Con el hilo que nos queda

Marcelo Filzmoser

 

 

Odio esperarla, más con este frío. Es capaz de no venir. Ganas tendrá. Lo que te falta es guita ¿no, vieja? No hay nadie…  por lo menos agarré el único banco al sol. Ya ni a casa querrés venir.

Mejor nos encontramos en la plaza.—dice y no sé qué mierda de mejor es. Que no le hace bien, que hasta que nos organicemos es mejor así, que qué sé yo. ¿Y cómo termina la cosa? Cagándome de frío en el último pedazo de sol que queda en esta plaza podrida. Ya lo decía mi viejo, el buey solo…

Tengo pocos cigarrillos y con este viento se consumen solos. En cuatro pitadas desaparecen. Las turras esas de las hermanas. ¡Qué cuñaditas me eché! Ni un alma hay en la calle. Al final se salieron con la suya, le dejaron la cabeza más quemada que este filtro. Pero ella es grande. No tiene derecho. Y están los chicos. ¡Qué frío, lo parió! Sos la madre, por lo menos decíles algo. No, nada a nadie.

El médico ese, en su vida debe haber pasado por una así. Dice tan fácil que tengo que dejar de fumar. Mejor sería que le dijese a ella que no me largue, que si me deja solo me muero. Con las pocas ganas de cuidarme que tengo ahora. Comiendo así… Las que deben estar bien son esas hijas de puta, que me perdone la madre. Fideos con manteca, salchichas. Justo en el cigarrillo me voy a fijar. Toda la vida laburando como un burro. Y las flores. ¿Cómo eran que se llamaban? Siempre que venía el aguinaldo. Ahora no me sale el nombre… si me pudiera olvidar de ella como me olvidé de las flores. Cada mango…

Nos cagó la envidia. Si sigo sentado así, con este frío, me va a quedar la espalda a la miseria. Hasta los perros dan lástima acá. ¡Fuera, cucha perro! Las hermanas esas. Ni por los chicos fue capaz. ¿Ya las cuatro? Cuando afloje el sol me voy. La del bancario siempre dándoselas de ricachona, la muy arrastrada. Como si no la hubiese escuchado cuando le decía que yo era un tirado. Me deslomé por tu hermana, hija de puta. Claaaro, ellos, los Roquefeler. A mí me gustaría ver hasta dónde. Ya no camina nadie, debe ser el frío. Van y vienen en auto. ¿Cuándo te hice faltar algo? La otra peor. ¿Qué querés? Una atorranta. Bien que me apoyó las tetas más de una vez y la última le faltó poco para manotearme. Ahí nomás me hizo la cruz. Vieja y solterona se quedó. Ya debe andar por los sesenta… no, más, si yo tengo sesenta y seis… Resentida… Los chicos, por suerte, me quieren. Angélica siempre estuvo más con ella, pero no creo que me guarde rencor. Luis me prefiere a mí. Primer hijo, varón. ¡Cómo se puso! Salió bravo como la madre. Igual hay que calmar las aguas… por Tomás; es su abuela también.

Por favor que no se nuble porque acá me congelo. Encima esa historia de la culpa. ¿De qué carajo? Esas dos. Yo no sé. Y no me deja en paz. “La culpa es tuya” “La culpa es tuya” Quiero dormir, ni eso me dejaste. Y siempre lo mismo… que yo sé bien, que piense un poco, que me fije. Y no. No sé. ¿Qué debería saber? Ella debería saber. Nunca la engañé, nunca me jugué una sola moneda a nada, ni el hipódromo conozco.

Ese perro podrido falta que se venga a tirar acá. Me habré mamado un par de veces, está bien, pero jamás le hice pasar un mal momento. Ni pensar en levantarle una mano, antes me la corto. El alma me rompí por todos, es como si me doliera… seguro que estos dolores son un poco por eso… Nada, todo sirvió para nada. Termino teniendo vaya a saber qué culpa de mierda y con eso ya está. La tipa se va de la casa y que el viejo se pudra como si hubiese sido un hijo de mil putas toda su vida.

