El buscador de almas (XII)

Georg Groddeck

 

 

 

XXX. EL LOCO COMO HÉROE. SOBRE EL SOCIALISMO

A la noche siguiente, Thomas se llevó al estudiante a una asamblea popular convocada por la Cooperativa de Consumidores de Berlín con fines propagandísticos. La sala estaba a reventar, y el conferenciante ya estaba en medio de su discurso cuando los dos llegaron. Para asombro de Seebach, a Thomas lo saludaban de uno u otro lado algunos obreros, uno incluso llegó a acercarse por entre la multitud, apretujándose, con el mero propósito de estrecharle la mano; no era otro que el mecánico celoso con el que Thomas había tenido aquella discusión en el tren durante el viaje a Berlín.

—¡Qué bueno que haya venido! —le susurró el joven—. Tendremos una asamblea difícil. Los comerciantes de la zona han azuzado a sus seguidores a fin de reventar la reunión, y también nos amenaza la violenta oposición de los más intransigentes; ahí tiene a Langhammer. Nuestro jefe, que en realidad debía presidir la asamblea hoy, ha enfermado, y su sustituto, en todo caso, puede dirigir una asamblea tranquila, pero no va a estar a la altura del jaleo que habrá después.

Thomas asintió y batió el aire con una mano para indicar que él lo haría todo. Sacó entonces su cuaderno de apuntes y siguió la conferencia con atención.

—¿Cómo diablos ha conseguido usted trabar amistad con el señor Weltlein? —le preguntó al oído Seebach al mecánico—. Hace poco parecía que tenía ganas de matarlo a golpes.
—¿A él? —preguntó el mecánico, por su parte—. Bah, eso fue una historia estúpida. No, ese hombre es útil, es bueno. Preste atención más tarde, cuando empiece el jaleo.

El orador, con gran despliegue de cifras y ejemplos, hacía pasar ante los ojos del público kilométricos trenes cargados de azúcar y harina, y explicaba cuánto podría ahorrarse si se eliminaba a los intermediarios, al tiempo que compraban entre todos cantidades enormes y luego, sin pretender sacar beneficios, las repartían entre los miembros de la cooperativa, pero entonces, en un rincón de la sala, el ambiente empezó a caldearse. Se oyeron ruidos de zapatos contra el suelo, siseos y gritos:

—¡Infamias, mentiras! —se escuchó.

El orador hizo una breve pausa y durante la que Thomas aprovechó para preguntarle al mecánico:

—Esa cuadrilla de alborotadores, ¿están todos juntos?
—Sí, lo han dispuesto todo de un modo torpe.
—¿Tienen ustedes gente apostada allí? —preguntó Thomas de nuevo—. ¿Gente que responda a una orden?
—Si les prometo que todo saldrá bien y que será útil, sí.

Por la cara que puso Thomas, era como si estuviera a punto de librarse la batalla de Cannas.

—Haga que me pasen la presidencia a mí, distribuya a nuestros hombres por toda la sala y luego…

El estudiante ya no pudo oír más, pues el orador había empezado a hablar de nuevo y otra vez se desató el bullicio. El auditorio entero empezó a inquietarse, se movían sillas, se oían manotazos y siseos, y a veces alguien gritaba «¡Silencio!», y hasta se oyó decir: «¡Échenlos fuera!». Un señor con una gabardina negra, sentado en una de las primeras filas, con su paraguas bien apretado en la mano izquierda, alzaba su sombrero hacia la sala con el fin de apaciguar los ánimos, como si hubiera allí un gallo cuyos cacareos tenía que asfixiar con el movimiento del sombrero; a continuación se incorporó a medias de la silla y empezó a gritar ininterrumpidamente: «¡Calma, calma, siéntense, siéntense!», sin darse cuenta de que era el único que estaba de pie. Un hombre con un corbatín rojo, con mejillas también de un color rojo chillón, como para que combinaran físicamente con su ideología —lo cual, si se miraba bien, se revelaba como los vestigios de un lupus eritematoso—. Sacudió el puño enfurecido contra el rincón desde donde venían los silbidos del grupo de los comerciantes, y tiró, con la otra mano, de su vecino de asiento, un obrero metalúrgico de manos ennegrecidas, incitándolo a que él también mostrara su indignación. La excitación aumentó, y la asamblea pareció querer disolverse en un tumulto desenfrenado.

De repente, sonó la campanilla del presidente. La calma se fue imponiendo; el presidente comunicó que lo habían sustituido en ese preciso momento con carácter urgente, y pidió que eligieran al señor Thomas Weltlein, en su lugar, para que continuara dirigiendo la reunión. Un aplauso atronador resonó desde distintos puntos de la sala, aunque nadie allí sabía quién era el tal Thomas Weltlein. El mecánico había dado la alarma entre sus tropas.

Thomas estaba de pie, en toda su estatura, al lado del estrado. La tranquilidad que emanaba de su personalidad surtió su efecto de inmediato, antes de que pronunciara la primera palabra. Dejó vagar sus ojos lentamente por la sala y dijo:

—Asumo la presidencia. Mi intervención durará sólo cinco minutos. Luego, tras una pausa de diez minutos, daré inicio al debate. Todos harán uso de la palabra. Pero hasta entonces les pido paciencia. El señor ponente tiene la palabra.

