El buscador de almas (V)

Georg Groddeck

XVII. DE CÓMO LACHMANN HACE RODAR UNA PIEDRA

A la una en punto, Lachmann se puso de pie e interrumpió la partida. Se había propuesto ver el desenlace del juego como un presagio. Si ganaba, estaría destinado a devolverle a su prima al desquiciado hermano; si perdía, iba a renunciar al hermoso papel de echar carbones encendidos en la mente de su infiel Agathe. Tampoco había errado al invocar la suerte. Había dado la vuelta a la silla tres veces antes de sentarse en ella, y durante la repartición mantuvo las manos plegadas, y con los ojos cerrados, rindiendo tributo a la ceguera del destino, alzó todas las cartas a la vez, contó hasta cinco y sólo entonces verificó lo que el destino le había deparado.

Había tenido suerte. Al cabo de un rato recordó que hubiera podido engañar al destino con sus remedios mágicos. Decidió entonces deshacer el maleficio, giró la silla hacia el otro lado y fue levantando las cartas una a una, sin antes invocar el sagrado cinco. No obstante, ganó, y, cuando se marchó, estaba convencido de que el primo había sucumbido a sus manejos. Sin embargo, no se preocupó cuando no pudo encontrar a su protegido y oyó decir que el caballero se había marchado con el pintor. De muy buen humor, se fue a casa.

Por mucho que Lachmann se fiara del oráculo, sabía muy bien que un hombre razonable le tiende la mano a la suerte para atraerla. Y por eso esta vez no contó, como era habitual en él, los pasos que hacían falta para llegar desde la taberna del Lord hasta la puerta de su casa, sino que reflexionó a conciencia, a fondo, en cómo hacer de nuevo, de aquel loco, un hombre razonable. Creía suponer, firmemente, que sólo bastaría un pequeño empujón para disipar la niebla en la mente de su primo. Pensaba y repensaba, y dado que en su oficio se había tropezado ya con mucha gente desquiciada, recordaba este o aquel artificio con el que en otras ocasiones había tenido suerte. Gozaba, no sin razón, de la fama de saber lidiar bien con gente medio loca. Pero esta vez ninguno de sus planes le pareció del todo bueno. Enfadado, estuvo un buen rato golpeando con la punta del pie una piedrecilla redonda, como si de ese modo pudiera llevar sus pensamientos hasta la meta más rápidamente. Y ya tomaba impulso para golpear de nuevo su juguetito redondo cuando, como un bólido, un chico travieso pasó corriendo a su lado y le quitó la piedra con tal habilidad que ésta fue a dar mucho más lejos y encontró su eterno reposo en el ventanuco de un sótano. El rapaz se marchó a toda prisa, tras haberle dedicado al digno doctor una amable sonrisa, de modo que Lachmann ni siquiera tuvo tiempo de enfurecerse, sino que se alegró de todo corazón por la broma. Inmediatamente después volvió a sumirse en sus pensamientos.

Poco antes de llegar a la puerta de su casa algo lo asustó de nuevo. Atravesados en la acera había dos mozalbetes que, a pesar de su infancia, le bloqueaban el paso y se gritaban mutuamente. El mayor de ellos, un chico de piernas muy largas, extendidas a todo lo ancho de la calle, estaba explicando con entusiasmo que el día anterior se había comido una tras otra no sabía cuántas patatas, al punto de que se olvidó de la hora de irse a dormir y salió para la escuela directamente de la mesa de la cena; al decirlo, estiraba la cabeza hacia delante, con su nariz redonda y rosa, en tal gesto de desafío, que parecía que, con las prisas, llevaba en plena cara, y no entre sus dientes, uno de esos frutos de la tierra. El otro chico sólo reía, e intentaba superarlo:

—Yo tengo un tío que, una vez que lo invitaron a casa, comió tantas patatas que las primeras que devoró empezaron a retoñarle en el estómago cuando se estaba metiendo las últimas en la boca, y desde entonces ha engordado mucho y tiene una auténtica barriga patatera.

Lachmann estaba encantando con aquella disputa y se había quedado en medio de la calle. Al escuchar estas últimas palabras, se detuvo como iluminado de repente por una idea brillante. Y cuando observó más detenidamente, reconoció en aquel pequeño fanfarrón al niño que le había escamoteado la piedra. Eso lo conmovió tanto, que aceptó con resignación que el descarado rapaz lo señalara con el dedo y gritase:

—¡Lo ves, Gustav! Ése es el doctor, fue él quien le abrió la barriga a mi tío y le sacó las patatas con un azadón, como se sacan en el campo. Puedes preguntarle si es verdad o no.

«Lo dice la boca de un desbocado», se dijo Lachmann para sus adentros, y, con la frente alta, decidido, entró en su casa.

Agathe le salió al encuentro en el recibidor.

—¿Dónde está August? —preguntó la mujer. Al hacerlo, agarró con una mano el sombrero y, con la otra, se aferró al pomo de la puerta de entrada, lista para partir de allí en cuanto recibiera la primera pista.

Lachmann, sin decir palabra, la llevó a su despacho. Allí la obligó a sentarse en el gran sillón de cuero en el que solían acomodarse sus pacientes, y luego tomó asiento frente a ella. Entonces, pausadamente, con agudeza, le dijo:

—Querida Agathe, si continúas llamando a tu hermano por el nombre de August y siguiéndole el rastro a cada paso, no te necesitaré más. Ya has notado que a Thomas no le agrada nada verte aquí. Ésa es, por cierto, la mejor manera de ofenderlo aún más.

