El buscador de almas (IX)

Georg Groddeck

 

 

 

 

XXV. EL CUARTO MANDAMIENTO. SIROPE DE MANZANA Y PERNERA. MÚSICA Y AMOR

A la mañana siguiente, Thomas continuó su viaje a Berlín. Mientras caminaba junto al tren en busca del coche de primera clase, pasó junto a un vagón de cuarta clase, a través de cuya ventanilla baja miraba una tosca joven campesina. La saludó con un gesto, lo que provocó que ésta retrocediera entre risitas. Thomas continuó avanzando y, al ver en el vagón el número cuatro pintado en números romanos, pensó en las palabras del contable sobre la aridez de los números. Mientras las cifras se agolpaban ante sus ojos en una descabellada danza de ocurrencias, vio cómo un hombre corpulento y ancho de espaldas, que cargaba un fardo envuelto en cuero, ayudaba a subir a una ancianita los altos peldaños del vagón de cuarta clase y le alcanzaba dos cestas cubiertas con paños de cuadros blancos y rojos. El mohín de la anciana, que evidentemente debía expresar amabilidad y gratitud, lo conmovió de un modo penoso y al mismo tiempo lo cautivó. Sin preocuparse más de su billete de tren, siguió al hombre con el paquete de cuero y entró en el vagón de cuarta clase.

La llegada de una persona que por su vestimenta y sus modales no encajaba con el entorno despertó la curiosidad y la reticencia de los demás viajeros. La ruidosa algarabía de ruidosas voces se detuvo de repente, y todas las miradas se clavaron en el extraño caballero.

Pegada a la puerta estaba sentada la jovencita que antes había retrocedido, cohibida, ante el saludo de Weltlein. La joven se sonrojó al verlo entrar y se volvió bruscamente hacia su compañero de asiento, un jovenzuelo de pelo negro y encrespado a cuyos pies yacía un jubón de lino con herramientas de cerrajero. El joven la miró con ojos inquisitivos y, al ver la manera en que ella se encogía de hombros en un gesto de desprecio, torciendo hacia abajo la comisura de los labios, concluyó que la chica estaba exagerando y que, en el fondo, se sentía halagada, por lo que examinó durante un buen rato, con expresión hostil, al recién llegado, se agachó y metió la mano para revolver en su bolsa de herramientas. Thomas estaba demasiado ocupado con sus propios pensamientos como para prestar atención al grupo sentado junto a la puerta. Enfiló directamente hacia el otro extremo del vagón y se plantó delante de la anciana de las dos cestas y del hombre con el fardo de cuero, que habían encontrado asientos al final del banco.

Ante sus ojos flotaba la imagen del número IV pintado en el vagón y, dado que se había empecinado en tomar a las dos personas sentadas frente a él por una madre y su hijo, aprovechó la ocasión para soltar una prédica.

—¿Cuál es el cuarto mandamiento? —le preguntó al hombre.

Éste lo miró fijamente, con ojos ausentes, dio un codazo a su compañera y volvió la cabeza lenta y tímidamente hacia el otro lado.

—Seguramente lo sabe sin ayuda de nadie —le dijo Thomas, en tono severo—. No necesita que su compañera de asiento se lo sople al oído, así que…

El hombre pasó los dedos por las correas de su fardo, se balanceó un par de veces en el asiento y, decidido a ofrecer resistencia, alzó la mirada hacia Thomas, bajó los ojos de nuevo y ladeó la cabeza.

—Honrarás a tu padre y a tu madre —salió de sus labios, lentamente.
—Bien, ¿y cómo sigue? —lo apremió Thomas—. Aunque fuese usted el último de la clase, algo así debería saberlo —dijo, sin perder de vista a su víctima; y el hombre, realmente, lo obedeció.
—Y para que te vaya bien, y… —dijo—, y… Pero, por Dios y todos los demonios, ¿qué derecho tiene usted a interrogarme?
—… para que sean prolongados tus días, y para que te vaya bien sobre la tierra — completó Thomas, desdeñando con un gesto de la mano la protesta del hombre—. Eso es lo principal: para que te vaya bien. Vea usted: todos los demás mandamientos… Usted también puede escucharnos, señora —se interrumpió Thomas, dirigiendo una mirada de ánimo a la anciana—; todos los demás mandamientos, decía, son presentados de manera simple: «No matarás». «No robarás».
—No cometerás adulterio —añadió un joven cuyo llamativo peinado, de hechura reciente, aún llevaba el aroma de la peluquería donde había trabajado el día anterior. Al decirlo se tiró del puño derecho de la camisa, cuyo color blanco original había ido perdiéndose debido a las cabezas engominadas de los clientes.

Su actitud afanosa surtió un efecto contagioso, pues acto seguido se escuchó enfrente la voz de un señor con gorro alto de obrero que, a falta de cuello, intentaba resaltar sus facciones hinchadas con un grueso chal de color amarillo.

—Santificarás los días festivos.
—Muy bien —dijo Thomas, retomando la palabra—. Le agradezco la sugerencia. Es bueno que las personas expresen de manera libre y desinhibida sus principios vitales, tanto en forma negativa como positiva.

Los dos se miraron con desconcierto, mientras que otro joven de unos quince años, que estaba sentado en medio del vagón sobre un viejo baúl que dataría de los tiempos de sus abuelos, y que, para matar el tiempo, hacía balancear entre las piernas un paquete de alimentos envueltos en un enorme paño rojo, se echó a reír a carcajadas.

—Bueno —empezó diciendo Thomas nuevamente—. Todos esos mandamientos se muestran de forma desnuda, como simples órdenes o prohibiciones, y es fácil obedecerlos. Pero en el caso del cuarto mandamiento, el amado Dios encuentra oportuno ofrecer una promesa por boca de Moisés, si bien no se atreve a proferir promesas ni imprecaciones cuando se trata de adorar su propia persona, como lo demuestran el primero y el segundo mandamiento. La honra de los padres es, sin más, algo contra natura, de modo que sólo puede conseguirse con un soborno.

El joven sentado sobre el baúl dejó de balancear su hatillo.

