La llave

Eudora Welty 

 

 

 

A la sala de espera de aquella pequeña estación remota solo llegaban los rumores nocturnos de los insectos. Se oían sus entretejidos movimientos en los matorrales de fuera, que daban la sensación de una voz tenue contando una historia en la noche. O se escuchaba el gordo golpeteo de las polillas y el áspero roce de sus grandes alas contra el techo de madera. Algunas se adherían torpemente al globo amarillo como estúpidas abejas a un aroma imperceptible.

Bajo aquella luz punzante esperaban dos hileras de personas sentadas en silencio, las caras moteadas, los cuerpos retorcidos y silenciosamente incómodos, expectantes, de uno en uno, de dos en dos, no dormidos del todo. Ninguna parecía impaciente, aunque el tren llevaba retraso. Una niñita yacía en el regazo de su madre como si el sueño la hubiera abatido de un golpe.

Ellie y Albert Morgan estaban sentados en un banco, como los demás, esperando el tren, y nada tenían que decirse. Sus nombres estaban impresos en letras claras y más bien grandes en una enorme maleta rojiza torpemente atada porque le faltaba un cierre, de modo que se abría por un lado como unos labios tontos. «Albert Morgan, Ellie Morgan, Yellow Leaf, Mississippi». Debían de haber hecho el viaje hasta el pueblo en carro, pues ellos y la maleta mostraban aquí y allá salpicaduras de fino polvo amarillento, como marcas de dedos.

Ellie Morgan era una mujer grandota, la cara sonrosada y arrugada como una rosa vieja. Parecía andar por los cuarenta. De la muñeca recta y fuerte le colgaba un bolsito negro, que sin duda contenía los ahorros que hacían posible aquel viaje. ¿Hacia qué destino?, te preguntabas, pues ella estaba allí tensa y sólida como un cubo, dispuesta a soportar cualquier recelo indefinido que pudiera abrumarla al pensar en el viaje. Tenía la cara fruncida y quebrada en unas arrugas tensas y duras, como si eso se debiera a una muerte, una manifestación demasiado explícita de un deseo angustioso de comunicarse.

Albert daba una impresión más plácida y suave. Estaba allí quieto, junto a Ellie, el sombrero cogido con ambas manos sobre las piernas, un sombrero que se veía que jamás había usado. Parecía un marido hecho en casa, como si su mujer se hubiera tejido meticulosamente, o fabricado de algún modo, un marido cuando estaba sola por las noches. Tenía una mata de cabello amarillo muy fino, color trigo. Era demasiado tímido para vivir en este mundo, se veía enseguida. Sujetaba el sombrero tan inmóvil y tieso que parecía que las manos fueran de cartón; y, sin embargo, ¡con qué placidez contemplaban sus ojos la copa, recorriendo soñolientos, y aun así temerosos, la superficie marrón! Era de menor estatura que su mujer. Su traje también era marrón y lo llevaba cuidadosamente, con esmero, como si te dijese en un murmullo: «No miréis…, yo no existo…, a mí me han tachado». Pero aquella expresión era también la de los niños silenciosos que te cuentan lo que han soñado la noche anterior en súbitas explosiones de intimidad, casi jubilosas.

De vez en cuando, como si percibiese algo inaudible, una expresión torturada de súbita alerta asomaba al rostro del hombrecillo, y entonces miraba despacio alrededor, con mucha timidez. Luego inclinaba de nuevo la cabeza; se desvanecía aquella expresión; le había sido denegado algún alivio interno. Tras su cabeza había un cartel, sucio por el paso del tiempo, en el que se veía una vieja locomotora a punto de aplastar un coche descapotable lleno de mujeres con velos. A ninguno de los que estaban en la estación le asustaba aquel cartel, ya familiar, ni nadie se sorprendía del hombrecillo cuya cabeza enmarcaba. Sin embargo, a veces, durante un instante, podía parecer que estuviese allí sentado repleto de esperanza.

Entre la otra gente de la estación destacaba un joven fuerte, solo, sin sombrero, pelirrojo, que estaba de pie junto a la pared (mientras que todos los demás estaban sentados en los bancos). Tenía en la mano una llavecita y se la pasaba entre los dedos, se la pasaba nervioso de una mano a la otra, la tiraba al aire y volvía a cogerla.

