El buscador de almas (XIV)

Georg Groddeck

 

 

XXXII. ¿UN DELITO? EL SALUDO DEL KÁISER Y LOS RESULTADOS DEL ESTUDIO

El 21 de septiembre de ese mismo año, el doctor Lachmann —que estaba a punto de viajar a Bäuchlingen para apoyar a su prima Agathe en los trajines derivados del compromiso de Alwine con el vicario Ende— recibió una carta de Berlín que lo obligó a cancelar su viaje y marchar en el próximo tren con destino a la capital. El dueño del hotel en el que solía parar desde hacía muchos años en sus visitas a Berlín, y al que lo unía alguna que otra relación, le escribió:

Estimado doctor Lachmann:
Como sabrá, desde hace bastante tiempo reside en nuestro hotel su amigo August Müller bajo el nombre de Thomas Weltlein. Por desgracia, debo comunicarle que el señor Müller desapareció sin dejar rastro hace dos semanas, dejando aquí su equipaje. Bajo cuerda, he hecho algunas averiguaciones aquí y allá, pero nadie ha podido decirme nada concluyente. Si a mí, como a otros, no nos hubiera llamado la atención desde hace tiempo la extraña forma de comportarse del señor Müller, no daría demasiada importancia al asunto. Pero no puedo quitarme de encima el temor a que le haya sucedido algo extraño. Según declaraciones de la camarera, el señor Müller había pasado fuera alguna que otra noche, pero el largo tiempo transcurrido sin que reaparezca me motiva a informarle a usted, el único amigo conocido del señor Müller, antes de pedir a la policía que inicie sus pesquisas o de inquietar a su hermana en Bäuchlingen.
Con mis saludos más afectuosos,
Nathanael Peter

En el hotel, Lachmman no pudo averiguar nada más, salvo que Thomas había salido de ahí el día 7 de septiembre, hacia el atardecer, en compañía de un hombre de aspecto extraño, con un parche negro sobre uno de sus ojos, el cual ya se había reunido en varias ocasiones con el señor Weltlein. Después de esto ya no volvió. El portero pudo informarle, además de que ese día el señor Thomas iba vestido de un modo inadecuado para su persona y su clase. Eso ocurría con frecuencia, y él, el portero, no le dio mayor importancia.

Lachmann se dirigió a la policía. El agente, que ya conocía hasta la saciedad este tipo de peticiones, no se dejó perturbar por el nerviosismo de Lachmann, tomó nota del asunto y prometió iniciar las pesquisas. Lo más probable era, dijo, que ese caballero estuviera celebrando una luna de miel con alguna dama, o a lo mejor también podría encontrar alguna pista en la morgue. A los hospitales llegaban cada día personas inconscientes, pero como el asunto databa ya de dos semanas atrás, podía descartar esa posibilidad.

De las tres variantes, a Lachmann le pareció más probable la tercera. Por eso viajó hasta el hospital de la Charité, a fin de informarse. La flaca enfermera de la recepción —que estaba a punto de remitir a una mujer en avanzado estado de gestación a la sección de partos, mientras colocaba a un niño que gritaba una venda protectora sobre la herida bastante ancha de su cabeza al tiempo que le hablaba afectuosamente a una anciana arrodillada junto al cadáver de su hijo, fallecido mientras era trasladado al hospital—, lo examinó con mirada de enfado y quiso remitirlo a la oficina, pero luego recapacitó al enterarse de que Lachmann era médico, por lo que le pidió esperar, diciéndole que el médico de guardia vendría en seguida. Poco después entró el jovencísimo doctor, le dedicó a la enfermera una frase chistosa, pellizcó cariñosamente al niño en los carrillos mientras le decía, como una experimentada niñera: «A ver, pequeño, a ver, a ver», estiró hacia él la cabeza, moviéndola constantemente, para que pudiera agarrarlo por los pelos; grita la mujer, cuyos dolores de parto habían aumentado tanto que creyó necesario llamar la atención, con sus cacareos, sobre la inminencia del huevo que iba a poner, y, evitando con cierto remilgo al muerto y a su madre, se dirigió a Lachmann. Sí, en la urgencias se encontraba un hombre al que habían llevado inconsciente hacía unas dos semanas, con una fractura en la clavícula izquierda que ya estaba casi curada, y la descripción dada por Lachmann encajaba con él. El colega podía examinarlo si quería. El médico asistente dio un par de instrucciones más y acompañó a Lachmann a la sección de Cirugía.

—No sabemos más detalles sobre ese señor —le contó—; no tiene documentación y ni siquiera conocemos su nombre, pero tampoco da la impresión de pertenecer a nuestros círculos. Como es un parlanchín insoportable que alborotaba a toda la sala, intentamos darle alguna ocupación momentánea, y entonces vimos que posee grandes habilidades exterminando bichos. Me parece más bien una suerte de fumigador o exterminador, o como se le llame a esa gente.

Lachmann asintió con gravedad y dijo que eso podía encajar.

—Lo único que no acabo de entender es —dijo— cómo no conocen su nombre todavía. ¿No se llama acaso Thomas Weltlein? ¿O August Müller? —añadió, al tiempo que su acompañante continuaba andando mientras se encogía de hombros.

El médico asistente se detuvo y miró a Lachmann con recelo.

—Si ya conoce los detalles de la vida de ese hombre, podría haberme ahorrado el hacerle toda la historia.
—¿Por qué? No sé nada más que lo que usted me ha contado.

El médico escudriñó otra vez la cara de Lachmann y continuó:

—¿Le he entendido bien? ¿Es usted el consejero de sanidad Lachmann?

Lachmann se inclinó brevemente:

—Sí, ése es mi nombre.

