Con distinta piel (Final)

Dylan Thomas

 

 

 

3. Cuatro almas perdidas

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1

Se hundió por segunda vez en el agua desgarrada y verde y, volviendo a subir, desnudo, cubierto de algas, con una mujer debajo de cada brazo y la boca llena de caracolas quebradas, vio la totalidad de su vida delante de sí, temblorosa, indestructible e insumergible, sobre las aguas del color del brandy. Su vida parecía una percha.

Abrió la boca para hablar, pero una ola cálida se le metió dentro.

—Té —dijo mistress Dacey—. Té con mucha azúcar cada cinco minutos. Eso es lo que siempre le daba, aunque no servía de nada.
—No le eche demasiada Worcester, George; no arruine el huevo.
—Pierda cuidado —dijo George.
—Oh, escucha a los pájaros. Ha sido una noche tan breve para los pájaros, Polly. Escucha a los pájaros —repitió claramente, y una bebida ardiente ahogó su lengua.
—Han puesto un huevo —dijo míster Allingham.
—Pruebe con un poco de Coca-Cola, Donald. No puede hacerle daño; ya ha tomado té, y una ostra, y angostura, y Oxo, y de todo.
—Yo solía echarle litros de té —dijo afectuosamente mistress Dacey— y lo devolvía, con terrones y todo.
—No quiere Coca-Cola. Dele una gota de su aceite capilar. Conocí un hombre que tamizaba pomada de los zapatos con un tul.
—Todos los que usted conoció eran unos cerdos. Está tratando de sentarse, pobrecito.

Samuel luchó por alcanzar el mundo seco y miró en torno de la habitación, a mistress Dacey, ahora milagrosamente dividida y transformada en una mujer larguísima que cruzaba sus brazos de seda negra en el vano de la puerta; a George Ring, que arqueaba su sonrisa y su cabello hacia los grifos enmohecidos, a míster Allingham, resignado, por encima de él.

—Polly se ha ido —dijo.

Fue entonces cuando comprendió por qué las tres personas del cuarto de baño eran tan altas y estaban tan lejos. Estoy en el suelo, mirando hacia arriba, se dijo. Pero los otros escuchaban.

—Está desnudo —dijo míster Allingham— debajo de las frazadas.
—Aquí tiene una linda esponja mojada —dijo George Ring, tocándolo suavemente—. Téngala sobre la frente. Eso es, así. ¿Mejor?
—El agua de colonia se usa por fuera —dijo mistress Dacey sin tono de desaprobación—. Y a Polly le voy a dar una buena lección. Le voy a dar un tirón de orejas cada vez que abra la boca.

Míster Allingham asintió con la cabeza.

—Whisky, lo entiendo —dijo—. ¡Pero agua de colonia! Eso se pone en los pañuelos. No se pone whisky en los pañuelos. —Miró hacia abajo, a Samuel—. Yo no lo hago.
—No, no chupe la esponja, Sam.
—Debe creer que es pan con leche —dijo míster Allingham.

Recogieron su ropa del borde de la bañera y lo vistieron apresuradamente. Hasta que no estuvo vestido y vertical, estremeciéndose de frío en el pasillo, camino de la oscura escalera, Sam no intentó hablar. George Ring y míster Allingham lo sostenían por los brazos, y lo guiaron hacia lo alto de aquella retorcida tumba. Mistress Dacey, el único deudo, los seguía con un frufrú de sedas.

—Fue el brandy del botiquín —explicó, y comenzaron a bajar a través del silencio áspero, terroso de la escalera.

La oscuridad se posaba, como si fuera roña y tierra, sobre la tienda silenciosa. Alguien había colgado un cartel de «Cerrado» dentro de la ventana que no daba a la calle.

—Meths es muy escrupuloso —dijo míster Allingham.

Sentaron a Samuel en una silla, detrás del mostrador, y oyó que mistress Dacey, todavía en la escalera, gritaba «¡Polly!» hacia los pisos y las cuevas oscuras y sucias de la casa. Pero Polly no contestó.

Ahora estaría encerrada en su dormitorio, llorando por Sam que se había ido, junto a la ventana, mirando fijamente hacia la calle descolorida que desaparecía lentamente, a las altas casas venidas a menos; o imitando, en la cocina, la agonía de una parturienta, retorciéndose y aullando junto a la pileta llena de cacharros; o imitando una persona alegre en un rincón oscuro del rellano.

—Qué ganso —dijo George Ring, acomodando sus largas piernas sobre la mesa y sonriendo a Samuel con feroz timidez—. Pudo haberse abogado. Abogado —repitió, alzando los ojos astutos tras la telaraña de sus cejas.
—Suerte que dejó la puerta abierta —dijo míster Allingham. Encendió un cigarrillo y observó el fósforo hasta que le quemó el dedo—. Supongo —agregó, chupándose el dedo.
—La sirvienta de casa siempre decía «abogado» —explicó George Ring.
—Pero yo vi que Polly cerraba la puerta. Se metió la llave en el vestido. —Samuel hablaba con dificultad, detrás del vacilante mostrador. Las palabras salían en tropel, después se volvían hacia atrás y se perdían, tropezando contra los espinosos arbustos que crecían debajo de su lengua—. Se la metió en el escote —repitió, haciendo una pausa después de cada palabra para desatar la siguiente.

