El buscador de almas (XIII)

Georg Groddeck

 

 

 

XXXI. DE CÓMO VE THOMAS EL MUNDO DESDE ABAJO Y LO QUE TIENE EL TRABAR AMISTAD CON JOVENCITAS

Poco después de eso, el estudiante volvió a encontrarse con Thomas. Se tropezaron en la calle, y Thomas lo animó a que lo acompañase.

—¿Y hacia dónde nos llevará este viaje? —preguntó Seebach.
—Hacia delante. ¿Es que acaso todo tiene que tener una meta? Nos estaríamos mintiendo si nos figurásemos que tenemos siempre un objetivo a la vista.

El estudiante vaciló. Su atención había quedado atrapada por un crisantemo amarillo que Thomas —cosa extraña— llevaba en el ojal. La corola de la flor colgaba hacia abajo.

—Si quiere volver a hablarme del libre albedrío, mejor no le acompaño. Ya conozco sus criterios al respecto…
—No, no los conoce —lo interrumpió Thomas—, pero le incomodan —dijo y enganchó su brazo al de Seebach, arrastrándolo consigo—. Veo que se interesa usted por mi flor, pero no se da cuenta de que en ella encontrará la respuesta al libre albedrío. ¿O es que ha salido ya con el propósito de provocarme?

El estudiante no respondió, pero lo acompañó.

—¿Recuerda la advertencia de Zaratustra de mirar el mundo de vez en cuando metiendo la cabeza entre las piernas? He probado a hacerlo hoy y he llegado a resultados muy curiosos. Uno regresa, en cierto sentido, a la infancia, cuando lo ve todo desde abajo. Al principio es un poco incómodo andar así agachado, pero se aprende mucho, literalmente; sobre todo cuando se comprende lo interesante que puede ser la parte de debajo de una silla o de una mesa. Imagínese una criatura con los sistemas receptivos de un niño en la atmósfera y con el horizonte de una silla sobre la que alguien está sentado, o con las impresiones del espacio medio en penumbra, debajo de la mesa puesta, con las sensaciones auditivas producidas por el tintineo de los platos y cubiertos en esa caja de resonancia; con las diferentes percepciones olfativas, las corroboraciones fantasmales del ojo, con una gran cantidad de piernas alrededor sin sus correspondientes torsos. Soy de la opinión de que ni la psiquis del niño ni la del perro se pueden comprender siquiera de un modo aproximado sin realizar serios estudios experimentales en la dirección que yo he tomado hoy, si bien sólo muy someramente. El ver a través de las piernas tiene además otra ventaja: desde el principio se observa todo desde el centro mismo de la vida, que es marcadamente erótico. —Thomas guardó silencio un instante, sumido en sus pensamientos, se arregló la camisa y continuó—. He alcanzado el clímax del goce cuando el camarero me ha traído el café de la tarde. Tuve otra vez la impresión de estar viendo a un gigante cuando vi acercarse a mí aquellas piernas. Lo único desagradable fue que el hombre también se agachó y quiso ayudarme a buscar algo que yo no había perdido en absoluto. Ésa es también la razón por la que desistí de dar el paseo en esta postura. Llegué al centro del pasillo sin que me molestaran demasiado, pero entonces vino el mozo y se puso a buscar; y luego llegó la chica de la limpieza, el camarero se les unió, y cuando el director del hotel pasó por allí de casualidad, consideró que era su deber ponerse a palpar el suelo con las dos manos. Todos ellos me hablaban con insistencia, perturbando mi observación, preguntándome siempre lo mismo: qué había perdido. Al final se me quitaron las ganas de continuar con mis estudios; pero en el último momento tuve aún la alegría de ver cómo uno de los huéspedes fotografiaba a los cinco miembros de aquella expedición de búsqueda. Supongo que, por lo menos, entre las caras en la placa estará la mía. La camarera, seguramente, estará representada con el dos; en cuanto a los demás, no lo sé. Pero especialmente en el caso del camarero, me imagino perfectamente sus partes bajas que asomaban entre las faldas del frac. En fin, como no quería permitir que todo el personal del hotel participara en mis investigaciones, regresé a mi habitación y, con la ayuda de esta flor, con la corola hacia abajo, me puse de modo simbólico en la misma posición. Estar de cabeza sólo simbólicamente requiere esfuerzo, pero funciona. Todo se alivia un poco inclinando el ánimo hacia la envidia. Porque lo que sí habrá notado es que ése es el estado de ánimo fundamental cuando se observa el mundo desde abajo, y lo notará por el hecho de que he escogido una flor amarilla.

