Bajo pena de muerte (I)

George Simenon

 

 

 

CAPÍTULO I

El ojo de uno y la pierna de otro

El primer mensaje era una tarjeta postal en colores que representaba el palacio del Negus, en Addis-Abeba. Llevaba un sello de Etiopía, y decía lo siguiente:

«Siempre acaba uno por encontrarse, grandísimo canalla.
Bajo pena de muerte, ¿te acuerdas?
Tu viejo amigo, Julio.»

La postal estaba fechada siete meses antes. De hecho, Oscar Labro la había recibido unas semanas después de la boda de su hija. Por aquella época, todavía tenía la costumbre de levantarse a las cinco de la mañana para ir a pescar en su barco. Cuando regresaba, a eso de las once, el cartero solía haber pasado ya, y depositado la correspondencia en el anaquel del paragüero del pasillo.

Era asimismo la hora en que la señora Labro arreglaba las habitaciones del piso. ¿Habría bajado ella mientras se hallaba la postal bien visible, con sus vivos colores, en el anaquel? Nada le dijo sobre ello. Su marido la espió, sin resultado. ¿Tal vez el cartero —que hacía de carpintero por las tardes— habría leído la postal? ¿Y la señorita Marta, empleada de Correos?

El señor Labro continúo yendo a pescar, pero ahora regresaba más temprano. A partir de las diez, antes de que el cartero saliese a hacer su recorrido, se le podía encontrar en la estafeta esperando a que la señorita Marta acabase de clasificar el correo. Mientras ella hacía ese trabajo, el señor Labro la miraba a través de la ventanilla.

—¿Hay algo para mí?
—Los periódicos y unos impresos, señor Labro. Y también una carta de su hija…

Con lo cual se demostraba que la empleada tenía tiempo de examinar los sobres, de leer lo que en ellos iba escrito y hasta de reconocer el carácter de la letra.

Quince días después, por fin, llegó una segunda postal. La empleada, al dársela, exclamó como la cosa más natural del mundo:

—¡Vaya! Es del loco…

Eso quería decir que había leído la primera. Esta de ahora no procedía de Etiopía, sino de Djibuti, y reproducía una blanca estación bañada de sol.

«Aguarda, bribón. Algún día hemos de vernos las caras.
Bajo pena de muerte. ¿Verdad que me entiendes?
Julio.»

—Es un amigo que le gasta una broma ¿verdad?
—Una broma que no tiene gracia.

De todo aquello se desprendía que Julio se iba acercando. Un mes después todavía estaba más cerca, porque su tercera postal, que representaba esta vez la vista de un puerto, había sido fechada en Port-Said.

«No te olvido, no. Bajo pena de muerte, amigo mío. Porque
conviene decirlo, ¿no te parece? Tu incondicional,
Julio.»

Y, desde aquel día, el señor Labro dejó de ir a pescar. De Port-Said a Marsella apenas hay cuatro o cinco días de navegación; depende del barco que sea. Y desde Marsella a Porquerolles, sólo unas horas de tren o de autocar.

A partir de aquel momento, se podía ver al señor Labro todos los días, salir de su casa a eso de las ocho, en pijama, batín y zapatillas. Si bien es verdad que Porquerolles es uno de los rincones más maravillosos del mundo, con sus claras casitas pintadas de verde pálido, azul, amarillo, o rosa, no es menos cierto que la casa de Labro era la más bonita del lugar. Se la reconocía desde lejos por su galería rodeada de geranios rojos.

Mientras fumaba la primera pipa del día, el señor Labro bajaba al puerto. Es decir, recorría apenas cien metros, torcía a la derecha por delante del hotel, y descubría el mar.

Paseándose de esta forma daba la sensación de ser un apacible burgués o un tranquilo jubilado que vagaba sin objeto de un sitio a otro. Por otra parte, eran varios los que se reunían a aquella hora en el muelle. Los pescadores recién llegados del mar, escogían el pescado y se ponían a remendar las redes. El encargado de la cooperativa esperaba con su carretilla de mano. El mozo del «Hotel du Langoustier», apostado en el extremo más avanzado de la isla, se estacionaba también con su carreta tirada por un burro.

En una isla que sólo tiene cuatrocientos habitantes, todo el mundo se conoce y se interpela por el nombre o por el apellido. Labro era casi el único a quien llamaban señor, en parte porque no trabajaba y tenía dinero, y en parte porque, durante cuatro años, había sido alcalde de la isla.

—¿No va a pescar hoy, señor Labro?

Él refunfuñaba cualquier cosa. A aquella hora, el Cormorán, que había salido de Porquerolles una media hora antes, arribaba a la punta de Gienes, al otro lado del agua reverberante, en el continente, o, como decían los isleños, en Francia. Del barco sólo se distinguía una pequeña mancha blanca. Según el tiempo que permanecía amarrado, los de la isla colegían si embarcaba muchos pasajeros y mercancías, o si, por el contrario, regresaba casi vacío.

