La peste [Fragmento]

Curzio Malaparte

 

 

Capítulo segundo

La virgen de Nápoles

—¿No has visto nunca una virgen? —me preguntó un día Jimmy, mientras salíamos de la panadería del Pendino di Santa Barbara, mordisqueando los sabrosos taralli calientes.
—Sí, pero de lejos.
—No, I mean, de cerca. ¿No has visto nunca una virgen de cerca?
—No, de cerca nunca.
Come on, Malaparte —dijo Jimmy.

Al principio no quise seguirlo; sabía que me mostraría algo doloroso, humillante, algún atroz testimonio de la humillación física y moral a la que puede llegar el hombre en su desesperación. No me gusta asistir al espectáculo de la bajeza humana; me repugna estar sentado como un juez o como un espectador, contemplando a los hombres descender los últimos peldaños de la abyección; temo siempre que se vuelvan y me sonrían.

Come on, come on, don’t be silly —decía Jimmy caminando delante de mí por el dédalo de callejuelas de Forcella.

No me gusta ver hasta qué punto puede el hombre envilecerse para vivir. Prefería la guerra a la peste que después de la liberación nos había ensuciado, corrompido, humillado a todos, hombres y mujeres y chiquillos. Antes de la liberación habíamos luchado y sufrido para no morir. Ahora luchábamos y sufríamos para vivir. Hay una profunda diferencia entre la lucha para no morir y la lucha para vivir. Los hombres que luchan para no morir conservan toda su dignidad, la defienden celosamente, todos, hombres, mujeres y chiquillos, con una obstinación feroz. Los hombres no humillaban la frente. Huían a las montañas, a los bosques, vivían en las cavernas, luchaban como lobos contra el invasor. Luchaban para no morir. Era una lucha noble, digna. Las mujeres no arrojaban su cuerpo al mercado negro para comprarse colorete para los labios, medias de seda, cigarrillos o pan. Sufrían hambre, pero no se vendían. No vendían a su hombre al enemigo. Preferían ver a sus hijos morir de hambre antes de venderse o vender a su hombre. Sólo las prostitutas se vendían al enemigo. Los pueblos de Europa, antes de la liberación sufrían con maravillosa dignidad. Luchaban con la frente alta. Luchaban para no morir. Y los hombres, cuando luchan para no morir, se agarran con la fuerza de la desesperación a todo aquello que constituye la parte viva, eterna, de la vida humana, la esencia, el elemento más noble y más puro de la vida: la dignidad, el orgullo, la libertad de la propia conciencia. Luchan para salvar su alma.

Pero después de la liberación los hombres habían tenido que luchar para vivir. Es una cosa humillante, horrible, es una necesidad vergonzosa, luchar para vivir. Sólo para vivir. Sólo para salvar el pellejo. No es ya la lucha contra la esclavitud, la lucha contra el hombre. Es la lucha por un mendrugo de pan, por un poco de fuego, por un harapo con el cual cubrir a sus hijos, por un poco de paja sobre la que tenderse. Cuando los hombres luchan para vivir, todo, un tarro vacío, una colilla, una mondadura de naranja, una corteza de pan duro recogida en la inmundicia, un hueso descarnado, tiene un valor inmenso, decisivo. Los hombres son capaces de cualquier villanía, de todas las infamias, de todos los delitos, para vivir. Por un mendrugo de pan cualquiera de nosotros está dispuesto a vender la propia mujer, la propia hija, a mancillar a su propia madre, a vender a los hermanos y a los amigos, a prostituirse a otro hombre. Y dispuesto a arrodillarse, a doblar la espalda bajo la fusta, a secarse sonriendo la mejilla sucia de un salivazo; y tiene una sonrisa humilde, dulce, una mirada llena de una esperanza famélica, bestial, una esperanza maravillosa.

Yo prefería la guerra a la peste. De un día a otro, todos, hombres, mujeres, chiquillos, habían quedado contaminados por el horrible y misterioso morbo. Lo que maravillaba y aterraba al pueblo era el carácter imprevisto, violento y fatal, de aquella espantosa epidemia. La peste había podido, en pocos días, más de lo que hubiera conseguido la tiranía de veinte años de humillación universal y la guerra en tres años de hambre, de luchas y de atroces sufrimientos. Aquel pueblo que en las calles hacía comercio de sí mismo, del propio honor, del propio cuerpo y de la carne de sus propios hijos, ¿podría acaso ser el mismo pueblo que pocos días antes, en aquellas mismas calles, había dado tan grandes y tan horribles pruebas de valor y odio contra los alemanes?

Cuando los liberadores, el 1 de octubre de 1943, llegaron a las primeras casas de los suburbios, hacia Torre del Greco, el pueblo napolitano, con una lucha feroz que duró cuatro días, había echado ya a los alemanes de la ciudad. Los italianos se rebelaron contra los alemanes a principio de setiembre, durante los días que siguieron al armisticio; pero aquella primera revuelta fue sofocada en sangre con implacable ferocidad. Los liberadores, que el pueblo esperaba con ansia, habían sido en algunos puntos rechazados al mar; en otros, cerca de Salerno, resistían aferrados al litoral, y los alemanes habían recuperado ánimo y furor. Hacia finales de setiembre, cuando los alemanes comenzaron a hacer «razzias» de hombres por las calles y cargarlos en sus camiones para llevárselos a Alemania como manadas de esclavos, el pueblo napolitano, inducido y capitaneado por bandas de mujeres enfurecidas que gritaban li ommene no!, se habían arrojado, sin armas, contra los alemanes, los habían acorralado y destrozado por las callejuelas, arrojándolos desde lo alto de los tejados, de las terrazas y de las ventanas bajo una avalancha de tejas, de piedra, de muebles, de agua hirviente.

Grupos de animosos muchachos se arrojaban contra los panzers sosteniendo en los brazos cestos de paja encendida y morían prendiendo fuego a aquellas tortugas de acero.

Muchachitas con aire inocente mostraban sonriendo racimos de uvas a los alemanes sedientos encerrados en los carros blindados candentes por el sol; y apenas éstos levantaban la cubierta de la torrecilla y se inclinaban para recibir el dulce donativo del racimo, bandadas de chiquillos al acecho los exterminaban con una lluvia de granadas de mano quitadas a los enemigos muertos. Muchos fueron los muchachos y las chiquillas que perdieron la vida en aquella cruel y generosa estratagema.

Carros y tranvías volcados por las calles impedían el paso de las columnas alemanas que acudían a prestar ayuda a las tropas que resistían en Eboli y en Cava del Tirreni. El pueblo napolitano no agredió por la espalda a los alemanes en retirada; pero los afrontó, sin armas, mientras duraba todavía la batalla de Salerno, y en un pueblo inerme, extenuado por tres años de hambre y de bombardeos feroces e ininterrumpidos, era locura oponerse al paso de las columnas germánicas que atravesaban Nápoles para avanzar contra los aliados desembarcados en Salerno. Durante aquellas cuatro jornadas de lucha sin cuartel, las mujeres y los chiquillos fueron los más feroces. Muchos cadáveres alemanes que yo mismo vi aún insepultos dos días después de la liberación de Nápoles, aparecían con los rostros destrozados, la garganta abierta a mordiscos y eran todavía visibles las marcas de los dientes en la carne. Muchos estaban desfigurados a tijeretazos. Muchos yacían en un charco de sangre con largos clavos clavados en el cráneo. A falta de otras armas, los chiquillos clavaban aquellos clavos con gruesas piedras en la cabeza de los alemanes sujetados sobre el suelo por diez o veinte chiquillos enfurecidos.

Come on, come on, don’t be silly —decía Jimmy caminando delante por el dédalo de callejones de Forcella.

Prefería la guerra a la peste. En pocos días Nápoles se había convertido en un abismo de vergüenza y de dolor, en un infierno de abyecciones. Y, sin embargo, el horrendo morbo no conseguía apagar en el corazón de los napolitanos aquel sentimiento maravilloso, sobrevivido en ellos a tantos siglos de hambre y esclavitud. Nadie conseguirá jamás apagar la antigua, la maravillosa piedad del pueblo napolitano. No sentía tan sólo piedad de los demás, sino de sí mismo. No puede existir en un pueblo el sentimiento de la libertad si no experimenta el sentimiento de la piedad. Porque incluso aquéllos que vendían a la propia esposa, las propias hijas, incluso las mujeres que se prostituían por un paquete de cigarrillos, los chiquillos que se entregaban por una caja de caramelos, sentían piedad de sí mismos. Era un sentimiento extraordinario, una maravillosa piedad. Por ese sentimiento, sólo por esta antigua e inmortal piedad, los hombres serán un día libres.

—Oh, Jimmy, they love freedom —decía yo—, aman la libertad, they love freedom so much! They love American boys, too. They love freedom, American boys and cigarettes, too. También los chiquillos, aman la libertad y los caramelos. Es una cosa magnífica, Jimmy, comer caramelos en lugar de morir de hambre. Don’t you think so too, Jimmy?
Come on —decía Jimmy escupiendo a tierra.

.

Así fui con Jimmy a ver la «virgen». Era en un basso, en el fondo de un callejón cerca de Piazza Olivella. Delante de la puerta del tugurio había un grupo de soldados aliados, la mayoría negros. Había también tres o cuatro soldados americanos y algunos polacos y marineros ingleses. Nos pusimos en fila y esperamos nuestro turno.

Al cabo de media hora de cola, avanzando un paso cada dos minutos nos encontramos en el umbral del tugurio. El interior de la habitación estaba velado a nuestra vista por una cortina roja, llena de remendados y manchas de grasa. En el umbral había un hombre de media edad vestido de negro, demacradísimo, con el rostro pálido lleno de pelos; sobre sus escasos cabellos grises llevaba un sombrero mugriento de fieltro negro, cuidadosamente planchado. Tenía las manos juntas sobre el pecho y entre los dedos estrujaba un puñado de billetes.

One dollar each —decía—, cien liras por persona.

Entramos y miramos alrededor. Era el usual interno napolitano; una habitación sin ventanas, con una portezuela al fondo, un inmenso lecho apoyado en la pared de enfrente y junto a las demás paredes un espejo, un tosco lavabo de hierro barnizado de blanco, una cómoda y, entre la cómoda y la cama, una mesa. Sobre la cómoda había una ancha campana de cristal que cubría las figurillas de cera de colores de una Sagrada Familia. De los muros pendían oleografías populares representando escenas de Tosca y Cavalleria Rusticana, un Vesubio empenachado de humo como un caballo para la fiesta de Piedigrotta y fotografías de mujeres, de chiquillos, de viejos, no ya retratos de vivos, sino de muertos, tendidos sobre los lechos fúnebres y con guirnaldas de flores. En el rincón, entre el techo y el espejo, había un altarcito con la imagen de la Virgen iluminada por una mariposa de aceite. Sobre el lecho se veía extendido un inmenso cubrecama de seda celeste cuya franja dorada lamía el pavimento de mayólica verde y roja. En el borde de la cama estaba sentada una muchacha, fumando.

Estaba con las piernas pendiendo del lecho y fumando, absorta, en silencio, con los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro sujeto entre las manos. Parecía muy joven, pero tenía unos ojos antiguos, cansados. Iba peinada con ese arte barroco de las capere de los barrios populares, inspirado en el atavío de las Madonnas napolitanas del siglo XVII; los negros cabellos, encrespados y relucientes, rellenos de crin, de lazos y embutidos de estopa, se alzaban a guisa de castillo como si fuesen una alta mitra negra puesta sobre la frente. Su rostro tenía algo de bizantino, estrecho y largo, cuya palidez transparentaba bajo la espesa capa de afeites; bizantino era el corte de los grandes ojos oblicuos y negrísimos en la frente alta y lisa. Pero los labios carnosos, agrandados por un violento empleo de rojo, daban un algo de sensual y de insolente a la delicada tristeza de icono de su rostro. Iba vestida de seda roja, sobriamente escotada. Llevaba medias de seda de color carne y sus pies oscilaban embutidos en un par de zapatillas de fieltro negro, descosidas y deformadas. El traje tenía las mangas largas, estrechas en las muñecas, y del cuello pendía uno de esos collares de coral pálido antiguo que en Nápoles son el orgullo de toda muchacha pobre.

La muchacha fumaba en silencio, mirando fijamente hacia la puerta, con una indiferencia orgullosa. A pesar de la insolencia de su vestido de seda roja, el peinado barroco del cabello, los gruesos labios carnosos y las zapatillas descosidas, su vulgaridad no tenía nada de personal. Parecía más bien un reflejo de la vulgaridad del ambiente, de esa vulgaridad que la envolvía por todas partes, desflorándose apenas. Tenía orejas pequeñísimas y delicadas, tan blancas y transparentes que parecían postizas, de cera. Cuando entré, la muchacha fijó sus ojos en mis tres estrellas de capitán, y sonrió con desprecio, volviendo ligeramente el rostro hacia el muro.

Éramos diez en la habitación. El único italiano era yo. Nadie hablaba.

That’s all. The next in five minutes —dijo la voz del hombre de la puerta, desde detrás de la cortina roja; luego asomó la cabeza al interior del cuarto a través de una rendija de la cortina y añadió—: Ready? ¿Lista?

La muchacha tiró el cigarrillo al suelo, recogió los bordes del vestido con la punta de los dedos y se lo levantó despacio. Primero aparecieron las rodillas, suavemente enfundadas en la vaina de seda de las medias, luego la piel desnuda de los muslos y por último la sombra del pubis. Permaneció un instante en esa actitud, cual triste Verónica, con el gesto severo y la boca entreabierto con desdén. Después se dejó caer poco a poco de espaldas hasta quedar tendida sobre la cama y abrió las piernas despacio. Como la terrible langosta cuando entra en celo, que abre lentamente la tenaza de las pinzas mirando con fijeza al macho con sus ojitos redondos, negros y relucientes, y permanece inmóvil en ademán amenazante, así hizo la muchacha, que abrió lentamente la tenaza rosada y negra de sus carnes y se mantuvo en esa posición, mirando con fijeza a los espectadores. En el cuarto reinaba un profundo silencio.

She’s a virgin. You can touch. Put your fingers inside. Only one finger. Try a bit. Don’t be afraid. She doesn’t bite. She’s a virgin. A real virgin —dijo el hombre asomando la cabeza en el cuarto a través de la rendija de la cortina.

Uno de los negros alargó la mano y tocó con el dedo. Alguien rió, pero sonó como un quejido. La «virgen» ni se movió, pero clavó en el negro una mirada llena de miedo y odio. Miré a mi alrededor: todos estaban pálidos, todos estaban pálidos de miedo y odio.

Yes, she is like a child —dijo el negro con voz ronca, mientras hacía girar el dedo despacio.
Get out the finger —dijo la cabeza del hombre que apareció a través de la rendija de la cortina roja.
Really, she is a virgin —dijo el negro mientras sacaba el dedo.

Entonces la muchacha cerró las piernas con un golpe sordo de las rodillas, se incorporó dando un respingo, se bajó el vestido y con un veloz gesto de la mano le arrancó el cigarrillo de la boca a un marinero inglés que estaba cerca del borde de la cama. —Get out, please —dijo la cabeza del hombre, y salimos todos despacio, uno tras otro, por la portezuela que había al fondo del cuarto, arrastrando los pies por el suelo, cohibidos y avergonzados.

—Estaréis satisfechos de ver en qué se ha convertido Nápoles —le dije a Jimmy, ya de vuelta en la calle.
—Ni que fuera culpa mía —replicó él.
—Oh, no —dije—, claro que no es culpa tuya. Pero para vosotros debe ser una gran satisfacción sentirse vencedores en un país como éste. ¿Cómo ibais a sentiros vencedores sin espectáculos como éste? Di la verdad, Jimmy: sin estos espectáculos, no os sentiríais vencedores.
—Nápoles siempre ha sido así —argumentó Jimmy.
—No, nunca ha sido así —respondí yo—. En Nápoles nunca se habían visto cosas como ésta. Si estas cosas no fuesen de vuestro agrado, si no os divirtierais con estos espectáculos, estas cosas no ocurrirían en Nápoles. Sería imposible ver espectáculos como éste en Nápoles.
—Nosotros no nos hemos inventado Nápoles —dijo Jimmy—. Nos la hemos encontrado ya hecha.
—Nos os la habéis inventado vosotros —dije—, pero Nápoles no ha sido nunca así. Piensa cuántas vírgenes americanas se abrirían de piernas por un dólar en Nueva York o en Chicago si América hubiese perdido la guerra. Si hubieseis perdido la guerra, sería una virgen americana la que estaría en esa cama en vez de esa pobre chiquilla napolitana.
—No digas sandeces —dijo Jimmy—. Aunque hubiésemos perdido la guerra, en América no se verían estas cosas.
—Si hubieseis perdido la guerra, en América se verían cosas peores —dije—. Todos los vencedores necesitan ver estas cosas para sentirse héroes. Necesitan meterle el dedo a una pobre chiquilla vencida.
—No digas tonterías —dijo Jimmy.
—Prefiero haber perdido la guerra y estar sentado en esa cama como esa pobre chica a meter el dedo entre las piernas de una virgen para tener el placer y el orgullo de sentirme vencedor.
—Tú también has venido a verla —dijo Jimmy—. ¿Por qué has venido?
—Porque soy un cobarde, Jimmy, porque también yo necesito ver estas cosas para sentir que me han vencido, que soy un desgraciado.
—Si tanto te gusta sentirte parte de los vencidos —dijo Jimmy—, ¿por qué no te sientas tú también en esa cama?
—Di la verdad, Jimmy, ¿pagarías un dólar por venir a ver cómo me abro de piernas?
—No pagaría ni un centavo por venir a verte —dijo Jimmy, y escupió al suelo.
—¿Por qué no? Si América hubiese perdido la guerra, yo iría enseguida a ver cómo los descendientes de Washington se abren de piernas ante los vencedores.
Shut up —gritó Jimmy aferrándome con fuerza por el brazo.
—¿Por qué no vendrías a verme, Jimmy? Todos los soldados del Quinto Ejército vendrían a verme. Hasta el general Clark. Tú también vendrías, Jimmy. Y no pagarías un dólar, sino dos, tres dólares por ver a un hombre desabrocharse los pantalones y abrirse de piernas. Todos los vencedores necesitan ver estas cosas para asegurarse de que han ganado la guerra.
—En Europa sois todos un hatajo de locos y de cerdos —dijo Jimmy—. Eso es lo que sois.
—Dime la verdad, Jimmy. Cuando regreses a América, ¿te gustará contar que vuestro dedo de vencedor ha pasado bajo el arco de triunfo de las piernas de las pobres muchachas italianas?
—No digas esto —dijo Jimmy en voz baja.
—Perdóname, Jimmy, lo siento por ti y por mí. No es culpa vuestra, ni nuestra, lo sé. Pero me hace daño pensar en ciertas cosas. Me siento miserable y villano. Vosotros, los americanos, sois buenos muchachos y ciertas cosas las comprendéis mejor que muchos otros. ¿No es cierto, Jimmy, que algunas cosas hasta tú las comprendes?
Yes, I understand —dijo Jimmy en voz baja estrujándome con fuerza el brazo.

.

Me sentía canalla y vil como aquel día que subía los Gradoni di Chiaia, en Nápoles. Los Gradoni forman esa larga escalinata que de la Vía Chiaia sube hasta San Teresella degli Spagnoli, el miserable barrio donde en otros tiempos estuvieron los cuarteles y las casas de lenocinio de los soldados españoles. Era un día de sirocco y las ropas, puestas a secar sobre las cuerdas tendidas de casa a casa, azotaban al aire como banderas; Nápoles no había arrojado sus banderas a los pies de vencedores y vencidos. Durante la noche, un incendio había destruido gran parte del magnífico palacio de los duques de Cellamare, en la Vía Chiaia, a poca distancia de los Gradoni, y en el aire húmedo y cálido flotaba aún un olor seco de madera quemada, de humo frío. El cielo era gris, parecía un cielo de papel sucio, sembrado de manchas de moho.

En los días de sirocco, bajo aquel cielo enmohecido y tiñoso, Nápoles adquiere un aspecto miserable y protervo a la vez. Las casas, las calles, la gente, ostentaban una insolencia envilecida y maligna. Allá abajo, en el mar, el cielo parecía la piel de una luciérnaga, manchado de verde y de blanco, empapado en esa humedad fría y opaca que tiene la piel de los reptiles. Nubes grises, orladas de verde, maculaban el azul sucio del horizonte, que las cálidas ráfagas del sirocco estriaban de amarillentas franjas oleosas. Y el mar tenía el color verde y pardo de la piel del sapo, y olor del mar era el olor acre y dulce que despide la piel del sapo. De la boca del Vesubio salía un denso humo amarillo que, rechazado por la baja bóveda del cielo nebuloso, se abría como la cabellera de un inmenso pino, salpicada de sombras negras, de verdes grietas. Y las viñas diseminadas sobre los purpúreos campos de lava fría, los pinos y los cipreses con sus raíces hundidas en los desiertos de cenizas, donde destacaban con opaca violencia los grises, los rosas y los azules de las casas encaramadas en los flancos del volcán, adquirían unas tonalidades tristes y muertas en aquel paisaje sumido en una penumbra verdosa hundida por resplandores amarillos y purpúreos.

Cuando sopla el sirocco la piel humana trasuda, los pómulos relucen en el rostro por el que se extiende una capa sucia y blanda que produce una sombra alrededor de los ojos, los labios y las orejas. Incluso las voces tienen un timbre graso y pegajoso, y las palabras un sentido no habitual, un significado misterioso: parecen casi palabras de una jerga prohibida. La gente camina en silencio, como presa de una secreta angustia, y los chiquillos pasan largas horas sentados en el suelo, sin hablar, mordisqueando una corteza de pan o una fruta negra de moscas, o contemplando el muro resquebrajado en el que están dibujados los inmóviles lagartos que el moho graba sobre el revoque antiguo. Sobre los antepechos de las ventanas arden y humean los claveles de los tiestos, y una voz de mujer brota de vez en cuando, cantando; el canto vuela lento de ventana en ventana, deteniéndose en el alféizar como un pájaro cansado.

El olor a humo frío del incendio del palacio de Cellamare vagaba por el aire denso y viscoso, y yo respiraba tristemente ese aire de ciudad invadida, saqueada, entregada a las llamas, el olor antiguo de aquella Ilión humeante de incendios y de hogueras fúnebres, postrada sobre la ribera del mar atestado de navíos enemigos, bajo un cielo salpicado de manchas de musgo, en el que las banderas de los pueblos vencedores que acudían de todos los puntos de la tierra al largo asedio, ondeaban bajo el graso viento fétido que soplaba ronco del fondo del horizonte.

Iba bajando hacia el mar por la Vía Chiaia, en medio de las turbas de soldados aliados que se aglomeraban en las aceras, se empujaban, se golpeaban gritando en cien extrañas y desconocidas lenguas a lo largo del furioso río de automóviles que recorría tumultuoso la estrecha vía. Y yo me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme verde, agujereado por las balas de nuestros fusiles, arrancado al cadáver de un soldado inglés muerto en El Alamein o en Tobruk. Me sentía perdido en medio de aquella multitud hostil de soldados extranjeros, queme empujaban hacia delante a golpes, me apartaban a un lado con los codos y los hombros y daban media vuelta para mirar hacia atrás con desprecio los galones de oro de mi uniforme, diciéndome con voz rabiosa:

You bastard, you son of a bitch, you dirty italian officer.

Y yo, caminando, pensaba:

«¿Quién sabe cómo se traduce al francés you bastard, you son of a bitch, you dirty italian officer? ¿Y cómo se traduce al ruso, al servio, al polaco, al danés, al holandés, al noruego, al árabe? ¿Quién sabe —iba pensando— como se traduce al brasileño? ¿Y en chino? ¿Y en hindú, en bantú, en malgache? ¿Quién sabe cómo se traduce en alemán?».

Y me reía pensando que aquel lenguaje de los vencedores se traducía seguramente muy bien incluso al alemán, porque la lengua alemana, al contrario de la italiana, era la lengua de un pueblo vencedor. Me reía pensando que en todas las lenguas de la Tierra, incluso el bantú y el chino, incluso el alemán, eran lenguas de pueblos vencedores y que solamente nosotros, los italianos, en la Vía Chiaia de Nápoles y en todas las calles de todas las ciudades de Italia, hablábamos una lengua que no era la lengua de un pueblo vencedor. Y me sentía orgulloso de ser un pobre italian bastard, un pobre son of a bitch.

Buscaba con la mirada en torno a mí en la multitud a alguien que se sintiese como yo orgulloso de ser un pobre italian bastard, un pobre son of a bitch; me fijaba en el rostro de todos los napolitanos que pasaban, perdidos ellos también en la turbamulta de los vencedores, también rechazados de un lado a otro a empujones, a codazos en los flancos; pobres hombres pálidos y delgados, mujeres de rostro descarnado y blanco, ligeramente avivado por el carmín, chiquillos frágiles, de ojos enormes, ávidos y aterrorizados, y me sentía orgulloso de ser un italian bastard, un son of a bitch, como ellos.

Pero algo en sus rostros, en sus miradas, me humillaba. Había en ellos alguna cosa que me hería profundamente. Era un orgullo insolente, el orgullo vil, horrible orgullo del hambre, el orgullo protervo y a la vez humilde del hambre. No sufrían en el alma; sólo en la carne. No sufrían otra clase de pena que la de la carne. Y de repente me sentí solo, forastero en medio de aquella muchedumbre de vencedores y pobres napolitanos hambrientos. Me avergoncé de no tener hambre. Me sonrojé de no ser más que un italian bastard, un son of a bitch, y nada peor. Sentí vergüenza de no ser yo también un pobre napolitano hambriento; y, abriéndome paso a codazos, salí de la multitud y puse el pie en el primer peldaño de Gradoni di Chiaia.

.