Agathe bajó los ojos. Tenía la sensación de estar sentada en la silla de un penitente, y le desagradaba estar allí, a plena luz, mientras su primo permanecía prudentemente sentado a la sombra. Su antiguo respeto por todo lo relacionado con los médicos o las enfermedades le hizo olvidar que era Lachmann el que ahora le soltaba una prédica sobre la moral y las buenas costumbres.

El primo se regodeaba en el placer de haber conseguido que Agathe se callara y, por primera vez en mucho tiempo, volvió a sentir el deseo de estar activo como médico.

—Podría responderte con un antiguo versículo de la Biblia —empezó diciendo—, pero yo no he matado a tu hermano, sino que lo he dejado en buena compañía, con gente de confianza, y no regresará antes de la madrugada. —Con satisfacción, Lachmann comprobó que a cada minuto iba metiéndose más en el papel de médico. En las últimas dos frases había hablado, con una determinación envidiable, de dos cosas de las que apenas sabía nada. Ahora era preciso subyugar a Agathe; si lo conseguía, estaría seguro de poder lidiar también con el loco de su hermano. El camino que debía recorrer era obvio: a Agathe era preciso meterle miedo, tomarla por sorpresa—. Debo pedirte que me escuches atentamente —continuó—; tu hermano está a punto de necesitar un manicomio. Costará un gran esfuerzo devolverle la razón, pero lo intentaré. Y si voy a ser responsable de sus actos, te exijo una obediencia absoluta.

Agathe estaba dispuesta a todo. Le tendió la mano a su primo y lo miró a los ojos con candidez. Estuvieron sentados frente a frente por unos instantes, y luego Lachmann vio cómo la mirada de su prima perdía seguridad e intentaba eludir la suya, pero sin ser capaz; sintió claramente cómo ella se esforzaba por retirarle la mano, sin hallar el valor para hacerlo. En ese esfuerzo vano por eludir su influjo, él comprendió que aún poseía suficiente fuerza.

Entonces liberó a su prisionera y le explicó en detalle lo que tenía que hacer y lo que no.

—Bajo ninguna circunstancia —concluyó—, puedes contradecirlo o hacerle notar que lo consideras un enfermo, puesto que no lo es, por lo menos no todavía. Para ti, tu hermano es Thomas Weltlein, quien, a causa de la escarlatina, se ha convertido en un asesino de chinches. Sí, tienes que fiarte de mí, sé lo que me digo —añadió rápidamente al ver que Agathe se disponía a objetar algo—. Tienes que tratarlo como si sus extravagancias fueran lo más natural del mundo. Si no puedes hacerlo, por lo menos deberías escucharlo sin rechistar y, sobre todo, evitar quedarte a solas con él. De lo contrario, lo echarás todo a perder. Yo ni siquiera puedo prometerte que pueda mantenerte aquí. Lo más probable es que te diga que te marches.

Aquello fue demasiado para Agathe.

—Jamás dejaré que me eches —dijo, mirando a su domador a la cara.

Lachmann se encogió de hombros y se levantó.

—Como quieras. Debí imaginarlo desde el principio. Ya sé de qué modo cumples tu palabra.
—¡Lachmann!

Imperturbable, él siguió hablando.

—Pero sí tengo que pedirte que vayas a ver a otro médico. Suelo tratar a mis enfermos yo solo, y nunca busco consejo en ciertas mujeres sabihondas.

Agathe se puso de pie.

—Eres y seguirás siendo un… —No acabó la frase; se puso el sombrero y se ató el lazo. Él la miró impasible. Mientras se arreglaba y levantaba el rostro rojo por la ira, haciendo como si se esmerase en domeñar los rebeldes lazos del sombrero, dijo—: Bien, haré lo que quieras.
—Pues entonces te revelaré lo que voy a hacer con ese loco de remate. Pero antes permíteme que te ayude.

Lachmann se plantó delante de su prima y, mientras ella elevaba el mentón, él le cogió las manos, que todavía temblaban, rojas, a causa del enfado. Y así, muy pegados el uno frente a la otra, estuvieron mirándose durante un rato.

—Hace ya mucho tiempo —dijo Lachmann con un énfasis poco habitual.

Agathe lo entendió al instante. Bajó la cabeza y asintió.

—Con Alwine lo haré mejor —dijo.

Al momento siguiente, los dos estaban ya metidos de lleno en el asunto. Con un tono sosegado, Lachmann se lo explicó todo.