Ahora, el local estaba casi enteramente oscuro.

—Y chiminea. En vez de chimenea. Bueno, querido, cuando subimos, la puerta estaba abierta. Sin llave, y sin Polly.
—Nada más que un muchacho en la bañera —dijo míster Allingham—. ¿Te pasa a menudo esto, Sam? El agua te llegaba a la barbilla.
—¡Y la suciedad!
—No era mía. Alguien había estado antes en la bañera. Estaba fría —dijo Samuel.
—Sí, sí —Samuel pudo ver la cabeza de míster Allingham asintiendo—. Eso altera la situación, ¿verdad? Dios mío —dijo—, debió de haberse metido con la ropa puesta, como hubiera hecho cualquier otro.
—Polly se ha ido —anunció mistress Dacey.

Salió de algún lugar de la pared, y se detuvo detrás del mostrador, al lado de Samuel. Su crujiente vestido le rozó las manos, y las retiró bruscamente. He tocado un entierro, dijo él al muchacho mareado de su silla. La mano de ella, fría como la de un cadáver, cayó sobre su mejilla, helándolo. El ataúd se acercó caminando hasta mi cabecera.

—¡Ooooh! —dijo en voz alta.
—¿Todavía con frío, nene?

Mistress Dacey se inclinó, chirriando como una puerta, y le hizo mimos en el cabello y en la boca.

Había habido poca luz durante todo ese día, ni siquiera al amanecer o a mediodía; apenas la luz cerrada, falsa, del dormitorio y del restaurante. Todo el día lo había pasado en lugares pequeños, oscuros —un cuarto de baño, un retrete de ferrocarril, una jungla de muebles, una tienda abarrotada donde nadie gritaba salvo las voces que decían:

—Parecía tan indefenso, Sam, echado allí, frío y blanco.
—Como uno de esos querubes de los primitivos italianos, sólo que con una botella en el dedo, naturalmente.
—En la oscuridad. Como ahora.
—¿Qué le hizo Polly, qué le hizo la sinvergüenza? —preguntó mistress Dacey con su voz prolija de dama.

Míster Allingham se puso de pie.

—Yo no escucho. No digas una palabra, Sam, aunque puedas. Ninguna explicación. Estabas borracho en el baño, a las cuatro y media de la tarde. Más que eso no lo aguanto.
—Quiero salir —dijo Samuel.
—¿Por la puerta trasera?
—Afuera.

Por el ciego y desnudo agujero de la pared, aviario y menagerie, hacia las calles sin cerrojos. No quiero dormir con Polly dentro de un cajón. No quiero acostarme en un sótano con una mujer mojada, bebiendo pomada de los zapatos. Londres es acontecimiento en todas partes; déjenme ir, déjenme ir. Mistress Dacey es toda dedos fríos.

—Afuera entonces. Son las seis. ¿Puede caminar, hijo?
—Puedo caminar, sí; es la cabeza.

Mistress Dacey, invisible, acarició su cabello. Nadie puede ver, dijo él en silencio, pero mistress Susan Dacey, licenciada para vender tabaco, me está acariciando la cabeza con sus lagartos; y dio un grito.

—A mí no me da ninguna pena —dijo míster Allingham—. ¿Viene, Sue?
—Depende de adónde vaya.
—A tomar el aire por Edgware Road. Tiene que ver cosas, ¿no es así? No se viene de provincias para beber agua de colonia en un cuarto de baño.

Salieron todos, y mistress Dacey echó llave a la tienda.

Llovía torrencialmente.

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2

—¡Bien! —dijo George Ring.

Salieron de Sewell Street a Praed Street, cogidos del brazo.

—Me entusiasma la lluvia.

Sacudió sus rizos empapados y bailó unos pasos en medio de la calzada.

—Mi abrigo nuevo se quedó en el baño —dijo Samuel, y mistress Dacey lo cubrió con su paraguas.
—¡Vamos, tú no eres de los que se ponen impermeable cuando llueve, no me digas! Deje de bailar, George.

Pero George Ring bailó por la calle bajo el torrente de agua, arrastrando a los demás consigo; de mala gana todos organizaron una ronda bajo la llovizna luminosa del farol; mistress Dacey, negra como un diácono, daba grandes saltos sobre los charcos, crujiendo y chillando; míster Allingham pisaba pesadamente, esquivando el arroyo; Samuel se deslizaba ligero y mareado, con los pies tocando apenas el suelo.

—Cuidado. Gente —gritó míster Allingham, y los arrastró, todavía bailando, fuera de la calzada resbaladiza.

Atrapados en un círculo de faros de automóvil, perseguidos por las bocinas, echaron a correr otra vez por la calle, agarrándose fuertemente las manos, con los rostros relucientes, fríos y empapados.

—¿Dónde es el incendio, George? Tranquilo, muchacho, tranquilo. —Míster Allingham, con un pie en el arroyo, saltaba como un conejo, tironeando del brazo de George Ring para hacerlo bailar más rápido—. Todo es culpa de Sam —dijo, mientras saltaba, y su voz era aguda y fuerte como la voz de un chico en la lluvia.

