El buscador de almas (III)

Georg Groddeck

X. EL CAMINO DEL DOLOR

Cuando Thomas despertó, vio, muy pegado a su cabeza, el centelleo de la bruñida punta de un casco bajo el sol matutino. Una cara barbada asomaba desde allí y asentía con una amplia sonrisa al perplejo hombre que hasta entonces dormía. Thomas se frotó los ojos. Era verdad: un gendarme, un auténtico gendarme rural. Algo en el interior de Weltlein empezó a bullir. La policía, a la que Agathe tanto temía, lo había atrapado. Thomas volvió a ver, como de costumbre, la caseta de guardia frente a sí, en la que había recibido clases de decencia del emperifollado teniente de policía.

—Buenos días —dijo el hombre del casco, iniciando la conversación. Weltlein se movió, horrorizado, hacia el borde exterior del carro. El gendarme lo cogió por el brazo—. Eh, eh, amiguito, puede usted darme los buenos días, aunque mi presencia no le haga ninguna gracia. Y tampoco vale aquí lo de apartarse, por lo menos no hasta que no haya hecho un total reconocimiento de su apreciada persona. Así que, muéstreme sus documentos.

Thomas dedicó una mirada furibunda a su compañero.

—Suélteme —dijo—, no tiene derecho a detenerme.
—Deje a un lado el derecho y alégrese de que no caiga sobre usted el peso de la ley. —El policía, satisfecho con su discurso, se atusó la poblada barba—. ¿Pretende usted decirme, tal vez, que ha olvidado sus documentos en casa? Me lo había imaginado. Pero habrá traído consigo su nombre, ¿no? ¿O es que también se le ha escapado? —dicho esto, le hizo un guiño al conductor del carro, que estaba a punto de romper a reír.

Thomas intentó liberar su brazo.

—Mi nombre es Thomas Weltlein. Suélteme, le digo. Está coartando mi libertad.
—Conque así se le llama; sin embargo, aún no se le ha coartado su libertad divina. Por ahora me limitaré a consignar su nombre en este librito. Mire. —Entonces sacó una libretita—. Ah, Wilhelm el trapero… —exclamó—, sé bueno y sostén al caballero, no vaya a ser que se caiga del carro. Parece que tuviera ganas de caer.

Wilhelm el trapero soltó un relincho de placer, saltó del carro e hizo lo que se le había pedido. El gendarme lamió el lápiz y empezó de nuevo.

—Bien, ¿cómo dijo que se llamaba, Thomas qué?
—Thomas Weltlein. —El interrogado se detuvo; recordó entonces que la justicia terrenal apenas habría oído hablar de su metamorfosis. Vacilante, añadió—: Bueno, en realidad me llamo August Müller.
—Vaya, vaya. En realidad se llama usted así, pero en la irrealidad no. Mejor nos quedamos con un solo nombre. De lo contrario, tendría que conseguir otra libreta para anotar todas sus preciadas señas. En fin, Thomas Weltlein. ¿Y qué debo poner en la casilla sobre el lugar donde reside?

Thomas estaba rabiando.

—August Müller. Me llamo Müller. Le aconsejo que registre en acta correctamente lo que le digo.
—Eso de registrar en acta está bien —bromeó Wilhelm el trapero—. Este señor es un sabio.

El gendarme adoptó una postura afectada.

—¿Sabe una cosa? Aquí no solemos andarnos con contemplaciones con la gente que va por ahí sin documentación. Estoy siendo educado con usted, pero también puedo ser un infierno de rudeza. ¡Grábese eso a fuego, señor Weltlein o Müller o como se llame!

Thomas apretó los dientes. Pero los tormentos para él no habían sino comenzado. El policía guardó su cartera y se volvió de nuevo hacia su hombre:

—Este caballero aquí presente —dijo, señalando al hombre de la casaca, que ante tan honroso apelativo hizo restallar el látigo alegremente sobre su jamelgo—, me ha contado algo acerca de sus opiniones sobre la propiedad ajena, y es mi obligación examinar sus bolsillos, por si acaso usted, en lugar de los documentos olvidados, se ha guardado alguna otra cosa, por descuido, claro. Y si no quiere recibir la zurra que se merece (y este señor me ayudaría en caso de que lleguemos a tales extremos), sea pues tan amable de alzar los brazos para que pueda registrar sus bolsillos. Espero que no tenga usted cosquillas.

Thomas había visto el gesto de consenso del trapero, y vio también cómo éste agarraba con más firmeza el látigo, expectante. Se resignó entonces a lo inexorable y levantó las manos, lo cual le concedió un instante de libertad. El trapero no pudo seguir el rápido movimiento y le soltó el brazo. Ahora toda su atención se centraba en si el policía encontraría o no el reloj y en cómo podría apoderarse, sin castigo, de esa joya.

Mientras tanto, el gendarme ya había sacado de uno de los bolsillos la piedra que debía simbolizar el mundo y el ser y la había arrojado sin contemplaciones. Thomas, tembloroso y excitado, siguió el vuelo de su símbolo. Pero cuando el representante de la ley sacó del otro bolsillo el devenir en forma de rama de vid, Thomas abandonó su serena prudencia. Parecía que habían profanado sus sentimientos más sagrados, y, con un grito de ira, le arrancó de las manos la rama de vid al gendarme, que la había contemplado con un brillo extraño en los ojo. Entonces Thomas saltó del carromato.

—¡Detenlo! —gritó el gendarme—. ¡Detenlo! Es un conocido ladrón. Es Karl de los Viñedos. Ofrecen doscientos marcos de recompensa por él.

Se dio inicio entonces a una persecución detrás del desdichado Thomas, como si fuera a vida o muerte. De no haber estado tan loco, hubiese podido escapar. Pero por desgracia su símbolo significaba para él más que su libertad. En su presurosa carrera había perdido el devenir del mundo, y cuando se agachó para recogerlo, el colector de ropa vieja, quien, con sus largas piernas y a pesar de su paso estirado, corría mucho más, logró alcanzarlo, agarrarlo por detrás y tirarlo al suelo. Un instante después, Thomas se vio atado como si fuese un peligroso criminal. Como un saco, fue arrastrado de vuelta al carro y arrojado dentro.