—Toda la confusión de tu hermano viene de que se imagina haber hecho un gran descubrimiento. Tiene la idea fija de haber inventado algo con lo que dejará pasmada a toda persona inteligente. No quiero aburrirte con todos los detalles de cómo ha caído en ese estado, tan peligroso para él; tú misma puedes imaginártelo. Y ahora las cosas están así: August está firmemente convencido de haber hallado algo completamente nuevo, algo, en su criterio, sumamente importante: que la enfermedad, en realidad, no perjudica al hombre, sino que lo eleva, lo hace sublime. Ve la prueba de ello en su fiebre escarlatina y en la desaparición de las chinches, dos cosas que, por supuesto, nada tienen que ver entre ellas. Esa idea, que en cierto sentido es correcta, pero no nueva, lo ha estado ocupando día y noche durante su reclusión, y puesto que se aburría y no tenía otra cosa que hacer, ha jugado con ello hasta olvidarse de todo lo demás, y ahora no ve otra cosa salvo su descubrimiento. Le ha sucedido lo que a toda persona avinagrada, que va haciendo rodar con la punta de su bota una piedra, caminando detrás, golpeándola para que avance una y otra vez, sólo por mero aburrimiento, y al final, tras haber olvidado sus preocupaciones gracias al juego, golpea cada vez con más fuerza la piedra, saltando tras ella, hasta caer por descuido bajo la rueda de un carruaje y quedar con las piernas destrozadas. Así le ha sucedido a tu hermano: ya no ve ni piensa en otra cosa que en su idea, y si se le deja hacerlo, acabará volviéndose loco de remate.

Agathe volvió a asentir en señal de que compartía absolutamente la opinión de Lachmann.

—¿Y qué vas a hacer?
—Pues, muy sencillo. Le quitaré su piedra, le mostraré que su idea es antiquísima, una auténtica verdad de Perogrullo, y si eso no bastase, haré rodar la piedra con mucha más fuerza de la que él es capaz. Ya verás. —Entonces Lachmann cogió de verdad las dos cintas del sombrero y las ató en un lazo, mientras Agathe alzaba de nuevo el mentón y lo miraba llena de confianza—. Probablemente, así, volverá a entrar en razón. De lo contrario, habrá que ver cómo continuar, ganar tiempo, tener paciencia. Ésa es siempre la mejor cura. Bueno, tu lazo ya está listo, y ahora sé buena y déjame solo hasta esta noche. Hacia las ocho puedes regresar, entonces podré darte más detalles, en caso de que August…, o mejor dicho, Thomas, no haya regresado para entonces.

Lachmann pasó toda la tarde sentado en su despacho, escribiendo folio tras folio, y al atardecer, cuando le leyó en voz alta a la prima su mamotreto, sonreía de satisfacción. En medio de la lectura se detuvo y dijo:

—No puedo tomarle a mal al bueno de Thomas que se haya vuelto loco con esa idea sobre el provecho de la enfermedad. Mientras escribía estas tonterías, no tardé mucho en creérmelas yo mismo, y ahora, mientras las leía en voz alta, sentí de nuevo cuánta metodología se esconde tras esta necedad.

Agathe entrelazó las manos con gesto devoto.

—Sí, sí. Y ahora, ojalá que tu plan funcione. Porque si tenemos que seguir ocupándonos por mucho más tiempo de esa piedrecilla rodante, acabaremos todos yendo del brazo derechitos al manicomio.

Lachmann miró a su prima con expresión pensativa y, a continuación, empezó a leer de nuevo.

—En fin, continuemos con las palabras de este orador:

La enfermedad es un remedio potente para el progreso de la humanidad y de la civilización. (Risas y exclamaciones). Por supuesto, los eruditos se ríen de cualquier idea razonable. (Exclamaciones: «Una paradoja, frases vacías. Menuda tontería». Pero el orador continúa hablando). No, señores míos, no son frases vacías, ni tampoco es ninguna tontería, sino un hecho demostrable científicamente, ya demostrado hace mucho tiempo. Y el hecho de que lo haya presentado en forma de paradoja, lo cual es un aspecto del estilo, no cambia en nada su verdad. Ante las expresiones insultantes de algunos caballeros aislados invoco aquí la conciencia honesta de los demás, invoco la experiencia de todos los médicos, y convoco, como testigo, la historia de todos estos milenios. Sí, me atrevo a recordarles a los señores que han dado fe tan sonoramente de su disgusto que ustedes mismos, con bastante frecuencia, han dado la prueba del acierto de mis palabras. Y me aparto aquí del todo de la singular actividad de los médicos, cuya labor tiene miles de aristas; uno, incluso, se siente tentado a decir que consiste únicamente en crear enfermedades artificiales. Porque ¿qué es la narcosis con cloroformo sino una enfermedad, o el sueño inducido por la morfina, o hasta la perturbación artificial del equilibrio físico por medio de baños, medicamentos, sueros, por exceso o defecto de alimentación? Y sobre todo, ¿qué hace la cirugía, esa hija predilecta de la medicina, sino enfermar por medio de intervenciones arbitrarias, ya sea con la mano, con un escalpelo o cualquier otro procedimiento, intentar curar por medio de una enfermedad? Pero no pretendía hablar de esto. No, piensen ustedes en cuántas veces, en momentos de miedo, han tomado vino, envenenándose, enfermándose conscientemente a fin de resistir ese miedo, o cuántas veces han bebido vino estando alegres, envenenándose, enfermándose conscientemente a fin de aumentar su alegría. Es más: ¿qué es el hambre sino una enfermedad? Y ahora examinen la vida, todo lo que el hambre ha hecho. O la sed. (Risotadas estridentes en el auditorio, gritos de «¡Bravo!»).

Agathe puso una mano sobre el brazo de Lachmann.

—Me harías un favor si dejaras de leer.

El primo rio lleno de satisfacción y orgullo.