Eran ciento sesenta y ocho veces, mañana tras mañana, las que el señor Labro había acudido a su misteriosa cita. Todos los días veía al Cormorán separarse de la punta de Gienes y avanzar, bajo el sol, hacia la isla; lo veía tomar cuerpo y poco a poco iba distinguiendo las siluetas de los que estaban en el puente. Finalmente, era posible reconocer todos los rostros, y los de uno y otro lado comenzaban a interpelarse mientras duraba la maniobra de atraque.

El encargado de la Cooperativa subía a bordo para descargar las cajas y los barriles. El cartero amontonaba las sacas de correspondencia en una carretilla. Y grupos de turistas se afanaban en tomar fotografías o seguían al «gancho» del hotel.

¡Ciento sesenta y ocho veces! Bajo pena de muerte, como decía Julio.

Al lado del emplazamiento reservado al Cormorán, balanceándose en el extremo de un cable que se atirantaba o aflojaba, según el movimiento del mar, estaba el barco del señor Labro, que había sido construido en el continente. Era el más hermoso barco de pesca que se puede imaginar, tan bonito, tan meticulosamente barnizado, y hasta tal punto adornado de cristales y planchas de cobre, que lo llamaban “El Armario de Luna”.

Al correr de los años, mes tras mes, el señor Labro lo sometía a toda clase de perfeccionamientos para hacerlo más confortable y más agradable a la vista. Aunque la embarcación sólo medía cinco metros de eslora, la dotó de una cabina superpuesta en la que se podía permanecer de pie. Dicha cabina tenía los cristales biselados, por lo que, más que un armario, parecía una vitrina. Eran, pues, ciento sesenta y ocho días los que llevaba sin servirse de su barco. Iba al muelle en pijama y zapatillas para seguir después la carretilla del cartero y conseguir de ese modo que le sirvieran el primero en la estafeta.

Tuvo que aguantar cerca de seis meses a que llegara la cuarta postal, fechada en Alejandría, Egipto.

«No te desesperes, viejo amigo. Bajo pena de muerte.
¡Más que nunca! Por aquí, cae un sol de justicia.
Julio.»

¿Qué hacía por el camino? ¿A qué se dedicaba? ¿Cómo sería? ¿Qué edad tendría? Por lo menos unos cincuenta años, puesto que estos eran los que contaba el señor Labro.

Siguió Nápoles. Luego, Génova. Debía de ir avanzando en sucesivos barcos de carga. Pero, ¿por qué se detenía varias semanas en cada escala?

«Ya llego, granuja de mi alma. Bajo pena de muerte, claro está.
Julio.»

Inopinadamente llegó otra postal con sello portugués. Eso significaba que Julio no se había detenido en Marsella, sino que se desviaba de la ruta y se alejaba.

Pero, ¡ay!, Burdeos… Volvía a acercarse. Una noche de ferrocarril. Pero no. La postal inmediata procedía de Bolonia, y la siguiente de Amberes.

querido amigo. Hay tiempo. Bajo Julio.»

—Tiene usted un amigo muy bromista —decía la empleada de Correos, que había llegado al extremo de esperar el recibo de las tarjetas postales para fisgonearlas.

¿Hablaría de ellas a los demás?

Pues bien. He aquí que aquel viernes, en una mañana maravillosa, con un mar como una balsa de aceite, sin una sola onda sobre aquel agua de un azul deslumbrador, se produjo súbitamente el tan esperado acontecimiento.

¡Julio estaba allí! Labro tuvo esa certidumbre cuando el Cormorán distaba todavía más de una milla del muelle y aparecía a la vista poco más grande que un barquito de juguete. En la proa se distinguía una oscura silueta, como un mascarón antiguo; una silueta que, incluso a aquella distancia, parecía enorme.

¿Por qué había supuesto Labro que aquel hombre tenía que ser enorme? Se agrandaba a ojos vistas. Se mantenía inmóvil de pie sobre la roda, que hendía el mar haciéndose con él una especie de bigotes de plata.

El antiguo alcalde de Porquerolles se quitó un momento las gafas ahumadas que solía dejar encima de la mesilla de noche cuando se acostaba y que se ponía cuando se levantaba. Mientras limpiaba los cristales empañados, dejó al descubierto su ojo sano. Por el otro, semicerrado, no veía desde hacía mucho tiempo.

Después volvió a ajustarse las gafas con un movimiento lento y casi solemne y dio una chupada maquinal a su apagada pipa.

Era también un hombre alto y corpulento, aunque de una gordura adiposa. El que iba en la proa del Cormorán era aún más alto y más fornido. Llevaba un ancho sombrero de paja y vestía pantalón de tela oscura y una chaqueta negra de alpaca.

Esas prendas, muy anchas y flojas, le hacían parecer todavía más voluminoso. Lo mismo ocurría con su inmovilidad.