—Perdone mi pregunta —continuó el médico—. El caso de este hombre es tan enigmático, que me pareció sospechoso que mencionara usted el nombre de August Müller. Como le he dicho, no sabemos nada de él, ni siquiera cómo se llama. Pero los demás enfermos, gracias a su locuacidad, similar a la de un payaso, lo han bautizado como August, y conforme con el orden de la sala, la enfermera le ha añadido a su nombre el apellido de Müller. —El médico metió las manos en los bolsillos del pantalón, como solía hacer su jefe en los pasajes más interesantes de sus resúmenes clínicos; alzó el mentón, como si de ese modo quisiera dar a entender que adoptaba una perspectiva más elevada para ver las cosas desde arriba, y empezó a dictar toda una conferencia—: Se trata de un caso extraordinariamente interesante, al punto de que el médico jefe y consejero privado se ha visto motivado a presentarle ayer ante los estudiantes. Este hombre, que como he dicho fue encontrado en la calle totalmente inconsciente y con una fractura de la clavícula, sufre una amnesia total. Por lo visto, ha sufrido de algún tipo de conmoción cerebral. En cualquier caso, toda su memoria sobre lo acontecido antes de despertar se ha borrado totalmente. No sabe de dónde es oriundo, dónde vive, quién es, y tampoco sabe su nombre. Hasta ahora no había visto cosa igual en toda mi… —En ese momento el médico asistente se sonrojó, sacó las manos de los bolsillos y dijo con un tono cambiado, natural—: El consejero opina que esas amnesias de larga duración son sumamente raras. Por tal razón, se interesa especialmente por nuestro querido August. Sería todo un detalle que usted pudiera esclarecernos esos aspectos.

Mientras Lachmann examinaba los senderos y las pasarelas del jardín de la Charité, que tantas veces había recorrido, fue comprobando, con callada satisfacción, que los jóvenes estudiantes seguían siendo tan presumidos como en su época.

—Tal vez pueda servirle de ayuda —dijo—. Si ese hombre es mi amigo Weltlein, la sorpresa de verme puede ayudar a de volverle la memoria.

El médico asintió en señal de aprobación, y ambos entraron en la sala de los pacientes.

—Oye, August —se oyó decir en ese instante desde una de las camas situadas en medio de la sala, cuyo ocupante, a juzgar por el aparato de tracción, tenía una fractura del fémur—, presta atención, no vaya a ser que derrames algo de ese preciado líquido. —Con sumo esfuerzo, impedido por su postura, bocarriba, volvía la cabeza para observar a un hombre de notable estatura que, rodeado de una serie de orinales, trabajaba afanosamente con tubos de ensayos y reactivos.
—Ya verás —dijo otro con la cabeza vendada, que en ese momento recogía con una escoba los restos de algún cambio de vendaje—. Se va a derramar uno de los tubos sobre el vendaje, ya casi tiene la nariz dentro.
—Sois unos simplones —dijo entonces el hombre que estaba junto a la mesa de experimentos, pero sin darse la vuelta.

Lachmann reconoció de inmediato la voz de Weltlein.

—Con esta sustancia se construyó el Coliseo de Roma, y la unidad de Alemania sólo pudo concretarse porque la emperatriz Eugenia no otorgó el suficiente valor a tales experimentos. Vosotros, en cambio, lo tenéis más fácil; tres veces al día he anotado lo que indican vuestros pulsos, y ahora estoy cocinando esta sopa. No puede sucederos nada. Pero debéis esforzaros por ganar mis favores, para que sea justo al examinar vuestros corazones y riñones.
—Labán, grandullón, viejo amigo —exclamó entonces Lachmann.

Thomas volvió la cabeza lentamente, y sin dejar que lo importunaran en sus labores con el tubo de ensayo, hizo un gesto de asentimiento al amigo y dijo:

—Muy amable de tu parte, Lachmann, que vengas a hacerme una visita. Puedes explicarles mejor que yo a estos sujetos la importancia de las pruebas de orina. Pero, al diablo —dijo, arrojando de repente el tubo sobre la mesa, el cual cayó rodando al suelo y se rompió—. Estoy harto de esta guarrada, y también de la amnesia. —Con largas zancadas, atravesó la sala, con su bata de paciente ondeando detrás de él como una vela fláccida. A continuación, alzó el brazo izquierdo del lazo que tenía atado al cuello y, mientras andaba, empezó a desabotonarse la bata.

El médico asistente contempló desconcertado a aquella larga figura que se acercaba a toda prisa.

—Pero su brazo aún no ha sanado. Tenga cuidado, escuche, Müller.
—Qué Müller ni Müller. Mi nombre es Weltlein, Thomas Weltlein, y éste de aquí —dijo, dando una palmadita en el hombro a Lachmann— es mi viejo amigo, primo y compañero de juerga, Lachmann. Y mi brazo… —añadió, alzándolo por los aires e intentando moverlo, pero dejándolo caer al instante con una expresión de dolor—, en fin, aún no está bien del todo; pero es suficiente para lo que necesito. Y quiero largarme de este establo ahora mismo.
—Eso no puede ser —dijo el médico, volviéndose, de repente, todo autoridad—. Ha de permanecer aquí, y seremos nosotros quienes decidamos cuándo podrá ser dado de alta.

Thomas se le rio en la cara.

—¿Que no puede ser? ¿Que debo permanecer aquí? ¡Vamos, Lachmann! —dijo, agarrando al amigo por el brazo y caminando con paso rápido hacia la puerta.

El joven médico se interpuso en su camino. Estaba furioso y se enfurecía cada vez más, pues veía que Thomas había logrado incitar la hilaridad de la sala.

