Nadja [Fragmento]

André Breton

 

 

PROEMIO
(mensaje con retraso)

Si ya, dentro de este libro, el acto de escribir, más aún el de publicar cualquier clase de libro, queda situado en la categoría de las vanidades, ¡qué habrá de pensarse acerca de la complacencia con que su autor pretende, tantos años después, mejorar su forma por poco que sea! Y sin embargo conviene distinguir, resulte o no oportuno en esta obra, cuanto se relaciona con la clave afectiva hasta depender enteramente de ella —constituye, claro está, lo esencial— de cuanto es relato diario, tan impersonal como pueda serlo, de acontecimientos insignificantes pero articulados unos con otros de manera especial (enramada de Léquier, ¡tuyo, siempre!). Si el intento de retocar en la distancia la expresión de un estado emocional, vista la imposibilidad de revivirlo en el presente, debe saldarse inevitablemente con la disonancia y el fracaso (bastante se evidenció en el caso de Valéry, cuando una devoradora preocupación por el rigor le condujo a revisar sus “versos antiguos”), quizás no deba censurarse la pretensión de conseguir que los términos sean más adecuados y cierta fluidez en otros aspectos.

Lo cual puede aplicarse muy especialmente a Nadja, en razón de uno de los dos principales imperativos “antiliterarios” a los que esta obra se somete: del mismo modo que la abundante ilustración fotográfica tiene por objeto eliminar cualquier descripción —habiendo sido ésta condenada por estéril en el Manifiesto del surrealismo—, el tono adoptado para el relato copia al de la observación médica, especialmente a la neuropsiquiátrica, que tiende a conservar los datos de todo cuanto examen e interrogatorio pueden revelar, sin apurarse por adornar lo más mínimo el estilo al anotarlo. Al hilo de la lectura, podrá comprobarse que tal decisión, que cuida de que el documento “tomado en vivo” no resulte afectado en lo más mínimo, se aplica tanto a la persona de Nadja como a terceras personas y a mí mismo. La voluntaria indigencia de una escritura de estas características ha contribuido, sin duda, a la renovación de su audiencia, relegando su ocaso más allá de los límites habituales.

Subjetividad y objetividad disputan una serie de asaltos a lo largo de una vida humana, de los que casi siempre la primera resulta, muy rápidamente, muy mal parada. Al cabo de treinta y cinco años (la pátina es notable), los leves cuidados con que me decido a rodear a la segunda no dan cuenta sino de cierto respeto a lo mejorexpresado, que ella es la única en tener en cuenta, pudiéndose encontrar lo mejor de la otra —que continúa importándome más— en la carta de amor acribillada de incorrecciones y en los “libros eróticos que carecen de ortografía”.

Navidad de 1962.

 

 

¿Quién soy yo? Como excepción podría guiarme por un aforismo: en tal caso ¿por qué no podría resumirse todo únicamente en saber a quién “frecuento”? Debo confesar que este último término me desorienta puesto que me hace admitir que entre algunos seres y yo se establecen unas relaciones más peculiares, más inevitables, más inquietantes de lo que yo podía suponer. Me sugiere mucho más de lo que significa, me atribuye, en vida, el papel de un fantasma y, evidentemente, se refiere a lo que ha sido preciso que yo dejara de ser para ser quien soy. Atrapado, sin exagerar lo más mínimo, por esta acepción, me revela que lo que yo entiendo como manifestaciones objetivas de mi existencia, manifestaciones más o menos organizadas, no es más que lo que trasciende, dentro de los límites de esta vida, de una actividad cuya auténtica dimensión me resulta completamente desconocida. La imagen que yo tengo de un “fantasma”, con todo lo convencional que resulta tanto en su apariencia como en su ciega sumisión a determinadas contingencias de hora y lugar, representa para mí sobre todo la manifestación perfecta de un tormento que puede ser eterno. Es posible que mi vida no sea más que una imagen de esa naturaleza y que yo, creyendo explorar algo nuevo, esté condenado en realidad a volver sobre mis pasos, a tratar de conocer lo que debería ser capaz de reconocer perfectamente, a aprender una mínima parte de cuanto he olvidado. Esta percepción sobre mí mismo no me parece desacertada sino en la medida en que me presupone a mí mismo, en cuanto a que coloca arbitrariamente en un plano anterior una representación acabada de mi pensamiento que no tiene por qué respetar la temporalidad, que implica en ese mismo tiempo una idea de pérdida irreparable, de penitencia o de caída cuya falta de fundamento moral, en mi opinión, es indiscutible. Lo importante es que las aptitudes particulares que poco a poco voy descubriendo en mí, aquí mismo, en absoluto me alejen de la búsqueda de una aptitud general, que sería la mía propia y que no me ha sido otorgada. Más allá de todas las aficiones que me conozco, de las afinidades que noto en mí, de las atracciones que experimento, de los acontecimientos que me suceden y que sólo me suceden a mí, más allá de la cantidad de movimientos que yo me veo hacer, de las emociones que únicamente yo siento, me esfuerzo en averiguar en qué consiste, ya que no de qué depende, mi singularidad con respecto a los demás seres humanos. ¿No es cierto que sólo en la exacta medida en que sea consciente de esta diferenciación podré revelarme a mí mismo lo que, entre todos los demás, yo he venido a hacer en este mundo y cuál es ese mensaje único del que soy portador hasta el punto que de su suerte debo responder con mi cabeza?

