El buscador de almas (II)

Georg Groddeck

 

 

 

VI. EL VICARIO SE INVOLUCRA EN LA HISTORIA A CAUSA DE UNA JOVENCITA Y CONSIGUE UNA CITA

Mientras corría por el pasillo rumbo a su habitación, llorando, la hija de Agathe asomó la cabeza, llena de compasión, por la puerta de su pequeña recámara. La señora Agathe la empujó dentro con un gesto enérgico.

—Niña, niña, ¿cuándo serás razonable? Ya ves que llevo puesto mi uniforme, vengo de ver al tío, y no debes acercarte a mí.

Y, diciendo esto, cerró de golpe la puerta del cuarto de la chica. En su desesperación por la extraña manera de ser de su hermano, se detuvo un momento delante de la puerta de su hija, vacilante, y se inició entonces, entre las dos mujeres, una animada conversación.

Con prisa, Agathe contó su aventura. Desesperada, juntó las manos y dijo, suspirando:

—¿Qué debo hacer? Las cosas no pueden seguir así. El tío se está volviendo loco. Y yo no quiero llamar a ese médico horroroso, el tal Vorbeuger. Él tiene potestad para encerrar a mi hermano en un manicomio. ¿Quién puede ayudarme?

Mientras Agathe, que estaba fuera, se dejaba caer en la silla, lamentándose y arrancándose la máscara de la cara a fin de secarse las lágrimas, Alwine, que estaba dentro, tenía otras batallas que librar. A ella no le preocupaba el tío. Desde la infancia, estaba acostumbrada a adorar en él al hombre infalible, al que todo tenía que salirle bien, y ahora tampoco dudaba de que su enfermedad acabaría de la mejor manera. Pero hacía tiempo que esperaba una oportunidad para llevar adelante sus propios planes secretos. Estaba decidida a forjarse su propia felicidad. Y ahora estaba allí, indecisa, poniéndose roja y pálida, avergonzada de sus deseos más ocultos. En dos ocasiones seguidas abrió la boca para hablar, y dos veces se le atragantaron las palabras. Antes de hacerlo por tercera vez, se pellizcó ella misma el brazo para insuflarse valor, puso la cara más insolente de la que disponía, la que solía poner en la escuela cuando hablaba con su maestro de historia, con su cabeza adornada de rizos, y dijo con absoluta sangre fría:

—¿Sabes una cosa, mamá? El tío no necesita un médico, sino consuelo espiritual.
—¡Niña! —exclamó Agathe, y el júbilo se le entemezclaba con el llanto—. El mismísimo Dios te ha metido esa idea en la cabeza. Es cierto, debo llamar al párroco; el tío, con eso de «su llamada», está incordiando al cielo y a todos los santos. Nuestro párroco, el bueno de Breitsprecher, es quien puede ayudarnos —dijo, pero de repente se esfumó su valor—. No —añadió, interrumpiéndose—, eso no puede ser. Ya sabes, hace poco acogió a August en sus rezos, por petición mía, y dijo que las picadas de chinches eran un designio de Dios, que había que aceptarlas con humildad y sin siquiera rascarse. A cambio, August le envió un ejemplar vivo, a modo de tentación nocturna de la humildad. Fue el único bicho al que no ejecutó sumariamente. Y desde entonces se acabó la amistad entre ellos dos.

A Alwine se le cortó la respiración. La decisión debía tomarse ahora. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, forzó las palabras para que salieran de una vez:

—No tiene por qué ser precisamente Breitsprecher.

Agathe se puso de pie de un salto:

—Excelente —exclamó—. El otro, el vicario, ése es el adecuado.

Alwine confirmó esto último desde el otro lado de la pared con un grave gesto de asentimiento.

—Querría darte un beso —continuó Agathe—, pero espera a que me quite el uniforme. El vicario Ende, ése sí que pega con el tío. Sabe hablar, y a August le va a caer bien. Hasta luego, corazoncito.

Con prisa, Agathe se alejó de allí, y poco después la desdentada Trude salió a buscar al señor vicario. Alwine se quedó un rato más junto a la puerta.

—Ése es el adecuado —repitió en voz baja, agarrándose el vestido, bailando por toda la habitación y cantando una melodía propia—. Ése y no otro, ése es el adecuado. —De repente se detuvo. Sonó el timbre. Era el vicario. Deprisa, deprisa, había que ponerse un delantal para parecer una chica laboriosa, y estar bien peinada para parecerse a la virgen, con la que se comparaba todo hoy en día. «Qué aburrida es esta cara devota. Pero ya le quitaré yo a éste esas preferencias», pensó Alwine mientras se examinaba con ojos escrutadores. Con paso de chica honrada, se acercó a la puerta, pero se detuvo de nuevo y, con un movimiento rápido, se sacó un rizo de detrás de la oreja. El vicario debía verle la oreja, era muy bonita.

Y la vio, y sintió unos deseos enormes de soplarla, mientras estuvo sentado, en animada charla, entre las dos mujeres. El plan de guerra se trazó en poco tiempo, y, seguro de sí, Paul Ende decidió encararse con su destino, que estaba en el cuarto infectado de escarlatina, y elucubraba allí sus descabellados planes.

Allí, entretanto, el señor Müller le había estado dando vueltas a sus ideas, que lo llevaban por sendas cada vez más distantes. Al principio no notó que su hermana se había escabullido dentro del cuarto. Con la cara hacia la pared, continuó hablando:

—La destrucción de la especie de las chinches por medio de la escarlatina es todo un símbolo. Muestra el camino por el que avanza el destino. Nos permite echar una ojeada a lo más hondo del acontecer de las cosas. Y hela ahí, delante de nosotros, la fuerza que pretende siempre el mal y crea siempre el bien, un Mefistófeles de las chinches, multiplicado por mil, envuelto en un manto rojo. ¿No es cierto que jamás pensaste que yo, partiendo de mis puntos de vista, abriría una nueva época en los estudios goethianos? ¿Qué no darían esos señores eruditos por ver ante sí, de repente, tan claramente como yo la veo, la esencia del poeta? ¿O crees que es casualidad que el diablo se llame el Señor de las Chinches, que los servidores de ese mal que crea el bien sean unos insectos? Existen ahí secretas relaciones suprasensoriales, la lengua profética del poeta habla de lo que ahora está sucediendo. Estoy llamado a hacer una gran obra, con miles de voces, y también la de Goethe resuena. Un campo inconmensurable para el estudio, para la reflexión, se abre ahora ante mí. Y cada vez con mayor firmeza arraiga en mí la convicción de que en esta cabeza se encierran los mundos venideros.

Al parecer, August sintió el ímpetu de mostrar esos mundos en su cabeza con una mueca. Y puesto que en ese momento estaba enfrascado en ponerse los calcetines bajo la manta, tenía las manos ocupadas, por lo que estampó con todas sus fuerzas su cráneo preñado de mundos contra la pared, en cierto modo también para convencerse a sí mismo con el sonido de su abundancia. El dolor le llegó de forma inesperada. Atontado, se dio la vuelta y vio, asombrado por la huida de su hermana, la habitación vacía.