—Con esa ropa…
—Pues yo no pienso quedarme, así que a lo mejor quieren traerme la mía.
—El señor médico jefe y consejero…
—Es un viejo conocido mío, de la época universitaria, y ya por entonces no era ninguna lumbrera. Dele saludos de mi parte y dígale que me ha alegrado saber que se conserva tan bien, tanto física como intelectualmente. —Thomas había apartado al médico asistente y ya estaba en el pasillo. Lachmann arrastró consigo al joven galeno, que se mordía los labios de rabia, pues preveía lo que podría costarle la fuga de aquel interesante caso de amnesia.
—Es un hecho —dijo— que el señor Müller, o señor Weltlein, ya que tiene ambos nombres, es un viejo conocido del médico jefe y consejero privado, al igual que lo soy yo. Arreglaré este asunto. Ya ve usted que el paciente está enrabietado, y si quiere usted evitar el escándalo… —Hasta el pasillo se oían la algarabía y las risotadas con las que los demás pacientes analizaban el incidente—. Es mejor que lo deje marchar sin más. Yo arreglaré el asunto por usted hoy mismo.

Una hora más tarde, Thomas, otra vez hecho todo un caballero, tocaba a la puerta de la habitación de Lachmann en el hotel. Este último, tal y como había prometido, pretendía hacer una visita al consejero privado, a fin de explicarle el caso de amnesia del paciente Müller, por eso Thomas aprovechó la oportunidad para acompañar a su amigo a través del Parque Zoológico y contarle la historia de los últimos quince días.

—¿Que cómo ha ido? Pues muy simple. Cuando viajaba a Berlín, en su momento, me robaron la cartera durante una riña en el vagón de cuarta clase, pero me di cuenta demasiado tarde como para hacer indagaciones in situ. Mis sospechas recayeron de inmediato en un hombre con un parche negro en el ojo izquierdo, un vendedor de naranjas que mostraba un diabólico parecido con Karl de los Viñedos. ¿Sabes quién es Karl de los Viñedos?
—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Lachmann, bajando la comisura de los labios en una expresión de burla—. Tú, con tus experiencias, actúas como una solterona que hace insinuaciones sobre sus aventuras amorosas.
—Si tienes tan pobre criterio de las cosas que me ocurren —le respondió Thomas malhumorado—, al punto de rebajarte a tales comparaciones indignas, no vale la pena contarte el resto. Por lo demás, contarte quién es Karl de los Viñedos no viene al caso. Pero en fin, él me puso en este estado que nuestro amigo universitario ha querido diagnosticar como amnesia.

Lachmann continuó avanzando con las manos a la espalda.

—El consejero privado debe de haberte reconocido.
—Pues no lo pareció.
—Tu aspecto no era como para añorar restablecer viejos vínculos contigo. Tal vez al buen hombre le preocupara que le dieras un sablazo.

Thomas se llevó la mano al pecho, alzó la cabeza y empinó la barriga.

—Tal vez no sepas, amigo mío, lo brusco que eres. Nadie piensa tal cosa de Thomas Weltlein. No, en realidad fue así: no me reconoció. Y ésa es la prueba de que él mismo sufre de amnesia. Pobre tipo.

El primo de Thomas alzó la frente.

—Y por eso…
—Claro que por eso. No iba a dejar con el trasero al aire a ese viejo camarada ante su asistente y su personal médico, desvelando su falta de memoria. Sobre todo si se tiene en cuenta cómo me llamó la atención la manera en que se manifestaban en él ideas de grandeza que hicieron que descartara mis primeras sospechas sobre un reblandecimiento cerebral. Ese hombre tiene mujer e hijo, y un puesto importante, tiene muchas cosas que perder si se sabe que sufre una parálisis progresiva. Por eso me he sacrificado y le he robado su mala memoria.
—Y por eso has dejado que te presente ante el estudiante como un interesantísimo caso de amnesia total tras una conmoción cerebral. Eso me parece delicioso. —El hombre bajito rio con tales ganas que la barriga se le sacudió.
—Tu risa es inadecuada —dijo Thomas, lleno de dignidad—. Me siento en el deber de comprobar a qué ámbitos se extiende el embrutecimiento de ese hombre, ya que, por su profesión, está allí para introducir a la gente joven en los misterios de la ciencia. Para mi tranquilidad, el resultado ha sido que sólo ha perdido su sano juicio humano. Su memoria científica parece estar totalmente intacta. El Estado, por lo tanto, no tendrá interés en emprender acción alguna contra ese individuo, ya que está cumpliendo con su deber, trabajando para prevenir el exceso de población.
—Parece que en Bäuchlingen te has formado una opinión muy positiva sobre los médicos. Pero no todos nosotros somos como Vorbeuger. —Habían llegado a la Puerta de Brandemburgo, y Lachmann, mirando preocupado a izquierda y derecha, agarró con fuerza a su amigo por la manga de la chaqueta para que no fuera a parar debajo de alguna rueda.
—A todos vosotros —respondió Thomas con seriedad—, os formaron de la misma manera y con el mismo objetivo. Al parecer, el estudio de la medicina provoca en los hombres una reacción específica; en cierto modo, parece crear unos fermentos psíquicos que son transferibles de médico en médico y arraigan con fuerza en cada galeno por separado. Existe, por lo visto, una suerte de epidemia a la que son sensibles únicamente algunas personas duchas en medicina, una epidemia que parece extenderse ininterrumpidamente a lo largo de los milenios, evitando que el médico mantenga la plenitud de su intelecto.

Lachmann, que caminaba tranquilo, empezó a tambalearse de pronto, y una vez más golpeó con el bastón las briznas de hierba del césped del Tiergarten; las comisuras de sus labios colgaban de tal modo hacia abajo, que Thomas se vio impelido a buscar unos esparadrapos en su cartera para tirar de ellas hacia arriba, desde las orejas.

—Es barato eso de divertirse a costa de los médicos —dijo Lachmann—. A fin de cuentas en ello se expresa el rencor de los hombres por tener que pagarnos.
—O por no poder pagarles nunca todo lo que valen, ya que sus méritos están siempre por encima de sus honorarios; tienes toda la razón —dijo Thomas—. En eso, al médico le sucede lo que a las madres. Pero lejos he estado yo de burlarme de los médicos, no me has entendido. Así que dejémoslo.