Partiendo de tales reflexiones, me parece deseable que la crítica, es cierto que renunciando a sus más caras prerrogativas, pero proponiéndose una finalidad menos vana, mirándolo bien, que la de elaborar ideas esmerada pero mecánicamente, se contente con sabias incursiones en el terreno que considera vedado por excelencia y que es, al margen de la propia obra, aquél en el que el autor, presa de los pequeños asuntos de la vida cotidiana, se expresa con total independencia, de una manera a menudo tan característica. El recuerdo de la anécdota siguiente: Hugo, hacia el final de su vida, que vuelve a dar por enésima vez el mismo paseo con Juliette Drouet y no interrumpe su silencio, al paso de su carruaje ante una propiedad a la que se accedía a través de dos puertas, una grande, una pequeña, más que para señalar a Juliette la grande: “Puerta para caballerías, señora” y escuchar la respuesta de ella, que le señala la pequeña: “Puerta peatonal, señor”; y luego, un poco más lejos, ante dos árboles de entrelazadas ramas, para añadir: “Philémon y Baucis”, a sabiendas de que esta vez Juliette no habría de responder, y esa certeza que tenemos de saber que esta conmovedora ceremonia se repitió cotidianamente durante años, ¿cómo podría transmitirnos hasta este punto la comprensión y la asombrosa sensación de lo que él era, de lo que él es, el mejor estudio posible de la obra de Hugo? Estas dos puertas son como el espejo de su fuerza y también de su debilidad, sin que se sepa cuál es el de su pequeñez, cuál el de su grandeza. ¿Y de qué nos serviría todo el genio del mundo si no admitiera a su lado esta adorable corrección que sólo el amor permite y que cabe, entera, en la réplica de Juliette? Ni el más sutil, ni el más entusiasta analista de la obra de Hugo podrá nunca hacerme compartir nada mejor que este supremo sentido de la proporción. Cuánto celebraría poseer un documento personal, de la importancia de éste, de cada uno de los hombres que admiro. En su defecto, podría contentarme con documentos de menor valor y poco susceptibles de bastarse por ellos mismos desde el punto de vista afectivo. No soy un admirador de Flaubert y, sin embargo, si me aseguran que había de confesar que con Salammbô no quiso más que “dar la impresión del color amarillo”, con Madame Bovary tan sólo “hacer algo que respondiera a la coloración de esos mohos de los rincones donde hay cochinillas”, y que lo demás le resultaba indiferente, estas preocupaciones, extra-literarias en suma, me predisponen en su favor. Para mí, esa magnífica luz de los cuadros de Courbet es la de la plaza Vendôme, en el momento en que la columna cayó. Y en nuestros días, si aceptara un hombre como Chirico desvelar íntegramente y, por supuesto, al margen de artificios estéticos, entrando en los más ínfimos, y también en los más inquietantes detalles, lo más luminoso de cuanto antaño le guió en su obra, ¡qué salto permitiría dar a la exégesis! Sin él, qué digo, a su pesar, únicamente con sus lienzos de entonces y con un cuaderno manuscrito que tengo entre mis manos, no podría reconstruirse aquel universo que fue el suyo hasta 1917 más que de un modo imperfecto. Es una auténtica lástima que no se pueda colmar esta laguna, que no se pueda captar plenamente todo lo que, en semejante universo, altera el orden previsto, elabora una escala nueva para todas las cosas. Chirico reconoció entonces que no podía pintar más que sorprendido (sorprendido, él, el primero) por determinadas composiciones de objetos y que todo el enigma de la revelación se resumía para él en esta palabra: sorprendido. Es cierto que la obra producto de ello resultaba en lo sucesivo “vinculada por un estrecho vínculo con lo que la había hecho nacer”, pero sólo se le parecía “del modo extraño en que se parecen dos hermanos o, más bien, como la imagen en sueños de una persona en concreto y la misma persona en la realidad. Es, y al mismo tiempo no lo es, la misma persona; cabe observar una leve y misteriosa transfiguración en sus rasgos”. Antes aún que en esas combinaciones de objetos que le pusieron de manifiesto una singular flagrancia, tendría sentido concentrar la atención crítica en los propios objetos e investigar por qué, en tan escaso número, son ellos los llamados a colocarse de ese modo. Mientras no se hayan explicado sus más subjetivas visiones acerca de las alcachofas, del guante, de las galletas o de la bobina, nada se habrá dicho sobre Chirico. ¡Y que no podamos contar con su colaboración en este asunto!

Por lo que me respecta, aún más importante de lo que lo es para el espíritu el hallazgo de cómo ciertas cosas se disponen de una manera determinada, me parecen las disposiciones del espíritu con respecto a ciertas cosas, siendo ambas disposiciones las que por sí solas controlan todas las formas de la sensibilidad. Así es como comparto con Huysmans, el Huysmans de En rada y de Allá, ciertas maneras que nos son tan comunes de apreciar cuanto se ofrece, de escoger con la parcialidad de la desesperación entre lo que existe que si, bien a mi pesar, sólo a través de su obra he podido conocerle, quizás sea de entre mis amigos el que menos desconocido me resulta. Pero además, ¿quién ha hecho más que él para llevar hasta sus últimas consecuencias esta discriminación necesaria, vital, entre el salvavidas, tan frágil en apariencia, que tanto puede auxiliarnos, y la vertiginosa conjunción de fuerzas que se conjuran para echarnos a pique? Me ha transmitido ese vibrante hastío que casi todos los espectáculos le causaron; y nadie antes que él ha sabido, ya que no hacerme presenciar ese gran alborear de lo mecánico sobre el terreno asolado de las posibilidades conscientes, sí al menos convencerme humanamente de su absoluta fatalidad, y de lo inútil que resulta intentar, por uno mismo, escapar de él. ¡Cómo no voy a agradecerle que, sin inquietarse por el efecto que pudiera producir, me informe de cuanto le concierne, de cuanto le ocupa, en sus momentos de mayor angustia, y es ajeno a su angustia, de no “cantar” absurdamente, como demasiados poetas lo hacen, esta angustia sino de enumerarme pacientemente, en la distancia, las razones mínimas y totalmente involuntarias que todavía encuentra para existir, y que sea él mismo quien habla, sin saber demasiado bien para quién! También él es objeto de una de esas perpetuas demandas que parecen llegar del exterior y nos inmovilizan durante unos instantes ante alguna de esas fortuitas combinaciones de cosas, de carácter más o menos original, acerca de cuyo secreto me parece que si nos interrogáramos adecuadamente lo encontraríamos en nosotros mismos. ¡Qué distinto le considero, será preciso decirlo, de todos los empíricos de la novela que pretenden exhibir personajes distintos de ellos mismos y los esbozan físicamente, moralmente a su imagen, y mejor que no queramos saber en provecho de qué causa! A partir de un personaje real, del que creen tener una idea de conjunto, crean dos personajes de su historia; con dos, sin mayores miramientos, componen uno. ¡Y aún hay quien se molesta en debatir acerca de todo ello! Alguien le sugería a un autor, conocido mío, acerca de una obra suya que iba a publicarse y cuya protagonista podía ser identificada con demasiada facilidad que, al menos, le cambiara siquiera el color de sus cabellos. Como si, siendo rubia, hubiera sido más difícil delatar a una mujer morena. Pues bien, eso no me parece pueril, me parece escandaloso. Insisto en reclamar los nombres, en interesarme únicamente por los libros que se dejan abiertos como puertas batientes y que no necesitan claves para ser entendidos. Afortunadamente, los días de esa literatura psicológica con fabulaciones novelescas están contados. Estoy seguro de que fue Huysmans quien le asestó el golpe del que ya no podrá recuperarse. Por lo que a mí se refiere, he de continuar viviendo en mi morada de cristal, en la que en cualquier momento uno puede ver quién viene a visitarme, donde todo lo que cuelga del techo y de las paredes se sostiene como por encanto, donde por las noches descanso en un lecho de cristal con sábanas de cristal, donde quién soy yo me será revelado más pronto o más tarde grabado al diamante. Es cierto que nada me subyuga tanto como la completa desaparición de Lautréamont detrás de su obra y que en mi pensamiento siempre tengo presente su inexorable “Tics, tics y tics”. Pero para mí sigue habiendo algo sobrenatural en las circunstancias de un eclipsamiento humano tan completo Me parecería inútil aspirar a algo semejante y no tengo la menor dificultad en convencerme de que tal pretensión, por parte de quienes se protegen tras ella, sólo revela algún motivo poco honroso.