Miren a Londres girando a mi alrededor, autobuses y gusanos de luz, paraguas y faroles, cigarrillos y ojos bajo los zaguanes inundados; estoy bailando con tres desconocidos en Edgware Road, bajo la lluvia, gritó Samuel al muchacho que resbalaba junto a él. Ligero y sin voluntad, como un puñado de plumas, se agarraba de sus brazos, y el paraguas volaba encima de ellos como un pájaro.

Helada y seria, mistress Dacey daba saltitos a su lado, sin poder ver nada, con las gafas empañadas.

Y George Ring cantaba mientras saltaba, con el cabello chorreando, alzándose y cayendo en oleadas.

—¡Vamos a juntar nueces y flores, Donald, mistress Dacey, George y Sam!

Cuando se detuvieron frente al Antílope, míster Allingham se recostó contra una pared y tosió hasta llorar. Tosió largo rato, sin quitarse el cigarrillo de la boca.

—Hacía cuarenta años que no corría —dijo, sacudiendo los hombros, el pañuelo ondeando como una bandera ante su boca.

Los condujo al bar, donde había tres mujeres jóvenes sentadas frente a la chimenea eléctrica; se habían quitado los zapatos.

—Tres whiskys. ¿Qué tomas, Sam? ¿Un traguito de Kiwi?
—También tomará whisky —dijo mistress Dacey—. ¿No ve?, ya ha recuperado el color.
—Kiwi es pomada para los zapatos —cuchicheó una de las mujeres, riendo entre dientes, al lado del fuego.

El dedo gordo de su pie se asomó de pronto por un agujero de la media, como una nariz fría y curiosa, y ella volvió a soltar su risita.

Este era un bar en Londres. Querida Peggy, escribió Samuel con el dedo sobre el mostrador, estoy bebiendo en un bar que se llama El Antílope, en Edgware Road, en compañía de un vendedor de muebles, la dueña de una casa de té, tres mujeres jóvenes y George Ring. He anotado claramente estos hechos porque el perfume que tomé en el cuarto de baño todavía me molesta, y la gente no quiere quedarse quieta. Me siento muy bien, pero no sé cuánto me durará.

—¿Qué estás haciendo, Sam? Me parece que estás dibujando. Tengo un cementerio dentro del pecho, ¿no lo sabías? Tos, y más tos —dijo con mal humor míster Allingham, entre acceso y acceso.
—No fue la tos lo que se lo llevó —dijo la mujer.

Todo su cuerpo regordete se estremecía de risa.

Todo es trivial, escribió Samuel. Míster Allingham se ha emborrachado con un whisky. Toda su cara palidece, menos su mancha.

—Aquí estamos —dijo míster Allingham—. Cuatro almas perdidas. Qué lugar para un hombre.
—El Antílope es encantador —opinó George Ring—. En el bar privado hay algunos grabados de caza auténticos. —Sonrió a Sam y movió rápidamente sus largos dedos romos sobre el mostrador, como si estuviera tocando el piano—. Soy todo ritmo. Es como una corriente dentro de mí.
—Me refiero al mundo. Esto no es más que un pedacito diminuto del mundo. Y está muy bien, tiene un horario regular; puede descorrer las cortinas, y sabe qué le espera. Pero mire al mundo. Usted y sus corrientes —dijo míster Allingham.
—No, de veras, fluye desde mi interior.

George Ring zapateó con un pie y, apoyando la lengua contra el paladar, produjo un ruido rítmico, como un beso repetido.

—Qué lugar para dejar caer un hombre. En medio de las calles y las casas y el tránsito y la gente.

La mujer sermoneó a su dedo gordo amenazándolo con el índice.

—¡Quédate quieto!

Ahora sus amigas se reían por lo bajo, tapándose la cara y espiando a míster Allingham entre los dedos, y diciéndose entre ellas: «¡Za!» «¡Muévete!» «Cha, cha, cha», mientras George Ring golpeaba uno de sus angostos zapatos de becerro amarillo, y tamborileaba sobre el mostrador. Ponían los ojos en blanco, decían: «¡Muévete!», y después se deshacían en risitas.

—Hace ya cincuenta años que ando boqueando por ahí —anunció míster Allingham— y mírenme. Mírenme.

Se quitó el sombrero.

—¡Eso es cabello! —susurró la mujer dirigiéndose al agujero de su media.

El cabello de míster Allingham era de color hurón, escaso en la coronilla; dejaba de crecer en las sienes, pero reaparecía a partir de las orejas. El sombrero le marcaba una arruga blanca y profunda sobre la frente.

—Aquí estamos, boqueando día y noche, mistress Dacey. Boquear, boquear, boquear. —Sus dientes marrones se hincaron en el labio superior—. No hay sentido, no hay orden, no hay nada; somos todos locos, asquerosos. Miren a Sam. Ahí tienen un muchacho simpático, inofensivo, con cabello rizado y ojos grandes y todo. Y ¿qué hace? Miren su jodida botella.
—Mal hablado —dijo la mujer detrás del bar.

