El buscador de almas (XI)

Georg Groddeck

 

 

 

 

XXIX. LA IDEA DEL CABALLO Y EL COMBATE CON EL LEÓN

Del estudiante mencionado en el viaje en el vagón de cuarta clase únicamente tenemos noticia de que hizo una visita al parque zoológico y al acuario. Thomas había trabado amistad con el inteligente y bien informado joven sobre todo porque le gustaba la manera burlona que tenía de comentar las cosas. Pero por desgracia Thomas tuvo la poco feliz idea de apoyar al prometedor discípulo no de una manera directa, sino por mediación de toda suerte de trabajos por los que le pagaba muy bien. La mejoría de su situación vital hizo que el estudiante adquiriera un talante más optimista, se volvió más moderado en sus juicios y, con ello, más aburrido para Thomas. A ello se añadió que Seebach, a pesar de todas las precauciones, se dio cuenta de la labor benéfica de Weltlein, y, en consecuencia, creyó oportuno vengarse revelando una arrogante pedantería. Y le resultó muy fácil puesto que pronto se percató de la locura de Weltlein, y no faltaron las ocasiones de burlarse de él. Thomas había quedado a merced, por lo tanto, de la compañía de Keller-Caprese, que se le hacía más antipático cada día. Por eso se dedicó a vagar por ahí solo, lo cual, al final, lo puso en todo tipo de situaciones embarazosas.

Esa tarde sobre la que quiero hablaros Thomas recorrió las distintas secciones de animales e hizo que Seebach le dictara una conferencia. Por último, se detuvo frente a las perreras y dijo:

—Me siento como alguien que tiene ante sí, en casa, sobre la mesa, un magnífico asado de ternera con ensalada de patatas, una salsa de arándanos y un buen vino, pero se deja convencer por alguien para ir aun restaurante de moda, donde ha de pagar cara una comida mediocre, bebidas igualmente corrientes y soportar un hedor descorazonador. ¿Qué tengo yo que ver con todas esas extrañas bestias? El caballo de un coche de posta es para mí diez veces más interesante.

El estudiante se mostró ofendido.

—No fui yo quien lo arrastró hasta aquí —dijo el joven.

Thomas, que desde hacía algún tiempo se había puesto unas gafas, inclinó la cabeza y miró a su acompañante por encima de los cristales, con expresión escrutadora.

—Puede estar seguro de que cuando me harte de usted se lo diré —dijo—. La desconfianza es un mal asunto, y hace que saquemos conclusiones sobre el pasado. Me refería antes a que las cosas me molestan, que las impresiones sensoriales constituyen un impedimento para mi actual estado de incesante alumbramiento de ideas. Cuando veo un perro, como ahora he visto, por ejemplo, ese perro de Terranova, desaparece la idea pura del perro, y todo lo que asocio con ella se diluye; por así decirlo, se solidifica, se vuelve físico. Pero eso es precisamente lo que hay que evitar. Es preciso pensar, y no se puede pensar cuando uno ve. Mis mejores especulaciones, construidas a partir de una lógica precisa, se vienen abajo en cuanto capto la realidad con el ojo.
—En otras palabras —dijo el estudiante, alzando la nariz, como si quisiera demostrar que estaba muy por encima de los errores de Weltlein—, que las cosas no deberían ser como son, sino como usted desea que sean, de modo que encajen en el trastero de sus ideas; y para que eso funcione, usted lo observa todo a través de sus gafas.

Thomas se quitó las gafas y las miró pensativo.

—Ha descubierto usted el misterio de este instrumento —dijo—. Usted llegará a algo, eso, presuponiendo que conserve la costumbre de ponerse las gafas del científico. Mire una cosa, existen naturalezas sensibles a las que les resulta insoportable la percepción genuina del mundo circundante. Esa gente se vuelve corta de vista. Los oculistas son tipos estúpidos que, en su presunción, afirman que la miopía surge por el esfuerzo excesivo del ojo al leer, por las malas posturas físicas, etc., y se inventan todo tipo de impresos, de formas de letras y pupitres de escuela. Pero la historia no es ésa. La vida es mucho más graciosa. Los cortos de vista, los miopes, están bajo el dominio de su escroto, o de los testículos, que a fin de cuentas viene a ser lo mismo, y ése es un amo hipersensible y violento. Cuando sufre transformaciones morales, cuando prefiere dormir más tiempo, mientras que algún despertador le conmina a levantarse, hace cocinar en una de las varias cocinas que tiene repartidas por el cuerpo un veneno, lo secreta hacia los ojos y les ordena que lo traguen, y ya tiene servida la miopía.
—¡Vaya locura! —intervino el joven ducho en temas científicos—. Entiendo.
—Sí, sí, contempla la locura. De nosotros, los locos, se puede aprender mucho. Conocemos el misterio del contagio interior en el que he sido ilustrado por las chinches.

