correctamente; a las derechas parecería querer expresar que son capaces de cualquier cosa con tal de tenerlo, o, tal vez, sea una frase corriente reservada a quienes trepan arrastrándose a lo más alto de las montañas, extremos a los que lleva la falta de alas. Tampoco me ha sido dado estudiar la relación de pico y diente, ese sucedáneo interior. Otra acepción, para mí oscura, es la que dan a picos pardos, quizá llamen así a los tartamudos, por contraposición a pico de oro; es una mera hipótesis.

 

DE LOS MÉDICOS

Que los hombres son animales complicados y se estropean con facilidad. Para su reparación existen otros que, por el hecho de llevar batas blancas, se llaman médicos. Sin ese plumaje no se diferencian de los demás. He logrado saber que en tiempos pasados llevaban caperuza, cucurucho u hopa, para manifestar su calidad. Tan cómoda costumbre ha desaparecido y no se conoce, en lo externo, la especialidad del hombre, sino su categoría, su clase. Es decir, que un médico pobre no se diferencia de un abogado pobre, ni un médico rico de un banquero, de lo que surgen complicaciones. Los únicos que lucen las prendas de su oficio son los sacerdotes y los militares; lo que explica su autoridad. Los médicos y los abogados han desmerecido en la estimación pública por el abandono de los signos exteriores de su menester. Hay médicos de todas clases, y no se requiere para ello ninguna condición física determinada y lo mismo son rubios que morenos. Oí decir que en Norteamérica, más adelantados a este respecto, un negro no puede ser médico de blancos y viceversa, lo que indica la superioridad de aquel país.

Los médicos no pueden verse entre sí, y dicen pestes los unos de los otros. Los hombres son como los relojes: si buenos, sirven para muchos años; si malos, no hay quien los componga. En el campo hay dos médicos buenos y otros regulares —digámoslo así para no ofenderlos—. Los dos médicos buenos, internados como no podía menos de ser, tienen predicamento entre sus amigos y ejercen su arte con seguridad. Lo hacen a escondidas de los regulares, los oficiales. No intentéis comprender: A eso llaman los hombres fe, que es creer en lo que no se puede creer.

En el campo existe organización y jerarquía médica oficial: el de los tres galones, el de los dos galones, el del galoncito. Los ayudantes van vestidos de azul, de azul tierno, de azul pirineo entrevisto. Los médicos están organizados poco más o menos como los guardias.

Entre los hombres siempre hay una importante minoría de enfermos, porque la enfermedad sirve para no trabajar. Por la mañana los bípedos se dividen en enfermos y sanos. Los enfermos van a la visita. Les acompañé pocas veces, ya que la única diferencia del hospital con las demás barracas es que huele peor. Existen allí unos extraños artefactos llamados camas, que levantan los jergones a un cuervo del suelo.

Tal vez, un atavismo de las ramas.

Llevan a los enfermos a la consulta, de cuatro en fondo, marcando el paso. Allí, los médicos, de toga blanca, sentados tras una mesa, juegan. El de dos galones hace de fiscal:

—¿Qué tienes?

—Me duele el estómago.

—¿Tienes dinero?

—No.

Entonces no puedo hacer nada.

—Lo recibiré mañana.

—Vuelve mañana.

Otro:

—Me duele la cabeza.

—Consulta inmotivada. Ocho días de cárcel.

La cárcel y la aspirina son los medicamentos más corrientes.

Otro destapa una herida:

—¿Tú qué eres?

—Alemán. Antifascista.

Fout-moi le camp. No podemos perder el tiempo con los boches. ¡Adónde iríamos a parar!

Envían algunos al hospital, según el humor del médico, la cara del enfermo, sus posibilidades económicas. Su estancia allí depende de lo mismo. Los simpáticos se quedan, los antipáticos son echados a poco. Lo que no deja de ser una costumbre rara, una más.

