Encuentro al amanecer

Heimito Von Doderer

 

 

 

Debían de ser entre las dos y las tres de la madrugada cuando el señor Von E., un joven oficial, llegó al andén de la estación acompañado de tres camaradas en cuya compañía había celebrado su última noche de permiso remojándola como es debido. Ahora tocaba despedirse, el señor Von E. debía volver al frente, donde pasaría el resto del invierno. Corría el mes de enero del año 1916.

En el remate de la fiesta habían tomado un café negro bastante cargado y ahora todos parecían verdaderamente animados, tanto los tres señores que aguardaban de pie en el solitario andén, tan gris como el humo de las locomotoras, como su camarada que, a punto de partir, ya se había instalado en el compartimento de segunda clase y charlaba con ellos a través de la ventanilla sobre la vida que se llevaba en los regimientos de reemplazo, la monotonía de las pequeñas ciudades en las que se encontraban acuartelados y lo aburrido que era el servicio de armas en la retaguardia, donde los tres tendrían que permanecer aún durante algún tiempo, pues habían sido heridos y, hasta su completa curación, seguirían destinados en P.

—Un páramo vacío —dijo uno de ellos, fijando la mirada en el final de la estación, allí donde las vías se pierden en la oscuridad, bajo el turbio cielo de la noche.

De repente, casi sin hacer ruido, el tren expreso empezó a moverse. El señor Von E. saludó por última vez con la mano mientras el convoy se deslizaba sobre los raíles cada vez a mayor velocidad. Pegándose a los cristales, vio las escasas luces que pasaban ante él iluminando el tramo final antes del cambio de agujas. Entonces la máquina aceleró y el señor Von E., cuya estabilidad dejaba bastante que desear, a pesar de las tazas de café que se había tomado, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre su asiento.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que en el compartimento había otro viajero sentado justo enfrente de él.

Según contó más tarde el señor Von E., lo primero que pensó, aturdido como estaba, fue que aquel caballero era un sajón, y muy simpático, por cierto. ¿De dónde había sacado esa idea? Eso no lo tenía tan claro. Su compañero de departamento no estaba dormido, al contrario, iba sentado junto a la ventana más derecho que una vela.

—¡Buenas! —saludó el desconocido.
—¡Buenas! —respondió Von E.—. ¿También se ha subido usted en P.?
—No, señor teniente, ya llevaré un par de horas de viaje. Tomé el tren en Berlín. ¿Y usted? ¿Vuelve a casa de permiso o se dirige al frente? —preguntó señalando con la mirada la pequeña maleta gris que el teniente había colocado en la repisa de equipajes.
—Acabo de disfrutar de unos días de permiso y ahora me dirijo al frente —respondió Von E.

Mientras hablaba, pensó: «¡Ajá! ¡Un músico, se trata de un músico! ¡Eso es lo que debe de ser! Ahí arriba, en esa funda larga y negra, en el estuche, guarda… un trombón o algo parecido, desde luego. Una trompeta. ¡Eso es! La trompeta del juicio final. Un músico sajón. Un sajón que toca el trombón. ¡Sí! Aunque no deja de ser extraño… Hum…».

—¿Qué instrumento toca? —preguntó señalando con la barbilla hacia arriba.
—¡Oh, no! —respondió su compañero de viaje levantando automáticamente los ojos hacia la repisa de equipajes que tenía sobre su asiento—. No es un instrumento musical. Aunque es verdad que toco algo el violín, no soy más que un aficionado, sólo lo hago para divertirme. En Kottbus, donde vivo, tenemos un cuarteto de cuerda, pero se dedican exclusivamente a los clásicos: Mozart, Haydn…

Cuando faltaban unos cien kilómetros para llegar a Colonia, atravesaron traqueteando una pequeña estación.

—Oiga —empezó a decir de nuevo el teniente—. ¿Qué es eso que tiene ahí arriba?

Hablar le costaba cierto esfuerzo; después de haber bebido tanto alcohol tenía la lengua espesa, por así decirlo. El caballero que se sentaba frente a él llevaba uno de esos cuellos altos sin solapas ni puntas, una tira de tela lisa y ajustada, casi como el alzacuello de un sacerdote. Sobre él se había anudado una discreta corbata. «Un músico sajón», pensó el señor Von E., incapaz de razonar con claridad.

—¿Lo de arriba? Es mi hacha de verdugo —dijo entonces el «sajón».
—¡¿Qué?!
—Sí. Viajo precisamente para una ejecución. A Colonia.
—¡¡¡Vaaaya!!! ¿Así que es usted… lo que solemos llamar… un verdugo? —se interesó el teniente—. Hum. ¿Y para cuándo está fijada esa ejecución?
—Para las siete horas treinta minutos de la mañana. Justo al amanecer…, pero antes es preciso realizar algunos preparativos.
—¿Me permite verla?
—Claro que sí.

Tomó aquel estuche alargado de color negro, lo bajó de la repisa y lo abrió. Por dentro estaba tapizado de terciopelo rojo. Aquello estaba envuelto en un trapo de seda blanco, más o menos como el que podría usar para guardar un valioso violín.

—¿Puedo? —dijo el teniente sacándolo fuera.

El hacha era sorprendentemente pesada, aunque sólo viendo su aspecto ya estaba claro que no iba a ser nada fácil levantar tantos kilos.

—La cabeza se rellena con mercurio —explicó el especialista— para aumentar el peso.
—¿Y está afilada?
—Bueno, compruébelo usted mismo.
—¡Dios me libre! ¿Y con ella ya ha…?
—Claro, claro.

A pesar de todo, según contó más tarde el señor Von E., la visión de aquel instrumento no le causó mayor impresión. Tampoco se le pasó por la cabeza preguntarle al verdugo cómo se sentía al tener que cumplir con su trabajo. Los amigos del teniente no dejaban de sorprenderse por la frialdad con la que se había tomado todo aquel asunto.

—¿Y qué se supone que debía haber hecho? —dijo él (también es cierto que aquella noche había bebido demasiado y es probable que aún siguiera bajo los efectos del alcohol)—. ¿Tanto bombo para cargarse a un solo tío, con la que estaba cayendo entonces? Desde luego, no me parecía lo más correcto y apropiado.

El tren redujo la marcha. Pronto se oyó el chasquido de las agujas al entrar el convoy en la gran estación. El revisor abrió la puerta y gritó:

—¡Colo-nia…! ¡Colo-nia…!

El estuche volvía a estar cerrado. El teniente dormía y roncaba estruendosamente. El verdugo, por su parte, descendió del tren con modestia y discreción, con su cuello rígido, su corbata ceñida, su estuche y su cartera. En el andén crudamente iluminado resonaban los ecos propios de una estación. Dos funcionarios con sombrero bongo se acercaron a recibirle.

Aquella parada en Colonia duró casi una hora. Ya no se escuchaban las secuencias de sonidos uniformes, ya habían cesado los movimientos que mecen suavemente al viajero, sin apenas sacudidas, y que tan bien armonizan con la ebriedad, filtrándose en ella, instalándose en su dominio. Al cabo de un rato, el señor Von E. decidió bajar al andén y aprovechó para ir a la cafetería, donde, a pesar de lo temprano que era, ya había una gentil muchacha dispuesta a servir una reconfortante copa de coñac a un viajero cansado. De camino a Aquisgrán volvió a quedarse profundamente dormido. Una segunda máquina los acompañó a partir de allí para empujar el tren desde atrás cuando fuera necesario, pues más o menos en Herbesthal existe un tramo con una subida muy empinada hasta que uno llega a una meseta, que inmediatamente después se hunde de nuevo en el valle del Mosa. En los primeros tiempos de los ferrocarriles alemanes, al final de aquella subida, que empieza justo después de Aquisgrán, había un enorme cabestrante con cuya ayuda subían los trenes; hoy en día nos parece totalmente increíble. Por supuesto, a nuestro teniente, que, como hemos dicho, iba dormido, todo aquello le traía sin cuidado. Sin embargo, en el instante en que el tren abandonó la estación de Aquisgrán, más o menos a las siete de la mañana, una nube de oscuridad cubrió su sueño, una oscuridad que, a medida que se despertaba, fue condensándose en un sentimiento difícil de definir…, ese sentimiento sin nombre que experimenta el soldado cuando se aproxima al frente de batalla. Estaban subiendo hacia Herbesthal. Para los soldados que volvían al frente después de disfrutar de unos días de permiso era como la línea divisoria que separaba las aguas de dos provincias cuyo espíritu o alma era totalmente distinto: la del interior del país, la de la patria que dejaban atrás, cuya imagen llegaba con un eco vivo, intenso; y la del frente gris, aún lejano, pero inevitable, al que ahora los arrastraban y, en cierta medida, también los empujaban, sobre todo si atendemos a la función de aquella máquina que habían colocado detrás del último vagón y transmitía su fuerza haciendo que resonaran y crujieran todos los ejes, enganches y uniones del tren que subía montaña arriba.

Había amanecido un nuevo día. El gris de la madrugada se retiraba reptando por el suelo, hundiéndose en el fondo del valle que habían dejado atrás, en las tierras bajas de donde venían. Algo de él quedaba también disperso por los rincones más recónditos del alma, junto con el resto de una borrachera que poco a poco iba disipándose; por encima, más o menos entre el diafragma y el corazón, sentía un espacio vacío, reservado para acoger un futuro incierto. La enorme potencia de la máquina que empujaba se dejaba sentir directamente en la espalda. Era el último impulso que necesitaban para culminar aquel penoso ascenso antes de descender al valle del Mosa. Una vez superado el obstáculo, el paisaje se hacía más llano y el viaje hasta el frente era rápido. Entre el sueño y la vigilia, el señor Von E. fue cobrando conciencia de que allá arriba, cuando ya se hubiera despertado del todo, le esperaba algo que hasta entonces había ido postergando, algo que durante el viaje, mientras duraba aquel duermevela, le había concedido una breve moratoria antes de imponerse dolorosamente, algo inasible, pero que ya estaba allí dispuesto a penetrar como una cuchilla en un punto indefinido entre el cerebro y el corazón…

Abrió bien los ojos y se quedó mirando fijamente al día, contemplando cada uno de los elementos que destacaban en aquel paisaje uniforme que corría ante él: la nieve gris, un poste de señales, barreras. De pronto le vino a la cabeza algo que pareció redimirle de aquella angustia. Subiendo la manga del uniforme miró rápidamente la esfera de su reloj de pulsera: las siete y treinta minutos.

—¡Ahora estará descargando el golpe! —murmuró el señor Von E. para sí mismo.

Lo volvió a repetir en un susurro, infinitamente aliviado, y se recostó en su asiento. El tren había superado la pendiente y ahora corría presuroso al encuentro del llano, bajando el valle del Mosa; nuestro teniente se durmió sonriendo y disfrutó de un sueño dulce y reparador mientras regresaba al frente de guerra que aguardaba a lo lejos.

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