Parecía una duquesa, y se alzaba y se hundía lentamente al hablar, como si siguiera los movimientos de un caballo.

—¡Arre! —dijo Samuel, y se ruborizó cuando míster Allingham lo señaló con un dedo manchado de tabaco.
—Eso es. Siempre la palabra justa en el momento justo: ¡Arre! Ya les he dicho que toda la gente está loca en este mundo. No saben adónde van, no saben por qué están, dónde están, lo único que quieren es amor, cerveza y sueño.
—Yo no le diría que no a lo primero —repuso mistress Dacey—. No le preste atención —agregó dirigiéndose a la mujer del mostrador—. Es un filósofo.
—Llamar asquerosa a la gente… —dijo la mujer, alzándose—. Hay gente que vive en la casa de cristal.

Ahí salta el obstáculo, pensó perezosamente Samuel, mientras la mujer volvía a hundirse lentamente sobre su invisible montura. Debe de hacer millas por noche, dijo dirigiéndose a su vaso vacío.

—La gente piensa en toda clase de otras cosas —George Ring miró hacia el techo buscando alguna visión—. Música —dijo— y baile.

Hizo correr sus dedos por el aire y bailó sobre la punta de los pies.

—Sexo —dijo míster Allingham.
—Sexo, sexo, sexo, siempre el sexo con usted, Donald. Debe ser un reprimido, o algo.
—Sexo —susurró la mujer joven junto al fuego.
—El sexo está bien —dijo mistress Dacey—. Deje tranquilo al sexo.
—Claro que soy un reprimido. He sido un reprimido durante cincuenta años.
—No se meta con el sexo. —La mujer del mostrador se alzó en un galope—. Ni con la religión —agregó.

Ahí salta, limpiamente, sobre el seto y el foso.

Samuel sacó una libra de su cartera y señaló el whisky sobre su estantería. Todavía no se sentía capaz de dirigirle la palabra a la amazona del enorme busto relleno y los brazos largos y blancos como panes. Todavía le quemaba la garganta; el calor de la habitación se le metía por los agujeros de la nariz hasta la cabeza, y todas las palabras, en la punta de la lengua, ardían como estopa con petróleo; vio la silueta vacilante de tres mujeres jóvenes junto a los leños de metal; sus tres nuevos amigos retumbaban y gesticulaban delante de él con la terrible exageración de gente de carne y hueso moviéndose prisionera en una pantalla, condenada eternamente a representar su pequeñez en una exhibición magnificada.

Se dijo: mistress Antílope, sirviendo el whisky como si fueran cuatro insultos, cree que el sexo es una cama. El acto del amor es un acto de la propia cama; los muelles gritan: «Déjate caer», y allá cae ella, con caballo y todo. Puedo verla tirada como un tronco sobre la cama, escuchando con odio y disgusto la voz dominante de las sábanas festoneadas.

Se sintió viejo, sabio, inseguro. Su sabiduría inmediata le pesaba tanto que se aferró al borde del mostrador y alzó un brazo, como un hombre atrapado por el mar, señalando el lugar donde se hunde.

—Puedes —le dijo mistress Dacey, y la habitación rió como una muchacha.

«Ahora ya sé —pensó Samuel debajo de su carga, mientras luchaba por llegar a la superficie— lo que significa un pilar de iglesia. Mistress Dacey, larga y fría, podría sostener una capilla sobre la remota cúspide de su cabeza tallada, y helar con la mirada a los pecadores, negros como cucarachas, allá donde se arrastraban, por debajo de ella».

—Se te ha caído un billete de cinco, Sam. Míster Allingham recogió un pedazo de papel y lo mostró sobre la tostada palma de su mano.
—Es la dirección de Lucille Harris —dijo Samuel.
—¿Por qué no la llama por teléfono? El teléfono está en la escalera, allá arriba — señaló George Ring—. Más allá del «Señoras».

Samuel abrió una cortina y subió.

—Más allá del «Señoras» —dijo una voz desde el salón que se hundía.

Leyó las instrucciones sobre el teléfono, introdujo dos peniques, marcó y dijo:

—¿Miss Harris? Soy un amigo de Austin. Soy un amigo de nadie. Soy libre —cuchicheó en el zumbante auricular—. Soy Lopo, el bandido que galopa por la noche, compañero de lechuzas y asesinos. Chist, chist —dijo en voz alta por el micrófono.

Ella no contestó, y él bajó la escalera arrastrando los pies, abrió violentamente la cortina, y entró en el brillante bar a largos trancos.

Las tres mujeres jóvenes se habían ido. Miró hacia la chimenea, para ver si aún estaban allí sus zapatos, pero también se habían ido. La gente nunca deja nada.

—Debe de haber salido —explicó.
—Oímos —dijo míster Allingham—. Te oímos conversando con tu lechuza.

Alzó su vaso y lo miró fijamente, de pie, triste y salvaje en medio del salón, como un hombre con el olvido en la mano. Después, tomada la decisión, bebió.

—Vamos a pasear por ahí —dijo—. Tomaremos un taxi, que pagará Sam. Vamos al West End a buscar a Lucille.