El estudiante se rascó el brazo.

—Esos malditos perros le pegan a uno las pulgas —dijo, malhumorado.
—¿Pulgas? ¡Tonterías! Es la palabra chinche la que le causa picazón. Proyección de una impresión auditiva sobre la epidermis.

Thomas limpió cuidadosamente las gafas y se las puso de nuevo sobre la nariz.

—Casi pierdo el hilo debido a su comentario incidental sobre las pulgas, pero gracias a Dios tengo mis gafas, que son mi paraguas y mi escudo, cuando el malvado mundo quiere desvelar mi secreto sobre las chinches. Con estas gafas veo correctamente, y cubro las puertas de mi alma para que nadie pueda mirar dentro. Los que usan gafas tienen algo que ocultar. Desconfíe de cualquiera que lleve sobre la nariz uno de estos artefactos. Son todos criminales facultativos, hipócritas y esclavos testiculares.

El estudiante arrojó un pedazo de pan a la boca de un perro enfebrecido por el hambre; mientras le lanzaba una socarrona mirada de soslayo a Thomas, dijo:

—Este tirano no es tan malo. Aparte de los muchos placeres que depara a gente inofensiva, ha introducido además, visto a través de sus gafas, la miopía, y en ella se basa el invento de las gafas, del cristal biselado, del telescopio, del microscopio.

Thomas se quitó bruscamente las gafas de la nariz y se las puso al discípulo.

—Llévelas —exclamó, radiante de alegría—. Usted es digno de ellas: todos los misterios del mundo se le revelarán.

Seebach se había quitado las gafas, las observó con perplejidad, las alzó otra vez delante de los ojos y dijo, totalmente confundido:

—Pero si es cristal normal.
—Obviamente —respondió Thomas—; ¿acaso piensa que soy tan estúpido como para estropearme la vista con unos cristales graduados? Llevo las gafas como una advertencia para mí mismo, para no olvidar que tengo una misión elevada, que en esa misión todo debe servirme; que es preferible que me quede ciego antes que ver algo que contradiga mis ideas. Hace poco, viendo unas fotos del hundimiento del Titanic en un viejo número de Daheim, comencé a dudar de si en realidad todas las personas mueren voluntariamente. Eso me molestó. Entonces recordé las palabras de las Sagradas Escrituras: «Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo». Estuve pensando que esa operación era más fácil de realizar con unas pinzas pequeñas, en lugar de con los dedos, y como no tenía ninguna a mano, entré a la tienda de vendajes más próxima para comprar una. En el escaparate había un maniquí con el cuerpo cruzado de vendajes. Sobre uno de sus ojos colgaba un parche negro. Me compré un chisme como ése, pues comprendí que, a fin de cuentas, podría ahorrarme la siempre dolorosa operación de arrancarme el ojo si me lo tapaba. Al principio quedé muy satisfecho con el resultado, pero pronto me llamó la atención la frecuencia con la que olvidaba aquella cobertura negra. Pensé en algún sucedáneo y se me ocurrieron las gafas. Escogí, por supuesto, unas con cristales normales, ya que los cristales graduados me hubieran impedido ver.

Seebach le arrojó al perro otro pedazo de pan.

—Su idea es buena —dijo—. Es inteligente y estúpida al mismo tiempo, y en igual medida, puesto que todo lo que mantenga a los opuestos en un correcto equilibrio es genial. Sus teorías testiculares y escrotales sobre la miopía me parecen, en cambio, magníficas. Si le he entendido bien, el asunto se presenta así: quien tiene un dolor en el brazo, está envenenado por los tiranos de su bajo vientre, a fin de que no pueda golpear. El dolor en el brazo designa, por lo tanto, al sádico.
—Y la mala conciencia también forma parte de ello —añadió Thomas—. Ha comprendido usted perfectamente el principio. Como sustituto de los dolores del brazo, a los que no podía sacar provecho, me fabriqué un traje con las mangas muy estrechas, a fin de impedir el movimiento, pero más tarde lo reformé, porque quiero emplear los brazos, así que hice cortar un trozo bajo las axilas. Quiero hacer algo moderno. Lo de las mangas… —Thomas miró a su acompañante con ojos retadores— … me parece tan estúpido, que merece mejor el calificativo de genial que lo de los cristales de las gafas —dijo, y asintió satisfecho cuando vio que el estudiante no tenía intención alguna de contradecirle, por lo que continuó—: Puede usted imaginar que siempre me he cubierto las espaldas con medidas de precaución similares, las orejas, la nariz, las piernas y el cabello. Así consigo pensar con pureza, sin que me distraiga el vasto objeto de mis reflexiones. Si ahora veo un caballo, veo el caballo, la idea del caballo…

Seebach sonrió con aires de superioridad. Recordó que un momento antes había estado viajando, por primera vez en su vida, en un coche de posta pagado por él mismo, y ese recuerdo lo hacía sentirse superior, noble.

