El buscador de almas (VI)

Georg Groddeck

 

 

 

XX. DE CÓMO CONCIBEN LAS MUJERES (Y CÓMO CONCIBE THOMAS) EL FOMENTO DE LAS BUENAS COSTUMBRES

Cuando los tres amigos entraron por la tarde en la sala donde se reunía ese día la Asociación para la Formación y el Estudio de las Mujeres, les salió al encuentro, rápidamente, la diligente secretaria, Käthe Ende, quien, después de haberle estrechado cordialmente la mano a Thomas y de saludar al doctor (un viejo conocido) con una breve y amable inclinación de cabeza, condujo a la señora Agathe hacia la primera fila, a través del cuchicheo y las miradas fisgonas de las hileras de mujeres.

—Debo presentarle de inmediato a nuestra presidenta. La conferencia empezará enseguida. Entonces, ¿podemos contar con usted, señor Weltlein? —preguntó, volviéndose hacia Thomas, que caminaba detrás de las damas, con expresión ausente. Pero, sin esperar respuesta, Käthe Ende continuó avanzando con prisa.

Agathe recordó los tiempos en los que aquella chica todavía era joven. Si por entonces Käthe Ende hubiera mostrado un mínimo de afecto por su hermano, en lugar de estar escondiéndose con tanta reserva, ahora August no andaría por el mundo con un nombre tan descabellado y la cabeza más descabellada aún. Sin embargo, ahora, por la manera en que desempeñaba su cargo, no se le notaba nada de aquella fatal timidez. Las rápidas miradas con las que examinó la sala, la seguridad de palabra y de gesto con la que les indicaba sus sitios a algunas mujeres vacilantes, mostraban que estaba a la altura de su misión.

Al fondo, ante la hilera de sillas, estaba de pie la presidenta, una mujer bajita y regordeta. Hojeaba una serie de escritos y, al hacerlo, lo mismo se quitaba los quevedos de la nariz, con extraña excitación, que volvía a ponérselos. El acceso a ella estaba bloqueado por un grupo de señoras que charlaban atropelladamente, con sus lenguas diligentes, entre miraditas de reojo. Por el momento era imposible llegar hasta ella. Había que esperar, y Käthe Ende aprovechó la ocasión para preguntarle a Agathe por qué su hermano se había cambiado el nombre. La hermana de Thomas sintió vergüenza. Primero examinó a la joven para ver hasta qué punto podía fiarse de ella, y luego miró hacia donde estaba Thomas. Cuando se dio cuenta de que su hermano estaba ausente, sumido en sus pensamientos, empezó a contarle todo con prisa, al vuelo.

A la vista de aquellas damas, a Thomas se le había ocurrido una idea extraña; su cerebro empezó a bullir de inmediato. De vez en cuando, las cabezas de las señoras se juntaban para formar un estrecho círculo que se comprimía aún más en torno a la cabeza de una mujer alta y delgada, cada vez que esta última abría la boca en un gesto altivo. Durante un rato, el pobre desquiciado de Thomas había estado contemplando aquella conducta, pero entonces, de repente, justo en el momento en el que el círculo de cabezas volvía a apiñarse en torno a la figura central, Thomas se arrojó al suelo, metió el torso por entre dos de las respetables señoras, a través de la pared de faldas y plisados, y, con los ojos fuera de las órbitas, miró desde abajo las caras atónitas de las damas. El motivo de aquel extraño proceder jamás pudo esclarecerse del todo. Thomas afirmaría más tarde que al ver aquellas espaldas delgadas o gruesas curvadas hacia delante, coronadas por peinados falsos o auténticos, había tenido una nueva idea sobre la arquitectura de las cúpulas y, tras haber estado observando durante algún tiempo las paredes exteriores, había sentido el deseo de ver de cerca el techo de esa cúpula viviente, la cual, gracias a los diferentes rostros de expresiones y caracteres distintos, debía de tener ventajas muy particulares en relación con las cúpulas pintadas.

Debemos acoger dicha explicación con ciertas dudas, sobre todo teniendo en cuenta que quien la dio acompañó sus palabras de una de sus caras más pícaras. Baste con decir que el éxito de la maniobra fue sorprendente. Gritando, las mujeres se separaron. La delgada dama que hasta entonces había formado el centro del grupo se subió el vestido de seda negra casi hasta las rodillas para alejarse más rápidamente y colocar entre ella y el temible intruso a un par de sus compañeras. Una vez conseguido esto con la ayuda de sus largas piernas, se hundió en una silla con sonrisa abnegada, en una actitud de la que cualquier preceptora, de haber estado observándola, hubiera podido aprender alguna cosa; luego la delgada dama cerró los ojos y tumbó la cabeza hacia un lado, dejando a la vista dos magníficos y largos rizos.

—Su Excelencia se desmaya —se oyó decir, y todas se agolparon en torno a ella, dispuestas a ayudar a quien, en su condición de esposa de un exministro, era el emblema de la asociación. Miradas furiosas se clavaron en Thomas, que se había incorporado de nuevo, con absoluta sangre fría, y dedicado unas breves y amables inclinaciones de cabeza a las ofendidas mujeres.

