El buscador de almas (XV)

Georg Groddeck

 

 

 

XXXIII. AGATHE REAPARECE

Camino de casa, de regreso del palacio, los dos amigos estuvieron charlando muy animadamente. Dado que el tema de conversación aún no se había agotado al llegar, Thomas se fue con Lachmann a su habitación. En el umbral, se mostró algo desconcertado por un instante, recorrió con dos veloces zancadas la habitación, se sentó como redimido en una de las butacas junto a la ventana y se abrió la levita holgadamente, de modo que ésta quedó como un cobertor sobre el asiento; luego se inclinó mucho hacia delante, como si quisiera examinar cuál era el aspecto del relleno de la silla entre sus patas, y empezó a moverse, impaciente, de un lado para el otro.

—¿Tienes prisa? —le preguntó Lachmann, asombrado por tan extrañas medidas de precaución de su amigo.
—¿Es que no se nota? —preguntó el otro en respuesta—. En fin, si es así, está bien, podemos seguir charlando. En fin, afirmo que el concepto de pasado no puede aplicarse a la esencia más profunda del hombre, que uno sigue siendo niño sin cesar, hasta el final de la vida, y se comporta, igualmente, como niño.
—Y por ello pretendes dejarme una prueba palpable encima de mi butaca. Pues no resultará. Si quieres jugar al niño en pañales, hazlo, por favor, en otra parte.
—Pero es que yo no quiero eso. Es algo mucho, pero que mucho peor. Es…
—¡Agathe! —exclamó Lachmann y caminó con los brazos abiertos hacia la señora Willen, que entraba en ese momento. Agathe estuvo a punto de caer entre esos brazos, algo cortos teniendo en cuenta la pronunciada barriga, mientras intentaba dedicar a su hermano perdido (y ahora reencontrado) una mirada profundamente conmovida, con todas las penas y alegrías que son capaces de reflejar los ojos de una mujer, cuando, de repente, apartó al primo de un empujón y se abalanzó sobre Thomas.
—Estás sentado sobre mi sombrero —le gritó, y esta vez la indignación que salió de sus ojos, como un rayo fulminante, y que le dio fuerzas para tirar de Thomas, que continuaba allí sentado, impasible, con una sonrisa en los labios, era auténtica.
—Creí —empezó diciendo Thomas, con expresión grave, pero sin moverse del sitio— que hubiera conseguido que sentaras cabeza si me sentaba yo encima de ti bajo la forma del sombrero, pero… —Thomas se inclinó de nuevo hacia delante y contempló ensimismado un pedazo de cinta violeta que se mecía entre los faldones de su levita—; parece que con la franca naturaleza de mi parte trasera no lo consigo. Por eso, de este modo quedas liberada, ya continuaré yo la lucha por otros medios.

Agathe cogió el sombrero.

—Eres un… —empezó diciendo, pero se interrumpió, y mientras intentaba devolverle la forma original al accesorio, miró a Lachmann, que alzó un dedo a modo de advertencia—. Estoy tan contenta de haberos encontrado, Ernst. Cuando llegó tu negativa, le telegrafié a tu ama de llaves; por cierto, esa mujer es un alma fiel que sabe callar, pero al responderme que te habían llamado para una consulta y que ella no sabía dónde, pensé que estarías por aquí, callejeando, porque ¿quién iba a llamarte a ti para una consulta? En nuestra casa reina la desesperación. Alwine… El sombrero volverá a cobrar su forma, ¿no te parece? Si lo pongo un poco hacia atrás, las cintas… —Agathe se había plantado delante del espejo y se hizo el lazo.
—¿Qué pasa con Alwine? —preguntó Thomas hoscamente, agarrando a Agathe por la muñeca.
—Está insoportable. Es insolente y maleducada, me contesta y pone unas caras en cuanto me ve… Se vuelve mezquina y parece un auténtico espantapájaros. Le dije que, de seguir así, Paul se va a hartar y se buscará a otra.

Thomas la miró con los ojos fuera de las órbitas.

—Te buscará a ti, ¿no es cierto? ¿Eso es lo que querrías?

Agathe volvió la cabeza hacia donde estaba Lachmann para aludir a lo loco que estaba su hermano. Pero el primo se encogió de hombros y sólo dijo:

—Las madres siempre sienten celos de sus hijas y se enamoran de sus yernos.

Agathe se infló como un pavo.

—Está claro que no estáis en condiciones de entender los sentimientos de una madre. Pero yo no he venido aquí para soportar vuestros chistes burdos, señores, sino para pediros consejo. No sospecháis lo malvada que se muestra la niña. Ya no lo soporto más.

Agathe, con el sombrero del lazo a medio atar balanceándose en la nuca de un modo muy gracioso, se sentó en la silla en la que antes había estado sentado Thomas y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Y qué cosa tan terrible le has hecho? —le preguntó Thomas, mientras Lachmann arrastraba una silla hasta el lado de su vieja amiga.
—Le he conseguido su ajuar, si es que a eso se lo puede considerar algo terrible.
—Eso depende. ¿Acaso le has preguntado su opinión?
—Estuve recorriendo todas las tiendas, comprando todas las cosas bonitas que se me ocurrieron, si es que a eso lo llamas algo terrible. Y cuando llegaba a casa muerta de cansancio, me sentaba y me ponía a dibujar la ropa del ajuar, miraba catálogos, pero quizá tú lo consideres una cosa horrible. —Agathe se iba acalorando cada vez más. Entonces se ató el lazo del sombrero, lo soltó de nuevo y lo volvió a atar. Mientras lo hacía, mantenía la cabeza bien echada hacia atrás—. ¿Me preguntas que si le he preguntado a Alwine su opinión? Por supuesto que lo hice. Ella está de acuerdo con todo. —De pronto, Agathe se quitó el sombrero y lo puso a su lado, sobre la mesa—. Es decir, ella me dijo que debía hacer todo lo que considerara correcto, que a ella le daba igual.

