Bajo pena de muerte (Final)

George Simenon

 

 

 

 

CAPÍTULO III

Las ideas del verdugo

—Acércame otra «piade», Oscar.

Los dos hombres estaban en el barco, mecido con un sedante, ritmo por el movimiento regular y lento del agua. A aquella hora, el mar estaba casi siempre liso como la seda, ya que no se levantaba brisa hasta mucho después de salir el sol, hacia media mañana. Mar y cielo tenían unos tonos irisados que recordaban el interior de una concha de ostra. Y, no lejos de El Armario de Luna, a cierta distancia de la punta de la isla, se elevaba el blanco peñasco de las Medas.

Tal como se había anunciado, Pata de Palo se apasionó por la pesca. Casi todos los días despertaba a Labro con un silbido, a las cinco de la mañana.

—No te olvides del vino… —le encarecía.

Poco después, se oía el zumbido del motorcito, y El Armario de Luna describía una estela de espuma a lo largo de las playas y de las calas, hasta el peñasco de las Medas.

A Julio, cosa rara, le repugnaba cascar las «piades». En Porquerolles llaman así a los crustáceos llamados ermitaños que se emplean como Cebo. Para usarlos, hay que quebrar la concha con un martillo o con una piedra grande, descascarillar meticulosamente al animal, sin herirlo, y, finalmente, fijarlo en el anzuelo.

Éste era el trabajo de Labro, que a fuerza de cuidarse del sedal de su compañero, apenas tenía tiempo de pescar. El otro le observaba, liando un cigarrillo.

—Oye, Oscar, he pensado una cosa…

Cada día tenía una idea nueva, y le hablaba de ella en un tono natural, cordial, como el que hace confidencias a un amigó. Una vez, le había dicho:

—Mi primer proyecto fue estrangularte. ¿Sabes por qué? Porque un día, en un bar, no recuerdo dónde, una mujer me aseguró que tenía manos de estrangulador. Es una buena ocasión para comprobarlo, ¿verdad?

Al decir esto, miró al cuello de Oscar, miró sus manos, y meneó la cabeza.

—Pero, al fin y al cabo, creo que no voy a escoger ese sistema.

Pasaba revista a todas las clases de muerte imaginables.

—Si te ahogo, me disgusta pensar lo horrible que estarás cuando te pesquen… ¿Has visto alguna vez un ahogado, Oscar? Y tú que no eres precisamente guapo…

Echaba el anzuelo al mar y se impacientaba si pasaban cinco minutos sin que picara ningún pez. Entonces, temiendo que se cansase de la pesca, Labro, que no había rezado desde tiempo inmemorial, suplicaba a Dios que deparase un pez a su verdugo.

«Haced que pesque, Señor, os lo ruego. No importa que yo no consiga pescar nada, Pero él…»

—Oye Oscar… Pásame otra botella… Ya es hora…

Cada día adelantaba un poco más la hora de empezar a beber.

—Antes, pensaba matarte, de cualquier modo, pasase lo que pasase. ¿Comprendes lo que quiero decir? No tenía muchos motivos para sentir apego a la vida. En el fondo, te confieso que me habría divertido ser arrestado y movilizar así a un montón de gente: policías, jueces, bellas señoras, periodistas… ¡Un gran proceso, que caramba! Les habría contado todo lo que tengo en el buche. ¡Y sabe Dios! A lo mejor me hubieran absuelto. Estoy absolutamente seguro de que no me cortarían la cabeza. ¡Y qué quieres que te diga! Tiempo atrás, tampoco me habría disgustado el ir a la cárcel.
»Pero ahora figúrate: he vuelto a tomarle gusto a la vida. Y eso es lo que lo complica todo, porque me obliga a matarte tomando mis precauciones para que no me echen el guante. ¿Te haces cargo del problema, hijo?
»He pensado ya tres o cuatro planes. Estoy machacando sobre ello horas y horas. Resulta bastante divertido. Lo preparo minuciosamente, tratando de preverlo todo. Pero luego, cuando tengo la impresión de que la cosa está a punto, ¡cataplum!, me sale al paso un pequeño detalle que lo echa todo a rodar.
«¿Cómo te las compondrías tú?»

Hacía tres semanas y pico que estaba en la isla cuando pronunció esa frasecilla tan trivial en apariencia:

—¿Cómo te las compondrías tú?