Pero de inmediato, para sus adentros, empezó a tejer de nuevo sus hilos. El ámbito del mal que genera el bien, entrevisto de forma fugaz, le pareció infinito. Y entonces empezó a dividirlo en partes. El estudio de los beneficios de una enfermedad era ya labor para toda una vida. La crueldad, la envidia, la estupidez, todo se le aparecía ahora, de repente, bajo una nueva luz. Se sumió de tal modo en sus raras ideas, que empezó a tomarle cariño, al instante, a todos los vicios, las crueldades, los errores, dispuesto, en cierto modo, a mimarlos con ternura.

La pátina roja que ahora cubría el cielo, en el instante de la puesta de sol, llenando su habitación de una luz ígnea, lo llevó a tener ideas sangrientas. La historia de las religiones pasó ante sus ojos en una rápida sucesión de imágenes: las víctimas humanas, la tortura de los mártires, las persecuciones a los herejes, las guerras de fe; todo eso lo veía ahora como un ocaso sangriento anunciando la sagrada paz de la noche. Y esa misma noche, esa noche injuriada, sombría y maligna, ¿no era acaso la creadora de todo lo vivo, la aliada del futuro que desperezaba innumerables vidas? De repente, volviendo a su punto de partida, August soltó una carcajada, muy consciente de su triunfo, una carcajada de orgullo al recordar que ésa era la noche en la que había matado al símbolo de todo lo malo: a los enemigos rojos. Todo se había sumido para él en una tonalidad roja, todo lo que veía y pensaba, y entre toda esa sangre bailoteaba coquetamente el rojo como color del amor, haciendo que sus pensamientos fueran aún más confusos.

En ese instante, cuando la razón de August se encontraba justo entre la Iglesia y el amor, entró el vicario en su cuarto. Su aparición le dio al pobre desquiciado la oportunidad de seguir tejiendo su red.

—Llega usted que ni mandado a llamar, querido vicario, como una aparición llegada desde lo alto, como un auténtico mensajero de Dios —dijo, y le extendió la mano desde la cama.

Ende se puso manos a la obra con sus mejores intenciones. Primero, deseaba escuchar en silencio para formarse una opinión imparcial del enfermo, pero luego, con aquietada dignidad, pretendía hablarle de un modo convincente en su condición de padre espiritual. No obstante, llegado ese momento, no estuvo a la altura de su papel. Ya fuera por lo inusual de su misión o por la charla íntima con las dos mujeres, lo cierto es que su ánimo estaba excitado, y su confusión se hizo mayor al ver que August no le soltaba la mano. Una sensación de falta de libertad sobrecogió al clérigo.

—Estaba pensando precisamente en la prohibición que pesa sobre los sacerdotes para casarse y, en cierto modo como una encarnación de esa cuestión, aparece usted ante mí, joven, bajo la roja luz del sol, como alguien a la caza de una jovencita casadera. Si no me hubiera convertido en un visionario, podría creer que su llegada decide el problema en favor del matrimonio de los curas. Pero mi mirada es más profunda, y reconozco únicamente una señal previa de su futuro. Usted no encaja con el perfil del prometido de Dios, y veo ya cómo se mecen esos rizos en los que quedará usted atrapado.

El vicario liberó su mano del agarre del enfermo y se frotó los ojos con la diestra. En efecto, delante tenía colgando un rizo.

—Perdone, señor Müller —empezó diciendo—, que le hable con franqueza. Soy un clérigo protestante, y me duele oírle hablar de ese modo. El alma del hombre es una esencia enigmática con recovecos secretos y sombras. Sólo la luz que emana de otra alma la ilumina. Nosotros, los pastores, necesitamos del matrimonio, de la franca y verdadera comunión con otro ser con el que aprender a ser pastores de almas. El matrimonio es la gran escuela para todos, una determinación humana, como nos enseñan claramente las antiguas historias sobre la creación de la mujer. La esencia del sacerdote, tal y como la concibió la ambición de Roma, es la mayor negación de las enseñanzas de Cristo. Y ése es precisamente el sentido más profundo del Evangelio: que nadie debe interponerse entre el corazón del hombre y su Dios. Un clérigo es un hombre, y lo sigue siendo en su cargo. Nada humano debe serle ajeno a él, que predica el amor al prójimo, y mucho menos el matrimonio, que le enseña a superar sus propias debilidades y a tolerar las ajenas con benevolencia.

En ese instante el encendido orador se vio interrumpido en su discurso por la sonora carcajada de su oyente.

—Perdóneme, querido señor Ende, perdone usted mi risa improcedente. Habla usted con tal fervor, y yo estoy participando con afecto de su dicha futura, esa que emana de sus ojos. Pero al final ha hablado usted como Breitsprecher, en un típico ejemplo de contagio espiritual.

El vicario habló:

—Oh, por favor, los asuntos personales debemos dejarlos a un lado.

Müller rio aún con más fuerza:

—No tenga miedo. No le diré a la bella muchacha que quiere usted casarse con ella, por decirlo así, como una prueba de paciencia.

Paul Ende perdió los nervios.

—No me refería a eso —exclamó rápidamente—. Prefiero evitar que se involucre en esto a mi compañero en el cargo y superior.

En los ojos de Müller se vio un brillo de sorna.

—Pero es que viene al caso. No, quédese ahí sentado, tranquilo. Él le ha contagiado a usted con la humildad, y esa infección es un peligro. Si la deja propagarse, en menos de un año habrá pasado usted de heraldo del amor al prójimo a ser un sacerdote. Porque lo que es sacerdotes, o párrocos, si así lo prefiere, los hay también entre los llamados protestantes; eso tendrá que admitirlo. Sí, se me antoja que el clérigo evangélico también se interpone, por fuerza de su cargo, entre Dios y el hombre. Sólo que nuestra confesión no le concede el poder que posee el sacerdote católico para invocar el cuerpo de Dios en la misa. Ése es un gran error de nuestra concepción de la Iglesia, por la cual sucumbirá alguna vez la doctrina evangélica.
—Ésa es la gran ventaja de nuestra doctrina —respondió el vicario— el haber roto con la superstición sobre el poder sacerdotal para unir y desunir. La fe por sí sola es la que nos proporciona la salvación, no la Iglesia. La esencia del protestantismo es la libertad del individuo. —El vicario había olvidado por completo que estaba hablando con un demente, pero las siguientes palabras de August Müller se encargaron de recordárselo.
—Nunca he comprendido —empezó diciendo— qué tiene que ver la palabra protestantismo con nuestra doctrina, a no ser que abogue pro testiculis en contra del celibato. Nuestra confesión ya no se basa en una protesta contra una doctrina, sino que se ha convertido ella misma en doctrina, la doctrina de la fe. Por eso nos pega la palabra evangélico, porque hablamos tan bien. Los protestantes jamás podrán crear una iglesia común; de hecho, cada protestante repudia a la Iglesia, del mismo modo que Cristo la repudió. La creación de una iglesia, la adhesión a la comunidad de la misma, es una enfermedad contagiosa del alma a la que el protestante es inmune. —August se había sentado al borde de la cama y contemplaba sus piernas desnudas con expresión pensativa—. Se sabe muy poco de las enfermedades contagiosas, las espirituales y las físicas, pero eso va a cambiar a partir de ahora, cuando yo haya hecho mías del todo las experiencias de los últimos días —añadió, apartando bruscamente la sábana que estaba encima del colchón y buscando algo entre los pliegues de la sobrecama—; las verificaré y reelaboraré a partir de principios científicos, y no dudo que muy pronto, sobre esa nueva base, se erija una nueva ciencia. Hay algo que ya se puede decir al respecto. Por eso quisiera suponer que también aquí predomina cierta ley de los opuestos; quiero decir, que una infección psíquica transforma el cuerpo, mientras que un contagio físico cambia por completo la psiquis. Esto último lo he experimentado en persona. La fiebre escarlatina ha transformado todo mi ser interior, tanto, que ni me atrevo a creerlo. De las infecciones de la mente, en cambio, la Iglesia ofrece un buen ejemplo. Si un hombre se ha contagiado con el sacerdocio, su cara, su postura y todo su aspecto exterior sufren una determinada metamorfosis, y ello se pone de manifiesto incluso en la forma de vestir. Es la consecuencia inevitable del contagio. Del mismo modo que yo me puse rojo cuando tuve la escarlatina, usted lleva un atuendo negro porque padece la «eclesiastina», la de una variedad muy específica: la fiebre de la humildad, una variedad letal. Su tóxico es la conciencia del pecado y del miedo. La humildad no quiere que se la note, se escabulle en la oscuridad. Esparce a su alrededor la noche en forma de una sotana de color negro. Es una epidemia psíquica, al igual que la tonsura de los católicos es una caída del pelo psíquica por la cual se expresa la idea de que el sacerdote está más cerca del cielo que otros hombres, que la beatitud de todos los santos se refleja en él, que la revelación puede penetrar de un modo más fácil en su cabeza. ¡Vea lo calva que tengo la cabeza! ¿Lo ve? ¿Y no saca una conclusión de ello? La luz que llega de lo alto chamusca el pelo y lo hace desaparecer, y si es muy intensa, se produce una acumulación de rayos que forman una aureola.

El vicario había estado escuchando en silencio. Se daba cuenta de que con su réplica sólo había aumentado la confusión, por lo que intentó analizar con más detalle las ideas absurdas de su custodiado.

—Abre usted con ello, sin duda, una amplia perspectiva para el investigador y el estudioso de las almas, y me esforzaré por seguir reflexionando acerca de esas ideas. Pero se me antoja que tendría usted aún que acudir a otras fuentes auxiliares. Tal vez explique usted los fenómenos de masas de un modo correcto, aunque curioso. Pero ¿cuál es su posición acerca de los fenómenos individuales, de los grandes hombres con sus cualidades excepcionales, con sus caras y costumbres peculiares? Puedo imaginar que una determinada orientación del espíritu da lugar a ciertos rasgos exteriores. Se puede inferir que el gran bigote de Nietzsche se deriva de su voluntad de poder, que la melena erizada de Ibsen es un sintoma de esa ambigüedad entre la mentira vital y la verdad de la vida. Pero nada de eso llega a ser una infección. En todo caso, una enfermedad.
—Es una autoinfección, querido. Aunque vaya palabra tan fea. Digamos mejor autocontagio. Estamos acostumbrados a suponer que la actividad del pensamiento sólo tiene lugar en el cerebro. Pero eso es una oscura superstición, algo que sólo puede permitirse gente que jamás ha sufrido una mordida o una picada. Cuando el cerebro piensa, también lo hacen las puntas del bigote, al igual que las uñas y las mucosas intestinales. Eso lo sabe cualquiera. No cabe duda de que esos procesos están al alcance de los estudios científicos, y nuestra época, que se cree muy ilustrada, sólo demuestra que aún está oculta tras la superstición cuando se burla de que los hombres con almas distintas huelan distinto, o cuando afirma, orgullosa de su ignorancia, que no se puede leer el futuro en las líneas de la mano o no es posible juzgar el carácter a partir de la forma del cráneo. Una callosidad surge igualmente debido a la presión de las ideas que a la presión de una bota, y llegará el día en que la ciencia comprenda, a partir de la forma y la textura de las deyecciones, los pensamientos que ocupan la mente de una persona cuando está sola en el cuarto de baño. —La mirada de August irradiaba entusiasmo cuando, en ese momento, vio el aparato con el que la previsora Agathe había dotado su celda—. Vea usted, señor vicario, esta silla, lo que nosotros llamamos sillico, en el futuro será conocida como «silla de prueba de las ideas». La colocarán en todas las prisiones para escudriñar los secretos más íntimos de los criminales. Los reyes harán con ella regalos de honor a otros estadistas foráneos, y mantendrán un ejército de espías que llevarán por título el de «oledores de ideas», encargados de explorar los planes de los celosos vecinos. Sólo entonces podrá hacerse alta política. —Sobrecogido por la profundidad de esas ideas, August elevó los ojos al techo y guardó silencio, con un asombro embelesado ante la riqueza de su inspiración.

Al vicario le daba vueltas la cabeza. Con un esfuerzo desesperado intentó poner fin a la conversación.

—Le agradezco —dijo— esta hora inolvidable. Me ha permitido usted echar una ojeada a los abismos más misteriosos de la existencia humana —en ese momento, August estaba justamente al lado de la silla de prueba de las ideas—, y no me atrevo a seguir escuchando, puesto que corro el riesgo de sentirme demasiado abrumado. Todo esto exige una callada reflexión, soledad, y la noche, que ya irrumpe, me dará la calma para aclimatarme a estas nuevas ideas. Permítame, pues, que mientras esté sentado en estos, sus aposentos, siga soñando con sus sugerencias. Usted, en cambio, debería dar un respiro a sus valiosas fuerzas, y reponerse, mediante el sueño, para esa metamorfosis maravillosa.

August sonrió satisfecho. Pero continuó su conferencia desde donde estaba sentado:

—Mi cerebro está en pleno proceso de fermentación, eso lo sé, y reconozco, agradecido, su preocupación. Pero quien como yo está llamado a hacer grandes hazañas no puede actuar a la ligera con sus congéneres. Así que permítame solamente que concluya con brevedad estas ideas mías. En ese efecto que ejerce la idea sobre la constitución del cuerpo tenemos tal vez la mejor vía para estudiar todo el fenómeno del contagio. Porque es de eso de lo que se trata: de contagio. La idea de haber atentado contra las normas del pudor contagia los vasos sanguíneos de las mejillas femeninas, de modo que éstas se llenan de sangre. La idea de la lealtad del vasallo infecta de tal modo a ese hombre llamado Bismarck que éste adquiere el aspecto de un gran danés. Pero eso es sólo una de las caras del asunto. Para el investigador profundo, para el que ha tenido las mismas experiencias que yo, se trata más bien de explorar qué tipo de contagio físico ha provocado, en el caso de algunos grandes hombres, qué determinada orientación del espíritu, qué relación hay, por ejemplo, entre el arte poético de Goethe y la viruela que padeció de niño. A partir de ahora habrá de investigarse de otro modo la vida del príncipe de nuestras letras, con mucha más exactitud. —Al decir esas palabras, August ofreció una prueba humana general de cómo habrían de concebirse esos estudios; luego cerró la tapa del sillico y se acostó de nuevo—. Los estornudos que sufre un niño tienen quizá más importancia que una clase en la escuela; y sí, se podrá solucionar mejor el enigma de la razón kantiana a través del examen de sus mucosas nasales que de la lectura de sus obras. Sólo que, para ello, cada hombre cuyo espíritu haya sido transformado debido a un contagio, tendría que quedar marcado con algún signo especial, a fin de que el estudio no se disperse demasiado, pero sobre todo para que ese hombre preserve siempre la conciencia de su elevada vocación. En este tiempo de ocio que mi hermana me ha proporcionado he estado reflexionando sobre el símbolo que convendría elegir para mí mismo. Y en eso me cayó esto en las manos. —August sacó de debajo de la manta una caja de cerillas y la abrió con cuidado—. Vea, éste es el último enemigo al que he ejecutado. Pensé en rodearlo de rubíes sobre un fondo negro y llevarlo como anillo, en cierto modo como una divisa: «De la lucha nocturna al triunfo de la luz». ¿Qué opina usted? Esto sería algo más que el «Buscador de almas» de Goethe, y Agathe se enfadaría por ello. La chinche como símbolo de la batalla en las tinieblas, el rubí como emblema del radiante vencedor sobre la escarlatina.

El vicario suspiró. Si no lograba espantar al fantasma de la chinche con escarlatina, los dos podrían olvidarse de tener tranquilidad esa noche.

—Un momento, señor Müller, vaya despacio —le rogó el vicario—. Las enseñanzas que me ha ofrecido usted hoy colman ahora todo mi ser, de modo que no me siento capaz en este instante de pensar en otra cosa. Si su mente incansable desea continuar divagando, concédame al menos la tranquilidad necesaria para serenarme.

August cerró con gesto tranquilo la caja de cerillas, le estrechó la mano a su joven amigo y dijo:

—Tiene usted razón. No debo agobiar al primer discípulo que encuentro. Buenas noches, pues; al menos por hoy. —Dicho esto, se dio la vuelta y, al minuto siguiente, el vicario oyó, por sus ronquidos, que estaba dormido.

Paul Ende se enjugó el sudor de la frente. Con expresión medio compasiva y medio temerosa, contempló al que dormía, siempre alerta de que pudiera despertar con otro ataque de furia.

Y así permaneció allí, pacientemente, durante una hora. Pero poco a poco, a medida que la noche oscura como boca de lobo fue cubriendo la habitación, le fueron asaltando otras ideas que lo asediaron en sueños. Soñó que estaba en el púlpito, listo para pronunciar su prédica, y, cuando alzó la mano para dar la bendición, vio que tenía un rizo enrollado en el dedo. Quiso apartarlo, pero entonces el rizo sonó como un cristal que se rompe, y una voz de niña le dijo al oído: «Señor vicario». Dos veces lo intentó. A la tercera despertó y oyó con claridad que Alwine lo llamaba desde el jardín. Al mismo tiempo, escuchó una piedrecita que golpeaba el cristal de la ventana. El vicario se levantó, miró otra vez con cautela a su protegido y salió con prisa al balcón.

Era cierto: abajo, sobre el césped, vio el brillo de un vestido blanco. Cuando abrió la puerta con violencia, quiso el destino que la pequeña Alwine lanzara en ese momento otra piedra que estuvo casi a punto de golpear al respetable clérigo en la cara, pero éste consiguió esquivarla, aunque no para bien suyo ni de nadie más, como pronto demostrará el curso de esta historia. «Espera y verás, descaradilla», se dijo para sus adentros, sin responder a la pregunta de la muchacha sobre el estado de su tío. Entonces trepó por encima de la barandilla del balcón y se dejó caer ágilmente al suelo, agarrándose a la parra.

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VII. LA MUERTE DE AUGUST MÜLLER

Hemos de dejar en una incógnita si el vicario, realmente, tal y como puede inferirse de sus palabras, tenía en mente vengarse de la muchacha y de qué índole era la naturaleza de esa venganza. Y es que la impertinente chica, apenas vio la silueta del hombre bajando por la parra, corrió a refugiarse dentro de la casa, asustada por el excesivo efecto de su coqueteo. Perplejo se quedó Ende en el jardín vacío. Con un par de saltos llegó a la puerta principal de la casa, pero ésta estaba cerrada a cal y canto. No le quedaba más remedio que emprender la retirada, y sospechó que también ello le traería algunas dificultades. Porque mientras bajaba por la parra había notado que ésta había cedido bajo su peso. Mientras examinaba las ramas, malhumorado, para ver si podía fiarse una vez más de su solidez, se dio cuenta de que le estaba bloqueado el camino de vuelta hacia arriba. La puerta de cristal que había abierto antes estaba ahora cerrada, y bajo el brillo pálido que salía de la habitación pudo ver que August Müller ya no estaba en la cama, sino que caminaba de un lado a otro por el cuarto.

Enfadado, miró hacia arriba. Mientras el paciente estuviera despierto, no podría subir sin tener que exponerse a ciertos escrutinios, lo cual, teniendo en cuenta la locura de su interlocutor, lo pondría fácilmente en una situación bien ridícula. Decidió, por lo tanto, esperar; y dado que el estar de pie sobre la hierba húmeda no le parecía demasiado agradable para sus jóvenes extremidades, se sentó en un banco del jardín desde el cual podía mantener a la vista la ventana iluminada de August. Y fue en ese banco, bajo la forma del sueño, donde el diablo dio cuenta de él. Los ojos se le cerraron, y Paul Ende no despertó más hasta poco antes de la salida del sol, a causa del frío.

Todavía medio dormido, estiró sus miembros entumecidos; le asombró el raro lecho sobre el que descansaba y, sólo poco a poco, fue cobrando conciencia de cómo había llegado hasta allí. Avergonzado, se levantó. Él, un clérigo en el que las dos mujeres habían depositado toda su confianza, dejándolo al cuidado del enfermo, había descuidado de un modo censurable sus obligaciones, había salido en busca de una aventura amorosa y, finalmente, se había dormido en mitad de la vigilia.