Allí estaba ahora el elegido, batallando en vano con aquellas ataduras y luchando con su destino. Con rabia impotente se revolcaba de un lado para el otro, buscando una posición mejor para sus extremidades atadas. Entre una cosa y otra, oía las palabras del policía, que con sumo orgullo contaba la historia de Karl de los Viñedos, y de como para él, un ladrón bien entrenado, no había fortaleza lo suficientemente segura, pues hacía un par de días había vuelto a escaparse de la cárcel.

—Pero esta vez sí que lo hemos atrapado. Maldita la cara que tiene el sujeto. ¿Lo ves, Wilhelm? Ésta es la orden de busca y captura, con una foto. —El gendarme sacó de nuevo su gruesa libreta de apuntes y desplegó una hoja de periódico.
—Por esta foto no lo hubiera reconocido. Pero las hojas de la vid lo han puesto al descubierto. Esta gente también tiene sus costumbres. Y éste adora habitar en las casetas vacías de los viñedos, de ahí su nombre. Yo no sospechaba nada. Pensé únicamente que se trataba de un vagabundo y que lo dejarías marchar con alguna advertencia paternal. Pero el hombre, desdichado, tenía que tener expresamente una rama de vid en el bolsillo. Viéndolo así, sé que es él y no otro.

Thomas suspiró. A su sagrado símbolo, a sus más nobles aspiraciones debía el ser arrastrado ahora como una pieza de ganado llevada al matadero. Con amargura creciente pensó en cómo le estaba yendo con sus ideales. El ala de la acción había caído en manos de un trapero y era empleada para desatascar la pipa; la piedra del mundo yacía junto a otras piedras en la carretera comarcal, y la dionisíaca vid lo había convertido en un criminal. La verdad es que hubiera sido mejor para él permanecer al cuidado de su hermana en lugar de ser trasladado en un carromato por una carretera comarcal, con las extremidades atadas. Thomas gemía de dolor y, al mismo tiempo, se juraba que si se libraba de ésta regresaría a casa en el próximo tren; pero entonces llegó a sus oídos una palabra que de pronto reavivó sus fuerzas nuevamente.

—Habría que azotarlo —dijo en ese momento el trapero—, pegarle hasta que oiga silbar a los ángeles del cielo. Cuando un tipo como éste siente el látigo como es debido, suele estarse quieto. Bueno, yo ya le he dado un par de azotes —dijo, haciendo restallar el látigo con regocijo.

El policía rio.

—Eso no hace daño. Le insufla paciencia y lo hace mejor persona. ¡Recuerda eso, Karl de los Viñedos! Porque el Señor, al que ama, disciplina; eso dice la Biblia.

Thomas lo miró fijamente; otra vez lo guiaba aquel poder superior. Le hablaba ahora por boca de aquel hombre: «Porque el Señor, al que ama, disciplina». En verdad era él el elegido. No cabía duda. En medio de su desánimo resonaba una frase sarcástica que le señalaba el camino hacia lo alto. El dolor, ese gran purificador del alma, le salía al paso como un amigo, como un demonio enviado por el destino, para guiarlo hacia arriba, para confortarlo en su lucha contra las bajezas de la vida. Y todavía impresionado por esa nueva y milagrosa llamada, Thomas Weltlein se avergonzó de su duda y se juró continuar por la senda del horror. No podía echar de menos la victoria. A fin de cuentas, ¿qué significaban aquellos símbolos? Ahora tenía ante sí los hechos, se aferraba aquí, con ambas manos, a la cruz con la que habría de triunfar.

Thomas miró por azar la gruesa cabeza del agente del orden, sobre cuyo casco se reflejaba ahora la luz del sol. ¿Dónde había tenido hasta entonces los ojos que no había visto ese brillo sobrenatural? Era él, su demonio, su auxilio y su guía, disfrazado del modo menos apropiado. ¡Cuán peculiares eran los caminos del destino! Con horror, descartó entonces la idea de regresar a casa. La decisión estaba tomada: fiel al mandamiento del destino, pretendía cargar con la deshonra del criminal. Tenía todo el futuro para él.

Thomas cerró los ojos, muy tranquilo. Sintió como si un bálsamo reconfortante lo hubiera tocado, todos los dolores parecían haber desaparecido, por lo que se dispuso a afrontar con alegría las nuevas pruebas.

Y éstas no se harían esperar. La charla de los dos vencedores se había adentrado desde hacía un buen rato por el vasto territorio de las disquisiciones. Pero en eso el hombre de la casaca azul la trajo de vuelta al tema del prisionero. Que aquel hombre tenía especiales motivos para sus actos se notaba por la manera de entrecerrar los ojos antes de decir palabra.

—¿No prefiere usted registrarlo a fondo, señor agente, antes de que lleguemos a la ciudad? Tal vez tenga alguna otra lindeza en los bolsillos.

El policía lo miró con recelo.

—Tú no sacarás nada de esto —le dijo el policía—. Todo lo que lleve quedará en depósito en la gendarmería. Pero tienes razón, debería registrarlo.

Dicho esto, se levantó trabajosamente y le dio la vuelta a su prisionero para vaciarle los bolsillos. El de la casaca azul permaneció sentado, muy tranquilo, observando las orejas de su caballo. Cuando el gendarme se sentó otra vez junto a él, lo miró con ojos inquisitivos.

—¿Y bien?
—No tiene nada en los bolsillos, nada de nada. Me lo había imaginado.

El carretero carraspeó.

—Pues yo anotaría eso, señor agente. «No se le ha encontrado nada al prisionero». No vaya a ser que un tipo así afirme luego que le hemos robado su reloj de oro.

El policía se acomodó en el asiento.

—Un gendarme de la corona no roba, ¿me oyes? Y es mejor que no hagas esa clase de bromas. Aquí no estás entre los de tu calaña.

En ese instante resonó la voz de Weltlein.

—En el bolsillo tendría que haber un reloj de oro.

Con una mirada de soslayo al trapero, el gendarme se volvió a levantar y saltó por encima de las tablas para registrar de nuevo al detenido. Al no encontrar nada, adoptó la expresión escrutadora con la que el inspector de policía solía hacer sus interrogatorios:

—¿Es cierto eso, Karl? ¿Es verdad que tenías un reloj?
—Claro que es cierto —respondió Thomas, riéndose de la cara del policía, con esa mezcla de expresión bonachona y severa—. Se lo mostré a su amigo hace media hora.
—Él no es mi amigo —dijo el gendarme, alzando la cabeza y gritándole al colector de ropa vieja—: Escucha, Wilhelm, si me estás contando historias, ya verás. ¡Dame ese reloj! ¡Rayos, vas a una velocidad de mil demonios, así no hay quien entienda una palabra!