Samuel sintió sobre su rodilla la mano de mistress Dacey.

—Cuatro caballeros andantes, es terriblemente excitante. Primero iremos al Gaispot, después al Cheerioh, después al Neptuno.
—Cuatro almas perdidas.

La mano se movió dolorosamente por el muslo, como cuatro pescados sacados muriéndose sobre un trapo.

—Y a Marble Arch —dijo míster Allingham—. Ahí es donde se reúnen las hadas bajo la luna.

La muchedumbre que se apiñaba en la lluvia podía no haber tenido ni carne ni sangre.

—Park Lane.

La gente se deslizó junto al capó y las ventanillas, mezclándose sus rostros sin rasgos y sus cuerpos líquidos bajo el resplandor de los faros, desapareciendo como en el torrente de luz de una alta puerta que condujera a las entrañas de la rica vida nocturna londinense, donde todas las mujeres usaban perlas y se pinchaban los brazos con agujas.

Se oyó el escape de un automóvil.

—¿Oyen los corchos del champaña?

Míster Allingham está escuchando mi cabeza, pensó Samuel y apretó los dedos en su rincón.

—Piccadilly. Vengan, esta gira la organiza míster Allingham. Ese es el Ritz. ¿Paramos para bailar un poco, Sam?

El Ritz está cerrado para siempre. Todos los mozos mugen detrás de sus manos. Gustave, Gustave, gritó un hombre con sombrero de copa, está usando el tenedor equivocado. Se ha puesto una corbata con elástico atrás. Y una mujer con el escote del vestido tan bajo que pudo verle el ombligo, con un diamante dentro, cuando se inclinó sobre su mesa, le tiró de la corbata para soltarla después contra su garganta.

Los ricos roñosos, dijo. Mi lugar está entre los mendigos y los bandidos. Con el poder y la violencia, Samuel Bennett destruye todo el artificio de la sociedad en su última novela, En las tripas.

—Piccadilly Circus. Centro del mundo. ¿Ven ese hombre que se hurga la nariz debajo del farol? Es el primer ministro.

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3

El Gayspot parecía un depósito de carbón con un bar en un extremo; varios carboneros bailaban con sus sacos. Samuel, en la puerta, tambaleándose entre mistress Dacey y George Ring, se tocó el muslo todavía asustado. No se atrevía a mirar hacia abajo, por temor a que el exterior de la pierna de su pantalón llevara la inexcusable marca de su terror en el taxi.

—Es cosmopolita —susurró George King—. Miren al negro.

Samuel se quitó la noche de los ojos, frotándolos, y vio a los hombres negros bailando con sus mujeres, haciéndolas girar entre las verdes sillas de caña, entre la máquina de las frutas y la mesa de billar ruso. Algunas de las mujeres eran blancas, y fumaban mientras bailaban. Recorrían el salón espiando, sin prestar atención al baile, sintiendo los brazos alrededor de su cuerpo como si estuvieran alrededor de los cuerpos de otras mujeres; sólo tenían ojos para los que entraban, realizaban todos los movimientos del baile como mujeres haciendo el amor, mirando por encima de los hombros del compañero a su propia cara, remota y poco convincente, reflejada en el espejo. Los hombres eran todo dientes y trasero, centelleaban y se sacudían, con cinturas pequeñas y anchos hombros, chaquetas cruzadas a rayas, elegantes zapatos lustrosos; no tenían edad ni arrugas, estaban a la espera de la carne, orgullosos y silenciosos, amigables y hambrientos, retorciéndose por el sótano humoso bajo el centro del mundo, al ritmo de una batería y un piano tocados por dos muchachos pálidos cuyos labios se movían continuamente.

George Ring guió a Samuel hasta el bar a través de los bailarines; y al pasar junto a una máquina el muchacho metió un penique para comprar pastillas de limón. La máquina le devolvió un chelín y seis peniques.

—¿Quién va a ganar el Derby, Sam? —preguntó míster Allingham, detrás de ellos.
— ¿No es éste un poeta afortunado? —preguntó George Ring.

En medio minuto, mistress Dacey había encontrado un compañero alto como ella y bailaba a través del humo, grande como una capilla. El hombre se había empolvado la cara para esconder una cicatriz que iba desde el rabillo de un ojo hasta el mentón.

—Mistress Dacey está bailando con un navajero —observó Samuel.

He aquí un soplo y una cicatriz del Londres que había venido a atrapar. Miren a las mujeres sin calzones enamorando desde las mesas de caña, esperando entre la humareda a que entren tambaleándose los primos del campo, llenos de ahorros y de heno, y los viejecitos de mejillas sonrosadas y flores en el ojal, con esposas interesantes como bolsas de patatas. Y los frenéticos reyes de la navaja con bocas de caníbales, sacudiendo los pechos y la sangre de sus mujeres al compás de los tambores, trajeados como víboras en la jungla miserable y sudorosa bajo la calle mojada por la lluvia. Un muchachito rizado bailaba como una mujer, y las dos muchachas que servían eran rudas como hombres.

Míster Allingham pidió cuatro copas de vino blanco.