¿Qué podía haber sucedido en ese tiempo? La luz en la habitación de August aún estaba encendida. Con prisa, se acercó al balcón. La puerta de arriba estaba abierta de par en par, pero no se veía al señor Müller por ninguna parte. Probablemente estuviera todavía en la cama. Pero lo extraño era que ahora la parra estaba totalmente partida y arrancada. El vicario no creía que sus destrozos hubiesen sido de tal magnitud. La oscuridad de la noche debió confundirlo, mientras que ahora el día, que despuntaba, le hacía ver todo bajo una luz diáfana.

Gracias a Dios la escalera estaba cerca, la misma con la que Agathe solía subir al balcón. El vicario la apoyó rápidamente contra la pared, trepó y entró en la habitación en puntitas de pie. Un instante después arremetía con toda la fuerza de su cuerpo contra la puerta que daba al pasillo y sus barras de hierro. El cuarto estaba vacío; el enfermo había desaparecido. El pobre vicario, asustado, golpeó con los puños aquella pared de tablas que lo separaba de los inquilinos de la casa, y gritó con voz sonora, alternando los nombres:

—¡Señora Willen, señora Willen! ¡Señorita Alwine, señorita Alwine!

En la habitación que había enfrente estaba sentada en ese momento Alwine, con la cara pálida de miedo y las extremidades temblorosas, tiesa sobre la cama, escuchando los gritos que llegaban hasta ella. Y cuando oyó que mencionaban su nombre en repetidas ocasiones, se levantó de un salto, se puso la bata y corrió donde su madre. A ella también la había despertado el ruido, y, a medio vestir, salía en ese preciso instante por la puerta.

—Alwinita —le gritó a la hija, lamentándose—, Alwinita, el tío está armando otro escándalo. No te asustes. Yo lo tranquilizaré. Ve y acuéstate.
—Oh, madre, óyelo, no es el tío, es el vicario. ¡El pobre Paul! Ojalá que el tío no tenga uno de sus ataques de ira.

Agathe la escuchó sólo a medias.

—¡Lo va a matar, lo va a matar! —gritó, mientras corría por el pasillo a más no poder, con la hijita detrás, aferrada a la falda de su madre, muerta de miedo.
—¡Señora Willen, abra, por el amor de Dios, abra! —gritaba el vicario a través de la puerta.
—Sí, sí, sólo un momento. ¡Haga acopio de todas sus fuerzas, señor vicario, contenga al furibundo! ¡Resístase! Voy en su ayuda. No será capaz de matar a golpes a su propia hermana.

La puerta se abrió y el vicario cayó en los brazos extendidos de Agathe, que llevaba en la mano, lista para ser arrojada, una botella de agua fría.

—¿Dónde está? —gritó ella—. ¡No tema, señor vicario! ¿Dónde está ese resabioso? —dijo, y sus ojos vagaron por la habitación, al tiempo que su brazo maternal cubría los hombros del joven clérigo en un gesto protector.

Pero el clérigo hubiera preferido arrastrarse dentro de una cueva de ratones por la vergüenza que sentía. Cohibido, balbuceó:

—Se ha marchado.

Agathe se quedó tiesa en el sitio, y tal vez se hubiera quedado allí petrificada, como la mujer de Lot, como el símbolo eterno de un instante de horror, si no hubiera sido por Alwine, que, irritada al ver al vicario tiritando de frío y demacrado en los brazos de su enmudecida madre, estalló en carcajadas.

—¿De qué te ríes, estúpida? —le gritó Agathe, hecha una furia, y antes de que Alwine la viera venir, le había estampado a su hija una sonora bofetada. Sin ocuparse más de la chica, que ahora lloraba, Agathe se dirigió rápidamente al balcón—. ¿Qué me dice? ¿Que se ha marchado? —preguntó, mirando hacia el jardín vacío; luego añadió—. ¿Se ha marchado? Pero ¿cómo es posible? ¿Se quedó usted dormido, señor vicario?

Hacía algún tiempo, el pastor Breitsprecher había dicho del vicario, para enojo de algunas damas entraditas en años, que el joven aún no poseía la madurez moral necesaria para ser predicador. Y lo hecho ahora por Paul Ende ofrecía la prueba de que el digno pastor tenía razón. El vicario había mentido.

Si hubiera estado solo delante de la señora Willen, hubiera salvado su alma cristiana de las garras de aquel grave pecado. Pero a la bella criatura que allí estaba, con su pelo largo suelto, que había recibido por su culpa una bofetada, y ahora, por ello, parecía mucho más atractiva mientras lloraba y se frotaba las mejillas, a ella no podía ponerla bajo la sospecha de haber buscado, o incluso haber tenido, una cita con él.

Con palabras evasivas contó que había estado con el enfermo en el balcón, que éste le había enseñado el último enemigo ejecutado, guardado en una caja de cerillas, y que de pronto ese enemigo, la valiosa reliquia, había caído al jardín. Entonces él, por hacerle un favor al señor Müller, había bajado por la parra en busca de la alhaja. Y entonces, volviendo al hilo de la verdad, el vicario dijo que, al ver que ya no podría regresar por esa vía, se había quedado dormido en su puesto de observación.

La liviandad moral del aspirante a párroco se puso de manifiesto en toda su evidencia cuando, en lugar de lamentar lo sucedido, se alegró de un modo censurable por la sonrisa con la que Alwine, entre lágrimas, le agradeció su discreción. En ese instante hubiese hasta negado la existencia de Dios.

Por suerte, nadie se lo exigió, porque Agathe, mientras tanto, había descubierto a la luz de la lámpara todavía encendida un sobre que la tenía a ella como destinataria. Lo cogió y, antes de abrirlo, apagó la lámpara diciendo:

—¡Vaya despilfarro!

Un instante después, las tres caras —la envejecida cara de Agathe, roja de ira; la del vicario, toda arañada por la parra, y la de la pequeña Alwine, con sus carrillos hinchados— se inclinaban sobre las hojas en las que August Müller había escrito sus palabras de despedida.

La primera carta decía lo siguiente:

Al dar la medianoche del día 24 al 25… ha muerto en mí la persona llamada August Müller. Y con la fuerza sagrada que habita en mí, suprimo para toda la eternidad dicho nombre, así como la memoria del muerto.

La segunda contenía estas palabras:

Durante el paso de la noche al día me he convertido a mí mismo en la persona cuyo nombre ha de ser Thomas Weltlein, como símbolo de que he sido concebido en la duda y nacido de ella, que es lo único que insufla vida al mundo.

Agathe desdobló la tercera carta y leyó:

Hasta el instante en el que escribo estas palabras, aún no creía en mí mismo ni en mi fuerza. Pero el hecho de que pueda despedirme de ti tan tranquilamente, de un modo tan imperturbable, me demuestra una cosa: la vida, tal y como la he vivido, ha quedado atrás, sepultada debajo de mí. Nada tengo que ver con el pasado, mi obra pertenece ahora al futuro, al día que me ha llevado lejos sobre las alas del alba, con la mente llena de dudas y el mundo en el corazón. ¡Recuerda al muerto! ¡Y confía en el vivo! Thomas Weltlein.

La voz de Agathe se quebró; entonces el vicario acudió en su ayuda y asumió la lectura en voz alta:

Postdata: En memoria de esta muerte y como símbolo del renacimiento, aquí te dejo a mi última enemiga. Fue ella quien me sanó con su picadura. La caja de cerillas en la que reposa podrás sustituirla tal vez, si se diera la ocasión, por un sepulcro más digno. ¡Que te vaya bien! Espero que hayas atado bien la parra, de modo que no me caiga al bajar.

Y cuando el vicario se disponía a abrir la cuarta misiva, su mirada se posó en Agathe, que se agarraba al espaldar del sillón con gesto desesperado. Entonces el clérigo apartó la carta a un lado para servirle de apoyo. Alwine cogió el papel y lo leyó al vuelo. Un rubor profundo le tiñó la cara. Pero antes de que pudiera abrir la boca, su madre se desmayó, al tiempo que exclamaba:

—¡Se ha vuelto loco!

Nadie supo lo que decía August en la última carta, pues mientras los dos jóvenes colocaban en el suelo, con delicadeza, a la mujer inconsciente, la hoja de papel desapareció.

.

VIII. THOMAS WELTLEIN ENCUENTRA EL SER, EL DEVENIR Y EL ALA DE LA ACCIÓN

El recién bautizado Thomas Weltlein no tenía ni idea de la confusión que había dejado tras de sí. Sin sombrero y con los puños crispados, caminaba a toda prisa por la carretera comarcal. De vez en cuando abría la mano derecha y contemplaba pensativo el objeto que llevaba oculto en ella. Era la pledrecita con la que la pequeña Alwine lo había sacado bruscamente de su sueño. Había escogido su nuevo nombre, todavía absorto en el recuerdo de la conversación sostenida sobre contagios internos y externos. Esos dos nuevos nombres, Thomas Weltlein, debían seguir transformándolo en alguien nuevo, recordándole una y otra vez la sublime labor a la que se creía llamado. Y de ello puede inferirse lo poco que confiaba todavía él mismo en su metamorfosis. Por eso ya estaba pensando en otro remedio que lo ayudara a sostener desde fuera a su espíritu inseguro.

Deseaba crearse un símbolo de su esencia, un emblema de aquello a lo que lo había llamado el milagro de las chinches. Esa pieza redonda de grava, alrededor de la cual sus dedos se abrían y cerraban con tanta facilidad, podría significar la Tierra, el mundo. La idea le gustó, y soltó una risotada de alegría.

Si ése era el mundo, no era él quien se había estampado la nariz, contra él. No, el mundo le había sido arrojado como una propiedad, y tal vez hasta acertó intencionalmente en aquella parte de la cara. ¿Por qué una piedra no iba a tener intenciones? ¿Por qué no podía habitar en ella una vida consciente? La vanidad del hombre se ha inventado esa diferencia entre la vida y la muerte. Si había un Dios, él era el único que pensaba, y la piedra era una herramienta de su voluntad, al igual que la razón de un genio. Pero si había hombres pensantes, entonces no comprendía por qué no podía haber también piedras pensantes. La piedra que allí tenía pensaba, sin duda. Había escogido ella misma, con seguridad, el punto sensible en el que deseaba acertar. Y él, Thomas, debía seguir lo que le dictaba su nariz, y eso quería decir continuar sin importarle las alabanzas ni los reproches humanos.

El dolor en la nariz se avivó de nuevo, y Weltlein se frotó enérgicamente con la mano izquierda para aliviar el dolor. Sin embargo, se detuvo a mitad del gesto; de repente se produjo una transformación tan imprevista en él, que se apresuró a detenerse. Algo afilado y puntiagudo le había rozado la cara, y cuando abrió la mano izquierda, vio en ella un sarmiento de vid medio marchito. Se le había quedado entre los dedos cuando bajó por la parra y lo había estado llevando consigo, sin saberlo, todo el camino, metido entre sus dedos, dentro del puño cerrado con fuerza.

Todo le llegó entonces de golpe, como un rayo: ése era el símbolo. La vid, antiguo símbolo del crecimiento, de la transformación y la resurrección, portador de la sagrada embriaguez, la herramienta de un Dios que conquista el mundo. Debía hacerse una corona con las hojas de la vid, tejérsela sobre la cabeza como un ornamento admonitorio.

Alzó el brazo con gesto triunfal para ponerse sobre la frente aquel adorno medio marchito, y entonces recordó una palabra que vino a estropearle su buen estado de ánimo.

—Una lástima, una verdadera lástima que no haya cerca de aquí un espejo —dijo en voz baja. Pero entonces se rio de sí mismo de buena gana, extendió los brazos y alternó la mirada entre la piedra y la rama de la vida. Un sentimiento de melancolía se apoderó de él, casi como un doloroso reconocimiento de su estado de locura. Pero con un esfuerzo enorme, espantó la verdad y, todavía mirando fijamente la piedra y las hojas, incrementó de un modo artificial su dolor, cada vez más y más, hasta que una devoción enfermiza se apoderó de él.
—¡Escúchame, Señor, escúchame, cielo que amanece, que esperas impaciente la llegada del sol! ¡Dame una señal que pueda llevar en tu honor, para gloria de la luz! ¡Mira esto, en mis manos sostengo la broma de toda la humanidad, el ser y el devenir están ahora entre mis dedos, los limites de toda filosofía en todos los siglos! Tú lo sabes, cielo: a pesar de todo lo que han imaginado, lo mismo en el silencio de la medianoche que bajo la luz del centelleo de una lámpara, no han llegado nunca más allá del ser y del devenir. Jamás han podido decidirse entre ambos. ¡Así que decide tú! No me dejes con la duda, pues me parecería demasiado al asno de Buridán, teniendo que escoger entre dos haces de heno. Tú has amado a los héroes y les has enviado águilas a diestra y siniestra. Envíame, pues, una señal que me ayude a desentrañar el enigma.

En ese momento, August dejó caer los brazos y continuó:

—He aquí el ser —dijo, colocando con cuidado la piedrecita de Alwine sobre el suelo—, y he aquí el devenir —añadió, poniendo el sarmiento de la vida a un lado—. Ahora retrocederé veinte pasos y regresaré con los ojos cerrados. Lo primero que vea al abrir los ojos será sagrado para mí.

Dicho esto, se levantó y miró a su alrededor. Desde la colina donde estaba podía ver un amplio panorama sobre el paisaje que amanecía. Estuvo incluso a punto de olvidar su propósito ante aquella vista seductora. Pero pronto se recompuso, hizo un guiño al cielo y gritó:

—¡Presta atención, dios de los paganos, y hazlo bien! —Anduvo entonces los veinte pasos, lentamente, cerró los ojos y regresó contando en voz alta. Al llegar a veinte alzó la mirada. Pero en lugar del ser y el devenir vio, en los confines del mundo, el sol surgiendo de la tierra. Con un grito de alegría extendió los brazos, se puso de rodillas y celebró al astro naciente.
—¿Eres tú, Gran Sol? Te me entregas a mí, a tu hijo. ¿Eres tú la señal con la que venzo? ¡Gran Sol, cuánto te amo! Eres la luz sagrada.

Entonces cruzó los brazos sobre el pecho e inclinó la cabeza. Pero de inmediato se sobresaltó:

—Esto es indignante —gritó—. Oro al sol y, en agradecimiento, él me muestra el ser y el devenir al mismo tiempo. ¡Maldita piedra, maldita vid! ¿Cuál debo escoger?

Furioso, alzó del suelo los dos símbolos, pero vio entonces, casi sepultada bajo el polvo de la carretera, la pluma que alguna vieja urraca habría dejado caer allí. La contempló con mirada seria, la alzó con reverencia y, asintiendo con la cara vuelta hacia el sol, dijo con regocijo:

—Tú no abandonas a ninguno de tus hijos, antiguo viajero del mundo. Te ríes del ser y del devenir e iluminas el ala de la acción. Y tienes razón. Fuera el ser —dijo, guardándose la piedra en el bolsillo derecho del pantalón—; fuera el devenir —la hoja de parra desapareció entonces en el bolsillo izquierdo—, adiós, filosofía de los griegos y los indios; la acción es todo, el pensamiento no es nada. Eso ya lo sabían otros antes que tú, Thomas. ¡Pero, gracias, Sol, por habérmelo enseñado!

Alegremente, alzó del suelo la pluma de urraca, la puso delante de sus ojos y miró al sol a través de sus plumillas.

—Tú habrás de llevarme a las elevadas alturas. Sobre estas alas seré tu servidor, luz eterna. Eres hermoso, mundo, hermoso y digno de ser amado.

La conmoción lo venció. Sentía el ímpetu irresistible de abrazar algo y, mediante esa fuerte presión, liberar su alma en tensión. Para liberar las manos, se metió la pluma en la boca, extendió los brazos y caminó, en estado de embeleso, hacia el árbol más próximo.

.

IX. WILHELM EL TRAPERO Y EL RELOJ DE AGATHE

—Buenos días para usted también —se oyó a su lado. Weltlein se volvió rápidamente y abrió la boca con intención de devolver el saludo, pero, ay, el ala de la acción fue cayendo lentamente al suelo, revoloteando. El pobre Thomas, en cambio, se quedó mirando, maravillado, la figura encorvada del viejo carretonero que estaba frente a él, sentado en su carro, con el látigo sujeto entre sus dos largas piernas, una de las cuales se mantenía muy tiesa. Con la mano ahuecada, el hombre protegió la titilante cerilla con la que pretendía encender su pipa.

Con la mirada, Thomas buscó su pluma. El viento matutino la había hecho volar, y ahora yacía en medio de la suciedad del camino, junto al hirsuto rocín que, moviendo la cabeza de arriba a abajo, contemplaba el símbolo del auge espiritual. Con gesto dolorido, Weltlein recogió su reliquia.

—Acabo de encontrarlo y ya lo he perdido. ¿Qué os dice, dioses, esta señal? ¿Ponéis freno al ala desde ahora, antes de que pueda desplegarse? Pues ve allí y aguarda, impaciente, a quien sea más digno de llevarte.

Ya iba a echar a volar la pluma, cuando el carretonero estiró la mano hacia ella, la cogió y pinchó la pipa con su afilado cabo, a fin de aflojar el tabaco.

—Deberías regalármela, ¿me oyes? Puedo utilizarla para limpiar la pipa.

Entonces el hombre se levantó su larga bata azul y hundió su conquista en una enorme y vieja cartera de cuero de la que sobresalían un gastado cepillo de zapatos y un desgarrado abanico de plumas de avestruz. A continuación, miró al hombre que tenía enfrente con sus pequeños y astutos ojos.

—Tal vez pienses que ese árbol que está ahí sea el hostal La Manzana Roja, de donde te han echado esta noche, pero si necesitas un aguardiente, conmigo estarás mejor atendido. ¿Quieres acompañarme?

En un primer momento, Weltlein se sintió sorprendido por la confianzuda familiaridad, y, a decir verdad, hasta se sintió un poco indignado, pero antes de que pudiera mostrar su dignidad, recordó que lo que tenía delante podía ser alguna señal del destino. Y decidió aceptarlo:

—Si tienes sitio ahí —dijo—, con mucho gusto.
—¡Pues entonces sube! Sitio hay, viajo hasta Griesbach a recoger andrajos, qué más da si llevo a otro.

Ya Thomas tenía un pie puesto en la rueda. Pero aquella nueva insolencia hizo que su paciencia se tambaleara.

—¿Por quién me toma usted? —preguntó con mirada desdeñosa.
—Vamos, vamos, no se dé tantos aires. De limpio no tiene usted nada, eso seguro. Y menos con esos pantalones que estarían mejor en el jubón de la ropa usada, ahí detrás, en lugar de estar mostrando sus bonitas piernas; y esa cara que pone, mejor sería que se la lavara antes de responder a las amabilidades con groserías y con aires de gran señor. Y ahora será mejor que baje esa pierna, de lo contrario… —dijo el hombre con el látigo en alto, amenazante.

Reprendido con semejante rudeza, el señor Weltlein examinó su aspecto por primera vez desde su metamorfosis. Llevaba su traje de caza, bastante maltratado en alguna de sus batallas con ácidos sulfúricos y petróleo, y para colmo, las parras de Agathe habían rasgado una parte, creando un enorme triángulo en las perneras, ya de por sí dañadas. Tenía un aspecto horrible, eso era cierto, y aunque su cara tuviera un tono más claro que sus manos, la verdad es que estaba sucia. Enmendándose rápidamente, le extendió su mano sucia al recolector de ropa vieja y rio.

—Tienes razón, hermano —dijo—. Soy un auténtico andrajo, y mi lugar está contigo. También estoy cansado, así que llévame. Alguna recompensa te caerá. — Entonces rebuscó en sus bolsillos, pero no encontró nada más salvo el ser y el devenir, así como su reloj de oro, que, como de costumbre, llevaba consigo sin la cadena. Toda esa pobreza lo alarmaba, y en ese momento, de repente, le pareció urgente y necesario llegar cuanto antes a la capital del distrito para allí sacar dinero donde su amigo el banquero. El carromato de la ropa vieja debía llevarlo. Eso estaba decidido.

Thomas sacó entonces el reloj y dijo:

—Mira, tengo algo aquí que servirá para pagar el viaje, ¿no te parece? Lo empeñaré en Griesbach, y si me llevas hasta allí, te llevarás tu parte.

El trapero entrecerró el ojo derecho y soltó un silbido cortante por entre los dientes.

—Sube —dijo—. Por mí está bien.

Los hombres se sentaron uno al lado del otro y el carro se puso en movimiento. Desde que había visto el reloj, el trapero había empezado a sentir una rara y creciente amistad por su compañero.

—Y ahora pongámonos cómodos —dijo, y de lo profundo de su cartera de cuero sacó el prometido aguardiente, una hogaza de pan y una salchicha ahumada, cosas que compartió fraternalmente con Thomas.

Este último iba sentado sobre un viejo saco, satisfecho de poder saciar a un tiempo su hambre y sus anhelos por conocer la visión del mundo de un trapero; llevaba las piernas colgando de la barra de tiro, que lo golpeaba constantemente. Estaba muy contento, como si jamás hubiera conocido otra cosa que esa apacible vida de vagabundo. La salchicha había desaparecido. Y antes de que pudiera llevarse a la boca el último bocado de pan. Thomas se detuvo con gesto pensativo.

—¡Cuán poco necesita el hombre! —dijo—; ¡cuán feliz puede ser cuando no posee nada! Créeme, amigo: lo peor que puede pasarle a un hombre es nombrar algo como propio. Cuando el oro entra a raudales, le siguen las penas por el ojo de la cerradura. Regala lo que tengas, ésa es la sabiduría vital más profunda. Cierto que uno tiene que cubrir su desnudez y echar algo al estómago para que éste se entretenga, pero un pantalón gastado basta, y debo decir que este trozo de pan me ha sabido tan bien como…
—Como un verraco bien gordo —lo interrumpió el compañero—. Pero no se puede despreciar tampoco un aguardiente. ¡Bebe, viejo amigo! —dijo, alcanzándole la botella al orador.

Thomas no se dejó sacar de su ánimo solemne, y con las dos manos apoyadas sobre las rodillas, en una la corteza de pan y en la otra el aguardiente, observó el campo desde su asiento, con expresión seria.

—En instantes como éste —continuó— es cuando siento del todo la verdad de las enseñanzas divinas: «Bienaventurados los pobres». Cuando pienso qué sentimiento de satisfacción me invade en este momento, sentado aquí, entre toda esta ropa vieja que la gente arroja a la basura con desprecio, agradezco al cielo que me haya guiado de un modo tan sabio. He visto antes, en tu magnífica alforja, que ahora me parece como la fuente de todo entendimiento humano, un cepillo para los zapatos. Cuántas preocupaciones se concentran en una herramienta tan sencilla. Hay personas que pasan su vida fabricando cepillos, o como obreros, pegando cerdas a un madero en alguna fábrica, y todo para que el betún pueda aplicarse a las botas. Te pregunto, ¿acaso nuestro amado Dios ha creado a los hombres para que se pasen los días preocupados únicamente por las cerdas, sintiendo a través de ellas? Piensa en las muchas imprecaciones elevadas al cielo por algunos señores elegantes porque su criado no les ha lustrado bien las botas. O en el resabiado marido que osa perturbar por las mañanas la santa paz de la dicha hogareña porque la criada no le ha traído a tiempo los zapatos. Observa a esas damas en la calle, ve el cuidado con el que evitan los charcos para que ninguna pequeña mancha caiga sobre el calzado que viste sus pies. Con la mitad de todos esos desvelos, orientados hacia objetivos más nobles, una mujer como ésa podría educar a toda una estirpe para la que nada sería imposible. Piensa tan sólo en el gasto que implica tener los zapatos siempre limpios. Quien aspira a ello ha de tener coche y caballos, y un cochero, y donde hay un cochero habrá también una cocinera, y una criada, y de pronto todo eso se convierte, aun entre los mejores, en lo más importante en esta vida: lo que se debe comer para que la cocinera esté ocupada, cómo enseñar a la criada a pasar las tazas con delicadeza, cómo proteger la porcelana de sus manos asesinas. La mirada de la madre, que es el alma del niño, vuela hacia todos los rincones en busca de una mota de polvo, mientras que la mirada del padre, que debería ser la luz que guía a sus hijos, busca ávidamente la oportunidad para hacer méritos. ¿Y por qué? Porque existen los cepillos en el mundo. ¿Acaso no es mejor estar como nosotros, como tú y yo, con nuestras botas sucias? El cepillo debería estar entre los montones de basura, ése es su lugar. Créeme, la mayor desdicha del hombre es la posesión. —En eso August dejó de hablar y se metió la corteza de pan en la boca.

El trapero se arrimó un poco más a él.

—Si tanto te incomoda poseer algo, bien podrías darme tu reloj.

Thomas volvió la cara hacia su compañero.

—No —dijo tranquilamente—. Lo necesito. ¡Pero no me molestes! Antes no entendía bien esa consigna: «La propiedad es un robo»; hasta me parecía ridícula. Pero ahora la comprendo. Claro que es un robo, un robo de la bondad del prójimo, del alma noble de los hombres, de lo verdaderamente divino, de las sublimes misiones para las que ha nacido cada cual. Y sí, iré aún más lejos: la propiedad es robo, correcto; sin embargo, hay otra cosa que es igualmente verdadera y hasta más importante: al que tiene dinero, deberían quitárselo. Sólo de ese modo se lo liberaría de esa carga, de la angustia y la preocupación, se lo convertiría en un auténtico ser humano, como lo ha querido Dios. Sí, en ese sentido puede decirse que el robo es un deber de todo hombre decente.

Otra vez el trapero se le acercó.

—¿De dónde has sacado ese reloj? —preguntó.
—¿El reloj? Es mío. Es un regalo de mi hermana, la buena de Agathe. —Thomas metió entonces la mano en el bolsillo, sacó el reloj y lo contempló con cariño.

Su nuevo amigo estiró la mano para agarrarlo.

—Enséñamelo —dijo, y Thomas se lo mostró, pero sin soltarlo.
—Debe de valer unos trescientos marcos —dijo el hombre de la casaca azul, dando unos golpecitos al objeto.

A Thomas el contacto le pareció desagradable. Con un gesto de asco volvió a guardar el reloj.

—Es posible —dijo—, pero estoy cansado. Ahí detrás hay sitio para tumbarse. Despiértame cuando lleguemos a la ciudad. —Entonces se levantó y se tumbó en el carro.

El carretero se quedó mirando al frente un buen rato, pero de pronto le dio un latigazo al caballo, escupió y se volvió hacia su acompañante.

—Si empeñas el reloj allí, ¿qué me darás a mí? —preguntó.

Thomas parpadeó mirando al cielo. Se sentía a gusto, y respondió con desenfado:

—Bueno, por uno o dos táleros no voy a ponerme a regatear —dijo, cerró los ojos y se quedó dormido.

El carretero continuó inmóvil, mirando al caballo por entre las orejas; entonces escupió otra vez y murmuró:

—Si al menos hubieras dicho la mitad, hubiera estado bien. Pero así… La justicia tomará su curso.

.

(Continuará…)

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