El buscador de almas (X)

Georg Groddeck

 

 

 

 

 

XXVII. UN CAPÍTULO ABURRIDO, PERO QUE NO PODEMOS SUPRIMIR, PORQUE EN ÉL SE HABLA DEL ASEO Y DEL MISTERIO DE LA MADONNA SIXTINA

Del período que vino a continuación han quedado pocas noticias acerca de las peripecias de Thomas Weltlein. Parece ser que en ese tiempo frecuentó la compañía de Keller-Caprese, y también la del estudiante, que se llamaba Bernhard Seebach y se reunía con Thomas de vez en cuando. Pero las noticias sobre esas dos personas son bastante fragmentarias. El estudiante murió en la guerra, y Keller-Caprese ha desaparecido, de modo que no puedo tratar personalmente con ninguno de los dos. Dependemos totalmente de los apuntes de Agathe, y éstos adolecen de algo: ella sentía una aversión enorme por el pintor; por lo tanto, a veces recogía sus anécdotas íntegramente, pero otras veces las distorsionaba con comentarios al margen de su propia cosecha. Al estudiante jamás llegó siquiera a verle la cara, y los contactos se hicieron más bien a través de Lachmann, quien, con toda intención, le escamoteó algunas cosas a su amada de juventud. Pasados tantos años, ya sólo pudo contarnos cosas poco fidedignas, rescatadas de su memoria. En fin, que apenas se sabe nada de la mayor parte de esa estancia de varias semanas en Berlín. Por lo tanto, no me queda más remedio que incluir aquí, de manera un poco incoherente, los pocos fragmentos que me han llegado y que parecen auténticos.

Entre ellos hay una serie de visitas a los museos berlineses, a las que llevó consigo, como experto en la materia, a Keller-Caprese.

Pero con Thomas las cosas no eran tan sencillas como con otras personas. Un primer obstáculo difícil fue, en el museo, la placa que exhortaba a limpiarse los zapatos antes de pasar a ver las colecciones. Thomas empezó a decir que su hermana Agathe tenía que estar cerca.

—Ha sido ella y no otro quien ha concebido esta humillación; ha colgado aquí la placa y está al acecho en alguna parte, deseando regodearse en la manera en que me humillo limpiándome los zapatos por órdenes de un desconocido, como si yo fuera un niño pequeño al que mamá le examina las manos y el cuello para ver si están impecables antes de sentarse a la mesa y al que, al final, envían de vuelta al cuarto de baño porque tiene las orejas sucias. —Sobre la base de esa idea fija, Thomas pasó dos horas enteras buscando a su hermana, primero en los alrededores y, más tarde, en todos los salones de la galería. Mientras buscaba, pronunciaba largos discursos que, en parte, eran pronunciados con tal vehemencia y en voz tan alta, que un veterano empleado del museo, a punto en ese instante de expresar su desprecio por el público ignorante echando un escupitajo en la escupidera de la sala Rubens, propiedad de la Casa Imperial prusiana, giró la cabeza asombrado y vertió el proyectil de saliva fabricado por él mismo sobre el uniforme del museo, también propiedad de la Casa Imperial prusiana.