Mientras que Käthe Ende, sacada de modo tan abrupto de la tensión con la que había estado escuchando las peripecias de su antiguo admirador, hubiera preferido dar rienda suelta a su angustia estallando en sollozos, Agathe mantuvo la compostura e intentó salvar la situación lo mejor que pudo. Cuando vio la descabellada ocurrencia de su hermano, ella, casi simultáneamente, se agachó también, recogió con ostentosa prisa su pequeña cartera negra (que previamente había dejado caer al suelo) y pasó como un bólido por el lado de las excitadas señoras, blandiendo en el aire aquel objeto negro como si fuese un estandarte, mirando directamente a la presidenta y gritándole a su hermano a voz en cuello:

—Ven, Thomas, ya he recuperado la cartera, no hace falta que sigas buscando.

La manera de actuar de Agathe apaciguó en algo la algarabía. Pero a pesar de lo hábil de aquella salida, del tono en que fueron pronunciadas aquellas palabras, se hubieran producido en ese momento algunas escenas desagradables si, en rápida secuencia, unas nuevas impresiones no hubiesen venido a sustituir a las anteriores. Cuando los dos hermanos llegaron donde la presidenta, ésta ya se disponía a iniciar la reunión. Sostenía en una mano la campanilla con la que pretendía hacerse escuchar, y miró con ojos inquisitivos a las dos personas que ahora aparecían de repente ante ella, haciendo que se tambaleara nuevamente el aplomo que con tanto esfuerzo había conseguido recuperar. Agathe se giró, buscando a su anterior acompañante, encargada de hacer las presentaciones de rigor, pero la desleal secretaria la había abandonado y, temerosa de verse involucrada en otros incidentes, había corrido a refugiarse en el otro extremo de la sala, donde estaba Lachmann, para que éste siguiera contándole la historia de la Pasión de Thomas Weltlein. Aquello fue un duro golpe para Agathe. Había contado con la ayuda de la secretaria —informada, al menos en parte, de las locuras del hermano— para evitar la comparecencia pública de Thomas. Pero ahora, antes de que pudiera recuperar la presencia de ánimo para ocultar con habilidad la catástrofe, ya no había vuelta atrás. El propio Thomas tomó la palabra, se presentó a sí mismo y a su hermana como amigos y simpatizantes de la asociación, gente con ganas de servir, con todas sus fuerzas, a los nobles propósitos del movimiento femenino, por lo que había aceptado con especial gratitud la invitación cursada por la secretaria para presentar la ponencia de ese día. Hablaba con tal seguridad, con tal elegante calma, que Agathe no pudo sino escucharlo con perplejidad. Y mientras la embargaba aún el desconcierto por la metamorfosis sufrida por el apacible August, éste ya había engatusado a la presidenta con un par de palabras aduladoras sobre los méritos ganados por ésta en la asociación, ganándose el corazón de la dama. Aquella mujer bajita y regordeta, que probablemente llevase muchos años sin escuchar unas palabras de reconocimiento por boca de un hombre, y que, sin duda, jamás habría disfrutado de tal alud de alabanzas, flotaba encantada, como en una nube, y cuando el caballero desconocido empezó a hablar de sus poemas, apenas pudo contener la alegría y alzó los brazos como una niña jubilosa. La campanilla que sostenía en sus manos empezó a sonar. Sin quererlo, había dado inicio a la reunión. Pero el cáliz sagrado del reconocimiento que le habían dado a beber la había emborrachado. Rápidamente dijo en un susurro:

—Siéntense allí, al lado de la esposa del economista, la señora Walter, esa imponente mujer con los pendientes de brillantes. —Y mientras los hermanos buscaban los puestos que les habían sido asignados, ella pronunció las palabras de apertura, por primera vez en su vida, sin atascarse. Y ése fue el fruto de las alabanzas de un loco.

Lachmann no había escuchado casi nada de lo que había estado sucediendo allí delante, junto a la tribuna. Era un hombre que sólo destacaba en círculos más íntimos; en grandes grupos echaba de menos la posición de superioridad a la que estaba acostumbrado en su trato con los enfermos, y eso le hacía mostrarse torpe; y dado que poseía una viva conciencia de su valor, evitaba ponerse en situaciones que lo convencieran de su propia insignificancia. Además, tampoco le interesaba demasiado el movimiento feminista. Según su criterio, las mujeres estaban para parir hijos, y las dividía en dos grupos: aquellas con las que valía la pena acostarse y las que no eran dignas de acoger la potencia del hombre y transmitirla. Con esas ideas, la reunión de hoy tenía poco interés para él, y sólo había asistido, porque esperaba que la ocasión le ofreciese algún elemento de ayuda para continuar el tratamiento de su primo. Desde el momento en que entró en la sala se buscó un lugarcito poco llamativo, y cuando, apoyadas contra la pared del fondo vio las siluetas de un par de hombres y reconoció entre ellos al profesor Kietz, se les unió, dejando que su primo y su prima siguieran por la senda escogida.