Lachmann la interrumpió.

—En otras palabras, la presionaste para tener su consentimiento y decorar el nidito de amor de la pareja tal y como tú lo querrías, si al final eras tú la que se casaba…

Agathe se encogió de hombros con un gesto de menosprecio.

—Esa niña no tiene otra cosa en la cabeza salvo «casarse rápido», y le da igual que yo le pregunte cada detalle. Sé lo que le gusta. Conozco a mi hija.

Thomas miró a su hermana divertido, lo que motivó a ésta a clavar el alfiler del sombrero bien hondo en el accesorio, situado delante de ella.

—¿Sólo son las diferencias sobre el ajuar y los muebles lo que te ha traído hasta aquí? —preguntó Lachmann y, diciendo: «¡Con tu permiso!», le quitó el sombrero de delante—. ¿Debemos decidir nosotros ahora si se elige ciruelo o nogal?

—Me he decidido por el roble —dijo Agathe, apoyando el sombrero sobre una mano, pensativa.

Thomas, que entretanto había estado caminando de un lado para el otro con las manos a la espalda, se detuvo de repente:

—Quizá lo más aconsejable para Alwine sería el abedul. Pero no me sorprende nada que tú, al recordar las pocas cualidades de tu marido Willen y las penurias que pasaste por ello, hayas escogido una madera bien dura. Lachmann se mantiene fiel, en su condición de eterno soltero, a su apego por las ciruelas mellizas y por el saco lleno de nueces.

Lachmann movió su silla de un lado a otro; lo que decía Thomas lo ponía incómodo.

—Con todo y con eso, sin embargo —dijo—, no me has respondido a la pregunta sobre lo que ha sucedido entre vosotras.
—Te lo he dicho: Alwine quiere casarse ya, y eso, con su juventud, es imposible. Y él tampoco ha llegado a nada. Vicario… ¿Y eso qué significa?

Thomas había metido la mano en el bolsillo del pantalón e hizo tintinear el dinero.

—Ya estás oyendo la respuesta del tío, y mi respuesta como padrino no será muy distinta —dijo Lachmann alegremente—; en algún momento esa cara de corderito devoto que tiene Ende será obsequiada con una parroquia entera.

Las rodillas de Agathe se separaron involuntariamente, se espatarró en la silla y, con los codos bien separados, apoyó las manos en el regazo.

Thomas le dio un codazo al primo.

—Mira cómo afloran las fuerzas de un oscuro tiempo prehistórico, doblegando a los hombres. Quién hubiera imaginado que mi querida hermana, cual moderna Dánae, se ofrecería de ese modo a la lluvia de oro, para meterla a paladas dentro de sí con las manos en gesto de adoración.

El gordo doctor le dedicó un parpadeo y continuó:

—Lo de la juventud de Alwine es una auténtica tontería. Sus pechos y sus caderas está ya muy bien formadas, ¿qué más necesita? Y si de verdad no tiene el período de modo regular…
—¡Lachmann! —De pronto Agathe se había encogido, sus manos se habían aferrado a la esquina de la mesa, como si tuviera los pelos de su primo entre los dedos.
—Así que —continuó diciendo Lachmann, con crueldad imperturbable— la mejor manera de curar esa especie de clorosis, que no es tan infrecuente entre novios, es con una boda rápida.
—Eres frívolo, Ernst —dijo Agathe, que cogió su cartera, la abrió, se quitó los guantes, los metió en el bolso y volvió a cerrarlo.

Thomas había estado siguiendo sus movimientos con atención.

—Tú también confirmas esa posibilidad aunque tu boca no sepa lo que hacen tus manos. Y ya recuerdas lo que solía decir nuestra madre: «Los primeros hijos vienen cuando quieren, y los otros cuando deben».
—Los hombres son todos unos cínicos —dijo Agathe, y añadió sin más preámbulos—. Esa nueva moda de que los novios se vayan al bosque solos a vagabundear, que hagan excursiones de días en bicicleta o que, con el pretexto de que han sido invitados a alguna casa de campo, duerman bajo un mismo techo…
—¿Y eso lo hace Alwine? —exclamaron los dos hombres, perplejos.
—Por supuesto que no —respondió Agathe con gesto altivo—. Se lo he prohibido. Pero precisamente por eso está tan respondona, haciéndome la vida insoportable. Y ahora te ruego, Ernst, ya que con mi hermano no puedo contar… — dijo, lanzando a Thomas una mirada fulminante—, que vengas conmigo a Bäuchlingen y le pongas la cabeza en su sitio a esa criatura.
—¿Y tú te marchaste dejando a Alwine sin vigilancia en manos de su Romeo sacerdote? Me parece delicioso. —Lachmann puso las manos entre las rodillas y se dobló hacia delante, riendo.
—Di a la vieja Trude plenos poderes; por cierto, antes de que lo olvide: Thomas, tenemos chinches otra vez. Alwine durmió una noche en esa habitación abominable y la picaron. Siempre sospeché que eso pasaría. Las chinches son indestructibles. En fin, que Trude tiene órdenes de impedir cualquier encuentro entre ambos.