Al mismo tiempo que decía esto —Labro lo recordaba muy bien— sacó del agua una magnífica escropina de dos libras.

—Acaso no sea indispensable matarme… —insinuó.

Pero el otro le miró con extrañeza, entre contrariado y reprobador.

—¡Vamos, Oscar! Sabes perfectamente que escribí «bajo pena de muerte».
—Hace ya mucho tiempo…
—¿Y esto? ¿Por ventura ha retoñado? —exclamó Julio, golpeándose la pierna de madera con la mano.
—No nos conocíamos…
—Razón de más para no hacerlo, amigo mío… ¡no! Es preciso que encuentre un medio… De pronto, se me ha ocurrido pensar que la cosa podría suceder muy bien cuando nos hallásemos en el mar, como ahora… ¿Quién puede vernos, ahora? Nadie. ¿Sabes nadar?
—Un poco…

Pero al punto se arrepintió de este tentador «un poco» y corrigió:

—Siempre he nadado bastante bien…
—Pero no nadarías si hubieses recibido un puñetazo en el cráneo. Y un puñetazo en el cráneo no deja huellas. Tendré que aprender a manejar el barco, por si tengo que volver solo al puerto… Ponme una «piade»…

Cuando no pescaba nada, se ponía de mal humor y se mostraba cruel, intencionadamente cruel.

—Crees que vas a zafarte entreteniéndome, ¿verdad? Pasas el tiempo contando las botellas de vino que bebo. ¡Eres un avaro, Oscar, un egoísta, un cobarde! Ni siquiera vales para cadáver. ¿Quieres que te diga la verdad? Me das asco… Dame de beber…

No había más remedio que beber con él. Labro vivía una especie de pesadilla, amodorrado por el vino desde las diez de la mañana, y embriagado a mediodía. Y, para colmo, el otro ni siquiera le dejaba dormir la mona, sino que le despertaba a las cuatro o a las cinco de la tarde para la partida de bolos.

No sabía jugar. Se obstinaba en ganar. Discutía las jugadas, acusando a los otros de hacer trampas. Y si alguno se permitía una reflexión o una sonrisa, apabullaba a Labro con una furiosa mirada…

—Supongo que dejarás de una vez de ver a ese tipo —decía la señora Labro—. Quiero creer que no eres tú el que paga esas rondas que os bebéis a lo largo del día.
—No, no.

¡Si su mujer hubiese sabido que no sólo pagaba las rondas, sino la pensión de Julio en «El Arca de Noé!».

—Escuche, señor Labro —le decía el dueño de «El Arca»—. Tenemos toda clase de clientes. Pero éste es imposible de aguantar. Anoche le dio por perseguir a mi mujer por los pasillos. Anteanoche hizo lo mismo con Jojó, que no quiere volver a entrar en su habitación. A altas horas de la noche, nos despierta dando grandes portazos en el suelo con su pata de palo, para pedirnos un vaso de agua y una aspirina. Protesta cada dos por tres, rechaza los platos que no le gustan y hace toda clase de reflexiones desagradables delante de los clientes. No puedo soportarlo más…
—Te lo ruego, Mauricio. Si de veras sientes un poco de afecto por mí…
—Por usted sí, señor Labro. Pero por él, no.
—Aguántale quince días más…

Quince, ocho días. La cuestión era ganar tiempo, evitar la catástrofe. Había también que correr tras los jugadores de bolos porque se negaban a hacer la partida con aquel energúmeno que refunfuñaba constantemente y que no vacilaba en injuriarles.

—Tienes que jugar esta tarde, Vial. Ruégale a Gueroy que venga. Dile de mi parte que es «muy importante», que es absolutamente preciso que venga…

Se le llenaban los ojos de lágrimas cuando consideraba que se veía obligado a humillarse de aquel modo. A veces, se decía que Julio estaba loco. Pero aquello no solucionaba nada. ¿Acaso podía hacerle encerrar?

No podía tampoco presentarse a la policía y declarar:

—Este hombre me amenaza de muerte.

En primer lugar, porque no poseía ninguna prueba, ni siquiera las tarjetas postales, que sólo provocarían burlas. Y en segundo lugar, porque sentía escrúpulos de conciencia. Aquel hombre, tal cual era en parte, había sido obra suya. En resumidas cuentas: Labro se consideraba responsable.