El estudiante, de repente, se detuvo.

—¿Y cómo sabía usted que yo lo odiaba tanto como para querer matarlo?

En lugar de responder, Thomas señaló el crisantemo. Sólo al cabo de un rato, cuando infirió, por la mirada inquisitiva del estudiante, que su gesto no había sido comprendido, dijo:

—La envidia es amarilla, y sus ojos estaban amarillos cuando vio la flor. Y la corola del crisantemo cuelga justamente encima de mi corazón. Por cierto, ya le he dicho que la envidia y el odio son los estados de ánimo fundamentales de la persona que mira de abajo hacia arriba. Y como todos hemos sido niños pequeños alguna vez, la envidia y el odio constituyen los sentimientos más profundos y antiguos de nuestra alma.

Seebach se encogió de hombros y se dio la vuelta.

—Es usted un actor, Weltlein, y de los malos, a decir verdad, de esos que intentan surtir efecto en los espectadores de la galería exagerando gestos y parlamentos.

Thomas asintió, pensativo.

—Tiene usted toda la razón —dijo—. Hace poco, tras la asamblea, cuando me di cuenta de que su actitud hacia mí se había vuelto amarilla, debí cometer alguna crueldad contra usted; entonces ahora me amaría, en lugar de odiarme.

El estudiante rio burlonamente.

—El gran arte le hace enloquecer, estimado amigo, pone usted las cosas patas arriba. Yo ni le amo ni le odio, usted me es del todo indiferente.
—¡No mienta! —le gritó Thomas, para luego, tranquilizándose de inmediato, continuar—: No tiene sentido discutir con usted. Algo pesa sobre su conciencia, algún mal cometido para conmigo, y en consecuencia debe usted intentar irritarme de tal modo que yo cometa una injusticia. Ése es un rasgo femenino de su carácter, pero precisamente ese elemento de decepción femenina en su personalidad le confiere el curioso y rápido don del aprendizaje que tanto me atrae de usted.

El estudiante explotó:

—Ni tengo conciencia de tener nada femenino ni deseo que me convierta usted en objeto de sus afectos, y mucho menos en el sentido que revela de manera más que clara la perversa desvergüenza de su carácter.

Thomas negó con la cabeza, con gesto compungido.

—Lleva usted un gran peso en el alma, cree haber cometido una injusticia conmigo, algo que no puede expiar. —De pronto, se detuvo delante del estudiante, lo miró con acritud y añadió—: Mencióneme uno de los mandamientos, el primero que se le ocurra. ¡Rápido! ¡Uno de los mandamientos!

La mirada de Seebach vagó en derredor y dijo, con no menos acritud:

—¡Déjeme en paz de una vez con sus estupideces!

Thomas lo había agarrado por el hombro y lo sacudió.

—¡Uno de los mandamientos! ¿En cuál ha pensado? ¡Podrá usted decir alguno de los mandamientos! ¡Uno de ellos!

El estudiante había perdido el equilibrio; como un niño pequeño, se dejaba sacudir de un lado a otro y, mientras su cara cobraba una expresión de desamparo, tartamudeó:

—El quinto.

Thomas lo soltó.