Cuando el barco estuvo más cerca y todo pudo verse con detalle, el hombre se movió al fin, como si se despegase de un pedestal. Se puso a andar por el puente, levantando a cada paso el hombro derecho, o, mejor dicho, todo su lado derecho, para volverlo a dejar caer casi al unísono.

Se acercó a Bautista, el capitán del Cormorán, que estaba en su cabina encristalada, y le habló. Labro hubiera querido oír en seguida el timbre de su voz.

Con un movimiento de cabeza mostró las siluetas alineadas en el muelle, y Bautista extendió la mano, señalando a Labro con el dedo, al mismo tiempo que decía algo, probablemente:

—Es aquel.

Después, Bautista mostró otra cosa con el índice, “El Armario de Luna”, a la vez que explicaba, seguramente:

—Y ése es su barco…

La gente hacía los ademanes y pronunciaba las palabras de todos los días. Echaron la guindaleza y un pescador la amarró a su bita. El Cormorán, después de recular, atracó al fin. El hombre aguardaba tranquilamente, inmóvil, sin que su vista, al parecer, se fijase en nada determinado.

Para bajar a tierra tuvo que levantar mucho su pierna derecha. Labro se dio entonces cuenta de que se trataba de una pierna de madera. El recién llegado golpeó con ella el suelo del muelle. Se volvió al mismo tiempo que un marinero le alcanzaba una vieja maleta, al parecer muy pesada, y que debía haber sido muy maltratada a lo largo de su prolongada existencia, puesto que había tenido que ser asegurada con cuerdas.

El señor Labro se quedó quieto como un conejo hipnotizado por una serpiente. Aquél que sólo tenía una pierna y aquél que sólo tenía un ojo, se hallaban frente a frente, a pocos metros del uno del otro. Sus siluetas eran parecidas: eran dos hombres de igual edad y de la misma fuerza y corpulencia.

Con un modo de andar que la pierna de madera hacía muy característico, Julio adelantó unos pasos más. Debía de haber allí unas cuarenta personas en total, contando a los pescadores en sus barcas, al empleado de la Cooperativa, a algunos curiosos y a Mauricio, el de “El Arca de Noe”, que había acudido en busca del abastecimiento de su restaurante. También estaba una niña vestida de rojo, la hija del antiguo legionario, chupando un caramelo verde.

Julio se detuvo y sacó del bolsillo una enorme navaja plegable. Parecía acariciarla. La abrió. Luego, se inclinó. Debían de haberle cercenado la pierna por más arriba del medio muslo, porque tenía que plegarse en dos como un polichinela.

A través de sus gafas ahumadas, Labro le miraba, estupefacto, sin acabar de comprender. En aquella mañana tan maravillosamente clara y poblada de ruidos familiares, su único pensamiento era: «Bajo pena de muerte…»

La amarra de “El Armario de Luna”, estaba adujada al muelle. Con sólo un golpe de su navaja, de hoja monstruosamente ancha, Julio la cortó, y el barco, tras esbozar una ligera sacudida, se deslizó sobre el mar en calma…

Entonces, los presentes les miraron alternativamente, y vagamente comprendieron que entre el hombre tuerto y el de la pierna de palo había alguna cuenta pendiente.

Aquel gesto del forastero resultó tan absurdo, y al mismo tiempo tan inesperado y ridículo, que los espectadores se quedaron impresionados, a excepción de la niña vestida de rojo, que se echó a reír, aunque se calló enseguida, al darse cuenta de que no la secundaban.

El Pata de Palo se enderezó, al parecer muy satisfecho. Les miró a todos con satisfacción, mientras plegaba lentamente su enorme navaja, y cuando uno de los pescadores intentó atrapar con su gafa al barco que empezaba a alejarse, se limitó a gritar:

—Deja eso, amigo.

No lo dijo aviesamente, ni tampoco con dureza. Y, sin embargo, fue tan categórico, que el hombre no insistió, y ya nadie trató de impedir que “El Armario de Luna” se fuese a la deriva. Más particularmente, cuando casi al mismo tiempo, el señor Labro había gritado:

—Déjalo, Vial.

Vagamente se advertía que algo extraordinario estaba ocurriendo. Tanto el tuerto como el cojo habían hablado igual tono, con una voz casi idéntica, y ambos tenían el mismo acento, propio del Mediodía.

Incluso Labro, cuya frente aparecía cubierta de gotas de sudor, advirtió lo del acento, y la coincidencia le llegó al alma.

Tres pasos… Cuatro… El movimiento sincronizado del hombro y la cadera, al resonar de la pata de palo. La voz, una voz que parecía cordial, incluso alegre, sonó de nuevo:

—¡Hola, Oscar!

Labro no quitó la pipa de entre sus dientes, y se quedó unos instantes inmóvil como una estatua.

—Como puedes ver, he venido.

Los que les rodeaban parecían verdaderamente petrificados. Como si les saliera del fondo de la garganta, la voz del hombre de las gafas ahumadas dijo así:

—Venga a mi casa.
—¿Por qué no me tuteas?