Thomas se levantó de un salto de su silla y agarró a su hermana por los hombros, como si fuera a sacudirla, mientras los ojos casi se le salían de las órbitas.

—¡¿Qué?! —gritó—. ¡¿La dejaste en manos de Trude, de esa bestia, esa vaca, esa, esa… chinche?! —Y como si al pronunciar esa palabra se apagara en él un fuego interior, de repente se tranquilizó, caminó hasta el escritorio y sacó un formulario de telegrama. Mientras escribía, le dijo a su hermana, que había pegado su silla a la de Lachmann—: Mañana por la tarde viajaré a Bäuchlingen, hoy debo ir a visitar a la señora Klara, mañana al príncipe, pero pasado mañana estaré en casa. Estoy pensando en que vengáis conmigo y así celebraremos un par de semanas de boda.

Agathe estalló:

—Pero August, tan rápido no puede ser.

Thomas se giró hacia su hermana, la miró con una sonrisa curiosa y bondadosa y dijo: —¿Por qué no puede ser, Agathe? Lo intentaremos. Intentaremos empezar una nueva vida allí donde la interrumpimos hace tanto tiempo. —Thomas se puso de pie y, con la mano extendida, caminó hacia su hermana, que estaba allí sentada, sin palabras, mientras las lágrimas empezaban a correrle lentamente por las mejillas y le susurraba a Lachmann:

—Ernst, Ernst. Ya vuelve a ser el de antes.

Lachmann estaba sentado con la cabeza apoyada, se había levantado las gafas; en su mirada había cierta expresión de acecho, de preocupación, como le ocurría cada vez que veía una crisis ir a peor. «Pretende ponerse de nuevo a cazar chinches», pensó, «y lo de Trude debe tener alguna relación». Antes de acabar sus reflexiones, los dos hermanos se habían fundido en un abrazo, es decir, Agathe se había arrojado al pecho de Thomas y lloraba.

Thomas, por su parte, mantenía los brazos abiertos tras la espalda de su hermana, en una mano tenía el telegrama, y con la otra intentaba, empujando a su hermana con la barriga, paso a paso, por la habitación, alcanzar el timbre. Poco tiempo después, el telegrama partió rumbo a Bäuchlingen y todo quedó en orden.

.

XXXIV. LAS MATEMÁTICAS COMO CIENCIA PURA. RIMAS INFANTILES Y EL ENIGMA DE LOS PEZONES

Cuando los dos amigos fueron esa tarde a ver a la señora Nolde en compañía de Agathe, encontraron los salones repletos de invitados. El director, por su parte, como era habitual en las veladas organizadas por su esposa, no estaba allí. Pero la señora Klara hizo un vivo gesto de aprobación en cuanto vio en la puerta la enorme figura de Weltlein, le salió al encuentro dando unos pasos e hizo como si no lo hubiera estado esperando. Cambió las cortesías de rigor con Agathe, saludó a Lachmann amablemente y luego arrastró a Thomas consigo, hasta el grupo de damas y caballeros que acababa de dejar plantados.

—Usted no ha querido creerlo, Excelencia —dijo, volviéndose a un señor delgado con levita negra que miraba algo aburrido las grasientas protuberancias de una anciana judía que estaba sentada a su lado, y escuchaba cómo ella, al tiempo que vaciaba con deleite una bandeja de bogavante en salsa mayonesa, le enumeraba las distintas proposiciones de matrimonio que había recibido su hija—. Pero tenemos aquí al señor Weltlein en persona, y él podrá confirmarle que mi marido, en realidad, estaba ayer bastante apocado.

Su Excelencia sonrió con incredulidad.

—El director Nolde apocado, eso sí que es algo que no puedo creer, considerando los años que hace que lo conozco.
—Si no lo hubiera visto con mis propios ojos —respondió la señora Nolde con fervor—, tampoco lo consideraría posible, pero aquí —dijo, tirando de la manga de Thomas para que se acercara— está este hombre, que lo ha conseguido; y el efecto ha sido tan fuerte, que el siempre seguro Kasimir Nolde ha dormido mal por primera vez en toda su vida.
—Pues sí que siento curiosidad —se oyó entonces la voz recia de la judía, y el hecho de que interrumpiera el trayecto del tenedor con un trozo de bogavante justo delante de sus labios, mostraba a las claras que su perplejidad era auténtica—; cuéntenos, señor Weltlein.
—Sí, cuéntenos —le pidió también su vecina, una mujer de aspecto distinguido, de pelo canoso, cuya pronunciación, vestimenta y actitud dejaban entrever su origen inglés. De todas las damas presentes, era la única que traía alguna labor de mano, de la que se ocupaba con afán.
—Pues el asunto fue muy sencillo —empezó diciendo Thomas—. Sólo me tapé la nariz.

Un oficial de húsares de anchos hombros que estaba de pie detrás de Thomas, resopló al oír aquellas palabras, que él, por lo visto, tradujo a sus propias vivencias, de modo que lady Friedländer se inclinó aún más sobre sus labores de punto, y Klara Nolde se dio la vuelta, alarmada, y dijo:

—¡No, por favor!

Thomas empezó a contar.

