El buscador de almas (IV)

Georg Groddeck

XIII. ¿LOCO O MALVADO?

En cuanto la señora Willen se recuperó de su desmayo, se dispuso, sin vacilar, a capturar de nuevo a su fugitivo hermano. Al vicario, que estaba lleno de remordimientos, le encargó recabar toda la información posible entre las autoridades de las localidades vecinas. Alwine se quedó al mando de la casa y de la cocina, y recibió instrucciones estrictas de impedir, con astucia e inteligencia, que el doctor Vorbeuger viniera a visitar al paciente. Agathe, por su parte, se fue directamente a la estación de ferrocarriles y se subió al siguiente tren que la llevara hasta la ciudad donde vivía Lachmann. Tenía que averiguar si lo que tenía su hermano era peligroso para la comunidad o no. Si estaba contagiado de escarlatina, tenía intenciones de dejarlo en manos del insensible verdugo, el doctor Vorbeuger.

El divertido primo estaba sentado a la mesa del desayuno, a punto de destrozar un muslo de pavo, cuando llegó la prima Agathe, que había empujado a un lado a la criatura del servicio que quiso anunciar su llegada y ahora estaba en la puerta, erguida y seria. Lachmann se puso de pie de un salto, rodeó a su vieja amiga con el brazo derecho, todavía armado con un cuchillo, y la hizo pasar con una radiante exclamación de júbilo, al tiempo que su mano izquierda blandía hacia el cielo el muslo de pavo, como hace un dios de la guerra con su espada.

Con un fuerte movimiento del brazo, Agathe lo empujó hacia atrás.

—Déjate de tonterías, Ernst —lo increpó ella—. Pensaba que eras lo suficientemente mayorcito como para ser algo razonable.

El primo retrocedió rápidamente.

—Tal vez nunca sea un hombre razonable. Pero sí que he aprendido una de tus enseñanzas. Comer es mejor que amar. Así que, ven, hay suficiente para los dos. Y luego me cuentas lo que te ha traído hasta aquí. —Dicho esto, se sentó y le puso delante un plato.

Sin responder una palabra, Agathe se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Cuando ya tenía una mano puesta en el picaporte, se le quebraron las fuerzas. Con la cara vuelta hacia la pared, se detuvo y aguardó.

Por un buen rato Lachmann se contuvo. Pero entonces dejó caer el tenedor y gritó:

—O bien se come o se ama. ¡Sólo puede hacerse una de las dos cosas! —Entonces se puso de pie y le besó la mano a su antigua novia—. Ya sabes que sólo quedo satisfecho cuando tengo que pedirte perdón por algo. —Y dicho esto la condujo hasta la mesa, le tomó la mano y añadió—: ¡Cuéntame! Te ayudaré.

Y Agathe le contó. Una vez dichas las primeras palabras, empezó a sentirse un poco mejor de ánimo, aunque no sabía si era consecuencia de su confesión o si aquella tranquilidad emanaba de la mano del médico.

Lachmann la escuchó en silencio, sólo de vez en vez un ligero temblor de sorna recorrió sus labios. Cuando le habló de su miedo a la escarlatina y del doctor Vorbeuger, el médico rompió a reír a carcajadas.

Agathe le retiró la mano, malhumorada.

—Te ríes de todo lo que me causa temor, y de ese modo no podrás ayudarme.
—Perdona, prima, no puedo evitar tener cierto sentido para las situaciones cómicas. Ese Vorbeuger, al que conozco de la universidad, se merece su nombre. Él es el miedo personificado, y cuando oigo hablar de él, no puedo sino reírme. Y ahora me vienes con esto del diagnóstico de la escarlatina.

Agathe miró a su primo con expresión de duda, pero éste ya estaba ocupado de nuevo con su desayuno.

—¿Es que no lo crees?

Lachmann negó con la cabeza.

—Tu hermano tiene tanta escarlatina como tú o como yo. En primer lugar, ya la tuvo hace mucho tiempo. En cualquier caso, es posible contagiarse por segunda vez, pero ¿aquí? No.
—¿Cómo puedes afirmar tal cosa con tanta seguridad?
—Porque mientras estuvo aquí, August tuvo vuestra escarlatina tres veces seguidas. Yo intenté animarlo y puedo decirte que bebía como un cosaco. Por las noches estaba por lo general bastante destrozado, y por las mañanas se sentía muy mal. Al s gundo día sentí compasión por él y le di antipirina. Un par de horas después estaba rojo como un cangrejo cocido. Eso le sucede a menudo a las personas que tienen un sistema circulatorio muy sensible, y por eso no me asombré demasiado. Pero a tu hermano, que todo el tiempo se comportó como un niño eufórico que escapa de una educación severa y alcanza la libertad, le divertía tener la piel llena de puntos rojos. En una ocasión llegó a afirmar que era un estupendo remedio, pues así uno podía ver el éxito con sus propios ojos. Además de eliminar el dolor de cabeza y los mareos, ese polvo expulsa de la piel el vino tinto de manera visible. Y en otra ocasión… Dime una cosa: ¿es tu hermano un malvado? ¿Tiene algo en tu contra?
—¿August? No, de eso nada. Vivimos en perfecta armonía. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, juzga por ti misma. La segunda vez que afloró la irritación tras tomar la antipirina, vino adonde yo estaba y me dijo: «¿Crees que éste es un buen medio para enfadar a Agathe? Si vuelve a sermonearme, me tomaré esto y le haré creer que tengo la escarlatina».

Agathe se sublevó.

—¡Lachmann!
—Es literalmente cierto.
—Pero entonces no está loco. Entonces es un… Oh, eso sí que es ser malvado, es infame, una bajeza. —Agathe apoyó un brazo sobre la mesa y hundió la cabeza en él.

El primo se sintió incómodo. Ver llorar a su antiguo tesorito le llegaba al corazón. Con ambas manos intentó levantar la cara de la mujer.

—Por el amor de Dios, no llores —dijo.

Agathe negó con la cabeza, que permanecía todavía oculta entre los brazos.

—No estoy llorando. Estoy alegre, inmensamente alegre. —De repente alzó la cara y la apoyó sobre una mano—. De verdad, no sé cuánto daría por que se tratara de una travesura ingeniosa de mi hermano, con el fin de enfadarme. No es imposible. En estos últimos tiempos he vivido en una constante lucha con él. Las rojas guerreras nos han dividido y no puedo negar que le he soltado alguna que otra monserga. Lo creo muy capaz de tramar una venganza mezquina como ésa.

Lachmann movió de un lado a otro la cabeza.

—Pero él ya no es hombre suficiente para eso. Antes sí, pero tú lo has hecho doblegarse demasiado. No se atrevería.

Agathe se enfureció al momento.