Hubo una epidemia de disentería. Enfermedad difícil de explicar. Los dos médicos que trabajan a escondidas de los demás hicieron venir, de afuera, los remedios necesarios para atacar ese desencadenado elemento. Se enteraron los médicos del hospital —los de los galones— y tuvieron gran furor, prohibiendo que los médicos sin galones siguieran tratando a los enfermos. En esto, al de los dos galones le salió un bulto en el cuello. Le curó el de los tres galones y el bulto siguió creciendo. Cuanto más le curaba, más se desarrollaba, hasta el punto de que el pobre hombre no podía volver la cabeza, dolíanle las meninges, algo de lo que dicen que tienen los hombres en la cabeza, lo cual no me extraña y así andan. Ya sin salida en su dolor y daño, vino a consultar a uno de los médicos sin galones, que le pinchó tres veces el bulto, y éste desapareció. Corrió la especie; dijeron que era milagro.

(El milagro es la manera natural de resolver las cosas entre los hombres:

—¿Cómo te has salvado?

—De milagro.

—¿Por qué estás aquí?

—De milagro.

—¿Cómo vives?

—De milagro).

Por mucho que hicieron para que no se divulgara el hecho, éste llegó a oídos del médico de los tres galones y él mismo hizo llamar a la consulta a los dos médicos prohibidos. Acudieron, al día siguiente, con la conducción de enfermos. Estaba sólo Tres Galones:

—¿Qué tienen ustedes?

—Nos mandaron llamar.

—¿Qué cuento es éste? Consulta inmotivada: ocho días de cárcel.

 

DE CIERTAS ENFERMEDADES

El hombre es un animal que se constipa —llámenlo resfriado, romadizo, coriza, catarro o de cualquier otra manera—. Llénanseles las narices de mucosidades y estornudan. Ningún otro animal escupe o se suena. Aunque no soy físico, vengo a relacionar esta curiosa enfermedad con la falta de inteligencia de estos bípedos, y supongo que sus torpes ideas, por trasmutación, se convierten en moco, corrompiendo aun más su temperamento y sumiéndoles en ignorancia y vileza. Por otra parte, la falta de plumas, que ellos intentan remediar escribiendo, hace que su piel, expuesta a la intemperie, se cubra, muchas veces, de ronchas, de sarna y sabañones. No resisten el frío. He visto muchos internados con manos y pies morados. Se les hielan. Carecen de defensas. Uno no se explica cómo pueden sobrevivir. Su existencia, en las condiciones físicas en que se encuentran, es una equivocación.

 

DE LA COMIDA

El hombre es el más materialista de los animales. El comer, su principal ocupación: no le importa tanto lo que come, sino lo que comerá; su norte, lo que reverencia, le pasma, embelesa y arroba: lo primordial. Es para lo único de que son capaces de ponerse de acuerdo anarquistas, belgas, suizos, húngaros, comunistas, altos y bajos, rubios y morenos, alemanes y franceses, españoles, ladrones y gentes honradas.

 

DE LA ESPECIE

Los hombres pertenecen a la misma especie que los perros, los gatos, las vacas, los caballos, las ovejas, los burros, los gansos, los cerdos, los bueyes y las cabras. De esta identidad se encuentran muchas pruebas en el lenguaje humano: A otro perro con ese hueso; como perros y gatos; morir como un perro; hacer el oso; eres un cerdo; eres un burro; oler a cuerno quemado; alzar el gallo; parecer un gallo inglés; soltar un gallo; estar como gallina en corral ajeno; o perdiz o no comerla; cantar como un ruiseñor; cuando esta víbora pica, no hay remedio en la botica; a caballo prestado no le mires el diente; el buey harto no es comedor; andar como pájaro bobo; a falta de vaca, buenos son pollos con tocino; ponerse más colorado que un pavo; roncar como un cochino; caer de su burro; descargar la burra; al asno y al mulo la carga al culo; ser una acémila; pegajoso como una mosca; el que no come gallina come sardina; es un águila; cada oveja con su pareja; hacer el cabrón; estar cabra; del lobo, un pelo; parecer una lombriz; hacer el ganso; las zorras de mi lugar son como las demás; estar hecho un zorro; no hay tales carneros; noventa y nueve borregos y un pastor, hacen cien cabezas, etc., etc.