Wilhelm permanecía encorvado, y daba latigazos al caballo, que en su galope arrastraba consigo el carromato tambaleante. El gendarme tuvo que agarrarse con fuerza a las tablas para no caer.

—¡Para de inmediato! ¿Estás loco? Vas a hacer que volquemos.

Wilhelm el trapero siguió azuzando a su caballo y empezó, a su vez, a increpar.

—¿Qué? Esto es lo que uno recibe a cambio de su generosidad. Este sujeto se comió todo mi pan y se bebió todo el aguardiente, y ahora me dice que le he robado el reloj. Vaya rufián. Y usted, señor vigilante —dijo, volviéndose en medio de la cabalgata para gritarle en la cara al gendarme—. No me parece muy bonito que me culpe de un robo después de haberle llevado conmigo durante una hora sin cobrarle nada; además, fui yo quien capturó a ese hombre, y exigiré en la gendarmería la recompensa de doscientos marcos. Sólo para que lo sepa. Tampoco voy a aguantar que me insulte usted llamándome ladrón, me gano mi pan honradamente, mientras que aquí hay otros que han estado en la cárcel. Pero informaré de que me ha insultado.

El policía transigió.

—Bueno, bueno, Wilhelm, no quise decir eso. Y deja de correr así, que me voy a caer. Lo del reloj era broma. ¿Quién va a creer a un reo como ése? No, no, la recompensa nos la repartiremos, eso está claro. Nosotros dos lo capturamos.

El carro estaba entrando justamente en las calles adoquinadas de la ciudad. Wilhelm frenó el caballo con una sonrisita.

—Aquí debemos conducir más despacio. Y ya estaba harto del bamboleo en la carretera comarcal.

El gendarme, en su enfado, le dio otro fuerte puntapié al desdichado Thomas y volvió a ocupar su asiento. Tenía en la cara tal expresión de furia, que la gente en la calle se detenía para verlo.

Thomas había tenido suficiente oportunidad de purificarse a través del sufrimiento. Y, por si fuera poco, no pasó mucho tiempo hasta que una bandada de niños empezó a correr detrás del carro con algarabía, y sus gritos, por sí solos, hubiesen bastado para agotar la paciencia de un santo. De vez en cuando, algunos de los impertinentes críos trepaba por la parte trasera del carromato para ver la cara del célebre ladrón, y cuando el gendarme, dando gritos amenazantes, o el propio trapero con el látigo, intentaban repeler a los intrusos, éstos echaban mano al último recurso de los reyes de las calles: las piedras y el barro.

Y en medio de todo eso, el elegido se sentía flotando de placer, en un estado de embeleso. Creía sentir cómo con cada insulto su alma se ensanchaba, cómo cada piedra que lo alcanzaba en su desamparada situación despertaba en él un renovado amor por el prójimo.

—Sagrada paciencia —se decía a sí mismo—, ¡préstame tus armas! Os saludo, dolor y deshonra, sois mis amigos, estáis a mi servicio, me ayudáis a ser único, dais alas a mi alma para salir volando sobre la tierra.

Cuando las magníficas alabanzas quedaron cortadas por una pedrada que lo alcanzó en plena lengua, Thomas se puso bocabajo y, con noble serenidad, abandonó aquel mundo hostil y a toda su gente. Cada grito, cada expresión de sus sentimientos debían ser ahogados: eso significaba aquella pedrada; y todo para que su alma se llenase de sentimientos sublimes.

Rodeado por una multitud que lo miraba boquiabierta, el carro se detuvo delante del ayuntamiento. El gendarme bajó de un salto y le pidió al trapero que llevara al prisionero con él hasta la gendarmería. Wilhelm se levantó lentamente y se acercó adonde yacía Thomas; pero, en lugar de cumplir con la exigencia del policía, sacó con cautela de su cartera un cuchillo y se abalanzó sobre el reo.

Aquello fue demasiado para el buenazo de Weltlein. Desanimado, cerró los ojos. En medio de la confusión que alborotaba sus ideas, creyó que había llegado su última hora, y, lleno de nostalgia, se despidió de todos los nobles propósitos que ahora habrían de quedar irrealizados.

—¿Qué pretendes hacer con ese cuchillo? —preguntó el gendarme.
—Le voy a arrancar los botones del pantalón, así ya puede usted ocuparse de él solo. Debo llevar el caballo al establo, de lo contrario cogerá sarna en las patas.

Dicho esto, Wilhelm cortó todos los botones, al tiempo que zarandeaba de un lado para el otro, como un saco, a aquel noble soñador de mundos, y entonces le zafó las ataduras de las piernas y las manos y tiró de él diciendo:

—Anda, que ahora vas a entrar en chirona.

Thomas abrió los ojos y, feliz, alzó los brazos al cielo con la sensación de estar con vida. Pero, al caérsele los pantalones, recordó a tiempo lo de las bajezas de la vida que habitaban la tierra.

—Y aquí me veis sosteniendo el mundo con una mano —gritó, conmovido, mientras bajaba del carromato con las extremidades maltratadas y se aguantaba el pantalón—, y saludándote con la otra, sol, que tanto me amas. —En eso, el policía lo agarró por el cuello y lo empujó hacia delante ante la sonora risotada de la multitud. Entonces el carro se alejó de allí a toda velocidad.

Con brillo en la mirada, Weltlein caminó por el corredor. Sostenía ahora con ambas manos la riesgosa prenda de ropa. La conciencia de su victoria le hacía alzar la cabeza con la dignidad de un rey. Para él todo estaba decidido. El propio destino lo había conducido hasta allí, le había dado el nombre de un criminal, un nombre dionisíaco por lo menos, aunque no fuera bonito. Tenía que obedecer a ese guiño del destino.

Per aspera ad astra —murmuró Thomas, firmemente decidido a llevar, pese a todas las tentaciones, aquella máscara que Dios le había impuesto.