Ambos caminaron durante un rato en silencio, hasta que Thomas empezó de nuevo:

—El asesor privado, ¿no vive en la Hohenzollernstrasse?
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque me gustaría ir contigo a visitarlo, y porque antes quisiera decirte algo, y porque ahí llega el coche del káiser.

En efecto, en ese momento se oyó el claxon característico del coche del káiser. El vehículo estaba doblando por la esquina del Tiergarten y entraba en la Siegesallee, la avenida de la Victoria. A ambos lados de la avenida se veía a la gente detenerse y saludar. Los dos amigos se detuvieron al borde de la acera, donde había un señor alto y delgado, entrado en años, que se había quitado el sombrero y cuya postura delataba que era un antiguo oficial. El káiser parecía conocerlo, o por lo menos lo saludó amigablemente al pasar.

Apenas pasó el coche imperial, el anciano se puso su chistera y se dirigió con enfado a Thomas, quien, mientras Lachmann se había puesto en posición de firme, se había quedado en actitud indiferente, con el sombrero puesto y una mano en el bolsillo del pantalón, y había dejado que el káiser pasara sin saludarlo.

—¿Por qué no saluda usted? —lo increpó el anciano.

Thomas se quitó el sombrero, hizo una reverencia y dijo:

—Mi nombre es Weltlein.

El anciano alzó el brazo para devolver el saludo, pero se lo pensó mejor y repitió:

—¿Por qué no saluda?
—Que yo sepa, nadie nos ha presentado. Eso yo lo he subsanado ya, le he saludado, aunque no tenía antes ningún motivo para hacerlo. Lo que no entiendo es por qué no me saluda usted, ya que, por lo visto, quiere conocerme.

El señor agarró de nuevo su sombrero, interrumpió otra vez su movimiento y, malhumorado, dando un golpe en el suelo con el bastón, dijo:

—Le pregunto por qué no ha saludado usted a Su Majestad, ¿no lo ha visto pasar?
—Lo he visto, en efecto, pero, al igual que a usted, a mí nadie me lo ha presentado, de modo que no me parece correcto andar molestando con mi saludo a alguien que no conozco —dijo Thomas y se dio la vuelta para marcharse.

El otro le cortó el paso.

—Todo patriota saluda a su káiser —dijo.

Thomas miró a su oponente, sorpendido, como si lo hubieran situado ante un horizonte completamente nuevo.

—Perdone, pero hasta ahora no he tenido tiempo de ocuparme de la cuestión de si soy patriota o no, no he reflexionado sobre ello. Por favor, Lachmann, recuérdamelo en alguna ocasión.

El primo de Thomas estaba de pie, de lado, con el labio inferior proyectado hacia delante. La situación no le agradaba nada.

—Se lo repito —empezó diciendo de nuevo el anciano, que intentaba, con su vehemente manera de hablar, disimular su turbación—. Todo alemán saluda a su káiser, a no ser que sea uno de esos revolucionarios, un rojo.
—Bueno, pues entonces he hecho muy bien en no saludar —dijo Thomas, ingenuamente—; soy un revolucionario, como usted sabe. Escúcheme, soy Thomas Weltlein, ya le he dicho antes mi nombre, y ese nombre encierra la revolución mundial, la duda. Y lo rojo… Le agradezco realmente la palabra. Rojo… Chinche… Por supuesto, me ha solucionado un enigma. Se lo agradezco mucho. —Thomas saludó de nuevo, agarró a Lachmann por el brazo y dejó allí plantado al viejo, que lo siguió con la mirada, perplejo, blandió su sombrero por los aires, de espaldas a los dos hombres que se alejaban, y se marchó.
—No hubiera pensado —dijo Thomas mientras continuaban andando, poniendo cara de niño que viste por primera vez pantalones largos—, que yo fuera tan conocido.
—¿Conocido? Bueno, sólo Dios lo sabe: si sigues haciendo esas estupideces, aunque sean unas pocas, serás más conocido que la ruda.
—¿A que sí? Fue un gesto verdaderamente simpático por parte de ese anciano caballero aludir de un modo tan discreto, con la expresión «revolucionario y rojo», a lo que se espera de mí, especialmente en comparación con esa mezquina familiaridad con la que Su Majestad intentó congraciarse conmigo. Aunque la verdad es que le he hecho un desaire.

Lachmann miró a su primo de reojo. ¿Era aquello locura o intencionalidad? Para distraerlo, dijo:

—Ibas a contarme algo antes de ir a ver al director Nolde.
—Sí, es cierto. Se me ocurrió hace un momento, durante nuestra conversación sobre la falta de memoria de Nolde, algo que confirma de modo brillante mi teoría del contagio, por lo que quisiera comunicárselo personalmente a nuestro amigo. Tanto en la sala de pacientes, durante sus visitas, como en la sala de conferencias, ante los estudiantes, habló con pelos y señales de este tema, y lo hizo asombrosamente bien; opino que gracias a eso, es decir, gracias al haber estado yo escuchando aquello atentamente, mi alma produjo ciertas toxinas que me provocaron una amnesia total.

Lachmann se detuvo, desconcertado.

—¿Qué? ¿Es que de verdad perdiste la memoria?
—Ni por asomo. Pero eso encaja muy bien en la teoría.

Lachmann agitó el sombrero en un gesto burlón y respetuoso a la vez.

—Ya tienes la gracia de toda la historia. En realidad, deberían hacerte catedrático.
—¿De verdad te lo parece? A mí también. Pero, a fin de cuentas, es mejor así. De ese modo soy más libre.

Entretanto, habían llegado a la Hohenzollernstrasse y Lachmann empezó a impacientarse.