¿Tenía que dejarse matar? Y, lo que era peor, ¿tenía que vivir semanas, acaso meses, con la idea de que, de un momento a otro, cuando menos lo esperase, Julio le diría, con su voz a un tiempo cordial y burlona: «Ha llegado la hora, Oscar…»?

Era un sádico. Alimentaba con esmero el terror que su compañero sentía. En cuanto le veía un poco más tranquilo, insinuaba suavemente:

—¿Y si lo hiciéramos ahora?

Hasta ese plural «hiciéramos», resultaba brutal. Parecía convencido de que Labro consentía, y de que, como el hijo de Abraham, marcharía de buen grado al sacrificio.

—Ya sabes, Oscar, que te haré sufrir lo menos posible. No soy tan malo como parezco. Apenas tres minutos…

Labro tenía que pellizcarse para asegurarse de que no dormía, y era víctima de una espantosa pesadilla.

—Pásame la botella…

Después hablaba de otra cosa, de los peces, de los bolos o de la señora Labro, a quien Julio, a pesar de no haberla visto más que de lejos, detestaba.

—¿No se te ha ocurrido nunca divorciarte? Deberías hacerlo. Confiesa que no eres feliz, que te trata como a un perrito… ¡Anda, confiesa!

Y Labro confesaba. No era del todo cierto. Sólo en parte. Pero era preferible no contradecir a Julio, porque entonces le acometía una cólera terrible…

—Si te divorciases, creo que iría a vivir a tu casa. Podríamos tomar a Jojó de criada…

El señor Labro se clavaba las uñas en las palmas. Había momentos en que, en cualquier parte, ya fuera en el barco, ya en la terraza del restaurante, ya en la plaza donde jugaban a los bolos, sentía deseos de erguirse hasta el límite y de aullar como un perro a la luz de la luna…

¿Sería él quien se estaba volviendo loco?

—He observado que cocinas…
—Sólo preparo el pescado.
—Es igual, la verdad es que sabes cocinar. Incluso dicen que friegas los platos. ¿Qué te parece mi idea?
—Ella no querrá…

Julio volvía a la carga, a los tres o cuatro días.

—Reflexiona. Esto podría inclinarme a aguardar más tiempo. En el fondo, yo, que me he pasado la vida en los hoteles, creo que he nacido para tener casa propia.
—¿Y si te diera dinero para instalarte en otro sitio?
—¡Oscar! —decía, con una dura llamada al orden—. Procura no volverme a hablar así nunca más. Porque si vuelves a hacerlo te mataré en seguida. ¿Comprendes? En seguida.

Fue precisamente entonces cuando la frasecita de Pata de Palo comenzó a medrar en su mente. En el momento en que Julio pescaba la escorpina de dos libras, dijo exactamente estas palabras:

—«¿Cómo te las compondrías tú?»

Esos pocos vocablos fueron, para Labro, una especie de revelación. Total: que lo que Julio podía hacer, lo podía hacer él también. Julio había dicho:

—Estoy seguro de que existe un medio de matarte sin que me cojan.

¿Por qué no podía ser a la inversa? ¿Por qué Labro no iba a poder desembarazarse de su compañero? La primera vez que le asaltó esa idea tuvo miedo de que el otro pudiera leérsela en la cara, y se felicitó de llevar gafas ahumadas.

A partir de entonces, se puso a espiar a su compañero. Todas las mañanas observaba que, tras la tercera botella de vino, se desinteresaba de la pesca y se echaba muellemente en el suelo de la cubierta, cayendo, poco a poco, en una somnolencia más y más profunda. ¿Dormía realmente? ¿Seguía vigilándole sin demostrarlo?

Labro trató de levantarse bruscamente y vio que sus ojos se entreabrían y le miraban con expresión maliciosa, centelleante, al tiempo que una voz cascada refunfuñaba:

—¿Qué estás haciendo?

Tenía preparada una respuesta adecuada, pero se prometió no volver a hacer aquel movimiento, por temor a despertar sospechas. Pues, en tal caso, no dudaba de que la faena se efectuaría en seguida.

—Total —decía Julio—, que como por la mañana las corrientes son casi siempre de este a oeste, seguirás, poco más o menos, la misma ruta que el barco, y hay probabilidades de que vayas a parar cerca del puerto.

Julio miraba el imaginario recorrido sobre el agua en calma, y también Labro. Sólo que ambos no veían el mismo cadáver.