No tengo tiempo de estudiar las frases anteriores, pero queda claro que los hombres, en la confusión del primitivismo de sus pensamientos, alcanzan, aunque sea por carisma, cierta idea de las categorías.

 

DE LOS EMBLEMAS

Con animales expresan sus más altos pensamientos, con ellos simbolizan pasado y tradición; aunque ninguno osa dibujar un cuervo en su escudo porque les está vedado representar la imagen de Dios. Para obviar esta prohibición lo figuran a su semejanza, mezquina consolación.

Los animales más comúnmente usados para figurar sus mejores sentimientos son el león, el oso, el toro, el lobo, la raposa, el águila, la paloma, el elefante, el perro, el azor, la oveja, la serpiente y, aunque dejéis de volar por el asombro: el gallo y el cabrón.

 

DE LAS EXCELENCIAS DE LOS CAMPOS

El encierro mejora la condición humana. Para lograrlos excelentes suélenlos encarcelar cierto tiempo.

Cuando los hombres de mando no pasan una temporada en una escuela superior de esta naturaleza, surge una época de decadencia, cercano el fin de un ciclo; los mandamases son destronados por gentes venidas de las cárceles y de los campos de concentración.

 

DE LAS JERARQUÍAS

Me hallo de nuevo ante la imposibilidad de explicar uno de los fundamentos de la sociedad humana. ¿Cómo puede comprender un cuervo que otro cuervo valga más o menos que él siendo cuervo? Todos los cuervos somos negros, y basta. Los hombres, para que no haya lugar a dudas, llevan señas exteriores de su rango: valen según sus galones, y por sus galones. (Galón es una cinta, una tira de tela que se aplican en las mangas del uniforme; hay que reconocer que tanto la plata como el oro son inventos notables. También las medallas, que se cuelgan del pecho, hacen feudataria la voluntad de los que no las poseen).

El tono de voz varía según los galones. Los internados carecen de ellos. Los de más galones mandan a los de menos, y éstos a quien no los tiene. Así, de arriba abajo, descargan su enojo: del general al coronel, del coronel al comandante, del comandante al capitán, del capitán al teniente, del teniente al alférez, del alférez al sargento, del sargento al cabo, del cabo al soldado. Ahora bien, el soldado alemán manda al general francés, como ya se dijo antes. Y todos a los internados, para que aprendan, si es que ya no lo saben; pero siempre es bueno machacar. Y los machacan.

 

DE LA IMAGINACIÓN

Su imaginación no les enseña lo que quiere, sino lo que quieren. Sus desengaños, hijos de la imaginación, producen otras imaginaciones; como ciertas enfermedades hereditarias que, a saltacabrilla, de generación en generación, salvan la intermedia: que el desengaño no produce desengaño, sino imaginación.

La imaginación es madre del temor; el temor padre de los celos, de la crueldad, de la poesía y otros cien males.

Entre nosotros sólo lo real engendra valor, que es aceptar las cosas como vienen, y enfrentarse con ellas. Pero los hombres creen en imposibles, razón última de su inferioridad, y lloran. Llorar enturbia la vista, y, sin ella, danse de cabeza contra paredes que ellos mismos levantaron. El que llora, mama, dicen. Ahora bien, el que mama se vuelve traidor. Ya hemos visto a dónde conducen los mamones: a que lloren todos, por no haber sabido morir en defensa de lo suyo. No se les puede culpar del todo, que la naturaleza, en vez de pico, les dio labios y las demás diligencias del temor.