—¿Que no se atrevería? ¿Y por qué no, si me permites la pregunta? ¿Porque no lo crees capaz de hacerlo? Como si lo hubieras juzgado bien alguna vez. Siempre has estado criticándolo, siempre lo subestimaste.
—Pero, mi querida Agathe, tú sabes tan bien como yo que August es un mero corderito desde que has depositado sobre él tu mano protectora.
—Conque esas… ¿Qué? ¿Debí dejarlo tal y como tú me lo entregaste en su momento, cuando empezamos a vivir juntos? Dios mío, cuando pienso en el primer año, en cómo estaba él. Todas las noches salía y nunca regresaba antes de la una o las dos, siempre parloteando y con la cabeza atiborrada únicamente de política y de otras bobadas sacadas de los periódicos. No, no. Puede que para ti eso esté bien, pero entonces August estaba en un estado lamentable, y yo hice bien en quitarle esos hábitos licenciosos.
—Y el resultado de tu educación es que ahora lo has vuelto loco.
—¡Qué dices! Él no está loco.
—Ya veremos, ya veremos. —Lachmann empezaba a acalorarse también, como su prima. Se puso en pie de un salto y empezó a caminar por la habitación de un lado para el otro—. Y cuando lo hayas atrapado, ¿lo retendrás del mismo modo, por su propio bien?

Agathe lo miró perpleja.

—Por supuesto que lo haré. ¿Crees que puedo tolerar gente irresponsable a mi alrededor? Tú deberías saberlo.

Lachmann se detuvo delante de la mujer y la miró con enfado.

—Lo sé muy bien. No es necesario que me lo recuerdes.

La mirada de Agathe se volvió insegura. Se dio la vuelta y se sirvió una copa de vino.

—Ahora veo todo el asunto con claridad. No es más que una broma de ese chico —dijo, riendo y alzando la copa—. ¡Vamos, Ernst! Mantengamos la paz, somos demasiado viejos para estar siempre a la greña.

Lachmann brindó con ella.

—En eso tienes razón —dijo, y se sentó de nuevo, y a continuación puso manos a la obra, por tercera vez, con su ración de pavo.
—Ahora sí que podrías servirme algo —dijo Agathe, pasándole el plato.

Mientras le servía, Lachmann empezó a hablar de nuevo.

—Todo eso está muy bien y es estupendo que hayas recuperado el apetito, pero a pesar de todo sigues sin saber dónde se ha metido tu hermano.

Agathe no se inmutó.

—Ya dará señales. Ya lo verás. Vendrá hasta aquí. Ah, qué bien que haya venido a verte de inmediato. No sabes lo mucho que me has consolado.
—Oye, Agathe, tu hermano no está del todo bien, sin duda no lo está. Aquí no hizo más que cometer una tontería tras otra.
—Tú siempre lo ves todo negro, Ernst. ¿Por qué no iba a cometer tonterías tras conseguir escapar de la estricta disciplina impuesta por mí? ¿Es que tú nunca haces ninguna?
—Raras veces. Yo, en tu lugar, no estaría tan seguro.

Agathe clavó los dos codos sobre la mesa.

—Mira, escucha una cosa. Por lo que conozco a mi hermano, veo que se ha contagiado nuevamente con tus malos principios y ha tenido una recaída en su época de libertinaje. Si ése es el caso, apuesto diez a uno a que llegará aquí hoy mismo para salir de paseo contigo. Y si alguien lo tiene todo tan claro como para salir a buscar al peor borrachín para que éste lo acompañe de bares, entonces no está loco.
—¿Y si no viene?
—¡Vendrá! ¡Puedes fiarte de ello! ¿Apostamos?
—Bien, ganaré yo. Y tú pagarás una garrafa de champán y te la beberás hasta el final.
—De acuerdo, recibiré mis…
—No, no recibirás tus cartas. Pero te daré cien marcos para tus sopas caritativas.

Agathe ganó su apuesta. Cuando ambos regresaron de un paseo, encontraron un telegrama del vicario diciendo que August Müller iba camino de casa de Lachmann. El primo pagó en silencio el dinero debido. Por la noche, se sentaron a la mesa tranquilamente, a esperar. Agathe había prometido someterse voluntariamente a los consejos de Lachmann y dejarse guiar por él.

Cuando Thomas, al entrar, vio a su hermana, frunció un poco el ceño, pero luego la saludó con jovialidad.

—Está muy bien eso de que tú también hayas venido, hermanita querida. Pasaremos un rato agradable juntos. ¿No es así, viejo Lachmann? Pero, sobre todo, dame algo de comer, que me muero de hambre.

Mientras le servían, habló de esto y de lo otro, preguntó por Alwine y por la casa, por la consulta de Lachmann, por las novedades del día. Agathe, que lo miraba de reojo, sacudió la cabeza varias veces, asombrada, mirando de vez en cuando a Lachmann. El hermano estaba exactamente como antes, alegre, cariñoso, como si nada hubiera ocurrido. Ella respiró aliviada. Sin embargo, estaba ansiosa por saber qué había pasado en el alma de esa persona en los últimos días. Si Lachmann no se lo hubiese prohibido de un modo tan estricto, ella se habría adelantado con alguna pregunta a propósito de las vivencias de su hermano.

Durante la comida, el recién llegado preguntó de forma inesperada.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte, Agathe?

Agathe dirigió una mirada escrutadora a Lachmann, que alzó el dedo en señal de advertencia.

—Oh, no tengo prisa —dijo ella—. Alwine se ocupará muy bien de todo. Podemos quedarnos tranquilamente unos días aquí con el primo y luego hacemos juntos el viaje de regreso.

El hermano inclinó aún más la cabeza y no contestó nada. Poco después, en cambio, empezó a parlotear nuevamente. Se informó acerca del teatro y los conciertos, preguntó por el circo, y cuando Lachmann propuso ir juntos al teatro, él lo aceptó con agrado. Pero antes debía pasar por el hotel para cambiarse de ropa.

—Ah, de modo que ya te has instalado —dijo Lachmann—. ¿Dónde te alojas?
—En el Löwe, como de costumbre. Hasta luego.
—¡Espera, espera! Iré contigo —exclamó Agathe—. Esperemos que aún tengan alguna habitación libre para mí.

El hermano ya estaba en el pasillo.

—Hasta donde sé, el hotel está completo.
—¿Qué me dices? —exclamó Agathe, poniéndose delante del espejo y ajustándose bien las cintas de su sombrero, de las que estaba tan orgullosa—. Seguro que encontrarán un lugarcito para mí. ¡August! ¡Pero espera, August! —le gritó al que se marchaba a toda prisa, pero tuvo que resignarse a dejar su obra de arte a medias para no perder de nuevo al hermano recién atrapado.
—Nos encontramos frente al teatro —gritó Lachmann, que estaba en la parte superior de la escalera y los alumbraba.
—Podrías reservar un palco —se oyó decir desde abajo.
—¿Un palco? —intervino Agathe—. No es necesario, August. Un palco es demasiado caro.

Lachmann la interrumpió.

—Sí, sí, claro. Así es más cómodo. Yo me ocuparé de todo, primo.

A Agathe le enfadó la mirada burlona que su hermano, el despilfarrador, le lanzó al subir al coche, pero ella no dijo nada, e incluso logró controlarse y tolerar en silencio la abierta impertinencia de su hermano en el hotel. August pidió que le dieran el plano del edificio, y con el pretexto de que su hermana no podía alojarse demasiado alto por su miedo a un incendio, le buscó la habitación más cara de todo el edificio. Quiso el azar que ésta estuviera justo debajo de la suya.