Si viviera la madre le llenaría el culo de patadas a las dos turras esas, seguro… a mí me quería. Pero al final da igual. Sea por quién sea, ella dice que soy yo… Ahí viene. Ni el frío la asustó. La guita tira más. Viene despacio, como si gozara viéndome acá así. Un día de éstos me voy a cansar… no me vas a ver más el pelo. Ahí sí vas a saber lo que era bueno. De enfermero te hice la última vez, toda la noche. No le importó, de un día para el otro, ni siquiera un porqué. Por ahí tiene razón Luisito… no, no me la imagino con otro, ya estamos grandes… Es la pierna esa, otra vez le duele. A mí me daba que ese médico no sabía. Se lo dije, pero yo nunca sé. Ahora parece que se despertaron todos, en la panadería debe haber un mundo de gente.

Dentro de poco vas a tener que venir con bastón. En casa te podría ayudar… Con la solterona no debés estar mejor. ¿Vivirá ahí? Así estás. La otra vive a cuerpo de reina mientras vos hacés todo. No quiero ni pensar que esa turra vive de mi plata. Pobre. Está cansada. Volvé… ni te dejaría pedirme perdón. Te abrazaría con cuidado, para que te puedas apoyar, y nos iríamos caminando despacio. Llamaría a los chicos, un asadito, a ella le encanta. Abrigada en la cocina mientras voy por la carne y el carbón, rápido, el vermú también. Mejor me acerco y le ahorro camino, no va a ser que se enoje de nuevo.

­¿Cómo estás? ¿Tenés frío?

—No. Más o menos. Estoy bien.

—Parecés cansada. ¿Querés que nos sentemos un poco?

—Estoy bien. Es el día. Disculpá que no pude venir antes, quise esperar para ver si la pierna se me calmaba un poco.

—No pasa nada, yo llegué hace poquito.

—Sí, está bien.

—¿Fuiste a ver a los chicos? ¿Viste que lindo está Tomás?

—Fui. Luis sigue enojado pero el bebé me quiere.

—¿Cómo no te va a querer? Sos su abuela. No le hagas caso a Luis, vos lo conocés, sacó tu carácter. Yo le voy a hablar. El nene es hermoso, tiene tus ojos, ¿viste? Hasta en la forma de mirar se te parece.

—Puede ser, aunque también se parece algo a la madre. Tomá, le traje comida a Angélica, la tiene que calentar, nada más.

—Está bien. Te lo va a agradecer. Conmigo no se come gran cosa, sabés que soy un desastre. Podría hacerle asado los domingos pero ella se levanta tarde y sin hambre. ¿Viste cómo son los chicos a esa edad? Últimamente se la pasa todo el día afuera. Dice que quiere terminar rápido la facultad.

—Ojalá.

—Sí, yo pienso lo mismo. Por ella, digo.

—…

—¿Seguro no te querés sentar un poco?

—No, no, ya me voy.

—Bueno, como prefieras… tomá. Ahora dicen que nos van a aumentar, ayer escuché a esa mina del noticiero que habla de los jubilados, por ahí el mes que viene te puedo dar algo más.

—No te preocupes.

—…

—…

—Igual un poco me preocupo. ¿Estás bien? ¿Te duele la pierna?

—Estoy bien. Ahora el médico me mandó unos estudios, dice que reforzando el remedio se tiene que pasar. Pero son días, nada más. Con este frío es así.

—¿Querés que te acompañe? Un par de cuadras… te podés apoyar…

—No hace falta. Me voy antes de que nos enfermemos los dos.

—Bueno, chau, cuidáte, andá despacio.

De nuevo solo. Por lo menos Angélica ligó comida. Otra noche sin pegar un ojo. Con el poco hilo que nos queda. ¿Qué se te habrá metido en la cabeza? Espero que lo del aumento sea cierto. 

 

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