Al margen del relato que voy a comenzar, no tengo otra intención que la de contar los episodios más determinantes de mi vida tal y como puedo concebirla al margen de su estructura orgánica, es decir, en la medida en que depende de los azares, del más insignificante o del más importante, en que, oponiéndose a la interpretación tópica que se me ocurre para entenderla, me introduce en un mundo como prohibido que es el de las repentinas proximidades, el de las petrificantes coincidencias, el de los reflejos por encima de cualquier otro impulso de lo mental, el de los acordes simultáneos como de piano, el de los relámpagos que permitirían ver, pero ver de verdad, si no fueran aún más veloces que los otros. Se trata de hechos cuyo valor intrínseco es sin duda difícilmente apreciable pero que, por su carácter absolutamente inesperado, violentamente incidental, y por la naturaleza de las sospechosas asociaciones de ideas que suscitan, haciéndole pasar a uno de los hilos de araña a la telaraña, es decir, a la cosa más centelleante y más graciosa del mundo si no fuera porque cerca, o en los alrededores, está la araña; se trata de hechos que, aunque hubiera que considerarlos como meras constataciones, siempre aparentan ser una señal, sin que pueda decirse con precisión que señal, que me hacen descubrir inverosímiles complicidades en plena soledad, que me convencen, cada vez que creo que solo yo manejo el timón del barco, de que soy un iluso. Habría que jerarquizarlos, estos hechos, desde el más simple al más complejo, desde esa reacción especial, indefinible, que provoca en nosotros la visión de muy escasos objetos o nuestra llegada a tal o cual lugar acompañadas por esa sensación muy evidente de que para nosotros algo muy grave y esencial depende de ello, hasta la completa ausencia de paz con nosotros mismos que nos provocan ciertas concatenaciones, determinadas concurrencias de circunstancias que desbordan ampliamente nuestro entendimiento y no permiten que regresemos a una actividad racional más que si, en la mayoría de los casos, recurrimos al instinto de conservación. Cabría repertoriar buen número de pasos intermedios entre esos hechos-deslices y esos hechos-precipicio. Entre esos hechos, de los que para mí mismo apenas alcanzo a ser más que un azorado testigo y los otros hechos, acerca de los cuales presumo de discernir y en cierto modo, de suponer los pormenores, quizás haya la misma distancia que entre una de esas afirmaciones o uno de esos conjuntos de afirmaciones que constituyen la frase o el texto “automático” y la afirmación, o el conjunto de afirmaciones que, para el mismo observador, componen la frase o el texto cuyos términos han sido todos sopesados y fruto de una madura reflexión suya. No cree que su responsabilidad quede empeñada, por decirlo de alguna manera, en el primer caso, en el segundo sí que queda comprometida. En cambio, resulta infinitamente más sorprendido, más fascinado por lo que ocurre en el primero que por lo que ocurre en este último. También está más orgulloso de ellas, lo cual no deja de ser curioso, se siente más libre con ellas. Pues eso es lo que ocurre con esas sensaciones electivas que ya he mencionado antes y cuya propia dosis de incomunicabilidad constituye una fuente de placeres sin igual.

 

 “Como punto de partida tomaré el Hotel Grands Hommes…” (Fotografía J-A Boiffard).

 

Nadie espere de mí una reseña global de cuanto me ha sido dado experimentar en este dominio Aquí me limitaré, sin esforzarme, a recordar lo que en ciertas ocasiones me ha ocurrido sin que por mi parte hubiera hecho nada para que se produjera, lo que, viniendo hasta mí por vías al margen de toda sospecha, me da la medida de la gracia y la desgracia singulares de que soy objeto; hablaré de todo ello sin ordenarlo previamente y según los caprichos de cada momento que deja emerger lo que emerge.

Como punto de partida tomaré el hotel Grands Hommes, en la plaza del Panteón, en el que yo vivía hacia 1918, y como etapa la casa de campo de Ango, en Varengeville-sur-Mer, donde me encuentro en agosto de 1927, decididamente el mismo, la finca de Ango en la que me han invitado a permanecer, cuando no quiera que me molesten, en una cabaña artificialmente camuflada por la maleza, en el lindero de un bosque y desde la que, si quisiera, podría cazar con reclamo sin dejar, por lo demás, de ocuparme de mis cosas. (¿Pero acaso podría haber sido de otro modo a partir del momento en que decidí escribir Nadja?). Poco importa si, por aquí y por allá, un error o una mínima omisión, incluso alguna confusión o un sincero olvido oscurecen lo que cuento, lo que, en su conjunto, nadie podría poner en tela de juicio. Por último,

 

Finca de Ango, el palomar

 

quisiera que nadie redujera semejantes accidentes del pensamiento a su injusta dimensión de sucesos varios y que si, por ejemplo, digo que la estatua de Étienne Dolet en París, en la plaza Maubert, siempre me ha atraído y producido un malestar insoportable al mismo tiempo, nadie dedujera de ello inmediatamente que soy, en todo y por todo, merecedor del psicoanálisis, método que aprecio y sobre el cual pienso que no pretende nada menos que expulsar al hombre de sí mismo, y del que espero hazañas distintas a las de un alguacil. Por otra parte, me reafirmo en que no se encuentra en condiciones de enfrentarse con semejantes fenómenos, al igual que, a pesar de sus grandes méritos, ya es hacerle demasiado honor si se admite que resuelve el problema del sueño o que, simplemente, no conduce a actuar fallidamente a partir de su explicación de los actos fallidos. Con lo cual llego a mi propia experiencia, a cuanto constituye para mí y acerca de mí mismo un motivo apenas intermitente de meditaciones y ensueños.