Estaba de pie y miraba distraído a las demás personas. Tan intensa y amplia era la expresión de sus ojos que cualquiera que le observara parecía sacudido como una embarcación pequeña en la estela de un transatlántico. Tenía un halo de energía desbordante que le separaba de todos los demás, pero en el movimiento de sus manos, en vez del ansia de comunicación, había cierta reserva, incluso un secreto, mientras aquella llave subía y bajaba. Sospechabas que era forastero en el lugar; podría ser un delincuente o quizá un jugador, pero sus ojos desbordaban dulzura. Su mirada, que viajaba sin detenerse mucho tiempo en ningún sitio, se centraba enseguida en una preocupación muy tierna y explícita.

El color del cabello parecía saltar y moverse como el temblequeo de una cerilla al viento. Las luces del techo no se mantenían firmes, sino que parecían palpitar como una fuerza viva y transitoria, con lo que el joven daba la sensación de estar temblando, preocupado, con todo su vigor y su talla, sin que su perfil exacto se enmarcase en la pared amarillenta. Era como una salamandra en el fuego. «Cuidado», deseabas decirle, pero también: «Ven aquí». Allí estaba, nervioso y centrado solo en su distracción, de pie, lanzando la llave una y otra vez de una mano a la otra. De pronto, sobrevino un gesto de abandono: una de sus manos se inmovilizó pasiva en el aire, y luego no llegó a tiempo ya: la llave cayó al suelo.

Todos, salvo Albert y Ellie Morgan, alzaron la vista un instante. La llave había chocado contra el suelo con un fiero ruido metálico, como de desafío, de seriedad. Todos se sobresaltaron. Parecía un insulto, algo muy personal, en la sala de espera silenciosa y pacífica donde los insectos golpeteaban el techo y cada cual podía sentarse entre sus fardos y esperar la partida indudable. Se alzaron en torno a todos ellos pequeños muros de reproche.

Una leve sonrisa aleteó en el rostro del joven al ver las caras sorprendidas, pero controladas y obstinadamente inexpresivas, que se volvieron a mirarle un instante. Avanzó hacia la llave…

Pero la llave había centelleado y resbalado en el suelo, y yacía ahora a los pies de Albert Morgan.

Albert Morgan estaba ya cogiéndola. El joven le vio examinarla muy despacio con la sorpresa estampada en la cara y en las manos, como si la llave hubiera caído del cielo. ¿Es que no había oído su repiqueteo? Había algo raro en Albert…

Como si hubiera tomado una decisión, el joven no puso fin a aquella sorpresa reclamando la llave. Se quedó quieto, con un extraño brillo de interés, o de algo más insondable, quizá resignación, en los ojos bajos.

Tal vez el hombrecillo estuviera mirando al suelo fijamente, pensando. Y de repente, se había deslizado en la oscura superficie aquella llavecita. Se vio que el recuerdo invadía su rostro y lo crispaba y lo poseía. ¿Quién sabe qué cosa extraña e ingenua podía haber revivido, quizá un pez espiado bajo la superficie del agua, en un lago soleado, en el campo, de niño? Esto era para él igual de inesperado, sorprendente y, en cierto modo, significativo. Albert se había quedado con la llave en la mano abierta. ¡Qué intensa, magnificada y, en realidad, inútil es a veces toda tentativa de expresión en los afligidos! Con un placer casi deslumbrante tanteó la temperatura y el peso insospechados de la llave. Se volvió luego hacia su mujer. Le temblaban los labios.

Y el joven siguió quieto esperando, como si la extraña alegría del hombrecillo bloqueara la necesidad que pudiera tener de aquella llave. Vio de pronto, intrigado, que Ellie deslizaba el asa de su bolsito y empezaba a hablar con su marido con los dedos.