—Sigue. Acertaste en el aparato. ¿No podrías traer aquí a tu tía, Mónica? —preguntó a la muchacha con la corbata de lazo que servía las copas.
—A mi tía no —dijo Samuel. Tía Morgan Pont-Neath-Vaughan, con sus botas de elástico—. No bebe —agregó.
—Muéstrale la botella a Mónica. Tiene una botella en el dedo.

Samuel hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Para qué va a querer ver una botella vieja? —Cuando habló comenzó a picarle el pecho, y deslizó los dedos de su mano derecha entre los botones de su camisa, hasta la carne desnuda—. No tengo camiseta —dijo, sorprendido, pero la muchacha se había alejado.
—Esto es una Escuela Dominical —dijo míster Allingham—. ¿No has probado el vino todavía, Sam? Este caballo no sirve para trabajar. Un baile infantil. Aquí podría traerse a la mujer del vicario.

Mistress Cotmore-Richards, un metro treinta de altura y un chillido en sus zapatos con polainas.

—Una verdadera sacristía —insistió míster Allingham—. ¿Ven esa mujer que baila? La que se cayó en el cubo de harina. Es la sobrina de un gerente de banco.

La mujer con la cara muerta, blanca, sonrió al pasar junto a ellos en brazos de un muchacho con hombreras.

—Hola, Ikey.
—Hola, Lola. Está en pose, fíjense. Se cree Starr Faithfull.
—¿Es una prostituta, míster Allingham?
—Es una manicura, Sammy. ¿Cómo están tus cutículas? No creas en todo lo que ves, sobre todo de noche. Esto es todo pose. Mira a Casanova, allá, con las dos viejas. La última vez que tocó a una mujer usaba chupete.

Samuel se volvió. George Ring relinchaba en un rincón entre varias mujeres. Sus voces chillonas se destacaban sobre el ruido de los tambores.

—A Lucy le dieron una paliza la última vez que la vi —decía una mujer con dientes falsos y unas pieles medio peladas—. Él dijo que era químico.
—Lucille —dijo George Ring, sacudiendo impaciente sus rizos—. Lucille Harris.
—Con un cepillo. Lo llevaba en un maletín.
—No se refiere a Lucy Wakefield —dijo otra mujer.
—Lucy Wakefield está en el Feathers con un tipo de Crouch End —dijo la sobrina del gerente de banco, que pasaba bailando.

El muchacho que bailaba con ella sonreía con los ojos cerrados.

—A lo mejor tenía un cinturón de cuero en el maletín —dijo la mujer de las pieles.
—Siempre es igual —comentó la mujer del sombrero con flores. Se inclinó sobre su vino blanco, abriendo las piernas como una mula vieja en un charco, y alzó la cabeza, boqueando—. Le han puesto aceite para el pelo.

Todo estaba al revés. Hablaban como esas mujeres con gorra de hombre que acarrean cajones de pescado llenos de desperdicios en la Jarra y la Botella o la Brújula, en mi pueblo.

—Evita la caspa.

No esperaba que las mujeres del night club subterráneo cantaran y tañeran como sirenas, o le atrajeran los botones de la chaqueta con sus peligrosos ojos orlados de violeta. Pero estas mujeres de rostro descuidado y lengua de comediante, que aparecían agazapadas junto al bar, bien podían haber aparecido en Llanelly en una noche de fútbol, del brazo de hombres con olor a ajo. Las mujeres de las mesas, a las que había visto como formas tentadoras al entrar, deslumbrado, desde la noche, eran aburridas como hermanas, tenían los ojos enrojecidos y la cabeza espesa de resfriado; estornudaban si uno las besaba, o soltaban hipos y decían brutalidades en la oscura trampa de los dormitorios del hotel.

—Oro puro —dijo míster Allingham—. Creí que usted había dicho que éste era un lugar bajo, un tugurio.
—Tranquilo. Aquí no les gusta que los llamen así. —Míster Allingham se agachó para acercarse, y habló con el costado de la boca—. Son demasiado bajos para llamarse así. Este es un verdadero infierno —susurró—. Ahora están empezando a entrar en calor. Después se quitan la ropa y bailan el hula hula; te va a gustar.
—Nadie conoce a Lucille —dijo George Ring—. ¿Está seguro de que no es Lucy? Hay una Lucy encantadora.
—No, Lucille.
—«Habita junto a los manantiales de Dove». Creo que a veces Wordsworth me gusta más que Walter de la Mare. ¿Conoce La Abadía de Tintern?

Mistress Dacey apareció junto al hombro de Samuel.

—¿El nene no baila?

Él se estremeció al contacto frío de su mano sobre el cuello. Aquí no. Ahora no. Esa terrible e impersonal violación de los dedos. Recordó que no soltaba el paraguas ni mientras bailaba.

—Tengo una hermana en Tintern —dijo un hombre detrás de ellos.
—La Abadía de Tintern —George Ring hizo una mueca, sin volverse.
—No, en la Abadía no; trabaja en una fonda.
—Estábamos hablando de un poema.
—No es una monja podrida —dijo el hombre.