—¿Verdad que es simpático?

Y con los ojos alborozados, visiblemente aturdido por el veneno que él mismo había preparado, continuó:

¿Acaso no tengo razón cuando digo que no se debe eliminar la enfermedad, que no debemos combatirla, sino que deberíamos aprovecharla según los principios de una ciencia que es preciso reinventar antes, poniéndola al servicio de los propósitos más nobles de la civilización? ¿Es que necesito recordarles a ustedes, médicos, naturalistas, que el tifus, la escarlatina, las neumonías, con su violenta irrupción, purifican al hombre de su viejo mal y de su penosa fragilidad, fortaleciéndolo como nunca antes?
El mundo entero coincide en que es preciso prevenir las epidemias. Pero esa unanimidad del juicio debería hacernos desconfiar. Si miramos más detenidamente descubriremos que la naturaleza hace a gran escala lo que los médicos remedan a pequeña escala. Con la escoba de las epidemias se ha barrido la basura de todos los pueblos, se ha eliminado a los hombres de menor valía, con los que el celo vacuno de la raza humana, la peor de todas las bestias, restringe y envenena la vida de los fuertes. Si se suprime esa fuerza expiatoria, purificadora y sanadora de la naturaleza, viviréis muy pronto entre lisiados e idiotas. (Exclamación: «¡Idiota serás tú!»).

Lachmann leyó entonces con voz sonora y cortante, como si quisiera fulminar a golpe de sable a los engreídos detractores de sus necias fantasías:

Y esto tampoco les conviene a los señores. Es mejor que estudien ustedes historia, en lugar de dedicarse a interrumpirme. Vean ustedes a los grandes hombres que han tenido éxito, a los revolucionarios de la cultura: César, Homero, San Pablo, Rafael, Goethe, Nietzsche, Lutero, Loyola, Beethoven, Bismarck. Estaban enfermos, todos estaban enfermos. O busquen entre su propio círculo de conocidos a aquellas personas cuya grandeza de espíritu más les ha conmovido, cuyo razonamiento y poder intelectual les ha causado una mayor impresión. Verán que se trataba de personas enfermas. Sí, háganme caso en esto y se asombrarán. Porque ¿de qué vive la humanidad, la vida misma, sino es de la enfermedad, de cosas que primero se han hecho enfermar o que incluso se han matado para que pudieran dar alimento y alegría? Sacrificamos el ganado, cortamos el trigo, y ambas cosas se disfrutan después de haberlas hecho enfermar. Perfeccionamos las flores mediante injertos, es decir, otra enfermedad. Allanamos los caminos gracias a terribles epidemias masivas, a raíz de las cuales mueren los árboles y las hierbas. Toda civilización, todo arte, todo lo que reconforta a la humanidad, lo que la eleva a la condición de sublime se basa en lo enfermo. Se construyen casas con madera a la que ha enfermado de manera artificial, el fuego que arde en la cocinilla es una enfermedad…

Agathe se tapó los oídos.

—Basta —gritó—. Me estás volviendo loca.

Con una carcajada cristalina, Lachmann lanzó el manuscrito a un lado.

—El resto te lo regalaré, Agathe, pero ¿no es cierto? Esto puede volvernos locos, y tu hermano ya lo está. Pero yo me las apañaré para curarlo. Veneno contra veneno. Y él, él deberá beberse mi cáliz hasta el final. No se le eximirá de nada.

Ambos permanecieron sentados juntos un buen rato, esperando al hermano, hablando de esto y de aquello. Y al ver que hacia la medianoche el desaparecido aún no había regresado, Lachmann envió a su prima al hotel.

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XVIII. THOMAS HACE EXPERIMENTOS DE CONTAGIO PSÍCOFÍSICO CON ESE INSECTO LLAMADO HOMBRE

A la mañana siguiente, Thomas apareció bastante tarde donde su hermana, que ya estaba lista para marcharse. Cuando ella lo vio, arrojó a un lado la carta de su hija que estaba leyendo en ese momento y acudió presurosa a su encuentro.

—Pareces haber trasnochado —le dijo en tono de broma.

Él asintió con amabilidad, luego señaló a la carta y dijo:

—Continúa la lectura. No me gusta esperar, pero en mi situación es preciso entrenarse para la renuncia.

Agathe no quería saber nada del asunto. Ardía en deseos de ir donde Lachmann, y, diciendo: «Ya sé lo que dice esa carta», arrastró al hermano consigo.

Por el camino, Thomas se mostró parco, respondía sólo con monosílabos. Sólo en una ocasión dejó a un lado su actitud distraída e hizo una extraña pregunta:

—¿Alwine ya se ha prometido?

Agathe no se atrevió a dar voz a su ira. En silencio, extendió su sombrilla y la abrió. Pero el tirón que usó para hacerlo dio expresión a su enfado. Thomas rio.

—¡Vamos, responde! ¿Para qué necesitas sacar antes el plumaje?

El gesto con el que Agathe se puso al hombro la sombrilla habría hecho los honores de un sargento. Sólo que, al hacerlo, la mujer se torció el sacrosanto sombrero, y ahora, al marchar con los labios fruncidos y la mirada fija, su aspecto era amenazante.

