Las razones de la serpiente

Juan Patricio Lombera







Muchos me odian. Querrían volver a un pasado que sólo es idílico en sus cabezas. Y, sin embargo, yo los liberé o, al menos, eso intenté. Me odian porque les han vendido un cuento en el que todo era dicha, amor y armonía a condición de someterse al amo y retribuirlo de la mejor manera posible. A mayor agrado del amo mejor trato del esclavo. Dicha competitividad fomentada interesadamente provocó, años más tarde, que un hermano matara a otro. Sin embargo, yo recuerdo esa tierra de maná y leche quemada de manera distinta. Todo era mansedumbre y miedo. Ninguno de aquellos seres que habitaban aquellos lares se consideraba digno de vivir per se; de tal manera que, si el amo lo hubiese dispuesto, ellos habrían inclinado su cerviz gozosos de ser elegidos para el sacrificio. No faltó, más adelante, un fanático que colocara a su propio hijo en el ara para ejecutarlo con su propia mano. Afortunadamente, el patrón tuvo un gesto misericordioso en aquella ocasión y paró el brazo ejecutor del infanticida. Como dije, la única labor de los siervos era la de obedecer y creían que en eso consistía la felicidad. Lo peor es que, pasado el tiempo, persiste esa mentalidad zombie. Véase sino los militares aferrados a sus cadenas de mando. 

Todos me odian. Me llaman reptil y dicen que deberían haberme pisoteado en el fango. Incluso han hecho estatuas en las que una mujer me aplasta con su pie la cabeza inmisericordemente; ellos, que proclaman el amor como máxima virtud. Es más, no los recuerdo tan afligidos cuando les di las llaves de sus grilletes. Por un breve momento, se sintieron dueños de su destino, lo cual los llenó de esperanza, hasta que el peso de la culpa heredada les hizo dar marcha atrás. Para animarlos a su liberación, tuve que estudiarlos con atención. Estaba claro que una rebelión en la granja sólo era posible en la cabeza de un autor de ciencia ficción. En el mundo real se necesitan humanos para encabezar una revolución. La mía empezó de la mano de una mujer a la que conocí desde su nacimiento. Supe desde el primer momento que ella sería mi aliada. Era más joven y curiosa que su compañero. Tenía ese brillo interrogante en la mirada en busca de más respuestas y estaba claro que Adán era incapaz de satisfacerla. En realidad, apenas tuve que convencerla de nada. Ella misma ya estaba llegando a las mismas conclusiones que yo. Pero convencer a Adán de las ventajas del estudio sería algo más complejo. Había que apelar a su ambición. “Sabrás distinguir el bien del mal. Serás Dios”, fueron las últimas palabras de ella para implicarlo en el motín. Ávido de poder, no dudó en masticar el fruto que ella le ofrecía. Inmediatamente, se presentó el amo, inquirió y Adán, que había perdido su temporal aplomo acusó a Eva. Ella, no más valiente, me acuso a mí y así quedé maldito y desterrado para siempre. Supongo que me lo merezco por haber confiado en ellos, al igual que ellos se merecen el seguir siendo esclavos aunque el amo haya cambiado de nombre y forma a través de los siglos. Eso sí, perdieron sus privilegios y ahora, como castigo divino, tienen que trabajar. Por mi parte, he sido repudiado desde siempre y el único consuelo que me dio el amo fue desarrollar un veneno mortífero con el cual ciego las vidas de los humanos cobardes y delatores.

Otros han intentado con el tiempo su propia rebelión, pero siempre han terminado derrotados. El caso más célebre fue el de un familiar de otro cacique que les enseñó a los humanos a curarse sus heridas y proveerse de calor en la intemperie, pero ese reformista, que quería cambiar las cosas desde dentro, acabó atado a una piedra, vigilado eternamente por un buitre deseoso de comerle el hígado. Visto de esa manera, a mí no me fue tan mal, supongo. Las rebeliones sí han aportado cambios parciales, pero mi conclusión es que, al cabo de todos estos años de observación es que todos los levantiscos, acaban o muertos o vendiéndose a los nuevos patrones que, en la actualidad, tienen la forma de un trozo de plástico rectangular y dorado. 

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