—¿Te parece bien así? —le dijo él cortésmente, volviéndose hacia la pequeña mujer, que se tragó con entereza lo que hubiera querido decir: «No, de ningún modo». Y es que Agathe vio cómo el rostro de su hermano se torcía en una mueca y otra vez afloraba en él aquella mirada de ternero moribundo que tanto la había asustado en otra ocasión.
—Bueno, lleve usted a la señora a la número 10 —dijo Thomas, y se marchó silbando.

El resto de la noche transcurrió tranquilamente. Los tres presenciaron con inocente alegría la obra teatral y cenaron luego juntos en el Löwe. Para la mañana siguiente, acordaron tomar el desayuno juntos en casa de Lachmann. Luego los dos caballeros quisieron tomar un aperitivo en la taberna del Lord, donde esperaban encontrarse con un par de amigos.

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XIV. ¿TEJE EL CALCETÍN O ES TEJIDO?

A la mañana siguiente, Agathe despertó con la magnífica sensación de haber dormido bien por primera vez en mucho tiempo, y cuando pensó en la manera tan agradable en que había acabado el día anterior, su ánimo se llenó de dicha, una dicha que casi la hubiese llevado a emprender el solemne ritual de vestirse con una alegría casi juvenil. Pero justo a tiempo para impedir que se pusiera a hacer pompas de jabón con la esponja de baño, se dio cuenta de que debajo de la toalla arrojada despreocupadamente sobre una silla había dos gruesas cintas violetas que colgaban allí como un reproche, como los brazos fláccidos de una mujer resignada. Las cintas le recordaron que la noche anterior había lanzado a un lado el sombrero con un gesto casi sacrílego, en lugar de guardarlo, como de costumbre, en su estuche. Entonces se avergonzó, acabó su aseo con la dignidad y la parsimonia correspondientes y, como si quisiera de algún modo compensar al ornamento por la mala noche pasada, ató las cintas con gestos milimetrados.

La consecuencia de ese esmero tan prolongado fue que ya no pudo encontrar a su hermano. El caballero se había marchado hacía diez minutos, le dijo el portero. Al momento Agathe se sintió sobrecogida por el temor a una nueva fuga. Estuvo a punto de tomar un coche para llegar cuanto antes donde su consejero, el primo Lachmann, pero una idea mejor, la de ahorrarse esos marcos para el ajuar de Alwine, la convenció de ir a pie.

Por el camino se produjo una pugna entre la conciencia de su edad y el deseo de llegar rápidamente a su destino, y de esos sentimientos encontrados parecían participar incluso las cintas del sombrero; por lo menos, cuando Agathe llegó a casa de Lachmann, jadeante, una de las cintas estaba hacia arriba, en actitud emprendedora, mientras que la otra se inflaba dándose doble importancia.

Ya en el pasillo oyó las risotadas de los dos hombres. Respiró aliviada y, feliz por tener de nuevo a quien creía perdido, entró en el salón.

—¡Buenos días, señores! ¡Os divertís! Perdonad que llegue tarde. Pero tú, August, hubieses podido esperar. Casi me muero de miedo —dijo y calló de repente. Ahí estaba de nuevo aquella mirada de ternero—. En realidad, ha sido desconsiderado de tu parte.

El aludido la miró fijamente.

—¿A qué hora partes? —preguntó August.

Agathe se quedó tiesa. No sabía qué decir.

—Vamos, Ernst, deja ya esa risa estúpida —increpó al primo, pues recordó que tenía que hablar con suma cautela ante su hermano—. ¿Que cuándo parto? Ya sabes, me quedaré todo el tiempo que quieras estar aquí. Y luego, cuando estemos los dos en casa, estaremos otra vez bien. Estos últimos tiempos han sido terribles. Un minuto antes de marcharme estuve en tu habitación, la edición de Don Quijote estaba abierta sobre tu escritorio, justo en esa conversación en la que el cura y el ama de llaves comentan la huida del caballero. Sentí como si el libro suspirara, y creo que hasta una lágrima cayó sobre él. Espero que no haya quedado ninguna mancha. —Dicho esto, se acercó a su hermano y le puso una mano sobre el hombro con gesto cariñoso—. Cuánto me alegro de tenerte de nuevo, August.
—Thomas.

Agathe dio un paso atrás.

—¡Por el amor de Dios, August!
—Thomas, Thomas Weltlein. ¿Has olvidado lo que te escribí? La verdad es que no te entiendo. ¿Dónde está tu coraza, dónde están los guantes? En casos de escarlatina, el peligro de contagio se prolonga durante seis semanas.

Involuntariamente, Agathe retiró su mano del hombro de August. Thomas sonrió satisfecho.

—¿No es cierto, Lachmann, que son seis semanas?

La hermana, entretanto, se había recompuesto.

—¿Pero es que ya no lo recuerdas? —dijo, riendo contenta y tomando su mano—. No tenías la escarlatina. No fue más que una broma de las tuyas, gracias a Dios.

Thomas se llevó la taza a la boca. Al primo, que hasta entonces había estado observándolo todo en silencio, casi le pareció que August estaba intentando reprimir una sonrisa. Caballerosamente indignado, intervino.

—Agathe tiene mucha razón. Es hora de que dejes ya esas estupideces. Por pura maldad tomaste la antipirina, y nadie puede hablar de que tengas escarlatina.

Nunca antes Thomas había sido capaz de levantarse con la rapidez con la que se incorporó entonces, ni siquiera cuando se fugó del carro del trapero.

—Lo que sentís es envidia —gritó, al tiempo que pegaba un puñetazo sobre la mesa—. ¡Envidia! ¡Bah…! Bueno, perdonad —dijo, y continuó en un tono más sereno—. No es apropiado que olvide las formas de este modo. Pero os creía poseedores de una forma de pensar más distinguida. Pero como tenéis una mente tan mezquina, no me creéis digno de que el demonio de la fiebre me haya escogido a mí entre muchos, y queréis aleccionarme diciendo que la rojez de mi cuerpo es causada por una simple intoxicación con un medicamento.
—Te lo aseguro, lo provocó la antipirina —dijeron al unísono los otros dos.
—¿Ah sí? ¿Y la metamorfosis? ¿Y esa expansión enorme de mi alma? ¿También es por culpa de la antipirina? ¿Y la victoria sobre esos monstruos rojos? ¿Eh? ¿Es que lo habéis olvidado? ¿Acaso no están muertos, destruidos, exterminados? ¿Y qué sabéis vosotros de los tres símbolos? ¿Y del camino del dolor? ¿Del túnel de la humillación? Ésa de ahí… —dijo señalando a su hermana— es una mujer. Las mujeres jamás podrán comprender la grandeza de los hombres; yo la perdono. Pero tú… —dijo, dirigiéndose esta vez al primo—. En tu caso es envidia. ¡Eres médico, y en tu mezquina alma de médico, que ha inflado como un globo la admiración de los enfermos y los débiles, te recome las entrañas el no haber sido tú quien hiciese el descubrimiento de ese contagio interior, sino yo, un lego, un enfermo, un esclavo de los médicos!