—Intenté explicarle a mi viejo amigo Nolde que toda enfermedad tiene un propósito, que es creada por determinadas fuerzas con intenciones muy precisas, y él, como médico, no me lo creyó, por supuesto, pues es una explicación demasiado simple. Y dado que en ese instante mi amigo Lachmann estornudó, Nolde me preguntó qué propósito podía tener un estornudo, a lo que yo respondí con otra pregunta: «¿Qué consecuencias tiene un estornudo para la nariz?». Sucedió entonces algo fabuloso. Como ustedes saben, Nolde es director médico y una estrella de primera categoría en esa ciencia, aun así, me dio una respuesta correcta. —Thomas se interrumpió por un momento y miró con curiosidad a sus oyentes—. Sí, ustedes no parecen ver eso como algo asombroso —dijo—, pero en ese caso no sé si debo seguir contándoles.
—Claro que sí —dijo la dama inglesa—. Siga contando, es a-som-bro-so.
—«La nariz está congestionada», me dijo Kasimir Nolde, y entonces fue cuando yo me tapé la nariz, lo miré con ojos atentos y le dije: «El que primero lo huela ha sido».

En medio del cohibido silencio resonó la risa cristalina de la señora Nolde.

—¿No es un hombre encantador, mi pequeña Landau? —le dijo a la señora judía, que alzó la vista, clamando ayuda, a Su Excelencia, a fin de leer en su rostro si debía mostrarse indignada o divertida.
—Nolde lo negó todo, pero estoy convencido de que era consciente de su culpa.
—No lo he entendido bien —intervino un hombre bajito de pelo gris, con ojos azules y claros de niño y una voz delicada, al que todos llamaban profesor Labri—. No entiendo qué tiene que ver la aparición del estornudo con ese dicho, que he visto en todas sus variantes entre el pueblo italiano, especialmente en Sicilia y en la costa de Dalmacia.
—En eso el médico es superior al matemático —dijo Su Excelencia secamente; cuando hablaba, el sonido de su voz era tan monótono como una cuchara golpeando las paredes de una caldera de hojalata—; y hasta el aire enrarecido del ministerio parece tener más imaginación que el estudio de la más pura de todas las ciencias.

Labri lanzó una furibunda mirada de soslayo al ministro, se llevó la mano abierta al lado izquierdo del pecho, como si le hubiesen disparado al corazón, y empezó a respirar con bocanadas cortas de aire.

—Si a un desdichado como yo, que jamás ha conseguido superar el mínimo en las notas de matemáticas —intervino el oficial de húsares—, le permite usted decir una palabra sobre esa ciencia pura a la que debo, por cierto, mi carrera de soldado (ya que me expulsaron del instituto en el séptimo curso por mi absoluta incapacidad para construir un triángulo); si me lo permite, diría que me asombra ver cómo un ser humano puede soportar ejercitar las matemáticas cada día. Más o menos cada seis meses sueño que tengo que ir hasta el encerado para resolver algún problema complicadísimo, y ese breve sueño basta para que la frente se me cubra de sudor a causa del miedo.

Mientras la dama inglesa hacía un amable gesto de asentimiento al oficial, para luego, por algún motivo, concentrarse en contar los puntos, la señora Landauer, probablemente con tal de desviar de su persona toda sospecha de que pudiera tener algo que ver con su marido, un genio bien conocido en toda la ciudad en presentar cuentas muy elevadas, aclaró:

—El cálculo es para mí, sencillamente, algo que mata el espíritu, es útil para sumar y multiplicar, pero lo de restar y dividir…
—Usted siempre va a la totalidad —dijo el oficial y, servicial, le quitó el plato vacío de la mano.

Por su parte, el profesor le susurró algo a la anfitriona:

—Lo de dividir no es lo suyo, prefiere quedarse con todo.
—Sin embargo, sabe sumar —respondió Klara, riendo—; cada año suma un par de libras a sus reservas de grasa, y eso hay que admitírselo, y lo de multiplicarse, lo ha conseguido con sus diez hijos, por eso se le pueden perdonar algunas cosas.

La señora Landauer, intuyendo que estaban hablando de ella, se volvió de nuevo al ministro e intentó sonsacarle algunos secretos de carácter político.

—¿Qué tal lo de restar? —preguntó la dama inglesa.
—No lo sé.

Klara Nolde se dio la vuelta para salir un momento.

—Adelante, Thomas explícalo tú —dijo, pellizcándole ligeramente el brazo, para luego acudir de prisa donde los demás invitados.
—Restar, exprimir —empezó diciendo Thomas—; echar a andar el barril, ésas son cosas con las que no todas las mujeres pueden conformarse sin más. El rechazo a la sustracción es una prueba de las luchas internas del alma que la señora Landauer ha librado consigo misma.

El ministro, para quien las conversaciones de carácter político eran un horror y que, por el gesto de Labri, había llegado a la conclusión de que el profesor encerraba en su corazón cierto rencor por los ataques a la ciencia pura, a fin de alimentarlo bien allí hasta que llegase la próxima reunión sobre presupuestos del ministerio de Instrucción Pública, puso su mano sobre el hombro de su rival y dijo:

—Créame, profesor, nadie puede estar más convencido de lo grandiosa que es su ciencia que yo; y que ella no mata el espíritu, sino que le da alas, es algo que cada día nos demuestran los avances de la era moderna.
—Yo, por mi parte, Excelencia, espero —respondió el hombre bajito, inclinando la cabeza como si se viera obligado a imitar la dignidad ofendida de una reina del teatro—, más tarde o más temprano, aportar la prueba matemática —añadió, mirando al ministro directamente a la cara—, de que la prosperidad del Estado y de nuestra cultura se basa en cifras y conclusiones lógicas.

La dama inglesa siguió clavando la aguja con fuerza en sus tejidos blancos: no le gustaba nada que la divergencia de opiniones pasara a un plano personal e intentó ponerle fin.