—¿Y cuál es esa idea, la del caballo, si se puede saber? ¿Es algo que se puede expresar o es usted el único que puede andar por ahí cabalgando sobre ella?
—¿La idea del caballo? Pues todo depende de si parte de la idea misma o del caballo en sí. ¡Pero, espere! —Thomas cerró los ojos, extendió el bastón de paseo por entre las piernas y pegó dos brincos en el aire, alzando la cabeza, resoplando y dando coces—. Así es —empezó diciendo, frotándose satisfecho la barbilla—. La palabra «idea» me lleva, primeramente, al nombre de Ida, e Ida se llamaba una niña a la que yo solía montar a caballito. La llevaba siempre conmigo a cualquier parte, o por lo menos llevaba su olor, que seguramente contribuyó más a la evolución de mi esencia que ninguno de mis maestros. Y «caballo» me lleva a la idea de camino, de viaje, y se me ocurre que hace poco he vuelto a ver a la tal Ida llevando a su hijo más pequeño en el cochecito. La idea del caballo sería, por lo tanto, la hembra, y con ello coincide el hecho de que al caballo se lo cabalga como a una mujer. Su aspecto es blanco, el de la idea, por eso ha de ser un potro blanco y, en efecto, mi caballito de juguete era un caballo blanco. No, perdón. —Thomas miró a lo lejos, con esfuerzo, a través de los cristales de sus gafas—. Era un caballo tordo, con manchas grises. La idea contiene también el negro, y ahora recuerdo que mi padre llevaba una levita larga y negra por la época en el que me dejaba cabalgar sobre sus rodillas, y cantaba: «Hupa, hupa, hupa, el caballito en la grupa». Un blanco vientre de mujer y ricitos negros en el nacimiento del pelo, eso es una idea. Ida es negra, y en esos vientres femeninos nos mecemos todos cuando somos embriones, cabalgando en el vientre materno. Negro y blanco son también los colores de Prusia. «Sentemos a Alemania en la silla», decía Bismarck, «que ella sabrá cabalgar». Y también cabalgamos sobre nuestros caballos de batalla, nuestros temas y puntos de vista favoritos; usted mismo lo insinuaba antes, y lleva mucha razón. Y también cabalgamos sobre una rama, o sobre la barandilla de una escalera. Por cierto, hablando de barandillas: eso de deslizarse es la verdadera escuela de la vida. Provoca placer, una voluptuosidad directamente divina en los bajos fondos, y, además, vemos abajo el bostezo del abismo, previniéndonos de la caída. El oscuro hueco de la escalera nos lleva de nuevo al infierno, mientras que el rápido deslizarse por los aires nos hace llevar al vuelo, a la fantasía, al cielo. Y con ello retornamos de nuevo a la mujer, que oculta en sí misma el cielo y el infierno. Al menos es lo que afirma alguna gente con experiencia. Y por cierto, desde un punto de vista meramente fisiológico, es correcto. El vientre preñado es el verdadero cielo, y el niño que está dentro es Dios, cuyo deseo más tenue es todopoderoso. —Thomas entró en tal estado de excitación, que el sudor empezó a cubrirle la frente con claras perlas. No se dio cuenta de que Seebach llevaba tiempo sin escucharlo, y que estaba contemplando a unos niños mientras jugaban—. La idea del caballo, por lo tanto, lo abarca todo, y es imposible no concebirla. Sí, sí, es blanquinegra, noche y día, surgimiento del hombre en el abrazo nocturno del lecho matrimonial y la tumba, el sepulcro con la capa blanca de nieve encima. Negro, blanco, Prusia ante las puer…

El estudiante le cortó la palabra con un codazo en las costillas.

—Mire eso —exclamó, señalando a los niños—. He ahí su idea del caballo. —El niño había agarrado las dos coletas de la niña; entonces gritó «¡Arre!» y empezó a pegarle con una fusta. Los dos hombres los miraron riendo, y Thomas gritó lleno de entusiasmo.
—Firme, pequeño, pégale.

Sin saberlo, Seebach lo había agarrado por el faldón de la levita y se balanceó sobre las rodillas como si él también quisiera echar a correr.

De repente la niña se soltó y huyó, pero el chico la siguió.

—¿Lo ha notado? —dijo Seebach, volviéndose hacia su amigo—. ¿Ha visto cómo la chica corre? A sus diez u once años es ya una mujer, mantiene el cuerpo erguido al correr, da pasos breves y rápidos, da coces hacia atrás. Protege doble y triplemente su recinto sagrado. Sería demasiado fácil embestirla si empinara el trasero del modo en que lo hace el niño, que abre mucho las piernas, y su postura se corresponde con la de un arco tensado con la flecha dispuesta, mucho antes de que el pequeño esté maduro para disparar. Un claro ejemplo de atavismo, una herencia de la época en que se daba caza a la mujer.