—¿Usted también aquí, doctor? —dijo Kietz, saludando a su amigo—. Pensé que ya sabía cómo sonaba el graznido de las ocas.

Lachmann asintió y se apoyó cómodamente contra la pared, sonriendo.

—Yo podría hacerle a usted la misma pregunta —dijo.

El profesor puso cara de enfado.

—Yo soy quien pastorea a estas ocas. Hoy se han buscado otro sitio donde picotear —dijo, y a continuación soltó una breve y curiosa risotada, la misma con la que solía mofarse de sus alumnos ante cualquier burda falta gramatical—. Normalmente se reúnen en el liceo femenino. Pero dado que hoy van a hablar de prostitución y del oficio horizontal, temen que las pichonas de faldas cortas puedan contaminarse si mañana se sientan en los mismos bancos en los que esta noche las gansas mayores han estado incubando sus impuros pensamientos.

Lachmann estaba perplejo. Recordó la locura de Thomas y se quedó muy pensativo.

—Por eso hablaron con el director —continuó el profesor Kietz—, y él puso a su disposición el aula magna del instituto; pero como él mismo no tenía muchas ganas de que fomentaran en él las buenas costumbres, debo ser yo quien represente la moral de la institución. —Kietz se irguió un poco y estiró la cabeza hacia delante, al acecho—. He escogido bien mi puesto, ¿no le parece? Son sesenta y seis, contadas una por una, una cantidad considerable para esta pequeña y mojigata ciudad. Todas han tenido que pasar por mi lado. No hay que desesperar. A nuestras señoras nada humano les es ajeno. Por lo general a estas reuniones no asisten ni veinte mujeres. Pero hoy… Bueno, prefiero suponer que ese interés por las regiones más bajas se basa en su amor por Cristo. Pero ha sido divertido ver desfilar esas caras por mi lado. Vaya si eran distintas. —Una vez más resonó su carcajada abominable—. Vea usted, doctor, esa señora bajita de ahí, siento curiosidad por ella. Le doy clases particulares, pues quiere ir a la universidad. Cuando el viejo Homero hace que sus héroes se metan en la cama de alguna belleza femenina, esta última se ruboriza como si fuera a morir asfixiada. Pero bajo la sombra de un propósito destinado al bien común, la misma mujer expía su lascivia con desparpajo.

Lachmann miró a la muchacha, que reía excitada con su vecina, pero de inmediato se volvió.

—La conozco —dijo—. No estudiará por mucho tiempo, tiene las caderas anchas y unos buenos pechos. La naturaleza no regala algo así sin pedir nada a cambio. Las mujeres con esa constitución terminan siempre pariendo. —Entonces señaló hacia la parte delantera, donde la bandada de mujeres se separaba a causa del ataque de Weltlein—. Ahí parece haber jaleo. ¿Qué diablos les pasa a esas mujeres?
—No puedo distinguirlo —respondió el profesor, que se había puesto de puntillas y estiraba la cabeza hacia lo alto, como un cabrito que ve unas hierbas apetitosas en lo alto de un muro pelado, sin poder alcanzarlas—. Tal vez haya comenzado el acto. Pero lo que es seguro es que no transcurrirá sin algún escándalo.

Lachmann quedó perplejo. ¿Acaso la necedad de Weltlein ya era tan conocida?

—¿Un escándalo? —preguntó—. ¿Por qué lo dice?
—Bueno, usted ya conoce a la gorda, a la señora Walter, la mujer de Walter, el del vino espumoso, y conoce probablemente también su enemistad con la Pitia de la ciudad, la esposa del profesor Rolfs, ¿no?

Lachmann asintió, pero sin prestar mucha atención. En ese momento vio cómo Käthe Ende se apartaba con cautela del ovillo de féminas que había allí delante y regresaba donde él.

—Las dos llevan tiempo rivalizando en la asociación. Una representa la bolsa con el dinero, y la otra es el espíritu, pero las dos esperan presidir la asociación, un cargo que nuestra poeta local dejará pronto. El asunto está a punto de reventar, sobre todo desde que el comerciante de vinos ha recibido el título honorífico de economista ilustre y consejero privado de comercio. La señora Rolfs ha dicho que un hombre como Walter, que siempre tiene a mano un buen consejo para explicarte a escondidas cómo convertir el agua en vino, y de ese modo contribuir a su buen comercio, merece tal título. Puede usted imaginar el efecto causado por esas palabras. En un principio hubo intención de presentar una queja, pero de ese modo al recién estrenado consejero privado se le hubiesen puesto las cosas un poco difíciles en sociedad, por eso prefirió echar mano de la bolsa y apoyar las aspiraciones al trono de su esposa en la asociación con una sumita redonda. Ahora las perspectivas de la señora Rolfs han disminuido considerablemente, y si no hubiera encontrado en Su Excelencia, la del moño acaracolado sobre la frente, una buena aliada, ya ni siquiera sería tomada en cuenta.