Lachmann había recuperado hacía rato su capacidad reflexiva.

—¿A qué descubrimiento te refieres?

Agathe intervino, llena de miedo.

—Por el amor de Dios, déjalo, déjalo, si empieza a hablar de eso no acabará nunca. Está desvariando.

Thomas se acomodó en la silla dignamente.

—No estoy desvariando —dijo, tranquila y suavemente—. Sólo os diré lo que sea estrictamente necesario para que entendáis ciertas cosas. Necesito a Lachmann. Él debe asumir esa parte de mi misión en la vida, y no dudo de que con su capacidad de trabajo y sus conocimientos pueda ser útil a una causa que será de gran provecho para la humanidad, la cual, además, le dará gran renombre. Entre otras cosas —dijo, dirigiéndose a su primo—, he averiguado que es injusto combatir de manera incondicional cualquier enfermedad. Ya ves que es algo que te concierne como médico. La enfermedad no es ni con mucho una enemiga de la civilización, como ha querido hacernos creer el parloteo de los médicos, cosa que, en efecto, ha conseguido; la enfermedad es más bien una de las herramientas a través de la cual la naturaleza ha impulsado al hombre a alcanzar la altura que tiene. Si se eliminan todas las enfermedades, se destruye con ellas toda moral y toda religión, se impide el desarrollo del individuo y de la colectividad, y afirmo que la higiene moderna es un perjuicio, una negligencia, algo que daña la verdadera nobleza del hombre.
—En eso no dejas de tener razón —le concedió Lachmann. Agathe vio con ojos de perplejidad que su primo escuchaba en serio a aquel demente.
—Entiendo —continuó Thomas— que por fin ves algunas cosas claras, cosas que hace tiempo ya intuías oscuramente, como las intuye todo el mundo. Así me ha sucedido a mí. En un primer momento me sentí totalmente sorprendido ante ese nuevo rostro que me mostraba el mundo. «¿Cómo? ¿Que las epidemias pueden ser un estado deseable?», me pregunté. «¿La mortal tuberculosis, la infamante sífilis pueden ser algo útil, y hasta una condición del progreso?». La respuesta que me di puedo leerla ahora en tus ojos. Pero esa idea me obliga a continuar, a ir más allá. ¿Por qué busca el hombre el peligro? Porque en la lucha se siente crecer, porque se vuelve más noble en la miseria. Sócrates lo sabía, Cristo lo sabía, ambos buscaron la miseria, la muerte, y así lo busca cada cual en todas las épocas. Cada hombre, todos los hombres aman la desdicha, porque ella los ennoblece. Y la gran naturaleza, por donde la mires, hace lo mismo que el hombre. Todo lo sublime surge de la desdicha, los cazadores de felicidad son todos despreciables. —Con un enérgico gesto del brazo, Thomas trazó una línea en el aire para demostrar lo bajo que estaban en su aprecio. La cara de Thomas Weltlein mostraba ahora la expresión de una esforzada reflexión—. La miseria nos enseña a orar, y ésa es una palabra honda. Eso quiere decir que la miseria del hombre o de toda la naturaleza es la prueba auténtica de la existencia de Dios. En la desgracia es donde se manifiesta su bondad del modo más expresivo.

En ese momento, hasta Agathe lo escuchaba con las manos plegadas.

—Habla como el bueno de Breitsprecher —dijo, en estado de embeleso.
—Calla —la abordó Thomas con una expresión grandilocuente—. ¿Qué pueden enseñarnos los párrocos, ahora que estamos hablando en serio? Como si existieran los pecados. ¡Fuera los pecados! —exclamó, apartándolos con un gesto de la mano—. Si queréis seguirme, debéis dejar ahora todo lo que amáis. Tendréis que volver a ser hombres. La interrupción es algo inhumano. Pero así son las mujeres. Siempre se imaginan que pensar es como tejer un calcetín, algo que puede interrumpirse y luego retomarse, y en lo que no importa un par de puntos olvidados. En realidad es un error decir: «Tejo un calcetín»; por lo menos es impreciso, pues también podría decirse que el calcetín me teje a mí, y con ese giro se pone de manifiesto que se tiene una noción sobre el curso de la historia universal. El hombre no hace, sino que es hecho. Cuando Agathe me teje un calcetín, sé que luego tendré una prenda con la que cubrirme los pies, y eso puede alegrarme. Pero si digo que el calcetín está tejiendo a Agathe, veo de una vez ante mí la historia del género femenino, cómo se ha ido dejando degradar y se ha degradado a lo largo de los milenios al ocuparse de cosas sin importancia. No hay nada más estúpido que nuestra gramática, nuestra lengua, esa herencia de las eras más oscuras, que pone obstáculos en el camino a toda verdad y se burla de todo pensamiento lúcido. ¿Cómo se puede trepar montañas con unas piernas debilitadas por la edad? Pero eso es algo para el filólogo que habré de encontrar, no para un médico. Sin embargo, es también algo para ti, primo, que eres médico, también para ti será aleccionador. Aún habrás de aprender de mí a diagnosticar. Mira a mi hermana. Piensas que es la misma Agathe de hace veinte años, ahora un poco más vieja, pero la misma, en esencia. Grave error. ¿Sabes lo que es? Agathe es el lazo de un sombrero.

Lachmann casi dio un grito de placer, mientras que Agathe se levantó de un salto, indignada. Thomas continuó serenamente:

—Sí, sin duda. Cuando se casó con el buenazo de Willen y muy poco después comprendió la estupidez que había cometido, quiso volverse una persona razonable. Y para obligarse a ello, se inventó el digno ornamento de cabeza de las madres, ese sombrero con largas cintas; y cada día se lo ponía y se ataba a conciencia un lazo bien hecho. Eso fue así durante un buen tiempo. Pero ahora, desde hace años, todo es diferente. Agathe es atada por ese lazo. Las cintas la arrastran por la vida, como el cuchillo del carnicero a un ternero. ¿Acaso no es así, hermanita?

Agathe cerró los ojos. Recordó sus vivencias de esa mañana. Entonces Thomas se le acercó riendo bondadosamente y la agarró por la cintura.

—¡Adiós, querida! Nos vamos de bares. —Cuando ya estaba en la puerta, se volvió una vez más hacia la vieja pareja de enamorados que se estrechaban las manos a la vez que dirigían elocuentes miradas de soslayo a aquel loco, él—. Vosotros mismos veis que una visión del mundo de esta índole, como la que tengo yo ahora, sólo puede adquirirse mediante violentas sacudidas que me transformaron. ¿Y qué es lo que se supone que me ha transformado, sino la fiebre escarlatina? —Thomas echó la cabeza hacia atrás con arrogancia, pero de inmediato la bajó de nuevo y añadió en tono reflexivo—: ¿De qué otro modo habrían podido desaparecer esos monstruos rojos?

Desde la ventana, Agathe vio cómo ambos se alejaban charlando animadamente.

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XV. DOCENDO DISCIMUS

Cuando los hombres llegaron al pequeño vestíbulo de la taberna llena de humo, les llegó desde dentro un vivo y confuso rumor de voces. Algunas palabras aisladas sonaban altas y nítidas, una voz venenosa y estridente se acaloraba con ellas y una sonora carcajada se mezclaba en todo ello.