 

 “Si por ejemplo digo que la estatua de Étienne Dolet en París en la plaza Maubert siempre me ha atraído y producido un malestar insoportable al mismo tiempo…” (Fotografía Colec. Georges Sirot).

 

El día del estreno de Color de Época, de Apollinaire, en el Conservatorio Renée Maubel, mientras conversaba con Picasso en el palco durante el entreacto, se me acerca un muchacho, balbucea algunas palabras, acaba por darme a entender que me había confundido con uno de sus amigos dado por muerto en la guerra. Naturalmente, todo se queda en eso. Poco después, por mediación de Jean Paulhan, escribo una carta a Paul Éluard y entramos en correspondencia sin que por entonces tuviéramos la más mínima imagen física el uno del otro. Durante un permiso, viene a verme: él era quien me había abordado en Color de Época.

 

“Paul Éluard…” (Fotografía Man Ray).

 

Las palabras leña-carbón que figuran en la última página de los Campos Magnéticos me proporcionaron la ocasión de ejercitar un curioso talento de prospección respecto de todos los establecimientos que sirven para identificar, durante un domingo entero en que Soupault y yo estuvimos paseando. Me parece que podía decir a qué altura de cualquier calle que tomáramos aparecerían estos comercios, y si por la derecha o por la izquierda. Y que siempre acertaba. Lo que me guiaba, lo que me alertaba no era la imagen alucinatoria de las palabras en cuestión, sino más bien la de uno de esos tarugos de madera que aparecen cortados en sección, sucintamente pintados en la fachada, a ambos lados de la entrada y formando montones de color uniforme y con una parte más oscura. De regreso a mi habitación, esa imagen siguió persiguiéndome. Un soniquete de tiovivo, que llegaba desde la glorieta Médicis, me causó la impresión de encontrarme de nuevo ante el mismo taco. Y, desde mi ventana, el cráneo de Jean-Jacques Rousseau, cuya estatua podía ver dos o tres pisos por debajo de mí, de espaldas, también lo era. Aterrado, retrocedí precipitadamente.

Seguimos en la plaza del Panteón, tarde, ya de noche. Llaman. Entra una mujer cuya edad aproximada así como sus rasgos no consigo evocar hoy. Enlutada, creo. Busca un número de la revista Littérature, que ha prometido llevarle a alguien a Nantes, al día siguiente. Ese número todavía no se ha publicado pero me cuesta convencerla de eso. Pronto me queda claro que el objeto de su visita es “recomendarme” a la persona que la envía y que pronto vendrá a residir a París. (Recuerdo perfectamente la expresión: “que querría lanzarse a la literatura”, la cual, desde aquel día, y sabiendo a quién se aplicaba, me ha parecido siempre tan curiosa, tan conmovedora). Pero ¿a quién se me confiaba para que acogiera, para que aconsejara, de una manera tan quimérica? Unos días después, llegaba Benjamin Péret.

 

“Las palabras leña-carbón…” (Fotografía J.-A. Boiffard).

 

Nantes: quizás la única ciudad de Francia, además de París, donde tengo la impresión de que puede sucederme algo que merece la pena, donde ciertas miradas se consumen por sí mismas con un ardor excesivo (el año pasado, sin ir más lejos, volví a comprobarlo, durante el tiempo necesario para atravesar Nantes en automóvil y ver a aquella mujer, una obrera, creo, acompañada por un hombre y que alzó su mirada: hubiera debido detenerme), donde para mí la cadencia de la vida es distinta a la de cualquier otro sitio, donde un espíritu aventurero, más allá de cualquier aventura posible, habita todavía en ciertos seres, Nantes, de donde aún pueden surgirme amigos, Nantes, donde amé un parque: el parque de Procé.

 

“Unos días después, llegaba Benjamin Péret…”
(Fotografía Man Ray).

 

Vuelvo ahora a evocar a Robert Desnos en la época en que quienes, de entre nosotros, la hemos conocido designamos como la época de los sueños. “Duerme”, pero escribe, habla. Estamos en mi casa, en el taller, por la noche, encima del cabaret del Cielo. Se oyen las voces de fuera: “¡Entren, entren al Gato Negro!” Y Desnos continúa viendo lo que yo no veo, lo que no puedo ver sino a medida que me lo muestra. Para hacerlo, a menudo adopta la personalidad del hombre vivo más raro, más imprevisible, más decepcionante, el autor del Cementerio de los Uniformes y las Libreas, Marcel Duchamp, a quien jamás ha visto personalmente. Lo que se consideraba como más inimitable de Duchamp gracias a algunos misteriosos “juegos de palabras” (Rrose Sélavy) aparece en toda su pureza con Desnos, alcanzando de repente una extraordinaria dimensión. Quien no haya visto cómo su lápiz vertía sobre el papel, sin la más mínima vacilación y con una prodigiosa rapidez, aquellas asombrosas ecuaciones poéticas, y no haya podido, como yo, estar seguro de que era imposible que hubieran sido elaboradas de antemano, incluso si es capaz de apreciar su perfección técnica y de juzgar su maravilloso aleteo, no puede hacerse una idea de todo lo que aquello alumbraba entonces, del absoluto valor de oráculo que aquello tomaba. Haría falta que alguno de los asistentes a aquellas innumerables sesiones se molestara en describirlas con precisión, en situarlas en su auténtica atmósfera. Pero aún no ha llegado el momento en que se las podrá evocar desapasionadamente. De tantas citas con él, con algún otro o conmigo mismo como Desnos, con sus ojos cerrados, me dio para más adelante, todavía hoy no hay ni una sola que me sienta con valor como para faltar a ella, ni una sola, en el lugar y la hora más inverosímiles, en que no esté seguro de encontrarme con quien me dijo.