—Me harías un favor si me dijeras de una vez cómo fuiste a parar a la Charité. De lo contrario, la visita a Nolde no tendría ningún sentido.
—Tienes razón. Bueno, ya te he contado algo acerca de Karl de los Viñedos. He estado recorriendo todo Berlín, buscándolo, y por fin lo he encontrado. —Thomas guardó silencio de repente, y cuando Lachmann lo sacó de su ensimismamiento con un «Bien, lo has encontrado, ¿y?», dijo—: ¿No resulta extraño que en cuanto uno pronuncia la palabra «buscar» piense inmediatamente en «encontrar»? —Thomas miró a Lachmann a la cara, con expresión ausente, y dado que éste sólo le respondió con un escueto «No», continuó—: A mí me resulta muy extraño, sobre todo por qué cuando uno menciona la palabra «encontrar» pocas veces piensa en el verbo «buscar». El hombre está orientado al presente y al futuro, y toda la cháchara acerca del pensamiento del hombre, condicionado por las ideas de causalidad, es un vanidoso embuste, inventado por hipócritas que no quieren admitir que el hombre es un ser absolutamente egoísta y sólo piensa y actúa en términos utilitarios. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—No, pero por favor, cuéntame cómo…
—Me temo que yo tampoco lo entiendo del todo.

Para entonces, ya habían llegado frente a la casa de Nolde. Lachmann se detuvo, cogió a su primo por el brazo y lo sacudió.

—Tienes que contarme la historia de Karl de los Viñedos —le gritó, lleno de furia, y pegando una patada en el suelo.
—Eh, no tienes necesidad de pisotearme; en fin, que lo encontré, salí con él varias veces, me gané su confianza con ayuda de algunos aguardientes y, por último, le tomé el pelo.

Lachmann estaba a punto de desistir de aquella lucha, y levantó la mano para tocar el timbre en la puerta de la mansión de Nolde; pero, de repente, se le ocurrió una nueva idea.

—¿Y así pretendes ocuparte del bienestar de tus congéneres?

Thomas lo miró con candor:
—Sí, es decir…
—En cualquier caso, no es compatible con tus ideas tomarle el pelo a alguien de manera intencionada.

Thomas se mostró caviloso.

—Tal vez tengas razón. No ha sido amable de mi parte. Espera un momento; te contaré la historia. Pero primero aparta la mano de ese timbre. Me pone muy nervioso.

Lachmann dejó caer la mano, sonriente, como una madre que le consiente a su hijo algún capricho tonto.

—Sí, claro, para ti no es nada —continuó Thomas, afanoso—. Pero ante mis ojos el botón pasa a ser el centro de la mujer, y espero el momento en que la corriente eléctrica atraviese el cuerpo. A veces no es fácil ser un visionario.

Lachmann, por un instante, vio con claridad el destino de su amigo. Verlo le resultó tan insoportable, que apartó la idea diciéndose que estaba chiflado.

—Puede ser. Pero no lo creo. En fin, cité a Karl de los Viñedos o al hombre de las naranjas la noche del 7 de septiembre para ir con él a un antro de criminales berlinés. Cuando el tipo llegó, yo tenía mi cartera con el dinero, en la que había un billete de mil marcos colocado de tal manera que él pudiera verlo, y la dejé abierta sobre el escritorio; después metí un par de billetes más pequeños y la guardé en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego nos fuimos juntos, pasamos por algunos bares donde conocí a toda suerte de canallas interesantes. Finalmente nos metimos en un antro lleno de humo en el norte de Berlín. Debí de haber bebido bastante de aquel licor barato, porque sólo me acuerdo vagamente del salón, de un tabernero gordo y muy pálido, y de que el hombre de las naranjas estaba sentado delante de mí, observándome. Lo que sucedió después, si me dieron a beber un veneno o me dieron un porrazo, eso ya no lo sé. Pero, en fin, cuando recuperé la conciencia, estaba en la Charité.

Thomas guardó silencio y miró algo tenso a su interlocutor, como si esperara que su narración tuviera algún efecto asombroso sobre Lachmann, como si por lo menos éste fuera a llevarse las manos a la cabeza o a querer que se lo tragase la tierra. Y como nada de eso ocurrió, sino que el primo, más bien, se quedó impasible, con una estúpida cara de desconcierto, pues había esperado oír algo muy distinto, continuó:

—Creo que no entiendes lo que te estoy contando.
—Claro que sí —se apresuró a contestar Lachmann—. Sólo que no sé… Afirmaste que le habías tomado el pelo al tipejo. Pero no me dijiste que le habías hecho mil marcos más rico, porque seguro que te los robó.
—Correcto. Me los robó. Y ése era el sentido de toda mi empresa, pues por ello está ahora en la cárcel.
—¿Quién? ¿Karl de los Viñedos?
—Sí. Pero puede que haya sido también el hombre de las naranjas. Pero en fin, está preso. Sin duda hay algo de vanidad en todo este juego, en haberlo hecho encerrar de nuevo, o tal vez me atraían los doscientos marcos de recompensa que daban por su captura, pero ¿acaso crees realmente que es indigno de mí el entregar a la policía a un delincuente habitual?
—No, claro que no. —A Lachmann le había entrado curiosidad. Se acercó a su amigo y le estrechó la mano—. Por el contrario, me parece estupendo, no hubiera creído que tuvieras tanto coraje, pues, después de todo… un hábil criminal como ese Karl de los Viñedos…
—Puede que haya sido también el hombre de las naranjas —intervino Thomas. Al hacerlo, cambió el peso de una pierna a la otra, demostrando que estaba muy incómodo.
—… hacerlo arrestar entre sus compinches, para eso hay que tener coraje. Estupendo, estupendo. Pero ahora cuéntame. ¿Cómo empezaste? ¿Te siguió algún detective o…?
—Lachmann, eres el peor burro de este siglo y del siguiente —lo interrumpió Thomas, que se acercó a la casa y tocó el timbre. La puerta se abrió de inmediato, y antes de que Lachmann tuviera tiempo de arrastrar su cuerpo menudo por las dos escaleras que llevaban a la entrada, ya Thomas se había adueñado de la situación.
—Anúncienos al señor director —dijo, dándole al sirviente, con dignidad, una moneda de oro y pasando por su lado antes de que éste pudiera separar sus labios bien afeitados para decir su eterna cantinela: que el señor director no recibía a esas horas.