—En el aseo reside la causa primigenia de toda mentira y de todo mal —decía Weltlein en ese momento, con vehemencia—. El aseo es obra del diablo, una crueldad cuyo invento tiene como premisa la inescrutable maldad de la mujer. ¿Quién podría contar las lágrimas que han derramado los pobres niños indefensos a causa del maltrato cruel de sus propias madres? Si el amado Dios no hubiera querido la suciedad, no la hubiera creado. No nos hubiera llenado la panza de ese lindo y moldeable material de color marrón, que sólo les apesta a los otros, pero que a nosotros nos huele bien, si Él aprobase que luego una mujer cualquiera llegase y cubriera de improperios nuestra propiedad más valiosa, nuestra creación más íntima. ¿Acaso usted, estúpido ciego que se hace llamar pintor, no ve que toda pintura y todo arte se basan en ese misterioso milagro que la corrompida humanidad denigra con el nombre de basura o porquería? Ninguna escultura, ni las obras de arte de Fidias y de Miguel Ángel, existirían si el lactante no hubiera moldeado antes sus salchichones marrones con los intestinos y el recto, para luego darles forma con sus manos y hacer con ellos esculturas salidas de su imaginación todavía próxima a la divinidad. ¿Acaso usted nunca, siendo un niño, pintó en la arena, cual grabador, o en la nieve como un auténtico pintor, ciertas figuras hechas con el pincel que le ha regalado la naturaleza o con el lustroso tono dorado de ese bote de colores contenido en su barriga? Probablemente lo hubiera hecho si no fuera usted un redomado cobarde que sacrifica sus bellos instintos naturales en aras de la llamada moral, es decir, de la mentira. La gente cuenta toda clase de milagros acerca de Giotto o como se llame, y sobre la «o» perfecta que trazó una vez en el polvo de la calle, pero la humanidad pasa por alto el fenómeno de que todo niño pinta sus pañales y sábanas, y que es ahí donde residen las raíces del arte. ¿Talento innato? Pues sí, todavía nadie se ha tomado el esfuerzo de estudiar los primeros experimentos artísticos de los hombres, ya sean de índole plástica, pictórica o musical; de comprobar cómo la obra de ese arte primitivo de las evacuaciones influye en el artista, y mientras esto no se haga, todo discursito sobre el talento es pura cháchara estúpida. Ningún hombre sospecha cuántas obras de arte se malogran o pierden, cuántos escultores, pintores, músicos, poetas y arquitectos fueron despojados de su talento en los primeros momentos de su existencia, y todo únicamente porque sus madres consideraron necesario asearlos. Por cierto, todo aseo es, a la larga, absurdo, ya que uno se ensucia de nuevo. Es una labor de las Danaides, y yo, por mi parte, entiendo la expresión del burgués común cuando dice: «No soy tan cerdo como para tener que lavarme todos los días». Sólo se lava y asea el que se siente sucio, sucio por dentro, y lo hace como si con ello pudiera quitar, restregando, la inmundicia de pecados que lleva en su corazón. Pero uno debería tenerse en muy alta estima, ser demasiado orgulloso para encontrarse sucio. Lo que hago es lo correcto, porque lo hago, y ése es el principio básico del hombre decente. Reserva la pureza a esas almas de Pilatos que han de fingir inocencia porque son demasiado cobardes para cargar con la culpa. En la Galería Nacional cuelga un cuadro en el que un niño intenta blanquear a una mora con una esponja. Ese pintor entendía la profundidad de la vida, creó con ello una sátira al aseo mismo, que jamás puede purificar, sino sacar a la luz nuevas capas de suciedad. Y si uno mira en detalle a esas cosas, se da cuenta de que toda la idea de la suciedad está relacionada con la ropa. La cara y las manos, que están siempre a la vista, se purifican por sí solas. La costra que se forma sobre ellas si no son lavadas no se hace nunca más gruesa, pues se limpia ella misma, y eso demuestra que esa costra es hasta pura. No hiede como las manos lavadas con perfume; no tiene mal aspecto, como el de las lavanderas; está, comparada con una mano recién lavada, casi exenta de bacterias corruptoras. En fin, se trata de una mano decente y honrada. Pero la mentira empieza con la ropa. Y, por supuesto, ésta hiede, como hiede cualquier mentira en nuestro interior. Ya sabe usted lo que son las mentiras interiores, ¿no es cierto? Mentiras de fariseos, las que intentan transformar mendazmente una infamia en un acto honorable. Cualquier persona que desee ser noble, todas las personas que ansían ayudar y ser buenas, forman parte de ese género, el de los fariseos mentirosos. La piel se va deteriorando continuamente en sus capas superficiales, y el olor a podredumbre se pega a la ropa como el resto de los ácidos grasos y otras inmundicias. La ropa limpia es algo que puedo soportar, pero ¿lavarme? Sigo diciendo que es una crueldad en cuanto se convierte en una recomendación higiénica. En sí misma, el agua limpia es algo agradable. Pero las mujeres la utilizan para torturar a los niños, y se alegran del éxito de su maldad. Ellas mismas ni siquiera se lavan la cara con jabón, pues siempre quieren estar listas para ser besadas, y porque una cara enjabonada apesta, mientras que una cara sucia despide aromas voluptuosos, como el cabello sin lavar durante cuatro semanas. ¿Puede, imaginarse a los ángeles lavándose? ¿Con jabón, por ejemplo, y no sólo por placer? ¿Cuál será el aspecto de los ángeles bajo sus vestimentas? —Thomas estaba justo de pie delante de los Ángeles músicos de Van Eyck, examinando con detenimiento cada una de las figuras—. Las épocas viriles se imaginaban a los ángeles como figuras masculinas, pero en nuestro tiempo han sido degradados a muchachitas, y nuestra infame forma de pensar es capaz de otorgar a un ángel con espada de fuego rasgos femeninos. Pero, dígame, ¿cómo estarán concebidas esas criaturas bajo los camisones? ¿Acaso tienen barriga? Y si la tuvieran, ¿hay algo en ellas? Y si lo hay, ¿llega a salir al exterior? ¿Cuál es el aspecto de los aparatos con los que llevan a cabo sus evacuaciones? ¿Hay letrinas allí arriba? ¿Es el trueno el pedo de los ángeles?

A raíz de esa última pregunta, Thomas se sumió en una profunda meditación. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, la cabeza inclinada y la espalda encorvada, avanzó torpemente sin mirar a ambos lados ni prestar atención a Keller-Caprese, que caminaba a su lado en silencio, ya que sabía por experiencia que era mucho más fácil entenderse con su benefactor si se lo dejaba parlotear.

Thomas enfiló hacia la salida; allí se detuvo, cogió el cepillo que allí había y se limpió con esmero los zapatos, a fin de, en cierto modo, enfatizar una vez más la contradicción existente entre su concepto de higiene y el del mundo. Luego se volvió, tirando el cepillo contra el suelo y meciendo el trasero sobre él, como si quisiera clavarse en la barriga el largo mango del mismo; y mientras lo hacía, le dijo a Keller-Caprese:

—Después de todo, las mujeres tienen razón en educarnos para la limpieza y la higiene. ¿Qué pasaría si todos quisiéramos mear en cada esquina, como hacen los perros? Y lo notable es que las madres no conocen en absoluto el motivo verdadero ni el propósito del aseo. En su estúpida inocencia, no se dan cuenta de que lo que les importa de verdad es ver desnudos a sus hijos, tocar esa piel cálida y desnuda y deleitarse con esa sensación, inspeccionar las partes más íntimas y excitables del niño y… ¿No es revelación de un sentido profundo el que la naturaleza obligue precisamente a la madre a dar a sus hijos las primeras lecciones en el goce erótico? ¿Por medio, sobre todo, de su forma de querer desterrar a las regiones más bajas del cuerpo humano el mal olor o la suciedad, del sitio donde Eros acecha con su sonrisa maliciosa? ¿Y no es acaso trágico que le esté prohibido al hombre el intercambio erótico justamente con el ser cuyas manos lo acariciaron por primera vez, cuyo pecho lo llenó por vez primera de placer, un ser al que, por todo eso, ama del modo más ardiente, como nunca nadie pudo amar a nadie, es decir, que le esté prohibido el amor con la madre? Instinto y prohibición, placer y penas del alma, estáis tan íntimamente entrelazados, obrando sobre la vida. Dadnos todo lo noble y lo sublime. —En eso Thomas salió a la calle y, con una infantil risotada, pegó un pisotón en el primer charco de agua que encontró. Y entonces dijo, con cierto aire melancólico:

—Yo no tengo a nadie que me contemple, nadie que me lave. ¡Cuán difícil es llegar a ser adulto! —A continuación, avanzó durante un rato en silencio y, al cabo de un tiempo, empezó de nuevo—: En cuanto a la cuestión de la historia natural de los ángeles, recuerdo que una vez me contaron que San Pedro solía poner bocarriba a los niños pequeños antes de que se convirtieran en ángeles para que no le ensuciaran el cielo. Y si no recuerdo mal, los ángeles alrededor de la Madonna Sixtina de Rafael sólo se componen de cabezas y alas. Quiero decir, los ángeles que están junto a las nubes. Por lo menos los dos de abajo tienen tórax. ¿No recuerda, por cierto, que uno de esos ángeles se lleva un dedo a la boca? ¿No ha meditado usted nunca sobre lo que eso significa? No, por supuesto que no. Pues se lo diré. Si alguna vez, mientras charla con alguien a quien tiene sentado enfrente, ve a esa persona llevarse un dedo a la boca, puede usted dar por cierto que esa persona se calla algo, que se ha impuesto a sí misma un voto de silencio, que guarda un secreto y no quiere revelarlo. Mantiene la boca cerrada en su significado más estricto. Y el ángel de la Sixtina ha de guardar un secreto de esa índole, el secreto más profundo e inescrutable del mundo. La Sixtina no es una imagen cristiana, nos revela simbólicamente el fenómeno originario de la vida, el misterio de la madre. Esa Madonna atraviesa una cortina, otro indicio de que aquí obra algún misterio. Y luego a ambos lados se separan los velos, y aparece la mujer llevando al niño en brazos. Avanza desde lo profundo del santuario, atravesando el cortinaje, obedeciendo a instintos oscuros, hacia el destino de la mujer, mostrando en el regazo del cielo los innumerables brotes de una nueva criatura. Sale al encuentro del símbolo masculino revelado en el brazo extendido y el dedo del Santo Padre, pero no presta atención al dedo, a la virilidad, su mirada se fija en la lejanía, embebida de su feminidad y despojada de toda pasión personal mezquina. El velo de la falsa vergüenza se ha corrido. Ella es la mujer, la idea de la mujer que es, al mismo tiempo, Afrodita y madre. Sólo por un instante el hombre está en condiciones de ver el más profundo de todos los misterios, y la Virgen avanza con su túnica ondeando al viento, y en el instante siguiente desaparecerá de la vista. Su movimiento es circular, un símbolo del embarazo. Todo lo que es redondo es símbolo de los mundos y de la madre. La trinidad de las figuras es, a su vez, la madre. Porque la primera es el hombre, la segunda el matrimonio, la tercera es el hombre, la mujer y el niño: la Santísima Trinidad. Y si incluye en esa mirada a los dos ángeles, tenemos de nuevo el círculo, el símbolo del embarazo cerrándose en torno a esas cinco personas. Pero el tres es también el número del hombre, del varón, algo que puede usted ver por la posición de las figuras que se representan aquí, el hombre, la mujer y el niño, en un maravilloso misterio. Sixto y Bárbara están pintados a distinta altura, y entre ellos aparece erguida la mujer con el niño. Son los testículos y el falo, que aparecen como la madre con el hijo, mostrando de ese modo la fusión del varón y la hembra en el ser humano. Porque ¿quién es del todo hombre o del todo mujer? Somos ambas cosas, indisolublemente convertidos en una unidad. En ese cuadro han pintado el mundo, y no sin razón es la perla de todas las pinturas, algo divino.

Thomas, de repente, soltó una carcajada.

—Recuerdo ahora una ilustración sobre un poema de Goethe, «La noche nupcial». Allí se ve también una cortina sostenida con firmeza por Amor, que se lleva un dedo a la boca con una sonrisa pícara. Amor y el ángel son la misma cosa, y del mismo modo que Rafael dota a la cabecita del ángel de unas alas, Felicien Rops pinta un falo alado. El bien y el mal, lo puro y lo impuro, lo elevado y lo profundo, todo es un sinsentido. A fin de cuentas todo es Dios, y sólo nosotros, los estúpidos humanos, lo censuramos. La Antigüedad todavía intuía esas cosas. Los latinos tiene la misma expresión para lo alto y lo profundo: altus. Pero nosotros, nosotros somos fariseos y no hacemos otra cosa que confesar con orgullo: «Te agradezco, Dios, no ser como ése». ¿No ha visto antes al celador de la galería? Pretendía escupir al mundo, en esa escupidera redonda, pero hubo de escupir sobre sí mismo, porque él mismo se desprecia. ¿Y sabe por qué se desprecia? Porque, en medio de la carne floreciente de la hembra que el divino Rubens pintó, él ha de vagar horas y horas con la sensación de su lamentable impotencia. Porque no posee en ningún modo la savia ni la fuerza, lanza saliva en lugar de semen fértil, como los mocosos adolescentes, cuyos testículos aún no están maduros para practicar el coito con la hembra, pero escupen para fingir virilidad. Ese tipo no tiene mujer, pero la escupidera es un símbolo de la hembra. Sólo que el varón, por sí mismo, está demasiado desvalido, es demasiado flojo para tales actos simbólicos. —Thomas se detuvo de pronto, con la cara en una mueca provocada por un tormento interior, con la mirada turbulenta, fija al frente. Al cabo de unos segundos sacó un cigarrillo, se lo puso en los labios, agarró con más fuerza el siempre presente bastón de paseo y golpeó el suelo con él—. Ahora puede usted irse —dijo, añadiendo casi al instante—. Pero no, espere un momento. Hoy me ha escuchado usted con mayor atención que de costumbre, de modo que merece una recompensa adicional. Aquí tiene. —Le puso a aquel bellaco una moneda de oro en la mano y se marchó.