Thomas rio con aire bonachón.

—El atavismo… Una vez más, se trata de su prisma científico. ¿Acaso no se da cuenta de que es una presión de los ovarios, un contagio interior? Usted ve la mera medida de protección y olvida que con la posición erguida se dirige una advertencia al perseguidor para que se quede tieso, que las coces insinúan embestidas y los pasos breves y rápidos marcan el ritmo del placer. ¡Mire, ahí lo tiene!

La muchacha pasaba corriendo precisamente por un área de juego. Dos niñas más pequeñas estaban construyendo algo, con sus hermanitos, en un cajón de arena; una de ellas fue atropellada, y se sentó enseguida sobre su trasero, mientras que el chico cayó de bruces al intentar evitar la frenética persecución.

—Tiene razón —exclamó el estudiante, divertido—. Ambos sexos ejercitan al caer sus futuras posturas al hacer el amor.
—Y es una ley que las niñas caen hacia atrás, y los chicos hacia delante. No podría verlo de otro modo. Por cierto, habrá leído usted Romeo y Julieta, ¿no? —añadió Thomas, aclarando el sentido de sus palabras con un rápido movimiento del torso y de los brazos, hacia delante y hacia atrás, de modo que parecía estar ensayando una danza del vientre. Un spitz que se había acercado a los barrotes para coger con el hocico una miga de pan de la reserva del estudiante, se lo tomó a mal, mostró los dientes y ladró un par de veces, pero se tranquilizó cuando Seebach le arrojó el pan.
—¿Y la idea del perro? —preguntó el estudiante, acariciando a un pastor que había acurrucado su cabeza en su mano.

En lugar de responder, Thomas empezó a ladrar de un modo tan fiel a la realidad, tan engañoso, que un señor entrado en años que pasaba en ese momento y dramatizaba un victorioso intercambio con su jefe sobre su derecho a tener un puesto junto a la ventana en la oficina, se dio la vuelta asustado, en cierto modo con la impresión de que el jefe había interrumpido sus lógicas argumentaciones con un comentario tonante. Simultáneamente, estimulados por los familiares sonidos, todos los perros del jardín zoológico empezaron a ladrar, de modo que se organizó un ruido infernal.

Un hombre que vestía una especie de uniforme de tela gris acudió corriendo y, con palabras duras, hizo uso de sus derechos como celador: «¿Quién se atreve a molestar a los animales?». Y lanzó una mirada que cualquier profesor de matemáticas de instituto le hubiera envidiado, observando primero al señor entrado en años, luego al estudiante y, a continuación, a Thomas, que le hacía un amable gesto de asentimiento. El otro señor, todavía algo obsesionado con la idea de que se trataba de una pelea con su jefe, señaló con un gesto acusador a los otros dos y dijo con un tono de profunda indignación, como si con él se hubiera cometido la peor de las injusticias: «Han sido ellos».

—¿Es que no saben leer? —gritó el cuidador, señalando a un cartel que colgaba en la reja del zoológico. Thomas se acercó lentamente, mientras el celador proyectaba los labios hacia delante, con enfado, y su bigote rubio claro se erizaba como los pelos de un perro rabioso.
—Está prohibido molestar a los animales —leyó Thomas en voz alta, volviéndose con expresión inquisitiva al empleado—. Bueno, y… —El hombre, fuera de quicio por la calma de Weltlein, apartó la vista y gruñó señalando hacia Seebach—. Ese señor de ahí…
—Está, como usted ve, dando de comer a los animales, y parece que eso les complace.

El hombre del bigote se fue cohibiendo más y más, al ver, sobre todo, que todos los perros estaban tranquilos, y que hasta el perro pastor, que vigilaba con recelo, se había hecho amigo de los visitantes. Entonces se volvió de nuevo hacia donde estaba el señor mayor y empezó diciendo:

—Ese señor de ahí…
—Ese señor, para empezar, no ha hecho nada que importune a los animales —lo interrumpió Thomas—. Al parecer a usted le resulta placentero tiranizar a los visitantes del parque. Pero usted no está aquí para eso. ¿Cuál es su nombre?

El celador, al oír que le preguntaban su nombre, se hizo pequeñito. El bigote se le vino abajo y empezó a roérselo. Lanzando una mirada a la cadena del reloj de Thomas, que enfatizaba de manera expresa lo imponente que era su barriga, balbuceó un nombre que nadie pudo entender, se agachó para recoger una rama seca y se largó al trote. Un instante después se le oyó gritar el doble de alto en el área de juegos para niños, donde dos pequeños estaban ocupados ofreciéndole como alimento al lobo la muñeca de su hermana, que gritaba pidiendo auxilio cada vez más alto; el lobo, por cierto, continuó su paso incesante, con indiferencia y sin apetito.