—Ése es el capitán Barlow, que se está burlando del Lord —le explicó Lachmann.
—¿Y quién es el tal Lord?
—El tabernero, enseguida lo verás —dijo, y abrió la puerta, al tiempo que arrastraba consigo a su amigo dentro del oscuro recinto donde, en torno a una mesa redonda, estaba sentado un grupo bastante variopinto. Lachmann presentó a su compañero fugazmente como el señor Thomas Weltlein, y ambos se sentaron en silencio a la mesa. Thomas cayó al lado de un hombrecito muy delgado y entrado en años, el magistrado Warnemann, que le hizo un guiño con sus ojos pequeños, con cierta picardía, como si quisiera decirle: «Estupenda diversión».
—Malo es este vino tinto, Lord —le gritó el capitán, que estaba de pie, con las piernas abiertas, junto a la ventana, sosteniendo una copa a contraluz—. Ha mezclado usted aquí zumo de bugalla y agua con azúcar, y luego nos ha metido en la mezcla la roja nariz; de ahí obtuvo el color.

Thomas le dio un codazo a su amigo.

—Ahí tienes un buen ejemplo, el de la nariz. Contagio interior.
—Borrachera, eso es lo que es —respondió Lachmann, y el magistrado asintió, frotándose las manos—. Bueno, en el caso del señor magistrado puedes hablar de contagio. Ese hombre se ha frotado la justicia tantas veces entre las manos que se las tiene que lavar como un inocente incluso cuando se divierte.

El magistrado rio. Su risa sonó como si alguien sacudiese unas monedas en una lata.

—Va a perder el juicio, salvador de la humanidad.

El tabernero acababa de quitarse los quevedos de la nariz y los pisoteó con rabia.

—El señor capitán está cometiendo una injusticia con el Lord —intervino un joven oficial, y empezó a mirar de reojo la punta de sus relucientes botas—. El vino pierde color. Cada vez que el Lord mete la nariz en la copa, en aquel rincón, el vino se pone cada vez más rojo.
—¡Muy bonito, sí, señor! ¿En qué piensa para estar andando por aquí con esas pantuflas? ¿Acaso es propio de su condición de Lord? —exclamó entonces el profesor Kietz, echando una ojeada burlona al oficial de botas charoladas—. El hábito hace al monje.

Thomas se removió en la silla y abrió la boca dispuesto a hablar. Entonces se alzó la grave voz gutural de un señor grueso y corpulento que estaba en el extremo de la mesa.

—¡Señores, señores! Estamos aquí para divertirnos. Divertirse es lo máximo. ¡Traiga vino, mi Lord! ¿No es cierto, coronel Wachter? ¿No piensa usted lo mismo? —Y dicho esto, alzó su copa y brindó a la salud del hombre sentado a su lado, que levantó la nariz con el bigotito de cosaco y una expresión belicosa en la boca, colgante, al tiempo que, con los dedos, tamborileaba una marcha sobre la mesa, como si en nada le concerniese la historia.
—El viejo oficial de guardabosques Lange siempre se divierte, al menos mientras le alcance su mesada. Sólo puede gastar un tálero diario, pues la jefa no le suelta más —explicó Lachmann—. ¿Por qué estás siempre boqueando como un pez fuera del agua? ¿Acaso no te gusta?

Thomas negó con la cabeza.

—Aquí siempre hablan de alegrías y de diversión. Yo podría decir también cosas al respecto, algunas significativas. Pero ni siquiera me dejan empezar, mucho menos desahogarme.
—Gracias a Dios, aquí tienes que permanecer calladito. ¡Pero deja ya de abrir la boca! Podrían burlarse de ti. Es preferible que observes la cara que pone ese zafio, el coronel retirado Wachter. Ya está calculando cómo sacarle del bolsillo el tálero al panzudo bonachón que tiene a su lado; jugando a las cartas, es el tramposo más hábil del mundo. Y yo, por cierto, participaré de ese robo.

Lachmann se puso de pie y, unos instantes después, estaba sentado aparte, jugando a las cartas con los dos señores.

—Sólo hasta la una —gritó el oficial de guardabosques, y se puso los quevedos en la misma punta de la nariz—. Luego la jefa y el niño vendrán a recogerme para el paseo.
—El niño ya tiene treinta y nueve años —le cuchicheó al oído el magistrado, maliciosamente.

Thomas, enfadado, alzó la mano. Del otro lado llegaron unas palabras que despertaron su interés.

Docendo discimus —oyó decir a un hombre de cara bien rasurada; no sabía si se trataba de un clérigo o de un actor—. Nada más noble que enseñar a la juventud, señor profesor.

El profesor Kietz cruzó las piernas y apartó la copa de vino para colocar ambos brazos sobre la mesa.

—Bueno —exclamó burlonamente—. Pues hasta ahora yo no he aprendido nada salvo que el Estado nos paga mal a los maestros. Es preferible cuidar a un rebaño de carneros que dar clases a alumnos de instituto. Si al menos se les pudiera pegar a esos mocosos.

Por fin Thomas consiguió colar una frase en medio de todo el bullicio.

—Las callosidades en el trasero provocan callosidades en el alma.

El clérigo alzó su copa y bebió con jovialidad a la salud de Thomas.

—Bien dicho, muy bien dicho. Con la bondad se alcanza todo y nadie más debe castigar salvo Dios.
—Y su representante, la Iglesia —se burló el profesor—. Claro, usted lo tiene fácil, señor párroco. Ningún granuja de ésos va y le pintarrajea el púlpito con tiza o tinta. Cuando usted aparece vistiendo sus atributos, todos guardan silencio, y habla usted desde el confesionario como si fuese Dios en persona. Sus palabras son revelaciones, leyes. Usted no enseña nada, de modo que tampoco sabe si alguien aprende algo de lo que dice.

Thomas casi salta de la silla a causa de la excitación. El aprendizaje en la enseñanza era algo que le interesaba en lo más hondo. Era un nuevo camino, en caso de que fallaran los altos vuelos de la alegría.

—Olvida usted que yo también aprendo algo durante la confesión, tal vez más que cualquier otro ser humano. Y nuestro cargo nos obliga a ser padres espirituales, a consolar a los enfermos, a los presos, a ser guía de los hombres en la lucha con la duda y la conciencia, en la que, a cada momento, pasamos a ser nuevamente discípulos. Cada hora nos revela nuevos secretos, nuevos milagros de Dios.
—Ya me gustaría tener una situación tan cómoda —gruñó el profesor.
—Usted piensa en muy malos términos acerca de nuestra profesión, y eso no es justo, pero es una pena que desprecie usted de ese modo la suya.
—El oficio de un clérigo es el más alto grado de… —empezó diciendo Thomas, pero fue interrumpido por la sonora carcajada de los dos oficiales. Entre ellos estaba sentado un hombre con rasgos faciales muy marcados, con bigote y una imponente nariz de azor; hablaba vivamente, gesticulando, enfatizando con sus manos y la expresión de su cara el contenido de sus palabras, provocando de vez en cuando en sus dos interlocutores auténticos ataques de risa.
—Ya vuelve ese Don Quijote con sus patrañas —exclamó el profesor.

Thomas ya no pudo contenerse.

—Permítame que le diga —exclamó— que Don Quijote no era ningún fanfarrón. Lo confunde con el barón de Münchhausen. Don Quijote no mentía a propósito.

Kietz se volvió hacia Thomas y se inclinó aún más encima de la mesa. Toda su cara había cambiado, una sonrisa agradable apareció en ella.

—Tiene usted mucha razón. ¡Perdone el lapsus linguae! Qué bien que me lo recuerde. Pero no puede imaginarse lo mucho que me alegra encontrar en usted comprensión para con la perla de toda obra de caballería. Cuanto más profundiza uno en ese personaje, tanto mayor es la admiración que se siente por esa alma pura.

Thomas alzó la copa hacia el hombre que acababa de hablar.

Docendo discimus, señor profesor. Hasta hace un momento lo consideraba un criticón, pero ahora me corrige usted y me muestra a un admirador de lo sublime.
—Nosotros, los maestros, somos todos unos criticones, señor Weltlein. Es parte del oficio. Qué podemos hacer si no es censurar. Se nos convierte en una segunda naturaleza.

Los ojos de Weltlein brillaron.

—Contagio por oficio; conozco eso. Pero dígame una cosa: ¿quién es ese Münchhausen de ahí del que hablaba usted?
—Afirma ser pintor, se hace llamar Keller-Caprese y lo cierto es que estuvo un tiempo en la Academia de Bellas Artes de Berlín. No se sabe si ha pintado realmente un cuadro alguna vez. En su casa cuelga un cuadro que les presenta a todos los que lo visitan como obra suya. Pero las malas lenguas dicen que fue un joven pintor el que le legó el retrato tras su muerte, en gratitud por haber dado de comer a aquel pobre diablo hambriento y haberle proporcionado un lecho donde morir.

Thomas alzó la mano en ademán solemne.

—Eso vale más que diez cuadros. Eso me conmueve. Y por ello hasta le perdono su nombre compuesto.
—Yo no creo en ese rumor —continuó el profesor—. El héroe de este cuento, se dice, fue expulsado de la Academia por falta de talento, y luego se sumió en circunstancias miserables. Y ahora el retrato se ha convertido realmente en una obra maestra, o por lo menos en un cuadro que muestra al verdadero maestro en ciernes en cada pincelada. No se expulsa a un hombre que es capaz de pintar algo así. Pues, a fin de cuentas, en la Academia hay todavía gente que entiende de arte. Estoy convencido de que ese tipo de allí se ha inventado él mismo la historia y la ha puesto a circular.
—Sea cierto o no —añadió Thomas—, me gusta Keller-Caprese—. Lo importante son las ideas, y esto es una idea.

El profesor rio con desdén.

—¿Ideas? Ideas tiene ese tipejo tantas como huevos puede poner un saltamontes.

Pero Thomas ya no lo escuchaba.

—Es más que una idea, es un símbolo, un símbolo viviente. Keller-Caprese: por el nombre debería sonarme. Lo sombrío y lo luminoso unido en un mismo nombre, eso es algo profundo. Y sobre todo en un pintor. El sótano húmedo y frío en forma de agua; la cálida, seca y viva Capri en forma de color. Y él, el verdadero pincel que une ambas cosas. Vea usted, lleva el pelo como un cepillo, es un pincel. O también puede verse así: el sótano es la realidad en su forma más abominable, con ratas y ratones, y Capri es el ideal, con su sol radiante, su magnificencia de colores, y el hombre en medio, el artista.

El profesor miraba al orador con los ojos desorbitados; Thomas se iba acercando cada vez más, y seguía hablando vivamente.

—¡Tienes que profundizar más, Thomas! Estás siendo superficial. Piensa tan sólo que el ideal y la realidad los tienes aquí, ante tus ojos, en esa persona que tienes delante. El pintor moribundo significa lo bello, el cielo, la Academia es lo terrenal, lo común, y en medio de ello está Keller-Caprese, el símbolo del espíritu humano, que une a la fuerza el cielo y la tierra y, al hacerlo, ve cómo la obra de arte se recuesta en su regazo. Sigue la voz que hay en ti, Thomas. El hombre allí es el amor al prójimo, el portador del cristianismo, una imagen del pensamiento a lo largo de milenios. —Entonces se detuvo, pero sólo para empezar de nuevo—. Más profundo, Thomas, más profundo: ¿qué es, a fin de cuentas, la grandeza, qué es el heroísmo frente a la mera condición humana? He aquí un cuadro de la inmortalidad. Lo simple, lo humano es inmortal.
—Basta ya —gritó el profesor—. Voy a volverme loco si tengo que seguir oyendo esto.
—Así son los hombres, no ven el símbolo, aunque lo tengan delante de las narices. —Thomas se puso de pie y miró con orgullo despectivo al profesor—. En agradecimiento por su historia, quiero contarle la moraleja. Se trata de una enseñanza, la de la superación de la muerte. ¿Lo entiende? No se trata de la gran hazaña, sino que es la mera condición humana, simple, la que vence a la muerte. Que Keller-Caprese haya ofrecido un lecho de muerte al moribundo y, a cambio, haya recibido un cuadro que ahora, con razón, muestra como obra suya, es algo simbólico. Algo muere para fomentar nueva vida, un símbolo de la eternidad. Su historia representa la unión carnal de dos mundos, el cielo y la tierra, y el nacimiento del arte. He ahí una idea que podría volverle loco. Su historia nos enseña que en lo más humano, en ese acto animal y divino de la fecundación, reside la eternidad, y que todo lo acontecido halla su cumbre allí. ¡Actúe según ese principio! Su anillo de casado me indica que puede usted hacerlo. Yo, en cambio, quiero honrar al profeta Keller-Caprese.
—Pues cierre bien su cartera —le gritó el profesor a sus espaldas—. De lo contrario le dejará sin dinero.

.

XVI. UNA CHINCHE QUE PINTA CON IDEAS Y AGUA DE ORO

Thomas se había acercado al pintor, que examinó con una rápida ojeada el traje de su nuevo oyente, pero luego, vuelto hacia los dos oficiales, continuó hablando.

—Sí, señores míos. Se lo repito a la cara. La paz eterna ha de llegar, tiene que llegar. Ustedes no querrán creerlo, no, no pueden creerlo. Pues están alimentados con sangre, viven del asesinato, y lo hacen irreflexivamente, como los miles y millones de personas que los rodean. Los hombres que comen carne han de pensar y actuar con avidez de sangre. Pero no es detrás de nosotros donde está el Paraíso, sino delante de nosotros. Jehová no miró con agrado la ofrenda de Caín de los frutos de la tierra, y vio con satisfacción al ensangrentado Abel. El fratricidio fue la consecuencia de ello. Pero en el futuro descansa un mundo en el que el hombre reprobará la guerra, pues se creará un corazón más benévolo a partir de las briznas de hierba del suelo y del zumo de las bayas que consuma. La guerra, y con ella vuestro oficio, señores míos, desaparecerá junto con el alimento de la carne.
—Según esa tesis, nuestros chicos tendrían que tragar mucha carne de res, para insuflar valor a sus piernas temblorosas —dijo riendo el capitán.

El pintor se volvió entonces hacia Thomas, que intentaba llegar a un silla vacía, pasando por delante de él. Arrimó entonces una silla y, con un gesto grandilocuente, invitó al huésped a que se sentara, como si le regalara un ducado entero.

—Tenga la bondad. Me alegra que me escuche, pues sé que digo la verdad. — Dicho esto, se volvió otra vez hacia el capitán y dijo con expresión digna—: Si el hombre no comiera carne, no habría soldados.
—Vamos, Lord —dijo el capitán, llamando al tabernero, que en ese preciso momento se disponía a teñirse la nariz—. Sacrifique para mí, como el bueno de Abel, una buena chuleta, pero que esté bien sanguinolenta. Quiero probar eso. Los chicos me han estropeado hoy el desfile, de modo que la sangre de la vaca debe darme la fuerza necesaria para la rudeza de la guerra.
—Y para mí también, para mí también —gritó el teniente, golpeándose las piernas por pura diversión, como si tuviera que amasarlas un poco antes de ponerlas a asar.
—Y ahora dígame una cosa, ángel de la paz —empezó diciendo el capitán nuevamente—, ¿qué pasa con usted? Si no me equivoco, le he visto recientemente yendo a comer ostras donde el eminente economista Leiner. ¿Cómo se concilia eso con su teoría? Usted es un renegado.

El pintor alzó la mano con cautela.

—No vaya a pensar, por favor, que soy un fanático, un héroe de la fe. Yo quiero investigar, conocer, demostrar. Y para ello necesito experimentar. De vez en cuando, cuando la duda sobre mi teoría se agita en mí, como carne. Y es precisamente entonces cuando noto en mi propio cuerpo y en mi espíritu que tengo razón. Todos los instintos animales afloran tras el primer mordisco, y durante semanas he de luchar conmigo mismo, a fin de superar de nuevo toda la crueldad que hay en mi interior. Mi mano intenta atrapar cualquier mosca que se pose sobre mis cuadros, y hace poco, después de haber comido las ostras, hasta maté un mosquito que me picó. Y ésa es la prueba, esa experiencia en carne propia. Ella me da confianza, guía mis visiones. Oh, no sabe usted cómo es. Veo ante mí una imagen, veo cómo el rugiente león, que busca el casto alimento de la tierra, reposa al pie del hombre santo, ambos amansados por la suave bondad de la naturaleza, ambos elevados sobre lo meramente animal, reconciliados con el cielo. ¡Si pudiera completarla! ¡Si ganara tiempo para dar vida a todas esas figuras que habitan en mí! Pero soy un hombre débil, a merced del instante. En miles de imágenes magníficas podría presentarle a la humanidad el Paraíso, la paz sobre la tierra.
—Con un león herbívoro —se burló el teniente—, y a su lado pinta usted a nuestro coronel comiendo pepinos encurtidos y limpiándole las botas, lleno de humildad, a su chico.

Thomas cogió al pintor por el brazo.

—Perdone, una pregunta. Este asunto me interesa, lo comprendo. Contagio interior, conozco eso. Pero ¿cómo se imagina usted la alimentación de las chinches y la reforma de su carácter?

El teniente, con cuchillo y tenedor, tocó en la mesa una marcha de impaciencia.

—¡Bravo, bravo! ¿Qué piensa que pasará con las pulgas y las chinches, pintor de las ideas?
—Ya no existirán. Se alimentan de criaturas carnívoras. Se extinguirán.

Thomas asintió con gesto caviloso. Le gustaba aquella explicación.

—Por cierto, no soy un profeta. No sé cómo será esto o aquello, pero el gran tren del futuro se presenta ante mí, veo claramente esa imagen de la paz, que llegará cuando el hombre renuncie a la carne y al alcohol.

Perplejo, Thomas miró el vasito que el pintor se estaba llevando a la boca en ese momento.

—Pero usted está bebiendo aguardiente. ¿Es que también está haciendo un experimento o lo necesita para iluminarse?

El capitán le cuchicheó algo al oído a su vecino:

—Oiga usted eso, Wachersleben; ese civil se toma en serio al pintorzuelo —dijo, y ambos prestaron atención a lo que iba a ocurrir.

Pero el pintor bebió su vaso y dijo con absoluta serenidad:

—Esto no es aguardiente. Es agua de oro de Danzig. No la necesito para iluminarme, sino, tal vez, para iluminar. En este líquido, en su combinación de colores al sol, estudio la tonalidad dorada de Tiziano, y a través de él, bebiéndolo, me apropio de esa tonalidad deliciosa. Es algo que me debo a mí mismo, porque soy pintor.

Thomas no oyó ni la risotada burlona de los dos soldados ni vio el pestañeo con el que el pintor les hacía señas a sus compinches de taberna. Lentamente, casi con cariño, pasó la mano sobre la falsa levita de terciopelo del artista.

—Usted ha comprendido, en lo más hondo, la esencia de las cosas —empezó diciendo—; y me gustaría que me diera más detalles sobre sus métodos a la hora de preparar los colores. Quizá yo pueda ayudarle. Pero hay algo que me maravilla: usted lleva ropas raídas, y debería saber que no hay nada más peligroso para el alma luminosa de un artista que una ropa de mala calidad. La belleza engendra belleza. No es posible pintar cosas bellas envuelto en harapos.

Keller-Caprese examinó una vez más a nuestro hombre. A pesar de su locura, Thomas se dio cuenta muy bien de cuánto se parecía ahora el pintor al sastre, cuya mirada había visto ayer. Hizo un gesto con la mano en el aire, como si quisiera espantar un mosquito.

—Estoy a punto de concebir un cuadro sobre la miseria, por eso debo envolverme en estas telas miserables —respondió el pintor.

Thomas alzó las cejas.

—El arte no debería tener trato alguno con la miseria. La belleza y el brillo son su objeto. Nuestro amado Dios ya ha hecho la vida cotidiana lo bastante dura. Pero el arte habita un piso más arriba. La obra del hombre está por encima de la obra divina.

El teniente se revolvió dentro de su uniforme, pero antes de que pudiera intervenir, el capitán Barnow alzó la mano con gesto apaciguador.

—Dejemos a Dios fuera de esto, él nos tiene a todos atados de una cuerda.

Pero Thomas ya no escuchaba.

—En todo caso, el poeta debe hacer uso de lo feo para dar una pátina de nobleza a su héroe. Un pintor, en cambio, compone su fondo con el color, y el contraste de color debe surtir su efecto, no el contraste entre lo bello y lo feo. Basta con haber visto alguna representación del Juicio Final para saber lo erróneo que resulta pintar demonios horripilantes junto a ángeles adorables.
—Bueno, bueno, tanto como ángeles y demonios —lo interrumpió el capitán—, eso no lo pintaría un cristiano decente. Todo eso no son más que supersticiones y va en contra del catecismo. Pero si yo pintase ahora el cuadro de una batalla, algo bien auténtico, al punto de que huela a sudor y a pólvora, a sangre y suciedad, ¿acaso no sería legítimo?