—No se puede discutir que la matemática, el número, es la razón primera de todas las cosas, ya que en ella se encierra la posibilidad de la fantasía ordenada — dijo.

El profesor, esta vez con una lánguida mirada, se llevó otra vez la mano al corazón:

—No sabe usted, milady, lo agradecido que le estoy. Es tan poco frecuente que alguien muestre comprensión para con el hecho de que precisamente las matemáticas y el arte son la prosperidad suprema de la imaginación humana, con cuánta pureza se manifiesta en el número y la estructura la nobleza del pensamiento humano. Las matemáticas representan, en realidad, la inmaculada ciencia.

Thomas había ido acalorándose.

—¡Por favor! —exclamó y empezó a revolverse todos los bolsillos, cambiando nerviosamente de pierna—. ¿Alguien tiene papel? Tengo, necesariamente… Muchas gracias —dijo, cogiendo la estilográfica que le colgaba de la cadena del reloj, en cuya cápsula, decía, se ocultaba el símbolo de toda vida; a continuación escribió un gran cero en el papel y se lo puso al profesor delante de las narices—: ¿Es esto ciencia pura?

Labri lo miró alarmado, negó con la cabeza y dijo:

—No le entiendo bien. Las matemáticas son pensamiento puro…

Junto al primer cero, Thomas dibujó otro, de modo que las líneas del círculo se tocaron.

—¿Y ahora? —preguntó, mirando al profesor con dureza.

El aludido se mostró receloso, mientras que todo el círculo de oyentes, de pronto, se puso a escuchar en tensión, ya que nadie comprendía lo que se proponía Weltlein; lentamente, vacilante, el profesor respondió:

—Ésos son dos ceros.
—Muy bien, número 00. —La cara de Thomas había adquirido una desenfrenada expresión de triunfo, como si por fin, después de tanto intentarlo, pudiera atrapar con sus propias manos a su peor enemigo. Con una alegría diabólica, recordando todos los tormentos de su época de bachiller, dobló la hoja de papel, formando un verdadero ángulo—. Y de este modo se convierte en un 8, lo que equivale a la expresión: «Da igual ocho que ochenta y ocho», y ahora… —dijo, y dobló la hoja una vez más, de modo que el ocho quedó debajo, al que Thomas añadió unas rayas—, y ahora verán ustedes cómo no da igual ocho que ochenta y ocho y de qué debemos cuidarnos, y verán también lo que significa la pureza de la ciencia.

El oficial de húsares fue el primero en recuperar la compostura, riendo a carcajadas, cogió el papel de manos de Weltlein, se inclinó hacia lady Friedländer y le señaló el dibujo, mientras que Thomas, radiante de alegría, señalando con el dedo las posaderas del húsar, ahora empinadas hacia él, exclamó:

—Y el señor oficial de húsares traduce mi teoría a la práctica.

Lady Friedländer lo miró con ojos parpadeantes, pues había trazado con la aguja, rápidamente, con sus tangentes, un imponente uno junto al ocho.

—Y esto le pertenece, señor Weltlein, por su ocho —exclamó la dama.
—Ahora sólo falta la aplicación práctica —graznó la voz de Su Excelencia, que lanzó a Labri una mirada como si quisiera animarlo a pasar a los hechos.

Thomas soltó una carcajada y dijo, orgulloso:

—Pero hay más —dijo—, porque el cero es el círculo, y el círculo es la mujer. Véalo así. —Había cogido un segundo pliego de papel, en el que dibujó con prisa un círculo—. ¿Lo entiende? ¿No? Vaya, tengo que explicarlo más claramente; primero se es chica —dijo, dibujando un segundo círculo concéntrico dentro del primero—, y luego, mujer —añadió y dibujó un tercer círculo con bordes dentados—. Y en eso la dama recibe la ayuda del uno, que tal vez sea el elemento masculino. Juntos hacen un uno y un cero, es decir, el diez, los meses lunares del embarazo, y eso se convierte en tres, el tercero en el círculo de la familia, el hijo, y de ese modo la niña se convierte en mujer, de la mujer sale el círculo puro, la madre, un cero. —Una vez más, Thomas dibujó con orgullo un gran cero, le colocó un grueso punto en el medio, al lado un segundo círculo con un punto, trazó dos tangentes, blandió el papel en el aire y se lo entregó a la dama inglesa—: La madre que alimenta.

Entonces se llevó una mano al bolsillo del pecho, la otra a la espalda y aguardó, en actitud triunfal, la victoria de su dibujo.

Lady Friedländer observó sonriente aquel garabato de Weltlein.

—Para mí son dos anillos, es decir, el símbolo del matrimonio.
—Lo cual, si fuéramos a aceptar la interpretación que hace el señor Weltlein del ocho, significaría: «Dios pone a prueba al que se ata para toda la vida» —intervino el ministro.