En la sala de espera todos se habían fijado en Ellie; y una oleada de piedad superficial los recorrió, como una ola sucia que espumease y reptase por la playa pública. En rápidos murmullos, de banco a banco, se decían entre ellos: «¡Son sordomudos!». ¡Qué ajenos estaban todos a lo que veía el joven! Este, aunque no podía saber lo que decía Ellie, parecía acongojado por el error en que parecía haber caído el hombrecillo, con su asombro y su alegría infundada.

Albert contestaba a su mujer. Le decía con las manos: «La he encontrado. Ahora me pertenece. ¡Es algo importante! Muy importante. Significa algo. De ahora en adelante nos irá mejor, nos entenderemos mejor…, quizá cuando lleguemos a las cataratas del Niágara nos enamoremos incluso, como les pasa a otras parejas. Tal vez en realidad nos casáramos por amor, no por lo otro…, por tener el mismo defecto, por no poder hablar, y por estar solos y aislados. Ahora podrás dejar de avergonzarte de mí por ser tan cauto y torpe siempre, por ir despacio… Ya puedes tener esperanza. He encontrado la llave. Recuérdalo, yo la he encontrado». Y de pronto soltó una carcajada, pero muy queda.

Todos seguían curiosos su discursito apasionado, según iba saliendo de los dedos. Se sentían avergonzados, vagamente conscientes de una crisis y vagamente ofendidos, pero sin ánimo de intervenir. Era como si los sordomudos fueran ellos. Cuando se rio, algunos rieron involuntariamente con él, aliviados, y apartaron la vista. Pero el joven seguía silencioso y atento esperando allí al lado.

«Esta llave llegó aquí muy misteriosamente…, tiene que significar algo —siguió diciendo el marido. Alzó la llave justo hasta los ojos de ella—. Tú estás rezando siempre; crees en los milagros. Bueno, mira, aquí está la respuesta. Vino para mí».

Su mujer recorrió con mirada tímida la sala de espera y luego contestó con los dedos: «Andas siempre diciendo tonterías. Cállate».

Pero en el fondo estaba contenta, y cuando le vio bajar despacio la vista, como antes, se inclinó hacia él, como para retractarse de lo que le había dicho, y puso una mano en la suya, tanteando la llave también, y la ternura suavizaba su mano gastada. A partir de entonces no volvieron a mirar alrededor, solo se miraban entre sí. Afanosos, solemnes, deseosos de que se entendiera bien lo que se decían por señas.

«Esto es un símbolo —comenzó él de nuevo, los dedos torpes y nerviosos—. Es un símbolo de algo…, algo que merecemos y que es la felicidad. La felicidad nos espera en las cataratas del Niágara».

Luego, como si de pronto hasta ella le intimidase, apartó levemente la vista y se guardó la llave en el bolsillo. Siguieron allí sentados, la vista baja en la maleta, ambos con las manos inertes en el regazo.

El joven se apartó despacio de ellos y volvió a la pared; sacó un cigarrillo y lo encendió.

Fuera, la noche aplastaba agobiante la estación como una piedra enorme, como la piedra pura en que la pequeña sala de espera podía verse transformada para preservar aquel momento de esperanza, asesinado el futuro como un insecto en ámbar. Un tren corto y pequeño entró en la estación, paró y después continuó, casi sin ruido.

Luego, dentro, las personas que esperaban se fueron o se sumieron en el sueño, o se pusieron a pasear, pero la situación ya no era igual que antes para nadie. Los sordomudos y el joven forastero seguían inmóviles en sus puestos.

El joven seguía fumando. Vestía como un joven médico o alguien de ciudad; y, sin embargo, no parecía de ciudad. Parecía muy fuerte, muy activo; pero en la misma seguridad de su cuerpo había algo sorprendente, el deseo de estar siempre distraído, nervioso incluso, cierto estado de alerta que convertía su fuerza en algo fluido que se disipaba, en vez de algo contenido y avariciosamente bello. Su juventud no parecía de momento una cosa importante, Era un medio para su actividad, sin duda, pero mientras seguía allí de pie ceñudo, fumando, recelabas de algún modo que jamás mostraría cuál era su propósito en la vida con lo de ser joven y fuerte, con aquel mantenerse aparte compasivo, en hacer un presente o un sacrificio espontáneo o en cualquier otra acción suya, en actuar no porque demasiadas cosas en el mundo le pidiesen su vigor, sino porque tenía una conciencia demasiado profunda.