—La pregunta es inapropiada —dijo—. Mi hija es todavía una niña.
—Tiene edad suficiente para tener un hijo propio, y es lo suficientemente infantil para dar perspectivas de éxito a la educación por parte de un marido. Consíguele un hombre, aunque ese hombre no sirva para nada más que para hacerle un hijo del que luego pueda aprender. Tu amigo Breitsprecher suele decir: «El oficio de la mujer es…».
—«… ser madre». No hace falta que cites al pastor. Tú no entiendes nada, tú y tus puntos de vista de hombre soltero. Alwine es todavía demasiado joven. —Y dicho esto, Agathe abrió de golpe la puerta de la casa de Lachmann, a la cual habían llegado, y entró como un bólido en el recibidor, con el sombrero torcido y la sombrilla abierta, como un buque de guerra que llega triunfante a puerto, mientras Thomas la seguía silbando con desenfado.

Lachmann, que los esperaba a ambos con su manuscrito en la mano, los miró a uno y a otra, perplejo.

—¿Ya estás peleando de nuevo, Agathe? —dijo, alzando malhumorado el rollo de papel.

La señora Willen no le prestó atención. Arrojó el sombrero y la sombrilla e irrumpió en la habitación.

—Esto no puede seguir así. Se comporta groseramente. Utiliza esas expresiones, expresiones que sólo puede haber oído en un garito de variedades.

Thomas ya se había sentado. Estaba a punto de atarse la servilleta alrededor del cuello. Pero entonces se detuvo en medio del gesto y dijo con tono patético, lentamente, por encima del blanco mantel de lino.

—He estado en uno de esos salones de variedades, como dices tú. Pero ya antes sabía que un niño, para que llegue al mundo, primero tiene que hacerse. Por lo demás, no deseo que andes detrás de mí todo el tiempo, espiándome.
—No te permito esas vulgares expresiones —se sublevó Agathe—. ¿Lo oyes? No te las permito.

Thomas sonrió suavemente.

—No olvides, mi querida Agathe —dijo al tiempo que continuaba, pausadamente, sus preparativos para la comida—, que aquí no estás en mi casa, así que intenta moderar el tono, como merece nuestro generoso anfitrión.

Agathe se puso roja como un tomate y bajó los ojos.

Rápidamente Lachmann, que estaba de pie tras su prima, con las manos a la espalda, acudió en ayuda de Agathe, después de haberse regodeado de lo lindo en el ímpetu que mostraba la dama.

—Pero habrase visto hombre más pillo; has estado en ese salón de variedades y no llevas contigo a tu viejo amigo. No es justo. ¿Había chicas guapas?
—Más o menos —respondió Thomas con un gruñido.
—¿Estuviste en el Reichsadler, con la gorda Selma?
—Selma o Wanda, qué sé yo. Ese insecto me arrastró hasta allí, ese insecto pintor. Lo alquilé para realizar unos experimentos con él.

Agathe alzó la cabeza y suspiró.

—Si tan sólo dejaras de hacer chapuzas con veneno, aquí no te va a picar ningún bicho.
—También hay chinches con forma humana —dijo Thomas seriamente—. Mis experimentos tienen objetivos más elevados —dijo, doblando cuidadosamente su servilleta, que puso sobre la mesa y cubrió con la mano, como si hubiera envuelto con ella el tesoro de la sabiduría—. Ese tal Keller-Caprese es una curiosidad de la naturaleza. Es bien sabido que las personas pacíficas se vuelven belicosas por culpa del vino. Mi pintor, superándose a sí mismo de un modo admirable, con una gran agudeza de ideas, ha estado haciendo experimentos para averiguar qué grados de sutileza puede alcanzar esa reacción. Es capaz de seguir la pista a cada gota de vino que degusta en su recorrido por el cuerpo y pronosticar en qué punto del organismo va a actuar.
—Ese tipo lleva siempre cinco dedos de alcohol encima —lo interrumpió Lachmann—. Sólo resulta curioso cuando miente.
—Ya sé que miente —continuó Thomas sin dejarse perturbar—. Pero en esto ha dicho la verdad. He sacrificado, en aras de la ciencia, un billete de veinte marcos y los hechos me han convencido. Keller-Caprese me indicó con exactitud, antes de cada copa que bebía, en qué parte del cuerpo el vino se haría notar. Primero atacó al corazón. Le tomé el pulso y pude confirmar la precisión de su vaticinio. Luego le tocó el turno al cutis. Y en serio, su color se volvió entre rojizo y marrón. Y luego dijo que enviaría el vino a la lengua; al instante siguiente empezó a farfullar. Y eso último me hizo reflexionar. «¿Cómo —me dije— es posible que este hombre hable así, como si pudiera enviar determinados alimentos, a su antojo, a ciertas partes del cuerpo?». Enseguida pensé en ti, Lachmann. Pues comprenderás todo lo que se podría conseguir con ese don en el ámbito de la medicina, y dado que vosotros pretendéis poder influir en el corazón con pócimas de dedalera, o en las articulaciones enfermas con ácido salicílico, el asunto me pareció tan valioso como para seguir investigando. Le pregunté por ello a mi cobaya. Las cosas no funcionaban así, sin más, me dijo él. Pero dijo también que cuando mezclaba algunos objetos con el vino, objetos que incrementaban sus fuerzas físicas en distintas direcciones, entonces sí que lo conseguía. Y eso hace de vez en cuando, cuando no puede pintar: dos o tres gotas de aceite de trementina en una copa de vino y de inmediato se ve sobrecogido por un afán indomable de guiar el pincel. Decidí hacer la prueba y le arrojé una moneda de oro dentro de la copa. Al principio no quería hacerlo, pensando en las graves consecuencias, pero tras mis apremiantes ruegos, cedió, y de verdad os digo, apenas había bebido un sorbo, estiró la mano hacia mi monedero, que yo aún sostenía en la mano, y se lo hubiese quedado, presionado por aquel vino ahora psíquicamente reforzado con el oro, de no haberlo guardado yo de inmediato en el bolsillo.

