La niña

Rodolfo Carlos Napán Arquíñigo

 

 

 

Hoy en el hospital es un raro día. En el pasadizo hay mucha gente que llora y me mira como si me conociera. Se forma una batahola que me hace recordar la calle los días viernes. Todos mencionan el nombre de una niña pero con una pena que me conmueve. Una mujer, que parece ser la madre, se acerca a una enfermera y le grita:

¡Déjame entrar, soy la madre!

Intente golpearla, algo la detiene; luego se sienta y llora, su rostro tiembla por el llanto. Todos los llantos me conmueven pero este tiene algo distinto: me hace temblar.

Me acomodo la filipinas y entro a la sala de cuidados intensivos. El olor a quemado es fuerte, tanto que abro más las ventanas. Camino lentamente como si tuviera miedo a alguien, algo raro en mí, pues en mis quince años en esta profesión es la primera vez que afronto este momento. Me acerco a la camilla. Hay sobre ella una niña de aproximadamente diez años, la misma edad que mi hija. Tiene solo los ojos, la boca, la nariz y la mano derecha descubiertos. Me mira y yo sé que sonríe, porque sus ojos se alargan y brillan; sí, la de esa niña es una lucecita extrañamente bella. De su cuerpecito emana una muerte segura, lo sé, quizás en dos horas todo habrá acabado. Me extiende su mano, y antes de corresponderle, una voz dentro de mí me dice varias veces: “¡quisiera ser una piel tuya!”

Toco su mano y juego con sus dedos. Una carcajada dentro de esa piel impuesta también me hace reír y seca mis lágrimas. Pero luego otra vez el dolor le hace temblar, deja de reír y llora. Me acerco a sus ojos y le susurro una canción, la misma que le canto a mi hija. Se calma y otra vez sonríe. Pregunta por su mamá varias veces, y le digo- para calmarla- que está afuera, y que pronto vendrá a verla.

Me extiende otra vez su mano, la empato con la mía y cierro los ojos. Un silencio se va formando entre esa oscuridad que lentamente devela recuerdos raros y poderosos. Escucho el grito de una niña. Llama a sus padres con desesperación. Su cuarto arde, las ventanas están cerradas por fuera. No hay nadie cerca solo yo. Corro a auxiliarla, rompo la puerta, pero ya es tarde, su cuerpo es una llama, la cubro con las cortinas que aún están secas y la abrazo. Lloro junto a ella, luego la levanto, y es como levantarme a mí mismo, después el descenso es interminable, en cada escalón el olor de su cuerpecito se me impregna más.

La llevo al hospital, y ella no deja de llamar a su mamá, en ese momento pensé en mi hija, estoy seguro que tienen la misma edad; pero sé que ella está en mi casa junto a su madre jugando con el oso que le regalé lejos de la cocina. Siempre le digo que lejos de la cocina. A su madre le digo que nunca cierre las ventanas por fuera, y que la lleve cuando salga, que nunca la deje sola, porque ella es muy traviesa, por ahí prende los fósforos. Cómo le gusta hacer eso. Un día prendió las cortinas, felizmente estuve allí para apagarlas.

Sé que mi hija está junto a su madre. Pero esa niña que he salvado se parece tanto a ella, tanto.

Otra vez el ruido del hospital. Suelto su manito. Ya es hora de retirarme. No sé porque extraño más a mi hija y hasta el oso que le regalé. Pienso comprarle uno más grande, de su tamaño. Me despido de la niña, pero algo me conmueve:

-¡Papá, papá, no me dejes…!

Soy Rodolfo Carlos Napán Arquíñigo, y tengo 39 años. nací en el distrito de El Agustino, Lima, Perú. soy profesor de ciencias sociales y escribo de manera constante desde hace dos años. actualmente, trabajo en la asociación educativa “Julio César Tello”, la cual presido. he tenido la gran experiencia de obtener algunas distinciones que alimentan mi vocación de escritor en poesía y en cuentos.

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