No hallarán aquí relación de batallas, luchas o sacrificios de los que cuentan sin acabar otros historiadores, sí sencillas notas acerca de particularidades vistas por el autor, que ni siquiera saca consecuencia.

 

DEL DINERO

Nadie puede entender a los hombres sin penetrar en el gran misterio del dinero y de la teoría de los valores. Hay que reconocer, sin ambages, que es invento notabilísimo y que, aunque sólo fuera por él, valdría la pena abordar el estudio de esta especie, tan venida a menos.

El hecho es que, llevado por su insuficiencia manifiesta, el hombre dejó de pronto —hace miles de años— de estimarse por lo que era —lo que era en sí, verdaderamente— para pensar en lo que valía. Esta torcedura, este esguince, le llevó de la mano a inventar un signo para determinar aproximadamente ese valor. Así se vio, de pronto, que cada cual fue catalogado según la estimación de sus jefes: Tú vales tanto. Tú vales cuanto. Tú no vales nada. Tú vales mucho.

A la unidad se la llamó dinero. Debido a la diversidad de las lenguas, ese modelo llevó nombres distintos, todos ellos hermosos: onza, ducado, doblón, florín, real, maravedí, escudo, peso, sol, dólar, águila, etc. Como se puede ver, todo el mundo está representado, en esta enumeración: pájaros, flores, tierras, astros. No podía ser de otra manera: con esta sencilla conversión a todo se le ponía precio. Los metales más brillantes fueron consagrados para representar ese ideal, acuñados su valor dependió de su peso, por trasmutación, esas monedas perdieron el valor de lo que representaba para convertirse en valores intrínsecos, y los hombres no valieron por lo que eran sino por lo que atesoraban.

Esa progresión sin remedio lleva a la humanidad hacia un fin mejor: el día en que todos los metales estén en manos de una sola persona o nación acabarán las discusiones onerosas que tanto han contribuido a la degeneración de la especie, va que los hombres, una vez inventado el dinero, se han pasado la vida disputándoselo, matándose por poseerle. Cuando no se atrevieron directamente al crimen recurrieron a la gracia del trabajo remunerado. Así se inventó la esclavitud. Contra ella se alzó una tribu —que habla esperanto— llamada de Los Anarquistas, sin mayor resultado. Ahora otros han emprendido una nueva cruzada contra el dinero. Lo prueba este mismo campo de concentración en el que escribo.

Se han reunido aquí para intentar trabajar sin ser pagados. De los resultados del procedimiento todavía es demasiado pronto para sacar consecuencias. Sin embargo, a pesar de la excelencia de los propósitos, veo que los hombres enflaquecen, se apergaminan, aunque tal vez ese chuparse para adentro sea sólo la exteriorización de una mayor espiritualidad. Como no parecen tampoco muy satisfechos, o alegres — aunque la risa sea manifestación inferior—, he oído decir que en Alemania va existen campos de esta misma índole —y con el mismo fin— donde se lee, en la entrada: «El trabajo por la alegría». Es decir, que los hombres están intentando cambiar monedas por sonrisas. No respondo de ello y habrá de verificarse. (A trasmitir al profesor A ZI-40, en la Selva Negra).

Inventose, más tarde, el billete de banco, o papel moneda (al que hago referencia en otro lugar). No he logrado saber por qué los impresos en inglés valen más que los otros. Pero es un hecho. Un hombre forrado de dólares (especie que no he conseguido ver), vale lo que pesa, y aun más.

Existe otra subespecie humana, de la que no tengo noticias exactas: los monederos falsos. He visto algunas de esas monedas llamadas falsas, hechas por ese grupo. A mi juicio no se diferencian en nada de las demás. Trátanlos los banqueros como criminales y los odian, igual que los comunistas a los trotskistas, o los socialistas de Prieto a los de Negrín, y viceversa. Complicaciones que procuraré explicar más adelante.

 

(Continuará…)

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