Thomas miró a su hermana y a su primo como si esperara la expresión de asombro de ambos. Agathe sólo movió la cabeza de manera elocuente, mientras que su primo dijo con expresión grave:

—Si quieres deshacerte de otra moneda de oro, sólo tienes que repetir el experimento conmigo.

Thomas miró a su amigo y pariente con desprecio.

—Debí imaginarme de antemano que no eras capaz de comprender un fenómeno de esta índole. Era obvio que él iba a apoderarse de la moneda de oro. Pero el hecho de que intentara robar el monedero es otra cosa, tú no lo habrías hecho, nadie lo habría hecho. Y mi cobaya me confirmó que estaba actuando de manera inconsciente, que fue la presión de la mezcla la que guio su mano en contra de su voluntad. Me hizo algunos reproches por mi inapropiado experimento, que casi lo convierte en un ladrón. —Thomas cruzó las piernas, satisfecho, y, apoyándose sobre la mesa, reforzó sus palabras con un gesto del dedo índice—. ¿Lo ves, jovencito? Así es. Convertir a un hombre honesto en un ladrón con una copa de vino y una moneda de oro, eso va más allá de los estados de sueño tras la hipnosis, eso pone patas arriba todo el derecho penal.

Ante tal necedad, Lachmann estuvo a punto de perder los nervios.

—Un tipo como ése robaría sin necesidad de nada de eso.

Y una vez más le alcanzó la mirada de desprecio de Weltlein.

—Ya preví también esa observación, y lo verifiqué. Repetimos el experimento de inmediato, pero en otra forma. Le pedí a la señorita Selma…

Agathe aguzó los oídos.

—¿Quién es ésa? —preguntó.
—Ya se lo oíste decir a Lachmann, la gorda Selma del Reichsadler, una chica muy simpática, con una gran avidez de conocimientos que yo me encargaré de satisfacer.
—¿Hablaste con una mujerzuela como ésa?
—Ella estuvo todo el tiempo sentada junto a nosotros, a veces en mi regazo, pero era demasiado incómodo. Necesito el trato con las damas, eso me eleva, me hace profundizar, me ennoblece. Pero no me interrumpas. —La advertencia era innecesaria. Agathe, indignada, se había echado hacia atrás en la silla, había cruzado los brazos con tanta fuerza que parecía querer asfixiar con ellos a esa gorda señora.
—En fin, que le pedí a la señorita Selma, que nos había estado observando con ojitos inteligentes y comprensivos, que estampara un beso en el borde de la copa que yo acababa de llenar.
—Bueno, ¿y…?
—La reacción fue más fuerte de lo esperado, de modo que la sesión tuvo un fin insospechado. Apenas Keller-Caprese bebió el vino aderezado con aquel beso, se vio sobrecogido por una locura báquica, sus manos y su boca empezaron a hacer gestos involuntarios intentando sobar a la dama; sí, se puso algo violento, pero la señorita Selma, herida de repente en sus sentimientos más hondos y tiernos, alzó un poco la voz y de inmediato aparecieron dos señores muy bien vestidos, con puños amenazantes, y nos pidieron con cortesía que abandonáramos el local. Y cuando el pintor empezó a crear ciertas dificultades, lo echaron fuera.

Lachmann se retorcía en su silla, por lo difícil que le resultaba reprimir la risa, mientras que Agathe se daba aire con el pañuelo y soltaba un mecánico «uf» tras cada gesto del brazo.

—Al cabo de un rato —continuó Thomas—, los dos caballeros me ofrecieron el brazo. Aunque yo estaba decidido a marcharme aun sin haber recibido dicha invitación, acepté aquel honroso cortejo.
—De modo que sí te echaron —exclamó Lachmann—. Es una broma estupenda. ¿Qué dices tú, Agathe, de los frutos de tu educación? —Lachmann estaba tan centrado en la comicidad de la situación que olvidó del todo su tarea como médico, y si Weltlein, en ese preciso instante, no le hubiera sacado el manuscrito de debajo del brazo, el plan de curación tan minuciosamente concebido hubiera quedado en nada.

Thomas desplegó el rollo de papel y leyó pausadamente el título: «Discurso del doctor Besserwisser sobre los beneficios de la enfermedad». Su cara cobró una expresión pensativa, y cuando Lachmann le arrebató el escrito de las manos, él permaneció sentado, inmóvil, durante un tiempo.