El estudiante se asombró. Hasta entonces había considerado a Thomas un tipo medio loco, había sentido lástima de él y lo había mirado siempre con cierta altivez. Pero la fuerza serena con la que aquel loco controlaba ahora la asamblea, sin apenas hacer ningún esfuerzo en apariencia, lo impresionaba; y poco a poco, tras ese primer asombro, fue creciendo una sensación de envidia.

La inesperada aparición de un hombre elegantemente vestido, de comportamiento seguro, había causado sensación entre los pequeños comerciantes, acostumbrados a tratar con devoción a los clientes ricos. Pero el orador pudo terminar su discurso sin interrupciones, que acabó con la divisa de las asociaciones de consumidores: «Uno para todos y todos para uno».

En el rincón donde se apilaban los comerciantes se hizo un breve intento de utilizar el final de discurso para reventar la asamblea, pero dado que, como en cada pausa, una buena parte del público se alejaba para aliviarse, el ruido se desvaneció.

El debate lo inauguró el portavoz de los comerciantes, un hombre delgado, con levita negra, bajo la cual se bamboleaba una cadena de reloj de oro. Tenía un mentón saliente, llevaba el bigote bien cuidado y su porte era estirado, como el de un militar. Todo su aspecto daba la impresión de un hombre activo y enérgico. Lo habían escogido para representar la causa de los comerciantes porque era el dueño de una ferretería y, como tal, no parecía estar tan interesado personalmente en el asunto como los dueños de tiendas de víveres. El público lo escuchó en silencio cuando empezó a aportar largas ristras de cifras, demostrando que las cooperativas trabajaban con métodos más costosos que los de los detallistas. Y lo más llamativo era, por lo tanto, que de vez en cuando desde algunos puntos de la sala se escuchara un «¡Muy bien!». Daba la impresión de que el rincón de los comerciantes se había disuelto y que los oponentes se habían repartido por toda la sala. Ganando en osadía, gracias a esa percepción que parecía facilitarle el éxito, el orador se atrevió a echar la cabeza hacia atrás, a meterse las manos en los bolsillos del pantalón y a lanzar una puya contra los dirigentes del movimiento cooperativista, que se embolsaban altos salarios por un rendimiento muy bajo, pero de inmediato se retractó al oír un murmullo de malestar en la sala. Cuando habló del modesto recargo que se llevaban los comerciantes, resonó en la sala, de repente, una voz aguda —la del mecánico— que dijo:

—Ese canalla se lleva un trescientos por ciento.
—Eso es mentira —dijo el hombre, opacando aquella risotada aislada.

Entonces sonó la campanilla del presidente.

—Les pido que no interrumpan al señor orador —gritó Thomas—. El debate ofrece espacio para que todos expresen su opinión.

El comerciante, que había perdido un poco el hilo a causa de todo aquello, fue capaz de concentrarse de nuevo. Sus palabras y sus ideas, sin embargo, se volvieron más duras, denotaban irritación. Empezó a golpear más a menudo con el puño sobre la tribuna, gesticulaba violentamente y hablaba con auténtica rabia. El efecto en los oyentes no se hizo esperar. El público daba a entender su acuerdo o desacuerdo de un modo más vivo que antes y, de repente, se desató de nuevo una tormenta cuando el comerciante, para caracterizar el peligro común que significaba la asociación de consumidores, en su acaloramiento insultó a los socialistas, diciendo que el dinero ahorrado de la cooperativa era empleado con fines partidistas por los rojos. Un furibundo aplauso y gritos de «¡Bravo!» se oyeron en la sala, dirigidos por tres hombres que estaban sentados uno al lado del otro en el centro del auditorio, los tres muy bien vestidos, bien alimentados. Aquellos señores se incorporaron a medias en sus asientos, aplaudieron y miraron a su alrededor en la sala, como si quisieran incitar a los demás a participar de la protesta. Y en efecto, su aplauso contagió a los del rincón de los comerciantes, y mientras que el hombre del lupus con el corbatín rojo se empeñaba en vano en acallar el aplauso dando patadas y gritos, el orador permanecía en el estrado, consciente de su victoria, con una mano sobre el montón de documentos que había empleado como hilo conductor de su discurso, y la otra arrogantemente metida en el bolsillo del pantalón.

—Como si él mismo no creyera en su virilidad y tuviera que convencerse mediante el tacto —dijo el estudiante al mecánico a media voz.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó, irritado, un zapatero pelirrojo con unas gafas sobre la nariz y una enorme cicatriz en el cráneo, señalando a los tres hombres que aplaudían con brío en medio de la sala—. Pero si son de los nuestros.
—Cierra el pico —lo increpó el mecánico—: ya verás lo que va a pasar.

Thomas se había puesto de pie. Esta vez ni siquiera tuvo que usar la campanilla. Su larga figura se imponía desde todos los puntos, y la algarabía se esfumó.