El profesor se relamió los labios, saboreando de antemano los chistes que pretendía hacer sobre aquella aristocrática triada formada por la profesión, el dinero y la cultura. Pero antes de que pudiera empezar, se dio cuenta de que su interlocutor se había apartado de él y hablaba con insistencia con Käthe Ende. Entonces se guardó para sí sus comentarios, si bien su mirada pareció la de alguien que padece de gases.

Lachmann, entretanto, se esforzaba por responder a las agitadas preguntas de la secretaria, cuyo miedo a ponerse en ridículo en público, debido a su precipitada aprobación de los planes de Weltlein de pronunciar un discurso, crecía cada vez más. Intentaba ocultar las objeciones con las que moderaba sus planteamientos acompañando las palabras desagradables de enérgicos movimientos del cuerpo hacia la derecha y hacia la izquierda. En el fondo, se sintió muy contento cuando la campanilla sonó y la señorita doctora, cuyo nombre era Kampf, subió al estrado. Lachmann hizo como si le interesara vivamente la ponencia, y dejó a la incómoda interrogadora en su desesperada incertidumbre. Para gran satisfacción suya, la mujer que estaba allí delante tenía una voz muy agradable, así que se prometió, por lo menos, cierto disfrute de corte musical.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que aquella voz melódica influyera de tal modo en el escéptico médico que, por primera vez en su vida, éste olvidara su principio de considerar estúpidos, de antemano, los criterios de cualquier mujer. Fue cobrando conciencia del encantamiento de su conciencia a través del oído, pero como hubiera tenido que atribuir aquello a los contagios mentales proclamados por Weltlein —cosa que él, por demás, consideraba un disparate—, se entregó a aquel influjo sin ofrecer resistencia. Fue así como llegó a creer que la señorita Kampf atesoraba vastos conocimientos y sabía exponerlos en el orden adecuado y con reveladora claridad. Y sí, al final la ponencia le interesó tanto que sacó su cuaderno de apuntes y fue anotando los puntos de la intervención; esos apuntes, interrumpidos y comentados por el propio Lachmann, se encontraron luego entre su papelería póstuma, de la que la señora Willen me nombró albacea. Los reproducimos aquí, al pie de la letra, por razones que el lector adivinará de inmediato:

La oradora empieza con un pertinente cuadro de conjunto sobre la propagación de la prostitución, lo cual demuestra con cifras el incremento de la vida licenciosa. Conocimiento exacto del tema tratado. Debe de haberse ocupado de él durante mucho tiempo y a conciencia. (Existe una extraña contradicción entre la esencia de la oradora y el contenido de sus palabras. Una cara dulce, pelo rubio cenizo, ojos azules y claros. Tal exposición de la miseria humana, en boca de una mujer, debería escandalizar. ¿Por qué a la chica no se le nota esa repugnancia?). Peligros que conlleva tolerar la prostitución. Su comparecencia pública causa un efecto psíquico contagioso. Peligros para la salud de la moral. Influjo destructor en el matrimonio, que la oradora califica como la base de toda vida superior. Murmuraciones entre algunas miembros aisladas de la asociación. —«Propagación de las enfermedades venéreas a través de la prostitución. Peligro para la salud física y para la descendencia. Propuesta de prohibir y castigar el acto sexual en personas sifilíticas, en especial el matrimonio». [Comentario de Lachmann: «Si fuera cierto el parloteo de la ciencia, ya no habría personas sanas. El examen de las chicas jóvenes podría venirle bien a algunos»]. Sigue hablando sobre la transmisión hereditaria y el contagio. La voz de la oradora es conciliadora. La psiquis del oyente queda bajo el influjo de ese sonido. Contagio del cuerpo a través de la mente. La teoría de Weltlein encierra cierta verdad. Preservación de la moral y las buenas costumbres. Hay que prescindir de todos los pequeños remedios. Es preciso educar mejor a los chicos. Admiración de las madres por los vicios de sus hijos varones; les garantizan a los hijos una nefanda libertad, en lugar de domesticar sus bajos instintos, como sucede con las chicas. Por eso son las mujeres las que cultivan la inmoralidad. La solución al problema no radica en el amor libre, sino en la consolidación del matrimonio. A los hombres habría que educarlos para la castidad. —Efecto sobre los oyentes: caras serias, al acecho—. No se trata de conquistar para las mujeres el derecho que se les garantiza a los hombres: la libertad del acto sexual. Ese derecho, un aparente acto de justicia, es la más grave de las injusticias, la mujer que intenta conquistarlo atenta gravemente contra su género, contra la nobleza femenina, e incluso contra el corazón humano. Nosotras, las mujeres, somos superiores a los hombres. No nos rebajemos a su nivel. Debemos alzarlos a ellos hasta nuestra altura, no de un modo violento, precipitado, poco femenino, con discursitos y reprimendas, sino lentamente, a paso seguro, de manera irresistible, como madres de sus hijos.

Esas últimas palabras habían aludido a algunas ideas que todos los presentes tenían o fingían tener. Un vivo aplauso resonó desde todos los rincones, y las mujeres, emocionadas, se abalanzaron hacia el podio para dar las gracias a la oradora. La chica, a la que no se le notaba por ninguna parte la erudición, estaba en medio de sus admiradoras, tan desinhibida y alegre como una escolar que ha traído a casa una buena nota, y hasta el gruñón de Kietz se olvidó de su cinismo, asintió varias veces con la cabeza, como si viera ante sus ojos su plato preferido, de un modo inesperado, y sonrió diciendo:

—De este modo sí que puedo soportar que las mujeres vayan a la universidad, vale la pena que mujeres como ésta estudien.

Pero la mayor impresión se la llevó Agathe, que había estado escuchando muy atentamente durante la ponencia. Se enamoró formalmente de aquella fresca criatura y del desinhibido apretón de manos de esta luchadora por los derechos de la mujer; la besó con afecto y la atrajo a la silla que estaba a su lado, pues deseaba tenerla cerca. Su viejo corazón se había enardecido, y sintió deseos de empezar allí mismo a educar a un chico, si hubiera tenido uno a mano. Olvidó del todo el hecho de que Thomas, ese niño majadero, hijo de sus instintos maternales, estuviera sentado muy cerca de ella —y, para colmo, con la temible idea de pronunciar un discurso—, y se mantuvo atenta para no perder el momento en el que pudiera participar del intercambio de opiniones que ya comenzaba.

Sin embargo, éste no respondió en ningún modo a sus expectativas. El mero desorden surgido ofendía su sensibilidad. Ya nadie estaba sentado, como durante la conferencia, todos se agolpaban en el reducido espacio que estaba delante de las sillas, y del excitado cuchicheo se desprendían a retazos las palabras de una mujer especialmente belicosa. Cuando se restituyó una calma aceptable, gracias sobre todo a la campanilla de la presidenta, intervino una mujer de nariz puntiaguda, esposa de un consejero del Tribunal de Cuentas, quien, con su incómodo corsé y su beligerante estiramiento del dedo índice, exhibía claramente lo enojada que estaba con la vida. Empezó entonces a afirmar que el deterioro de la moral debía imputarse a las noches que el señor consejero, su marido, pasaba en su taberna habitual, y acabó narrando la historia de una cocinera que —para decirlo con respeto— ponía a secar sus enaguas en la estufa del salón familiar.

Le siguió la mujer de un capitán retirado que inclinaba la gruesa cabeza hacia un lado en un gesto de humildad y unción y que habló de las bendiciones de la fe devota, de la corrupción de los jóvenes que aprendían de los libros y de los periódicos todo lo que, en sus tiempos, las chicas honradas aprendían cuando se ponían de parto.

Entonces les tocó el turno a las dos contrincantes principales: de la boca de la señora del profesor Rolfs se vertió primero sobre los oyentes un torrente de intelecto. Si la graciosa mujer no hubiese tenido la mala costumbre de anunciar sus atinados comentarios con una aguda risita, uno hubiera podido considerarla una excelente oradora. Con ojos agudos y maliciosos, de pupilas encogidas a causa de la morfina, ojos que se clavaban ora en una, ora en otra de sus vecinas, la señora Rolfs atacó la impertinente complacencia de los creyentes, instauró por su cuenta, con gran derroche de conceptos científicos, a un nuevo y amado Dios, un Dios capaz de establecer su morada en el alma de cualquier ser humano, habló del derecho de la persona individual y de la esclavitud del matrimonio, en el que la divinidad de la mujer quedaba degradada de un modo más grave que en el oficio callejero de las prostitutas, y acabó su intervención con una apasionada alabanza del amor libre, con cuya introducción se iniciaría una nueva era.

Apenas tuvo tiempo para regodearse en el vivo aplauso de sus amigas, pues de inmediato la gorda esposa del consejero privado se puso de pie y, con tono seco, explicó que lo único correcto era educar a las chicas jóvenes como antes, para que fueran laboriosas amas de casa. Dijo aquellas palabras tan pausadamente, con tal solemnidad, que parecía poner en cada una de ellas el peso de su propia y robusta persona. Vivir para el esposo y para sus hijos era la felicidad de cualquier mujer, lo demás no le importaba, y el orden callado y la modesta constancia eran las herramientas con las que la mujer forjaba su felicidad, que no tiene por qué ser nada brillante.

—Eso, si no se la cubre con brillantes —comentó la mujer del profesor.
—Llevo los brillantes porque mi buen esposo me los ha regalado —respondió la gorda con ecuanimidad—; y los llevo con orgullo porque me los he ganado, gracias a mi larga e intensa labor al servicio de su comodidad, y si a alguna dama aquí presente le parecen extraños los anillos que llevo en esta mano callosa, me anticipo y le digo que los llevo gustosamente también por esa razón. Porque ellos me recuerdan cada día lo que debo a mi esposo y lo que él me debe a mí. Son para mí, en cierto modo, una advertencia en medio del torbellino de opiniones sobre la posición de la mujer, que tan a menudo me ha sobrecogido y llenado de confusión, y me han servido para no olvidar que el hombre y la mujer forman un conjunto, que no en vano nuestro amado Dios creó dos sexos que deben complementarse. A mí me han educado con sencillez, y he estudiado poco. Pero hay algo que sí sé, y me lo he aprendido de memoria: la mujer debe ser una asistente para el hombre, y por eso no entiendo por qué debo luchar contra él, pues he sido creada para ayudarlo. Ése es el sentido de mis brillantes, sólo para que lo sepa, señora profesora Rolfs.

Entonces Agathe ya no aguantó más. Muy excitada, se puso de pie.

—La señora consejera tiene toda la razón —exclamó—, tanta razón que no puedo evitar decir algo, aunque no soy más que una invitada. La educación es lo que debería importarnos a todas nosotras, las mujeres. Para ello Dios nos ha dado la condición de madres. Y debemos educar a nuestros hijos e hijas de un modo sencillo. No los malcriéis ni los convirtáis en fantoches vanidosos que se pasan horas y horas delante del espejo y hacen muecas cuando la madre les ordena que se pongan un delantal. Sencillos en sus palabras y en sus obras, sencillos, también, en la forma de vestir, sobre todo en eso. Una jovencita que se acostumbra a asearse y a ser amable, será una niña aseada y amable por dentro, ya que lo externo tiene un influjo enorme en lo interno. Y una criatura envuelta por la madre en adornos y afeites vanidosos, también tendrá su corazón lleno de adornos, y sus ideas de afeites, pues el vestido que lleve puesto… —En ese momento Agathe se interrumpió de repente. Vio la mirada de su hermano fija en ella.

Confundida, empezó de nuevo:

—No puede negarse que los vestidos caros nos vuelven torpes a la hora de trabajar. En la cocina tememos mancharlo de hollín, en el comedor tememos mancharlo de mantequilla, y a cada paso que damos tememos quedarnos enganchadas en algo y que se estropee uno de los caros encajes. Llegamos, incluso, a apartar al marido o a nuestros hijos para que no nos lo estrujen con sus muestras de afecto. La felicidad de muchas personas queda destruida por esos estúpidos lujos, pues el corazón humano se contagia con rapidez… Oye, deja ya de mirarme así todo el tiempo —dijo de repente, increpando con rudeza a su hermano y sonrojándose de tal modo que no pudo acabar la frase.

Se hizo entonces un silencio incómodo que se llenó con algunas risitas contenidas. Para poner fin a las posibles burlas, tomó la palabra la presidenta, que todavía se solazaba en las alabanzas de Weltlein. Con suma habilidad, supo resumir las opiniones discordantes en una frase ambigua en la que se hablaba de educar a los hombres para el amor, y entonces, sin transición alguna, anunció a la asamblea que uno de los estimados invitados, el señor Thomas Weltlein, tendría la bondad, a continuación, de expresar sus opiniones sobre el tema desde un punto de vista masculino, lo cual sería doblemente interesante para todos los presentes, ya que hasta entonces sólo habían hablado las mujeres. El contrariado mutismo con el que fue acogido el anuncio parecía refutar del todo el buen criterio de la presidenta, que estuvo a punto de balbucear una disculpa y poner fin a la reunión. Pero Thomas ya estaba allí, preparado como un gato antes de saltar, y su poderosa voz irrumpió en medio de los cuchicheos.

Thomas leyó su discurso, y mientras hablaba, se le notaba el placer infantil que sentía, la manera en que lo embriagaba aquel bodrio. Como veremos, el azar quiso que su manuscrito se conservara, de modo que estoy ahora en condiciones de reproducirlo aquí con la ayuda de otras anécdotas que me contaron más tarde de viva voz. Lo que me resultó curioso de todo ello fue la letra impecable, en la cual no se había tachado ni corregido nada. Thomas solía referirse a ello con gran énfasis, como testimonio de una sublime inspiración, ya que antes de descubrir su nueva vocación escribía mal y de manera caótica, mientras que ahora, a través de su letra, se manifestaba claramente la mano de Dios.

—Ante todo, estimadas señoras, quisiera darles las gracias por el hecho de que, por boca de la poeta que preside esta reunión, en su condición de símbolo del alma de artista en la mujer, en general, y del idealista vuelo de las ideas en esta asociación que sueña con un futuro más glorioso, en particular, me permitan expresar las sobrias observaciones de un varón, a pesar de que, salvo por una sola excepción que me resulta curiosa, todas las oradoras compartan el criterio de que esta cuestión sólo puede resolverse de manera práctica por medio de la madre o, al menos, a través del matrimonio. Y puesto que yo no estoy casado ni soy madre…
—Al grano —resonó la voz de la señora Rolfs, a la que el codazo propinado por su obsequiosa vecina le había llamado la atención sobre el hecho de que con lo de la «excepción» se estaban refiriendo a ella.
—A una se le corta el aliento de tan sólo escucharlo —le dijo en voz baja a la querida amiga—. Pero al final lo estrangularé con una de sus largas frases.