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XXVIII. OTRA VISITA AL MUSEO, TAN ABURRIDA COMO LA ANTERIOR

Poco después, los dos hombres volvieron a encontrarse en el museo. Thomas parecía tener uno de sus días silenciosos, por lo que Keller-Caprese hubo de aguzar su ingenio para poder entablar una conversación. Ya estaba a punto de disertar sobre el tono dorado en Tiziano y contraponerlo al fondo plateado de las pinturas de Moretto cuando Thomas lo interrumpió con impaciencia.

—Ésas son cosas obvias. Tiziano sabía vivir, y dado que nunca tuvo suficiente dinero, pintaba para conseguirlo. No me interesa el tema. He visto todas las galerías públicas del mundo y el resultado es que me he embrutecido completamente, por lo que ya no veo lo esencial de los cuadros. Lo esencial es el marco. «Si no os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos», dice la Biblia, y para los niños el marco es mucho más atractivo que el cuadro en sí. También estoy convencido de que el niño tiene razón en esto, porque ¿qué quedaría del más hermoso Tiziano si su pintura quedase enrollada en un rincón cualquiera? Por mucho que me esfuerzo, no soy capaz ya de encontrar en mí el entusiasmo necesario por los marcos. La presentación es lo esencial en las cosas. Lo sé muy bien, pero me molesta en lugar de entusiasmarme. La manera en que la humanidad es guiada para que considere bello, noble o bueno esto o aquello, me resulta interesante cuando me ocupo del asunto en contextos más amplios, cuando, por así decirlo, veo un marco grande, enorme, de colores chillones. Lo esencial del fenómeno aislado es algo que no veo. Por tal razón me embaucan y soy blanco de las burlas. Y ello se debe únicamente a que desde la infancia me gustaba ser grande, jugaba a ser adulto. Nada era para mí lo suficientemente sublime, lo suficientemente grande, lo suficientemente amplio. Por eso me crecí y engordé tanto, y por eso me volví tan estúpido —dijo, suspirando pesadamente y sumiéndose de nuevo en una embotada cavilación.

Keller-Caprese, impaciente, se sobó el bigote. Le resultaban incómodos esos estados de ánimo de quien le daba de comer, sabía que se aproximaban para él tiempos de escasez si Thomas se sumía en el mutismo. Decidió entonces estimular al gordo loco con una réplica:

—Lo que usted dice es una estupidez fenomenal. El meollo, el contenido, la imagen misma es lo que es digno de verse. El marco será necesario, tal vez, pero no es lo esencial. ¿O es que pretende afirmar, en serio, que importa más el marco de la Sixtina, a la que no hace mucho dedicaba sus loas, que la pintura en sí?

Thomas se enfureció tanto que la saliva salió de sus labios en una lluvia de salpicaduras:

—¿Y yo llevo esforzándome con usted varias semanas para que ahora me cante aquí el cacangelio de los filisteos? Vaya usted enfrente, a la Galería Nacional, y contemple allí los cuadros de escaso valor que eran obras maestras hace veinte o treinta años, sólo porque los periódicos y la camarilla del arte (es decir, los marcos), causaron sensación en su momento. Uno se hizo famoso por llevar un rizo cayendo sobre la frente, y el otro porque trataba a las mujeres como putas, y otro porque organizaba buenos banquetes; otro, a su vez, porque soltaba obscenidades; y al lado de ellos encontrará una pintura inolvidable que era contemplada con admiración porque el pintor usaba el color rojo para cosas con aspecto verde, o porque no pintaba nada, sino que hacía bocetos sobre un cartón al carboncillo. Con los cuadros antiguos las cosas no son diferentes. ¿La Sixtina? Hace un siglo y medio se vendió por un precio ridículo. A nadie le interesaba el cuadro, y ni un hombre como Goethe creyó que valiera la pena el esfuerzo de mencionarla siquiera. Por entonces era todavía, realmente, una obra de Rafael. Pero luego la restauraron y la sobrepintaron, de modo que en ella ya no queda pincelada originaria de Rafael, y es ahora cuando se ha cobrado fama, convirtiéndose en la perla de toda la pintura. La cháchara de nuestros historiadores del arte y de nuestros estetas, cuya profesión consiste en falsificar la verdad, al igual que hacen los historiadores, es lo esencial en la Sixtina, en Miguel Ángel, en Rembrandt, en Rubens. Si nosotros, todos, no sufriéramos de flatulencias estéticas, nadie volvería la cabeza para estudiar las excrecencias al óleo de esos pintores, salvo un par de coleccionistas para los que esos cuadros tienen el mismo valor descabellado que podría tener una pieza única para el filatelista. La grandeza del hombre se crea primeramente a través del grito, el grito del hombre que es demasiado impotente para procrear, pero que juega a hacerse el adulto lleno de savia y hace como el adolescente, que al hablar imitan una grave voz de bajo. En el fondo, el gran hombre no se diferencia en nada de la gente común y corriente. La verdadera grandeza del hombre no se basa en sus méritos, sino en la manera en que piensa sobre los mismos. El que cacarea como una gallina porque ha puesto un huevo, ése se lleva su recompensa. Y me molesta olvidarlo, dejarme engañar por esos actos adultos de hombres infantiles. Un libro ilustrado como Pedro Melenas vale diez veces más que todo este museo, y es mil veces más profundo que todas las patrañas en torno a Rembrandt, y mil veces más importante también. De Pedro Melenas emana abundancia de sabiduría.