—Quisiera pedirle al señor orador —dijo— que, viendo la manera en que se nos ha ido el tiempo, sea breve. Es habitual, en los debates, que se les conceda diez minutos a los que intervienen.
—No tengo nada más que decir —explicó el ferretero, orgulloso por su éxito, y a continuación bajó del estrado para recibir las felicitaciones de su bando. Aún no había llegado a la esquina de los comerciantes cuando el mecánico, de repente, apareció en el estrado. Sostenía un candado en una mano y dijo:
—Este candado se lo compré hace dos horas, por veinticinco peniques, al señor Kramer, quien hace un momento nos ha expuesto lo mal que hace el obrero al comprar en la cooperativa de consumidores. Fue hecho en nuestra fábrica, donde se vende por ocho peniques. El señor Kramer aumenta el precio en un trescientos por ciento. No tengo nada más que decir.

La sala quedó inmersa en la resonante risotada salida de la esquina de los comerciantes. Thomas se irguió de nuevo, levantó el brazo y, muy pronto, el bullicio se calmó.

—Uno para todos y todos para uno —dijo, pronunciando cada palabra con serenidad, claramente, al tiempo que bajaba el brazo—. El discurso del señor ferretero Kramer, su actitud y su personalidad nos han enseñado lo que significa que todos trabajen para uno.
—Trescientos por ciento —gritó de nuevo el mecánico.
—Pues ahora no queda otra solución que dar la palabra a alguien que represente el principio de «Uno para todos». Y puesto que luego ya habrán hablado los dos bandos, yo pondré punto final a la discusión. Le cedo la palabra, como último orador en este debate, al señor Langhammer.

El hombre del lupus subió al estrado.

—¿Y esto ahora qué es? —gruñó el zapatero pelirrojo, acomodándose las gafas—. Langhammer es de los más intransigentes y va a hablar en contra de la cooperativa de consumidores. Debería ser uno de los nuestros el que…
—Imbécil —lo interrumpió de nuevo el mecánico—. Ya verás que dentro de cinco minutos Langhammer será miembro de la asociación.

El hombre de las mejillas rojizas plantó ambos brazos sobre el tablero del podio, se inclinó bien hacia delante y gritó hacia la sala:

—Obreros, lo que nos urge es que os unáis todos en contra del capitalismo, ninguna otra cosa podrá ayudaros. Mammón, el rey don Dinero, gobierna el mundo. La clase explotadora vive de nuestro sudor y del trabajo ensangrentado de vuestras manos.
—Al grano —gritó alguien desde el rincón de los comerciantes.
—Obreros, el proletariado del mundo no puede seguir soportando tal cosa, tiene que crear un frente contra los chupasangres del capitalismo.

Al oír la palabra chupasangre, una sombra recorrió el rostro de Weltlein.

—Pero conserváis todavía en los huesos la cadavérica obediencia heredada del cuartel. El militarismo…
—¡Al grano! —gritó alguien nuevamente. Esta vez era la voz del ferretero, secundado en su grito por los tres hombres sentados en el medio de la sala, que empezaron a dar patadas contra el suelo.
—Basta ya; lo habéis oído: un trescientos por ciento.
—¡Mentiras! ¡Es un atrevimiento! Echad a ese tipo de ahí —gritaron los tres hombres del centro. El tumulto empezó de nuevo. Los tres hombres se habían levantado y, siguiendo su ejemplo, algunos oyentes inquietos empezaron a levantarse de sus asientos.

Thomas había echado mano de nuevo a la campanilla y tocó a rebato. Poco a poco fue volviendo la calma.

—Se ve claramente que en esta sala los representantes del principio de que todos deben trabajar para uno no desean dejar hablar a nadie que se manifieste en favor del bien común, como lo está haciendo este caballero que ha sido interrumpido de una manera tan brusca. Agradezco al señor Langhammer, en nombre de la cooperativa, el habernos hablado con tal valentía…
—Pero si no lo ha hecho —intervino el zapatero.

El mecánico, a modo de respuesta, se encogió de hombros.

—Y espero que no le niegue al cuerpo administrativo de nuestra cooperativa su ayuda como miembro del consejo de la misma.

El del corbatín rojo estaba tan desconcertado, que hizo una reverencia de cortesía, bajó del podio y se dirigió a su sitio. A mitad de camino lo detuvo el mecánico y le habló con brío e insistencia.

—No tiene ningún propósito —empezó diciendo Thomas de nuevo— continuar este debate, ya que el comportamiento de los señores de aquella esquina y el de los de en medio de la sala no nos hace confiar en un consenso. Pasaré a controlar la lista de los miembros y, por tal razón, ruego a todos aquellos que no quieran ingresar en la asociación que abandonen la sala.

Nadie se movió. Todos sospechaban que habría otro alboroto.

Al cabo de unos instantes, Thomas repitió su ruego, pero esta vez con mayor acritud:

—Pido a todos los que no quieran ser miembros de la cooperativa que abandonen la sala.

