Anarquía en el Reino Unido

Juan Alberto Campoy







(Para mi madre, el meridiano que rige mis días)

Autonomía. Le gustaba aquel nombre: Club Autonomía. Era un nombre perfecto para un club anarquista. O casi perfecto. Si hubiera estado en su mano, quizá lo habría cambiado por Club Independencia, o mejor aún, por Club Libertad. Pero Club Autonomía estaba bien, estaba muy bien. No obstante, era consciente de que un anarquista de pura cepa, un anarquista de verdad, un anarquista consecuente con sus ideas, como él pretendía ser, no podía formar parte de asociación alguna, por muy loables que fueran sus objetivos. Pero, se decía a continuación, todos tenemos nuestras contradicciones y es necesario aceptarlas y convivir con ellas; el ser humano, al fin y al cabo, no es un ser perfecto, ni siquiera pretende serlo; el ser humano sólo aspira a la libertad, a liberarse del asfixiante yugo del Poder, de todos los poderes: del Estado, de la Iglesia, del Patrón… Y, qué narices, él se encontraba muy a gusto entre sus compañeros. O, más que entre sus compañeros, entre sus hermanos. Y eso también era importante. A todos les unía la esperanza de construir un mundo nuevo regido por el amor y la solidaridad. Pero, para ello, claro, había que destruir primero el mundo antiguo. Como solía decir Carlos Colchagua, un veterano anarquista español, que también frecuentaba el club y al que todos conocían como “Egg breaker”: “para hacer una tortilla es imprescindible romper antes el huevo”. Aunque había tenido numerosas discusiones con sus compañeros del Club Autonomía sobre cuáles serían las acciones más convenientes para promover la causa anarquista, sobre cuál sería la mejor forma de continuar en suelo británico con la propaganda por los hechos, que tan buenos resultados les había dado en el continente, él no terminaba de verlo claro. Ninguna propuesta le convencía. Ninguna era lo suficiente original, lo suficientemente atrevida, lo suficientemente impactante. Pero, un buen día, mientras, triste y pesaroso, deambulaba por el centro de Londres, después de haber sido rechazada su enésima solicitud de trabajo (en esta ocasión, en una tienda de ropa), concibió un original, atrevido e impactante plan. Tan convencido estaba de llevarlo a cabo, que no quiso compartirlo con nadie. Ninguna posible objeción que se le hiciera podría persuadirle de abandonar su proyecto. Además, no podía exponer a sus compañeros, bajo ningún concepto, a las represalias que, sin duda, se producirían si las cosas salían mal.

El día 15 de febrero de 1894, no bien acabó de comer, Martial Bourdin salió de su casa, en Fitzroy Street, y se dirigió al barrio de Westminster. Allí tomó un tranvía a las 15.10 y, poco más de una hora después, a las 16.19, ya se encontraba en Greenwich. Mientras caminaba hacia el Real Observatorio, con una bomba en las manos, pensaba que su idea era fantástica: atentar en el mismo centro del poder mundial, en el mismo centro del mundo, en el origen exacto respecto al cual se determinaba el espacio y el tiempo a lo largo y ancho del planeta. La simple idea de uniformizar el tiempo le parecía un disparate. El tiempo no se podía medir, ni cuantificar, ni llevar atado a la muñeca. Pero no sólo era un disparate: era un crimen contra la Humanidad. La uniformización del tiempo había servido para esclavizar a los hombres, para cosificar su trabajo, para incorporarlos a la cadena productiva. En realidad, no sólo se había cosificado el trabajo: se había cosificado la vida entera de los hombres. ¿Cómo comparar aquel tiempo gris, monótono, triste, que se le escapaba entre las manos mientras buscaba trabajo dando tumbos por las calles de Londres, con el tiempo luminoso, brillante, en apariencia eterno, aunque finalmente efímero, de su adolescencia, cuando, entre los lirios y los lotos de los jardines de Tours, su añorada Monique le enseñaba todos los registros del amor?

Mientras su mente se extraviaba por esos y por otros derroteros aún más tristes, su bomba explotó antes de la hora prevista. Un pequeño error de programación hizo añicos su plan, su mano izquierda y buena parte de su estómago. Media hora después, Martial Bourdin fallecía en el cercano Hospital de Marineros.

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