El viejo matemático había estado contemplando, mientras tanto, la primera hoja de papel con los círculos:

—Sus interpretaciones dan que pensar —dijo—, pero no irá usted a afirmar seriamente que…
—Por el contrario, afirmo mucho más —lo interrumpió Thomas enérgicamente—. Afirmo que las matemáticas, como todo, por cierto… —de repente se interrumpió—; vea, por ejemplo, cómo lady Freidländer maneja la aguja, justo como lo hacen todas las mujeres, con un extraño y gracioso movimiento del brazo de abajo a arriba, algo genuinamente femenino, adaptado justamente a su determinación, pues cada criatura femenina espera coser de ese modo, aspira de ese modo hacia lo alto; el hombre, en cambio, cose de un modo distinto, maneja la aguja trazando unas curvas aplanadas, hacia delante. La vida de los hombres está determinada por Eros hasta en sus detalles más nimios. Hay ahí algunas sustancias del alma. —Thomas se interrumpió de nuevo; todos lo miraron con atención; el oficial intentó recordar cómo cose un sastre; Labri había sacado un cuaderno de apuntes y escribía; el ministro tamborileaba con los dedos sobre el respaldo de la silla y silbaba la «Marcha» de Dessau, bajito, mientras que la señora Landauer sostenía su tenedor, esta vez con un pedazo de canapé, entre el plato y la boca. Sólo la dama inglesa continuaba sus labores tranquilamente. De pronto, un torrente volvió a salir de la boca de Thomas.
—Todo es lo mismo. El hilo es metido en el ojo de la aguja. Ya conocen ustedes la historia del juez y su intento por convencer a una mujer de la imposibilidad de la violación. La mujer debía meter el hilo en el ojo de la aguja, pero el juez movía la aguja de un lado para el otro, hasta que la mujer se sentó muy zalamera en las piernas del magistrado y el ojo de la aguja cooperó y se sometió a su voluntad. La aguja clava un agujero en la tela, el puñal del oficial en el cuerpo del hombre, la pluma del ministro se hunde en el tintero y el tenedor de la señora del director médico Landauer es llevado hasta la abertura de la boca. El hombre se yergue… —Un criado se acercó a él trayendo café. Thomas, con expresión dispersa, agarró una taza y continuó hablando diligentemente, con la taza en la mano derecha y el platillo en la izquierda—. Pero al final se cansa y toma asiento, se desploma, se pone fláccido, yace con los miembros inertes. El hombre, sentado, atrapa la bola aprisionando las rodillas, y la mujer las abre bien para recibirla. Caminar, hablar, comer. Y las matemáticas… —Thomas se irguió y estiró orgullosamente el brazo con la taza hacia Labri—. Sin ombligo no habría punto, sin piernas no habría línea, ni ángulo sin muslos, ni triángulo sin el triángulo de Venus. El embarazo, la mujer es la hipérbole, pero al hombre el chorro se le dispara en un arco parabólico.

Un grito resonó de pronto, y la dama inglesa se levantó de la silla de un salto, horrorizada. En el ímpetu de su discurso, Thomas había querido demostrar la parábola con la taza del café, pero entonces vio la cara compungida de su hermana y se detuvo en pleno movimiento, derramando el contenido de la taza; el intento por desviar el vertido de su camino hacia el vestido blanco de la dama inglesa, sólo provocó que el torrente se derramara sobre sus pechos, de modo que ahora Thomas estaba allí de pie, lleno de manchas de color marrón, viendo, confundido, el destrozo que había causado. Un instante después, sintió cómo su hermana lo guiaba suavemente hacia fuera. Entonces se replegó en sí mismo e intentó, en vano, cubrir el pecho manchado con el esmoquin.

Ya en la puerta, la señora Klara Nolde se acercó a ellos y les indicó que entraran a la habitación de los niños, el único recinto de la casa que no estaba ocupado por los asistentes a la velada. Unos instantes después, antes de que Agathe tuviera tiempo para poner orden de nuevo en su confundido hermano, como para que éste pudiera escuchar su resonante prédica de castigo, y mucho menos para que le hiciera caso, entró Klara con uno de sus vestidos sobre el brazo, acompañada por la señora Friedländer.

Thomas se deshizo de su hermana, que, de puntillas, le cepillaba con ímpetu el esmoquin mientras dejaba escapar su cólera como si tuviera ante ella a un adolescente, y lo hizo con estas palabras:

—Deja ya de jugar a la mamá con su bebé —dijo, saliéndole al paso a la dama inglesa. Ésta alzó el dedo sonriente y lo amenazó con él, mientras Thomas se inclinaba, le besaba la mano y le pedía perdón.
—No ha sido muy amable de su parte, señor Weltlein, jamás hubiera pensado que podía ser usted tan malicioso.

Thomas sostuvo su mano y la acarició suavemente.

—He sido malo, pero ahora seré juicioso, tal vez podamos ser amigos y agradecernos que yo haya sido malo y juicioso alguna vez.
—No, esta vez no te será todo tan fácil —intervino Klara, llevándoselo aparte, con una malhumorada mirada de soslayo a la dama inglesa—. A los niños malos se los castiga en un rincón, antes de que puedan prometer que volverán a ser juiciosos. Ahí te quedarás, de cara a la pared, hasta que milady se haya cambiado de ropa. Sí, eso les pasa a los maleducados —les gritó a los dos niños que, despojados ya de tres cuartos de su ropa, miraban con ojos de azoro aquella extraña escena, con aquel tipo gordo y divertido que el día anterior había estado haciendo locuras con ellos como nadie lo había hecho antes y que ahora estaba castigado en un rincón.
—¿También le darán unas bofetadas? —preguntó el chico con curiosidad, mientras que la pequeña Liesbeth, de tres años, fue derecha hacia él, se puso de puntillas y lo golpeó con su manita, a lo que Thomas respondió con un sonoro gimoteo.

Entretanto, Agathe había adoptado del papel de ayuda de cámara y había desvestido a la dama inglesa.