Thomas, complacido con el giro que había tomado la conversación, se apoyó hacia atrás en la silla. Tenía la sensación de que por fin llegaba su hora.

—La respuesta a ello la dio un hombre que es considerado pintor por este mundo ciego. Rembrandt pintó su Resurrección de Lázaro de un modo tan fidedigno que él mismo se asustó con el olor y añadió al cuadro una figura que se tapa la nariz.

El estudiado capitán fue directamente al cebo, como si hubiera encontrado a un recluta con las rodillas torcidas.

—Conque Rembrandt, ahí tenemos al gran profeta de la miseria.
—Un profeta, en efecto, pero no a un pintor. Rembrandt no era un pintor.

Keller-Caprese se llevó su vaso de aguardiente a la boca.

—Ese tipo no sabía hacer nada.
—Sí que sabía hacer algo, pero no sabía pintar. Ejercía la estética práctica, les mostraba a los hombres lo que no tenían que hacer. Cada uno de sus cuadros es una prédica sobre el texto: «Puedes tener todo el talento que quieras, pero si atentas contra el deber más sagrado del hombre, el de ser noble, tu obra no servirá para nada». Por desgracia nadie entendió esta enseñanza, que él repitió en miles de sátiras, y por eso, por un descuido, no sólo se convirtió en una ignominia para el arte, sino también en el padre de un modo de pensar vergonzoso que mima la miseria en lugar de despreciarla. En cierto sentido, él es el responsable de los dos años de servicio militar obligatorio y de la abolición de los azotes como castigo.

El teniente soltó una sonora carcajada. Sonó tan edificante y fresca, que hasta el mezquino pintor creyó sentir en su interior algo parecido al cálido brillo del sol.

—Es usted una fuente inagotable de ocurrencias. Estupendo. ¿De dónde saca usted eso?

Thomas hizo una reverencia, sonriente.

Docendo discimus.

El capitán se había puesto de pie. Estaba de mal humor, pues su deseo más ardiente era pintar una batalla en la que se percibiera el hedor. Añoraba entrar en campaña para realizar sus bocetos al natural. Pero ocultaba ese magnífico ideal en lo más profundo de su alma, y por ahora sólo consiguió decir serenamente:

—Pues a mí me da igual. Yo sólo pinto caballos, y los caballos son siempre bonitos.
—Pero, capitán, usted no los pinta en el momento en que están soltando sus bostas —dijo en tono triunfante el teniente, haciendo un gesto de asentimiento al remilgado Thomas, que miraba fijamente, con los ojos perdidos, hacia el azul, reflexionando sobre las teorías del arte que le venían a la mente.

El capitán le dio un golpecito en el hombro al joven oficial.

—Venga conmigo, vamos a dar un paseo.

Y mientras le gritaba al tabernero que le anotara todo en su cuenta, se marchó de allí en compañía de su camarada.

—Espere, capitán —gritó el pintor—; le acompañamos. —Y revolviendo rápidamente sus bolsillos, balbuceó algo parecido a «Vaya, he olvidado el dinero».

Thomas lo observó en silencio. De repente sus ojos brillaron y dijo alto y claro:

—Chinches. —A continuación, le gritó algo al tabernero y pagó sin rechistar por él y por el artista, que ya corría con pie ligero tras los oficiales. Keller-Caprese llegó donde ellos justo en el momento en que el capitán decía:
—Y dejar que un loco como ése ande suelto por ahí. Ese tipejo debería estar en un manicomio. Y usted, Waschersleben, hace causa común con ese desquiciado y se burla de mí.

Waschersleben se detuvo, sorprendido.

—¿Loco? —dijo—. Por el amor de Dios, ¿es que ese hombre estaba hablando en serio?
—Claro que hablaba en serio —dijo el capitán, y dejando al joven a solas con sus reflexiones, el oficial de mayor edad se volvió hacia el pintor—. Si nos libra usted de ese tal señor Weltlein, al que no le gustan los cuadros de batallas, le invitaré mañana a una buena copa de vino tinto.
—Y yo pondré el caviar si le hace alguna trastada de las suyas —añadió el teniente, cuyo asombro se fue convirtiendo poco a poco en enojo por haberse tomado aquella locura como una broma.
—Me ocuparé de ello, señores —respondió el pintor de las ideas, que, a continuación, aireó su sombrero y caminó hacia donde estaba Weltlein, que en ese momento asomaba por la puerta.
—Me alegra tenerle a solas —gritó, y le tendió la mano a Thomas—. Sus palabras han tenido un poderoso eco en mí. Era como si hubiera adivinado usted mis pensamientos más profundos. Sí, así es: Rembrandt es un esteta, un satírico del arte, un maestro visionario, un profeta del pesimismo afirmativo, un reformador que pretendía espantar y atraer a la vez. Es como la belladona, que coloca sus espinas amenazantes alrededor de la fruta para alertar: «La apariencia no es belleza, mis bayas brillan, pero son venenosas». Amenaza y advierte, pero al mismo tiempo la falsa belleza atrae a los niños y a los necios y los vuelve locos. En verdad, siento que existe un profundo parentesco entre nuestras almas.

Thomas retiró su mano e hizo una mueca:

—No sabría qué decir —dijo con altivez.
—Claro que sí. Usted se siente como yo, siente que a los dos nos anima la misma vida. ¡Escuche! —El pintor cogió a Weltlein de la mano y lo arrastró consigo—. Rembrandt conocía el arte sublime. Cuando se quitaba los hábitos de bufón con los que castigaba impunemente al mundo; cuando, en sus instantes de grandeza, obedecía al íntimo oficio del pintor, la miseria desparecía ante sus ojos, y pintaba una belleza cautivadora, perlas y piedras preciosas. Cuánto le gustaba pintarlas. Es la ley de los opuestos. Dios sabe por qué hace pobre al gran artista. Cuanto más fea sea su vida, tanto más ardiente será su fervorosa añoranza por el lujo y el esplendor. Sólo un pobre puede crear belleza verdadera. Oh, le entiendo. Usted es el hombre que he deseado ser, quiero embeberme de sus ideas, quiero alimentarme de usted como un…

Thomas se detuvo, se soltó el brazo de un tirón y lo alzó en gesto amenazante:

—¿Es que todos me acecháis? ¿Os ocultáis tras miles de máscaras, aparecéis bajo un casco, con el atuendo del harapiento y la bata del pintor? —Entonces, la repulsión de su rostro se transformó, y, contemplando maravillado una ortiga que extendía sus hojas en un vallado, dijo—: ¡Bendita seas, Tierra, que alimentas a miles de alimañas con tu savia! También das vida a miles de cosas buenas. Por eso quiero que mi sangre se impregne de ellas. La fuente pura que mana de mí las exterminará, y de las heridas del cuerpo y del alma brotará por fin la nutriente semilla de la perfección.

Entonces, serenamente, cogió de nuevo el brazo del pintor y se alejó con él, olvidando a su primo, a su hermana, olvidándolo todo.

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Una respuesta a “El buscador de almas (IV)

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