Thomas se dio la vuelta para continuar.

—¿Ya sabe entonces lo que es la idea del perro? —preguntó.

Seebach negó, sonriendo con superioridad.

—No me ha dicho sobre ello lo más mínimo.
—¡Decir, decir! Se lo he mostrado. ¿O es que no ha visto cómo la idea llegó corriendo, ladró, apartó la vista temerosa cuando se le sostuvo la mirada, recogió la cola (en este caso simbolizada por el bigote), y se agachó para, a continuación, arremeter contra los niños, después de haberle ido tan mal con los adultos?
—¿El celador?
—¡Bendita estupidez! Es usted, en verdad, duro de entendederas. Ese celador es un símbolo, representa todo lo que es la autoridad. Toda autoridad es perruna, ladra y hasta muerde, pero recoge la cola enseguida cuando ve el látigo. ¿Quién juega al guau-guau con un niño? ¿Quién es el gran guau-guau con el que se mete miedo en cuanto a mamá le viene bien? El padre blande su bastón mientras el niño le ofrezca su trasero voluntariamente. Pero cuando se rebela, se acaban los autoritarios y agresivos ladridos, y el papá, pequeñito, mira de reojo hacia el rincón de la cocina donde el hijo, ahora más fuerte, colocará el caldero con la comida. Vea El cofre del tesoro, de Hebel.

Thomas continuó con paso presuroso e irregular. La «p» de la palabra «padre» seguía saliendo de sus labios, alargada.

—El padre se somete, por muy furiosamente que arremeta contra la pernera del pequeño granuja. La señora mamá le da de comer cuando se porta bien y protege la casa. Si se aleja, ella saca el látigo, y entonces el perro se arrastra sobre la barriga y le lame las manos. Pero el rabo, que había estado meneando alegremente delante de otras perras, ahora lo mete entre las patas. El perro-hombre levanta osadamente la patita junto a la piedra muda y tolerante, aun cuando se trate de la piedra angular del edificio de la humanidad, pero se retira cobardemente cuando otro héroe fanfarrón se agacha maldiciendo a recoger la piedra para lanzársela.

El estudiante lo interrumpió en ese punto, pues sintió ganas de visitar la callada clausura del jardín, algo que Thomas interpretó como un éxito de sus palabras sobre la patita alzada del perro, al tiempo que sentía aflorar en él, con satisfacción, el mismo afán.

—Cuando una vaca mea, mean las otras —dijo, aleccionando al estudiante mientras estaban de pie, uno al lado del otro; a continuación le preguntó si sabía por qué en algunos sitios a la tapa del retrete se la llamaba «gafas». Y dado que el estudiante se esmeraba en poner orden en su ropa mientras salía, continuó—: He ensayado un montón de interpretaciones, pero no consigo dar con la verdadera. Durante un tiempo creí tener una solución en la palabra «gajes», debido a que lo que hacemos en el retrete puede asociarse a molestias, a sinsabores. Pero luego me vino la idea de derivarlo de «gala», basándome en la satisfacción y el alivio que sentimos al llevarlo a cabo. Decimos, de una buena velada, que ha sido «de gala». Pero veo que esas asociaciones del pensamiento son demasiado traídas por los pelos. Debe de tener algo que ver con la vista, con el ojo.
—Tal vez —dijo el estudiante— le ayude conocer una adivinanza que tienen los campesinos de Transilvania, en la que al recto lo llaman el Tuerto. En todo caso, sólo nos serviría para designar monóculo; aunque uno podría pensar que la expresión se utilizara en un principio para designar las letrinas familiares. Antes esas casetas se fabricaban sólo con dos asientos, por no decir dos dormitorios, a fin, en cierto modo, de enfatizar la gran intimidad del matrimonio. Y todavía hoy, la tendencia de los niños a visitar el retrete de dos en dos demuestra cuánto fomenta ese asunto la sociabilidad.
—Puede ser —respondió Thomas, pensativo—. Aunque creo que la explicación con el monóculo basta del todo, ya que probablemente se inventó antes que las gafas. Lo que ahora me ocupa, sin embargo, es una cosa bien distinta. Pero con su infinita cháchara uno no consigue expresarse. Monóculo, tuerto, cíclope, Polifemo. Si el monóculo es el ano, Odiseo sería entonces el inventor del enema.

Seebach estaba tan sorprendido que se detuvo, mientras Thomas continuaba caminando con prisa y hablando en voz alta.

—Sí, sí, así es. Tengo que escribírselo a Lachmann. ¿Conoce a Lachmann? —dijo, volviéndose hacia Seebach, que caminaba detrás—. Bueno, tampoco es necesario. Tal vez sería algo para el vicario Ende —dijo y guardó silencio, y siguió pergeñando sus alocadas ideas.

Seebach estaba ávido por conocer la nueva diversión de aquel chiflado, y al cabo de un rato preguntó:

—¿A qué se refiere con lo de Odiseo y el enema?

Thomas salió bruscamente de sus nebulosos sueños.

—¿Enema? Ah, sí. Pues, es muy simple. Al ojo del cíclope, que es el ano, le clavan un palo afilado, es decir, le ponen un enema. El siseo en el ojo simboliza el chorro de líquido. La caverna es la barriga. De él salen las masas de porquería bajo la forma de unas ovejas, ovejas que significan que lo primero que sale son los fragmentos más durillos, las cagarrutas; luego viene la masa de agua, representada por el mar. En medio flotan fragmentos más grandes, que son las piedras que Polifemo lanza al barco de Odiseo mientras se aleja. Polifemo… Hum, del ano lo más que se puede decir es que habla mucho y da mucho de qué hablar. Todas las madres dan la bienvenida a sus hijos, al mediodía, con el saludo: «¿Ya has hecho caquita?». Polifemo podría descomponerse en «Po» = «posadera»; «li» = «lito» (de coprolito), tal vez una derivación del griego. Pero ¿y «femo»? ¿«Femo»? Vaya, debería avergonzarme. Bueno, «femo» debe de venir de phem, la palabra sueca para el número cinco, alusión a los cinco dedos, es decir, a las nalgaditas que siguen al inoportuno copro-lito que sale por entre las posaderas. —Thomas lanzó aquel análisis a sus pies con un gesto obsequioso de la mano—. El asunto está más que claro. No es necesario detenerse más en él.

Estaban delante de la sección de los monos y ambos se alegraron de poder ver esos graciosos animales. Thomas ya estaba a punto de explayarse sobre su tema favorito, el onanismo, practicado abiertamente allí por los animalitos. Ya se había metido la mano entre los botones del pecho y apoyado la otra sobre la espalda, pero en eso el estudiante le pegó un golpe en el costado y le señaló a una mona que espulgaba a su crío, y dijo:

—¿Lo ve? La higiene es un instinto natural.

La cara de August se había petrificado de pronto.

—Chinches —dijo, y luego se sobresaltó—. ¿Es que no hay en este miserable zoológico una jaula con insectos? Tiene que mostrarme de inmediato la sección de los insectos. ¿Me dice que en el acuario? —Ya había avanzado un buen trecho—. ¡Bueno, vamos, rápido! —gritó, y continuó a toda prisa.

Seebach aún no había pasado la entrada del acuario cuando Weltlein volvió a salir apresurado.

—¡Un embuste! —gritó—. Una auténtica estafa es este acuario, y también el zoológico. Tienen ahí dentro peces y cangrejos, tortugas, pero eso no me sirve de nada, por lo menos no ahora. —Su mirada vagó y se le cortó el aliento—. Pero tome nota de ello, Seebach, lo de los peces, los niños y la religión. Maldita sea, escríbalo. Peces, Cristo, embrión, bañera. Bien, eso basta. En fin, el pez se agita, y eso hace también el niño. Nada en el agua; el niño también lo hace; su corazón palpita, se dice. El pez es el símbolo del Cristo primigenio, pero al niño nacido en el pesebre el mundo se le ha situado a los pies. El pez… —dijo, caminando junto al estanque; pero en eso Thomas se interrumpió para señalar a una cigüeña que se estaba desayunando una rana para diversión de los niños que la rodeaban—. También la rana podría ser usada como símbolo; mis compañeros de universidad en la Facultad de Medicina llamaban a la sala infantil de la Charité el estanque de las ranas. Cada día tenía lugar allí, una y otra vez, el infanticidio de Belén. ¿Por qué el rebaño de devotos cristianos escogió al pez y no a la rana?

El estudiante, que ahora escuchaba la cháchara de Thomas de mala gana, se encogió de hombros.

—Porque es un antiguo símbolo fálico —respondió.