—Es insólito ver cómo la ha puesto, milady; deberías avergonzarte, Thomas. Un hombre de tu tamaño y edad. Pero le aseguro que no lo hizo intencionadamente. No es más que un torpe. Y… —Agathe corrió hacia la luz para comprobar el talle— yo creo que los daños podrán repararse. Permítame que intente… Basta ya de estupideces, Thomas, uno ya no puede entender ni palabra. Sí, y la falda también se arreglará. Pero estaría bien que él viera, por una vez, las consecuencias de lo que hace. Se ha trastornado del todo persiguiendo a esos bichos rojos a los que llama sus enemigos. Pero le aseguro, lady Friedländer, que es la mejor persona que existe.
—Bueno —exclamó Klara, que había vestido a la dama inglesa; entonces, con un «huh», Thomas se volvió de pronto, de modo que la pequeña Liesbeth retrocedió asustada, tambaleándose, y casi se hubiera caído al suelo si Thomas no la hubiera agarrado rápidamente. El susto, sin embargo, bastó para que la niña se pusiera a berrear.

Con un rápido movimiento, Thomas la alzó por los aires y la meció un poco de un lado para el otro, mientras Agathe le acariciaba la cabecita y le tarareaba:

Sana, sana, culito de rana,
si no sanas hoy,
sanarás mañana.

Thomas le sacó la lengua y lanzó a la niña por los aires, y ésta empezó a dar grititos de alegría, luego se la puso sobre los hombros y empezó a correr con ella por toda la habitación, mientras la pequeña daba palmadas, divertida; Thomas corría como si fuese un caballo jadeante, daba saltitos y se encabritaba, hasta que por fin dejó a la pequeña en su cama.

—Yo también quiero, yo también —demandó el varón a gritos, y sin ocuparse demasiado de las vivas protestas de la madre, que deseaba meter a sus hijos en cama cuanto antes, Thomas le permitió al pequeño cabalgar sobre él.
—Deberías escuchar, Thomas —le gritó Agathe enfurecida—. La señora Nolde desea regresar a la reunión. Así que estate quieto de una vez y baja al niño.
—Ah, te refieres a Klara; ella sí que puede quedarse —respondió Thomas—. La mamá es mía, ¿verdad, chaval?
—No, no, es mía —empezó a berrear el niño—, es mi mamá, es mía, sólo mía, no es tuya ni de la sucia de Liesbeth, ni de papá, ella es mía, sólo mía.
—Vaya, toma tu frutito —le dijo Thomas a Klara, riendo, y lanzó al niño a los brazos de su madre.
—Pero Thomas —Agathe se había puesto pálida del todo—. ¿Y si el niño se hubiera caído?
—Entonces también le cantaría la rima con la que las madres se consuelan en el peor de los casos: «Sana, culito de rana». —Entonces, pasando por el lado de la hermana y meciéndose sobre las piernas con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, dijo con mirada elocuente:

Sana, sana, culito de enana,
Si tu cosita no sana hoy,
Sanará mañana… En una cama.

—Eres un cerdo asqueroso —dijo Klara riendo, mientras que la dama inglesa se volvía hacia Agathe, con ojos inquisitivos, pero la hermana de Thomas sólo supo encogerse de hombros, con expresión de desprecio.

La señora Nolde estaba enfrascada en el aseo de su hijo. La dama inglesa se había sentado en una butaca; junto a ella, de pie, estaba Thomas, mientras que Agathe sostenía sobre el regazo a la pequeña y la vestía lentamente.

—Es curioso —dijo Klara—. Normalmente este demonio de niño berrea y se resiste al aseo, como si en ello le fuera la vida, pero hoy está de lo más juicioso.
—Se está presentando —respondió Thomas, y para ilustrar aquellas palabras algo vagas, el niño se dio la vuelta en ese preciso momento, rio con sorna y dijo—: Tía Friedländer, ¿tú tienes un pajarito? —Cuando el niño vio las caras que se esforzaban por parecer severas mientras los ojos sonreían y las palabras de Klara («¡Pero, Heinrich!») confirmaron que había dicho algo de adultos, intentó afianzar su éxito—. Liesbeth no tiene, y mamá tampoco, pero papá tiene uno muy gran… —Klara intentó taparle la boca, pero la palabra «grande» llegó a salir del todo, aunque algo ahogada.
—¡Vaya! ¡Qué vergüenza! —le dijo la madre—. Avergüénzate, no se dicen esas cosas. —Klara se enfadó y lo frotó con la toalla con cierta brusquedad, a lo que el niño respondió de inmediato con un berrido que Liesbeth, al juzgar por la expresión de su cara, tuvo ganas de secundar. Aunque la madre conocía los potentes gritos de su vástago y sabía muy bien que en ese momento en todas las dependencias de esa planta se escuchaba lo que estaba sucediendo, intentó apaciguar al niño con la ayuda de las maternales palmas de sus manos, lo cual, por supuesto, acabó en un rotundo fracaso. El niño se soltó y corrió a refugiarse donde la tía Friedländer, en cuyo regazo ocultó la cabeza. La anciana dama le acarició el cabello y le habló bondadosamente, mientras Thomas señalaba sonriente a su hermana, que también estaba aplicando todas sus artes de seducción para taparle la boca a la otra gritona.

La señora Klara estaba allí de pie, sin saber qué hacer, con el orinal en la mano, presta a dar por terminados, de una vez, los preparativos para que su hijo mayor se fuese a la cama; con la otra mano le tenía agarrado el brazo al niño y tiraba de él, pero con ello no conseguía moverlo ni un palmo. Lo que vino a salvar aquella lamentable situación fue el caramelo que lady Friedländer sacó de pronto de su pequeño bolso; sólo así se le pudo cerrar la boca a ambos, primero a Heinrich y luego a Liesbeth.