Thomas ya había empezado a quitarse la gabardina, y miró al sirviente con severidad, de modo que éste, amedrentado, le prestó su ayuda; entonces, Thomas dijo:

—Dígale al señor director que Labán, el grandullón, y el gordo Bautz están aquí para saludar al devoto Holder, y llévenos al salón de las visitas. ¿Tienes una tarjeta ahí, Lachmann? Dámela.

El sirviente, al que le temblaban un poco las rodillas, miró hacia abajo y vio la tarjeta, y luego alzó de nuevo la vista hacia aquel caballero alto que no se andaba con ceremonias.

—¿Me ha entendido? —increpó Thomas al sirviente, mientras se cepillaba el pelo delante del espejo.
—Sí, pero…
—Anúncienos —se inmiscuyó Lachmann—. Se lo agradezco, lo haré yo mismo.
—Lentamente, se despojó de su gabardina—. Anúncienos: Labán y el gordo Bautz.

El director fue a su encuentro con los brazos abiertos, apretó a Thomas contra su pecho como si, abrumado por la emoción, recibiera a un hijo que regresa de un peligroso viaje.

—Vaya hombre, me enteré por el doctor Hübner que ya estabas otra vez en tus cabales, viejo Labán —dijo, dando palmadas a Thomas en la espalda, todavía retenido en el abrazo—. Fue una aventura perversa. Tal vez te asombre que no te refrescase la memoria de inmediato. La verdad es que no fue muy amable de mi parte. Pero, en primer lugar, dudaba de si podría servirte de ayuda, y en segundo lugar, me vi atrapado por el interés científico. Amnesia total con el intelecto intacto, una amnesia tan total que ni siquiera se reconoce a los amigos más cercanos: no es algo que pueda verse todos los días. Y ¿sabes, Bautz? —dijo, volviéndose hacia Lachmann, que admiraba enmudecido la soltura con la que Nolde salía de aquel embrollo—. La idea de encasquetarle bajo cuerda su verdadero nombre, como si fuera un nombre inventado por él mismo, no fue nada mala. —Nolde dio un paso atrás, bajó las manos y se las metió en los bolsillos del pantalón, alzó el mentón y se atusó su elegante y larga barba rubia—. Era posible suponer que el hombre, gracias al artificio de la terapia psíquica, estaba predestinado a esa curación, aunque tal vez no debamos ir demasiado lejos y considerarlo el momento decisivo. Pero creo… —Nolde entrelazó las manos con satisfacción, orgulloso de sí mismo— … creo que tu intervención, querido colega Lachmann, no hubiera surtido efecto si el terreno no hubiera quedado abonado por mí de antemano.

Thomas empezó a hablar antes de que Lachmann pudiera digerir la envidia que la soltura de aquella lumbrera universitaria a la hora de mentir había despertado en él.

—No, es cierto, no hubiera servido de nada. La aparición de Lachmann no tiene nada que ver con mi curación, ni tampoco tu terapia, Nolde, que fue algo superfluo. La memoria —Thomas tomó asiento en una silla y encendió el puro que Nolde le ofreció—, la memoria me fue arrebatada por un truhán que quería robarme y que, con ese fin, me hipnotizó, despojándome de todo recuerdo durante dos semanas. Ésa es la solución del enigma. —Thomas miró con desaprobación a Lachmann, que, inclinado hacia delante, con las manos apoyadas sobre las rodillas y los ojos fuera de las órbitas, estaba allí sentado con cara de estar a punto de explotar—. No sé si esto no hace el caso todavía más interesante.

Lachmann se apoyó hacia atrás en la silla, cruzó las piernas y sacudió la ceniza del puro sobre la alfombra.

—Holder —dijo, sonriendo triunfalmente—, Labán te supera.

Nolde miró con incertidumbre y recelo a Thomas, luego a Lachmann, y dijo finalmente:

—Sí, sí. En realidad es interesante. Pero alegrémonos de que todo haya salido así. ¡Qué buen aspecto vuelves a tener, Labán! ¿Y tu clavícula? ¿Ya está curada del todo? ¿No tienes dolores? ¡Déjame verla! —Ya se disponía a alzarle el brazo para examinarlo, cuando el criado apareció y le dijo algo al oído.
—¿Qué pasa? —le gritó Nolde—. Es ya la segunda vez en el día de hoy que deja entrar a esa escoria que no sabe ni leer mis horarios de consulta —dijo, cogiendo la tarjeta de presentación, y su cara se iluminó de repente, al tiempo que fruncía los labios—. Ah, la señora Von Lengsdorf, y también la pequeña Helene. Eso es otra cosa. Llévelas a la consulta del saloncito pequeño. Bueno, tendréis que disculparme un segundo.

Thomas hizo un gesto indulgente con la mano, y el asesor privado desapareció a toda prisa, mientras se examinaba la bragueta.

—¿Lengsdorf? —preguntó Lachmann—. ¿Acaso son…?

Thomas asintió. Había cruzado las manos sobre la nuca y estirado mucho las piernas, y entonces lo miró con ojos astutos.

—Me gustaría mucho ver cómo lo «atienden» esa puta y su putita —dijo.
—¿De dónde las conoces? —preguntó Lachmann interesado. Tenía la mano sobre la mesilla de fumar y jugueteaba con los dedos, haciendo como si tocara el piano, sobre un pequeño cenicero.
—No llegué con ellas tan lejos como tú —respondió Thomas—, pero, de todas formas, fue agradable.

Lachmann retiró la mano, molesto, y se la metió en el bolsillo.