A Keller-Caprese le pareció oportuno echar más óleo al fuego.

—Estaba pensando —dijo, dejándose caer en uno de los asientos— en por qué nos resulta tan difícil estar de pie, y al mencionar usted Pedro Melenas reconozco, de repente, a qué se debe. Me vino de inmediato a la mente el libro de Wilhelm Busch Max y Moritz, la imagen en la que el sastre es sacado del agua por los gansos, y entonces vi claramente que mientras usted hablaba yo he mantenido la mirada fija en el cuadro de Correggio Leda con el cisne. Gansos y cisnes están emparentados. Delante del cuadro había hace un momento dos estudiantes de bachillerato, y por su cara se notaba lo que les estaba pasando por la cabeza. Ello despertó en mí recuerdos que pesan gravemente en mi alma.

Thomas quedó como electrizado. Se sentó junto al pintor, se le enganchó del brazo y rio, satisfecho.

—Vea cómo influye sobre mí. Me veo obligado, de inmediato, a meter mi brazo en el círculo formado entre el suyo y su cuerpo. Ahí tiene usted otro fragmento del marco que hace famoso al pintor, los objetos que él pinta. Todos nuestros conceptos de belleza se derivan de la añoranza por encontrar una abertura en la que poder meternos. Hombre y mujer, la forma extendida o la forma redonda, ahí está todo. Si toma, además, el ejemplo del triángulo, que representa al hombre, verá claramente lo que es bello. El número tres; ahí lo tiene. Le hablé de ello hace poco. A propósito de los testículos: los testis crean, procrean. Recuerde el dicho: «Por boca de dos testigos, se revela la verdad». Esos testigos (y el latín lo demuestra al igual que el alemán), son los contenedores del semen, y su boca ya sabe usted cuál es. Quien quiera indagar en la verdad, que pregunte a su «varita» mágica. Allí la encontrará. El misterio.

El loco sacó su brazo del de su compañero de asiento y, con gesto devoto, plegó las manos.

El pintor se dio cuenta de que estaba ganando terreno y continuó echando leña al fuego.

—No cabe duda de que la justicia, con todo lo que conlleva, proviene del deseo. Cherchez la femme.

En ese momento entraba en la sala una parejita elegantemente vestida, una joven mujer, muy guapa, que caminaba con paso aburrido y lánguido al lado de su acompañante, un hombre alto y corpulento que, a su vez, avanzaba con expresión malhumorada un paso por delante de ella y sin prestar demasiada atención a ningún cuadro. Keller-Caprese los siguió con ojos ávidos.

—Es un buen chiste lo de representar a la ley como una diosa, pues todos sabemos lo parciales que son las mujeres.
—Si la verdad está en el aparato sexual del hombre, la indagación en pos de la verdad no podría simbolizarse mejor que a través de la mujer —respondió Thomas, meneando suavemente el cuerpo de un lado para el otro y representando involuntariamente esa indagación en la verdad—. ¿Quién mejor que la mujer sabe algo de la verdad? Y el hecho de que ella lleve una venda sobre los ojos… —dijo, sin acabar la frase, pues en ese instante recordó al vendedor de naranjas del viaje hacia Berlín, y se llevó las manos a los bolsillos convulsivamente.
—Cierra los ojos, cierra los ojos, y no verás nada, no oirás nada, nada de ello sabrás —tarareó el pintor.
—Sí —dijo Thomas—, la exhaustividad de la indagación se fortalece con la intensidad del goce. Esa venda podría entenderse tal vez como la manera de cerrar los ojos en el momento de máximo…
—Vea eso —dijo el pintor, señalando excitado hacia la pareja—. Es interesante. Siento curiosidad por saber cómo se desarrollará.

El caballero se había detenido delante del cuadro de Leda y lo había contemplado detenidamente durante un buen rato. Una inquietud apenas visible se manifestaba en él, identificable sólo por el hecho de que aireó un poco el sombrero y se lo acomodó. Entonces, por primera vez, se volvió hacia su mujer, que hacía como si se interesara por una obra de Tintoretto. Él le hizo una señal y luego la llamó por primera vez por su nombre. Con ostentosa desgana, la mujer se le acercó y echó una ojeada de afectada indiferencia al cuadro, metió las manos en el manguito de armiño que llevaba, siguiendo la moda, a pesar de ser verano, y se volvió para continuar. Su marido la retuvo por el brazo y le susurró algo al oído. Entonces ella se acercó más al cuadro. Al cabo de un tiempo sacó la mano del manguito, se enganchó de su marido y se acurrucó contra él.

—Mira, mira —dijo el pintor, guiñando un ojo—. Aún se muestran receptivos ante las obras de arte. Apostaría a que ambos se meterán en la cama dentro de cinco minutos.
—Eso, si no encuentran ocasión antes —dijo Thomas, pensativo—. Sucede algo curioso con el amor. La gente se figura que se ama mutuamente, pero a decir verdad a quien aman es a Leda, o aman el cisne.
—El resultado es el mismo —acotó Keller-Caprese.
—Es cierto —admitió Thomas—, pero no por ello se engañan menos. Y lo que acabamos de ver ocurre en cualquier teatro, en cualquier compañía, en cualquier calle, a cada paso. La joven pareja dichosa riñe incluso de camino al baile, pero con la ayuda de unos pantalones bien ajustados sobre el trasero de un teniente de húsares, o del escote amplio de la reina del baile, el odio se transforma en amor ardiente, al punto de que ya durante el viaje de regreso las vestimentas quedan relegadas al compartimento del equipaje. Lo que llamamos amor es igual en el hombre o en la mujer, esas pequeñas criaturas: no es más que la traducción de una excitación voluptuosa causada por este o aquel actor, por este o aquel otro libro, proyectada sobre el objeto que nos ha confiado el cura. Es como en la coronación de un káiser. Una fuente de vino que fluye se levanta en la plaza del mercado, y cualquiera puede llenar su barril con él. La fuerza del amor y su abundancia es rica como la de un káiser, pero no se vuelve mejor por el hecho de que el carnicero nombre como propio el vino del emperador, ni se vuelve más noble porque añadamos palabras como fidelidad inquebrantable o amor eterno. Un concepto como el de la fidelidad es mera tontería, un invento de las mujeres para mantener sujetos a sus hombres, mientras que ellas pueden satisfacer sin perturbarse los pecados de su pensamiento. El adulterio es permanente, y el amor una cadena ininterrumpida de infidelidades sucesivas, mientras que el juramento de lealtad es un recurso concebido por la perfidia humana para que sirva en cualquier momento como pretexto para descargar malos humores y los propios sentimientos de culpabilidad.