—Y ahora veremos la mayor de las sensaciones maternales, la fiesta del chorro — dijo Thomas riendo y señalando a Klara, que con la espalda vuelta hacia el público, tratando de colocarse a lo ancho, le sostenía el orinal a su pequeño.

El excitante sonido del agua fue demasiado para Agathe, que decidió soltar su reprimenda.

—Te portas otra vez de un modo increíble, Thomas —dijo, moviendo la silla de un lado para el otro, pero el chapoteo seguía escuchándose.
—¿Por qué? —respondió su hermano—. Sólo estoy tomando parte en ese gran fenómeno, el amor maternal, y busco desentrañar las causas del rumbo tomado por el mundo. Me parece, sencillamente, admirable que para el niño este asunto impostergable se vuelva una fuente de alegría gracias a la ineludible intervención de la mano de su madre. Estoy convencido que la existencia de la humanidad se basa en estos sucesos cotidianos.
—No digas chorradas —dijo Agathe enfadada, e intentó proteger su vestido de los dedos pegajosos de Liesbeth, lo cual provocó que la niña le acariciara la mejilla y le pegara una costra de saliva infantil y azúcar.

Thomas se encogió de hombros con una expresión de profundo menosprecio.

—Tú, claro, no entiendes nada —dijo—. Pero hay un sentido oculto en el hecho de que la mugre se acumule en el órgano del amor y que sea la madre la que tenga que limpiarlo. Tú no entiendes nada de nada, ni siquiera sabes por qué te marchaste de Bäuchlingen.

Agathe, en ese momento, cogió las dos manitas de la niña y las pegó.

—Quería pedirte consejo, porque no puede ser eso de dejar que una pareja de novios se vaya a pasear al bosque sin carabina, pero tú… Tú… —A causa de la ira, era incapaz de encontrar las palabras.

—¿Consejo? ¡Ja! —Thomas se acercó a su hermana y la miró con acritud—. Ese paseo por el bosque, cogiditos de la mano, con un beso furtivo y toqueteos a escondidas en el pecho y el vientre, con la alegre tentación y el menos alegre tormento, todo eso es el sueño de cualquier mujer, y dado que no le permites a Alwine lo que a ti te fue negado junto al buen Willen tras los aperitivos con otros…

Agathe puso a la pequeña con tal violencia en el suelo que la niña hubiese empezado a berrear otra vez, sin duda, si su madre no la hubiese recogido para lavarla.

—Eres… —dijo; pero, de repente, suavizando el tono, añadió—: Tal vez tengas razón. No lo había pensado.
—El día de la boda se iluminarán otras cosas en tu corazón de madre —dijo Thomas con autocomplacencia, inclinándose hacia el niño, que quería darle las buenas noches—. Sé sincera.

Lady Friedländer soltó una risotada y miró llena de comprensión hacia donde estaba Klara, mientras Agathe, malhumorada, abría y cerraba su bolso. El niño deambuló por la habitación, divertido y riéndose, fue otra vez hasta donde estaba la dama, se presentó y preguntó una vez más:

—¿No tienes ninguno, tía?

Thomas alzó al mocoso, que reía a carcajadas, y haciendo un gesto de aprobación a Klara por encima del hombro, cantó:

Bastón y sombrero
le quedan muy bien,
su ánimo es alegre
pero mamá se desespera.

—Se esconde mucha verdad en ese juego infantil —añadió, lanzando al niño sobre la cama de un tirón y riendo de un modo estridente.

El grupo se reunió entonces alrededor de Liesbeth, a la que la madre tenía sentada sobre la cómoda mientras la secaba. La niña miró a uno y a otro muy seria y aceptó con la dignidad de una reina los honores de su corte. De repente, se levantó su pequeño camisón y, mientras decía «Algo me ha picado aquí, algo me ha picado aquí», se dio unos golpecitos con el dedo, primero en el pezón derecho, luego en el izquierdo.

Todos rieron, pero de inmediato se acalló la alegría, y todos miraron preocupados a Thomas, que se tambaleaba, blanco como el papel, mientras su frente se cubría de un sudor frío.

Agathe corrió hacia él como un bólido y acogió en sus brazos a su hermano, casi desmayado.

—¿Qué te pasa? —preguntó, temblando de miedo.

Él la miró con ojos ausentes y, balbuceando, le dijo:
—Alwine. —Fue la única palabra que pudo articular y, a continuación, se dejó llevar mansamente hasta una silla. Pero rechazó, impaciente, todas las preguntas e intentos de ayuda—. Sólo un instante —rogó, y se mantuvo sentado durante un rato, con la mirada perdida.
—¿Han sido las chinches? —preguntó Agathe, que al cavilar sobre las causas del desmayo se topó con la palabra «picar».

Thomas negó con la cabeza, luego alzó el brazo, señaló lentamente al pecho de su hermana y dijo:

—Eso, tú lo sabes bien. —Y, al cabo de un rato, preguntó con insistencia—: ¿Te acuerdas de mamá? La veo claramente ante mis ojos, dándote de mamar. Entonces sentía una envidia enorme, y todavía huelo aquel peculiar olor de la leche. Y también más tarde, ¿lo recuerdas? ¿En el bosquecillo de rododendros? Y Alwine… —De repente Thomas se interrumpió, se puso de pie y se despidió sin decir una palabra más. Nunca se supo qué había ocurrido entre él y Alwine.

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .