Entremientras: “Littah” (VIII)

Miguel Rodríguez

Littah

A Littah, sin embargo, casi nadie la oyó llorar. En ocasiones, ante un suceso doloroso o en días melancólicos, la veíamos llorar, pero casi nunca la oíamos, como si en esos momentos fuera muda, o nosotros sordos.

Lo que la familia eligió creer o recordar de la niñez de Littah fue su querencia por el jardín, siempre inspeccionando hierbas y flores, manchada de tierra como si en ella misma fuera a crecer algo. Pasaba el día gateando, dejando rastros como los de los caracoles, invisibles hasta que les da una luz oblicua y se hacen evidentes a todo el mundo. Extrañaba a todos que, de tan pequeña, fuera capaz de nombrar las hierbas por familias, con sus nombres latino y alemán, que aprendió por Niklas. Recitaba listas y propiedades curativas balanceándose en su caballito de madera, su modo de viajar.

En algún momento, mientras vamos dejando la niñez, nos damos cuenta de que el mundo existía antes que nosotros y que nuestros más próximos – incluido el caballito – han vivido mucho antes de que nosotros siquiera apareciéramos por allí. La madurez, en el caso de Littah, parecía consistir en descubrir y clasificar estos rastros vitales de gasterópodos y personas, no siempre reconocibles a primera vista, con los que convivimos sin reconocernos en los múltiples herbolarios de la vida.

Quizás fue porque el jardín de casa le quedó pequeño y necesitaba explorar la complejidad de plantas silvestres y emociones sin clasificar, aún en el mundo que intuimos complejo y llamamos salvaje. Quizás por eso se fue con Niklas y Lara al Amazonas, aquel par de años. Niklas siempre fue así: Nació germánico y decidió hacerse amerindio; su pasión por el conocimiento de las propiedades curativas de las hierbas era contagiosa y en ella empleó su vida. Aun desconfiando de la capacidad de Littah para soportar las incomodidades y las enfermedades, que toda incursión selvática trae consigo, aceptaron su compañía porque intuían que había algo en el interés desmedido de Littah por la jungla que escapaba cualquier clasificación. Otro descubrimiento, pensó.

Durante ese tiempo, sin embargo, Littah no enfermó ni una sola vez, a pesar de las picaduras de mosquitos y las mordeduras ocasionales de alguna serpiente. En estos casos, como providencialmente, siempre apareció un indígena con un puñado de hierbas que aplicaba a la herida. A la mañana siguiente, como repuesta de un mal sueño, Littah estaba lista para seguir la marcha y el estudio. ‘Ya veis, parece que no hay nada que me mate’ decía. Mientras le aplicaba el ungüento, el indígena le hablaba con una suavidad y una ternura propias de un padre. Yo no sabía que había padres en la selva, creía que solo había fieras y monstruos. Lo hacía como contándole una historia, o como si se conocieran de antes y estuvieran recordando sucesos familiares. Littah asentía febril y delirante, mientras Niklas se preguntaba cómo había llegado hasta allí aquel hombre cuyo rastro nadie había advertido. Un indígena de la selva curando a una indígena del jardín.

Littah volvió de la selva cambiada. Regresó una mañana lluviosa mientras nos sentábamos al desayuno. Llegó, nos abrazó con cariño a todos, saludó afectuosamente a los animales de las láminas de camino hacia la habitación del siete, y se metió en la cama. Durmió ininterrumpidamente durante dos días, tiempo en que Niklas y Lara nos pusieron al día de lo que habían sido estos años en el Amazonas, sus hallazgos, su material de publicaciones, y las enfermedades que habían pasado. Se trajeron innumerables ejemplos de insectos disecados, cuadernos de notas, dibujos y multitud de hierbas que agrupaban según familias, regiones y hábitats. Littah vino sin nada, dijeron. Tal vez con el recuerdo del indígena y de las conversaciones en lengua extraña que le curaron el crecimiento.

Cuando se levantó, lo hizo como si no se hubiera ido nunca, no se le notaban arañazos ni rasguños, y parecía incluso que su piel era algo más clara, como si en lugar de adquirir los tonos de la selva se hubiera contagiado de la luminosidad de la piel de Lara. Las clasificaciones, en su vida y desde entonces, serían secundarias.

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