CARTAS CHILANGAS (IX)

Juan Patricio Lombera







Cartas desde el fondo del alma

III

Ligar, hoy en día, es un proceso que empieza acostándose con la persona deseada, para luego acabar enamorándose. No obstante, en aquellos años anteriores a internet y los celulares, el proceso era completamente diferente. Primero conocías a la persona, te enamorabas y empezaba entonces un largo proceso de cortejo. Durante esta fase ambos salían juntos al cine, exposiciones, fiestas y a cenar. Por supuesto, todas esas actividades lúdicas tenían que ser financiadas por el hombre. Dejaríamos de estar en México. Finalmente, llegaba el día en que te armabas de valor y te declarabas. A partir de ahí solo quedaban dos soluciones: o empezaba el noviazgo o se acababa la amistad. No había punto intermedio. “Me gustas, pero sólo como amigo” o “no estoy lista para el compromiso” eran excusas que ya ni siquiera durante la adolescencia servían. Como me dijo Gabriela, citando a un cantante francés de apellido Aznavour “Il faut savoir cacher les larmes”. La actitud más digna en esos casos, era apartarse para siempre e irse a emborrachar con los amigos. Por razones obvias, no tengo muchos amigos, pero me he dado cuenta a través de mi trabajo, que entre los divorciados y rechazados una buena terapia consiste en irse de juerga con los cuates. Es muy importante este último punto, ya que si uno se da a la bebida sólo acaba cometiendo pendejadas como llamar a la ex para mentarle la madre o decirle lo mucho que se la quiere en horas intempestivas. ¡Patético! En el caso de los divorciados varones, conviene que su distracción no se centre únicamente en el alcohol. El sexo debe estar presente en el proceso. ¡Dios bendiga esta era de páginas de citas por internet!

-Ponme otra Fidel.

En fin. Lo malo es que esos remedios no valen para los que nos odiamos. Nos atontan un rato, pero nada más. Sigamos con nuestra disertación acerca de los procesos de apareamiento del homo mexicano, a finales del siglo XX. Una vez que habíamos conseguido el “sí” de la amada, empezaba un largo proceso de noviazgo en el que se podía besar, fajar, pero no coger. Llegar a la cama era el equivalente a batear un homerun con casa llena. Por supuesto, el siguiente paso tras lograr dicha hazaña era comunicársela a los cuates. ¡Cómo no! Ojo, eso no quiere decir que el susodicho no hubiese cogido antes. Centenares de jóvenes tuvieron sus primeras experiencias con las servidoras sociales de la calle Fleming, pero salvo por la experiencia en sí, nadie presumía de haberse acostado con una puta. Yo no lo hice, pero no por cuestiones moralinas. Simplemente, pese a la mucha curiosidad que me pudiera ocasionar el sexo, no estaba dispuesto a tirar un dinero que me había costado mucho conseguir de esa manera. En aquellos tiempos, trabajaba en una editorial, perteneciente a un político que había sido subsecretario de trabajo y que acabaría en el Instituto Federal Electoral al lado de Woldenberg. Yo estaba estudiando la carrera de derecho y, como se me daba bien escribir, me habían contratado como corrector de galeras. Un trabajo endemoniado en el que no se puede perder nunca la atención, so pena de dejar escapar una o varias erratas. Durante un tiempo, coquetee con la idea de dejar el derecho y pasarme a las letras, pero habría generado un auténtico sisma en mi familia, que veía en la carrera elegida un camino para superar la pobreza. Qué pensarán de mí ahora. Mejor no averiguar. Por supuesto, no me cambié de carrera. Habría sido una irresponsabilidad de mi parte.

En fin, dejemos esos pensamientos lúgubres y recordemos nuestro primer encuentro con Gabriela. En aquellos días, Polanco era un barrio con personalidad propia. La calle Moliere, por citar un ejemplo, sólo tenía un supermercado. Hoy en día hay 2 centros comerciales a menos de 500 metros de distancia. El actual Palacio de hierro era un terreno descampado en litigio y en la esquina con Homero había una tienda de frutos secos y dulces. Me acuerdo que ahí compraba para Navidad unas pasas rellenas de chocolate que eran mi perdición. Desde Legaria iba caminando a por ellas. También solía a ir al cine Polanco o al Ariel. Y, por supuesto, los puntos de encuentro eran Sanborns o el Vips, mejor conocido como Telavips por ser Polanco el barrio donde vive gran parte de la colonia judía. Elegí el Sanborns cuyo público era más local. Una de las ventajas de estos locales es que con pedir una taza de café te puedes pasar toda la tarde platicando con tus amistades, ya que te ponen una olla de café aguado y, al final, solo pagas dos tazas. Ideal para los estudiantes. De hecho, recuerdo que lamenté haberla invitado a desayunar en lugar de quedar por la tarde para un cafecito, pero en ese momento estaba tan emocionado que no me importó. Llegué antes de tiempo. Me acerqué a la cafetería y vi que ella aun no había llegado. No quería esperarla sentado, por evitar el acoso de las camareras y porque siempre he pensado que es una forma de evidenciar el retraso del otro comensal. Por ende, me fui a la zona de los libros, pero no encontré nada que me llamara la atención. Los minutos empezaron a avanzar y yo me empecé a desesperar. Controlaba la entrada desde los estantes, y no la había visto pasar. Me acerqué nuevamente a la cafetería con idéntica suerte que la anterior. Ya habían pasado veinte minutos. Decidí entrar en el restaurante y pedir un café. Si al terminar la primera taza, ella no había llegado, pediría el desayuno. Eran casi las 10 y media de la mañana y aún no había ingerido bocado alguno. Quizá por eso se me estaba avinagrando el carácter. Como era de prever, ella se había asustado y había decidido dar marcha atrás o quizá tan sólo buscaba tomarme el pelo pensé. Es más, no sería de extrañar que se hubiese reunido para espiarme con sus amigas fresas y burlarse de mi incredulidad. Mi rabia iba en aumento por momentos. Finalmente, pedí un desayuno de estudiante consistente en unos suculentos molletes y un plato de fruta. La comida siempre ha tenido la virtud de calmarme, y esta vez no fue menos. De hecho, disfruté tanto del desayuno que fui generoso con la propina. Estaba desilusionado y un poco avergonzado conmigo mismo. Como había podido pensar que tamaño vieja se fijara en mí. ¡Qué pendejo! Salí a la calle y me encendí un tabaco para que me hiciera compañía de regreso a casa. Voltee en dirección hacia el cine y la vi caminando hacía mi. Pensé en esperarla para pedirle explicaciones, pero concluí que sería aún más absurdo. A fin de cuentas, no nos conocíamos de nada. De hecho, ella ni siquiera sabía mi nombre. Empecé a caminar en sentido contrario con el fin de alejarme como si no la hubiera visto. Ella entraría al Sanborns, dándome tiempo a huir sin que nos volviéramos a encontrar jamás. No quería correr porque acababa de desayunar, pero si avancé a grandes zancadas. No había llegado a Calderón de la Barca, cuando sentí una mano que se posaba en mi hombro y un grito ahogado:

-Espera

Voltee instintivamente y la vi jadeante y sudorosa casi sin habla. ¡Dios!, qué hermosa era en ese momento. Pero no podía olvidar que me había plantado. Con un tono de desengaño, pero sin alzar la voz, le dije:

-Ya te has burlado de mí. ¿Qué quieres, ahora?
-Perdón, perdón perdón…. Me quedé dormida.

Le costaba aun decir las palabras por los jadeos.

Qué hacer, era mi dilema. Jugar seguro y dejarla ahí en mitad de la calle o comérmela a besos. En el primer caso, perdía, si se trataba de una disculpa sincera, de la posibilidad de conocer a mi primer gran amor. En el segundo caso, me arriesgaba a que se tratara de una prolongación de la hipotética primera broma y, por ende, a sufrir un nuevo desengaño.

-Eres rápida

Era una imbecilidad, pero no se me ocurría nada mejor que decir.

-Depende para qué -respondió con una sonrisa pícara.

Esta vez fui yo el que sonrió involuntariamente, rompiendo mi postura facial castigadora.

-Además adonde ibas caminando tan rápido. Habíamos quedado.
-Sí, pero a las 10 de la mañana. No a las 11.
-Los hombres no aguantan nada o como dice una prima española “no aguantan una patada en los huevos”.

Esta vez no pude impedir carcajearme.

-Lo que les pasa a ustedes los burgueses es que creen que todo el mundo está para servirlos.
-No. Política, no a estas horas.

Puso tal cara suplicante que nuevamente la hormona se me alteró.

-Tengo una idea. Vayamos al parque Lincoln y seguimos platicando. Háblame un poco de ti. ¿Donde estudias? ¿Qué quieres hacer en la vida? ¿Quién eres, en definitiva? Sólo sé que te llamas Gabriela, votas al PAN y corres como el demonio.
-¿Porqué necesitas información sobre mí? Te sientes inseguro si no tienes todos los datos. Acaso te he preguntado tu nombre siquiera.
-Me llamo Juan. Y tranquila no quiero controlarte solo suponía que esto era lo que hacía la gente normal cuando se conoce.
-¿Qué es ser normal?
-Ya sabes. Comportarse conforme a ciertos parámetros estándar dictados por la sociedad.
-Qué respuesta tan pequeño-burguesa me has dado. Estás seguro de que votas a la izquierda, porque me parece que deberías estar en mi partido.
-Todas las sociedades tienen su propio concepto de normalidad -dije acorralado…. Mira solía trepar a la silla del presidente Lincoln con la ayuda del propio presidente.
-¿Cómo?
-Muy sencillo ponía una mano en uno de los reposabrazos la otra en las manos de Lincoln recogidas detrás de su espalda. Un ligero impulso completaba la maniobra.
-¿Así?

Sin darme tiempo de reacción, Gabriela trepó a la silla, reproduciendo mi maniobra infantil. Yo me puse blanco temiendo que hubiera un policía en los alrededores. ¿Qué haces? Baja inmediatamente.

-Oblígame.
-Me acerqué con la intención de asirla por la cintura y bajarla. Lo que no contaba es que ella me rodeara con sus piernas.
-Te tengo.

A continuación acercó con sus manos mi cara hacia su cuerpo y haciendo un verdadero acto circense, dobló su cuerpo para darme un beso en la boca. Yo, sin separar los labios, la así por la cintura y empecé su lento descenso. Nos mantuvimos abrazados labio con labio un buen rato hasta que una vecina metiche nos sugirió que mejor nos fuéramos a un hotel. Pasamos todo el día junto. Me platicó que su madre era francesa y su padre mexicano y que había estudiado en el Liceo Franco Mexicano. Quería ejercer el derecho en el país, pero vivir algunos años fuera.

-Con el pinche pelón que nos han impuesto, este país se va a ir a la mierda. Los priistas son unos incompetentes y para muestra su inutilidad durante el terremoto.
-No sólo eso. Son unos asesinos de mierda. Quién crees que mató a los diputados Obando y Bravo. Es más de no ser por un capitán sensato, el otro día se habrían quebrado al «Maquío» cuando quiso reclamarle a De la Madrid su falta de imparcialidad.
-Ese sí es un hombre de verdad. No como tu Cuauhtémoc que habla mucho, pero hace poco.
-Hay más de una forma de demostrar el valor. No todo tiene que ser armar mitote y mostrar lo macho que se es. Se puede ser valiente e impasible a la vez.
-Ah ¿sí? ¿Cómo?
-Por ejemplo, estoy aquí a solas con una loca a mi lado y no ando publicitándolo.
-Que sangrón y aburrido eres. Definitivamente deberías estar en el PAN, yendo a misa todos los domingos y comportándote de forma normal.
-Y entonces, ¿por qué votas a ese partido?
-Porque es el menos malo.
-En eso somos diferentes. Yo voto a Cárdenas porque creo que es el hombre que este país necesita. Un patriota no dispuesto a doblegarse frente a los gringos o el Fondo Monetario Internacional. Yo creo que él representa la mejor solución.

Nunca olvidaré la mirada de tristeza que me echó en ese momento Gabriela. Parecía como si hubiese leído mi futuro y se hubiese apiadado de mí.

-Está bien, dijimos que nada de política, pero que conste que tú empezaste.
-No es eso. Sólo que me acabo de dar cuenta de que amen de ser muy ingenuo eres también muy feo que eres -dijo risueña al tiempo que salía corriendo.
-Te vas a enterar.

Empecé a perseguirla pero no había forma de seguirla el paso. Al cabo de unas cuantas cuadras, deje de correr y con mi último aliento le grité:

-Ya te atraparé y mi venganza será bíblica.
-Mira como tiemblo me respondía ella a la distancia.

Finalmente, hicimos las paces y emprendimos el camino de vuelta abrazados.

Ya me dejé embrujar por mis recuerdos. Debo dejar de beber. Solo me trae dolor y además mañana trabajo.

-¿Cuánto te debo Castro?
-Ya sabe señor que me llamo Fidel González y no Castro. Le ruego no siga con el chistecito.
-Perdona se me había olvidado. Aquí tienes por las molestias le dije soltándole un billete de 500 pesos. Y como siempre hazme favor de tirar estos papelajos escritos con mi mano temblorosa a la basura.

(Sigue leyendo)

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