—Tendré que hacerlo cuando estés de pie, porque pesas mucho y, si tuviera que levantarte para echarte al mar, es casi seguro que, o haría zozobrar el barco, o me caería contigo.

«Es verdad —se decía Labro—. También él pesa mucho, pero su pierna de madera le convierte en más manejable que yo. Además, tengo la ventaja de que el martillo para cascar las «piades» está junto a mí.»

Mas, al día siguiente, corregía:

«No, nada de martillo. Seguramente dejaría huellas. Llevando esa pata de madera, basta con empujarle para que pierda el equilibrio.»

Los dos hombres observaban el mar. Conocían su rincón. A determinada hora, pasaban los barcos de pesca que regresaban de retirar las redes dispuestas al otro lado de la isla. Estaba también un viejo jubilado con un salacot, quien, a eso de las ocho de la mañana, echaba el ancla de su embarcación a una media milla de «El Armario de Luna».

Entre el paso de los pescadores y las ocho…

Existía un peligro, que Julio desconocía. En la costa, entre los piños, se elevaba la pequeña fortificación con un cabo de Marina que vigilaba el fuerte de las Medas. Labro sabía que, dos veces por semana, los martes y los viernes, el vigilante iba a Hyéres en el barco de Bautista. Así que debía de salir de su fuerte alrededor de las siete de la mañana.

Las ocho menos cuarto… Esa era la hora que había que escoger. Y vigilar que el guardián del semáforo no se hallase acodado en su parapeto, observando el mar con sus anteojos.

—Hace días, Oscar, que me estoy preguntando si no sería mejor acabar de una vez. La cocina de Mauricio buena, pero empiezo a estar harto de comer siempre los mismos platos. Además no hay mujeres… Jojó no quiere saber nada de mí…

Labro se sonrojó como un colegial.

—No se puede negar que hemos pasado muy buenos ratos juntos. Hasta admito que casi hemos llegado a ser amigos. ¡Sí, lo digo tal como lo siento! Creo que me dará pena ir a tu entierro. ¿Te enterrarán en Porquerolles?
—Tengo comprada una sepultura…
—¡Estupendo! Siempre será más agradable que quedarse en el agua… Dame la botella, Oscar. Bebe tú primero. ¡Vamos! Deja que grite tu mujer y haz lo que te digo.

Millares, centenares de millares, millones de hombres vivían —y no lejos de ellos— una vida normal. ¿Es que eso no iba a ser posible nunca más?

—Lo que me admira es que fueras tan grosero en otro tiempo y que ahora te hayas vuelto tan cortés. En el fondo, te has vuelto un burgués, muy burgués. Confiésalo… Apuesto a que eres más rico de lo que dices. ¿No juegas a la Bolsa?
—Un poco…
—¿Lo ves? Ya me lo sospechaba. Y, sin embargo, nuestros comienzos fueron iguales. ¡Quién sabe! Si no hubiese sido por el truco de la piragua y lo de mi pierna, a lo mejor sería yo ahora como tú. ¡Hay que ver qué sinvergüenza fuiste! Reflexionándolo bien, se necesita serlo mucho para dejar a un hombre blanco sin ningún medio de escapar de la selva. ¿Piensas en ello de vez en cuando, Oscar? No sabes hasta qué punto llegas a asquearme a veces…

En tales ocasiones, Labro no se atrevía a levantarse, temeroso de que aquello significase que había llegado el fin. Al mismo tiempo, procuraba no dejar el martillo de las «piades» al alcance de su compañero, así como la gran piedra que servía de lastre.

—Tienes miedo de morir, ¿verdad? Es curioso; a mí no me asusta esa idea. Debe de ser porque te has convertido en un burgués y tienes algo que perder…

En ese caso, dado que Julio nada tenía que perder…

—Ni siquiera sé si tengo todavía padres… Tenía una hermana que seguramente debió casarse, pero nunca he tenido noticias suyas. A lo mejor, también ella echó por el mal camino.

En resumidas cuentas, ¿cuál era su apellido? En África en el Gabón, había firmado «Julio» en su maldito cartel. ¿Julio qué?

Labro se lo preguntó. El otro le miró con sorpresa.