Thomas miró perplejo hacia el lugar de donde había salido el comentario y continuó:

—Mi deseo más ferviente es poder ser madre. No veo en ello ningún motivo para reír, señoras mías. Comparto ese deseo con el espíritu de todas las épocas, que aspiran a dar a luz algo más sublime, algo nuevo, aunque nuestra época sea una excepción en ese punto, pues la llaman la era del niño, con lo cual se expresa su infertilidad de un modo bastante infantil. Y es precisamente en la cuestión de las mujeres donde se refleja esa infructuosidad que podríamos llamar casi inmoral, tan inmoral como el vicio de las mujeres a mantenerse infértiles.
—Al grano —resonó otra vez en boca de la profesora, y en esta ocasión fue secundada por un par de señoritas ya entradas en años y la mujer del capitán, que no tenía hijos.
—Estoy justo en el grano, tocando el meollo del asunto. Aquí se habla de la preservación de la moral por parte de las mujeres, pero ¿cómo pueden alcanzar mejor esa meta si no es dando a luz? El pecado no está en la sensualidad, no. El desenfreno de la fornicación es algo sagrado, y le haría bien a nuestra época que le mostremos de nuevo el falo para que lo adore.

El profesor Kietz dio un codazo a su vecino Lachmann y miró a su alrededor, sonriente. La erudita desmesura de aquel loco necio que hablaba allí delante no se entendía muy bien, pero el rozar de los vestidos y los movimientos de los peinados daban fe de que se avecinaba una tormenta. Por un giro azaroso, Thomas, que nada sospechaba, logró aplazarla una vez más.

—De qué modo nos apremiaba y advertía hace un momento la boca de poeta de una mujer para que educásemos a nuestros hijos en el amor. —La presidenta se sonrojó, satisfecha, ante la respetuosa inclinación de cabeza que Thomas le dedicó—. En verdad os digo, es ésa una palabra gloriosa de una hondura insondable. Pero no menos que las que dicen que la mujer debe servir al hombre, y ello adorna a la oradora más que las joyas de piedras preciosas mencionadas aquí, correctamente, como símbolo de su noble credo. La mujer merece esas joyas. Porque si bien es ella la que sirve al hombre, también es la dueña del futuro, y ninguna corona puede ser lo suficientemente rica como para cubrir la cabeza de una madre.

El enfado en las caras de las oyentes se disipó en su mayor parte, y todas alzaron las cabezas para, por lo menos, dejar entrever el brillo invisible que, según el caso, derramaban sobre sus frentes dos o siete críos. Sólo alrededor de la señora Rolfs se fueron estrechando cada vez más las filas de las mujeres enfadadas.

—Si no fuera tan sacrílego decirlo, compararía la fuerza de las mujeres con la de Dios, que, en muestra suprema de su poder, creó al ser humano. Pero qué espectáculo tan extraño es el que vemos ahora, cuando la mujer, cuya naturaleza prometeica tanto envidiamos con perplejidad nosotros, los hombres, tiene la ambición de acaparar los míseros méritos de estos últimos, envidia el artificial e indigno deber de la vida laboral y empieza a emularnos a nosotros, esclavos del trabajo. Y a eso lo llaman un derecho, cuando, obviamente, no es más que una distorsión del derecho, una injusticia.

Entonces la señora Rolfs pasó al ataque. Con un comentario mordaz contra la presidenta, acerca de la escasa disciplina parlamentaria, solicitó dar cierre al debate, ya que no era posible persuadir al orador para que fuera al grano y, por lo visto, aquel hombre tampoco era capaz de decir nada nuevo.

Pero en contra del aplauso que rompió en torno a aquella conocedora del orden de un debate, aplauso que silenció la afirmación de Weltlein de que venía a anunciar un nuevo Evangelio, se levantó, en calidad de segunda contrincante por la futura candidatura a la presidencia, la gorda mujer del consejero de comercio, y tras su protectora corpulencia se escucharon gritos en todas las tonalidades: «Siga hablando». La batalla a gritos de ese bando quedó muy reforzada con la potente voz del profesor Kietz, quien, con la esperanza de ver sonrojarse a su joven alumna ante un nuevo comentario picante del extraño orador, forzó cuanto pudo sus pulmones para concederle de nuevo la palabra a Thomas.

La bonachona poeta, siempre tan consternada cuando le exigían que determinara las formas de los debates, corría de un lado a otro, de la mujer del consejero de comercio a la esposa del profesor, de ella hasta donde estaba Thomas, a fin de fomentar la paz, y finalmente se dirigió con expresión apremiante, en busca de ayuda, a Su Excelencia, que estaba allí en toda su esbeltez y altura, esperando con una risa burlona el momento de intervenir.

—Ruego que votemos —exclamó la señora Rolfs—. Mi solicitud tiene suficientes apoyos. —Y dado que la presidenta, ante esa nueva tarea imprevista, fue ocultándose cada vez más tras la protectora torre ministerial, la presidenta del intelecto, muy resueltamente, cogió la campanilla y la sacudió con energía. Sus pequeños ojos brillaron, saboreando el presentimiento de su inminente triunfo, con la conciencia de tener en la mano el atributo del poder. Y sin detenerse ni un momento en su mentira, anunció al círculo de personas que la escuchaban que la presidenta, en vista de su amistad con el orador, se había declarado parcial en este asunto y había delegado en ella la moderación del debate. De inmediato, ordenó que votaran. Por una pequeña mayoría, se acordó continuar el debate, pero una mirada informó a la señora Rolfs de que el coro de sus adeptos se había casi duplicado en los últimos cinco minutos. Con la esperanza cierta de que el protegido de aquella fantoche —la mujer del adulterador de vinos—, conseguiría, con sus estúpidas palabras, frustrar las aspiraciones al cargo de su rival, dejó que las cosas siguieran su curso.