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XI. UN KARL DE LOS VIÑEDOS Y OTRO

Entretanto, el policía era presa de toda clase de dudas. Sobre todo se avivó en él aquella relacionada con la historia del reloj. ¿Sería o no cierta? Sabía que Wilhelm el trapero era capaz de cualquier fechoría, incluido el robo. Y si el tipo de verdad llevaba un reloj de oro, él hubiese tenido que registrarlo todo y, en especial, retener a Wilhelm el trapero. Pero lo había dejado marchar sin más. Podía verse metido en un buen apuro. De todos modos, le parecía mejor negociar primero con el alcalde en lugar de con el inspector de policía, a cuya severidad temía. Por eso condujo a su víctima directamente a la secretaría de la alcaldía.

El recinto aún estaba vacío, sólo había un secretario sentado en su banco giratorio, y revolvía agitadamente unos expedientes, desatando un hatillo por aquí, abriendo otro por allá y descartándolo de nuevo. Entonces se dio la vuelta y preguntó con voz envenenada:

—¿Y ahora qué pasa? ¿A quién me trae ahí, Weber? Déjeme en paz, por favor. Tengo cosas importantes que hacer. Acaban de entregarme a un criminal y es preciso trasladarlo.
—Sólo quería informarle de que aquí hay otro, señor secretario, uno muy importante —respondió Weber, poniéndose la mano sobre la boca a modo de bocina y añadiendo—: ¡Es Karl de los Viñedos!

El secretario echó rápidamente la cabeza hacia delante y torció los ojos hacia arriba de tal modo, que pareció por un momento un pez telescopio listo para disparar a su presa.

—¿A quién? —preguntó, y su estridente voz pareció fallarle a causa de la excitación.
—Karl de los Viñedos —repitió el policía tan alto como pudo. Entonces el secretario se puso en pie de un salto y empezó a frotarse las manos con nerviosismo.
—¡Dios mío, Dios mío! ¡Me voy a volver loco! Pensé que iba a sobrevivir a un Karl de los Viñedos y ahora me traen a un segundo. ¡Hijo de Dios, Karl ya está ahí! —gritó a toda voz, saltando sobre el gendarme y agitándole un montón de expedientes delante de las narices—. Éstas son las actas manuscritas, y el hombre está ahí en una celda. ¡Piense un poco las cosas! No puede haber dos.

El gendarme se encogió de hombros, perplejo.

—El de ahí al lado no sé, pero éste es el auténtico.

El secretario miró al gendarme con expresión de duda, luego se volvió hacia Thomas y, al hablar, abrió la boca como si quisiera comérselo.

—Y ahora yo le pregunto: ¿quién es usted, quién?
—Mi nombre es Karl de los Viñedos —respondió Thomas Weltlein con una cortés inclinación.

El secretario cruzó una pierna sobre la otra, a causa de la alteración.

—¡Santo cielo! Menudo jaleo que hay aquí hoy —dijo, con un suspiro—. ¿Cómo voy a lidiar con esto? Y mi esposa de cumpleaños. ¡Fritz! —gritó, dirigiéndose a un joven que acababa de entrar acompañado de otros dos jóvenes y que contemplaba la escena boquiabierto—. ¡Vete ahora mismo adonde está el inspector de policía y dile que venga! Me han traído a otro reo, a otro Karl de los Viñedos. —Dada la orden, se dejó caer en su silla, agotado, y empezó a hojear con desenfreno los expedientes, mirando sólo de vez en cuando, de reojo, al gendarme y a su prisionero.

Y en eso apareció el inspector de policía. Examinando a Thomas con mirada rápida, se acercó al alterado secretario y pidió que le explicaran en detalle la situación. Entonces escuchó el informe del gendarme, al tiempo que movía con gesto impaciente, de un lado para el otro, un telegrama que sostenía en una mano, como si quisiera sugerir que abreviara la historia. De repente hizo un gesto de rechazo y caminó hacia Thomas, que, preocupado por el ruinoso estado de su ropa, le hizo una reverencia.

—Le ruego que disculpe el error de mi subordinado. Aquí hay una confusión. Queda usted libre. Me ocuparé de conseguirle un coche de inmediato.

Thomas se quedó pasmado. Ahora que estaba en pleno proceso de santificación, afloraba en el mártir la ira. Con gesto insolente, volvió a ocupar su lugar en el banco.

—No quiero quedar en libertad —dijo—. Soy Karl de los Viñedos y exijo mis derechos.

El agente le dedicó un cortés gesto de asentimiento.

—El asunto ya está resuelto —dijo el inspector y caminó hacia el escritorio del secretario, con quien intercambió un par de palabras sin preocuparse más del reo.

Thomas estaba de muy mal humor. Había esperado nuevos tormentos, insultos, humillaciones, calabozos, cadenas, pero ahora veía cómo su demonio, aún sin labrar del todo, se alejaba de él. Aquello no acababa de cuadrarle. Y entonces empezó a hablar con voz tonante.

—No tiene usted derecho a ponerme en libertad, señor inspector. Es usted cruel. Pero me resistiré. ¿Cómo es posible? Me capturan, un demonio me arroja a mí, un pobre gusano tembloroso, a las flamas del purgatorio; empiezo a sentir cómo el fuego de todo lo perdido en la tierra me consume, y entonces, antes de que la obra de purificación llegue a su fin, el mayor de los demonios me arrastra consigo y me devuelve, con un empujón, al páramo terrenal. Todas mis esperanzas se aferran a este infierno, todos mis anhelos revolotean ante mis ojos, al alcance de la mano, y esa gran amiga, la miseria, a la que añoro, me extiende su mano severa, pero ya ni puedo alcanzarla. Y todo ahora, cuando estaba tan próximo a la meta, a ese sublime fin cuyo significado nadie puede ponderar salvo yo. Pero no, usted tiene que saberlo, de lo contrario no se hubiera cruzado en mi camino de un modo tan pérfido. Ahora bien, se lo advierto: no lo conseguirá. Exijo mis derechos. Soy…

El inspector de policía se dio la vuelta y asintió tranquilamente:

—Sí, el señor Müller.
—¡Soy Karl de los Viñedos! —gritó Thomas hecho una furia y poniéndose en pie de un salto—. Exijo que se me lleve a la cárcel, ¿me oye? ¡Lo exijo!

El agente empezó a inquietarse. Percibía cómo los secretarios empezaban a reírse para sus adentros. No quería actuar con severidad con Thomas. Con ese hombre se había cometido una injusticia, y aunque esta comedia era de pésimo gusto, era preciso intentar actuar con cortesía para con aquel caballero. Acercándose con paso veloz al reo, el inspector le mostró el telegrama que sostenía en la mano.

