El buscador de almas (VIII)

Georg Groddeck

 

 

 

XXIII. DEL CONTAGIO INTERIOR, DE LOS ARTÍCULOS, DEL HÉROE ONÁN Y DEL ENFADO DEL LECTOR

Thomas ya se había tomado la sopa y estaba a punto de beber una copa de vino tinto cuando entraron los tres.

—Ahí detrás hay todavía una mesita para las señoras —gritó—. Camarero, muéstrele a estas damas la mesa vacía, y usted, Keller-Caprese, venga y siéntese aquí. Tengo que contarle algo. —Y, sirviéndole al pintor una copa de vino, empezó diciendo—: Usted no ha querido creer que me guía el destino, que he sido llamado y que son fuerzas misteriosas las que me rigen. Pero aquí tiene usted la prueba palpable —añadió, extendiéndole al pintor la mano derecha magullada—. Todo lo que digo y hago sucede sin que yo me lo proponga. No vivo, en realidad soy vivido en el sentido estricto de la palabra. Me resulta incluso dudoso que pueda hablarse, en mi caso, de un yo.

A uno de los hombres desconocidos sentados a la mesa, el que estaba frente a Thomas en posición transversal, un señor de edad madura, con gafas, labios delgados y bien afeitados y patillas cortas y canosas, le llamó la atención la conversación; empezó a comer con gesto vacilante, pero luego lo hizo con prisa, y parecía ansioso por participar de aquella charla.

—El énfasis en el yo es algo que deberíamos superar —dijo Keller-Caprese, escogiendo con cuidado los trozos de pescado para que no se le escaparan los mejores—; me repugnan las naturalezas egoístas.

Thomas, como de costumbre, no tomó nota de lo que decía su interlocutor.

—Hace un momento, cuando el cegador artificio del infierno entró en el compartimento bajo la forma de esas dos damas y yo me levanté de un salto del seno del arte, el dinero en mi bolsillo tintineó, previniéndome, como hace siempre ante cualquier peligro, de la manzana de Eva y del Paraíso de la joven; algo se agitó en el bolsillo de mis pantalones, y el oro entrechocó diciéndome: «Ahorra tu dinero». Entonces me alejé de vosotros con el propósito de retomar la amistad en Berlín. Pero el endaimonion acudió a salvarme. Justo cuando me imaginaba forzando las puertas virginales y, para hacerme más gráfica la escena, abrí la puerta del compartimento y vi ante mí el estrecho pasillo que lleva hasta el coche comedor (que es como decir el estómago del tren), tropecé y caí, anticipando de un modo simbólico la caída en el pecado; algo que, en mi caso, ya ni siquiera puede suceder. Y entonces mi mano, que ya había palpado en la mente las henchidas manzanas del placer pecaminoso, quedó aplastada. Oh vosotros, los médicos, investigadores y sabios —continuó, en pleno éxtasis—, ¿no veis acaso que el espíritu se procura la forma; que el Dios interno dejó lisiado a Hefestos para que resultara repugnante a la hermosa Afrodita y preservara así el arte de la forja? ¿No veis que Beethoven era sordo para no oír otra cosa que no fuera el demonio que cantaba en su interior? ¿Que Homero era ciego porque no debía ver lo que ocurría fuera de él?

Hacía rato que el caballero canoso se movía en su silla de un lado para el otro, pero ahora se acomodó las gafas e interrumpió a Thomas.

—Lo que dice usted no es nada nuevo. Lo habrá sacado de escritos budistas, y es habitual, en la ciencia, citar las fuentes de las que uno se ha nutrido. Quien no lo hace, comete plagio, ¿lo entiende? Un plagio. Es usted un plagiario. —Soltó aquellas palabras con tanta rabia, que parecía tener delante de él a un peligroso delincuente al que estaba a punto de arrestar.
—Ah, la ciencia, el conocimiento —dijo Thomas, asumiendo la réplica a su manera—. Cono y cimiento. La división de la palabra en cono —dijo, dándose unos golpecitos en la nariz—, y cimiento, es una buena prueba de que el hombre interior cimienta y crea al hombre exterior, y quien sabe algo de ese proceso de cimentación forma parte del gremio de los científicos, aunque sea un plagiario. Vea usted, cualquier mortal con algo de cultura llama a este cono «nariz», la nariz, mientras que un francés diría por lo menos le nez, y con razón, porque un cono como éste es algo masculino, totalmente masculino. La mujer carece de miembro protuberante. La naturaleza fálica de la nariz implica que en su forma se reconozcan los instintos y las agitaciones más íntimas del alma humana. Una nariz larga anuncia un alma madura y fuerte, mientras que los de narices chatas se detienen a la edad comprendida entre los quince y los dieciocho años, encontrando gusto en los placeres de esa edad transitoria y practicando el amor de una manera lúdica. La nariz de patata es una huida hacia el ámbito femenino por miedo interior a la propia fuerza. Y en mi caso, mi «narizo» (y lo digo así porque me niego a emplear la forma femenina) es rojo, es decir, está bajo el signo del amor, pero para no convertirme con demasiada frecuencia en un Hércules en manos de Onfalia, afloran a su alrededor unos granitos amarillos que sirven para ahuyentar a las mujeres. Porque a fin de cuentas no necesito a la mujer, yo ya soy mujer suficiente —dijo, golpeándose orgullosamente la barriga—; estoy embarazado y más que embarazado. Pero la tentación es grande y, lo crea usted o no, cada vez que me tropiezo con Eva, mi Adán hace brotar en mi narizo un nuevo grano. A ver… —dijo, sacando un espejito del bolsillo y examinándose—; ahí está: Helenita me ha proporcionado uno nuevo. Y ahora debemos reventarlo porque, muerto el perro, se acabó la rabia —dijo, y se reventó el grano.
—Esa diferencia en los usos del artículo en los diversos idiomas —intervino el señor de las gafas, al tiempo que contemplaba su copa de vino, en la que se reflejaba la luz, como si pudiese encontrarse en ella alguna solución a su pregunta—, me ha deparado ya más de un dolor de cabeza. Para nosotros, los alemanes, el sol es femenino, pero los griegos utilizan la palabra helios, y los latinos dicen sol…
—Le soleil —añadió en ese instante el cuarto comensal, que hasta entonces había estado comiendo con avidez.

El de las patillas canosas asintió con cortesía.