—¿Fue lo primero que le vino a la mente? —le preguntó con insistencia.

Seebach se encogió de hombros.

—El quinto o el sexto, no lo sé, también podría haber sido el séptimo.
—En otras palabras, en el primero que pensó fue en el séptimo. ¿Qué le puede hurtar un hombre a otro?

Seebach vaciló por un momento, hasta que notó la extraña sonrisa dibujada en el rostro de Weltlein; entonces respondió:

—Me he apropiado indebidamente de sus opiniones, y las he dado como mías, lo hice ayer mismo.
—Bueno, no era necesario que se acalorase de esa manera cuando alabé su capacidad de aprendizaje, que es también apropiación. Por cierto, quisiera darle un buen consejo para la vida, ya que quiere usted seguir por ella sin mí. —En contra de su costumbre, Thomas hablaba ahora con acritud, con un tono cortante que dejaba traslucir claramente su sorna—. Cuando se responde de manera vacilante a una pregunta formulada claramente, la respuesta es siempre (¡escúcheme bien!), siempre una mentira, una verdad a medias. Y por eso es sólo una media verdad lo que usted acaba de decir sobre el robo intelectual. Usted sólo está posponiendo el tema, porque en el fondo lo sabe y se avergüenza, razón por la cual se irá sumiendo cada vez más en un estado de encono contra mí y terminará abandonándome. Pero se llevará consigo su persona y su conciencia de culpa, así que no le servirá de nada. Lo único que le ayudaría sería la firme conciencia de la que habla Ibsen. «Peca con valentía» es una expresión sabia. —Thomas rio con autocomplacencia, pero en ese instante tropezó y se detuvo un momento, temblando de rabia—. Chinches —gritó—. Acabarás con las bestias de fuera, estrangulador de chinches, pero aquí dentro —dijo, golpeándose la frente—, aquí chuparán todo, y, picada tras picada, irán instalándose en el cerebro, hasta que te conviertas en un bulto de maloliente vanidad. «No matarás», dice el quinto mandamiento —dijo, volviéndose de nuevo, de manera inesperada, a su acompañante—. Y eso, después de lo que me ha dicho antes sobre sus fantasías de asesinarme, sería comprensible si no lo hubiera relacionado usted con el sexto mandamiento. Pero esa asociación revela que es usted —en ese instante Thomas rio con malicia— lo que hace un momento se complacía en llamar perverso, una estupidez que no habría esperado de usted, por lo menos no que me la restregara en las narices. —En cada palabra dicha por Thomas resonaba una infinita arrogancia, y como se daba cuenta de ello, sus palabras se volvían cada vez más enfáticas—. Usted quisiera matarme, sí, pero por el momento quisiera hacerlo como se mata al hombre cuando se lo decapita. ¿Lo entiende, o tengo que decírselo más claramente? Decapitar, sexto mandamiento…; no es tan difícil de entender.

El estudiante caminaba en silencio al lado de Thomas, tenía la mirada fija, pero no se defendió.

.

COMENTARIO AL MARGEN DEL EDITOR

Y ahora el apreciado lector haría bien en recordar que esta conversación ha podido llegarnos sólo a través de Lachmann, quien a su vez se enteró de ella por el estudiante. No cabe duda de que nada de esto tuvo lugar tal y como lo cuentan, más bien Lachmann la alteró deliberada o inconscientemente. Y ello no cambia, en lo más mínimo, la afirmación de Lachmann sobre la absoluta objetividad de su relato, ya que todos los médicos hablan de la objetividad de sus observaciones o manifestaciones, aunque ya deberían saber que su profesión es absolutamente subjetiva. La manera arbitraria en que ha procedido Lachmann se infiere de un hecho: él mismo ha aplicado en esta conversación su propia técnica —imperfecta, por cierto— del tratamiento psicoanalítico, un método indispensable entre médicos, sin el cual su profesión sería inconcebible. La notable variación del carácter de nuestro héroe provocó tal disgusto en Agathe, por cierto, que el relato está lleno de signos de exclamación e interrogación escritos por su propia mano, y entre ellos encontramos expresiones como «calumnia», «infame», etc. Como colofón, Agathe escribió, con grandes letras, las siguientes palabras: «Es un diagnóstico médico y, por lo tanto, falso». El editor creyó útil informar de este pequeño detalle, pues resulta característico de la imperturbable sed de venganza de una mujer despechada.

