El expediente Glasser: “La visita” (VIII) e “Hipontia” (IX)

Violeta Balián

Galaxia

8.La Visita

Al día siguiente, a la hora de la siesta, sonó el timbre de casa. Me sorprendió; no esperaba a nadie. Cuando abrí la  puerta me encontré con un  hombre alto, de mediana edad.  Se presentó como un oficial de investigaciones  del Ministerio   de Aeronáutica y quería hacerme unas preguntas

‒‒¿Sobre qué asunto? ‒‒pregunté, inquieta.

‒‒El Brigadier Latorre y su esposa.

‒‒La señora Latorre falleció, oficial…

‒‒Bermejo. Marcelo Bermejo, señora.

‒‒Gracias. Como dije, la señora Latorre falleció.  Yo era su enfermera particular.  Al brigadier, bueno, no lo conocí muy bien.

‒‒Lo sabemos. Nuestro interés es aclarar algunos detalles.

El hombre parecía decente.

‒‒Está bien. Pase.

Bermejo tomó asiento en el sofá y colocó un expediente sobre la mesa ratona. Le ofrecí un café.  Aceptó.  Cuando se lo servía alcancé a ver que la carpeta que había traído decía “LATORRE” en letras grandes, cuadradas, debajo del escudo de Aeronáutica, con alitas en la base y tal cual lo había visto tantas veces en la casona. Junto al rótulo, se habían estampado sellos de tipo oficial. El más grande leía “Entrada” con fecha y garabatos.

¿Qué buscaba esta gente de Aeronáutica? Latorre no me caía bien, pero ahí terminaba todo. Para calmar mis nervios asumí que la visita se debía a una investigación de rutina porque el brigadier era un ministro del gobierno.

Bermejo bebió su café y luego colocó la taza sobre la mesita. Acto seguido tomó el expediente “Latorre” de la pila, lo abrió y comenzó con su interrogatorio.

‒‒Señora Glasser, Clara ¿verdad? Dígame, por favor, ¿por cuánto tiempo atendió a la señora Latorre?

‒‒Un año y medio, más o menos.

‒‒¿Cómo consiguió el trabajo?

‒‒Me recomendó el doctor Logan, del Instituto Roffo.

‒‒Bien. El doctor Logan ¿era el médico de cabecera?

‒‒No. A Mercedes Latorre la atendía Federico Correas.

‒‒¿Correas tiene un consultorio privado?

‒‒Ni idea. Pero si no me equivoco, es uno de los socios de la Clínica Ferrante, en San Isidro.

‒‒El último día que asistió a Mercedes Latorre, ¿recuerda algo en particular?

‒‒No… nada.

Bermejo escribió algo, levantó la cabeza y ordenó ‒‒: Haga memoria, señora, por favor.

‒‒Bueno, sí…el doctor Correas indicó aumentar  la dosis de morfina.

‒‒¿Cuánto?

‒‒El doble de la que se le había asignado para esa semana.

‒‒¿Y quién la administró?

‒‒Yo… pero siguiendo las instrucciones de Correas y del brigadier.

‒‒¿Su familia o la de su marido es judía?

‒‒No…somos luteranos ‒‒contesté.  ‒‒Perdóneme, oficial ¿qué tiene que ver mi religión con el caso de Mercedes Latorre?

‒‒Nada. No se alarme, señora. Se me ocurrió que el apellido Glasser podía ser judío. Nada más.

Se hizo una pausa. Bermejo escribió algo en el expediente.

‒‒No la molesto más, señora ‒‒dijo cerrando la carpeta. Se levantó para irse pero  antes de salir, comentó con una sonrisa ‒‒: Le agradezco la colaboración. Y también el café, ha sido usted muy amable. Que tenga muy buenas tardes.

.

9.Hipontia

La visita del oficial de Aeronáutica me complicó la tarde y las curaciones marcadas para la segunda parte del día, terminaron por agotarme. Aun así y sin ánimo de entregarme a la impaciencia ni a la desesperación, me acerqué a Los Tres Amigos para reunirme con los hermanos.  Apenas llegué les conté el extraño episodio de la tarde.

‒‒No hay motivo para preocuparse ‒‒dijo Alcides.

El comentario no me sorprendió porque quedaba pendiente abordar el tema de la muerte de Mercedes.  Además, estaba claro que para saber algo más sobre lo sucedido en casa de los Latorre había que sacárselo a fuerza de tirabuzón.

‒‒Originamos de Hipontia, un planeta que ya no es habitable ‒‒dijo Asima.

‒‒¡Cuánto lo siento! Habrá sido maravilloso vivir en algún otro lugar de la galaxia. Y ahora, ¿dónde viven?

‒‒Como decía, vivíamos en Hipontia, pero eso fue hace mucho, mucho tiempo, antes de que lo destruyeran las altas temperaturas de las estrellas vecinas.  Lamentablemente, tuvimos que abandonarlo. ¿Dónde vivimos? Por el momento,  residimos en una nave nodriza, y pasamos algunas temporadas aquí, en la Tierra.

‒‒¿Una nave nodriza?

‒‒Así es. Una nave enorme, similar a un crucero que navega por el espacio. Periódicamente, nos deposita en la Tierra para que vivamos en todas partes. O en cualquier parte. En los centros urbanos. En el campo. Los océanos y los lagos. Preferimos los refugios acuáticos; son pocos los terrestres que nos pueden ver o percatarse de nuestra presencia.

‒‒…

‒‒Intrincado, enrevesado, sin principio ni fin, vasto…así es el universo, Clara. La Tierra no es el único orbe que contiene vida. Es más, dentro del sistema solar, es uno de los más pequeños. Así es. Más allá, en la inmensidad de las galaxias, existen mundos comparables, habitados por seres similares y compatibles.

‒‒Como también una gran variedad de otras entidades ‒‒agregó Alcides. ‒‒Terrestres o no, habitamos todos un conjunto de burbujas o planetas; y cada una de ellas es de una dimensión o realidad diferente. Tan diferentes como la superficie de la tierra y la profundidad del mar. Dos ámbitos. Dos dimensiones. Dos realidades.

‒‒Otra cosa, Clara. Quisiéramos sugerirle  lo siguiente: que haga un esfuerzo por “olvidar todo aquello que ha aprendido y recordar todo lo que ha olvidado” ‒‒dijo Asima.

‒‒¿Olvidar? ¿Recordar? ‒‒pregunté.

Asima me apuntó con sus ojos misteriosos.

‒‒Sí. La forma humana es muy común en el universo. Es decir que hay otros humanoides residiendo en el planeta, de los que nadie tiene noticia porque no se los puede ver. Son criaturas que viven cuidadosa y sigilosamente a resguardo de los humanos terrestres. En conclusión, los “terrícolas” no son tan únicos ni tan especiales como se lo creen.

‒‒¿Terrícolas?

Alcides y Asima se abocaban a instruirme con los detalles de su trayectoria estelar. Yo los escuchaba como en un sueño pero siempre consciente de estar a pocos centímetros de seres extraordinarios.

‒‒Clara, no nos tenga miedo ‒‒dijeron.

«¿No debería ser al revés?»

Los tranquilicé. Les aseguré que no me asustaban.

En realidad, sólo consideraba la incongruencia de la situación. Ellos, yo, mi familia, mis vecinos, el público en general. La humanidad. Para no perder el hábito me refugié entre mis referentes, las películas de Hollywood, ésas que por tantísimos años se empeñaron en presentarme a los extraterrestres como entidades oscuras y monstruosas.

A Alcides y Asima no los veía como monstruos. Todo lo contrario. Su aspecto físico era normal. ¿Asustarme, yo? ¿De qué? ¿De dónde venían? Según ellos, de alguna de esas galaxias en el “multiverso”. O ¿de mi propia imaginación?

A decir verdad, los hermanos me fascinaban. Sus presencias tenían la virtud de transformarme.  Y yo deseaba cambiar.  Y lo único que me lo impedía era el entrometimiento de un problema mío, secreto y banal, que tenía que ver con mis fantasías, con mi nueva realidad, con la certeza de vivir una situación que no le ocurría a la mayoría de la gente.

«Por eso mismo, Clarita. ¿No te parece que una ocasión como ésta merece una presentación más cinematográfica?  Mirate al espejo y observá tu primer problema. No tenés nada en común con las glamorosas heroínas del cine. Tu aspecto es sencillo, por demás. Hoy mismo llevás ropa de trabajo, sweater, falda y un abrigo. Zapatos cómodos para caminar cuadras y cuadras. Tu pelo es lacio, rubión, con un corte común. Nunca quisiste perder el tiempo en la peluquería ».

‒‒Es que… según Rogelio, este estilo me queda bien. ¿Será sincero?

«Como no te gusta usar maquillaje tampoco se te ocurriría aparecerte toda emperifollada frente a esos periodistas de la televisión para revelarle al distinguido público del país, en vivo y en directo, tus peculiares intercambios con seres de otro planeta. O que te fotografíen junto a la despampanante Asima. No, no te preocupes por eso, ni ella ni Alcides aceptarían estar en primer plano.  Ya se sabe que se manejan con cuidado.   Ni siquiera sos material para tapa de revista, te falta ese toque de dramatismo.  No te pintarías la boca en rojo intenso, en forma de corazón para subirte al techo de un edificio y pedir auxilio, a grito pelado».

‒‒Es verdad, no soy así.

Y fue así que esa tarde, sentada junto a ellos, a merced de su escrutinio y con una buena dosis de disimulada desesperación, me concentré en las preguntas que me iban surgiendo a borbotones. ¿Por qué estaban aquí, por qué se habían metido en mi vida, por qué tenía visiones o emprendía un viaje como el que acababa de hacer a ese campamento o base subterránea en aquel sitio desconocido y alejado? Y lo que me parecía más extraño: ¿Qué hacían allí mi padre y Mercedes? ¿Cómo consiguieron transportarme hasta ese lugar? ¿Cómo fue que a la mañana siguiente me desperté en mi cama, junto a mi marido. ¿Quién había enviado a alguien de Aeronáutica para interrogarme sobre la última noche de Mercedes? Por último: ¿cómo se conectaban ellos con lo sucedido en casa de Latorre?

Tienen mucho que explicarme, les recriminé.

‒‒Clara, sus inquietudes son muy razonables. Para satisfacerlas,  necesitamos más tiempo y que usted esté más calmada. ¿Qué le parece si nos encontramos mañana, por la tarde, en algún otro lugar? Usted elija.

‒‒¿Qué les parece la placita que está al lado de la estación de tren? El lugar parece tranquilo y privado.

‒‒Siempre que a usted le sea posible, que disponga del tiempo.

‒‒Sí, claro. Mañana, a las cuatro de la tarde, en la placita.

El expediente Glasser II

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