 

“Vuelvo ahora a evocar a Robert Desnos…”
(Fotografía Man Ray).

 

Mientras tanto, cualquiera puede estar seguro de encontrarme en París, de que no pueden pasar más de tres días sin verme ir y venir, hacia el atardecer, por el bulevar Bonne-Nouvelle, entre la imprenta de Le Matin y el bulevar de Estrasburgo. Ignoro por qué, en efecto, me conducen mis pasos allí, y voy casi siempre sin una razón precisa, sin nada que me decida a hacerlo más que esa oscura seguridad de que lo que tenga que pasar (?) ocurrirá allí. Durante ese rápido recorrido, no reconozco lo que, incluso sin saberlo, podría suponerme un centro de atención, ni en el espacio ni en el tiempo. No: ni siquiera la muy hermosa y muy inútil Puerta de Saint-Denis. Ni siquiera el recuerdo del octavo y último episodio de una película que vi por allí, muy cerca, en la que un Chino, que había descubierto no sé qué método para multiplicarse, invadía él solo Nueva York, con algunos millones de especímenes de él mismo. Penetraba, seguido por él mismo, y por él mismo, y por él mismo, y por él mismo, en el despacho del Presidente Wilson, que retiraba sus lentes. Esta película, la que con mucho más me ha impresionado, se titulaba: El Abrazo del Pulpo.

“No: ni siquiera la muy hermosa y muy inútil Puerta de Saint-Denis…” (Fotografía J.-A. Boiffard).

 

Con ese sistema que consiste en no consultar nunca el programa antes de entrar en un cine —lo cual, por lo demás, tampoco me serviría de mucho, dado que nunca he conseguido recordar los nombres de más de cinco o seis actores— corro, evidentemente, un mayor riesgo que cualquier otra persona de “no acertar”, aunque deba confesar aquí mi debilidad por las películas francesas más absolutamente idiotas. Por lo demás, comprendo bastante mal los acontecimientos, sigo lo que pasa demasiado imprecisamente. En ocasiones, eso termina por molestarme, y entonces les pregunto a mis vecinos de butaca. Lo cual no impide que ciertas salas de cine del Xº distrito me parezcan ser lugares especialmente adecuados para que yo los frecuente, como en la época en que, con Jacques Vaché, nos instalábamos para cenar en el patio de butacas de la antigua sala del “Folies-Dramatiques”, y abríamos latas, cortábamos pan, descorchábamos botellas y conversábamos en voz alta como si estuviéramos sentados a mesa, dejando completamente estupefactos a los espectadores que no se atrevían a decir ni palabra.

El “Teatro Moderno”, situado al fondo de la Galería de la Ópera, hoy destruido, respondía a la perfección a mi ideal en ese sentido, al margen de que las obras representadas en él aún tuvieran menor importancia. La irrisoria interpretación de los actores, que sólo de una manera muy relativa tenían en cuenta sus papeles, que apenas se prestaban atención unos a otros y completamente ocupados en establecer relaciones con un público compuesto, como máximo, por una quincena de personas, nunca me causó

 

“Esta película, la que con mucho más me ha impresionado…”

 

más efecto que el de un telón de fondo. Pero ¿qué podré evocar yo, por lo que se refiere a esa imagen, la más fugitiva y la más vivaz de mí mismo, a esa imagen acerca de la que hablo conmigo mismo que este a la altura de la entrada en aquella sala de grandes espejos desgastados, adornados en su base con cisnes grises que se deslizaban por entre juncos amarillos, de palcos con rejillas, carentes por completo de aire, de luz, tan poco tranquilizadores, de aquella sala por la que huroneaban las ratas durante la representación, rozando los pies de los espectadores, donde ¡uno podía escoger entre una butaca desfondada y otra butaca cuyo respaldo podía volcarse! Al llegar? Y entre el primer acto y el segundo, pues hacía falta ser muy bondadoso para esperar hasta el tercero, ¿qué volveré yo a ver con estos ojos que lo han visto, del bar del primer piso, tan oscuro también, con sus impenetrables bóvedas, “un salón en el fondo de un lago” , si, ciertamente? Tan a menudo lo frecuentaba que, a costa de tantos horrores de entre los peores que imaginarse pueda he conseguido recordar una coplilla de una pureza perfecta. Una mujer, bonita por excepción, cantaba:

Dispuesta la morada de mi corazón.
Y abierta solo al porvenir.
Libre mi alma de toda desazón.
Bello esposo mío, puedes venir

Siempre he deseado tanto como nadie puede imaginar, encontrarme una noche en un bosque con una hermosa mujer desnuda, o más bien, puesto que una vez manifestado un deseo semejante ya no significa nada, lamento, como nadie puede imaginar, no haberla encontrado nunca. Suponer un encuentro de esa clase no es tan delirante, en suma: podría ser. Creo que todo se habría parado en seco, ¡ah! Desde luego no estaría ahora escribiendo lo que escribo. Me encanta una situación así en la que por encima de cualquier otra, probablemente más hubiera carecido de presencia de ánimo Creo que ni siquiera lo hubiera tenido para huir (Quienes ríen con esta última frase son unos cerdos). El año pasado ya atardecido por las galerías de al lado del Electric-Palace, una mujer desnuda, que tan solo hubiera tenido que despojarse de un abrigo, iba y venía de un lado a otro, muy blanca. Lo cual, en sí mismo, ya era bastante turbador. Desgraciadamente, lejos de ser algo extraordinario, esa esquina del “Électric” era un lugar de libertinaje carente de interés.