Con gesto vacilante, uno de los tres hombres sentados en el centro de la sala se puso de pie y avanzó por entre las filas. El segundo lo siguió y, finalmente, también lo hizo el tercero, quien, antes de hacerlo, gritó mirando hacia atrás:

—Ven, Wilhelm, ya no tiene sentido, esto no hay quien lo detenga. —Otras personas siguieron su ejemplo, todos probados miembros de la cooperativa, como comprobó el zapatero, negando con la cabeza. Entonces también hubo movimiento en la esquina de los comerciantes. Una figura aislada se separó de la multitud allí agolpada y caminó en dirección a la salida.
—Haré pasar las listas —dijo Thomas, retomando la palabra—, y en ellas se inscribirá el que desee ingresar en la asociación. —Dicho esto, sacó una pluma y se dirigió con un folio al del corbatín rojo—. Por favor, señor Langhammer, su nombre ha de ser el primero. —El hombre miró a Thomas perplejo y escribió su nombre. Thomas siguió pasando la lista y subió al estrado—. Quiero hacer notar —dijo— que no tiene ningún propósito, para los señores comerciantes, inscribirse en esa lista. La asociación, de acuerdo con sus estatutos, tiene el derecho a excluir a quienes sean abiertos enemigos de sus tendencias, y hará uso de esa facultad en relación con ustedes. Quisiera pedirles de nuevo que abandonen la sala.
—Por lo menos tendremos permiso para terminar nuestras cervezas —dijo, irritado, uno de los comerciantes.

Thomas se alzó en toda su estatura.

—Los señores sólo quieren acabar su cerveza —exclamó—. Y eso nadie puede tomárselos a mal, por eso hagamos como si nuestros enemigos ya se hubieran marchado y continuemos con nuestro trabajo. Tenemos que elegir al consejo de la cooperativa y la administración les pide que nombren, de su seno, a tres cooperativistas. La administración no tiene derecho a postular, pero es de la opinión que un miembro tan destacado como el señor Langhammer no puede quedar excluido.

Thomas acababa de terminar esa última frase cuando la turba de los comerciantes partió. Uno detrás de otro, ya que nadie les hacía sitio, fueron atravesando la sala.

Thomas los siguió con la mirada, pero luego bajó del estrado y se sentó en una silla, exhausto.

Una hora después, estaba sentado en un pequeño restaurante con algunos de los participantes de la asamblea y con el estudiante, celebrando la exitosa velada. Se habló del movimiento cooperativista, del futuro y de las tareas de las asociaciones. Se intercambiaron experiencias y vivencias personales y, en eso, se puso de manifiesto que Thomas era un antiguo adepto de la idea del cooperativismo y que hacía años, en Bäuchlingen, había fundado una asociación de consumidores. En sus paseos por Berlín había entrado a algunas de las tiendas de la cooperativa, conversado con la gente y, por último, había acabado conociendo al joven líder del movimiento. Por esa vía se había encontrado de nuevo con el mecánico, que, lúcido como era, se había dado cuenta enseguida de lo útil que podía serles Weltlein si no se tenían en cuenta sus locuras.

Poco a poco la conversación fue girando hacia la cuestión social. Thomas, hasta ese momento, no había tomado parte en la conversación, sólo había brindado con un «¡Salud!» cuando sus compañeros de mesa chocaron los vasos. De repente, sin preocuparse de lo que dijeran u opinaran los otros, se concentró en algo mencionado por azar, algo que por fuerza debía de ser mencionada en una conversación de aquella índole: eran las palabras «bien común», «generalidad».

—El bien común, la generalidad… ¿Para qué seguís discutiendo entonces acerca de la solución de la cuestión social si ya contáis con esa palabra? —exclamó—. Ésa es la solución. Sólo miren la palabra: «Generalidad». —Thomas puso un dedo encima del tablero de la mesa, como si allí estuviera escrita la palabra, y los miró a todos, uno por uno, exhortándolos a que la mirasen.

El zapatero pelirrojo, sentado a su lado, se acomodó las gafas y rio; el mecánico asintió varias veces con la cabeza y le dijo bruscamente al estudiante:

—Ya vuelve la locura.

Sin embargo, otro de los hombres, que no conocía a Thomas, el obrero metalúrgico de manos negras, preguntó:

—¿Cómo? ¿Por qué dice lo del bien común y la generalidad?
—La cuestión social —Thomas miró al obrero metalúrgico con atención—, se refiere a la preocupación por todos. El pretender ocuparse de todos es una generalidad, de modo que la cuestión social es algo general.
—Bueno, ya está bien, escuchen —exclamó el cuarto obrero, un impresor de unos cuarenta años, pero con una cara juvenil como la de un chico de diecisiete años.
—Por favor, aún no he acabado —lo interrumpió Thomas enérgicamente—. Los comentarios fuera de lugar sólo interrumpen el curso del debate. Todos harán uso de la palabra. Por ahora me toca a mí. En fin: el bien general, digo, no es más que una unión de las palabras «general» y «bien»; en otras palabras, eso quiere decir que todos deben estar activos para el bien de los otros, y ése es precisamente el objetivo al que aspiran los beneficiados de la generalidad. Ellos buscan su propia felicidad, pero revisten ese instinto natural con ropajes bellos, el cual, como todos los vestidos, destaca lo que oculta: vean el escote de las mujeres y la bragueta de los hombres. ¿Acaso eso no es cruel? «Bien común»…, eso es igual a decir: todo bien es común, es decir, todo es mío. Se hace valer el punto de vista del niño, que lo quiere todo para sí. De ahí el ímpetu contra el dinero, contra Mammón, que no es sino otro modo de decir «mamar», y por ende, de mamar. No debemos olvidar que el ser humano, por muy viejo que llegue a ser, sigue siendo un lactante. Esa rabia contra los chupasangres no es sino la manera de silenciar la voz de su conciencia, pues todos ven con claridad que le chupan la sangre a sus madres. Los hombres son chinches, y es natural que la ideología roja aumente precisamente en las grandes urbes, siempre llenas de esos bichos. Rojo-social; todos nosotros, a fin de cuentas, somos socialdemócratas, pobres o ricos, da igual.
—Social: ¡soci-hala! Es la exhortación del hombre a su vecino, su socio, para que tire del carro por él. Y «hal» es abreviatura de halcón, que le arranca las tiras del pellejo a otro semejante. Lo cual, de nuevo, tendría un doble significado, ya que las «tiras» podrían ser un símbolo de la serpiente. Tal vez de ahí se explique el creciente entusiasmo de la mujer por la actividad social. Las palabras tienen una maravillosa fuerza de contagio, un veneno en sí mismas, que provoca bajo la conciencia pandemias de entusiasmo con el resultado de absolutas revoluciones universales.

El obrero metalúrgico mantenía el vaso de cerveza entre sus dos manos negras entrelazadas. Con el ceño fruncido y la mirada fija, veía la boca de Thomas como si con aquel esfuerzo de la mirada centrada en el torrente de palabras pudiera acercar más su sano juicio al momento de la comprensión, mientras que el impresor, que gracias a sus largos años trabajando en el estúpido ramo de los periódicos había perdido hacía mucho tiempo todo respeto por cualquier tipo de erudición que no fuese la suya, se volvió hacia el mecánico, que jugaba al sesenta y seis, para preguntarle:

—¿Ese hombre está loco o lo estoy yo?
—Lo estás tú —le respondió el zapatero, mientras que el mecánico, que estaba a punto de ganar una mano, añadió:
—¡Imbécil!

El impresor estuvo a punto de explotar, pero al ver los imponentes puños del mecánico, prefirió relacionar la expresión «¡Imbécil!» con Thomas, sonrió satisfecho e intentó seguir prestando atención.

Thomas reflexionó sobre el efecto causado por el sonido de sus palabras y, al ver las manos del obrero alrededor del vaso de cerveza, estuvo a punto de derivar de la expresión «obrero metalúrgico» toda una historia de la cultura moderna, a partir de metallus, Carlos Martel, martillo, clavo, batalla de Poitiers, cristianos, cruz, cruzadas, etc., pero en eso el estudiante lo sacó bruscamente de sus cavilaciones.

Desde hacía una hora se estaba incubando en Seebach un rencor envidioso hacia Thomas, lo cual le hizo pensar en el diabólico plan de propinar una buena paliza a ese loco, tan poco merecedor de tal éxito. Intentó, por lo tanto, desviarlo de nuevo hacia la cuestión social, pues se prometía toda suerte de cosas de la actitud irritada del obrero metalúrgico.

—Soci-hala, vieja —exclamó y miró a Thomas con carita inocente.

El loco lo observó por un momento con aire pensativo, pero entonces respondió:

—Sí, en ello reside una buena parte de la cuestión de la mujer y, de paso, de toda la historia universal. Halar, tirar de la cola, es lo que le pide a gritos a la mujer su vida instintiva. El hombre, en cambio, cuya potencia, según Boccaccio, ni aun sextuplicada bastaría para satisfacer a una mujer, responde con un: «Tira tú conmigo, vieja, hala», aunque pronto le dirá: «Tira tú sola del carro, que yo me voy a sentar para que siempre me tengas a mano». Ahora las mujeres quieren tener acceso a las profesiones masculinas, y eso está muy bien, el hombre no debería resistirse a ello, sino echarles encima todo lo que puedan. El trabajo para las mujeres, ésa es nuestra consigna. Nosotros, contentos de nuestra noble sangre germana, nos tumbamos sobre la piel de oso y bebemos otra. ¡Salud! —dijo, brindando con el obrero metalúrgico—. Por que vivamos todavía la época en la que las mujeres gobiernen las máquinas, mientras nosotros gobernamos el Estado socialista.

El hombre separó poco a poco las manos del vaso de cerveza, se las miró, sonrió y dijo:

—Eso me vendría bien a mí, que mi vieja tuviera algún vez estas manos; todos los días se queja de ello, y me pone jabón extra. Pero la grasa se pega tanto a la piel que nada puede hacerse, ni aun con la mejor voluntad. Son dedos de comunero, dice ella.
—Comunero, común, general, la generalidad, el bien general. Ahí tenemos toda la historia en pocas palabras. Todo empieza con el socialismo, y el comunismo es el fin. Todo es de todos. Queremos emborracharnos, intercambiarnos las mujeres, ser hombres libres. Esa evolución de las cosas tiene su origen en el afán de las mujeres de ser un bien común. «La doble moral», se dicen las mujeres, acaloradas, pero en el fondo ellas no quieren una moral femenina para los hombres, sino una moral masculina para las mujeres. Amor libre, es lo que reclaman a gritos.

El mecánico juntó de pronto todas las cartas, pegó un puñetazo en la mesa y dijo: «¡Que el diablo se las lleve a todas!», y se acabó la cerveza a tragos frenéticos.

—Por mi parte —se inmiscuyó el impresor—, entiendo muy bien que las mujeres quieran independizarse. Es posible que todo el mundo lo quiera, y si no aspirásemos todos a llegar a lo más alto, el progreso de la humanidad no pintaría demasiado bien.

«Ésa es la razón, entonces, por la que este sujeto parece tan joven», pensó Thomas. «No consigue separarse de la madre».

—¿Independizarse? —El estudiante le lanzó a Thomas una mirada de reojo y repitió—: Independizarse, sí, eso les vendría bien. Pero las uvas son ácidas. Las cosas no se presentan tan fáciles cuando lo que se tiene delante es un abismo. Creo también —añadió, riendo obscenamente— que a ellas lo que más les importa es que el hombre esté ahí, dispuesto, y si nosotros fuésemos siempre independientes, si no dejásemos caer la cabeza como una cola fláccida, reinaría la paz en Troya.

Thomas había empezado a inquietarse.

—No, no —exclamó—, no es así, las cosas no son tan simples, aunque, al mismo tiempo, son la mar de sencillas. Mire usted —dijo, al tiempo que se agarraba, obviando todo lo que su madre y su hermana le habían enseñado del arte de la vida, la parte delantera del pantalón, como si allí pudiera solucionarse el problema de un modo palpable, y a continuación, satisfecho, clavó los codos encima de la mesa—. Mire usted una cosa: las ansias de dependencia o independencia no se limitan sólo a la mujer, y tampoco la aspiración a elevarse de la que usted no ha dicho nada, aunque se recalcaba de manera expresa en el discurso programático de nuestro amigo —dijo, haciendo una reverencia al impresor—. Nosotros, los hombres, no disfrutamos menos de esas cosas que nuestras mujeres, y si notamos que la mujer es independiente, autónoma, nos alegramos; tampoco nos avergonzamos menos cuando no logramos levantarla. La única diferencia es que la mujer no puede cubrir sus carencias por su cuenta, mientras que el hombre, aunque sólo por unas horas, tiene en la mano el cetro real. El placer que siente la mujer la incita a querer, en un primer momento, a un hombre independiente, ya que es él la herramienta, y puesto que esa herramienta se cierne sobre ella, debe elevarse por fuerza. En ello reside tal vez la explicación de por qué la mujer es superficial en comparación con el hombre: ella no tiene el mismo interés por penetrar en las profundidades como él. En la mujer, las cosas son de tal modo que ella aspira por momentos a elevarse, aunque luego lo hace con ardor, con frenesí, con todo su ser, mientras que el hombre tiene una disposición concéntrica, su aspiración a elevarse está condicionada por el deseo de ser superior, y por eso cultiva la idea de que el cetro se endurezca. La mujer prescinde de los atributos del poder, y cuando lo siente dentro de sí, se despierta en ella una frenética avidez por la posesión, intenta arrancar el cetro del hombre, lo tritura y se avergüenza del pecado. El estimado caballero que me ha antecedido —dijo, inclinándose de nuevo hacia el impresor, que se apoyó hacia atrás en la silla, halagado, inclinó la cabeza hacia un lado y siguió jugando con un lápiz— tiene toda la razón, ¿qué sería de la humanidad sin esas aspiraciones que tiene la mujer de elevarse? Ya se habría extinguido hace mucho tiempo. Del odio nace el amor, y del amor, el odio, y tiene su sentido cuando se habla de una lucha amorosa. Es un romper lanzas que muy a menudo tiene desenlaces sangrientos. Y tengan en cuenta, también, lo que dice la Biblia acerca de la enemistad entre la mujer y la serpiente, y entre las simientes de la mujer y las de la serpiente. Aplastarle la cabeza a la serpiente es lo que quiere la mujer, hacernos doblar la cabeza, que la dejemos colgando hacia abajo, colgada, dependiente, y expía ese pecado cuando la serpiente le muerde el talón.
—Y entonces llega la cigüeña —gritó el estudiante, haciéndole guiños al mecánico.
—Que el diablo se las lleve a todas —repitió el mecánico. Entonces se puso de pie y abandonó el local por unos momentos. El zapatero barajó las cartas con indiferencia.
—Yo, con la mía, me las arreglo, y me atrevo a andar con otras mujeres.
—Sí, quien cuenta con el tirapié y sabe manejarlo —rio el impresor—, puede muy bien mostrarse indiferente.
—Lo que yo haga o deje de hacer no le incumbe a nadie —respondió el zapatero, y barajó las cartas con tal violencia que un par de ellas cayeron al suelo.

Thomas volvió la cabeza lentamente hacia el zapatero, que se había levantado de su silla y agachado para recoger las cartas, con el trasero empinado.

