LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (VI)

Fernando Morote

Alegría de vivir (2013) Gerardo Chavez

6

No podíamos quedar como cobardes. Sabíamos con certeza que esos compadres acogotaban, pescueceaban y atracaban sin compasión. Pelo’e Momia, cuatro tímidos cabellos alfombraban su prematura calvicie, era el líder del grupo. Cagaleche actuaba como su mano derecha, aunque tiempo atrás, debido a una infección desatendida, seguida de una mala práctica médica, le habían amputado el brazo del mismo lado. El Negro Harina, redondo y carcoso, debía su inadaptación a un trauma infantil causado por la bestialidad de sus padres. El Salvaje descollaba, en cambio, por su insuperable resistencia al consumo ininterrumpido de estupefacientes. El Vikingo, fornido rubio de corte nórdico, era temido por sus reacciones volcánicas y el único de ellos que ostentaba una apariencia civilizada. Émulos fieles del “Loco Perochena”, “Django” y “Los Retacos”, habían tomado posesión del campo de juego y se entretenían haciendo tiros al arco, lanzando centros al área, ensayando jugadas combinadas.

Después de una breve conferencia para distribuir nuestras posiciones, saltamos a la cancha con forzada hidalguía. Nadie diría que lucíamos ágiles, confiados o colmados de entusiasmo. A decir verdad, podíamos pasar mejor como un florido puñado de mascotas patulecas y enclenques, un lote de cachorros desamparados, escoltados por gansos y pavos. Cualquiera nos hubiera confundido con un circo de parodia futbolera. Una óptica más favorable nos habría comparado a una camarilla de pacientes convaleciendo de una especie de parálisis comunitaria. Si hubieran aplicado nombres para nuestros equipos, ellos habrían sido “Los apretadores” y nosotros “Los pobres diablos”.

—Ustedes sacan —ordenó Pelo’e Momia, con su habitual arrogancia, y aventó la Tango de 32 paños a nuestras raídas zapatillas.

Desde el primer toque, ninguno quería recibirla. Por el contrario, nos alejábamos de ella.

—¿Van a jugar o no? —preguntó, impaciente, Cagaleche.

Entonces el Doctor sorprendió con un pase largo de carácter magistral. Desprendiéndose de su marca, al otro extremo de la cancha, Camote aulló:

—¡Mía!

Arqueó la espalda con encomiable afán por matar el balón de pechito, pero dadas sus evidentes descoordinaciones psicomotoras, al mismo tiempo alzó ambos brazos y estiró una pierna a la altura de la cintura. Resultado: innovador paso de prima ballerina. Consecuencia: saque de meta para la escuadra rival.

Ahora eran ellos los que tenían la iniciativa. El Salvaje desplegó una meticulosa triangulación saliendo de su área. El principal problema radicaba en que manejaban la pelota con excesiva destreza. La veíamos circular inaccesible, escurriéndose por nuestras huachas. Demasiado rápidos para nosotros. El Champero sufría tratando de reconocer la diferencia entre un pase, un rechazo o un rebote; se atacaba de nervios y despejaba a cualquier parte, como si un cartucho estuviera dinamitando sus ampollas.

Tras recoger un servicio a rastrón, Cagaleche envió un tiro bombeado al vacío. Vimos al Negro Harina impulsarse con energía para romper nuestro arco de un furibundo cabezazo. Felizmente, por un mínimo error de cálculo en su salto, pasó de largo con los pelos parados.

Nuestro segundo intento de reacción fue una calamidad. Si hubiéramos vivido en tiempos de los romanos, habríamos terminado siendo arrojados a los leones. Fallamos de modo miserable cada remate. Aunque algunos resultaron potentes y veloces, todos sin excepción encajaron en ventanas, árboles y postes aledaños.

Debido a su inoperancia en la delantera, desterramos al Conde abajo de los tres palos. En un contragolpe fulminante del enemigo, se dio maña para barajar el peligro él solo. Sus bermudas con rayas amarillas y blancas constituían una efectiva distracción visual. Pero el hecho determinante que influyó en el desenlace de la jugada fue que, al enfilar hacia nuestra portería, el Vikingo lo encontró echado sobre el punto de penal con los brazos bajo la nuca y las piernas cruzadas, contemplando las nubes, como si estuviera tomando sol en la playa. Fue tal el desconcierto del atacante que terminó pateando hacia su propio arco. El ejemplo del Conde nos demostró que un espíritu libre es capaz de obtener los resultados que desea superando la pobreza de lo convencional.

Sin embargo, Pelo’e Momia y su equipo sabían bien cómo amedrentar a un adversario. Una alevosa zancadilla del Salvaje hizo rodar a Barreta en el preciso instante que éste se aprestaba a inflar las redes contrarias de un soberbio taponazo. En reconocimiento a su ímpetu, lo designamos por aclamación como ejecutor de la pena máxima.

El Negro Harina fue convocado por Pelo’e Momia para evitar nuestro adelanto en el marcador. El improvisado golero se agazapó y extendió sus brazos para cubrir la línea de sentencia.

Barreta caminó despacio hacia la pelota. La acomodó con paciencia y la pisó con autoridad. Respiró hondo. Se enfrentaba al eterno dilema: dónde ponerla. Se puede escribir un tratado de varios tomos sobre las infinitas posibilidades y los riesgos implícitos en una decisión de esta naturaleza. Al final, todo se reduce a un tema de intuición. Finiquitado el protocolo, retrocedió unos metros para ganar potencia. Inclinó su masa muscular hacia adelante y apuntó directo al ángulo superior derecho. Su puntazo despegó con destino opuesto al elegido.

—¡Gooolllll! —rabiaron al unísono Camote y el Doctor.

El Champero era consciente de que celebrábamos un día histórico en nuestras vidas. Por lo tanto se consagró a convencernos de que merecía un puesto en el cuadro titular. Corrió como perro de presa el resto del partido. Se tiró en carretilla, palomita y chalaquita. No dio una bola por perdida. Hizo de zaguero central y puntero mentiroso. Pudo meter más de un gol y salvó varios. Se comportó como un verdadero ídolo. La ausencia de espectadores y de árbitro no fue obstáculo para impedir su descollante actuación. Sólo en las postrimerías del encuentro nos asustó un poco, cuando lo vimos partir raudo hacia alguna parte, como si estuviera huyendo de un calabozo. Fue tanta su determinación, que los rivales se apartaron del camino para dejarlo pasar. En su obsesión por seguir el curso del esférico viajando en el cielo, olvidó que la cancha tenía un límite reglamentario. Al girar y bajar la cabeza, se topó de nariz con el travesaño. El violento impacto lo frenó en seco. Se desplomó como un cadáver, su albo atuendo teñido de sangre. El arco entero permaneció temblando a sus pies. Una heroica demostración de que la gloria exige, sin duda, un alto precio que pagar.

(Continuará…)

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