Thomas lo miró con atención y continuó:

—Vaya, vaya, lo sabe. Pues bien, el pez es el niño, y el niño es el Salvador que resucita al cabo de nueve lunas del sepulcro de la madre. Nacimiento y tumba son lo mismo, todo está misteriosamente entrelazado. El universo, el mundo, un anillo, un globo. Y el globo simboliza, a su vez, la madre embarazada. Pero ella encierra en sí el mar, la marea salada que baña la fortaleza del vientre infantil. —Thomas se detuvo, jadeante, y se colocó una mano sobre la barriga—. Nunca —dijo—, nunca, nunca. No lo conseguiré nunca. —Rápidamente, avanzando de nuevo y sacudiéndose aquellas preocupaciones con un brusco movimiento de los hombros, continuó—: Todas las noches, en un sueño omnipotente, el niño se crea de nuevo un mar para nadar, el baño sagrado, el baño primigenio y el universo. El adulto, que se sirve de un orinal, es un lamentable charlatán, se mide por el rasero de la creación divina del niño, pero su envidia no mejora por el hecho de que engañe al niño sobre su creación, con el pretexto de la higiene, y lo obligue a usar el orinal. En fin… —La cara de Thomas estaba tan rígida, sus ojos volaban tan nerviosamente de un lado a otro, que un observador atento como el estudiante hubiera notado lo poco centrado que estaba aquel hombre—. El orinal es también un globo terráqueo simbólico, un continente color marrón en medio del océano amarillo. Y como tránsito a la bañera, constituye un indicador. Ahora sólo cabe preguntarse qué se inventó antes, el orinal o la bañera. Ambos fueron creados forzosamente por el hedor, el cual es tal vez el padre de toda higiene, de toda pureza, ¿o acaso fue la viscosidad, o el escozor, el insecto, la chinche? —La cara de Weltlein se deformó en una mueca, se avivó y volvió a iluminarse—. He estado en el llamado insectario. Es una vergüenza este jardín zoológico, es la auténtica chapuza de una sociedad de accionistas que obra sólo en aras de los beneficios. Tienen ahí toda clase de bichos: mariposas, escarabajos, vivos y muertos, hojas que caminan y otras cosas absurdas. Incluso abejas. Sin embargo, no tienen insectos decentes, verdaderos, cuya importancia está demostrada por los insecticidas que se fabrican contra ellos. Cualquier feria anual de medio pelo, cualquier pueblucho tiene su circo de pulgas; sin embargo, en este amasijo de arrogancia científica, posiblemente subvencionado por el Estado, un sitio en el que hacen como si estuviesen todo el tiempo aleccionándote, no es posible ver a esos curiosos animalitos. Sin embargo, cualquier piso berlinés está lleno de ellos. Es algo auténticamente moderno. Nuestro niños aprenden ya en los primeros años de escuela que tienen que correr en zigzag cuando un cocodrilo quiere comérselos, pero no aprenden cómo la madre, por las noches, da caza a esos bichos saltarines; además, reciben una regañina cuando, ávidos de saber, pretenden presenciarlo. Esa parda muchedumbre de feriantes van de ciudad en ciudad, propagando los piojos que tan esmeradamente han estado cuidando entre sus pelos y en su cuerpo, y hasta las prostitutas se ocupan de transmitir a círculos más amplios los imprescindibles conocimientos sobre las ladillas; pero nuestros millones de zoológicos, que cuestan millones, exterminan a esos animales en lugar de preservarlos, los dejan en manos de los monos, horribile dictu, como comida.

El estudiante se mostró inquieto, la manera de hablar de Weltlein, a gritos, atraía la atención de la gente que se agolpaba en ese momento delante de la jaula del león para ver cómo la fiera devoraba su tiras de carne. Con esa sensación previa e imprecisa de que algo increíble estaba a punto de pasar, se apartó a un lado, observando. Thomas ni se dio cuenta de que su acompañante ya no estaba a su lado. Gesticulando con énfasis, continuó hablando:

—Y a eso lo llaman el rey de la selva, esa bestia apestosa. ¿Por qué? ¿Con qué derecho? Ponle una pulga entre el pelaje y sus fuertes garras no le servirán para nada, tampoco sus poderosas mandíbulas. Cuando vuelva la cabeza o se golpee donde le pica, ya esa maestra, la pulga, habrá chupado su porción de sangre y brincará alegremente, largándose de allí, sin preocuparse de la furia del noble rey de la selva.

El león había terminado su comida, se tumbó parpadeando y bostezó.

—Sí, abre la boca, bocazas —le gritó Thomas—; a mí no me asustas, mucho menos a la pulga. ¿O es que bostezas para mostrarme lo aburrido que soy? ¿Acaso te has humanizado tanto que ofendes, como un cobarde, a escondidas? —Thomas había levantado el bastón, amenazando al animal. Un señor gordo y bajito, con la cara roja de ira, que intentaba calmar en vano a su mujer, aún más gorda, dio un golpe al bastón, pero ello no contrarió a nuestro héroe. Thomas cogió el bastón con la otra mano y volvió a amenazar—. El mundo es estúpido y vanidoso, pero el gran necio es el hombre, la corona de la creación. Sólo tienes que mirar a la gente, león, ése es el aspecto de los que se vanaglorian de haber sometido a la Tierra, los que escribieron un grueso libro, el Libro de Libros, en el que atribuyen a su Dios la blasfemia de haber creado para ellos a los animales y a las plantas, el mismo Dios que hoy o mañana les meterá en los pulmones un bacilo de tuberculosis; y entonces, adiós a la gorda panza, aunque con ello no desaparezca la fanfarronería con la que los hombres, casi carcomidos ya por esos animalitos diminutos, se quedan ahí sentados, tan panchos, alabando los inventos de su mente.