—Sí… Chapus… ¿No lo sabías? Julio Chapus. No está mal, ¿verdad? Estoy seguro de que hay Chapus que son gente muy distinguida. Pásame la botella… Pero no, aguarda… Me pregunto…

¿Por qué se levantó de su asiento?

Labro se agarró al suyo. Se asió con todas sus fuerzas, pero el sudor no brotó de su piel hasta algo después, cuando advirtió que Julio sólo se había levantado para desperezarse.

Primero, miedo… Luego, la reacción… Se puso a temblar. Tembló bajo el influjo de todos los horrores que estaba viviendo desde hacía meses, y, súbitamente, se levantó a su vez y dio dos pasos hacia adelante…

.

CAPÍTULO IV

El naufragio de «El Armario de Luna»

Se olvidó de todo cuanto había planeado tan cuidadosamente, de la cuestión del cabo de la Marina, del regreso de los pescadores y del viejo jubilado del salacot.

A pesar de todo, la suerte le fue favorable. El guardián del semáforo se hallaba justamente observando el mar, con sus anteojos, y declaró como sigue:

—En determinado momento, hacia las ocho menos diez minutos, miré en dirección a las Medas y vi dos hombres que se mantenían estrechamente abrazados a bordo de «El Armario de Luna». Al principio pensé que uno de ellos se encontraba enfermo y el otro trataba de impedir que cayese al mar. Luego comprendí que luchaban. Separado de ellos por varios centenares de metros, me vi en la imposibilidad de intervenir. En un momento dado, cayeron los dos sobre la borda y el barco zozobró.

Vial, el pescador, acompañado de sus dos hijos, contorneaba en aquel instante la punta de las Medas.

—Vi una embarcación boca abajo y reconocí a «El Armario de Luna». Siempre pronostiqué que acabaría zozobrando. Era demasiado alto de borda. Cuando distinguimos los dos hombres en el agua, no formaban todavía más que una masa indistinta. Creo que el señor Labro, que es un buen nadador, intentaba mantener a su compañero en la superficie, o tal vez era éste el que se agarraba a él, como suele suceder en estos casos.

El jubilado no había visto nada.

—Yo estaba a punto de coger una dorada. Oí ruido, pero no presté atención. Por otra parte, la embarcación del señor Labro se hallaba en el lado del sol y yo apenas pude distinguir nada, porque la luz me deslumbraba.

Nadie, pues, había visto lo que sucedió exactamente. Nadie, salvo Labro. Cuando se acercó a Julio y le tuvo al alcance de la mano, éste se volvió hacia él, y, cosa extraordinaria, su rostro no expresaba ya ni amenaza ni cólera, sino un terror increíble.

Increíble porque era casi otro hombre el que Labro tenía ante sí. Un hombre que tenía miedo y le miraba con ojos suplicantes, al tiempo que sus labios temblorosos balbucían:

—¡No haga usted eso, señor Labro!

Sí, había dicho:

—¡No haga usted eso, señor Labro!

Y no:

—No hagas eso, Oscar…

Lo había dicho con una voz que el otro le desconocía. Hasta se sintió conmovido, pero demasiado tarde. Ya no podía volverse atrás. En primer lugar, porque el paso estaba dado. En segundo lugar, porque, ¿qué habría sucedido después? ¿Qué actitud tomar ante un hombre a quien se ha intentado matar? Era imposible retroceder.

Por otra parte, la cosa no duró más que unos segundos. Labro le dio un empujón con el hombro que bastaba para derribarle, pero Julio se agarró como pudo a él. Milagrosamente, se mantuvieron varios segundos en equilibrio sobre la embarcación, que cabeceaba a sus movimientos.

Resollaban. Ambos resoplaban. Nunca se habían visto tan de cerca y los dos tenían miedo.

Eran igual de altos, anchos y fuertes. Se mantenían abrazados, tal como confirmó el hombre del semáforo.

—Escúcheme, yo… —jadeaba Julio.

¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde para escuchar nada! Era necesario que uno de los dos se desasiese y cayese al mar.

Y se cayeron los dos, al mismo tiempo que volcaba «El Armario de Luna».

En el agua siguieron agarrados uno a otro, mejor dicho, era Pata de Palo el que se agarraba a Labro, con ojos aterrorizados. Parecía que intentaba hablar. Pero su boca se abría en vano, llenándosele de agua salada cada vez…

Se percibió el ruido de un motor. Se acercaba un barco. ¿Cómo pudo Labro, a pesar de todo, reconocer que era el de Vial? Sin duda se lo decía su subconsciente. Golpeaba al otro para librarse. Le dio de lleno en la cara, lastimándose el puño con el hueso de la nariz de su compañero.