 

Acerca del “Teatro Moderno”

 

Pero para mí, hundirme de verdad en los bajos fondos del espíritu, allí donde ya no se trata de que la noche descienda o se desvanezca (¿así que ya es de día?) es regresar a la calle Fontaine, al “Teatro de las Dos Máscaras” que, desde aquella época, ha dado paso a un cabaret. Fui a él desafiando mi escaso gusto por las tablas, hace mucho tiempo, seguro de que la obra que se representaba no podía ser mala, de tanto como la crítica se había encarnizado con ella, llegando hasta reclamar su prohibición. Incluso había parecido extraordinariamente fuera de lugar entre las peores del “género de terror” que constituían todo el repertorio de esta sala: será preciso reconocer que no era una mala recomendación. No dilataré más el confesar la admiración sin límites que sentí por Las Desequilibradas, que es y seguirá siendo por mucho tiempo la única obra dramática (quiero decir: hecha exclusivamente para ser representada en un escenario) que quiera recordar. La obra, debo insistir en ello porque esa es una de sus cualidades más curiosas, pierde casi todo su interés si no es vista, si no es por lo menos mimada cada intervención de sus personajes. Hechas estas advertencias, no me parece por demás inútil exponer su argumento.

 

Acerca del “Teatro Moderno” (pág. 69).

 

La acción se sitúa en un internado femenino: el telón se alza sobre el despacho de la directora. Esta persona, rubia, de unos cuarenta años, de aspecto solemne, está sola y muestra un gran nerviosismo. Es la víspera de las vacaciones y espera ansiosamente la llegada de alguien: “Y Solange que debería haber llegado ya…” Recorre febrilmente la habitación, retocando los muebles, los papeles. De vez en cuando se acerca a la ventana que da al jardín donde acaba de comenzar el recreo. Ha sonado una campana y se oyen, por doquier, los gritos alegres de las chiquillas que se pierden al instante en la lejana algarabía. Un jardinero alelado, que menea la cabeza sin cesar y se expresa de un modo intolerable, con una pronunciación defectuosa e inmensas dificultades para comprender lo que se dice, el jardinero del internado, permanece ahora junto a la puerta, balbuceando palabras confusas y sin que parezca dispuesto a irse. Acaba de regresar de la estación y no ha visto que la Srta. Solange descendiera del tren: “La Señ-ñorita So-lang…” Arrastra las sílabas como si fueran alpargatas. Crece la impaciencia, también. Mientras tanto, aparece una señora mayor cuya tarjeta de visita acaba de ser introducida. Ha recibido de su nieta una carta bastante confusa pero en la que le suplica que venga a buscarla lo más rápidamente posible. Se deja tranquilizar con bastante facilidad: en esta época del curso las niñas siempre están un poco nerviosas. Por lo demás, basta con llamar a la niña para preguntarle si tiene alguna queja de algo o de alguien. Aquí está. Abraza a su abuela. Pronto resulta evidente que sus ojos no podrán separarse en ningún momento de los ojos de la que le pregunta. Se limita a negar con algunos gestos. ¿Por qué no podría esperar hasta la entrega de premios que tendrá lugar dentro de pocos días? Se adivina que no se atreve a hablar. Se quedará. La niña se retira, sumisa. Camina hacia la puerta. En el umbral parece como si en su interior se librara un gran combate. Sale corriendo. La abuela se retira, dando las gracias. De nuevo, la directora, sola. La espera absurda, terrible, en la que no sabe qué objeto cambiar de sitio, qué gesto repetir, qué ponerse a hacer para que lo que se espera ocurra… Por fin, el ruido de un coche… El rostro que observábamos se ilumina. Ante la eternidad. Una mujer adorable entra sin llamar. Es ella. Rechaza prestamente los brazos que la estrechan. Morena, castaña, no sé. Joven. Unos ojos espléndidos en los que hay languidez, desesperación, agudeza, crueldad. Delgada, vestida muy sobriamente, con un vestido de color oscuro y medias negras de seda. Y esa pizca de “desclasada” que tanto nos gusta. Nadie explica lo que viene a hacer, se excusa por haberse retrasado. Su gran frialdad aparente contrasta hasta lo imposible con la acogida que se le hace. Habla, con una indiferencia que parece afectada, de lo que ha sido su vida, poca cosa, desde el año anterior cuando, hacia la misma época, también vino. Ninguna precisión acerca del colegio en el que da clases. Pero (y aquí la conversación va a dar un giro infinitamente más íntimo) ahora de lo que se trata es de las buenas relaciones que Solange ha podido mantener con algunas alumnas más encantadoras que las demás, más bonitas, mejor dotadas. Se queda pensativa. Sus palabras, hay que escucharlas cerca de su boca. De improviso se interrumpe, apenas puede verse que abre su bolso y, mostrando un muslo maravilloso, allí, un poco más arriba de la oscura liga… “Pero ¡si tú no te pinchabas! —No, ¡oh! ahora, qué quieres…” Una respuesta dada en un tono de cansancio tan desgarrador. Como reanimada, Solange, a su vez, se informa: “¿Y tú… aquí? Cuenta.” Aquí también han llegado nuevas alumnas, muy lindas. Una, sobre todo. Tan dulce. “Fíjate, querida.” Las dos mujeres se asoman un buen rato a la ventana. Silencio, cae una pelota en la habitación. Silencio. “¡Es ella! Va a subir. —¿Tú crees?” De pie, las dos, ambas recostadas en la pared. Solange cierra los ojos, se relaja, suspira, queda inmóvil. Llaman. La niña de hace un momento entra sin decir palabra, se dirige lentamente hacia la pelota, mirando fijamente a la directora a los ojos, camina de puntillas. Telón. — En el acto siguiente, es de noche, en una antesala. Han pasado algunas horas. Un médico, con su maletín. Se ha descubierto la desaparición de una niña. ¡Con tal de que no le haya ocurrido ninguna desgracia! Todo el mundo se agita, la casa y el jardín han sido registrados de arriba abajo. La directora, más tranquila que antes. “Una niña muy dulce, quizás algo triste ¡Dios mío, y su abuela que estaba aquí hace unas pocas horas! Acabo de enviar a buscarla.” El médico, desconfiado: dos años consecutivos, un accidente en el momento en que las niñas se van. El año pasado, el descubrimiento del cadáver en el pozo. Este año… El jardinero, que vaticina y berrea. Ha ido a mirar al pozo. “Qué raro, con lo raro que es, es raro.” El médico interroga sin éxito al jardinero. “Sí que es raro.” Ha explorado todo el jardín con una linterna. Tampoco es posible que la niña se haya ido. Las puertas bien cerradas. Los muros. Y nada en toda la casa. Ese animal continúa discutiendo penosamente consigo mismo, repitiendo machaconamente las mismas cosas de una manera cada vez menos inteligible. El médico ha dejado de escucharle, por decirlo de alguna manera, ya “Sí que es raro. El año pasado. Yo, no he visto nada. Mañana tendré que poner una vela. Pero ¿dónde puede estar esta pequeña? ‘Ñor’octor. Sí, ‘ñor’octor. Pues ya es raro, ya. Y precisamente, mira por donde que la’ñorita-So-lange que llega ayer mismo y que… —¿Qué, qué dices, aquella señorita Solange, aquí? ¿Estás seguro? (¡Ah! pero esto se parece a lo del año pasado más de lo que yo suponía). Déjame.” El médico que se embosca detrás de una columna. Aún no es de día. Pasa Solange, atravesando el escenario. No parece compartir la agitación general, camina recta hacia adelante, como una autómata. —Un poco después. La búsqueda ha sido en vano. De nuevo en el despacho de la directora. La abuela de la niña acaba de sentirse mal en la sala de visitas. Hay que ir a auxiliarla, deprisa. Decididamente, ambas mujeres parecen tener la conciencia tranquila. Miran al médico. El comisario. Los criados. Solange. La directora… Ésta, buscando un reconfortante, se dirige al armario del botiquín, lo abre. El cuerpo ensangrentado de la niña aparece cabeza abajo y se desploma sobre el suelo. El grito, el inolvidable grito. (En la representación, había parecido oportuno advertir al público que la artista que interpretaba el papel de la niña tenía diecisiete años bien cumplidos. Lo esencial es que parecía que tuviera once). Yo no sé si la obra terminaba con el grito del que hablo, pero quiero pensar que sus autores (la pieza era fruto de la colaboración del actor cómico Palau con, me parece, un cirujano llamado Thiéry pero también, indudablemente, con algún demonio)no habían querido que Solange fuera sometida a mayores sinsabores y que su personaje, demasiado tentador para ser real, tuviera que sufrir una apariencia de castigo que, por lo demás, todo su esplendor desmiente. Sólo añadiré que el papel era representado por la más admirable y sin duda la única actriz de aquella época, a la que vi actuar en el “Dos Máscaras” en otras obras en las que no aparecía menos hermosa, pero de quien, para mi mayor vergüenza quizás, no he vuelto a oír hablar: Blanche Derval.