El león se había dado la vuelta, dejando su costado a la vista de sus admiradores. Thomas se acercó mucho a la jaula.

—Te llamas fiera, te jactas de tu fuerza y estarás contento de haber dado algún zarpazo a una vaca o de haber saltado sorpresivamente sobre una criatura humana. Conozco a las fieras, las que de verdad no tienen miedo, las que arremeten heroicamente contra el enemigo, enanas diminutas, no como tú, amarillento por la envidia, sino rojas y ardientes, sedientas de sangre. —Thomas se inclinó mucho sobre la barandilla de hierro que separaban al público de la jaula, su cabeza casi rozó los barrotes. La multitud empezó a dispersarse, y alguno que otro echó una ojeada hacia atrás. Un niño pequeño, por lo visto el hijo del matrimonio de gordos, estaba al otro lado de la zona de los leones, pero a pesar de los regaños y los gritos de la madre no conseguía separarse del animal, pues quería oír rugir al león.
—El látigo y el hierro al rojo vivo —continuó Thomas— te asustan, bestia miserable. Pero la chinche no teme a los látigos, ni a los hierros, ella pica, chupa y muere si ha de morir, en silencio, sin aspavientos, heroicamente. La chinche es la reina de todos los animales, no tú. Y yo he vencido a las chinches, y me hago llamar, orgullosamente, «El Matachinches». A ti, en cambio, te despre…

El final de la palabra, «… ció», quedó interrumpido por la violenta meada con la que el león roció a nuestro héroe de pies a cabeza.

—Mamá —gritó el niño, corriendo tras su madre—; mamá, el león ha mojado a ese señor, mamá… —No pudo decir más, pues se quedó petrificado. Sin preocuparse por la meada del animal, Thomas, como un verdadero héroe, se había abierto la bragueta y, dicho: «Lo que puedes hacer tú, también puedo hacerlo yo», al tiempo que reía, satisfecho con su victoria, mientras el león intentaba eludir el elevado arco del chorro.

El niño, divirtiéndose de lo lindo, corrió adonde sus padres y les contó lo sucedido, saltando sobre una pierna alrededor de la pareja, con el dedo en la boca, lo cual no facilitaba precisamente la inteligibilidad de lo que quería decirles. El obeso padre, primero enfurecido porque no entendía nada, se puso a escuchar atentamente cuando su esposa le sacó al hijo el dedo de la boca y se lo apartó con un enérgico gesto de la mano, y pareció inflarse de nuevo a causa de la indignación. Con paso enérgico, como si él fuera el león ofendido y deseara la revancha, se lanzó sobre Thomas llamando al celador, y agarró por el brazo al hombre que se limpiaba tranquilamente su ropa, al que el estudiante intentaba llevarse tirando de él por el otro extremo.

Pocos minutos después, Thomas estaba en el local de los celadores, en el edificio de la dirección, acompañado por el gordo, el guardia, y seguido por el estudiante y el niño. El sargento de policía que estaba de servicio, un hombre delgado y huesudo, harto de su turno de guardia, con un apetito voraz y poco salario, examinó con ojos malhumorados las dos barrigas que se empinaban hacia él, la del acusado y la del acusador, y dado que le pareció que la envergadura del vientre de Weltlein guardaba una mejor proporción con su estatura que la del padre sudoroso, se sintió proclive a tomar partido en contra de este último. Sobre todo teniendo en cuenta que el niño, el único testigo del incidente, empezó a tartamudear bajo las miradas amenazantes de Seebach.

El estudiante, al ver que la autoridad vacilaba, aprovechó el desenlace que se le ofreció.

—Yo no he perdido de vista en ningún momento al señor Weltlein —dijo—; ya que está enfermo —añadió, haciendo un gesto furtivo alrededor de la cabeza—, y porque, siendo yo su amigo, me siento responsable de él, y puedo decirle que el niño se ha inventado toda esta historia.

Con ello el asunto hubiera quedado resuelto si Thomas, furioso por el gesto de Seebach, no hubiera prestado testimonio contra sí mismo. El resultado, finalmente, fue que se le tomaron al infractor su nombre y su dirección y se le despidió con una amonestación, diciéndole que ya tendría noticias del zoológico. Poco tiempo después, Thomas recibió una citación de la comisaría de policía. El porqué hizo caso omiso a la citación es algo que podrá inferirse del transcurso posterior de la historia.

.

(Continuará…)

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