El relato de Lachmann continúa de esta forma:

.

—El quinto y el sexto mandamientos se mencionan casi siempre al unísono, en ellos se expresa el parentesco entre el amor y la muerte, y eso da suficiente material para cavilar. Pero digamos aquí sólo esto: el amor se transmuta en odio, y el odio mata. Todo sería mucho más fácil, en cambio, si la gente supiera que ni el amor ni el odio perduran, que alternan como el día y la noche, no son cosas opuestas, más bien se condicionan mutuamente. Si fuera usted más razonable, dejaría pasar esta noche de odio y mañana me amaría nuevamente.

Seebach apartó de un violento golpe la mano que Thomas le tendía.

—Pederasta. —Fue lo único que pudo decir el estudiante.

Thomas se encogió de hombros y rio con aire bonachón.

—¿Se supone que eso es un insulto? No me afecta. Hamlet sugiere que no siente placer ni con las mujeres ni con los hombres, y ése es también mi caso. Pero la cuestión de la homosexualidad me interesa, sí, puedo revelarle que esta noche quisiera asistir a un baile de invertidos. Sólo que usted no está hoy en condiciones de escuchar de un modo apasionado, de lo contrario le diría algunas cosas sobre la homosexualidad que podrían venirle bien.
—Estoy muy tranquilo —respondió Seebach—. Hable, yo le escucho.

En lugar de responder, Thomas señaló a un grupo de chicas en edad escolar que pasaba por delante y que el estudiante llevaba tiempo observando. Dos de las niñas caminaban una al lado de la otra, abrazadas, mientras que una tercera andaba dos pasos por detrás de las primeras con cara de enfado.

—Eres una desleal, Ana —la oyeron quejarse en ese momento—. Cada vez que llega una chica nueva, vas detrás de ella de inmediato, te besuqueas con ella y olvidas todos los juramentos que me has hecho.

Una de las dos chicas que caminaban delante gritó algo por encima del hombro, al tiempo que se apretujaba más contra su compañera:

—Ahórrate tus celos. Me da igual lo que pienses. Eres una aburrida.

Seebach sonrió.

—Temprano se ejercita lo que más tarde alcanzará su maestría. Una auténtica tragedia amorosa con vestidos de colegiala.
—¿Acaso no tengo razón? —preguntó Thomas con insistencia, como si supusiera que el estudiante había adivinado sus pensamientos y fuera a contradecirlo.
—Esto es algo distinto, un inocente asunto de chiquillas.
—Sí, cierto, pero… ¿No le ha llamado la atención que nuestras leyes prohíban el amor entre los hombres y dejen sin castigo el amor entre mujeres?

El estudiante, al que le gustaba la chica solitaria, ya no estaba prestando atención.

—Eso se entiende por sí solo —dijo, y se arregló los puños de la camisa, un gesto que los muchos años de penuria le habían enseñado a considerar como un medio irresistible para atraer a las chicas.

Thomas había vuelto a centrarse en su tema; ya había sobrepasado el punto en el que otorgaba valor a tener un auditorio, y empezó a decir disparates sin preocuparse de nada más.

—El fenómeno no podría explicarse si no pudiéramos suponer que la prohibición del amor entre hombres fue originalmente una medida de la Iglesia para combatir el paganismo de raíz. La cultura griega es impensable sin ese amor previo por el espíritu y por el cuerpo masculino, de modo que al estampar una mácula en la frente de Eros, que la Antigüedad representaba ante todo el amor entre hombres, enlodándolo con la marca de lo antinatural, se destruía el mito y el espíritu del mundo antiguo. Aquiles y Patroclo, Zeus y Ganímedes, Orestes y Pílades, todos ellos resultaban insoportables para los cristianos. Hombres como Sócrates o Licurgo se hundían en el lodo, y la aristocracia de Alejandro Magno, los héroes tebanos de Epaminondas y el Estado dórico de los espartanos se convirtieron en objeto de aborrecimiento.

El estudiante aceleró el paso, pues las chicas acababan de doblar hacia otra calle, y no quería perderlas de vista. Thomas empezó a jadear a causa del paso apresurado, lo cual se incrementó cuando intentó encontrar el pañuelo para sonarse la nariz.

—Cada vez sufrimos más por ese anatema conceptual contra el amor entre efebos, pues poco a poco también la forma más noble de ese instinto… —En ese instante, Thomas se sonó la nariz con tal fuerza que las tres chicas se volvieron asombradas, ofreciéndole al estudiante la oportunidad de poner cara de amartelado y saludar con el sombrero—. La amistad de un hombre con otro hombre, se ha ido volviendo imposible. El varón está tan solo en el mundo como el campanario de una iglesia.

Una nueva idea se apoderó entonces de él, y Thomas se detuvo para darle más énfasis. Su acompañante, en cambio, que interpretó como un éxito de su saludo que ahora las tres chicas caminaran cogidas del brazo y volvieran la cabeza hacia él consecutivamente, para luego cuchichear algo entre ellas, redobló el paso, mientras que a Thomas no le quedó más remedio que caminar deprisa tras él, casi a la carrera, todavía con el pañuelo en la mano, intentando agarrar al estudiante por el faldón de su chaqueta.

—El campanario de la iglesia —dijo, jadeando—, demuestra que el instinto no se puede suprimir, que penetra en todas partes, incluso en la religión. Sí, recuerdo justo ahora que en el Nuevo Testamento… ¡Pero, escúcheme!… Dios mío, esto es importante… Habría que hacer estudios… El vicario…

Tanto las chicas como el estudiante se habían detenido, pues en ese momento una compañía del regimiento «Alexander» bloqueaba el paso de una calle transversal.

—He ahí un nuevo ejemplo. Es realmente interesante. Al soldado lo visten pulcramente, con colorines, y lo que lo distingue es el fusil con el que dispara. La explosión que impulsa el disparo a través del cañón hueco, el alma, es claramente una eyaculación simbólica, mientras que el estampido indica dónde está el objetivo. El fusil del hombre… —De nuevo empezó la carrera. Las chicas, a las que el estudiante había, por fin, abordado, caminaban ahora también mucho más de prisa para huir de él. A Thomas le costaba tomar aire. Pero esta vez no dejó que lo ignoraran. Precavidamente, había cogido al estudiante por el brazo durante la espera, y ahora lo sostenía con fuerza.
—Mire esto —exclamó, señalando a una columna de anuncios situada en la esquina—; en medio del bullicio de Berlín, en nuestro siglo hipócrita, se yergue este falo, y el hombre y la mujer lo miran con ansias de conocer sus secretos. El tranvía eléctrico le pasa por delante, simbolizando una corriente de amor, y los coches que pasan a toda prisa emiten el hedor que mana de sus tubos de escape.

El estudiante había intentado resistirse al agarre de Weltlein. En ese momento las dos amigas subieron a un tranvía, mientras que la llama que avivaba el alma de Seebach, volviéndose hacia él, continuó su camino con paso lento.

—Es usted un chiflado —dijo soltándose, y, mientras corría, añadió—: ¡Y también un cerdo!

Seebach no volvió a ver a Weltlein; no se sabe si Thomas fue o no al baile de los invertidos.

(Continuará…)

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