Te estremecías al alzar la vista hacia él, y cuando, cerrando los ojos, borrabas la visión de toda la sala de espera amarillenta, la fuerza de aquel hombre y de aquella sala de espera parecían haber impreso en la imaginación una sombra de sí mismas, oscuridad y luz, el negativo junto con el positivo. Era como si se hubiera establecido un contacto hábil y preciso entre la superficie de tu corazón y el suyo, para darte cierta conciencia de su alegría y su desesperación. Sentías la plenitud y el vacío que había en la vida de aquel desconocido.

Entró el ferroviario balanceando un farol cuyo vaivén inmovilizó de pronto. Nervioso, y luego ya más bien furioso, se acercó a los sordomudos y movió los brazos haciendo una serie de gestos y ademanes violentos.

Albert y Elle Morgan quedaron sumamente conmovidos. Por un momento la mujer pareció resignada a lo inevitable. Pero el hombrecillo…, resultaba sorprendente aquella expresión desafiante. Y el hombre pelirrojo dijo en voz alta, aunque para sí:

—¡Han perdido el tren!

Con ademán de disculparse precipitadamente, el ferroviario dejó el farol a los pies de Albert y se alejó deprisa.

Y, como completando un círculo, también el pelirrojo se acercó y se plantó en silencio allí junto a los sordomudos. La mujer le miró severa, alzó la mano y se quitó el sombrero.

.

Empezaron a hablar entre sí rápidamente, casi como si fueran uno solo. Les dominaba de nuevo el viejo hábito de aquel sentimiento. Su parecido (ella tenía también el cabello rubio) podría indicar que habían vivido juntos en la niñez. Quizá fuesen incluso primos, con el mismo defecto, enviados por sus padres a una institución estatal…

Había una especie de sentimiento de conspiración. Estaban confabulados frente a la confabulación de todo lo que les agobiaba desde fuera de su capacidad de conocimiento y de sus posibilidades de hacerse entender. Era evidente que esto satisfacía más a la mujer. Pero mirando a Albert te preguntabas, dado que su conversación parecía más bien desordenada, si no había seguido siendo un juego áspero y violento que Ellie, mayor y más fuerte, le hubiera enseñado a jugar con ella.

«¿Qué crees tú que quiere?», preguntó a Albert, indicando con un gesto al pelirrojo, que medio sonreía. ¡Y cómo le brillaban los ojos a Ellie! ¡Quién podía saber qué profundas sospechas y qué profundo recelo frente al mundo exterior había en su corazón, y hasta dónde la había empujado aquel recelo!

«¿Qué quiere? —contestaba rápidamente Albert—. ¡La llave!». ¡Claro! Y qué excelente idea había sido seguir allí sentado con la llave oculta a los extraños y también a su esposa, que no había visto dónde la había guardado. Alzó furtivamente la mano y palpó la llave, que estaba en un bolsillo próximo a su corazón. Cabeceó luego un poco. La llave había aparecido allí, en el suelo de la sala de espera de la estación, ante sus ojos, de repente, aunque no del todo inesperada. Así es como pasan las cosas siempre. Pero Ellie no comprendía. Ahora estaba todo lo quieta que podía. No era solo la desesperación por lo del viaje. Sin duda también ella sentía algo personal respecto a aquella llave, aparte de lo que hubiese dicho o de lo que él le hubiese dicho a ella. Él había estado a punto de compartir la llave con ella, esto se veía. El hombrecillo frunció el entrecejo y sonrió casi al mismo tiempo. Había algo (algo que él podía recordar, pero no del todo) que le permitiría guardarse la llave para siempre. Lo sabía, y lo recordaría más tarde, cuando estuviera solo. «No tengas miedo, Ellie —dijo, y alzó el labio en una leve sonrisa silenciosa—. La tengo bien segura en el bolsillo. Nadie puede quitármela y no hay ningún agujero por donde pueda caerse».