 

“La niña de hace un momento entra sin decir palabra…” (Fotografía Henri Manuel).

 

(Mientras terminaba de escribir todo lo anterior, ayer por la noche, todavía seguía entregándome a las conjeturas que me han parecido atinadas cada vez que he vuelto a ver la obra, es decir en dos o tres ocasiones, o cuando me la he vuelto a representar en la imaginación. Es sobre todo la falta de indicios suficientes acerca de lo que ocurre tras la caída de la pelota, acerca también de lo que pueden ser exactamente presa Solange y su interlocutora para que se conviertan en esos soberbios animales de presa, lo que me mantiene confuso. Al despertarme esta mañana, me costaba más de lo habitual librarme de un sueño bastante infame que no creo necesario transcribir aquí, dado que procede en buena parte de conversaciones que tuve ayer, completamente ajenas a este asunto. Ese sueño me ha parecido interesante en la medida en que resultaba sintomático acerca de la repercusión que semejantes recuerdos pueden tener sobre el curso de los pensamientos, a poco que uno se fuerce a ocuparse de ellos. Llama la atención, en primer lugar, el observar que el sueño en cuestión no reflejaba sino el aspecto penoso, repugnante, incluso atroz, de las reflexiones a las que me había abandonado, que escamoteaba cuidadosamente todo lo que para mí contenían semejantes consideraciones de fabulosamente inapreciable, tal un extracto de ámbar o de rosa más allá de todos los siglos. Por otra parte, debo confesar que si me despierto, viendo con una extrema lucidez lo que acaba de ocurrir al final: un insecto de color musgo, de unos cincuenta centímetros, en que se ha convertido un anciano, acaba de dirigirse hacia una especie de maquina automática, ha introducido una moneda en la ranura, en lugar de dos, lo que me ha parecido un fraude especialmente reprensible, hasta el punto de que, como por descuido, lo he golpeado con un bastón y lo he sentido caer sobre mi cabeza —me ha dado tiempo de observar las bolas de sus ojos que brillaban en el borde de mi sombrero, luego he notado que sentía ahogos y con grandes esfuerzos me han retirado de la garganta dos de sus negras y velludas patas mientras yo experimentaba un asco indecible—, está claro que, aparentemente, todo esto tiene que ver sobre todo con el hecho de que hay un nido en el techo de la galería donde he permanecido estos últimos días, alrededor del cual revolotea un pájaro algo asustado por mi presencia cada vez que se trae de los campos, chillando, algo parecido a una langosta verde, pero es indiscutible que en la transposición, en la intensa fijación, en el paso, inexplicable de otra manera, de una imagen de esta índole desde el plano de la observación, carente de interés, al plano emotivo concurren especialmente la evocación de ciertos episodios de Las Desequilibradas y la reaparición de las conjeturas que mencionaba anteriormente. Dado que la producción de las imágenes oníricas depende siempre, al menos, de ese doble juego de espejos, resulta evidente el papel muy especial, sin la menor duda trascendentemente revelador, “superdeterminante” en la mayor expresión del sentido freudiano del término, que ciertas impresiones muy intensas, en absoluto susceptibles de ser contaminadas por la moral, ciertamente experimentadas como más allá del bien y del mal en los sueños y, posteriormente, también en aquello que se les opone, simplificando mucho, con el nombre de realidad, vienen a representar).

 

Blanche Derval (Fotografía Henri Manuel).

 

El poder de encantamiento que Rimbaud ejerció sobre mi hacia 1915 y que, desde entonces, ha encontrado su quintaesencia en algunos señalados poemas como “Devoción” es, sin duda, lo que hacia esa época me permitió encontrar, un día en que me paseaba solo bajo un aguacero, a una muchacha que tomó la iniciativa para entablar conversación conmigo y, sin otros preliminares, mientras dábamos unos pasos, se ofreció a recitarme uno de sus poemas preferidos: “El Durmiente del Valle”. Era tan inesperado, tan fuera de lo normal. Aún más, habiendo ido con un amigo, muy recientemente, al’mercado de las pulgas” de Saint-Ouen (al que voy a menudo, buscando esos objetos que no se encuentran en ningún otro sitio, pasados de moda, rotos, inutilizables, casi incomprensibles, perversos, en último término, en el sentido en que lo entiendo y me gusta, como, por ejemplo, esa especie de semicilindro blanco irregular, barnizado, con relieves y depresiones que no significan nada para mí, con estrías rojas y verdes horizontales y verticales, cuidadosamente guardado en un estuche con una divisa en italiano, que me llevé a casa y que, tras un minucioso examen, acabé por admitir que tan sólo tiene que ver con alguna estadística de la población de una ciudad de tal año a tal otro, representada en tres dimensiones, lo cual no lo hace más comprensible), nos llamó simultáneamente la atención un ejemplar muy reciente de las Obras Completas de Rimbaud, perdido en un humilde tenderete de trapos, de amarillentas fotografías del siglo pasado, de libros sin ningún valor y de cucharas de hierro. Tengo la buena ocurrencia de hojearlo, apenas el tiempo suficiente para descubrir dos cuartillas intercaladas: una, copia a máquina de un poema de formas libres; la otra, una anotación a lápiz de reflexiones sobre Nietzsche. Pero ya quien vigila bastante distraídamente, muy próxima, no me da margen a saber más. La obra no está a la venta, los documentos que guarda en su interior le pertenecen. Es otra muchacha, muy risueña. Continúa hablando muy animadamente con alguien que parece ser un obrero conocido suyo y que la escucha, se diría, extasiado. Trabamos conversación con ella, por nuestra parte. Muy culta, nos habla fácilmente de sus gustos literarios que la orientan hacia Shelley, Nietzsche y Rimbaud. Espontáneamente, nos habla incluso de los surrealistas y de El campesino de París de Louis Aragon, que no ha conseguido leer hasta el final por haberla detenido las variaciones sobre la palabra Pesimismo. En todo cuanto dice se manifiesta una gran fe revolucionaria. Muy gustosa, me entrega el poema suyo que yo había vislumbrado y añade algunos otros de un interés no menor. Se llama Fanny Beznos.

 

“Habiendo ido con un amigo al’mercado de las pulgas’ de Saint-Ouen…”

 

También recuerdo la sugerencia que, a manera de juego, le fue hecha a una dama, delante de mí, para que regalara a la “Central Surrealista” uno de los asombrosos guantes azul cielo que se había puesto para visitarnos en aquella “Central”, y mi pánico cuando vi que estaba a punto de acceder, y las súplicas que le dirigí para que desistiera. No sé lo que pudo haber en aquel momento para mí de temible, de maravillosamente decisivo en la idea de ese guante separándose para siempre de esa mano. Todo aquello no llegó a tomar sus auténticas, sus mayores proporciones, quiero decir las que había de conservar definitivamente, hasta el momento en que a esta señora se le ocurrió volver a colocar encima de la mesa, en el sitio en que tanto había deseado yo que no dejara el guante azul, un guante de bronce que tenía y que después he vuelto a ver en su casa, un guante femenino también, en forma de muñeca plegada y sin volumen en los dedos, guante que nunca he podido privarme de alzar, sorprendido siempre por su peso y, según creo, sin buscar otra cosa que la prueba de la fuerza exacta con la que se apoya sobre lo que el otro no hubiera oprimido.

 

                             “Un guante femenino también…”

 

Hace tan sólo unos días, Louis Aragon me hacía notar que el rótulo de un hotel de Pourville que tiene escritas en letras rojas las palabras: casa roja, estaba escrito con tales letras y colocado de tal manera que, según un ángulo preciso, visto desde la carretera, “casa” desaparecía y “roja” se leía “policía”. Esta ilusión óptica no tendría la menor importancia si no fuera porque el mismo día, una o dos horas después, la señora que llamaremos la dama del guante me condujo ante un cuadro modulable como nunca había visto yo otro igual, y que formaba parte del mobiliario de la casa que acababa de alquilar. Es un grabado antiguo que, visto de frente, representa un tigre pero que, por tener fijadas en perpendicular a su superficie unas estrechas tiras verticales que fragmentan a su vez otro motivo, figura, a poco que uno se aleje unos pasos hacia la izquierda, un jarrón, unos pasos hacia la derecha, un ángel. Llamo la atención hacia estos dos hechos, para acabar, porque para mí, en tales condiciones, era inevitable ponerlos en relación y porque me parece especialmente imposible establecer una correlación racional entre ambos.

Espero, en cualquier caso, que la presentación de una serie de observaciones de esta índole y de la que viene a continuación será de naturaleza suficiente como para que algunos hombres se lancen a la calle, tras haberles hecho ser conscientes, si no de su inanidad, al menos de la grave insuficiencia de cualquier cálculo supuestamente riguroso acerca de sí mismos, de cualquier acto que, pudiendo haber sido premeditado, exija aplicarse a él de una manera constante. Como si el viento dispersara las consecuencias del más minúsculo hecho que pueda producirse, si es realmente imprevisto. Y, después de todo esto, que nadie venga a hablarme del trabajo, quiero decir del valor moral del trabajo. Me veo obligado a aceptar la idea de trabajo como necesidad material, y a este respecto no puedo sentirme más que ferviente partidario de su mejor, de su más justo reparto. Que me lo impongan las siniestras obligaciones de la vida sea; que se me pida que crea en él, que venere el mío o el de los demás, nunca. Prefiero, una vez más caminar a oscuras mejor que tomarme por el que camina iluminado De nada sirve estar vivo mientras se está trabajando. El acontecimiento con el que cada cual tiene derecho a esperar la revelación del sentido de su propia vida, ese acontecimiento con el que quizás yo todavía no he topado pero tras cuya pista me busco, no existe si es a costa del trabajo. Pero me estoy adelantando puesto que quizás sea eso, por encima de todo lo demás, lo que en su momento me hizo comprender y lo que justifica, sin más dilación, la entrada en escena de Nadja.

Por fin, ¡héte aquí que la torre del Caserón de Ango salta por los aires, y que toda una nieve de plumas, que cae de sus palomas, se derrite al tocar el suelo del gran patio antaño empedrado con restos de tejas rotas y ahora cubierto por auténtica sangre!

 

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