La larga escalinata estaba atestada de mujeres sentadas una al lado de la otra como en las gradas de un anfiteatro, y parecía que estuviesen allí para gozar de algún maravilloso espectáculo. Se reían, hablaban en voz alta una con otra, comiendo fruta, fumando o chupando caramelos o masticando chewing-gum; algunas inclinadas hacia delante, con los codos sobre las rodillas; el rostro apoyado sobre las manos juntas; otras echadas hacia atrás, con los brazos apoyados sobre el peldaño superior; otras aun levemente inclinadas, y todas gritaban y se llamaban por el nombre, cambiando voces y sonidos informes con la boca, más que palabras, con las compañeras sentadas más arriba o más abajo, o con el público de viejas asomadas a los balcones y ventanas de las casas que daban al callejón que, desmelenadas, asquerosas, con las desdentadas bocas abiertas en una risa obscena, agitaban los brazos haciendo muecas y vociferando insultos. Las mujeres sentadas sobre los peldaños se arreglaban unas a otras el pelo que llevaban todas recogido formando grandes castillos de cabello y estopa, reforzados con horquillas y peinetas de concha, engalanadas con guirnaldas de flores o de falsas trenzas, de la manera como van peinadas las Madonnas de cera en las hornacinas de las esquinas.

Aquella multitud de mujeres, sentadas en la escalinata como los ángeles en el sueño de Jacob, parecían reunidas para alguna fiesta, o para algún espectáculo del cual fuesen actrices y espectadoras a la vez. Por momentos alguna de ellas entonaba un canto, uno de esos cantos melódicos de la plebe napolitana, súbitamente intercalado de risas, de voces roncas, de quejas guturales que parecían invocaciones de ayuda o gritos de dolor. Pero había una cierta dignidad en aquellas mujeres, en aquel estrafalario accionar ahora obsceno, ahora cómico, ahora solemne, en aquella misma desordenada disposición escénica. Una cierta nobleza, no obstante, que aparecía en ciertos ademanes, en el modo de alzar los brazos para tocarse las sienes con la punta de los dedos, para arreglarse el cabello con las dos manos regordetas y ágiles, en la manera de volver la cara, de doblar la cabeza sobre el hombro, como si fuese para escuchar mejor las voces obscenas que caían de los balcones y ventanas, e incluso en su mismo modo de hablar, de sonreír. De repente, en cuanto puse el pie sobre el primer peldaño, todas enmudecieron y un extraño silencio se posó levemente, palpitando, como una inmensa mariposa policromada, sobre la escalinata atestada de mujeres.

Delante de mí subían algunos soldados negros, enfundados en uniformes color caqui, bamboleándose sobre sus pies planos, calzados con ligeros zapatos de piel amarilla, brillantes como zapatos de oro. Subían lentamente, en medio de ese improvisado silencio, con la dignidad solitaria del negro; y a medida que iban subiendo los escalones, a través del estrecho pasillo que había dejado libre la muda multitud de mujeres sentadas, veía las piernas de esas desgraciadas abrirse lentamente, separarse de forma horrible, mostrando el negro pubis entre el rosado esplendor de la carne desnuda. «Five dollars! Five dollars!», empezaron a gritar de repente, todas a la vez, con un vocerío ronco, pero sin hacer gestos, y esa ausencia de gestos agregaba obscenidad a las voces y las palabras. «Five dollars! Five dollars!».

A medida que los negros subían, crecía el clamor, las voces se hacían más agudas, más ronco resonaba el grito de las brujas que, asomadas a balcones y ventanas, azuzaban a los negros voceando también ellas: «Five dollars!, five dollars!, go, Joe!, go Joe!, go, Joe!, go Joe!».

Pero en cuanto los negros habían pasado, apenas sus pies de oro se habían alzado del escalón, las piernas de las muchachas sentadas en ese mismo escalón se cerraban lentamente como tenazas de oscuros cangrejos de mar, como las valvas de una rosada concha, y las muchachas agitando los brazos, se daban vuelta mostrando los puños, gritando insultos obscenos a los soldados negros, con una furia alegre y feroz. Hasta que, primero un negro, después otro, y después otro más, se detuvieron, cogidos al vuelo por diez, por veinte manos.

Y yo continuaba subiendo por la angélica escala triunfal que trepaba directa al cielo, a aquel cielo purulento del cual el sirocco arrancaba jirones de piel verdosa y bramaba ronco sobre el mar.

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