Ella asintió, pero siempre dudaba, siempre estaba inquieta. Se notaba en sus manos temblorosas. ¡Qué terrible, qué extraño que Albert amase más aquella llave que a Ellie! No le importaba nada perder el tren. Lo demostraba con sus gestos, con todos los movimientos de su cuerpo. La llave estaba más cerca, más próxima. Toda aquella historia empezó entonces a iluminarles, fue como si hubiesen subido la llama del farol. El cuerpo inquieto y vacilante de Ellie parecía envolver suavemente a Albert como una cuna, pero el sentido secreto, aquel signo poderoso, la confirmación que él buscaba con tantas esperanzas, tan indudablemente merecida, no había llegado nunca. Era como si a Ellie se le escapara algo.

¿Habría llegado ella, con su actitud de recelar de todo, a saber, su manera, incluso esas cosas? ¡Qué nerviosas y vacías las manos enrojecidas y ajadas, qué ansias desesperadas de hablar! Sí, ella debía de considerar aquello una desdicha alzada entre los dos, algo más que un vacío. Debía preocuparse por ello, hablar de ello. La imaginabas parando de batir manteca y saliendo al porche, donde él estaba, para decirle que le quería y que le cuidaría siempre, mientras la leche agria le goteaba de los dedos. Cómo explicarle a ella que hablar de nada vale, que no hay por qué cuidarse de nadie. Y, tarde o temprano, él siempre contestaba, decía algo, asentía, y ella volvía de nuevo a su manteca…

Y Albert, con aquella cara tan capaz de expresar desconcierto, te hacía sospechar lo que tenía de extraño hablar con Ellie. Hasta que lo haces, declaraban sus redondos ojos castaños, puedes estar tranquilo y seguro de que todo va bien. Mientras no intervengas, todo irá bien, como un día normal en la granja —las tareas cumplidas, la mujer trabajando en la casa, tú en el campo, los cultivos creciendo sin problema, la vaca produciendo y el cielo cubriéndolo todo como una manta—, de modo que te sientes tan pleno de ti mismo como un potrillo, no necesitas nada, nada te reclama. Pero cuando alzas las manos y empiezas a hablar, si no tienes mucho cuidado, esa seguridad desaparecerá, te abandonará. Dices algo, haces un comentario, solo como respuesta a las preocupaciones de tu esposa, y todo se perturba, se altera, igual que cuando queda abierta la tierra detrás del arado y tú vas andando tras él.

Pero la felicidad, como sabía Albert, es algo que se te presenta de pronto, algo que está previsto para ti, una cosa que coges y escondes en el pecho, una cosa resplandeciente que te recuerda algo vivo y saltarín.

Ellie seguía sentada, silenciosa como un ratón. Había abierto el bolso y había sacado una postal de las cataratas del Niágara. «¡Que no la vea ese hombre!», dijo. ¡No se fiaba de él!

El joven pelirrojo se había acercado más. Se inclinó y vio que la postal era una fotografía de las cataratas del Niágara.

«¿Ves la barandilla?», comenzó Albert con ternura. Y a Ellie le gustó mucho que le hablara de aquello. Juntó las palmas de las manos y empezó a sonreír y a enseñar los dientes torcidos; de pronto pareció más joven; aquel era el aspecto que tenía de niña.

«Es lo que señalaba la profesora con la vara en la diapositiva de la linterna mágica… la barandilla. Te colocas justo aquí. Te apoyas bien en la barandilla. Y entonces oyes las cataratas del Niágara».

«¿Cómo lo oyes?», rogó Ellie moviendo la cabeza.

«Lo oyes con todo tu ser. Lo oyes con los brazos y con las piernas y con todo el cuerpo. Y después ya nunca olvidas lo que es oír».

Debía de habérselo dicho cientos de veces, con la misma mansedumbre. Sin embargo, ella sonrió agradecida y examinó muy atenta la imagen sombreada de las cataratas.

Luego dijo: «Si no hubiéramos perdido el tren, a estas horas ya habríamos llegado».

No tenía ni idea de que quedaba a kilómetros y días de distancia.