—Contagio interior —dijo—, no puede hablarse de serpientes sin que las almas respondan con alguna acción. Desde hace tiempo estudio esos fenómenos, pero no encuentro su razón más profunda. —Thomas calló por un instante, luego le quitó su instrumento al impresor, que daba golpecitos en la mesa con el lápiz, y continuó—: Todas las madres dan palmaditas en el trasero cuando quieren tranquilizar al niño que tienen en sus brazos. Un niño siempre da un golpecito a otro al pasar. El látigo, la vara, ¡qué papel maravilloso juegan esos instrumentos en la vida de la humanidad! Y en el apretón de manos se basan la lealtad y la fe. Se dice que la red nerviosa del trasero y de las partes pudendas están íntimamente relacionadas, pero los anatomistas y los fisiólogos aún no han hecho ningún esfuerzo por estudiar esas conexiones. Lo primero que se les enseña a los niños es a dar palmaditas, de modo que el sentido del oído debe intervenir de manera fabulosa en ese instinto. El rubor y el calor indican fuertes afecciones del amor. Y resulta curioso que en todos los idiomas una vara, una verga sean sinónimos del miembro masculino. Ello indica tal vez que la mujer, de vez en cuando, anhele los azotes, como solía decir mi padre, y si he observado bien, cada mancha en el mantel, cada réplica, cada tirón de puerta, cada estado de mal humor es una invitación a una danza de espadas y, luego, al amor. Aunque hay gente que camina con las manos a la espalda.

Un risotada general se apoderó del auditorio. Pues en ese mismo instante llegaba el mecánico sumido en graves pensamientos; había cruzado las manos a la espalda, con las palmas hacia arriba. Él también rio, bonachón, aunque no tenía ni idea de lo que se estaba hablando.

—¿Seguís hablando de las mujeres y del progreso de la humanidad? —preguntó, tomó asiento y cogió las cartas para repartir.
—Nos habíamos desviado —respondió Thomas—. Pero está bien que nos recuerde el tema. En realidad, opino que el anhelo de ser independientes y autónomos significa más para la infancia que todas las cartillas y las biblias, que todas las moralejas y los demás manejos educativos. Cuando el niño empieza a andar, su padre lo impresiona, pues a él le parece un gigante, y en realidad son las piernas y todo lo que tiene que ver con ellas lo que excita su atención. —Y como si la palabra «excitar» lo excitara a él mismo, Thomas, de repente, empezó a hablar con vehemencia—. Sí, sí, señor Seebach, aficionado a las ciencias naturales, así es. Cuando usted pasa por delante de un edificio, ¿acaso no intenta también mirar hacia la última planta, y no a las dependencias de la planta baja? Es algo dispuesto muy sabiamente por la naturaleza, que obliga de ese modo al hombre a dirigir desde el comienzo mismo su envidia, su aspiración, todos sus afectos, hacia el lugar que es imprescindible para la supervivencia de la humanidad. El padre es para el niño una divinidad, el ideal al que aspirar, pues la madre es para él, en primer lugar, el biberón de leche y la esponja, y por eso no es nada divino, es más bien su propiedad; además, ella es más bajita que el padre, y no brama como él, da pasitos cortos y no tiene las piernas tan largas. El niño, por lo tanto, quiere ser hombre, pues el hombre es grande. Y por eso crece y se vuelve fuerte mental y físicamente. Porque ve que el hombre se diferencia esencialmente de la mujer en que tiene algo colgando entre las piernas…

El estudiante lo interrumpió en ese punto:

—¿Y dónde va a ver el niño esas cosas? Yo jamás vi a mi padre desnudo.
—Rayos, truenos y centellas —gritó Thomas, dando un puñetazo sobre la mesa y estirando la cabeza hacia Seebach con violencia, como si quisiera embestir con ella un muro—. ¡Recuerde usted, con exactitud, lo que experimentó a los dos años! ¿Todavía se acuerda de cómo aprendió a caminar, a hablar y a comer? En verdad se lo digo, usted es digno de ser llamado a dar clases de ciencias naturales en cualquier universidad —dicho esto, Thomas guardó silencio y, malhumorado, se bebió el vaso de cerveza de un solo trago.

Era como si la tensión hubiera ido acumulándose. Ya nadie habló más, todos miraban en silencio hacia delante, con enfado. De repente, el obrero metalúrgico, que hasta entonces sólo había dado fe de su participación en la charla escuchando, empezó a hablar:

—El señor Weltlein tiene mucha razón. No se puede siempre echar fuera a los niños cuando se usa el baño; además, uno no quisiera hacerlo, mi hijo ha hecho el esfuerzo de un estibador para aprender a usar el retrete, y se lo ha contado a todo el mundo; la niña, en cambio, lloró cuando quiso imitar a su hermano y le salió mal. Y eso tiene que llamarle la atención a todo el mundo, el hecho de que no sepamos nada de los primeros años de vida, absolutamente nada. —Durante el tiempo que habló, el obrero estuvo mirando a Thomas concentrado; cuando vio que la cara de éste se iluminaba y mostraba un mohín amable, asintió serio y cruzó las manos otra vez alrededor del vaso de cerveza.
—A todos nosotros nos ha llamado también la atención —confirmó Thomas—; ¿o qué significa entonces, si no, la seriedad que se ha cernido de repente sobre nuestros compañeros de mesa? Se han dejado sentir las heridas que ha dejado la vida en esos primeros años, las cuales, seguramente, fueron las más graves que hemos sufrido. Pero ya basta: el niño quiere ser como su padre, tener una buena herramienta y, por eso crece, por eso es más alto que la chica, que pronto desistirá de la competencia, con tristeza, ensanchará las caderas y le saldrá en el pecho, por partida doble, lo que le falta entre las piernas. Porque en sus pechos, la mujer es hombre, ésos son su órgano masculino, el que se mete en el orificio de la boca del niño, derramando líquido. Los caminos del Señor son inescrutables. Alabado sea el nombre del Señor.

El impresor, al que ya hacía tiempo que le molestaba que otro que no fuera él tiranizara la conversación, y que Thomas le hubiera estropeado el placer de dar golpecitos con el lápiz, creyó llegado el momento de hacer valer su opinión.

—Sus paradojas, señor Weltlein —dijo—, me han interesado mucho, y aunque son muchas las cosas que podrían decirse en contra, y hay algunos aspectos enrevesados, se nota siempre que son ideas bien pensadas y expresadas por un hombre extremadamente culto. Tanto más incomprensible me resulta, por lo tanto, que nos venga usted de pronto con esa sabiduría de párroco de pueblo. Al pueblo ya lo han timado bastante tiempo con esos cuentos de nodrizas sobre las intenciones profundas del Señor. Pero el pueblo ya no cree en ellos, la antorcha del conocimiento alumbra con tal claridad, que ya la superstición no encuentra una fisura desde la que adormilar a la gente con su veneno; los logros de la era moderna demuestran que ya no hay sitio en el mundo ni para Dios ni para sus hazañas. Desde que sabemos que nada se pierde, desde que conocemos la lucha por la existencia, hemos aprendido a arreglárnoslas sin Dios y sin la religión. Porque quien posee la ciencia y el arte, ya tiene la religión, como dijera Goethe, refiriéndose con ello a que la persona culta ya no necesita de la religión. Allí donde entra la ciencia, huyen los dioses; eso es una ley universal.

Thomas asintió con gravedad, mostrando su beneplácito.

—Si el universo llegara a ser mío, tendría, primeramente, que deponer a Dios, eso es lógico. Y el hecho de que los dioses huyan cuando la ciencia llega con su lámpara de aceite, es algo que no puedo tomarme a mal. Por cierto, ya es tarde, y estoy cansado, y si de verdad le interesa la cuestión sobre la relación entre la ciencia y la divinidad, puede encontrar la solución en Pedro Melenas. Buenas noches, caballeros. —Thomas se levantó y se alejó de allí sin más preámbulos. Cuando el estudiante le gritó a sus espaldas: «¡Sí, claro, cuando la ciencia entra, los dioses huyen!», él, que estaba ya junto a la puerta, se volvió y dijo con acritud—: Si tomara las alas del alba y habitara en el extremo del mar, aun allí me guiaría su mano, y me asiría su diestra.

Thomas aún no había dado veinte pasos cuando fue alcanzado por el zapatero.

—Hace rato quería preguntarle —empezó diciendo—, ¿por qué usted, con esas ideas liberales, termina siempre hablando obstinadamente de Dios? No estaría bien ni sería digno de usted el pretender burlarse de nosotros, gente más bien simple.

Thomas se había detenido.

—Yo también me tengo por una persona simple, y precisamente por eso no todo está tan claro para mí como para muchas otras personas. Por ejemplo, no sé por qué nuestro amado Dios nos ha puesto la nariz en la cara, en lugar de en la punta de los dedos. No tengo la menor intención de burlarme de usted. No me van las burlas, y lo que digo es porque lo pienso. Pero ya es tarde. Tal vez venga usted alguna vez a visitarme, tal vez yo le escriba dónde puede encontrarme. Después de las ocho usted seguramente estará libre, y entonces podemos continuar hablando del tema.

Dicho esto, le dio la mano al zapatero, que la retuvo y dijo:

—¿Qué quiso decir con lo de Pedro Melenas?
—En una de las historias —respondió Thomas— un niño llega corriendo con la bandera de la ciencia, un segundo con una pelota, el globo terráqueo, un tercero con un aro, que representa las matemáticas, y un cuarto muestra triunfante una rosquilla de pan salado, la atadura de esa pobre esclava, la fantasía. Ya lo sabe, el calor excita la imaginación y la superstición, el sol, la luz brillante, broncea la piel. Y en eso llega Papá Noel, que se caracteriza por su larga barba blanca, símbolo de Dios, y mete a los niños científicos donde les corresponde estar: en un tintero. Buenas noches.

Ya Thomas se había marchado antes de que el zapatero comprendiera lo que éste había querido decir.

La historia no nos cuenta si ambos volvieron a encontrarse.

(Continuará…)

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