—Todavía me debes una explicación sobre ese Karl de los Viñedos y la maner en que…
—Puede que haya sido también el hombre de las naranjas. A lo mejor, incluso, no fue ninguno de los dos.
—Santo cielo y santísimo sacramento. ¿Es que tampoco sabes eso? —le gritó Lachmann, furioso—. Pensé que ambos eran una y la misma persona.
—Puede, pero puede que no. No lo sé con tal exactitud.
—Tienes la maldita costumbre de…
—De espiarte en tus jueguecitos con la pequeña Helene, y eso te molesta. Pero ¿por qué te pones a mover los dedos cuando se habla de ella, metiéndolos en ese agujero?

Lachmann se pegó un puñetazo en la rodilla.

—Ya estoy harto. O me lo cuentas o te dejo aquí solo con el devoto Holder.
—¿Qué es lo que quieres saber realmente? —le preguntó Thomas con tono inocente.
—Quiero saber —dijo Lachmann, subrayando cada palabra con un golpe sobre la rodilla— cómo entregaste a la policía al tipo con el que estuviste en ese antro de delincuentes, el mismo que te robó el billete de mil marcos; has estado todo el tiempo en el hospital.

Thomas lo miró divertido. En ese momento era todo vanidad.

—El billete de mil marcos era falso —dijo, y guardó silencio durante un rato, regodeándose en su perfección, que ahora se reflejaba en el espejo que tenía enfrente; a continuación empezó a hablar atropelladamente—. En fin, que el billete de mil marcos era falso, una falsificación muy buena. Cuando concebí mi plan, me tomé la molestia de conseguirlo; lo encontré finalmente donde un coleccionista de objetos curiosos, al que, a cambio, le regalé mi «Buscador de almas».

Lachmann se puso de pie de un salto.

—¡Estás loco! —El «Buscador de almas», aquella silueta recortada de Goethe, que Agathe había mandado retirar en su momento, cuando se mudó a casa de su hermano; aquél era un objeto siempre añorado por él—. En fin, cuéntame —dijo, resignado.
—Unos días después, el hombre de las naranjas quiso cambiar el billete falso de mil marcos en el Deutsche Bank. El cajero se olió el timo y Karl de los Viñedos quedó bajo arresto; entonces todo salió a la luz.
—Bueno, ¿y te llamaron a declarar como testigo?

Thomas lo miró con asombro.

—No.
—¿Y cómo sabes que lo arrestaron?
—¿Saber? Bueno, lo que es saber, no lo sé.
—¿No lo sabes? Entonces, ¿no ha sucedido en absoluto?
—Tal vez sí, o por lo menos podría haber pasado.
—De modo que te has sacado toda esa historia de debajo de la manga. Esto es escandaloso —dijo Lachmman, hirviendo de rabia.
—Por favor —dijo Thomas, irritado—. Tengo el mismo derecho que tú o que Holder… —Holder acababa de entrar— a inventarme una historia. Puesto que sois médicos, os imagináis que sólo vosotros tenéis derecho a inventaros embustes. Pero en eso os equivocáis enormemente. —Thomas se interrumpió y señaló a Nolde—. Mira la bocaza que muestra ahora Holder por amor a la pequeña Helene.

El director, que no había entendido el comentario de Weltlein, se enfureció:

—Me parece de mal gusto insultar de ese modo a los médicos. Y que me hayas tomado el pelo con esa historia de la hipnosis es algo de lo que ya me he dado cuenta. —Holder se acarició la barba, pero, acto seguido, un poco cohibido, giró la cabeza hacia un lado—. ¿Por qué me miras así? —preguntó.
—Me interesa —dijo Thomas, muy serio— comprobar que sigues siendo exactamente el mismo cuando das un diagnóstico equivocado. El digno grado de profesor titular y el cargo de director no cambian nada, por lo tanto, en el alma de un médico. En eso eres como el doctor Vorbeuger, sólo que ése únicamente da diagnósticos errados.
—¿Cómo que diagnósticos errados? —preguntó Nolde.
—Porque es cierto lo que te conté de la hipnosis. Y no entiendo, en absoluto, cómo no te diste cuenta al instante, con tu aguda mirada, de que mi clavícula fracturada confirmaba de manera irrefutable la verdad de mi afirmación.

El director cruzó las manos sobre la barriga, como solía hacer cuando alguno de los candidatos daba una respuesta estúpida en un examen.

—¿Confirmar? La fractura demuestra que de algún modo te anestesiaron a la fuerza.

Thomas se puso de pie y caminó hacia donde estaba Lachmann.

—Ven, gordo —le dijo—, no tiene sentido quedarnos por más tiempo, nuestro buen y viejo amigo Holder, el pobre, está ya completamente maduro para ingresar en la universidad.

Lachmann permaneció sentado tranquilamente, deleitándose con el desconcierto de Nolde, que no sabía qué hacer con Thomas.

—Nos debes una explicación sobre cómo la fractura de tu clavícula demuestra que fuiste hipnotizado.

Thomas se encogió de hombros.

—Para Karl de los Viñedos, o para quien fuera, era deseable que yo me apartase del camino durante un tiempo. Ese deseo lo inoculó en mi alma con la hipnosis, como un suero, y ese tóxico, por medio del contagio interior, conmocionó mi cerebro y me fracturó la clavícula. ¿Cómo, si no, podría explicarse que no tenga ninguna herida de gravedad? El contagio interior sólo surte efecto cuando es estrictamente necesario y siempre con un fin muy determinado; a eso, como puede atestiguar aquí el director, se lo llama economía natural, que siempre busca los mayores resultados posibles con los mínimos medios.
—Eso es una auténtica tontería —exclamó el director.
—No, eso es auténtica teoría, y una teoría auténtica siempre es correcta.
—Estás completamente loco, Labán —dijo, en tono aleccionador, el director—. Una teoría sólo puede ser correcta cuando las premisas también son correctas; no se puede decir que el amado Dios tiene su trono en el cielo y que, por lo tanto, el cielo es un elemento sólido.
—¿Y por qué no puede decirse tal cosa? Durante siglos se ha dicho, y si me entran ganas de decirlo de nuevo, volverá a ser correcto.