Entonces miró, ceñuda, al hombre pelirrojo, y él apartó la vista al fin. Había visto que Ellie tenía polvo en el cuello y una aguja prendida en el cuello del vestido, olvidada, enhebrada y todo; los últimos detalles. Las manos tensas y arrugadas de la fuerza con que las juntaba. Movió un poco los pies bajo la falda, dentro de aquellas zapatillas merceditas nuevas, de puntera dura.

Albert también se volvió. Dio la sensación de que fue entonces cuando se sobresaltó lo suficiente para pensar en que si no hubieran perdido el tren estarían en aquel momento escuchando las cataratas del Niágara. Quizá estuvieran los dos juntos allí de pie, apoyados en la barandilla, apretados el uno contra el otro, y sus vidas fluyendo del uno al otro, cambiando… ¿Y cómo iba a saber él lo que era aquello? Bajó la cabeza y procuró no mirar a su esposa. No podía decir nada. Alzó la vista hacia el desconocido, casi suplicante, como diciendo: «¿Vendrás con nosotros?».

«Trabajar tantos años y luego perder el tren», dijo Ellie.

Veías en su cara que lo pensaba denodadamente, insatisfecha, aguardando el futuro.

Y sabías que se sentaría y lo meditaría, como meditaba sus conversaciones, cada malentendido, cada discusión incluso, a veces cosas que habían quedado ya perfectamente claras y establecidas, Incluso esa separación secreta y conveniente que existe entre hombre y mujer, lo que les hace ser lo que son en sí mismos, su vida íntima, su recuerdo del pasado, su niñez, sus sueños. Para Ellie esto era tristeza, desdicha y aflicción.

Le habían dicho, de niña, que los recién casados solían ir a las cataratas del Niágara de viaje de novios para iniciar así su felicidad; y fue en eso en lo que ella puso su esperanza, toda su esperanza. Ahorró dinero. Trabajó más que él, eso se notaba, bastaba ver sus manos, en los años buenos y en los malos, más de lo conveniente para una mujer. Había luchado por aquella esperanza año tras año.

Y él… En realidad, él nunca había creído que llegaría aquel momento, que realmente podrían emprender aquel viaje. Él nunca había puesto sus miras tan lejos como Ellie, en el futuro, en la posibilidad de cambiar y de fundir sus vidas cuando por fin llegasen a las cataratas del Niágara. Para él siempre era algo pospuesto, algo similar a la liquidación del pago de la hipoteca.

Pero allí sentado en la estación, con la maleta vieja a sus pies, había empezado a comprender que aquel viaje podía realizarse de verdad. La llave se había materializado para mostrarle la magnitud de la aventura. Y tras una primera sensación de sorpresa y orgullo, se había limitado a retener la llave. La tenía guardada en el bolsillo.

Ella miraba sin pestañear la luz del farol que había en el suelo, con una expresión fuerte y aterradora en la cara toda iluminada y muy próxima a la de él. Pero no había alegría en su rostro. Se veía claro que era muy valiente.

Albert parecía encogerse, retroceder… Su mano temblorosa se deslizó de nuevo bajo la chaqueta, tocó el bolsillo donde estaba la llave, esperando. ¿Recordaría alguna vez aquel algo inaprensible que había en la llave, estaría seguro de lo que realmente podría simbolizar?… Los ojos, que se empañaban enseguida, adquirieron un aire soñoliento. Quizá hubiera decidido incluso que era un símbolo no de felicidad con Ellie, sino de algo distinto, algo que podía tener él solo, solamente para él, en paz, algo extraño y no buscado que llegaba hasta él…

El hombre pelirrojo sacó del bolsillo otra llave y la colocó sin preámbulos en la palma roja de Ellie. La llave tenía una gran etiqueta triangular de cartón, donde se leía, claramente impreso: «Hotel Estrella, habitación 2».

No esperó a ver más; se precipitó hacia la noche. Paró luego un instante y sacó un cigarrillo. Mientras sostenía cerca la cerilla, miraba recto al frente y en sus ojos, erráticos y escrutadores a la vez, había, claramente, además de simple compasión, un brillo de inquietud pero también de cansancio, con un fondo cómico. Percibías que aquel hombre despreciaba lo que acababa de hacer y comprendía su inutilidad.

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