—Tenga, es de su hermana.

Thomas lo cogió.

—¿De Agathe? —exclamó. El miedo lo había sorprendido. Si ella venía, él estaría perdido. No, gracias a Dios, ella no vendría, era sólo la denuncia de su desaparición y una descripción de su persona. Entonces, de inmediato, recuperó su antiguo arrojo.
—No conozco a ese hombre. ¿Qué se supone que debo hacer con esto?

El agente lo miró con ojos de enfado, su voz se volvió dura.

—No saque usted las cosas de quicio, señor Müller. Se ha cometido una injusticia con usted, pero eso no lo autoriza a burlarse de las autoridades.

Con absoluta tranquilidad, Thomas tomó asiento de nuevo.

—Demuéstreme que no soy Karl de los Viñedos —dijo—. Como tal me han arrestado y no se me puede despojar de mi nombre en contra de mi claro e inapelable testimonio.
—¡No se ría, señor Meyer! —le gritó el inspector al joven que había ido a buscarlo y que ahora se había metido en la boca la mitad de la manga del brazo con el que escribía, con tal de no romper a reír—. Vaya adonde el alcalde y dígale que le ruego que venga aquí un momento. Y usted, Weber, traiga aquí al reo. Y que venga también el guardia, para que el tipo no se les escape. Todos los demás, salgan de esta habitación —dijo el inspector, y esperó a quedarse solo con Thomas, mientras tiraba de sus guantes con impaciencia.
—Si lo desea, puedo darle la prueba fehaciente de que no es usted el criminal mencionado, ése que finge ser. El ladrón que usted afirma ser, el llamado Karl de los Viñedos, está ahora en nuestras manos y llegará aquí en menos de un minuto. Pero antes quiero darle otra vez la oportunidad de poner fin rápidamente a todo este asunto. No me parece correcto por su parte que humille delante de sus subordinados a un agente del orden que sólo ha querido lo mejor para usted. Y si insiste en continuar así me veré obligado a castigarle.

Thomas sonrió. No podía ocurrirle nada mejor.

—Pues demuéstreme que no soy Karl de los Viñedos, y luego castígueme —dijo con frialdad.

El inspector le dio la espalda bruscamente y se acercó al escritorio, donde empezó, él también, a revolver las actas. Sabía que tendría dificultades para encontrar esas pruebas. Thomas había cruzado los brazos sobre el pecho en un gesto de triunfo. En ese instante estaba convencido de la grandeza de la misión a la que había sido llamado.

Al cabo de un rato apareció el gendarme Weber con el centínela de la cárcel. Entre los dos conducían a un hombrecito que estiraba el cuello y la cabeza hacia delante, con apatía, y murmuraba algo. El agente de policía se le acercó.

—¿Por qué no está esposado este hombre? —preguntó.
—Somos dos, señor inspector —respondió el centinela y, para reafirmar su confianza, extendió el brazo, abrió la mano y la cerró en un puño.

El inspector hizo un gesto de desaprobación con la cabeza.

—¿Habla? —preguntó otra vez.
—No dice más que tonterías, señor inspector, como de costumbre. Se hace el salvaje.

El prisionero soltó una risotada estúpida.

—Bello señor —dijo, sonriendo—, bello señor. Qué uniforme tan colorido y qué botones tan bruñidos —dijo, intentando alzar la mano temblorosa, como si tuviera intenciones de acariciar el paño azul. Pero cuando sus dos centinelas se lo impidieron, la bajó de nuevo a la posición de apatía anterior.

El agente de policía casi le dio la espalda y continuó hablando con los guardianes.

—Creo que tendremos que soltar otra vez a este hombre. No hay ninguna prueba en su contra. En cualquier caso, no es Karl de los Viñedos. —Hizo una pausa, pero la expresión estúpida del anciano no varió ni un ápice—. Tenemos, por cierto, a este otro, el que está allí sentado. —Pero también ese intento por burlar al ladrón fracasó —. Mírenlo —insistió el agente.

El anciano dio un paso hacia delante, de modo que quedó entre la puerta y Thomas, siempre sostenido por los dos guardias.

—También un hermoso señor, con bonitos vestidos, no tan coloridos, ni con botones tan bruñidos, pero muy bonito —dijo, y una vez más alzó el brazo un poco para examinar la magnífica ropa de Weltlein.

En ese momento, el inspector intentó sorprender otra vez al criminal en su papel de loco. Lo atacó por el lado de la vanidad, y esta vez tuvo suerte con su artificio. Se plantó delante de Weltlein, le dio un golpecito en el hombro y le dijo:

—Y bien, Karl de los Viñedos, cuénteme cómo consiguió fugarse de la prisión.

Weltlein se puso de pie. Desde que habían mencionado el nombre de su hermana, ya no se sentía tan seguro en su papel de mártir. Cada vez veía con mayor claridad que su terquedad no lo llevaría a la cárcel, el objetivo de sus anhelos, sino probablemente a Bäuchlingen, bajo la custodia de Agathe. Pero no conseguía decidirse a romper el maleficio. Seguía esperando otra señal del destino, deseaba recibir otra confirmación de que lo guiaban poderes superiores. Examinaba cada acontecimiento como si pudiese ser esa señal, y también ahora se preguntó si lo que se le pedía que contara no tenía quizás un sentido más profundo. Thomas vaciló y miró a su alrededor, inseguro. Hubiera preferido salir corriendo de allí a la primera.

—No es fácil de explicar —empezó diciendo por fin—. Me fugué como suele fugarse la gente.

El policía sonrió.

—Pero sabrá usted decirnos algo más, ¿no? Eso no sucede todos los días. ¿Cómo salió? Las puertas están cerradas a cal y canto, por ahí es imposible. Y las ventanas…
—Bajé por la ventana —lo interrumpió Thomas, alegre de que el propio agente le echara una mano.
—Vaya, vaya. ¿Y los barrotes?
—Los corté con una lima.
—¿Y la lima?
—Un amigo me la lanzó dentro de la celda.
—¿Pero qué me cuenta usted, Karl de los Viñedos? ¿Que un amigo se la lanzó? ¿De modo que es una exageración eso que se cuenta de usted, que es capaz de escaparse sin ayuda con tan sólo desearlo? Eso de procurarse una lima, eso es una chapuza. Si lo hubiera sabido ni siquiera me habría ocupado de usted. Fugarse con la ayuda de otro, eso lo hace cualquiera. Hacerlo solo, contando únicamente con las propias fuerzas, eso sí que tiene mérito.

Thomas empezó a gruñir:

—Nadie puede fugarse de la cárcel sin ayuda.
—Yo sí que puedo —se oyó de repente la voz del otro prisionero.

El inspector y el resto de los presentes se volvieron rápidamente hacia él, mientras que los dos guardias lo agarraban con más fuerza por los brazos. El hombre hizo una mueca y soltó una exclamación de dolor. Tras un gesto de su superior, los dos hombres aflojaron el agarre. En ese mismo instante se abrió la puerta desde fuera.

—Viene el señor alcalde —gritaron desde el exterior.
—¡Detenedlo! —fue el grito de media docena de voces.

El hábil ladrón se había zafado, había lanzado a un lado al edil de la ciudad, que avanzaba por el pasillo, jadeante, y había desaparecido.

Todo sucedió tan rápidamente, que el señor miope que avanzaba detrás del alcalde ni siquiera se dio cuenta del motivo por el cual el sabio magistrado había caído contra la pared. Tampoco tuvo tiempo para meditarlo, pues por su lado pasó, a toda velocidad, una frenética persecución: iba encabezada por el gendarme Weber, que agitaba en su mano, con gesto furibundo, una manga del traje de prisionero; muy cerca, detrás de él, corrían el fornido carcelero, el inspector de policía y toda la horda de secretarios. Detrás de ellos tres corría y gritaba el alcalde, pero nadie le hacía caso. Y al final del todo salió Thomas, pensativo, con la segunda manga del uniforme del preso en una mano y agarrándose los pantalones con la otra. Todavía en el umbral de la puerta, recibió al hombre que recién llegaba con una alegre risotada.

—Ése es el olfato por el que se conoce a un banquero —exclamó—. Bienvenido, mi querido señor Niedlich. No podía llegar usted en un momento más oportuno.

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XII. EL TÚNEL DE LA HUMILLACIÓN. EL HÁBITO HACE AL MONJE

El banquero miró detenidamente al hombre que tenía delante, pero hubo de pasar un buen rato para que reconociera, en aquella persona desaseada, a su viejo amigo.

—Pero si es usted, señor Müller. El alcalde me dijo que se había visto usted metido en no sé qué extraños asuntos, y vine hasta aquí para ponerme a su disposición. Pero vaya aspecto que tiene. Casi estuve a punto de tomarlo por un huésped asiduo de las prisiones.
—¿A que sí? Este disfraz engaña. Pero, se lo ruego, no me llame Müller. Viajo de incógnito y mi nombre es Weltlein, Thomas Weltlein.
—Bueno, ya me explicará por qué…
—Sí, más tarde, más tarde, querido amigo. Por el momento, puede usted llevarme hasta la sastrería más próxima, ¿le parece? Ya ve cuánto me urge. —Dicho esto, arrastró consigo al pequeño Niedlich y subió al coche aparcado delante de la puerta.
—Vea usted —empezó diciendo mientras viajaban—. ¡Vea usted esta manga! Esto lo explica todo.

El banquero, cuyos ojos, por naturaleza, parecían salírsele de las órbitas, como si constantemente se maravillaran de su propia existencia, contempló perplejo el trozo de franela que le mostraba su cliente.

Al verlo, Thomas rompió a reír a carcajadas.

—Es una señal de Dios, querido. Puede usted creerlo o no. ¿No ve usted el sentido profundo del asunto? ¿No ve cómo nos habla desde el hueco de la manga y nos dice: «Quien aspira a las alturas tira todo lo que pueda convertírsele en un lastre, aunque sea la última prenda de ropa que posea»? Pues yo he seguido esa llamada. Me impulsa una gran obra, y para llevarla a cabo hube de irme de casa, dejándolo todo detrás: ropa, dinero y hasta mi nombre. Sobre todo el nombre.

Poco a poco, Niedlich fue recobrando la compostura.

—Ah, ya entiendo —dijo—. Está usted estudiando los aspectos de la vida concreta, pretende hacer acopio de experiencias en los círculos criminales. Es sumamente interesante lo que hace; no sabía que se ocupara usted de cosas tan importantes.
—Su suposición no es del todo correcta. Mis intenciones son mucho más elevadas, y hasta puedo decirle que me he trazado el propósito más alto que pueda imaginar hombre alguno. No resultaría fácil explicárselo en pocas palabras. Pero, mire usted, el asunto es el siguiente: en mi criterio, al hombre lo depositan en el mundo como el retoño de un árbol, que ha de echar sus raíces bajo la tierra y empezar a lanzar ramas y hojas a su alrededor. Como la mayoría de los hombres, yo descuidé ese destino, y en cierto modo me convertí en un árbol torcido que sólo dirigía su savia y sus fuerzas hacia un solo lado. Seguramente ha visto usted a un niño recién nacido.

El señor Niedlich sonrió:

—Nuestro tercer hijo está ya en camino —dijo—. Si nos diera usted la alegría de comer una cucharada de sopa con nosotros…
—No, no, se lo agradezco mucho. Pero no tengo tiempo para comer sopa, o digamos mejor que no dispongo de esa libertad; debo continuar mi camino, hacia adelante, tan rápido como sea posible.
—Qué pena, me hubiera gustado presentarle a mis hijos. Salchen es una niña tan mona. Cuando está conmigo me trae la chistera de inmediato, se la lleva a la boca y grita dentro varios números, números de verdad, y luego se la pega al oído. A eso lo llama «jugar a hablar por teléfono». ¡Y el chico! Apenas tiene dos años y medio, pero es un genio. Piense que ya sabe diferenciar muy bien el oro de la plata. Pero no, un momento. —Niedlich le agarró el brazo al impaciente Thomas, como si de esa manera pudiera impedirle hablar—. Es consciente de su valor. Hace poco me dijo: «Papá, cuando la bebo, la leche es plateada, pero yo la convierto en oro». —El banquero cruzó las piernas y miró a su amigo con gesto algo desafiante.