—Correcto, le soleil, muy bien, o il sole, si le apetece continuar. Pero, para concluir, he de decir que tal vez los antiguos (o, mejor dicho, los pueblos de temperamento más caliente), se imaginaban la esfera solar como una divinidad masculina, pues veían en ello, más bien, las fuerzas destructivas del calor abrasador; las flechas infectadas de Apolo, que tantos puntos en común tiene con Helios, podrían ser los rayos…
—¡Ja, ja, ja! —rio Thomas sordamente—. Rayos, ahí lo tiene usted. ¿Desde cuándo una mujer puede generar rayos? La mujer salpica y chorrea por todos lados.

—¡Ja, ja, ja! —rieron al unísono; Keller-Caprese se golpeó la rodilla con la mano abierta y dijo, en un relincho:

—Sí, y los griegos eran navegantes, barqueros, y, como tales, tenían interés en los líquidos salados, en…
—… orinar —dijo Thomas, cortándolo.

El caballero de las patillas canas proyectó los labios hacia adelante, con disgusto.

—Sea como fuere, sólo quería llamar la atención sobre el hecho de que existen idiomas que adoran la fuerza de los héroes en la imagen del sol, y tal vez podría decirse que adoran la fuerza generadora, mientras que nosotros vemos en él lo fértil, lo maternal y… —añadió, sonriendo amigablemente—, no iremos demasiado lejos suponiendo que nosotros, los alemanes, con nuestro funesto clima neblinoso que tanto hizo padecer al gran Goethe, pretendemos aludir a los estados de ánimo cambiantes de la mujer usando el artículo femenino para el sol. Pero cualquier cosa que se diga sobre esto, no será pertinente en otros casos. ¿Qué podríamos decir, por ejemplo, del hecho de que «árbol» sea masculino y «haya» sea femenino?

Thomas se incorporó un poco en el asiento.

—Buda —exclamó—, el efecto de la presión interior. Usted es maestro, y el hecho de ocuparse de una profesión educativa, punitiva y agresora lo ha obligado a escoger el ejemplo de la haya, o mejor dicho, usted se hizo maestro porque adora la vara.

El caballero se había echado hacia atrás y sonrió como si hubiese acabado de morder una manzana verde. Cuando vio que Keller-Caprese le mostraba un durazno, de manera tal que los rojos carrillos de la fruta brillaban divididos por el corte, dio un manotazo para, acto seguido, controlarse y amagar con ponerse de pie.

Pero Thomas lo obligó a sentarse de nuevo.

—No, no, profesor —le pidió—. Sus criterios son muy interesantes. Usted, en cierto modo, es un experto en el tema, así que charlemos y no le preste atención a las estúpidas travesuras de este necio discípulo. Ninguno de los dos hemos acabado todavía la eyección de nuestras ideas, y tales interrupciones son muy perjudiciales. Yo sólo he metido las narices un poco en estas cosas… aunque repito que la mía se llama narizo, ha de llamarse narizo. Lo de meter es algo masculino. Y lo de poseer un narizo largo y meterlo es algo que la mujer, por nada del mundo, puede conseguir.

Una vez más se inmiscuyó en la conversación el cuarto hombre, quien, dejándose llevar por el placer, intentaba, sin mirar, sacar un puro de su tabaquera.

—Y tocar las narices es algo que tampoco es capaz de hacer la mujer, por lo menos no a ella misma, aunque sí más a menudo a nosotros. —Por fin había conseguido sacar el puro y le cortó la punta.

Thomas lo miró con interés, luego se dio la vuelta y dijo una palabra:

—Castración.
—En realidad —empezó a decir de nuevo el profesor— contamos con variadas muestras de ese desafinado tono femenino en nuestro idioma. Llama la atención, por ejemplo, que para los latinos la palabra hombre (en el sentido de ser humano) sea igual a hombre (en el sentido de varón): homo, l’homme entre los franceses; para ellos la mujer no es un ser humano completo.
—Arrancada la punta —intervino Keller-Caprese.
—No, siempre fue así —intervino el cuatro hombre.

Pero el profesor no se dejó incomodar.

—Para ellos la mujer es una cosa. Ma chose, dicen los franceses de la mujer.
—La puta —añadió Keller-Caprese nuevamente, y, al decirlo echó una ojeada a la señora Von Lengsdorf, que pasaba por allí y le lanzaba una mirada fulminante, mientras que Thomas, en silencio, sentía de nuevo la presión que había obligado al pintor a decir aquello justo en ese momento.
—A propósito de lo femenino —dijo Thomas, retomando la palabra—. ¿Acaso conoce algún pueblo donde una gran barriga sea una moda masculina, como entre los alemanes? ¿Acaso no es natural que tengamos una lengua materna desde el momento en que los hombres se encuentran en estado de buena esperanza? Y esa lengua materna es la más astuta que existe. Es ambigua, taimada como cualquier mujer. El honrado francés, el inglés amante de la verdad, ninguno de ellos tiene posibilidades de mentir como nosotros. Desde el comienzo mismo de la oración han de revelar su intención, si es positiva o negativa; ne pas y not no pueden ponerse, como hacemos nosotros, al final de un largo período. Nosotros podemos meditar si queremos acabar la frase con una afirmación o una negación. Podemos, incluso, iniciar un enunciado con la intención de decir que sí y, si más tarde nos conviene de otra forma, tenemos la posibilidad de negar sin dar apariencia de engaño. Somos ricos en relación con los otros pueblos, porque la capacidad de mentir, de decir mentiras bien pensadas, sensatas y útiles, constituye la base de la honradez. De la relatividad, señores míos, de no ser absolutos; de eso se trata. En el verano hace frío con quince grados en Réaumur; en el invierno a eso lo llamamos calor. Y así ocurre con todas las cosas. Si miro las patillas del profesor, veo que es un hombre entrado en años, pero si miro cómo hace bolitas con las migajas de pan, es un niño.

El profesor se sobresaltó y tapó a toda prisa con la mano las bolitas de pan.

—En cierto sentido seguimos siendo niños, sí señor —dijo—, pero no debe ir usted demasiado lejos al confundir el mayor vicio que existe, la mentira, con la relatividad de todas las cosas. La verdad es relativa, lo admito, pero usted no debería…

Thomas se puso, de repente, rojo de ira.

—¿Que yo no debería? ¿Que no debería? Claro que debería. ¿Y a qué viene eso de los vicios? La próxima vez hablará usted del vicio secreto y hablará de ello del mismo modo irreflexivo en que se ha referido a las mentiras.
—Es usted bastante grosero, señor…
—Weltlein, Thomas Weltlein. Le pido disculpas, quédese sentado, por favor. Encuentro un gran placer en esta conversación con usted. Pero mire una cosa, en relación con la mentira, tengo razón. Todo, la civilización entera se basa en ella, sin ella no sería concebible el género humano. Repare en un asunto tan importante como ir al retrete. Estamos a la mesa, y en una comida debería tratarse el tema del hábito más indispensable de todos: el de evacuar. El propio Lutero junta en el catecismo el alimento y las necesidades, es indispensable vaciar el recipiente si éste ha de llenarse de nuevo, y como consecuencia del contagio interior sería preciso, al llenarlo, pensar por lo menos en el momento de vaciarlo.

Keller-Caprese, que llevaba un buen rato meciéndose en la silla, se levantó en ese instante.

—Exemplum docet —rio el profesor—. Vaya usted sin más añadió, por mera costumbre, como si un alumno con prisa le hubiese pedido ausentarse un momento.
—En fin —dijo Thomas, retomando la palabra—. ¿Qué sería del mundo si las madres no les hubieran enseñado a sus hijos que la caca es sucia, apestosa y asquerosa? Eso es una burda mentira. Porque, a decir verdad, a nosotros no nos parece sucia nuestra propia suciedad, no podemos, ya que la llevamos en nuestra barriga, ya que comemos las bostas de vaca transformadas en pan… (Si sigue usted haciendo esas bolitas de pan, le quedarán restos en los dedos…). Y tampoco nos apesta, ¿o acaso no se mete usted debajo de la manta para deleitarse intensamente en su espíritu con los gases que le salen del cuerpo? Y tampoco nos resulta asquerosa, porque todos la miramos y nos alegramos a la vista de ese chorizo redondeado. Pero…
—¿Qué sería del mundo si no le quitaran a los niños la costumbre de hacerse pis y caca en los pantalones? —dijo, sonriendo irónicamente, el cuarto y callado caballero, que hasta entonces sólo había estado dando caladas a su puro con sus gruesos labios.
—¿O si no los obligaran a limpiarse? —añadió Thomas, lanzando una mirada inquisitiva a Keller-Caprese, que en ese momento regresaba—; ¿o si los adultos, como los bebés, dieran muestras de amor a la persona amada cubriéndola de mierda? No, no, la mentira es algo noble, sublime, una exigencia moral. Por cierto, sobre lo de echar mierda encima de alguien, ¿acaso existirían el comercio y el trueque si esta costumbre moral no se mantuviera viva gracias a los comerciantes? Nuestro amable y discreto compañero de mesa podría darnos información al respecto. Es usted comerciante, ¿o me equivoco?

El aludido asintió.

—Viajante de la empresa Löwe e Hijo, tienda de vinos en gros y en detail.
—Me lo figuraba. ¿Por qué, si no, habría estudiado con tanto detenimiento la carta de vinos y luego preguntado al camarero por los vinos de su firma? Además —Thomas volvió a darse un golpecito en la nariz—, todavía no se encuentra usted a gusto. Usted se avergonzaba hace un rato mientras yo hablaba del rojo narizo. El suyo tiene un toque azulado, y en ello se expresa un anhelo del cielo, una tendencia hacia lo alto, lo supraterrenal. ¿Y dónde podría encontrarse tal cosa sino en el vino?

Thomas se volvió entonces hacia el camarero y pagó las dos cuentas.

—El vino en sí —dijo el viajante, rascándose pensativamente la calva—, está bien. Aunque, todo hay que decirlo, sólo si es bueno. Pero en las catas y en las reuniones con los clientes, donde se bebe caóticamente, hay que tener el estómago de un caballo.
—Y además tiene usted que consumir los productos de su empresa —dijo burlonamente Keller-Caprese.
—Por favor, la firma Löwe e Hijo…
—Jamás ha transformado el agua en vino —intervino Thomas—. Pero supongamos que, en realidad, de las bodegas de Löwe nunca se extrae más de lo que ha entrado, por eso el vino sigue siendo un caldo sagrado, hasta la Biblia lo dice. Sólo los pecadores beben hasta corromperse. El vino y la religión están muy relacionados, lo mismo entre nosotros que en los cultos dionisíacos de los griegos. Por eso el señor Löwe y su hijo sirven a la iglesia eterna, en gros y en detail; incluso si el vino no es Lacrimae Christi ni la leche de la Virgen.
—Usted no hace más que blasfemar, señor Weltlein —exclamó Keller-Caprese y se persignó como buen católico—. Ésos son pecados mortales, pecados contra el Espíritu Santo.
—No fui yo quien le puso nombre al vino —respondió Thomas sonriente—, ni fui yo quien organizó la Última Cena.

El profesor, osado ateo y écraseur de l’infâme superstition, sonrió con sorna, mientras que al viajante, de puro susto, se le apagó el puro. Tenía un aspecto pensativo cuando encendió la cerilla y, sin encender el puro, preguntó:

—¿Cuál es ese pecado contra el Espíritu Santo?
—El onanismo —exclamó Thomas en voz muy alta, riendo, al punto de que el hombre que le había preguntado se estremeció y dejó caer la cerilla encendida. Un silencio confuso se apoderó de la mesa. El viajante había sacado otra cerilla, pero olvidó encenderla. Durante un buen rato, miró fijamente a Thomas, luego bajó los ojos, se metió el puro en la boca, le arrimó la cerilla apagada e inhaló como si quisiera encender el puro sin fuego.
—¿Es usted quizá de esa gente —empezó preguntando Thomas, al tiempo que le acercaba una cerilla encendida— que intenta deleitarse con la imaginación, ya que considera que ese acto de fricción es perjudicial para la salud? Pues debería saber que sin fricción no hay fuego, que el amor a uno mismo creó la chispa de Prometeo. El fuego solar en un palo hueco, ¿es que no lo entiende? Nosotros no hemos hecho nada diferente.
—Por favor —exclamó el profesor. Keller-Caprese lo secundó:
—No sabría decirle.
—Pues yo sí lo sé —continuó Thomas, imperturbable—. Usted, con su pincel, debería guardar silencio y continuar produciendo paisajes al óleo, y el señor profesor, considerando el modo en que ha rechazado el plátano hace un momento. ¿Se ha fijado alguna vez en la extraña forma que tiene una banana a medio pelar? Hasta en el nombre se parecen… No cabe duda. Ese remilgo me ha hecho pensar en algo: usted también previene a sus alumnos contra ciertos vicios secretos. Pero lea usted la Biblia. Se trata de una burda equivocación de la humanidad, por razones comerciales, porque los libritos con advertencias se han propagado como los bacilos de la tuberculosis. Todo es un embuste. Léalo sin más. El héroe Onán…

En ese instante, el maître se acercó a la mesa.

—Debo pedirles a los señores que abandonen el coche comedor; los demás comensales se han quejado del contenido de esta conversación. —Thomas miró al camarero con los ojos muy abiertos.
—¿Se han quejado? ¿Por qué razón?

El profesor se había levantado de inmediato y marchado a toda prisa; también Keller-Caprese huyó ante la amenaza de tormenta.

—Consideran —dijo el maître— que sus palabras atenían contra la decencia.
—Bueno, ¿acaso esas personas son nuestras gobernantas? —preguntó el viajante de comercio con tono insidioso, al tiempo que clavaba los codos encima de la mesa y se apartaba el puro hacia la comisura de los labios.
—Esos caballeros han amenazado con avisar a la policía, y llevan razón. La expresión «atentar contra la decencia» ha sido iniciativa mía, por ser moderado; se han dicho palabras bien distintas.

Thomas se había dado la vuelta y miraba boquiabierto a los otros.

—Sin embargo, todos esos señores llevan puros en la boca. ¡Fanerófalos!

El viajante de vinos era ahora la más perfecta encarnación de una resistencia brutal.

—Pues no pienso abandonar el coche comedor —dijo, apoyándose hacia atrás en la silla y metiendo las manos en los bolsillos.

Thomas imitó cada movimiento suyo.

—Y yo tampoco, ni en sueños —lo secundó él.
—Si los señores…
—Me quedaré aquí hasta llegar a la siguiente estación, donde me bajaré.
—Y yo también —dijo Thomas, esforzándose por parecer uno de esos hombres rudos de la Alta Baviera, poco antes de meterse en una pelea.
—Entonces tendré que llamar al jefe del tren…

—No es necesario —lo interrumpió Löwe e Hijo—. El tren ya está entrando en la estación. Y yo me bajo aquí.
—Y yo también. —Ambos se levantaron, se echaron hacia atrás los sombreros y salieron del vagón a paso de marcha; el viajante soltando humo como una locomotora, y Thomas, a falta de un puro, resoplando.

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XXIV. UN NEGOCIO EN GROS Y EN DETAIL. EL REY DE LOS BOLOS

El caballero desconocido se detuvo en el andén, se volvió hacia Thomas y lo miró con atención. Luego se acomodó el sombrero, algo que Thomas imitó concienzudamente, por lo que, por un instante, pareció estar recibiendo clases de saludo de un maestro ducho en temas de buenos modales.

—Schulze —dijo el hombre.
—Müller —fue la respuesta que recibió, seguida rápidamente de una rectificación —: Me cachis… Soy Weltlein.

Schulze no tomó nota ni del doble nombre ni de la imprecación.

—En realidad esos tipos tenían razón. Nuestra conversación no era apropiada para ser sostenida en público.
—Todo lo contrario —replicó Thomas—. Nunca se podrá decir más alto ni más claro que el amor a uno mismo…

El viajante lo interrumpió con un gesto de la mano.

—Ya es suficiente —dijo, haciéndole una seña al portador de equipajes e indicándole que llevara sus maletas al hotel El Caballero Valiente—. Si piensa quedarse aquí… —dijo, volviéndose a Thomas.
—He abandonado el tren a modo de protesta —dijo Thomas orgullosamente, como si con ello hubiera castigado del modo más humillante al maître del vagón comedor—. Pienso continuar el viaje a Berlín hoy mismo —dijo, como un rey de España que acaba de juzgar a un reo y ahora se ocupa de nuevo de los asuntos del gobierno.
—Hoy ya no hay más trenes —respondió Schulze, a quien parecía molestarle aquel absoluto desconocimiento de los horarios—. Mañana bien temprano, a las 6 horas y 19 minutos, parte un tren de pasajeros; estará en Berlín a las 10 horas y 13 minutos. El tren rápido sale a las 10 horas y 4 minutos y llega a las 12 en punto a la estación de Anhalt, en Berlín. Lo mejor será que venga conmigo a El Caballero Valiente. Si yo lo presento, tendrá, por muy poco dinero, buena atención y alojamiento, y la compañía suele ser agradable por las noches. Hoy es viernes, así que es noche de bolos. ¿Juega usted a los bolos?

Thomas asintió.

—¡Pleno de nueve! —dijo. Era lo único, a decir verdad, que sabía del noble juego.
—Pues entonces… —dijo el viajante, frotándose las manos, presintiendo la diversión de esa noche.

Thomas lo miró de reojo.

—Se está frotando usted de nuevo.
—Bah, deje ya de una vez sus cochinadas —exclamó Schulze, impaciente. Luego anduvo un par de pasos, en silencio, y dijo—: ¿Qué quiso decir con lo del puro, eso de que los señores llevaban todos un puro en la boca?

Thomas respondió con otra pregunta.

—¿Recuerda cómo fuman las gallinitas, como solemos llamar a las chicas? Dentro, fuera, dentro, fuera.
—Entiendo, entiendo. Quiere usted decir que fumar es un sustitutivo de otros placeres.
—¿Sustitutivo? Es más bien un símbolo. Un símbolo no es un sustitutivo, tiene su propia razón de ser y su legitimidad. Pero, por favor, saque usted sus conclusiones sobre la disposición del alma de cada cual a partir del acto de fumar y de la manera de hacerlo. Fumador por hábito o fumador ocasional, fumar por la nariz, los que hacen anillas de humo, inhalación del humo en los pulmones, fumadores de puros o de cigarrillos, fumadores de pipa; tiene usted toda una variedad de matices. A fin de cuentas, el acto de fumar es una buena prueba de que los adultos siguen siendo lactantes. Es un error llamar a alguien un hombre (un varón, quiero decir), pues no existe nada más estúpido que la lengua. El calificativo de hombre-mujer es mucho más exacto. Y el rostro nos lo indica. Si lo divide, tendrá arriba, en la frente y la nariz, la barriga del hombre con su protuberancia colgante, y bajo él, como corresponde, estará la mujer, con los labios (también los vaginales), y la boca (la boca de la vagina), mientras que el mentón sería la barriga de la mujer.