Entretanto, el primo ya había puesto en orden sus pensamientos. Le importaba mucho que el título surtiera su efecto, y por eso dijo, a fin de distraerlo:

—En fin, así fue como te libraste de tu cobaya.
—No —replicó Thomas—; todavía no. El asunto tuvo un capítulo final. Lo he dicho, la reacción fue más fuerte de lo esperado. Cuando bajaba por la calle, vi a mi pintor forcejeando de nuevo con dos criaturas femeninas, cuyos atractivos le atrajeron por culpa del vino psíquicamente reforzado. Intervine. Primero le di un par de bofetadas a aquel desdichado y luego, puesto que yo era el culpable de sus torpes actos, le di una propina por las molestias causadas y le aconsejé que se alejara de allí. Y cuando me volví para ver a la dama, reconocí en ella (pues la otra señora era la criada) a Käthe Ende, la hermana de nuestro vicario.

Agathe se sobresaltó al oír el nombre de Ende. Algo raro le sucedió. Ella, que nunca había tenido las visiones, veía ahora, a plena luz del día, la pérgola de su jardín, y veía también a Alwine, que no estaba sola, aunque Agathe no pudo identificar al hombre que estaba junto a ella. Un instante después el sueño se había desvanecido, y vio entonces a su enloquecido hermano frente a ella. En el grave gesto de asentimiento con el que Thomas la abordó, Agathe creyó leer las siguientes palabras: «Sí, lo has visto muy bien». Y de inmediato preguntó:

—¿Con quién debo prometer a Alwine?

Thomas no prestó atención a la pregunta.

—Acompañé hasta su casa a la buena chica, que volvía de una reunión, y estuvimos charlando de maravillas. Me expuso sus puntos de vista sobre la cuestión de la mujer, lo que me dio la oportunidad que deseaba de comparar los criterios de dos mujeres solteras: Selma y Käthe. Las dos piensan que los hombres son los culpables de toda desgracia, ya que no saben amar como es debido. Pero ambas mujeres entienden el concepto «amor» de un modo distinto. —Thomas rio con autosuficiencia—. Por cierto, hoy me enteraré de cómo se posiciona la masa en relación con ese asunto. La joven Ende, secretaria de la asociación local para la educación de la mujer y sus estudios universitarios, y que, por ello, de vez en cuando, ha de mostrar cierto valor como para andar por las calles a horas tan avanzadas, me ha invitado a una de sus reuniones. Una tal señorita Kampf hablará sobre el realce de las buenas costumbres, y pienso que iremos los tres. Por lo que entendí, la tal Kampf describirá las consecuencias del contagio sexual, y sobre ese tema yo, con mis innovadoras experiencias, me siento llamado a decir algo.

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XIX. SOBRE LOS BENEFICIOS DE LA ENFERMEDAD

Fue entonces cuando Lachmann consideró que había llegado el momento de llevar adelante su plan.

—Yo —empezó diciendo—, a lo largo del día de ayer, estuve bastante ocupado con eso que tú llamas «descubrimientos». Pero por desgracia debo decirte que tu hallazgo es antiquísimo, que no es más que una verdad de Perogrullo de lo más corriente.
—¡Vaya!
—En serio, una verdad de Perogrullo. Y hasta puedo mencionarte la fuente de la que lo has sacado.

El efecto esperado no se produjo. No menos que perplejo, Thomas se mantuvo muy tranquilo y sólo dijo:

—Bien, siento curiosidad.
—Esa idea del contagio interno y externo la has robado de Don Quijote, que se contaminó con las novelas de caballería.

En lugar de responder, Thomas sonrió, pero su cara adoptó entonces una expresión convincente, de modo que Agathe, de forma involuntaria, dijo lo siguiente:

—Viéndolo así, deberíamos creer realmente que él lo sabe todo y que es el más inteligente de todos nosotros.

De buen humor, Thomas extendió una mano hacia donde estaba su hermana.

—En tu caso ya empieza a hacer efecto —dijo—, pero todavía me quedan un par de cosas por decirle a este envidioso. Es cierto, Lachmann, que la fábula de Don Quijote se basa en el problema del contagio, del mismo modo que todo en el mundo está relacionado con ello. El libro es un certero ejemplo del valor de mi teoría, y no voy a discutir que fue el estudio de esa obra maestra lo que me preparó para esta vocación sin que yo me diera cuenta. Pero eso no tiene nada que ver con el descubrimiento en sí. De ese libro puedes inferir que su autor, aunque estaba muy cerca de la verdad, no sacó la conclusión adecuada. La comprensión llegó a mí de repente, como toda verdad. Y si la llamas una verdad de Perogrullo, tienes toda la razón. Adondequiera que mires, verás confirmada mi teoría. Y eso, precisamente, demuestra la importancia de mi misión. No debes imaginarte tampoco que esta visión mía acerca de la esencia de la enfermedad sea el fin de todos los cambios que se producirán en mí.

El tono sereno, aquella seguridad inamovible con la que Weltlein hablaba, irritó al médico, que actuó con mayor rapidez de la que recomendaba la sensatez.

—Hablas de tu descubrimiento. Y ya cuando hablamos por primera vez de ello recordé que el año pasado, en la asamblea de científicos, se escuchó una ponencia que desarrollaba ideas similares. Me he tomado el esfuerzo de copiarla ayer, en la biblioteca de nuestra asociación, y ahora, conociendo tu obstinación, quiero leértela en voz alta. Verás que no hay nada, absolutamente nada nuevo en tus ideas, que la ciencia las conoce desde hace mucho y ha estado trabajando con ellas. —Dicho esto, Lachmann desplegó su manuscrito con ese aire de importancia tan habitual en su profesión de médico.