La música cesó, pero los dos muchachos, en el pequeño estrado, seguían moviendo las manos y los labios, marcando el compás en silencio.

Míster Allingham alzó su puño.

—Diga eso otra vez y lo sentaré de un golpe.
—Y yo lo tumbaré de un soplo —repitió el hombre.

Hinchó los carrillos y sopló. Su aliento olía a clavo.

—Vamos, vamos.

Mistress Dacey esgrimió su paraguas.

—Que la gente no ande por ahí insultando a las monjas, entonces —dijo míster Allingham cuando el regatón le tocó el chaleco.
—Lo haré caer de un soplo —insistió el hombre—. Nunca insulté a ninguna monja. Nunca he hablado con una monja.
—Vamos, vamos.

El paraguas se lanzó contra sus ojos y el hombre lo esquivó.

—Sople de nuevo —dijo cortésmente mistress Dacey— y se lo meteré por el hocico y lo abriré.
—Hay que odiar la violencia —dijo George Ring—. Yo siempre he sido un pacifista terrible. Una gota de sangre, y me siento todo pegajoso. ¿Bailamos?

Pasó un brazo alrededor de la cintura de Sam y lo alejó del bar bailando. La banda comenzó de nuevo, aunque ninguna de las parejas había dejado de bailar.

—Pero somos dos hombres —protestó Samuel—. ¿Es un vals?
—Nunca tocan valses aquí. Es… autoexpresión. Mire, allí hay dos hombres bailando.
—Creí que eran mujeres.
—Mi amigo creyó que eran una pareja de mujeres —dijo George Ring en voz alta cuando pasaron junto a ellos.

Samuel miraba al piso, tratando de seguir los movimientos de los pies de George Ring. Uno, dos tres, media vuelta, taconazo.

Uno de los jóvenes chilló:

—¡Acercaos y veréis mi Aga Cooker!

Uno, dos, tres, giro, taconazo.

—¿Qué clase de chica es, en realidad, Polly Dacey? ¿Está loca?

Soy una pelusa de cardo, pensó Samuel. Gira y gira otra vez, de puntillas, menea las caderas.

—No tan pesado, Sam. Pareces un elefante chico. Cuando iba a la escuela solía echar ratones en el buzón y se comían todas las cartas. Y a veces les hacía cosas a los chicos, en el fregadero. No puedo decírtelo. Se les oía gritar por toda la casa.

Pero Samuel ya no escuchaba. Giraba y tropezaba, siguiendo un ritmo propio entre la maraña de piernas, se agachaba, retrocedía, saltaba sobre una pierna, volvía a girar, el cabello caído sobre los ojos y la botella balanceándose de un lado a otro. Se aferraba al hombro de George Ring y se alejaba zigzagueando, para volver a chocar con él en seguida.

—No muevas la botella. No la sacudas. Cuidado. Sam. ¡Sam!

El brazo de Sam voló hacia atrás haciendo caer a una mujer bajita. La mujer se agarró a sus pies y él arrastró consigo a George Ring. Trastabilló otro hombre, aferrándose a las faldas de su compañera. Se oyó rasgarse la tela, y la mujer cayó entre ellos, las piernas al aire, la cabeza entre un nudo de barrigas y brazos.

Samuel se quedó quieto. Su boca apretaba los rizos de la nuca de la mujer que había caído primero. Sacó la lengua.

—¡Salga de mi cabeza! Tiene llaves en el bolsillo.
— ¡Oh, mi pierna!
—Eso es… Tranquila… Upalalá…
—Alguien me está lamiendo —chilló la mujer de abajo.

Entonces aparecieron sobre ellos las dos muchachas del mostrador, dando bofetadas y puntapiés, y levantándolos tirando de los cabellos.

—Fue culpa de ése. Le pegó un botellazo. Lo vi —dijo la sobrina del gerente del banco.
—¿De dónde sacó la botella, Lola?

La muchacha de la corbata de lazo arrastró a Samuel por el cuello y señaló su mano izquierda. Él trató de deslizaría en el bolsillo, pero una mano como un negro guante de boxeo se cerró sobre la botella. Una cara larga y negra se agachó y espió la suya. Sólo vio el blanco de los ojos y los dientes.

No quiero que me hagan un tajo en la cara. No me abran los labios. Sólo usan navajas en los cuentos. No lo dejen que lea cuentos.

—Bueno, bueno —dijo la voz de mistress Dacey.

La cara negra desapareció hacia atrás atrapada por el paraguas abierto, y la mano de Sam quedó libre.

—Arrójalo a la calle, Mónica.
—Bailaba como un mono, a la calle con él.
—Si lo echan a él, también pueden echarme a mí —dijo míster Allingham desde el bar.

Y alzó los puños.

Dos hombres caminaron hacia él.

—Cuidado, mis gafas.

No llevaba gafa alguna.

Abrieron la puerta y lo arrojaron escaleras abajo.

—Monja maldita —gritó una voz.
—Ahora tú.
—Y la vieja. Cuidado con el paraguas, Dodie.

Samuel cayó sobre los escalones por debajo de míster Allingham, y mistress Dacey voló detrás, con el paraguas en alto.

Llovía torrencialmente.

.

4

—Una visita de paso, nada más —dijo míster Allingham. Como si estuviera sentado dentro, junto a una ventana, extendió la mano para sentir la lluvia. Por encima de su cabeza, en la calzada, pasaban zapatos chapoteando. Pantalones y medias mojadas casi le tocaban el ala del sombrero—. Entramos y salimos —dijo—. ¿Dónde está George?

Me han sacado a patadas, pensó Samuel.

—Me recuerda a mi marido. —El rostro de mistress Dacey estaba oculto bajo su paraguas, como en una nube personal y privada—. Adentro y afuera, adentro y afuera. Una sola mirada, y afuera como un muñeco mecánico.

Oh, ¿el Gayspot? No puedo ir, chico, Samuel guiñó seriamente en la oscuridad. Oh, estaba un poco achispado. Por andar a botellazos. Una mirada, y afuera.

—Solía llevar una libreta donde anotaba todos los lugares donde no podía ir, e iba a ellos todos los domingos.

Idiota, idiota, idiota, se dijo Samuel.

De pronto los escalones se iluminaron al abrirse la puerta para dar paso a George Ring. Salió cuidadosamente, pulcramente, junto con una bocanada de música y de voces que desapareció en seguida con la luz y el humo, y se detuvo en el escalón de mistress Dacey, la rizada melena dorada bajo el abanico de luces, un dios o un centauro emergiendo del mundo subterráneo hacia la lluvia vulgar.

—Están terriblemente enojados —dijo—. Mistress Cavanagh se desgarró la falda y no llevaba nada debajo. Querida, aquello parece la Antigua Roma. Ahora se ha puesto los pantalones de un hombre, y el tipo tiene unas piernas como las de una araña. Todas peludas y negras. ¿Por qué están sentados bajo la lluvia?
—Es más seguro —contestó míster Allingham—. Se está bien y tranquilo bajo la lluvia. Aquí no es posible derribar a una mujer de un botellazo. ¿Ve las estrellas? Esa es Arturo. Aquélla es la Osa Mayor. Aquélla es Sirio; fíjese, esa verdosa. No le mostraré dónde está Venus. Hay gente que no se divierte a menos que pueda derribar mujeres por el suelo y lamerlas. Piensan que la noche está perdida a menos que lo hagan. Me gustaría estar en casa. Me gustaría estar echado en mi cama, junto al techo. Me gustaría estar echado bajo las sillas como Rose.
—Bueno, ¿quién empezó la pelea? Vamos aquí a la vuelta de la esquina, al Cheerioh.
—Era una cuestión de ética.

Subieron hasta la calle, George Ring primero, después míster Allingham, luego Samuel y mistress Dacey. La mujer enlazó el brazo del muchacho con el suyo.

—No te preocupes. Agárrate a mí. ¿Frío? Estás temblando.
—Bueno, al Cheerioh.

El Cheerioh era una mala llamarada, un viejo agujero con luz. Abre en la oscuridad un cajón lleno de ropa vieja, sacudida por un viento que no viene de ningún lado, con olor a naftalina y a pieles mojadas, y encuentra en él una lámpara encendida, velas ardiendo y un gramófono tocando.

—Aquí no pueden bailar —dijo míster Allingham—. Ustedes necesitan espacio. Ustedes necesitan el Crystal Palace.

Mistress Dacey seguía agarrando a Samuel por el brazo.

—Conmigo estás seguro. Te he tomado cariño —dijo—. Cuando me gusta alguien, no lo suelto.
—Y nunca confíe en una mujer que no puede pararse —Allingham señaló a una mujer sentada en una silla junto a una mesa tragaperras—. Trata sin cesar de levantarse. —La mujer hizo un brusco movimiento con los hombros—. No, no, las piernas primero.
—Esto era el establo de la vacas —dijo George Ring— y había paja de verdad en el suelo.

Mistress Dacey nunca suelta. Samuel vio el capricho brillando detrás de las gafas y en su dura boca de ratonera. Su mano fría lo atenaceaba. Si luchaba y corría, ella lo atraparía en un rincón y le abriría el paraguas dentro de la nariz.

—Y vacas de veras —agregó míster Allingham.

Los hombres y las mujeres que bebían y bailaban parecían los hermanos y las hermanas mayores de los bebedores y bailarines del club de la vuelta de la esquina, pero no había ningún negro. Había hondas caras verdes, teñidas con tintura de mar, con escarapelas pintadas en lugar de bocas y cabello de líquenes, pegado a las mejillas; caras purpúreas, caras gris pizarra, marcadas por la marea, caras de color pardo de ratón, pegajosamente revocadas, con ojos entintados de violeta y labios color queso; manos rosas, párpados rosas, rosas como la barriga de un mono recién nacido, caras color amarillo nicotina con ojos salpicados de mostaza y la herrumbre descamándose en los cabellos negros, teñidos, lubricados entre el agua oxigenada; barbas como moscas aplastadas, cuellos de salero cubiertos de espesa pimienta en polvo, cabezas de zanahorias, cabezas de huevo, cabezas negras, cabezas como peladillas.

—Todo gente blanca aquí —observó Samuel.

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