Keller-Caprese se dobló de la risa, dándose manotazos en la rodilla.

Thomas iba ganando en ardor al ver el éxito de su cháchara.

—¡No cometerás adulterio! No se podría existir si no fuéramos adúlteros a cada momento. ¡No matarás! Matamos seres vivos cada vez que tomamos aliento. Arrancamos flores, sacrificamos ganado, lo cual es una estupenda ilustración del quinto mandamiento. ¿Y matar seres humanos? Toda jovencita nace con veinte mil óvulos, y antes de alcanzar la madurez sexual ya han sido asesinados diecinueve mil de esos hijitos potenciales, y el hombre sacrifica continuamente miles de los hijos que lleva en la bolsa. No usarás el nombre de Dios en vano, de ahí viene la palabra «adiós». Me gustaría saber qué otra cosa podemos hacer si no es blasfemar cuando consideramos a Dios el responsable de todo lo bueno pero le retiramos sus poderes sobre el llamado mal y se lo atribuimos al diablo. El concepto del pecado es ya, de por sí, una blasfemia contra Dios.

Keller-Caprese empezó a persignarse nuevamente, pero esta vez en secreto, pues temió a la furia de su benefactor.

—Todas las leyes del Sinaí son precisamente un chiste del viejo Moisés, y él tenía muy buenas razones para cubrirse la cabeza cuando llevaba consigo las célebres tablas. La risotada lo hubiera descubierto.

El pintor empezó a sentirse muy incómodo, y desvió enérgicamente la conversación hacia otros cauces.

—Sus palabras me recuerdan a Pedro Melenas, del que me habló anteriormente. ¿Recuerda la última página, en la que Robert es llevado por los aires por su propio paraguas? Así me lo imagino a usted.

Thomas frunció el ceño y dijo con tono gruñón:

—Al parecer entiende usted poco de ese maravilloso libro. Antes le insinuaba que la sabiduría del universo queda anunciada en Pedro Melenas. Si bien resulta factible aplicar a una persona individual ciertas verdades generales, sucede también que el ropaje de las circunstancias individuales es demasiado ancho, y se arrastra, queda holgado, por lo que es de mal gusto hacer algo así. El Roberto volador, alzado por los aires por su paraguas, mantiene un paralelismo con la pequeña Pauline, la de las cerillas. ¿Sabe ya usted lo que significa desplegar un paraguas?

Keller-Caprese cometió la estupidez de asentir, al tiempo que hacía un gesto tranquilizador con la mano, plenamente convencido de que sabía lo que era un paraguas. Pero con ello, Weltlein no había expresado de manera clara el curso de sus ideas.

—Pues bien —continuó Thomas—, el escritor-pintor quería decir con eso que el abrir un paraguas a una edad inmadura provocaba la tuberculosis, un criterio que en la época de este genial loquero era muy habitual, e insinúa que el joven Robert, arrastrado por el paraguas rojo (y preste atención al rojo y a la forma de la nube, son muy significativos), se va haciendo cada vez más pequeño. Pero el genio que guiaba su mano colocó tras esa simbolización intencionada otra más profunda. Robert vuela por los aires, acercándose cada vez más al cielo, a la perfección. Sin que el artista, en la limitada necedad de su oficio, lo sospeche, expresa la sabiduría más profunda, diciendo que ese supuesto vicio es la condición y la raíz de todo progreso, que eleva a la humanidad hacia el mundo del ideal.

Thomas guardó silencio, y Keller-Caprese, que estaba a punto de echar una cabezadita, se despertó de su modorra y se frotó los ojos.

—¿Y la pequeña Pauline? —preguntó.

Thomas rio.

—¿La pequeña Pauline? Ella hace lo mismo que usted: frotar. Frota la cerilla contra la lija hasta que saltan las llamas y la devoran. El ojo y la caja, ambas cosas son símbolos del secreto de una jovencita. También aquí, tras la advertencia de no abusar del dedo, se oculta una profunda glorificación de ese primero y primitivo instinto humano, el del amor propio. La invención de la luz y del fuego nos sale al paso, expuesta por el trágico dolor del auténtico poeta, que deja que su heroína se consuma en la perfección, sirviendo de manera inconsciente a la humanidad. Y qué agradable es que el poeta mencione a los gatos, ese símbolo de lo femenino en todos los idiomas, esos chais y cats. El sueño del efluvio, el fuego de la excitación se apaga. Un arroyuelo en los prados, es, como bien se dice, inofensivo para los no iniciados, pero profundo para los que saben.
—Oigo el rumor de un arroyuelo —canturreó Keller-Caprese.

Thomas lo miró con expresión severa.

—Su alusión es inadecuada —dijo, levantándose y caminando hacia la salida.

