La cocina del infierno: “Comando Meón” (VII) Tercera Parte

Fernando Morote

Surco

Comparado con el bastión de los ingobernables, el parque Locuto -ubicado al final de la urbanización, a pocas  cuadras  del  pueblo  de Surco- se presentaba  insoportablemente lúgubre.

-Esto te va a gustar, Narizón –dijo el Champero, parado encima de una banca, oteando el horizonte como un vigía desde la punta de un mástil.

El Narizón, sentado al borde la vereda, acariciaba la videograbadora clavada entre sus piernas. No con mucho entusiasmo se puso de pie.

-Qué hay…

-Ojo de águila, Champero –acotó el Conde.

-¿Qué dices, Doctor? –consultó el Narizón- ¿Es conforme?

-Es conforme.

En un matorral salpicado de desperdicios, al amparo de un ciprés en estado de abandono, aquella señora evidenciaba una suprema ausencia de pudor. Con pasmosa confianza se levantó la pollera y se bajó el bombacho. Ni siquiera se tomó la molestia de auscultar los alrededores para cerciorarse de que no hubiera mirones. Flexionó las piernas y quedó en cuclillas. De su abultado pecho sacó un pañuelo gigante con el que se sonó estruendosamente la nariz.

-Ella está en el baño –observó el Conde-. A la mierda con todos.

-No conoce el concepto de privacidad –advirtió el Doctor.

-No seas huevón, Doctor –dijo el Champero-. Esa tía es la verdulera del barrio. ¿Qué esperas?

-¿Entonces? –insistió el Narizón- ¿Quieres que le filme la papa para mostrársela a los vecinos?

-Dale con todo –indicó el Doctor-. Nos servirá de documento gráfico.

Cuando la campesina alzó la vista para averiguar a quiénes pertenecían los cuatro pares de piernas que la rodeaban, todavía se escuchaba el correr de su orina mezclándose con la tierra y la hierba.

-¿Qui queres, papacito? –preguntó, con marcado acento serrano.

El Champero tenía ancestros huancaínos. El Doctor, ayacuchanos. El Conde, charapas. El Narizón, sólo limeños. Sin embargo fue difícil para ellos identificar el origen de la mamacha, pero coincidieron en que debía ser una de las punas más remotas de los Andes. Se percataron también en ese momento de que el Comando, entre otras características no premeditadas, aglutinaba un conjunto de miembros procedentes de la costa, sierra y selva del país.

La mujer, entonces, desenterró del otro seno –un globo aerostático de dimensiones circenses- un pedazo arrugado de papel higiénico, lo hizo pelota y subiéndose otra vez la saya lo introdujo en su vagina para secarla.

-Al pincho también con nosotros –lamentó el Champero.

-Sólo grábala, Narizón, y vámonos –ordenó el Doctor-. Debemos llegar a tiempo.

La tarima estaba acondicionada bajo uno de los aros en la cancha de básquet. Debido a su experiencia en el magisterio, el Conde fue designado por el Comando para ser el orador principal. Su discurso de quince minutos, describiendo la filosofía y el método del grupo, cautivó a la directora e impresionó a las profesoras. Acentuó su sensibilidad al expresar sus esperanzas de que la semilla sembrada diera fruto, especialmente entre los jóvenes; en este caso, chicas de 15 y 16 años, estudiantes del cuarto y quinto de secundaria.

-¡Qué piernas! –susurró el Narizón.

-Mira ésa de allá, al final de la primera fila –dijo el Doctor-. Te está enseñando todo, huevón.

-La buscaré a la salida –aseguró el Narizón.

El Conde seguía con su alocución. Explicaba la importancia del trabajo en cooperación con otras instituciones y la necesidad de no afiliarse a ellas, a fin de mantener la independencia del movimiento. La ovación del auditorio, al concluir su intervención, fue tan encendida que se sintió como una estrella de rock.

El Champero se reclinó sobre la mesa para dirigirse en voz baja a sus amigos:

-Felizmente nadie aquí sabe que este compadre tiene un anticucho por violín.

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