Schulze miró fijamente a su acompañante, medio desconcertado y medio divertido.

—¿Y dónde deja usted los ojos, las orejas?
—Los ojos representan al niño. Pupilas, papillas… A los ojos del otro, nuestra persona se refleja en forma de niño. El ojo es hijo y madre. La expresión hombremujer no bastaría. Hombre-niño-mujer sería mejor, pero de este modo queda fuera la madre. Y luego es preciso añadir el ojo de Dios, y el Espíritu Santo, y la Santísima Trinidad. El ojo es profundo, un lago, un espejo. Y ahí tiene usted de nuevo el amor por uno mismo, el puro, si así lo prefiere. Por cierto, hablando de puros: ¿usted sabe que Bismarck les recomendaba a los diplomáticos que fumaran? Decía que un fumador estaba en ventaja, ya que no necesitaba responder de inmediato a ninguna pregunta, sino que podía reflexionar con el pretexto de echar una calada al puro. Pero, sobre todo, fumar es un recurso para mentir. Con ello uno se cubre la boca, que, como toda mujer, adora mostrar y revelar sus deseos.
—Es usted retorcido —dijo Schulze, riendo con ganas.

Thomas se detuvo.

—Claro que soy retorcido. Pero no se escandalice por eso. Demasiadas chinches. Debido a ellas, el cerebro se me desangró. Y a propósito de retorcido. También se retuerce un tornillo. Y ahora piense que hablamos de la tuerca llamada hembrilla, piense en que los ingenieros distinguen entre las partes masculinas y femeninas de una máquina, que, por lo tanto, también las máquinas se encuentran en un permanente acto sexual. Dándose uno cuenta de todas esas cosas, ¿cómo no me va a faltar un tornillo? A usted ya le falta, sólo de escucharme.
—Ni siquiera pienso en eso. A mí usted sólo me parece muy divertido; me río y levanto las orejas.
—Pues eso, lo de levantar las orejas, nos recuerda otra vez al perro, que representa al padre, el guau-guau dirigido a los niños traviesos, o el caballo sobre el que el niño cabalga. Por cierto, también la mujer es una especie de yegua, pues el hombre la cabalga. En fin, y la oreja también tiene una concha, como la hembra, y el conducto auditivo…

Schulze estaba atónito; entonces chasqueó los dedos, volvió a meter las manos en los bolsillos del pantalón y alargó el paso.

—Vaya, ahora lo entiendo. Mire usted, señor Weltlein, una vez, en un pueblo de Baviera, vi una representación de la Concepción, algo bastante peculiar. Arriba estaba sentado Dios, con una especie de megáfono pegado a la boca que llegaba hasta el oído de María, y a través de un tubo transparente la paloma volaba directamente al oído de la Virgen. Ahora lo entiendo. —Le alegró tanto aquel descubrimiento, que caminó con mayor rapidez.
—Paloma, oído, sordera —jadeaba el gordo de Thomas junto a él, sin aliento—. La paloma es el ave de Afrodita. Todo se enreda. Permítame un momento, deténgase. No tengo tanto aliento como usted. —Thomas agarró al viajante por la levita y lo retuvo.
—Ahí está El Caballero Valiente —dijo Schulze, señalando una casa sobre cuya entrada de coches galopaba una figura con armadura de latón encima de un caballo metálico.
—Primero dígame cómo se le ocurrió la idea de hacer de viajante para una tienda de vinos. Usted no ha nacido para esto.
—Muy bien dicho. Una vez fui a la universidad, estudié Medicina. Pero la botella me sedujo; ahora, como viajante de vinos, tengo la botella bien cerca.
—Sí, sí, la botella. Un lactante es usted. La botella y la copa, también eso representa el contacto entre el hombre y la mujer. Estoy convencido de que la botella surgió por fuerza del contagio interior, de los jugos testiculares. Y la copa y la virginidad están relacionadas.

Schulze retomó la expresión «contacto». Aquel hombre, con su cerebro de malabarista, le divertía.

—El contacto y sus derivados (la comunicación, el trato, el comercio, el trueque, el tráfico, el trasiego), constituyen la base de la vida moderna. Vías de comunicación, formas del trato, alivio del tráfico. Cuando le oigo hablar de ese modo, me viene a la mente la idea de que nuestra época ha llegado a la gradación máxima del trasiego y el contacto, ya que ese acto natural entre hombre y mujer, el de otros tiempos, ha quedado relegado a un pecaminoso secretismo, a la intimidad, y ahora los testículos y los ovarios, debido al (¿cómo lo llamó usted?) contagio interior, se han visto obligados a buscar nuevas salidas.

Thomas puso cara de importancia. Un par de escolares pasaron corriendo y a él le atrajo la idea de hacer de maestro de escuela.

—Y usted opera con demasiados sustitutivos, estimado. El comerciante que habita en usted ha hecho palidecer su forma de pensar, el intercambio de mercancías. Una mercancía se sustituye por otra o se da a cambio de dinero. Pero olvida usted que en esos negocios hay siempre alguien que saldrá estafado. Pero quizá tenga razón. A mí, nuestra época, con todas sus avenidas, sus vías férreas, sus telégrafos y teléfonos, me parece una estafa comparada con la de Boccaccio.
—Un negocio —recordó el viajante—; ¿recuerda usted sus disquisiciones sobre el echar mierda encima de alguien? Un negocio grande y pequeño, en gros y en detail. El Caballero Valiente ha instalado hace poco unos WC. Pero yo conozco los tiempos en los que la letrina era una caseta con unos asientos y los agujeros correspondientes para tres personas, una al lado de la otra, tres personas que solían ponerse a charlar cómodamente.
—Agujeros, gafas. Es curioso que el hombre atribuya erudición a ese objetivo de un tan oscuro apremio. Erudición y evacuación tal vez sean la misma cosa. También es un microcosmos, un mundillo, un Weltlein; todos nosotros somos letrinas andantes, llevamos la suciedad siempre con nosotros. Pero de tanto hablar de ello, me han entrado ganas de probarlo, y quiero hacerlo rápido. En eso soy un niño. —Un instante después, Thomas entró a toda prisa en el hotel, atropellando a un caballero bajito y regordete con chistera y fusta, y, sin preocuparse lo más mínimo por el portero o el dueño del hotel, desapareció en el alabado retrete. De allí regresó lleno de nuevas ideas que reveló durante la partida de bolos, para diversión de los huéspedes habituales.

La hora de los bolos llegó. Se sortearon los equipos. De un bando se agruparon, en torno al viajante de vinos, el dueño del hotel, Weber, que con sus ojos vidriosos parecía estar buscando a lo lejos grandes barricas de vino; un tal «señor director», que, según se supo más tarde, dirigía una fábrica de celuloide, y que, a causa de su miedo habitual a fuegos imaginarios o reales, se tomaba la molestia de pisotear con ganas cualquier cerilla o colilla lanzada al suelo; había también un tesorero llamado Leberecht, al que los faldones de la levita abotonada tímidamente se le separaban un poco, dejando entrever el triángulo medio vacío de su pantalón, con unas arrugas y pliegues semejantes a la idea que uno podía hacerse de la cara de su «jefa», a la que mencionaba en cada una de sus frases. El otro bando estaba formado por el médico, el farmacéutico y el veterinario, a quienes el azar asignó un Thomas poco versado en el juego de bolos.

—Bueno, esta partida está ganada de antemano —rio el director de la fábrica, dejando rodar la bola con cautela, mientras se colocaba sobre el brazo izquierdo los faldones de la levita—. Con dos salidos de la facultad de medicina ya bastaría, pero tres… —Al decir esto, constató con satisfacción que había derribado seis bolos—. Tres lo rematan todo, hasta en una partida de bolos.
—Tenga cuidado, no vaya a ser que su bola explote cuando la lance con esa fuerza —resonó sordamente desde las profundidades de la barriga del médico, que miraba con desprecio los gestos lentos del hombre del celuloide. Tomando rápido impulso, lanzó su bola, que chocó contra unos bolos y saltó luego a la zanja—. Es preciso lanzarla como si uno acabara de beber un trago de aceite de ricino. ¿Sólo tres? Bueno, no está mal. Mejore eso, Schulze.

El viajante de vinos ya estaba en su sitio, sonrió con suavidad y derribó, sin decir palabra, ocho bolos.

—Bravo —se oyó decir—. Y ahora le toca al mezclador de venenos.

El farmacéutico bailoteó hacia delante y, al echar hacia atrás su melena de artista con un osado movimiento de su cabeza engominada, melena que luego cayó sobre su frente mientras buscaba la bola más ligera, el dueño del hotel, impaciente, le gritó:

—Vamos, hombre, la bola no es una pastilla que haya que estar manoseando.
—Tranquilo, dejadlo que la gire, cuanto más se gira ese chisme, mejor se desliza luego —lo amonestó el doctor Kuno—. Sólo cuatro. Bueno, así no podremos ganar.

Entonces le tocó el turno al hostelero, que lanzó y corrió tras la bola, mientras los ojos se le salían de las órbitas más de lo habitual. Luego se limpió la mano en el pantalón, satisfecho al ver caer los bolos.

—Suenan como si fuesen botellas de champán —dijo, contento por haber derribado ocho bolos.
—Y bien —exclamó Schulze, frotándose las manos—. El doctor y el farmacéutico no lo han conseguido. Ahora le toca a nuestro colega el cuadrúpedo, con su cura de caballos, y que dará el resto al otro bando.

El veterinario estaba allí, en mangas de camisa, moviendo hacia atrás y hacia delante el brazo con el que se disponía a lanzar. «Como si se preparara para poner una lavativa», dijo, mofándose, el doctor. Finalmente lanzó su bola, se colocó las manos sobre el trasero y se quedó observando los bolos con la cabeza ladeada.

—¡Ocho! —exclamó lleno de satisfacción, dándose a sí mismo una palmada que resonó con fuerza—. Así se juega en Venecia.

Le tocó el turno entonces al contable. Éste empujó su bola suavemente y se fue agachando poco a poco, de modo que los faldones de su levita se abrieron aún más; luego intentó mejorar la trayectoria de la bola con extraños movimientos giratorios de su empinado, huesudo y enjuto trasero bajo el arrugado pantalón. Los bolos cayeron chocando unos con otros de un modo extraño.

—¡Pleno de nueve! —se oyó en el otro extremo, y, sonriendo con satisfacción, el héroe se dirigió a la mesa—: También se juega así en otras ciudades. —Luego cogió su vaso de cerveza, apartó la espuma de un soplido y bebió.

Todos miraron atentamente a Thomas, que, desde que había oído el grito de «Pleno de nueve», sentía unas extrañas palpitaciones. La atención general lo cohibía, y reflexionó por un instante sobre la conveniencia de explicar que no podía jugar; pero entonces, con un repentino cambio de ánimo, cerró los ojos valientemente y lanzó.

—Pleno de nueve —resonó otra vez.

El contable dejó de beber, el doctor Kuno se quitó las gafas para limpiarlas y el veterinario rio con gran estruendo y dijo:

—La cura ha servido, nuestro potro cabalga ligero.

La ronda empezó de nuevo, con éxito cambiante, pero cuando le tocó el turno a Thomas, éste acertó otros ocho bolos en torno al rey, y luego, a la tercera, volvió a hacer pleno, lo cual decidió la partida en favor del bando de los «médicos». Hubo una gran algarabía, al gran jugador de bolos lo felicitaron tempestuosamente, y todo acabó dando al vencedor los honores de pagar una ronda de aguardientes.

Empezó una nueva partida, se sortearon los jugadores, y esta vez Thomas fue a parar al equipo contrario al del doctor Kuno, quien, malhumorado, dijo que ya podían ir recogiendo los bártulos, teniendo enfrente a tal contrincante, mientras que el hostelero abría una botella de Rüdesheimer para brindar por la buena suerte de contar con ese gran jugador llamado Weltlein.

Pero la suerte había dado un giro. En la primera ronda Thomas sólo consiguió derribar dos bolos; en la segunda, donde hizo silbar la bola imitando al gran jugador Kuno, provocando un gran estruendo, logró una canalita, y cuando —ya de mal humor, algo temeroso por la creciente frialdad de sus admiradores—, intentó probar su suerte por tercera vez, conjurando su mala racha al ponerse de rodillas como el contable y tratando de guiar la bola con la ayuda del Altísimo, falló todos los bolos. Al ver aproximarse la catástrofe, empezó a mover en círculos, con desesperación, su enorme trasero, de modo que los pantalones se tensaron de un modo peligroso; pero de nada sirvió, y tampoco sirvió que, con aquella ira justificada por la mala fortuna, se incorporara a medias y, abriendo las piernas, se agachara de nuevo con energía y sensibilidad. El pantalón crujió, la bola salió disparada a la deriva y, entre las piernas de Thomas apareció, en el lugar de la costura, una ranura a través de la cual podían verse sus cómicos calzoncillos blancos. Una sonora carcajada estalló en el salón y se reanudó cuando Thomas, avergonzado, agarrándose el pantalón, corrió hacia la primera silla que encontró y, al sentarse con descuido, las costuras se rompieron aún más.

—¡Cuidado! Se nos va a salir usted del pantalón —le gritó el viajante de vinos cuando Thomas se levantó de nuevo.
—Así por lo menos no tiene necesidad de abrirse la portañuela cuando tenga ganas de orinar —dijo riendo el contable—, como un chiquillo que aún no ha aprendido a abotonarse.
—Es un pantalón de mujer —dictaminó el doctor, y empezó a revolver en sus bolsillos—. Pero lo curaré. Venga acá.

El médico se había sentado y acogido a Thomas entre sus rodillas; a este último el sudor le corría por la frente, y temeroso, sin perder de vista la mano de Kuno, balbuceó:

—¡No lo corte, no lo corte!
—No, estimado mío, no voy a castrarle, sólo haré de usted otra vez un hombre. Los médicos podemos hacer ambas cosas.
—Partero para dentro y para fuera —dijo, burlándose, el hombre del celuloide.

Kuno había cerrado la ranura con un alfiler, le dio la vuelta a Thomas e intentó unir las dos alas separadas del pantalón encima del carnoso abultamiento.

—¿Conoce la historia de Adán y Eva? —preguntó el veterinario—. Cuando el amado Dios creó al hombre y a la mujer, les dejó abiertas a ambos las barrigas, desde el ombligo hasta abajo, para que los restos del cautivador fruto del Paraíso salieran de nuevo rápidamente antes de que se corrompieran en el estómago. Pero aquello les pareció incómodo a las dos criaturas, ya que debían caminar con las piernas muy separadas para no quedar pringados ahí abajo. Fueron entonces a ver a Dios y le pidieron que les cosiera las barrigas. «Bien», les dijo Dios, «pero para que la costura sea sólida tendré que usar cordeles fuertes. Tened —dijo, cogiendo un monedero y entregándole a cada uno una moneda—. Id donde el tendero y traed unos buenos cordeles». Adán obedeció y volvió con un buen pedazo de cordel que Dios le cosió; y puesto que el trozo era demasiado largo, hizo con él un grueso nudo y dejó el resto colgando, tal y como lo llevamos todavía con orgullo. Dios, en cambio, miró el trozo que trajo Eva con ciertas dudas. Era demasiado corto, pues Evita, al llegar a la tienda, vio el gran frasco con los caramelos rojos y pensó que con la mitad bastaría, y se compró, por cinco peniques, unos caramelos para chupar. El amado Dios cosió y cosió, pero el hilo no bastaba, y entonces, furioso, arrojó a un lado la aguja y dijo: «Como castigo, llevarás por toda la eternidad un agujero allí donde le até a Adán una colita, un agujero que se irá agrandando cuanto más intentes rellenarlo».
—¡Ja, ja, ja! —se oyó en toda la ronda, y a continuación:
—Y ahora nuestro hombre está listo de nuevo —dijo el doctor—. Podemos seguir jugando.

Y siguieron jugando. Pero el rendimiento de Thomas era cada vez peor. Estaba atento a que las costuras no reventaran de nuevo, lo cohibían los malos chistes que se decían a costa de los alfileres.

—Si le hubiese puesto un pañal entre las piernas en lugar de esos alfileres, doctor, la Virgen luciría preciosa —se burló el contable; y cuando Thomas, visiblemente desesperado por sus fracasos, intentó lanzar la bola con ambas manos, dijo secamente—: Ahora es como la tía Auguste en la fiesta de aniversario.

Aquello fue ya demasiado. Thomas fingió estar cansado y desistió del juego, y al ver que ni siquiera de ese modo cesaban los comentarios sobre la tía Auguste, se escabulló hasta el otro extremo de la pista y se sentó cerca de los chicos encargados de recoger los bolos, con el propósito de seguir observando el juego desde allí.

—Pleno de nueve —resonó otra vez, y cuando volvió a escucharse entre los jugadores el habitual grito pidiendo aguardiente, lo cual anunciaba una breve pausa en el juego, los dos chicos se pusieron a charlar.
—Como te lo cuento —dijo, algo acalorado, el mayor de los dos, un chico flacucho de unos nueve años, con el pelo rojo como el de un zorro cortado bien corto y ojos de color pardo oscuro—. Primero fue Katherin la que engordó —dijo, inflando el vientre, y para mostrar que aquello no bastaba, cruzó las manos sucias sobre la imaginaria barriga de embarazada—, y luego fue la vieja Lene la que se apareció con una bolsa negra como ésa, y la gente decía que guardaba ahí dentro comida para las cigüeñas. Al cabo de un tiempo Katherin empezó a gritar como si la hubieran ensartado en una estaca, y fue entonces cuando me mandaron a buscar al médico, que también trajo un maletín parecido, que me entregó para que se lo llevara; y, cuando uno lo sacudía, se oía el tintineo de unos hierros, y también sentí al tacto los mangos de dos grandes cuchillos de carnicero, ¿sabes? Ésos con los que se corta el jamón.

El otro jovencito lo estaba escuchando boquiabierto. Entonces se subió el pantalón, que se le caía con desaliño, ya que por lo visto se lo habían confeccionado con unos viejos pantalones de trabajo de su padre, a los que les habían cortado las perneras; a continuación, el chico se hurgó la nariz y dijo:

—Puedes seguir parloteando, si quieres, pero no creas que vas a convencerme.
—Es como te lo cuento. Cómo no voy a saber yo lo que es el mango de un cuchillo. Entonces el médico entró donde Katherin, y yo me quedé fuera, escuchando; todo estaba en silencio, pero, de repente, ella gritó, gritó mucho, como un cerdo al ser degollado. E inmediatamente después empezó a berrear el niño. Así fue: el doctor le abrió la barriga a la mujer y sacó al niño. Y luego empezó a sangrar. Cómo no voy a saber yo lo que es sangre.
—Y cuando el doctor no está, que, por cierto, son pocas las veces que está… —interrumpió el más pequeño.
—En ese caso la barriga explota por sí sola. Puedes verlo tú mismo, desde el ombligo hasta la colita; ahí abajo nada está bien cerrado, y por eso revienta.
—Las mujeres no tienen colita —replicó el más pequeño, que no quería dejarse convencer, pero no encontraba una objeción adecuada.
—Cuidado —se oyó en el otro extremo de la pista. El director de la fábrica se había acercado al cajón de las bolas y buscaba un proyectil.

Thomas, ausente, dejó vagar su mirada desde el hombre que estaba al inicio de la pista hasta los bolos. Embotado, empezó a contar. Los nueve bolos, con el rey en el centro, formaban un abombamiento. «Embarazo», le pasó por la cabeza.

Entonces el director hizo uno de sus medidos lanzamientos. La bola llegó rodando lentamente. Pero Thomas apareció de repente en medio de la pista, con los brazos extendidos y gritando:

—Doctor, doctor —dijo, deteniendo la bola con el pie.

Los jugadores no entendían lo que estaba pasando, pero tampoco podían enterarse por Thomas, que estaba de pie delante de los bolos, sin prestar atención a las advertencias para que no interrumpiera la partida y aún gritando «¡Doctor!», al tiempo que retenía la bola.

El doctor Kuno se adelantó a zancadas.

—Aquí va el doctor —dijo y, con todas sus fuerzas, hizo silbar una de las bolas hacia allí.
—Así no, por el amor de Dios —dijo Thomas, saltando y dejando que la bola pasara a toda velocidad por debajo de sus piernas. Al hacerlo, se agarró con una mano el alfiler delantero y, con la otra, el trasero, y puesto que a partir de aquel momento las bolas se sucedieron unas tras otras, empezó a dar unos brincos muy artísticos, como una niña que salta a la comba, pitando todo el tiempo—: Pero eso es totalmente falso, es falso.
—Apártese de la pista —le gritó el dueño del hotel—. No se le ha perdido nada ahí.
—Fuera de la pista —resonó desde todas partes, y hasta los chicos encargados de recoger los bolos, que hasta entonces habían estado riéndose a carcajadas, se enfurecieron de repente y empezaron a gritar «¡Fuera, fuera!», y al ver que el veterinario alzaba un vaso de cerveza como si pretendiera lanzárselo a la cabeza a aquel estúpido, echaron mano del arma de la juventud callejera y bombardearon con piedras a aquella enorme y gruesa alimaña que continuaba brincando allí, aunque ya no le estuvieran tirando más bolas.

Furioso como un animal, Thomas bramaba, y con los ojos puestos en la jauría de jugadores que ahora se acercaba, formando una columna de asalto provista de jarras de cerveza y de bastones, Thomas se retiró hacia la trampa de las bolas, agarró a los dos chicos, los alzó en el aire, hizo chocar sus cabezas y lanzó uno a la derecha y el otro a la izquierda. Por poco significativo que fuera el numerito, dejó desconcertados a los héroes de la bolera, sobre todo al ver que Thomas se agachaba, agarraba el bolo rey y, blandiéndolo por encima de su cabeza, gritaba:

—¡Infanticidas! ¡Le haré papilla la cabeza al primero que se acerque!

Al frente marchaba el hostelero; su mirada era más intensa que de costumbre, como la de un gato al que se mira fijamente, y entonces giró la cabeza hacia un lado y luego hacia atrás. El grupo más osado se había detenido, temeroso; todos se mantuvieron detrás del doctor Kuno, que ahora sólo gritaba:

—Agarradlo, se ha vuelto loco. ¡Paranoia acuta! ¡Agarradlo!

Mientras gritaba, saltaba hacia atrás y hacia delante, según pesara más la conciencia de su responsabilidad como médico o su instinto de conservación.

Entonces, atraídas por el ruido, llegaron corriendo, desde el hotel, algunas mujeres. Respirando aliviado, el hostelero gritó con la sensación de ser muy macho:

—Llame usted al criado, Alwine.

De repente, Thomas bajó el bolo rey, sus ojos desorbitados se calmaron y, sin decir palabra, abandonó la pista. Cuando la pandilla se lanzó sobre él, se dio la vuelta y les mostró el bolo que todavía llevaba en la mano. Todos se detuvieron, pero al ver que Thomas continuaba avanzando, un grito belicoso salió de los labios del hostelero:

—¡Oiga, usted, fuera de mi hotel! Alwine, arroje a la calle las pertenencias de este pulcro caballero. ¡Fuera de aquí! —Estaba allí de pie como un general, con una mano delante, entre los botones de su chaqueta, y la otra extendida en un gesto imperioso, mientras sus ojos llameaban por primera vez en mucho tiempo un hálito de vida.

Thomas bajó la cabeza y salió; tras él resonó la voz del contable:

—Está perdiendo su cinturón de Diana.

Thomas cogió el alfiler, mientras una risa demente estallaba a sus espaldas, y salió lentamente a la calle. Allí se encontraba ya su maletín, y encima estaban su bastón y su sombrero. Se caló el sombrero, apartó el bastón de un puntapié, se sentó sobre la maleta y dejó que se balanceara entre sus piernas el bolo que todavía sostenía entre las manos, observando con tristeza la raja en el pantalón y los alfileres.

Por último se levantó, puso el bolo cuidadosamente delante de la puerta del hotel, cogió la maleta y el bastón y caminó, acongojado, hasta la estación. Allí, en una sala de espera completamente vacía, se sentó en un rincón y meditó; y cuando el bedel de la estación se le acercó para preguntarle en qué tren pretendía viajar, él le pidió, previa entrega de una propina, que se colocara delante de él y no se diera la vuelta; sacó entonces de la maleta su traje de color claro y se cambió de ropa.

Después de haber apaciguado otra vez al portero con el tintineo de unas monedas, a raíz de que éste vio por el espejo lo que había hecho y lo amenazaba con una multa por violar el reglamento de la estación, se quedó dormido tranquilamente.

(Continuará…)

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