—Eso voy a tenerlo en cuenta —dijo, en su repentina inmovilidad.
—Los judíos siempre serán los mismos —dijo alguien que estaba detrás de Thomas y que, muerto de frío, encogía sus flacos hombros más de lo acostumbrado. Su aspecto era macilento, pesaroso a causa de los sufrimientos y las privaciones; lo tensaban el odio y la envidia; y su voz sonora, cortante, enfatizaba cada sílaba—. Hoy en día incluyen en sus periódicos concursos con premios para quienes puedan solucionar ciertos acertijos, y son muchos los estúpidos que se lanzan detrás de la prometida cadena de oro para el reloj o del servicio de café, aunque esas valiosas prendas jamás lleguen a repartirse. Y el viejo judío Moisés, al que hacen el honor de llamar Dios, da como premio, a cambio de tareas imposibles de realizar, promesas que son las más bellas del mundo: felicidad, una larga vida. Claro, no tiene que temer que alguien le exija su cumplimiento. No matarás, ¿quién podría cumplir ese mandamiento? Matamos ininterrumpidamente, sin parar, vivimos del asesinato, ininterrumpidamente. —El hombre calló, frunció los labios y bajó los ojos al suelo.

Thomas lo miró con atención.

—¿Estudiante? —preguntó.
Studiosus rerum naturalium, por supuesto. Después de cuatro años de búsqueda infructuosa de Dios en calidad de teólogo.
—Tiene usted razón, los judíos son el elemento conservador del mundo. Y quien es conservador, es judío, o por lo menos piensa como ellos desde el momento en que prefiere recortar los beneficios de otros antes que los suyos. Pero usted no parece haber superado del todo los prejuicios teológicos. Sigue buscando la ayuda de arriba —dijo Thomas, señalando a las correas de cuero que colgaban del techo, a las que el estudiante se aferraba enérgicamente. En ese instante, el tren entró en la estación y se detuvo; la sacudida repentina hizo que Thomas perdiera el equilibrio. Lanzó los brazos al aire y tuvo la fortuna de poder agarrarse de las correas y evitar la caída, pero no pudo evitar meter un pie, al tambalearse, dentro de una de las cestas de la anciana campesina. Algún recipiente se hizo añicos, y una masa suave y viscosa se pegó al pie de Weltlein.
—Dios, mi sirope de manzana —gritó la anciana con mirada de enfado.
—La bella Rottraut —respondió Thomas, mientras intentaba, ante la risotada de los otros, liberar el pie de aquel lodazal. Ahora sabía por qué le atraía y repugnaba a la vez aquella anciana: se parecía a su presunta niñera, Trude.

Se desató entonces una sublevación general. Mientras el hombre del fardo de cuero maldecía y la anciana refunfuñaba, para luego ponerse de acuerdo en exigir una reparación por daños; mientras el joven sentado sobre el baúl hacía girar en el aire su hatillo y pataleaba encantado sobre el suelo; mientras el ayudante de peluquería y el tipo del chal se tomaban del brazo y lanzaban salvas de risotadas por encima del estudiante, que se había agachado para ayudar; mientras la joven zorra campesina acudía a toda prisa para inclinarse, con las manos apoyadas sobre las rodillas, y ver la pierna encolada de sirope y contemplar cómo se levantaba lentamente, arrastrando consigo aquella papilla suave y viscosa; y mientras que hasta el celoso mecánico sonreía con malicia y un poco de alegría a causa del mal ajeno, mientras todo eso ocurría, Thomas permaneció allí, paralizado por dentro, alzando cada vez más y más la pierna, mirando pensativamente la masa negra y parduzca que se extendía desde la cesta hasta su extremidad.

—Es pegajosa —dijo por fin, estirando la mano hacia abajo y cortando con ella la cinta de sirope, logrando zafarse así la atadura del pie, a cambio de llevarse una mano embadurnada, con la que no se le ocurrió hacer nada mejor que pasársela por el pelo y, sin que eso le bastara, limpiársela luego en el pantalón—. Es pegajosa —repitió, lamiéndose el dedo y mirando de mal humor a la anciana; entonces continuó—: y es dulce. Eterna manzana del pecado; aun cocinada te pegas al talón del hombre y lo arrastras hacia el dulce abismo, y unos pechos resecos, que hace tiempo han perdido la rebosante tersura de la manzana, seducen a Adán. Pegajoso y dulce, así es el poder de las madres. La madre, el ama de cría, la nodriza imaginada; al final todo es lo mismo: el anhelo de volver a la dulce tranquilidad del viscoso seno materno, hasta que la madre tierra se abre para dejarnos dormitar de nuevo en la oscuridad del sepulcro. —Thomas extendió la pierna hacia la anciana, que se esmeraba por recoger en otro recipiente los restos de su sirope, sacándolos de entre los añicos del frasco roto; el pie de Thomas parecía invitarla a recoger también de allí lo que era de su propiedad. Cuando la mujer, hirviendo de rabia, le escupió encima, él bajó la pierna y dijo—: Las madres, las madres, eso suena tan maravilloso. —Y entonces sacó un par de monedas de oro y se las ofreció a la anciana. Como un ave de presa, la mano del hombre del fardo de cuero se estiró hacia las monedas y las cogió antes de que la mujer pudiera siquiera intentarlo. De inmediato empezó una pelea entre ambos. Thomas, a continuación, se dio la vuelta hacia el estudiante, que se esmeraba en limpiarle, con papel de periódico, el claro pantalón embadurnado.
—Cuánta razón tenía Jehová al premiar el amor por los hijos. Vea con qué ira se pelean una madre y su hijo en cuanto el Dios del oro se interpone entre ellos. Asimismo, los hijos, están desde temprano al acecho de la muerte de sus padres, ya sea para quedarse con un anillo o una taza.

El estudiante, perplejo, pero entendiendo a la vez, alzó la mirada hacia Thomas, mientras que el hombre del fardo de cuero, de repente, interrumpía la riña y se reía frenéticamente, al punto de no darse cuenta del momento en el que la anciana le quitó las monedas de oro.