Lachmann observaba divertido al director, que otra vez se acariciaba la barba, al no saber qué otra cosa hacer.

Que Thomas estaba completamente desquiciado era algo que le iba quedando claro poco a poco, pero no encontraba el momento oportuno para dar un tono inocente a la conversación a la que se había dejado arrastrar.

—El hombre como medida de todas las cosas —dijo, hinchando la boca en una mueca que debía parecer una sonrisa—. Pero nosotros estamos más allá de eso. La ciencia sólo ha avanzado cuando se ha vuelto objetiva.
—Ello quiere decir: desde que el profesor universitario se ha vuelto la medida de todas las cosas —dijo Thomas, en el tono más obsequioso que tuvo a mano—. Pero presta atención. La universidad es la quintaesencia de todo saber. Ésa es la teoría. En consecuencia, todos los profesores universitarios son gente inteligente, incluso tú. —Thomas sonrió con expresión triunfal, mientras Lachmann le daba un codazo amistoso.
—Eso es una desvergüenza —bramó Nolde.
—No, eso es una teoría —se oyó decir a Lachmann—, una teoría, incluso, en la que crees hasta tú. Labán tiene toda la razón. No vamos a pelearnos por lo demás.
—Yo no me estoy peleando con nadie —dijo Thomas, acalorado—, yo sólo expongo lo que te he dicho a ti antes sobre esa epidemia del juicio que aqueja a los médicos, lo cual es aplicable a todas las profesiones cultas. Un estudio universitario es, en sí mismo, un veneno que tiene unas consecuencias identificables determinadas. Veamos el ejemplo de los teólogos. Desde hace dos mil años se rompen la cabeza intentando comprender lo que dice la Biblia. Y la llaman la palabra de Dios, de modo que pretenden hacernos creer que el amado Dios dijo todas esas chorradas confusas, que sólo se han hecho comprensibles gracias a su interpretación, la de los teólogos. Eso es mutilación del espíritu, manía de grandeza.

Por una vez, Nolde se mostraba eufórico. Dado que él mismo era temeroso como una liebre y un adorador del demonio, no había para él nada más atractivo que cualquier golpe hábilmente asestado a todo lo que oliera a religión.

—Sí —exclamó, llevándose la mano bajo su larga barba y alzándola, como si con ese gesto quisiera dar fe de su aborrecimiento—. Y pensar que, al contrario, nuestro señor Jesús habló a unos humildes pescadores. Con ellos debió de expresarse con claridad…
—Y también el jurista —intervino Lachmann, a quien no le quedó más remedio que recordar, de pronto, el proceso jurídico que acababa de perder con el consejero de justicia Warnemann—, que representa a su diosa, la Justicia, como ciega, probablemente para insinuar lo incapacitado que está él mismo para diferenciar la derecha de la izquierda, lo justo de lo injusto.
—El asunto está más que claro —empezó diciendo Thomas nuevamente—. Cuando se mira fijamente a un mismo punto, ya no se ve, al final, nada. Cuanto más ahínco se pone al estudiar, tanto más nos embrutecemos, también de cara al objeto de estudio. Y de ahí viene el que…
—Que los juristas no entiendan nada de justicia —lo interrumpió Nolde, partiéndose de la risa.
—Y que los teólogos no entiendan nada de teología —añadió Lachmann.
—Y que ustedes dos no entiendan nada de medicina —concluyó Thomas, agarrando al director del brazo derecho, a Lachmann del izquierdo, inclinándose hacia delante y arrastrándolos a los dos consigo; entonces añadió—: Es preciso ponerse cabeza abajo si uno quiere juzgar correctamente. De lo contrario, lo único que se ve es una masa de traseros, ya que hoy en día todo está patas arriba.
—Pero, Hugo, ¿qué haces ahí? —se oyó decir, de repente, a una voz femenina.
—Aprendo a juzgar correctamente el mundo —se oyó desde las profundidades—. Por cierto, permíteme que te presente a mis amigos. A la izquierda, el del trasero más gordo, es Lachmann, Bautz, al que ya conoces de frente; en el centro, el del trasero con piernas largas, ése es Labán, August Müller.

Thomas se separó de repente de sus dos amigos. Sin decir palabra, caminó hasta la puerta, la abrió, la cerró de nuevo y dijo:

—Bueno, August Müller se ha ido y estamos entre iguales. Por favor, ¿me harías el favor de presentarme como es debido, Lachmann?
—Pero, chicos —dijo Lachmann, y bufó como si tuviera que esforzarse endemoniadamente—; así, sin más, no puedo asumir las presentaciones, para eso necesito tiempo. ¿No puedes invitarnos a cenar, Holder? ¿O es que no puede ser, estimada señora? La verdad es que aún no me atrevo a llamarla señora Holder.

Nolde miró cohibido a su mujer. Cuando la vio asentir, respiró aliviado y dijo:

—Pero primero tenemos que pedirles permiso a los niños.

La velada fue magnífica, y cuando Thomas, ya tarde en la noche, se fue tambaleando a casa, del brazo de Lachmann, dijo:

—¿Sabes? Si no fuera tan imbécil, me gustaría estar en su piel. Esa Clara no está nada mal. Bueno, mañana iremos a su excursión.

Lachmann asintió, pero no respondió.

Poco antes de llegar al hotel, Thomas se detuvo:

—Ver a los viejos amigos de la juventud es mucho más agradable de lo que pensaba. ¿No te parece que deberíamos visitar alguna vez al príncipe Viktor?

Lachmann ya estaba medio dormido, y gruñó un «sí», pero a la mañana siguiente se quedó muy desconcertado cuando Thomas empezó a apremiarlo para que fueran al palacio del Príncipe Rojo para anunciarse. Al cabo de pocas horas recibieron una invitación del príncipe para una cena de caballeros que se celebraría al día siguiente, en el Palacio Belvedere, cerca de Eberswalde.

(Continuará…)

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