Siguió un silencio. La nuez de Labro subía y bajaba; le temblaba la pipa entre los labios.

—Ven a mi casa.
—¡Vaya! Eso está mejor. Es más cortés…

Le examinaba de pies a cabeza. Alargó el brazo para tocar el pijama y señaló su calzado.

—Parece que te levantas tarde, ¿eh? Todavía no te has vestido.

Por un momento pareció que Labro iba a excusarse.

—No importa, no importa. ¡Eh, oiga! Sí, ese bajito, el cocinero…

Se refería a Mauricio, el de «El Arca», que era, en efecto, de baja estatura y que llevaba una indumentaria blanca de cocinero.

—Haga llevar mi maleta a su casa y resérveme la mejor habitación.

Mauricio miró a Labro. Éste le hizo seña de que aceptase.

—Está bien, señor…
—Julio.
—¿Cómo?
—Digo que me llamo Julio… Oscar, diles que me llamo Julio…
—Se llama Julio —repitió dócilmente el ex-alcalde.
—¿Vamos, Oscar?
—Vamos.
—¡Vaya! Conque tienes mala vista, ¿eh? Quítate un momento las gafas para que vea esos ojos…

Labro, tras un instante de vacilación, se las quitó, mostrando su ojo muerto. El forastero emitió un pequeño silbido admirativo.

—Es curioso, ¿verdad? Tú sólo tienes un ojo, y yo sólo tengo una pierna…

Cogió del brazo a su compañero, como si se tratara de un viejo amigo, y echó a andar con un paso irregular, del que Labro sentía la sacudida a cada paso.

—Prefiero instalarme en «El Arca» que en tu casa, ¿comprendes? Me da horror molestar a la gente. Además, tu mujer no es agradable.

Su voz sonaba terrible, entre agresiva, mordaz y cómica, en la absoluta calma del ambiente.

—Me he informado a bordo. Ese viejo mono me lo ha contado todo.

El viejo mono era Bautista, el capitán del Cormorán, cuyo atezado rostro estaba cubierto de pelo grisáceo. Bautista gruñó algo. Labro no se atrevió a mirarle.

—¡Ah, por cierto! Puedes decirles que vayan a buscar tu barco y le traigan otra vez. Lo vamos a necesitar tú y yo. A mí también me gusta la pesca… ¡Díselo! ¿A qué esperas para decírselo?
—¡Vial! Vete a buscar mi barco.

El sudor le corría por la frente, por la cara, por entre las paletillas. Le resbalaban las gafas por la arista mojada de su nariz.

—¿Qué te parece si fuéramos a tomar un bocado? Esto es muy bonito…

Subían por una pequeña cuesta, lenta y pesadamente, como para dar más consistencia a aquel momento que estaban viviendo. Apareció la plaza, con sus hileras de eucaliptos delante de las casas pintadas de suaves colores.

—Enséñame la tuya. ¿Es aquélla? Por lo que veo, te gustan los geranios… Fíjate, nos está mirando tu mujer…

La señora Labro, con los bigudíes puestos, estaba en una ventana del primer piso, donde acababa de extender la ropa de la cama para airearla.

—¿Es verdad que tiene tan mal genio? Qué te parece, ¿se enfurecerá mucho si vamos a celebrar esto con un vaso de vino blanco?

En aquel momento, a las ocho y media exactamente, frente a la iglesia gualda que parecía un juego de cubos, y ante todo el mundo, el señor Labro, a pesar de sus cincuenta años, de su estatura, peso y fuerza, y de la consideración de que gozaba como hombre rico y como ex-alcalde, sintió deseos de caer de rodillas y balbucir:

—¡Piedad!

Poco faltó para que hiciera algo peor. Tuvo realmente la tentación de llevarlo a cabo. Estuvo a punto de suplicar:

—Mátame en seguida…

Si no lo hizo, no fue por respeto humano, sino porque ya no sabía por donde andaba, ni era dueño de su cuerpo ni de sus pensamientos, y porque el otro seguía cogido de su brazo, apoyándose en él a cada paso que daba, y arrastrándole lenta e inexorablemente hacia la terraza roja y verde de «El Arca de Noé».

—Debes venir a menudo por aquí, ¿verdad?
—Varias veces al día —contestó Labro, como contesta el alumno al maestro.
—¿Bebes?
—No, no mucho…
—¿Te emborrachas?
—Nunca.
—Yo sí; a veces… Ya verás. No tengas miedo… ¡Eh! ¿Hay alguien ahí dentro?

Empujó a su compañero y le hizo pasar ante él a la sala del café, dirigiéndose hacia el bar, cuyos níqueles brillaban en la penumbra. Una camarera joven, que todavía no sabía nada de lo que ocurría, surgió de la oficina.

—Buenos días, señor Labro.
—Yo me llamo Julio. Tráenos una botella de vino blanco, pequeña. Y algo de comer.
—¿Anchoas? —preguntó.
—Bueno. Ya veo que a Oscar le gustan las anchoas. Ve por ellas. Sírvenos en la terraza.