El pintor hizo una mueca a espaldas de Weltlein y lo siguió con paso lento. Reflexionó sobre cómo dar un nuevo giro al estado de ánimo de aquel bolsillo repleto de oro que caminaba delante de él. Finalmente, se detuvo delante de un enorme cuadro de Veronese, se puso la mano delante del ojo izquierdo como si usara un catalejo y gritó:

—Weltlein, venga, tiene que ver esto, este tratamiento de la luz y esta combinación de colores.

Thomas ni siquiera se dio la vuelta, algo tenía que haberle molestado. El pintor lo alcanzó antes de llegar a la salida.

—Pero ¿qué le pasa, Weltlein? —le preguntó, seriamente preocupado, ya que consideraba que el buen humor de su víctima era la única garantía de un almuerzo copioso.
—¿Es que no ha visto ahí arriba a un niño en pañales? ¿Tampoco lo ha oído gritar? —le preguntó Thomas.
—¿Un niño en pañales? No. ¿Dónde estaba? —Keller-Caprese miró a su alrededor, como si abrigara la esperanza de corroborar, a través de los muros del edificio, la existencia de ese niño que gritaba.
—Frente a nosotros colgaba un cuadro, un cuadro… Pero es usted tan estúpido que da asco. No ve usted nada ni oye nada; no oye esos terribles gritos del atormentado hijo de Dios, que reposa en los brazos de la madre, medio asfixiado entre pañales. Está gritando, gritando —Thomas se tapó los oídos—, y nadie, aparte de mí, parece oírlo.

El pintor empezó a comprender.

—¿Se refiere al niño jesús en la Madonna de Mantegna?
—¡Y todavía me pregunta! ¡Me lo pregunta! —Thomas vociferaba hacia el mundo, y continuó andando con largas zancadas, tapándose los oídos con los dedos —. Infeliz, se trata de un símbolo, o de una sátira —dijo, calmándose de repente y dejando caer las manos—. Una sátira, por supuesto. ¿Cómo pude ser tan estúpido de asustarme? —dijo, y se detuvo; agarró al pintor por el botón de la levita y le puso el dedo índice de la otra mano sobre el pecho—. Vea usted, tras ese niño en pañales que grita en silencio se ocultan todos los niños pequeños que han sufrido el maltrato de sus madres con el pretexto del amor y de los cuidados. Madre e hijo, eso es un capítulo aparte, singular. Primero, las mujeres expulsan a esas criaturas indefensas de sus barrigas, donde habían estado tan calentitas y tranquilas, y las echan fuera con tal brutalidad que el encargado de un club nocturno podría aprender de ellas.

Keller-Caprese miró a su monedero andante con tal rabia, que Thomas, divertido, le arrancó el botón que tenía agarrado. Lo miró, se lo puso delante de las narices al pintor y continuó:

—Un botón, un ombligo, ya es mucho que un ser humano todavía inacabado no intente estrangular al niño con el cordón umbilical, pero las cosas no suelen acabar para la criatura sin una cara aplastada o un ojo hinchado. Es decir, de ese hecho, el del maltrato, la mujer deriva su derecho a paralizar al niño durante toda su vida, con el pañal de esa conocida frase: «Yo soy tu madre». Osa decir incluso que no hay nadie que esté más cerca que ella del hijo o de la hija. «Si no conoceré yo a mi hijo; mi hijo no haría una cosa así». Y bien —continuó, triunfante, cuando Keller-Caprese bajó la cabeza con un escalofrío—; ya conoce usted la melodía, usted también nació entre dolores y se lo han reprochado miles de veces. Como si nos preguntaran primero o nos resultase placentero que nos tiraran escaleras abajo, con la cabeza por delante. Pero así son las mujeres: piensa siempre en lo que diría tu madre si hicieras algo malo. ¿Conoce usted también el fajero? —Thomas había soltado a su interlocutor y empezó a fingir, con auténtica rabia, que envolvía a un bebé con la mano derecha, un bebé al que fingía sostener con la mano izquierda, y lo envolvía con tal fuerza, apretándolo tanto, que no cupo duda de lo convencida que estaba aquella madre en pantalones de sus derechos maternos—. Y luego ese, asno, el padre. —Los ojos de Weltlein brillaron por un instante con odio, y de esa sensación pareció contagiarse su interlocutor, o por lo menos éste apretó el puño—. Se queda allí, de pie, admirando el sagrado oficio de la madre. No hay de qué asombrarse, su mujercita le llena las orejas de atractivas palabras eróticas, lo llama ángel y le insufla una maravillosa música celestial; lo envuelve con horas de amor, y nadie escucha el callado grito del niño, nadie salvo yo. Y ese astuto truco de las mujeres de maltratar y arrogarse por ello un derecho sagrado lo han copiado de ellas todas las bestias. Y entonces le llega el turno a la escuela, donde se afirma tener derechos sobre la carne de los niños, y luego a la profesión, que habla de obligaciones, y más tarde al Estado, que nos sermonea y exige que profesemos amor a la patria mientras nos vacía los bolsillos o nos usa como carne de cañón; y, finalmente, está la Iglesia, que, como se sabe, tiene el estómago más grande, y predica su unción sagrada de Dios y el pecado. Pero nada de eso puede competir con la mujer. Ninguno de esos poderes puede decir: «Yo te he llevado bajo mi corazón»; porque hasta eso se atreven a decir, se vanaglorian no de llevar a sus hijos en el corazón, sino debajo, y ninguno tiene una consigna tan bonita como la de «Eres sangre de mi sangre». Ellas se imaginan seriamente que han hecho al niño, mientras que son los niños los que las han hecho a ellas. ¿Conoce usted a Agathe? ¿No? Pues Agathe es mi hermana. Por cierto, ya sé que eso no le incumbe. Pero ella también es como esos pañales, uno con lazo, con un lacito en el sombrero de color violeta, probablemente, como la flor llamada violeta, para vanagloriarse de su modestia. Pero las violetas se hacen notar por su olor y crecen en tales cantidades que… Pero en fin, mi hermana… —Pensar en Agathe trastocó de tal modo la lógica del loco que perdió el hilo de lo que decía—. ¡¿Dónde me quedé?! Sí, ya, en la violeta. Usted decía antes algo del color, ¿qué era?
—Un Veronese —respondió Keller-Caprese.

Thomas lo miró lleno de recelo cuando el pintor se pasó la lengua por los labios, que se le habían resecado mientras escuchaba, rígido del susto, aquella retorcida tirada contra las madres.

—Usted habrá pensado, viejo amigo, en la Cena en casa de Leví, de Veronese, pero como castigo por su gula tendrá que escuchar todavía un tratado sobre los colores —dijo Thomas, obligando a su amigo a tomar asiento en un banco; luego se plantó delante de él, con una mano a la espalda y la otra sobre el pecho—. Empecemos, por lo tanto, con el rojo, el color del amor. Ve usted de inmediato una serie de asociaciones. Rojos son los labios con los que se balbucean palabras de amor y con los que se besa. Pero rojo es también lo que unos labios avergonzados tapan, el seno de la mujer. Roja es la sangre que fluye por ella. Y roja es también la nariz del hombre distinguido, como la mía. No se ría, Keller-Caprese, si no lo pondré a hacer penitencia. Por lo tanto, hemos unido en el rojo varias cosas: el amor, la sangre y la…
—¡La bebida! —completó el discípulo.
—El vino tinto, correcto. Muy bien. Usted, Keller-Caprese, cuando se lo propone, puede; pero no se lo propone nunca. No me contradiga, le conozco. Es usted un hombre básicamente inútil. No llegará a nada. Salga a la calle y conviértase en picapedrero. En fin, recapitulemos: tenemos el amor, el asesinato y el…
—El vino tinto —completó de nuevo el discípulo.
—La bebida, correcto. Keller-Caprese, usted, si se lo propone, sabe. Y pasemos ahora al verde, como en la física. Si uno ha estado un rato contemplando el rojo, verá aparecer el color verde sobre una superficie blanca. En su jerga a ésos se los llama colores complementarios. En fin, el verde. El verde es el color de la fidelidad. Siempre verde. Curiosamente, todas las mujeres afirman que la fidelidad es azul, que es el color de la esperanza, ya que el cielo es azul. Pero dado que a lo único que ellas guardan fidelidad es al instrumento en el que confían y a través del cual pueden conseguir esa confianza, y dado que no saben qué hacer con el reino de los cielos, sino que sólo aman el ardiente, húmedo y oscuro infierno, llevándolo consigo todo el tiempo, confunden confianza y fidelidad y lo llaman verde azul. Tal vez aquí se exprese también el instinto maternal. Al niño varón le ponen lazos azules en los cojines y es, él mismo, un chico verde, lleno de esperanza. Que el diablo nos encuentre, y mucho más si usted sonríe. El diablo es el único que conoce a las mujeres. Bueno, ya sabe, el diablo de Boccaccio, ¿o es que ya tampoco se acuerda? Debí imaginarlo, pero no tengo tiempo de ocuparme de su desidia. Léalo en el Decamerón, el cuento de la joven en el desierto de Tebas. Pero volvamos a la mezcla de los colores, al color blanco, el color de la inocencia y de la pureza, probablemente porque ellos dos hacen la mezcla. El blanco es también el símbolo de la inocencia y la pureza: la paloma, que como se sabe es el animal más lascivo que existe, y el más sucio; sin embargo, el cerdo, al que siempre llaman sucio, es tan puro que se construye su propio retrete en la cochiquera. Por eso se habla también de pureza infantil e inocencia infantil, aunque se sabe muy bien que los niños son unos cerdos, física y psíquicamente. Al diablo con el lenguaje. Es un invento estúpido. Quién puede orientarse en él: paloma, niño, cerdo. Sin embargo, la madre llama a su hijo, con suma frecuencia, mi cochinito, lo cual nos hace llegar a la conclusión retrospectiva de que ella misma es una gran cerda. Es obvia la idea de que los hombres han escogido el blanco como color de la inocencia porque matan con tanta frecuencia en sus pensamientos a las personas que fingen amar, sus parejas, sus hijos o sus padres. Lavarse con el blanco de la inocencia les da la ventaja de poder seguir abrigando sus ideas asesinas con la apariencia de la pureza. Pero blanco es también…
—El vino blanco. —El pintor se había puesto de pie de un salto y continuó hablando con vehemencia—: Usted me dice: «Muy bien, Keller-Caprese, usted, cuando se lo propone, puede…». Bla, bla, bla… Pero ya tengo la lengua pegada al paladar de oír su cháchara, y usted continúa dale que te dale, sin darse cuenta de lo reseco que está su interior.
—El amarillo es el color de la envidia, y usted es un envidioso, querido amigo. Por lo demás, tiene razón: vayamos a comer. Conozco una estupenda taberna junto al puente de Hércules…
—Por el amor de Dios —gimió el pintor—, hay restaurantes por aquí cerca. Me muero de hambre, y de sed…

Thomas metió la mano en el bolsillo:

—Tenga —dijo, entregándole la habitual moneda de oro—. Puede usted comer por aquí cerca. Yo iré hasta el puente de Hércules.

Keller-Caprese hizo desaparecer la moneda en el bolsillo del chaleco.

—Prefiero comer acompañado —dijo—, es más divertido y…
—Barato —dijo Thomas, soltando una carcajada y arrastrándolo consigo.

De esa visita al museo no se sabe nada más, sólo que al día siguiente Keller-Caprese despertó a medio vestir en la bañera de Weltlein, cuando Thomas abrió el grifo del agua caliente que estaba justo encima.

(Continuará…)

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