Thomas intervino de inmediato:

—En fin, los niños, los niños. Cuando nacen no ven ni oyen, no hablan ni caminan. Pero tienen ojos, orejas, piernas y boca. ¿Para qué les da la naturaleza todo eso de inmediato? Es una exhortación a educarse, a esforzarse. El hombre debe aprender a utilizar lo que tiene, de ese modo se perfecciona. Pero ¿qué han visto mis ojos durante toda mi vida? Letras y libros. Mi boca ha dicho cosas sin importancia, y mis oídos han oído otras tantas. Mis pies no me han llevado por la vida, como debieron hacer. Me he pasado toda la vida en las tinieblas, he desperdiciado toda una existencia, como un demente. Esto es la locura. Yo estaba loco. Pero ahora he alcanzado la lucidez. Siento como si viera mi cuna ante mí, y en esa cuna veo a una criaturita hecha a mi imagen y semejanza, el bebé que fui, del que salí, el progenitor de mi esencia. Y como el hijo pródigo, me quisiera prosternar ante esa imagen y suplicar: «Perdóname, porque he pecado ante ti, he desperdiciado lo que tú me has dado».

El banquero no estaba demasiado satisfecho. Aquella perorata no tenía nada que ver con los dichosos sueños a los que se había transportado al recordar los talentos de comerciante de su vástago. Empezaba a sentirse incómodo, y cuando el bueno de Thomas se llamó a sí mismo loco, él lo secundó con ese gesto de asentimiento con el que solía acompañar los comentarios serios. Pero el gesto lo asustó, porque su mirada se posó en la manga a través de la cual Thomas estaba metiendo el brazo, con movimientos lentos y ceremoniosos. El hombrecito se acurrucó en un rincón del coche y torció los ojos convulsivamente, a fin de poder vigilar sin ser notado, por encima de su nariz saltona, los extraños movimientos de su vecino de asiento.

—Me había imaginado al padre del hijo pródigo como alguien muy anciano — dijo, vacilante.

Thomas acababa de sacar la mano por el agujero de la manga y quiso asir el aire, como si quisiera estrangular a alguien. Al hacerlo, miró por debajo de las cejas a su banquero de un modo tan extraño, que éste se agarró los bolsillos a causa del miedo.

—Todo es simbólico, querido amigo, todo. El padre del hijo pródigo es un símbolo del bebé en pañales, y esta manga es un símbolo de mi vida. ¿Lo entiende? Quiero deambular así por el lado oscuro del mundo, del mismo modo que mi mano atraviesa el sucio túnel perteneciente a la ropa de un criminal. Oh, ese criminal, ¡cuánto me ha enseñado! Es preciso aprovechar las oportunidades, pero también es preciso atraerlas. Mire, esta manga había sido descosida antes. Aún puede ver usted las marcas de los cortes. Con el tirón gracias al cual el ladrón pudo soltarse, las mangas quedaron en manos de sus vigilantes. Ese hombre no hubiera podido escapar si antes no hubiera deshilachado su vestido. Y de ese mismo modo he limado, cortado y hecho saltar yo todas las ataduras que me ligaban a mi pasado, y ahora grito de júbilo ante la libertad que hará de mí un hombre perfecto. Sólo el camino, el camino es lo que no veo aún. Está escrito: «El que se humilla, será enaltecido». Yo me he humillado, pero aún no me han enaltecido.

El señor Niedlich extendió sus dos manos abiertas hacia delante:

—Dios misericordioso, no me censures, soy un cristiano devoto.

Thomas se levantó de un salto:

—Está escrito —gritó con voz amenazante—. Y yo comprobaré si es verdad. Por ahora he fracasado. Aún no soy perfecto. Tal vez sea la alegría la que me lleva adelante con tal ímpetu, más el placer que las penas del corazón. Y alabo al destino que me ha guiado por este camino, justo cuando necesitaba dinero.

El banquero oprimió entonces la pelota de goma con la que solía avisar al cochero para que detuviera el carro.

—¿Cuánto necesita? —preguntó, abriendo la portezuela.

Thomas asomó la cabeza por la ventanilla del coche. Un telegrafista pasaba en ese momento por allí y, al verlo, el recuerdo de Agathe le pasó disparado por la cabeza.

—Tengo que irme.
—Lleva usted mucha razón —dijo Niedlich, empujándolo hacia el estribo—. Aquí tiene el dinero —añadió, sacando unos billetes de banco de su cartera y entregándoselos a su amigo, que iba adoptando una actitud cada vez más inquietante. También él vio al telegrafista, y mientras casi sacaba a su huésped a empujones del coche, gritó—: Tengo que ir a correos. Debo telegrafiar a su hermana —y luego, dirigiéndose al cochero, dijo—: ¡En marcha! ¡Tan rápido como puedan los caballos!

A Thomas le entraron ganas de correr detrás del coche.

—Agathe —gritó—. A Agathe no.

Entonces se dio cuenta de que los caballos eran más rápidos que él y, dándose la vuelta a toda velocidad, se dirigió a la sastrería. Sólo alcanzó a ver cómo el banquero arrojaba el túnel de la humillación por la ventanilla del carruaje.

Por mucha prisa que Thomas se diera, hizo falta una hora o más para que quedara satisfecho con su nueva indumentaria. Obsesionado con la idea de tener que continuar viaje cuanto antes, había escogido el primer traje de calidad que había visto y preguntado por el precio mientras se examinaba fugazmente en el espejo. El sastre, solícito, se agachó; al parecer, en busca de la etiqueta con el precio, aunque él mismo la había arrancado hacía un momento. Ese hombre era uno de sus mejores clientes, precisamente porque solía pagar sin dudarlo cualquier factura que se le enviara a casa. Había que evitar que se acostumbrara a pagar en efectivo y se enterara de lo barata que era la ropa. Después de haber estado un rato haciendo aquel esfuerzo vano, el artista de la tijera se incorporó, lanzó con un osado movimiento de la mano el centímetro para medir desde el brazo derecho al izquierdo y gritó:

—Haase, mire usted cuánto cuesta el traje número 52. Un momento, señor Müller.

Thomas se estremeció al escuchar aquel último nombre, y ya había abierto la boca para anunciar la muerte del señor Müller, cuando el sastre se marchó de allí a toda prisa para ver él mismo el precio, según dijo, aunque en realidad se alejó para dejar claro a su ayudante que el precio del traje número 52 no debía ser encontrado bajo ningún concepto. Encogiéndose de hombros regresó a la tienda y dijo que, por desgracia, no podía determinar la suma en ese momento, pero que se permitiría, con la venia, consignar la pequeña diferencia en la cuenta.

Thomas se volvió con intención de marcharse.

—Muy bien. Si se fía usted.

El sastre se llevó su mano de dedos cortos al lado del corazón, el cual estaba cubierto con una auténtica barricada de alfileres y agujas, de modo que pareció como si, para reafirmar su noble confianza, quisiera pincharse todos los dedos; luego inclinó la cabeza sobre el hombro izquierdo y soltó con voz aflautada:

—El señor Müller adora hacer bromas. Un cliente de tantos años…
—Weltlein, Thomas Weltlein, por favor, nada de Müller —dijo Thomas, enfadado—. No deseo que mi presencia aquí se conozca, tengo razones para viajar por ahí con un nombre distinto… —dijo y vaciló un momento—. En fin, si la señora Willen, mi hermana, preguntase por mí, preferiría que usted dijera que no me ha visto.

El sastre aguzó los oídos. El estado desaseado del elegante señor Müller había despertado su curiosidad, y ahora parecía haber encontrado una solución para aquel enigma. El caballero había salido en pos de una aventura galante. Con una elegante sonrisa de entendimiento intentó tranquilizar a su cliente, al tiempo que, para sus adentros, pensaba en cómo esquilar mejor al corderito.

—Entiendo perfectamente, perfectamente, señor Müller. O no, ¿Weltlein? Permítale a este viejo, hombre de rutinas, una observación. Si uno quiere tener suerte con las mujeres…

Thomas lo miró perplejo.

—Le pido mil disculpas —se apresuró a objetar—. Creí, puesto que su señora hermana no debe saber nada del asunto, que el señor Weltlein andaba por ahí en plan de conquista del bello sexo, y para ello este traje es poco atractivo. El bello sexo suele fijarse, en tales ocasiones, en una vestimenta bien a la moda.

Con dos pasos, Thomas se colocó en el centro de la sastrería y se quitó la chaqueta recién comprada.

—Una vestimenta bien a la moda, claro. La Fortuna es una mujer, y uno no debe aparecer ante ella como un mendigo. Hay que presentarse ante ella como un rey o un vencedor, entonces se arrojará a nuestros pies.

Mientras Thomas seguía probándose otras prendas exquisitas de la tienda del laborioso sastre, que estaba muy atareado metiendo en el fondo de una maleta traída con prisa toda clase de ropa, trajes y sombreros, la cháchara continuó fluyendo de un tema a otro.

—He estado perdiendo el tiempo, querido, he desperdiciado mi vida en sueños y me he oxidado y amargado. Casi soy ya demasiado viejo para conseguir nada.
—Bueno, bueno, demasiado viejo, dice. Tiene muy buena planta. Haase, rápido, traiga otra levita de más talla. Está usted en la edad justa. Ya no va uno de una en otra, uno elige cuidadosamente y se aferra a su único amor.
—Pues yo quiero aferrarme a él hasta el final de mis días. Las olas de la alegría y el placer han de elevarme hacia lo alto, llevarme hasta la perfección y la belleza, y allí quiero bañarme en ellas para recuperar la salud.
—Muy bien dicho, un buen baño, eso sí que será necesario, señor Müller… Perdón, Weltlein. En la estación de ferrocarriles tendrá oportunidad de hacerlo. Y su amada debe ser sana también. Nada de antecedentes con enfermedades, de lo contrario uno se llevará varios disgustos. Aquí está el frac, será preciso plancharlo de nuevo. La salud y el amor son una y la misma cosa. Y ahora, si tiene la bondad, mírese usted en el espejo. Vea, es como si saliera a conquistar el mundo.
—El mundo, el mundo. Siento cómo me reclama, y siento cómo yo lo deseo. No, la edad no me hará doblegarme. Desde que me he despojado de todos esos andrajos, mi alma está colmada de una fuerza nueva, y sus ropas…
—Ahora sólo falta la chistera. La ropa hace a la persona.

Thomas tomó al sastre por la pechera y lo sacudió.

—Lo sabe, lo sabe, este hombre conoce la profunda y sabia máxima del contagio, y lo dice como si fuese algo cotidiano. Sí, así es. En sí mismos, no somos nada. No actuamos por nuestra propia fuerza. Lo que nos hace actuar es lo que nos rodea, lo que influye en nosotros. Cuando amamos, no amamos, sino que es el vino que bebemos el que ama; cuando odiamos, no odiamos, sino que es el pesado flan, ese que nos ha caído mal, el que odia. Si somos ingeniosos, es porque la ropa que llevamos nos gusta, o porque un sonido simpático ha llegado a nuestro oído, un sonido que ha dinamitado la cárcel de nuestra razón, porque un rayo de luz maravillosa ha incidido sobre nuestros ojos. Por sí mismo, el hombre no es capaz de crear nada. Todo está en las circunstancias en las que vivimos. Y el hombre debe saber escogerlas mientras pueda. Cierto, la ropa hace a la persona, la ropa como un resumen simbólico de la vida, la vivienda, las comidas, el trato, los libros. Rodéate de alegría y estarás alegre; rodéate de perfección y serás perfecto.

En ese momento aparcaba el carruaje que debía llevar al soñador hasta la estación con todas sus prendas. Orgulloso, Thomas pasó por delante del sastre, que hizo una profunda reverencia. En la estación, hizo lo que le había aconsejado el sastre y, una vez estuvo por fin aseado, con ropa nueva, sentado en el tren, se gritó a sí mismo:

—¿Lo ves, Thomas, malvado escéptico? Esta vez tengo razón. La ropa hace a la persona. Y ahora soy realmente un hombre. Y en cualquier caso, cuando uno busca la felicidad, debe ir vestido decentemente.

Desde que Agathe se le había aparecido en medio del camino del dolor en forma de ángel terrorífico, todos los soliloquios de aquel buscador de la verdad acababan con la idea de la alegría. Cuando la encontrase, lo sabría. El primo Lachmann entendía de esas cosas. En su casa él encontraría la alegría y la perfección.

A decir verdad, no encontró en casa de su amigo ni una cosa ni la otra, sino a su hermana Agathe.

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Una respuesta a “El buscador de almas (III)

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