Para sentarse o mejor dicho, para dejarse caer en un sillón de mimbre, extendió su pata de madera, que quedó inerte en medio del piso. Luego, se enjugó el sudor con un gran pañuelo rojo, porque también él estaba acalorado.

Después, escupió y carraspeó un buen rato, como si gargarizara o se lavara la boca, haciendo toda clase de incongruentes ruidos. Por fin, pareció satisfecho, y se llevó el vaso a los labios. Mirando el vino blanco, suspiró:

—¡Esto marcha! A tu salud, Oscar. Siempre pensé que te encontraría algún día… Bajo pena de muerte, ¿recuerdas? Es curioso… No tenía la menor idea de cómo eras…

Volvió a mirarle con una especie de satisfacción, hasta con júbilo.

—Estás mucho más gordo que yo… Yo soy todo músculo…

Combó sus bíceps.

—Toca… Sí… No tengas miedo… Sólo sabía tu nombre y tu apellido… lo que escribiste en el cartel. Y no eres, ni mucho menos, un hombre célebre de los que aparecen en los periódicos. Hay cuarenta millones de franceses. Adivina cómo te he encontrado. ¡Vamos, adivina!
—No lo sé…

Labro se esforzaba por sonreír, como si quisiese apaciguar al dragón.

—Por mediación de tu hija Ivonne…

Labro se sintió más inquieto aún. Por un instante se preguntó cómo su hija…

—Cuándo la casaste, hará unos nueve meses… ¡Ah, por cierto! ¿Todavía no hay novedad? Decía que, cuando la casaste, quisiste ofrecerle una boda por todo lo alto, y hasta hablaron de ella en la primera página de un diario llamado Le Petit Var, que se imprime en Tolón, ¿no es verdad? Pues bien. Figúrate que allí abajo, en Addis-Abeba, vive un tipo de por aquí que, después de veinte años en África todavía sigue suscrito a Le Petit Var. Leí un número que tenía por casa, y vi tu nombre… Me acordé del cartel…

Frunció el entrecejo. Su rostro se había endurecido. Miró al otro, cara a cara, ferozmente, manteniendo en su fisonomía un viso de sarcasmo.

—Y tú, ¿te acuerdas?

Luego, con una áspera cordialidad, añadió:

—Anda, bebe… Bajo pena de muerte, ¿eh? No me retracto, no. Te digo que bebas… Esto no es nada todavía… ¿Cómo se llama la pequeña que nos sirve?
—Jojó…
—¡Jojó! Ven aquí, rica. Tráenos otra botella… Oscar tiene sed…

.

CAPÍTULO II

El cartel en los pantanos del Umbolé

Cada cinco minutos el hombre de la pierna de palo, cogía su vaso, lo vaciaba de un trago, y ordenaba en un tono que no admitía réplica:

—Bebe tu vaso, Oscar.

Y el señor Labro bebía, de suerte que, a la tercera botella, ya no acertaba a ver distintamente, a través de la ardorosa atmósfera de la plazoleta, las agujas del reloj en el campanario de la pequeña iglesia. ¿Qué hora era? ¿Las diez, las once? Retrepado en su sillón, fumando y apurando hasta el extremo las colillas de los cigarrillos que él mismo se liaba, Julio preguntó con voz brusca:

—¿De dónde eres?
—De Pont-du-Las, en las afueras de Tolón.
—¡Conozco eso! Yo soy de Marsella, del barrio de Saint Charles.

Experimentaba una manifiesta alegría al hacer esta afirmación. Pero esta alegría, como todas las manifestaciones de su vitalidad, tenía algo de amedrentadora. Incluso cuando parecía enternecerse con su compañero, le miraba, en cierto modo, con la conmiseración que se siente por un insecto al que va a aplastarse.

—¿Padres ricos?
—Pobres… Clase media… Más bien pobres.
—Como yo. Apuesto a que no eras un buen estudiante.
—Nunca estuve muy fuerte en matemáticas.
—Exactamente igual que yo… Bebe. ¡Te digo que bebas! ¿Cómo te las arreglaste para ir allá?
—Por mediación de una compañía de Marsella, la S. A. C. O. Cuando acabé el servicio militar.

Julio mostró también interés en saber cuál de los dos era más viejo. Resultó serlo Labro, por un año, y eso pareció complacer al recién llegado.

—En resumidas cuentas, que hubiéramos podido encontrarnos en el barco, incluso antes, en el regimiento… Es para desternillarse de risa, ¿eh? Otra botella, querida Jojó.

Y, al observar que el otro se estremecía, añadió:

—¡No te preocupes! ¡Estoy acostumbrado! Además, es mejor para ti que yo esté bebido, porque, en ese estado, me pongo sentimental…

A su alrededor, iba y venía gente. Unos pescadores entraron en casa de Mauricio a beber un trago; otros jugaban a los bolos al sol. Todo el mundo conocía a Labro, y se extrañaba de verle allí a una hora desacostumbrada. Nadie, podía ayudarle. Le dirigían un saludo con la mano, o le interpelaban, pero todo cuanto podía hacer era extender los labios en una mueca que quería ser una sonrisa.

—De modo que, cuando llevaste a cabo aquella sucia faena, tenías veintidós años… ¿Qué demonios andabas haciendo en el pantano de Umbolé?
—Como era joven y fuerte, la Sociedad me encargó que explorase los pueblos más distantes, en vistas a organizar la recogida de aceite de palma. En el Gabón, en lo más caluroso, insalubre e ingrato de la selva ecuatorial.
—¿Ibas solo?
—Me acompañaban un cocinero y dos remeros.
—¿Habías perdido tu piragua? Contesta… Aguarda… Primero, bebe… ¡Bebe, o te rompo la cara!

Labro bebió y estuvo a punto de atragantarse. Ahora, era ya todo el cuerpo lo que tenía cubierto de sudor, como allí como en el Gabón, pero con la diferencia de que el de ahora era un sudor frío. No obstante, no tuvo el valor de mentir. Había pensado mucho en ello, durante noches y noches, cuando no podía conciliar el sueño. Sin «aquello», hubiera sido un hombre honrado, y, además, un hombre feliz. Se acordaba cada dos o tres meses, se le aparecía de improviso. Era siempre lo mismo, lo que él llamaba su pesadilla.

—No, no había perdido mi piragua —confesó.

El otro le miraba frunciendo el entrecejo, sin saber si creerle o no.

—¿Entonces, qué?
—Nada… hacía calor… creo que tenía fiebre… Llevábamos tres días peleando con los insectos…
—Yo también…
—Tenía veintidós años…
—Yo también… aun menos…
—No conocía el África.
—¿Y yo? ¡Bebe aprisa, caramba!… Tenías una piragua y, a pesar de esto…

¿Cómo el señor Labro, antiguo alcalde de Porquerolles, iba a poder explicar allí, en el apacible ambiente de su isla, aquella cosa tan inconcebible?

—Yo tenía un negro, el remero, a mi lado. Un «pahouíno» que olía muy mal…

Esa fue la verdadera causa de su falta. Pues tenía conciencia de haber cometido un delito, y no trataba de excusarse a sí mismo. Si simplemente hubiese matado a un hombre, treinta años atrás, acaso ni se acordaba ya de ello. Pero había hecho algo peor, lo sabía.

—Continúa… Así que no soportabas el hedor de los «pahouínos», ¿eh, granuja?

Los pantanos de Umbolé, los canales, los ríos de agua cenagosa, en donde gruesas burbujas estallaban incesantemente en la superficie y pululaban bichos de todas clases. Ni un pedazo de tierra firme. Riberas bajas, cubiertas de una vegetación tan exuberante que apenas podía uno abrirse paso en ella. Y, noche y día, los insectos, tan feroces, que Labro se había visto obligado a vivir casi todo el tiempo con la cara protegida con un mosquitero bajo el cual se asfixiaba.

Se podía navegar durante días enteros sin hallar una choza, ni ser humano alguno. Y he aquí, que entre las raíces de un mangle, vislumbró una piragua, y, sobre ella, un letrero que decía:

«Se prohíbe robar esta embarcación bajo pena de muerte.
Firmado: Julio.»

—No sólo por lo del negro —dijo Labro pensativamente—, sino también porque las palabras bajo pena de muerte estaban subrayadas dos veces.

Resultaba incongruente ver allí, en plena selva ecuatorial, a centenares de kilómetros de toda civilización y de toda autoridad, aquellas absurdas palabras, escritas imitando la letra de imprenta. Entonces, se le ocurrió una idea, asimismo absurda, como las que suelen sobrevenir a los cincuenta grados a la sombra. Su negro apestaba. Sus piernas, que debía mantener encogidas, se le anquilosaban. Pensó que si cogía aquella piragua y la ataba a la suya, podría estar solo, regiamente, para el resto del viaje, y no tendría que soportar más aquel hedor.

¿Bajo pena de muerte? ¡Tanto peor! Precisamente porque era bajo pena de muerte.

—Y la cogiste…
—Perdóneme…
—Ya te he dicho que me tutearas. Entre nosotros, es más propio. Yo, cuando volví de buscar algo de comer, porque hacía varios días que me moría de hambre, me encontré prisionero en una especie de isla…
—Yo no sabía…

No sólo la había cogido, sino que el demonio le impulsó a responder a la prescripción del desconocido con una grosería. En el mismo cartel, que dejó bien en evidencia en el sitio que ocupara antes la piragua, escribió:

«Fastídiate…»

Y firmó valientemente: Oscar Labro.

—Perdóneme —repetía ahora aquel mismo Oscar convertido en un hombre de cincuenta años.
—… rodeado de cocodrilos por todas partes, en el agua…
—Sí…
—… y de serpientes y de asquerosas arañas, en tierra… abandonado desde hacía varios días por mis guías negros… ¡Estaba absolutamente solo, hijo!
—Le pido perdón, una vez más…
—Eres un crápula, Oscar.
—Sí.
—Un perfecto, un inmenso, un incalificable canalla. Y, sin embargo, eres dichoso…

Y, diciendo eso, miraba la linda casa rosa rodeada de geranios, y a la señora Labro, que iba de vez en cuando a echar un vistazo por la ventana. El señor Labro no se atrevía a negarlo, ni tampoco a responder que no era tan dichoso como pudiera creerse. Le parecía una cobardía.

Julio, dándose manotadas en su pierna de palo, refunfuñó:

—Dejé esto allí…

Tampoco se atrevió Labro a preguntarle cómo había sido. Si había sido intentando huir, en la boca de un cocodrilo, por ejemplo, o si bien se le infectó.

—Después, me vi perdido. ¿No te preguntaste por qué razón no venía aquí en seguida, después de mi primera carta de Addis-Abeba? Apuesto cualquier cosa a que mi retraso te dio esperanzas de no verme por aquí… ¡Pues bien! Fue, ni más ni menos, porque no tenía un céntimo, y debía idearme un plan para ganarme la pitanza por el camino… Con mi pata de palo, ¿comprendes?

Cosa curiosa. Julio se mostraba mucho menos amenazador que un poco antes, y, por momentos, cualquiera que les hubiese visto habría podido tomarles por dos viejos amigos. El forastero se inclinaba hacia Labro, le cogía por las solapas de su batín y acercaba la cara a la suya.

—¡Otra botella! Sí, voy a beber… Y tú beberás conmigo cada vez que me dé la gana… Es lo menos que puedo exigir, ¿no es eso? ¿Cómo fue lo del ojo?
—Descorchamos una botella… Una botella de vinagre para mi mujer… Estalló el gollete y me dio un trozo de vidrio en el ojo…
—¡Te estuvo bien empleado! ¿Cuánto tiempo estuviste en África?
—Diez años… Tres temporadas de tres años, con los permisos… Luego me destinaron a Marsella…
—Donde llegaste a ser algo así como director.
—Subdirector adjunto… Solicité la jubilación hace cinco años, por lo del ojo…
—¿Eres rico? ¿Has prosperado?

Entonces le invadió al señor Labro una esperanza. Una esperanza y, al propio tiempo, una inquietud. La esperanza de salir del paso con dinero. Incluso en los tribunales, el hablar de pena de muerte no supone siempre la ejecución de los condenados. Hay presidios, cárceles, indemnizaciones…

¿Y por qué no una indemnización? Pero lo que sucedía es que no se atrevía a aventurar cifras, por temor a que el otro se engolosinara.

—Vivo con cierta holgura…
—Tienes rentas, ¿verdad? ¿Qué dote le has dado a tu hija Ivonne?
—Una casita en Hyéres…
—¿Tienes otras casas?
—Dos más, no muy grandes…
—¿Eres avaro?
—No lo sé…
—Da lo mismo. No tiene importancia, puesto que ese hecho no cambia nada…

¿Qué quería decir? ¿Qué no quería dinero? ¿Qué se mantenía firme en su inverosímil pena de muerte?

—Compréndelo, Oscar. Yo nunca me vuelvo atrás en mis decisiones. Lo dicho, dicho está. Pero hay tiempo…

No. Labro no soñaba. La plaza aparecía un poco confusa en su mente, pero estaba allí. Las voces que oía a su alrededor en la terraza y dentro del café, eran las de sus amigos. Vial, descalzo, y con una red de pescar a la espalda, le dijo al pasar:

—El barco está bien, señor Labro…
—Gracias, Vial —respondió éste, como un autómata.

Nadie, absolutamente nadie, sospechaba que estaba condenado a muerte. Ante los jueces, por lo menos hay recursos. Se puede disponer de abogados. Los periodistas están presentes y ponen al corriente de lo que sucede a la opinión pública. El peor de los granujas consigue, a veces, inspirar simpatía o piedad.

—En resumidas cuentas: la cosa dependerá, sobre todo, de tu isla, ¿entiendes?

No. Labro no comprendía. Volvió a ver la botella inclinada sobre su vaso, y éste llenándose hasta el borde. Una irresistible mirada le conminaba a llevárselo a los labios y a beber.

—¡Pon lo mismo, Jojó!

Se resistía. Cinco botellas era imposible. Nunca había bebido tanto, ni en una semana. Además, su estómago no funcionaba muy bien, después de lo de África.

—¿Está bien la habitación? Espero que tenga vistas a la plaza.
—Seguramente. Voy a preguntárselo a Mauricio…

Era una oportunidad para alejarse un instante, para entrar solo en la fresca sombra del café, y respirar lejos de la mirada agresiva y sarcástica de Julio. Pero el otro, poniéndole una mano pesada como el plomo sobre el hombro, le obligó a sentarse otra vez.

—Ya nos ocuparemos de eso después… Es posible que me guste este lugar, y en este caso tendremos mucho tiempo por delante…

Labro vislumbraba en estas palabras una chispita de esperanza. Reflexionándolo bien, Julio no podía tener ningún interés en matarle. Deseaba, simplemente, que lo mantuviesen. En una palabra, vivir a expensas de él.

—No pienses eso, Oscar. No me conoces bien…

Labro no había pronunciado una palabra, no había movido un solo rasgo de su rostro, y sus ojos, mejor dicho, su ojo, permanecía invisible tras las oscuras gafas. ¿Cómo había podido adivinar sus pensamientos el otro?

—Dije «bajo pena de muerte», ¿verdad? Pero, mientras tanto, nada impide que nos conozcamos. En el fondo, no sabemos nada el uno del otro. Hubieras podido ser bajo y flaco, o calvo o pelirrojo… o un sinvergüenza aún más redomado que antes. Hubieras podido ser también un tipo del norte, o un bretón… ¡Y mira por donde casi hemos ido juntos a la escuela…! ¿Es cierto que tu mujer tiene tan mal carácter? Apuesto a que te va a insultar porque hueles a vino y por haberte quedado hasta mediodía en pijama en la terraza. No puede negarse que resulta divertido verte vestido así a esta hora… ¡Jojó!
—Se lo suplico…
—La última… ¡Otra botella, Jojó! ¿Qué te estaba diciendo? ¡Ah, sí… Que disponemos de tiempo para trabar amistad… Por ejemplo, ahí está la pesca… Nunca he podido tener ocasión para ir a pescar. Mañana me enseñaras… ¿Se coge pescado de verdad?
—Sí.
—Y tú, ¿pescas algo?
—Yo también, como los demás.
—Iremos. Nos llevaremos unas botellas. ¿Juegas a los bolos? Apostaría a que sí… Me enseñarás a jugar a los bolos también. Siempre es una manera de ganar tiempo, ¿verdad? ¡A tu salud! No lo olvides: bajo pena de muerte… Ahora voy a subir a acostarme.
—¿Sin comer? —no pudo menos de preguntar el señor Labro.
—La pequeña Jojó me subirá algo de comer a la habitación.

Se levantó, resoplando, y, tras afirmar su equilibrio, se dirigió bamboleándose hacia la puerta. Poco faltó para que no se diera contra ella. Alguien soltó una risotada; él se volvió, con furiosa mirada, y, finalmente, dijo a Labro:

—Habrá que procurar que no vuelva a suceder nunca…

Atravesó el café y, sin preocuparse de los que le miraban, se metió en la cocina. Y allí, levantando la tapadera de las cacerolas, preguntó:

—¿Dónde está mi habitación?
—En seguida, señor Julio.

Se Oyó el golpeteo de su pierna de palo en los escalones y en el piso. Todos escuchaban. Debió de dejarse caer como un fardo sobre la cama, sin tomarse el trabajo de desnudarse.

—¿De dónde viene? —preguntó Mauricio al bajar de acompañarle—. Si ese tipo piensa quedarse aquí…

Entonces vieron los presentes que Labro, adoptando casi la figura y el habla del otro, se levantaba y decía en un tono que no admitía réplica:

—Habrá que tener paciencia…

Tras de lo cual dio media vuelta y, en pijama y zapatillas, atravesó la plaza bañada por el cálido sol de mediodía. Vio una mancha clara, en el umbral, entre los geranios. Era su mujer, que le aguardaba. Y aunque Labro no dejaba de mirarla fijamente, aplicando toda su voluntad a caminar derecho, con la mira lo más exactamente posible puesta en ella, lo cierto es que hizo varias curvas antes de llegar a la casa.

—¿Con quién has estado? ¿Qué hacías en la terraza con esa indumentaria? ¿Qué significa esa historia de la amarra cortada que me ha contado el verdulero? ¿Quién es ese tipo?

Como a Labro le fue imposible contestar a todas ese preguntas a la vez, se limitó a responder a la última.

—Es un amigo —dijo.

Y como el vino le tornaba enfático, agregó, recalcando las sílabas:

—Es mi mejor amigo… Más que un amigo, un hermano, ¿comprendes?… No permitiré que nadie…

De haber podido, también él hubiera subido a acostarse sin comer, pero sabía que su mujer no se lo permitiría.

A las cinco de la tarde de aquel día, en «El Arca de Noé», no se oía todavía el menor ruido en la habitación del nuevo huésped, a no ser el de un acompasado ronquido.

Y cuando, a la misma hora, los habituales de la partida de bolos fueron a llamar a casa del señor Labro, fue la señora Labro la que entreabrió la puerta, murmurando avergonzada:

—Silencio… Está durmiendo… Hoy no se encuentra muy bien.

.

(Continuará…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.