Luego sucedieron pocas cosas más.

—¡Sosténgase, señor Labro! —le gritó Vial.

¿Nadaba? ¿Sangraba? Había perdido las gafas. El sedal de una caña de pescar se le había enredado en las piernas.

—¡Cógele, Fernando! —dijo la voz de Vial, dirigiéndose a uno de sus hijos.

Le alcanzaron como a un pesado paquete, con una gafa que le hizo una incisión en la cintura.

—Sujeta fuerte, papá. Espera que le atrape la pierna…

Y se encontró abatido en el fondo de la barca de Vial, desmadejado, chorreando agua, y, sabe Dios por qué, con lágrimas en los ojos. Los otros creyeron que se trataba de agua de mar, pero él sabía perfectamente que eran lágrimas.

***

Apenas tuvo necesidad de mentir. Todo el mundo mentía por él, sin darse cuenta. Todo el pueblo, toda la isla había reconstituido la historia a su manera, incluso antes de que le interrogasen.

—¿Lo conocía usted a fondo? —le preguntó un comisario que parecía muy ducho en la materia.
—Lo encontré en África hace mucho tiempo…
—Y usted fue lo suficientemente bueno para albergarlo. Se sirvió y abusó de usted de todas las formas imaginables. Los testimonios son muy abundantes a este respecto. Hacía la vida imposible a todo el mundo.
—Pero…
—No sólo estaba borracho desde por la mañana, sino que experimentaba un profundo placer mostrándose desagradable y hasta amenazador. Cuando ocurrió el incidente, había bebido ya dos botellas, ¿verdad?
—No recuerdo.
—Es más probable, ateniéndose al término medio de otros días. Le injurió y hasta acaso le atacó. Sea como fuere, lo cierto es que lucharon ustedes.
—Sí.
—¿Iba usted armado?
—No. Ni siquiera cogí el martillo.

Nadie se dio cuenta de esta respuesta, de la que él se arrepintió al punto, pues pudiera haber sido reveladora.

—Se cayó y volcó el barco… Se agarró a usted.

Y el encargado de la investigación concluyó:

—Es penoso, desde luego, pero no se ha perdido nada bueno…

¿Es que el señor Labro seguía soñando? ¿Era posible que su pesadilla de las últimas semanas se transformase de pronto en un sueño donde todo era dulzura y felicidad?

Resultaba incluso demasiado fácil, tanto, que no le parecía natural.

—Me arrepiento de lo que he hecho.
—¡No, hombre, no! Usted se defendió y obró conforme a su derecho. Con individuos de esa calaña…

Labro frunció el entrecejo. ¿Por qué le parecía que algo no estaba claro? Era, en verdad, demasiado fácil. Se sentía inquieto, no estaba contento. Y como tenía un poco de fiebre, mezclaba el pasado con el presente, y se servía de frases cortadas que los otros no podían comprender, confundiendo la piragua del Umbolé con «El Armario de Luna».

—Sé que no debiera haber…
—Su esposa, Mauricio, Vial y los demás nos lo han contado todo.

¿Cómo era posible que aquella gente, que nada sabía, hubiera podido contar nada?

—Fue usted demasiado generoso…, demasiado hospitalario. El hecho de que, en otro tiempo, bebiera unas copas con un individuo, no justifica él que deba recogerle cuando esté sin blanca. Mire usted, señor Labro: su única equivocación fue la de no informarse acerca de él. Si hubiera usted venido a vernos…

¿Qué? ¿Qué significaba aquello? ¿Qué demonios le estaban diciendo? ¿Informarse de qué?

—Ese hombre estaba reclamado por estafa al menos por cinco países. No tenía un céntimo y estaba expuesto a que le cogiesen dondequiera que fuera. Por esa razón le digo que no se ha perdido nada de valor. Ya no tendremos que volver a hablar de ese granuja de Marelier.

El señor Labro permaneció un momento inmóvil, sin entender. Estaba en la cama. Reconocía el dibujo que el sol, filtrándose a través de los visillos, formaba en la pared.