—Oye, vieja —gritó, estremeciéndose—. Éste piensa que tú eres mi madre.
—¿Y qué? —bufó ésta, lanzándole un zarpazo a la cara y obligándolo a arrastrarse hasta un rincón, muerto de miedo—. ¿Es que no soy lo suficientemente joven para ti, pedazo de escoria? ¿Eh? Ahí delante está esa sucia jovencita, y he visto bien cómo le has guiñado el ojo. Pero ésa no se iría nunca con un guarro como tú, cualquiera se da cuenta de que ya no puedes hacer nada más que mear; estás acabado, y si yo fuera ese mozalbete que está al lado la chica, agarraría una rama con espinas y os doraría el trasero a los dos, primero a ti y luego a ese emperifollado miserable que se dedica a pisotear a la gente pobre sus únicas pertenencias; y después le daría otra zurra a esa descarada.

La joven así agredida empezó a lloriquear y a pedir ayuda, intentado persuadir a su chico, que estaba allí de pie, con expresión siniestra, blandiendo un martillo sin decir palabra. El hombre de la gorra de obrero se le ofreció a la joven como protector, habló de gente que tenía pólvora fresca en el gatillo, mientras que otra iba con los bolsillos vacíos y apenas podía cargar la escopeta; el peluquero, por su parte, se ladeó el sombrero y empezó a hablar de hombres elegantes a los que nada se les había perdido allí, que debían estar en la cárcel por pretender seducir a chicas inocentes. Estalló entonces un confuso griterío. Todos se agolparon alrededor del punto donde Thomas había quedado pegado al suelo, y que tenía una mano en la correa de cuero y la otra bien extendida, con los dedos separados, para intentar detener a la turba que se le echaba encima, como el orador que quiere calmar las pasiones de las masas con un gesto. El sombrero se le había caído hacia atrás y tenía la boca abierta de par en par, como si fuera a tragarse al primero que se le acercase. De repente, el tumulto se detuvo. Desde la entrada del vagón se oyó el tintineo de un organillo que, con melancólicos gimoteos, entonaba la canción «Abandonado, abandonado estoy». Los rostros enfurecidos se calmaron, se compusieron y sonrieron cuando alguien dijo; «Un organillo», a lo que otra voz añadió; «Sí, un organillo», y todos los que se abalanzaban furiosos en ese momento hacia el escenario de combate, rodearon al hombre de la pata de palo y la gorra de soldado, cuya hermosa cabeza, con su venerable barba al estilo del emperador Federico, se volvía amablemente hacia un grupo y hacia el otro, tarareando muy bajito la melodía.

Las aguas se separaron, pero antes de alcanzar al organillero se oyeron unas palabras: «A ver, hagan sitio», y en ese momento apareció el revisor.

El organillo continuó tocando su melodía, mientras el revisor iba de uno a otro exigiendo que le mostraran los billetes. Por último se acercó a Thomas, que desde hacía un buen rato revolvía frenéticamente los bolsillos del traje, pues, como era costumbre, tampoco ahora encontraba su billete.

—Vamos, dese prisa —dijo el controlador, examinando con recelo la pierna negra y parduzca de Thomas—. ¿O es que piensa viajar de gorrón?

Por fin Thomas encontró el billete en el sitio donde debía estar, el bolsillo interior de su chaqueta, y el revisor miró con asombro el billete de color amarillo.

—Usted no debería estar aquí —dijo—. La primera clase está al principio del tren. —Al decir esto, miró con ojos inquisitivos la pernera del pantalón de Thomas y la oscura mancha de sirope de manzana en el extremo del vagón—. ¿Es usted el causante? —La pregunta provocó la ruidosa hilaridad del joven con el hatillo rojo—. Está prohibido ensuciar el tren, y si no lo limpia, le multaré.

Thomas se sintió tan intimidado que se dio la vuelta y sacó su pañuelo, dispuesto a iniciar la limpieza de aquella propiedad imperial prusiana. Pero, de repente, recordó su costumbre de librarse de sus miedos pagando, por lo que sacó una moneda de oro y se la dio al revisor.

—Quizá tenga usted a bien buscar a alguien que quite la mancha. Es sirope de manzanas, nada más —dijo, recogiendo con la punta del dedo una muestra de su pernera y poniéndosela al controlador delante de la nariz. Éste, fiel a sus obligaciones, la olió, y luego dijo:
—Ya veré cómo lo arreglo.

Thomas respiró aliviado y, algo más animado, intentó acercarse al organillero, aunque le molestó un poco que la suela de su zapato se pegara todo el tiempo al suelo. Los otros pasajeros habían ocupado sus asientos, pero el de la pata de palo se cuadró ante el caballero que cojeaba, aunque su saludo estuvo dedicado más bien a las monedas de oro y no al que las regalaba.

—No, no toque —dijo Thomas, interrumpiendo el gesto con el que el hombre llevó su mano a la manivela—. Deseo intercambiar con un experto un par de hondas palabras sobre la más bella de las artes, y dado que los dos cojeamos…, aunque yo sólo lo hago con el pantalón, creo que habría un rápido entendimiento entre nosotros.

El viejo estaba allí de pie, en firme, aunque algo perplejo al oír unas palabras tan solemnes. Finalmente, masculló un «¡Sí, señor!» e intentó poner en movimiento otra vez su instrumento de tortura. Entonces Thomas le agarró la mano con fuerza y empezó a hablar como un torrente.

—Sin duda le habrá llamado la atención el hecho de que la música, que es, de todas las artes, la menos apegada a la materia, sea tan sensual; y es que la música surge de la sensualidad, actúa sobre ella. El pájaro canta cuando se aparea, y un jovenzuelo adquiere sus tonos más graves de pecho cuando el vello del pubis empieza a crecerle. Todo lo divino tiene su origen en los genitales, y la música surge gracias al deseo en el transcurso del contagio interior, un tema sobre el cual haré publicar próximamente un breve ensayo en la revista del gremio de los organilleros. Permítame… —dijo, y continuó, al tiempo que agarraba la manivela y la hacía girar medio compás—. ¿Qué es esto?
—La oración de una virgen —respondió el músico.
—Una clavija que se introduce en un agujero —dijo Thomas, con grandilocuencia—. El cilindro es el hombre; el disco, la mujer. La cuestión es tan simple que hasta un niño lo entiende. La música es una creación del amor, o para entendernos mejor, de Eros. ¿Sabe usted lo que significa Eros?
—Nooo —dijo el anciano, alargando la sílaba, como si con aquella pregunta se le hubiera hecho la mayor de las ofensas.
—Tampoco es necesario. Usted también lo entiende, pues cualquier niño lo entiende. —Thomas alzó el brazo y lo dejó caer de nuevo; a continuación, el brazo se dirigió hacia la derecha y después hacia la izquierda, y, acto seguido, repitió la operación desde el principio. Mientras lo hacía, Thomas observaba detenidamente a su discípulo—. ¿Lo ha entendido?

El organista negó con la cabeza e intentó apartarse de la pared contra la cual lo había arrinconado Thomas. Pero este último lo agarró con fuerza y repitió sus movimientos.

—Arriba y abajo, a un lado y a otro. Son los principios de la música y de Eros. Lo mismo hacen el hombre y la mujer, que, al hacer el amor, suben y bajan; o los cuerpos, que se unen y se separan; eso hace la música. Una nota puede ser alta o bajar hasta la tonalidad más grave, puede ser fuerte o extinguirse en un pianissimo, los sonidos se suceden en una amplia gama de tempi, para pasar de repente a un frenesí furioso. La melodía se eleva o se acalla. Imagínese un violín. El arco sube y baja siempre, va de un lado a otro, a veces rápido, a veces lento, y eso es una imagen adecuada del acto amoroso. El violín es la esposa, y el arco, tensado, el esposo, mientras que el brazo del violinista es el lecho nupcial. También se dice «templarse a una mujer», «rascarle el violín a una dama».
—Pues sí. —Los ojos del anciano brillaron de repente, llenos de comprensión, y su mano hizo girar un poco la manivela—: O «zarandearle el órgano».
—¿Lo ve? —exclamó Thomas, contento, y le lanzó a la desvergonzada campesina, que escuchaba llena de lascivia, una mirada para que se animara, una mirada que su novio intentó neutralizar con un codazo en las costillas de la joven—. ¿Lo ve? Lo ha entendido, y ahora también comprende por qué las personas, en los conciertos, quieren ver a la orquesta, pues se trata de un tálamo multiplicado, con el director como imponente amo de la orgía. Precisamente el director, con su batuta que sube y baja, que va de un lado a otro, es un invento de Eros; en cierto modo, es un fermento de testículos y ovarios transformado en ser humano. No, no —dijo entonces, descartando con uno de sus grandilocuentes movimientos del brazo las objeciones de su oyente, que en realidad nada tenía que objetar, pues hacía rato que no entendía ni jota de lo que se le decía—. Cuando algunas personas aisladas ocupan un sitio donde no pueden ver al director, no es porque demuestren amor por la música, es porque huyen de la excitación. Porque no son sólo los movimientos de la orquesta y del director los que influyen en el ojo del espectador, sino, sobre todo, la batuta. Se piensa de inmediato en los golpes, en los miembros castigados, simbolizados por el trombón y la trompeta, en los sonidos de la flauta que ilustran el gimoteo de la persona golpeada. Los sonidos de la flauta que enseñan a vivir. ¿Lo entiende? Para las naturalezas sensibles resulta demasiado; cierran los ojos y se ocultan de la fuerza de las sensaciones. De ahí surge también la idea de ocultar la orquesta, algo concebido por los que pecan con los ojos. No, espere… —dijo Thomas, interrumpiéndose y apartando a un vendedor de naranjas que se había pegado a él para ofrecerle una de sus frutas—. Después.

El vendedor, un hombre bajito y encorvado, con un ojo cubierto por un parche negro y el otro observándolo todo con picardía y astucia, se situó al lado del organillero.

—Sí, estimados señores —empezó diciendo Thomas nuevamente, alzando un poco más la voz, como si hablara para toda una asamblea—; lo terrenal y lo celestial, la música y el amor representan ambas cosas. He ahí el piano: el dios artista se sienta ante él y hace surgir los sonidos, sonidos enfrentados, los de un matrimonio, armónicos y disonantes, falsetes y graves. Y ahí tenéis a la mujer, que guía la melodía en octava dominante, que toca el primer violín de manera auténtica, mientras sus hijos la secundan hasta los tonos más agudos del niño en pañales. El bajo arremete contra ello, se apropia aquí o allá del dominio del tema y lo pierde de nuevo, sigue a la mujer o brama, se enfurece… Sí, señores míos, el piano es el matrimonio, no sólo un símbolo del matrimonio, sino, en verdad, un juego amoroso, nacimiento y muerte, declive y fuga, abrazo y lucha; como las extremidades de los amantes, los tonos se entrelazan, se esquivan, se buscan de nuevo, ascienden jubilosos hasta el supremo firmamento de la dicha y descienden otra vez hasta una oscura tristeza. El piano es un vientre de mujer, en cuyas entrañas los niños dormitan camino de la vida. Durante muchas lunas ese vientre permanece muerto, pero entonces llega la gran hora en la que despierta una nueva vida. Entonces un macillo se alza como el bracito de un niño, como una pequeña pierna, y un extraño éxtasis inunda ese vientre de mujer y resuena con una nota cuando sale al mundo. Y todo se aviva cada vez más, un macillo y otro van golpeando a uno, a otro niño, y el éxtasis estremecedor se convierte en melodía. Los coros de ángeles entonan una canción eterna y el trueno de los bajos hace su llamado al Juicio Final. El cielo se abre, el sonido de las esferas resuena, habla la divinidad. Vea usted las teclas negras, diminutos sarcófagos infantiles que se mueven, desde los que canta la muerte. ¿Acaso no es un sarcófago esa enorme caja negra, un sarcófago lleno de esperanzas y de resurrección, lleno de amor y más amor? Fíjese en la forma alada del piano de cola, la poderosa ala negra de la muerte, del ángel que acalla toda alegría y todo dolor. Sentir, palpar, oír, vea usted cómo la música es amor, y el amor es muerte, y la muerte, vida. El propio Dios…

Al vendedor de naranjas se le agotó la paciencia, y con un rápido movimiento tiró del organillo, hizo girar la manivela y, en medio de los ditirambos de Weltlein, resonó la marcha de Fatinizza: «Estás loco, hijo mío».

Thomas fue el primero en aplaudir, riendo. Como un oso que baila, saltaba de un pie a otro al compás de la música, mientras tiraba de la barba al anciano mendigo y exsoldado, al que arrojó una pieza de oro sobre el instrumento; luego metió ambas manos en la cesta de las naranjas y empezó a hacer malabares con las doradas frutas.

—Debe de ser bonito eso de ponerse a jugar con las bolas del mundo —dijo—. Eso sí, no se las puede dejar caer. —Una de las naranjas se le había caído de las manos y rodado hasta donde estaba el mecánico, que la apartó de una patada, malhumorado. Thomas se disculpó sinceramente y le preguntó al mecánico si podía entregar las dos frutas que todavía tenía en las manos a la dama por la que latía su corazón.

El joven rio con tono burlón.

—Si ella recibe algún regalo será mío. Los dos sabemos lo que significa que un elegante caballero le regale algo a una jovencita, y si no se larga usted pronto… —El joven no acabó la frase y dejó caer su puño cerrado sobre la rodilla.

Thomas lo miró con amabilidad, al tiempo que hacía bailotear las dos naranjas en la mano abierta. Entonces dijo:

—¿Por qué está usted enfadado conmigo? Míreme, soy un señor mayor, y luego mírese usted. ¿Cómo puede estar celoso, si me supera en todo?

El mecánico alzó la vista, y al ver el «narizo» lleno de granos, sonrió un poco.

—Usted habla de muchas cosas que nadie entiende. Pero todos se dan cuenta de que son indecencias.

Thomas negó con la cabeza, perplejo.

—¿Indecencias? —repitió, y la pregunta dejó entrever un tono de asombro tan infantil que el mecánico consideró pertinente explicarse.
—Habla usted de música, de órganos, de violines, pero se está refiriendo a cosas muy distintas.
—¿Y acaso no se da cuenta de que usted también se refiere a otra cosa distinta cuando empuña su martillo? ¿No sabe que al dar martillazos marca siempre determinadas secuencias rítmicas? —Thomas tamborileó el motivo de Mime en el suelo del tren—. Cada trabajo requiere de un orden, de una música: sólo tiene que prestar atención. Cuando unos obreros pavimentan una calle, alzan y bajan sus mazos de acuerdo a un ritmo determinado, y quien ha de izar una carga con una palanca, lo hace siguiendo una melodía. —Thomas metió el bastón bajo el jubón de las herramientas del mecánico y, mientras fingía que se esforzaba mucho, iba emitiendo unos sonidos peculiares—: La, la, la, huup; la, la, la, huuup.

El mecánico asintió.

—Usted sabe, por lo tanto, que se trabaja de un determinado modo musical, y que eso es una ley general para toda actividad humana, también la intelectual; y eso también lo sabe, o por lo menos podría creérselo. Pero ¿por qué ocurre así?

El mecánico respondió todavía un poco malhumorado.

—Porque así se trabaja mejor.
—Sí, pero ¿por qué el trabajo se hace más fácil cuando se mantiene un ritmo? Porque en el ritmo se expresa la esencia más honda del hombre, porque se aviva el niño que habita en él, que ha de convertir todo en juego; porque la seriedad mecánica resulta insoportable y es preciso darle otra forma por medio de la imaginación. No se corresponde con nuestra libre voluntad el concebir las cosas de otro modo que no sea rítmico. Escuche los golpes de los rieles. Al instante verá con claridad que esos golpes le cuentan algo, le cantan algo. Bueno, bien mirado, no lo hacen, pero es su oído el que les adjudica una melodía. Y lo mismo hace usted con el bramido del viento, con el rumor del agua, con el golpetear de la lluvia, con un torbellino de hojas movidas por una ráfaga de aire, con los ladridos de un perro, con los giros del volante, con las horas, los días, los años, con el sol, la luna y las estrellas. Todo eso, por muy irregular que sea la frecuencia con que ocurra, el hombre lo convierte en melodía, lo somete a unas pautas de secuencia rítmica. ¿Por qué? Existen circunstancias forzosas condicionadas por el mero hecho de estar vivos, circunstancias que personas cultas como nosotros dos tenemos que descifrar. Pero hay una cosa que usted debe entender sin más. Nueve meses permanece el niño en el vientre materno, y la mayor parte de ese tiempo su única ocupación son los latidos del corazón. Lo único que percibe, que le resulta claro, es el ritmo regular del pulso. Mucho antes de cualquier influjo sobre sus sentidos, mucho antes del nacimiento, antes de que el niño experimente lo más mínimo del mundo, se acostumbra al ritmo, a un subir y bajar, a un ir y venir. Y ese sube y baja, ese va y viene, lo encuentra usted en cualquier parte. Y donde se revela con más fuerza, donde se hace más enérgico e inolvidable, es en el va y viene, en el vaivén del hombre dentro de la mujer.

El mecánico se levantó, alterado:

—Basta ya de cochinadas, de lo contrario le pegaré un sopapo.
—A esas cochinadas debe usted la vida. Honrad a vuestro padre y a vuestra madre, se dice. No debería usted llamar cochinos a sus padres.
—¿Qué le importan a usted mis padres? ¿Qué tienen que ver ellos con esto? Le prohíbo que arrastre a mi madre a su pocilga.

Thomas sonrió suavemente.

—Un joven al que conocí una vez, y lo conocí muy bien, porque era yo mismo, dijo en una ocasión, cuando un compañero de colegio le contó la historia de la procreación: «Tal vez tus padres sean tan cerdos como para hacer tal cosa, pero mis padres no lo hacen». Y usted se parece mucho a ese joven.

El mecánico se quedó perplejo por un instante y dijo a continuación:

—Bueno, sí, pero es que de esas cosas no se habla; por lo menos, no en un tren.
—No —respondió Thomas—. De eso no se habla, pero si pasa con una joven por el lado de una locomotora, ésta hablará con más claridad que yo. —Y dicho esto, se metió el dedo índice derecho entre el puño cerrado y empezó a moverlo hacia dentro y hacia fuera, hacia dentro y hacia fuera.

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XXVI. UNA RIÑA. LO QUE PUEDE EL «TÚ» DE UN PRÍNCIPE

—¡Cerdo! —gritó el mecánico, fuera de sí, intentando agarrar por el cuello a su enemigo, pero los que lo rodeaban, que habían seguido a carcajadas los gestos del elegante caballero, lo retuvieron, mientras que el estudiante, que lo sostenía por el brazo, dijo con voz aguda y tajante:
—Quédese tranquilo, este señor tiene razón; y usted, que es mecánico, debería estar contento de aprender por qué las máquinas resultan tan atractivas para cualquier persona.
—¡Que siga hablando! —exclamó el peluquero, a cuyo lado se había sentado una mujer muy acicalada que llevaba una blusa blanca con lazos enormes de color rojo chillón. Por su parte, el vendedor de naranjas explicó que lo que le había parecido bien al organillero debería parecerle razonable al mecánico.

Thomas retomó las palabras del estudiante.

—Atracción, ha empleado usted la expresión correcta. ¿De dónde viene eso de que uno quiera lanzarse entre las ruedas de un tren en marcha? Para explicar algo así no bastan las teorías físicas ni las fisiológicas, como no bastan tampoco para explicar las náuseas que miles de personas sienten cuando viajan en tren. O el hecho de que todos los niños jueguen a los trenecitos —dijo Thomas, sonriendo al recordar su último encuentro con Lachmann—; todo ello se explica únicamente a través de procesos psíquicos de índole profunda: el contagio interior. «Chu-chu», ¿acaso no lo notan? Casi puede oírse en el nombre.

El joven de la gorra soltó una carcajada, al tiempo que intentaba agarrarle los senos, desde atrás, a la risueña princesa de los lazos.

Thomas no se dejó interrumpir y continuó exponiéndole sus puntos de vista al mecánico, que estaba rojo de ira. Thomas había metido una mano en la levita abotonada, y con la otra movía su bastón de arriba a abajo, al tiempo que extendía su pierna embadurnada de sirope en gesto desafiante.

—En una locomotora, lo primero que llama la atención son los artefactos que se mueven a un costado: el pistón y los cilindros, que entran y salen. Y arriba les responde la chimenea, ahogada por el esfuerzo, soltando vapores de sudor: «Chu-chuchu…». Ante un agujero enorme y negro, en el que arde el fuego, hay un hombre erguido, revolviendo con una vara los rescoldos. Suena un silbido, usted sabe lo que significa ese pitido, las mujeres no saben silbar, y de vez en cuando se abre un grifo, y aquel monstruo de hierro viviente suelta agua de la barriga. Así ocurre con la locomotora, y algo parecido sucede con las demás máquinas; y usted, que está obligado a manejarlas, también lo nota, pero no quiere admitirlo. Tiene que sentir que la llave es el hombre y la cerradura, la mujer. Si pudiera usted, a cambio de tres peniques, adquirir el don de la observación, ya tendría que haber reunido el material suficiente para darse cuenta, por la nariz de las personas, de por qué algunas pierden una llave o rompen una cerradura. La cerradura cierra la puerta, y la puerta cierra la habitación, la recámara de la mujer. Cada mujer tiene un cerrojo que el hombre ha de abrir. Lea, sin más, el Fausto, estimado caballero, la segunda parte, la escena de las madres, y allí encontrará el significado de la llave. Una llave abre cualquier cámara del tesoro, y también la de su tesorito, si es que eso no ha ocurrido hace ya tiempo. Pero los hombres son tan estúpidos que no saben que en todas partes está la mujer, que ella es, en verdad, la madre de todas las cosas. La bodega y la cocina, la casa y la huerta, todo es femenino. Porque en la bodega reposa la barrica en la que fermenta el nuevo vino, y sólo lea «Canción al vino», de Novalis, y lo encontrará. Y en la cocina, ante el hogar, se cocina todo, del mismo modo que en el seno de la mujer se prepara el hijo. La primera casa habitada fue el vientre de la mujer; la huerta y el jardín con fuente, setos y rosales surgieron también por contagio interior. La mujer es la fortaleza que ha de ser conquistada, y cuando es bella, es un palacio, un castillo. Corchete y corcheta, macho y hembra, llaman los tiroleses al hombre y a la mujer…
—Y la cuerda de la que deberíamos colgarle también sería, en ese caso, femenina —gritó el mecánico, que se iba enfureciendo cada vez más.
—Cierto, cierto —dijo Thomas, con júbilo ceremonioso—. El cadalso, la bendita mano del diablo que mete al ladrón en el lazo. Amigo, hermano… —exclamó, extendiendo los brazos para atraer al mecánico hacia él—. Tú me entiendes.
—No le permito que me tutee. —El hombre se había soltado con un tirón repentino y se lanzó sobre Thomas, que retrocedió tambaleándose, pisándole los pies al vendedor de naranjas y casi a punto de perder el equilibrio. Pero enseguida logró recomponerse, puso sus manos sobre la cabeza del agresor y lo empujó hacia abajo con todo el peso de su cuerpo, hasta que el hombre se dobló como una navaja. Surgió un caos tumultuoso, mientras el vendedor de naranjas abrazaba a Thomas por detrás y los otros tiraban del mecánico. Se oyeron gritos e insultos, y se produjo una auténtica riña tumultuaria cuando, de repente, apareció el revisor. De inmediato la batalla se detuvo, y el caso fue presentado a la alta autoridad.

En su fuero interno, el revisor estaba convencido de que Thomas era un canalla taimado con intenciones poco decentes. ¿Qué, si no, habría ido a buscar a la cuarta clase teniendo un billete de primera? Pero considerando la propina que había recibido, y con la esperanza de recibir otra, intentó de algún modo dar la razón al elegante caballero. La cuestión no era nada fácil, pues, con excepción del estudiante, todos los demás viajeros se pusieron en contra de Thomas. Fue el vendedor de naranjas, sobre todo, quien predicó con mayor indignación contra la inmoralidad de aquel rico intruso que, por tener dinero, creía que podía decir obscenidades ante un grupo de gente decente y pisarle los callos a la gente honrada. Lo secundaron con brío el hombre de la gorra de obrero, que se vanaglorió de ser un honrado carnicero, y la dama con el lazo rojo sobre los pechos, que, en una rara confusión mental, intentó resarcir su virginidad mancillada con cierto pathos moral. Asediado de ese modo, con la boca entreabierta y el bigote desaliñado, el revisor, después de mantener a raya a los acusadores con repetidos movimientos de la mano, decidió dar una reprimenda y, con el tono solemne de la justicia eterna, dijo al acusado:

—Podría esperarse un comportamiento más decente de un caballero que pretende pasar por una persona educada. Había ensuciado usted una propiedad imperial, y ahora empieza a fomentar peleas. Debería avergonzarse. —Con ello, se dio la vuelta para marcharse, contento de quitarse de encima aquel asunto. Pero había errado en sus cálculos.

Thomas, en el momento en que se interrumpió la riña, se había metido las manos en los bolsillos y había escuchado en silencio la tormenta. Su mirada se posó entonces en el encorvado vendedor de naranjas y en el parche negro de su ojo izquierdo. Cuando el revisor acabó su discurso, iba a hacer uso de su remedio para todo, las monedas de oro, pero, para su desconcierto, sus bolsillos estaban vacíos. Se palpó el bolsillo del pecho: vacío, y también su billetera, que llevaba unos doscientos marcos, había desaparecido. Se disponía a presentar la denuncia del robo cuando su mirada se posó otra vez en el vendedor y, gracias a una repentina asociación de ideas, tomó la decisión de recorrer de nuevo el camino del dolor. En lugar de aceptar con calma la solemne cháchara del revisor, le respondió con el tono más insolente que pudo adoptar:

—A usted, aquí, le corresponde revisar los billetes, nada más; para eso le paga el Estado, es decir, los contribuyentes, entre los que me incluyo. Usted es mi empleado y, por lo tanto, ha de comportarse con humildad. ¿Entendido?

Al revisor la cara se le puso tan morada, que parecía que se la hubieran embadurnado de zumo de moras.

—¿Su empleado? ¡No me diga! Usted… Usted… —No consiguió salir de esos dos «usted», ya que la mirada serena de Weltlein lo trastornó completamente. Había perdido el habla, y sólo salió de él un bufido entrecortado.
—¡El trenecito! —exclamó Thomas, triunfante—. ¡Está jugando al trenecito!
—¡Yo le voy a enseñar lo que es un trenecito! En la estación siguiente verá si yo soy su empleado o la cosa es al revés.
—Ya sé que el Estado mantiene a los empleados estatales a costa del contribuyente —sonrió Thomas con ironía.
—Ya verá lo que es un empleado —lo amenazó el revisor—. Se lo enseñarán en la policía. Hay aquí suficientes personas que pueden atestiguar que usted ha ofendido a un funcionario del Estado.

Pero el ambiente había dado un giro. Casi todos los viajeros en aquel vagón habían tenido alguna vez alguna mala experiencia con empleados del Estado, y la mera mención de la policía hizo que el revisor perdiera todas sus simpatías. Ni el joven de la gorra ni el peluquero, mucho menos la mujer de la blusa con lazos, deseaban reanudar su trato con las instituciones, y hasta el de la pata de palo y el estudiante fingían, de repente, que el asunto no era de su incumbencia. Sólo el vendedor de naranjas se ofreció espontáneamente a servir de testigo al revisor, diciendo que había sido insultado.

Entretanto, el tren había cruzado ya algunas estaciones de los suburbios de Berlín, y el revisor se apresuró a ir a ver al maquinista para informarle sobre el caso de Thomas.

Durante el breve recorrido hasta que el tren entró en la estación de Anhalt, en el centro de Berlín, hubo un vivaz intercambio de ideas entre el estudiante y Thomas, una charla que giró en esencia en torno a la rudeza de la policía y de los empleados públicos. En tanto el estudiante expresaba sensatos puntos de vista sobre un fenómeno tan curioso, las afirmaciones de Thomas hicieron que los demás pasajeros no parasen de reír. Primero dijo que «empleado» venía de la palabra «ama» (como el ama de cría), o que por lo menos cualquier empleado se contagiaba de tal modo con el sonido de la «m», que terminaba por adoptar en su carácter fragmentos de la condición de ama.

—El empleado estatal, el funcionario, considera al público un niño en pañales —dijo—; y ha de verlo así, pues se siente en la obligación de guiar a esa desamparada criatura que sólo sabe mamar y berrear; pero, además de su sentimiento de responsabilidad, y debido a él, tiene la idea megalómana de educar y castigar al público lactante. Es consciente, sin embargo, de su propia imperfección, ya que le falta lo principal que tiene un ama de cría, la leche. Y precisamente el no tener leche, el no poder dar de mamar (y he ahí de nuevo la «m»), es lo que explica el rechazo que le muestra el público. En relación con el empleado del Estado, el público se encuentra en un proceso de deshabituación, de destete, los pechos le saben amargos, pues están rociados de quinina, y entonces intenta vengarse con una rebelión encubierta, porque no entiende que esa ama mutilada exija obediencia sin poder dar a cambio la dulce leche. Ese carácter de ama de cría se ha preservado sobre todo en la costumbre de algunos empleados de menor rango de ponerle a la madre de la compañía, por ejemplo, una libretita de apuntes entre los botones del pecho, con lo cual enfatizan el negocio de la leche y atraen aún más al público lactante, que entiende ese énfasis en una carencia como una burla. En el caso de la policía, el asunto es aún peor. En su primera sílaba está contenida la palabra «posaderas», con las fatales asociaciones a los azotes que uno ha recibido en esas partes. La segunda sílaba, «li», es una abreviatura de «lisonja», y hace pensar en esa casi monstruosa pretensión de los educadores de que hay que quererlos a pesar de las tundas que uno ha recibido. Y lo cierto es que después a uno lo ponían en una esquina, contra la pared, hasta que pidiera perdón.

El tren entraba en ese momento en la nave principal de la estación, y en ese instante Thomas concluía también sus disquisiciones. Le indicó al estudiante cuál era su hotel, le dio su nombre y le pidió que fuera a visitarlo; luego salió, saludando cortésmente a todos.

Ya en el andén, lo esperaban el revisor y el maquinista, que lo agarraron cada uno por un brazo para llevarlo hasta la comisaría de la estación. Pero aquella marcha triunfal adoleció de un fallo desde el principio: ninguno de los viajeros se presentó como testigo. El vendedor de naranjas había desaparecido de forma enigmática, sólo se le vio atravesar la barrera del andén. Y dado que, además, la vestimenta y las maneras del acusado cobraban al aire libre una connotación muy distinta a la del entorno mugriento del vagón de cuarta clase, al revisor lo asaltaron todo tipo de dudas sobre si era apropiado o no llevar a aquel hombre ante la policía. Podría salir a relucir lo de la moneda de oro que él había aceptado como propina, y se imaginó la moneda saliendo otra vez de su bolsillo, donde ahora sonaba tan agradablemente. Al maquinista, por su parte, no le venía bien participar en un largo y tedioso careo que le robaría parte de su tiempo libre.

Thomas, por el contrario, se crecía con cada paso que daba entre aquellos dos guardianes gruñones. Estaba otra vez embebido con el incienso del dolor, que lo entusiasmaba hasta la idea de creerse el Salvador entre los dos ladrones. Caminaba con paso firme hacia el Gólgota, con solemnidad, decidido a conjurar sobre su persona nuevos tormentos delante del oficial de policía.

La comitiva formada por aquellos tres hombres atrajo la atención del público, sobre todo porque Thomas se puso a predicar en voz alta, en soliloquios acompañados de gestos frenéticos, sobre su vocación de redentor. De repente, el flujo de viajeros que buscaban la salida se dividió en dos partes. Un oficial alto, vestido con el uniforme de los húsares rojos —a cuyo lado, dos pasos por detrás, avanzaba su ayudante—, se acercó con paso rápido. Aquí y allá la gente empezó a detenerse, saludándolo de un modo muy llamativo. Los dos empleados de ferrocarriles se detuvieron y le hicieron frente, mientras que Thomas continuó avanzando.

El oficial se quedó atónito por un momento al ver a aquel hombre corpulento y gordo que, a juzgar por su pernera izquierda, de color claro, con su zapato de charol y el calcetín de seda violeta, parecía haber sido sacado de una letrina, entonces, se dirigió hacia Thomas con la mano extendida y dijo:

—Müller, grandullón, mi Labán; mi querido y viejo amigo, ¿de dónde diablos vienes?

Thomas se detuvo, despertó bruscamente de sus ensoñaciones, tomó con respeto y camaradería la mano del príncipe Viktor, el Príncipe Rojo (como lo llamaba la gente), y respondió:

—Vengo directamente del purgatorio, Alteza, y me llevan ahora ante el Juicio Final, para luego arrojarme al infierno.
—¿No puedes venir conmigo? Me voy al palacete, y me alegraría poder charlar contigo un par de horas, para rememorar los viejos tiempos. Desde luego, no estás muy presentable.
—De todos modos, no podría acompañarle, aunque me gustaría. Voy camino de la cárcel, de las esposas, de la prisión. Y he aquí a los esbirros del tribunal —dijo, cogiendo a los dos empleados, que habían quedado como muertos en su sumisa perplejidad.

El príncipe echó una ojeada inquisitiva al maquinista.

—Es sólo para comprobar que… —balbució éste— que… Bueno, el revisor dice que… Espero que sea un error… El revisor…

El revisor estaba allí y sudaba a causa del nerviosismo. En ese momento deseó irse al diablo, incluso estaba dispuesto a devolver la moneda de oro con tal de alejarse de la angustiosa proximidad del Príncipe Rojo, cuyo carácter poco tierno guardaba bien en la memoria debido a un desagradable incidente ocurrido durante su época en el servicio militar.

El príncipe empezó a impacientarse.

—Estoy acostumbrado a recibir respuestas claras, señor maquinista. ¿Cómo se llama usted?
—Rehbaum, Su Alteza.
—¿Y ese otro hombre?
—Kalkner, a sus órdenes, Alteza.
—Bueno, ¿qué pasa? ¡Hablad de una vez! —Y dado que no hubo respuesta inmediata, continuó diciendo—: No tengo tiempo para esperar a que a ustedes les dé la gana de responderme, mi tren no espera. Espero que no estén molestando a este caballero innecesariamente. Adiós, Labán, grandullón, volveremos a vernos muy pronto.

Y dicho esto, se alejó.

Al maquinista se le habían quitado las ganas de armar un escándalo con el hombre que hablaba de tú a tú con el Príncipe Rojo. Saludó brevemente y regresó al tren. Pero ahora no iba a librarse tan fácilmente de Thomas, que lo sujetó desde detrás por el faldón de la levita y le dijo que quería un veredicto de su parte. Cuando el maquinista se volvió hacia él, gruñendo, el controlador aprovechó la ocasión para alejarse de allí a toda prisa, y Thomas hubo de perseguir a ese otro ladrón, el más importante de los dos. Pero éste saltó sobre los rieles y atravesó el vagón vacío de un tren detenido, y al final Thomas se encontró solo, jadeante y enfadado, ya que los dos perseguidores se le habían escabullido. Furioso, caminó hacia la salida y, al atravesar la barrera, fue a parar directamente a los brazos de Keller-Caprese.

(Continuará…)

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