Thomas acercó la silla con obvia satisfacción.

—Tuve la intención de pedirte prestado el escrito, cuyo título promete un contenido interesante. Y ahora me alegra que quieras leérmelo. Después de la lectura, podemos seguir debatiendo, pues no dudo que encontraremos en él un material muy valioso.

Lachmann alzó el papel, y al ver la mirada inquisitiva de Agathe, se encogió de hombros tras el folio desplegado. El asunto tomaba un cariz distinto del esperado. Con poca confianza, leyó otra vez el mamotreto de principio a fin.

Cuando acabó la lectura, vio cómo su oyente permanecía allí sentado, ensimismado, con la mano cubriéndole la cara, como si quisiera ocultar la expresión de su rostro. Entonces se avivó en él nuevamente la esperanza de tener éxito. Sin dejar de observar a su primo, Lachmann dijo:

—Ya lo ves, la misión a la que te crees llamado ya la ha cumplido otro. Te estás poniendo en ridículo pregonando esto. Tampoco tienes potestad para cambiar el destino, y si tú, como todos nosotros, no eres más que un instrumento de la voluntad divina, eres uno bastante insignificante. Acéptalo. Equivocarse no es ninguna infamia, pero es preciso reconocer el error abiertamente. Y sé que tú lo harás.

Thomas escuchó aquella amonestación sin mostrar expresión alguna. Entonces extendió la mano, cogió el manuscrito y lo guardó.

—Esa lectura, como puedes imaginarte, me ha cautivado de un modo extraordinario, y hasta puedo decir que me ha conmovido en lo más hondo. Quisiera leerlo de nuevo, para mí, pues es cierto que contiene ciertas verdades fundamentales y me ofrece una gran cantidad de sugerencias. Pero no sé qué tiene que ver esto con mi llamado. La diferencia salta a la vista. Este hombre ha llegado a sus conclusiones mediante la reflexión. Es alguien de gran inteligencia. Pero tú sabes muy bien que a mí no se me ha dotado demasiado con las ventajas del intelecto, sino que me conformo con un modesto círculo de ideas. En mi caso ha sucedido un milagro; pues me he transformado, tanto que hasta llevo un nuevo nombre. Ese milagro, que me ha convertido en un sabio, es algo completamente fuera del alcance de mi voluntad. No puedo hacer nada para cambiarlo, y no tengo derecho a mostrar orgullo por ello. Sin embargo, eso me demuestra que he sido llamado por el destino, el destino me ha convocado, y cuando media una llamada, surge también la vocación. Por eso no puedo coincidir contigo en eso de que soy un ínfimo instrumento.

Lachmann quiso intervenir, pero el gesto de rechazo de Thomas le impidió interrumpirlo.

—No hablo de mis curiosas experiencias en el lecho de enfermo o en la comisaría, no hablo de los símbolos ni del camino del dolor, todo eso, el hecho de que mi mente, de repente, después de haber estado en reposo durante toda una vida adulta, empiece ahora a fermentar, puede ser también fruto del azar. Pero que en mí, hombre egoísta e inútil, parapetado tras los libros, se haya despertado el instinto de hacer algo grande, que todo el ser que ves ante ti no sea más que el deseo vivo de ser bueno y servir al universo, eso es un milagro. Vivo bajo una presión que me santifica, y si quisiera oponerme a ella, la mano de Dios me empujaría a seguir adelante y ya no habría manera de eludirlo. Mi pie tantea en las tinieblas y no sabe si da pasos en firme o pasos en falso, pero una luz brilla delante de mí, una luz a la que un demonio me conduce de un modo irrefrenable. Busco el camino, lo busco, lo busco.

Thomas pronunció aquellas patéticas palabras y se sumió en un profundo mutismo. Agathe se acercó a él y le acarició la cabeza suavemente para consolarlo, mientras que Lachmann, malhumorado, se mordía los labios y clavaba el tenedor en el mantel. Al cabo de un tiempo, Thomas se puso de pie:

—Regreso al hotel —dijo—. Estudiaré otra vez este discurso de Besserwisser y me prepararé para esta tarde. ¿Nos reuniremos para almorzar en el Löwe, no es cierto? —Y sin esperar respuesta, se marchó.

Agathe lo miró preocupada; luego se volvió hacia Lachmann y, con una mirada de reproche, le quitó de las manos el devastador cubierto y tomó asiento frente a él.

—¿Y ahora? —preguntó.
—Pues ahora —repitió el primo—, el plan ha fracasado —dijo, arrugando la servilleta y formando con ella una pelota que luego arrojó bajo la mesa. Entonces se puso de pie y empezó a caminar, excitado, de un extremo al otro de la habitación. Agathe lo seguía con la vista, como si de su amigo dependiera todo bien y todo mal —. Me he comportado como un imbécil —empezó diciendo al cabo de un rato—, no como un hombre en su sano juicio. No debimos hacer las cosas de un modo tan precipitado, y ahora habrá que intentarlo por otra vía. —Entonces Lachmann se acercó a la ventana y, con las manos a la espalda, miró a la calle.

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(Sigue leyendo)

Una respuesta a “El buscador de almas (V)

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