—Perdone… —preguntó cortésmente, con voz lejana—. ¿Cómo ha dicho usted?
—Marelier… Julio Marelier… Hace veinte años que andaba pirateando por África del Norte y por Oriente, viviendo siempre de estafas y robos. Antes ya había sufrido diez años de condena en Fresnes, por robo con fractura.
—Un momento, un momento… ¿Está usted seguro de que se llamaba Julio Marelier?
—No sólo le hemos encontrado los papeles en su maleta, sino que tenemos sus huellas digitales y su ficha antropométrica.
—… y estaba en Fresnes hace… Un instante… Le pido perdón… ¡Oh, mi cabeza!… ¿Cuánto tiempo hace exactamente?
—Treinta años.
—Su pierna…
—Su pierna, ¿qué?
—¿Cómo la perdió?
—En un intento de fuga. Cayó desde diez metros de altura sobre unas púas de hierro; por lo visto no sabía que estaban allí… Parece usted fatigado, señor Labro. El doctor está ahí al lado, con su esposa… Voy a llamarle…
—No, espere… ¿Cuándo fue ese hombre al Gabón?
—Nunca. Tenemos todo su “curriculum vitae”. Nunca estuvo más al sur de Dakar… ¿Se siente usted mal?
—No se preocupe. ¿Entonces no fue nunca a los pantanos del Umbolé?
—¿Cómo dice?
—Una región del Gabón.
—No le digo que…

Entonces se oyó la desesperada voz del señor Labro, gimiendo:

—¡Entonces no era él…! ¡No era el mismo Julio…!

La puerta se abrió. El comisario de policía llamó ansiosamente:

—¡Doctor! Creo que se encuentra mal…
—No… Déjeme… —gritaba debatiéndose—. Usted no puede comprenderlo… Era otro Julio… Yo maté a otro Julio… Otro Julio que…

***

—Estáte tranquilo, no te agites… Has estado delirando, Oscar…
—¿Qué he dicho?
—Tonterías… De todos modos, nos has asustado. Hemos temido que tuvieras una congestión cerebral. Hablabas siempre de los dos Julios, de dos Julios, pues, en tu pesadilla, veías dos…

El señor Labro esbozó una amarga sonrisa.

—Continúa.
—Sostenías que habías matado en balde… No… Estate quieto, tómate la medicina. No es mala del todo. Te hará dormir…

Prefiero tomar la medicina y dormir; aquello era demasiado horrible. Había matado inútilmente. Había matado a un Julio que no era el verdadero Julio, a un pobre diablo que, sin duda, no le deseaba ningún mal; un vulgar pícaro que no buscaba, amenazándole de vez en cuando, más que vivir a costa suya y pasar unos días regalados en Porquerolles.

Le parecía oír aún la voz de Pata de Palo, gritándole en el colmo del terror:

—¡No haga usted eso, señor Labro!

Sin tutearle. Sin grosería. Casi respetuosamente. Todo lo demás había sido una farsa.

Labro había pasado miedo en vano. Había matado en balde.

***

—¡Vaya, señor Labro! Buen desahogo, ¿eh? Por fin vamos a poder hacer la partida de bolos en paz…

La paz reinaba también en casa de Mauricio, en «El Arca de Noé», donde no se oía ya el eco amenazador de la pierna de madera en el tablado ni por la escalera.

—¡Y usted que nos rogaba que fuésemos pacientes con él porque había sufrido tanto en el Gabón! ¡Pensar que nunca puso los pies allí…! ¿Tomará un trago de vino blanco, señor Labro?
—¿Alguna contrariedad?
—No, no es nada. Ya se pasará…

Tenía que acostumbrarse a la idea de que era un asesino. Pero, ¿a qué irlo divulgando por todas partes?

***

Y todo porque un vulgar granuja, harto de arrastrar su única pierna por todo el mundo, con la policía siempre a la zaga, una noche, en un bar de sabe Dios donde, había oído cantar a un grupo de soldados coloniales la historia de la piragua y del verdadero Julio Chapus, el cual había muerto de muerte natural quince años después del episodio del Umbolé, en un apostadero de Indochina, y adonde le enviara su compañía.

Y todo, también, porque aquel granuja, por pura casualidad, cogió un día, en Addis-Abeba, «Le Petit Var» y leyó el nombre de Oscar Labro y ello le dio la idea de ir a acabar sus días en paz a la isla de Porquerolles.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .