LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (V)

Fernando Morote

En este mar donde me esperas (2011)-José Tola




5

Ingresamos al edificio como si fuéramos a robar un banco. Un atractivo tufo de clandestinidad reinaba en la entrada. El cartel luminoso dibujaba un crispado felino azul libando de una copa amarilla. Recorrimos el largo pasillo hasta llegar a la barra iluminada por un fluorescente redondo. El Narizón caminaba con resolución. Su lacia cabellera, rodeándole el cuello, le llegaba hasta los hombros.

De inmediato nos abordaron dos chicas en sostén y minifalda. No era posible descubrir en la penumbra de qué material estaban confeccionadas. Pedimos cuatro submarinos y ocupamos una de las mesas más distantes. Con esas melosas tonadas zumbando en nuestros oídos, no podíamos dejar de extrañar la agresiva armonía de Led Zeppelin. Prescindimos de cualquier atisbo de conversación. No teníamos tiempo ni dinero para desperdiciar en preámbulos innecesarios. Estábamos ansiosos por iniciar la sesión de tocamientos no indebidos. Trepamos las estrechas gradas de metal oxidado. Una cantidad de mesas y sillas amontonadas conformaban una especie de mezanine desierta. Un débil halo de luz nos marcó la ruta a seguir.

Nos asomamos a la baranda. Sobre la pista de baile, una solitaria pareja de borrachos daba tumbos tratando de mantener el compás de un bolero. Pocos minutos pasaron antes de que pudiéramos reconocer el vibrante percutir de un hueso azotando una madera. Divisamos el segmento de una canilla.

—¿Narizón?

Afinamos los sentidos. A sus señas particulares, el Narizón sumaba un notorio lunar en forma de piedra preciosa que cubría la piel de su bálano, pero eran sus botas vaqueras de caña alta, punta de acero y taco aperillado las que definían su inequívoca estampa. Siguiendo la curva de la pierna, distinguimos la hebilla de la correa y, mezclada con ella, una porción del calzoncillo. Más arriba, un muslo lampiño. Nos aproximamos para certificar el hecho. Una franja blanca cruzaba las nalgas, contrastando el resto del cuerpo bronceado por el sol. Los escuálidos cachetes parecían estar sufriendo un demoledor ataque epiléptico.

Las luces del local se encendieron, dejando en evidencia un chiquero de ínfima calaña.

—¡Nadie se mueva! —ordenó una voz.

Nos arrimamos de nuevo al muro del altillo. Un grupo compacto de policías armados había tomado el lugar por asalto. Nos cogieron a todos con los pantalones abajo.

(Sigue leyendo…)

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