El inocente Thomas, mientras tanto, había permanecido allí de pie como una novia kirguisa disputada por dos guerreros, muy contento por la importancia atribuida a su persona y con cierta vergüenza expectante sobre cómo se decidiría su destino. Apenas acabó la votación, empezó a hablar con autocomplacencia redoblada.

—Todo el mundo dispone de cierto grado de fuerza creadora. En general, los límites están muy bien trazados, y un hombre que actúa creativamente a solas es visto con perplejidad como un milagro, y con razón. El destino de la mayoría es formar el eslabón de un colectivo, de un todo, y sólo en la unión con otras fuerzas que aspiran a lo mismo puede el hombre lograr algo. Pero esto no constituye más que una cierta ventaja para la vida del ser humano, una nueva comodidad, una nueva posibilidad de vivir con más fuerza, llegado el momento, una obra que demuestra la nobleza del hombre y que enaltece o transforma a muchos. Pero el poder del hombre no va más allá. Él no es capaz, como la mujer, de crear, de dar alma a un grumo de albúmina, de hacerlo crecer hasta tener cabeza y miembros, convertirlo en un nuevo ser humano y luego depositarlo en el mundo como todo un emblema de fuerza inmortal, para que viva. Crear y educar hombres, ésa debería ser la educación de las mujeres, diseñarlos adecuadamente a imagen y semejanza de Dios (Ecce homo), debería ser su único estudio universitario. Porque con la creación de la vida se agota también la fuerza creadora de la mujer. Es sólo vanidosa presunción, inmoralidad, intervenir en otros ámbitos que pertenecen a los varones.

Una oleada de enojo atravesó la sala, y en medio de todo ello se oyó chillar la voz de la señora Rolfs:

—Le retiro la palabra al orador.

Todos se habían levantado de sus sillas. Thomas vio cómo de repente un amasijo de brazos se alzaba en el aire, poniéndose sombreros, sacudiendo enérgicamente abrigos y chaquetas o metiendo las manos en los bolsos y las carteras para sacar los estuches de las gafas. Muy pegado a él estaba únicamente, solitaria, su hermana, cuyo brazo era sostenido por Lachmann, que intentaba protegerla de cometer alguna torpeza. Porque mientras Agathe, con la mano libre, tiraba de la levita de su hermano, sus ojos lanzaban relámpagos funestos a Su Excelencia, situada al otro lado, y que en ese momento exclamó:

—Este hombre es un necio y un loco, un maleducado que, además, no conoce la decencia. Ponga fin a la reunión —dijo la esposa del exministro a la señora Rolfs; a continuación, cogió por el brazo a la avergonzada presidenta, que todavía estaba de pie detrás de ella, temerosa, y caminó hacia la salida con la cabeza echada hacia atrás. Junto a la puerta estaba todavía Käthe Ende. Esta última, como una colegiala castigada, se había dado la vuelta de cara a la pared y sollozaba tenuemente. Cuando Su Excelencia le gritó al pasar: «¡Es usted la culpable de este escándalo, señora Ende!», ella se sobresaltó y se giró.

En ese instante resonaba por toda la sala nuevamente el estridente tañido de la campanilla, y la señora Rolfs gritó con una voz que superó a todas las demás:

—¡La reunión ha terminado!

En el instante siguiente, la pretendiente al trono, convencida de su triunfo, pasó disparada por el lado de Käthe Ende y la miró de arriba abajo con una sonrisa malvada que le pronosticaba a la secretaria su hundimiento cuando ella, la señora Rolfs, se hiciera con el cetro de la asociación. Esa mirada sarcástica hizo que la joven tomara una rápida decisión. Apenas su enemiga salió de la sala corriendo detrás de Su Excelencia, Käthe Ende cerró la puerta de un tirón y se plantó delante de ella, firmemente decidida a no dejar entrar o salir por ella a nadie más, antes de que se decidiera el resultado de la votación.

Thomas, mientras tanto, había continuado hablando tranquilamente, sin importarle si lo escuchaban o no.

—La aspiración de la mujer debe ser amar al hombre y estar atenta a sus rasgos característicos para luego inculcarlos también en los hijos. El hombre es su estudio, con él ella también adquiere cultura, y ninguno de los conocimientos del mundo puede ayudarla, ningún esfuerzo puede prosperar si ella no ama al hombre y lo honra. Ésa es la verdadera devoción de la mujer, cuya religión debería ser la adoración de la fuerza creadora, no el amor al prójimo, del mismo modo que el cristianismo sólo pertenece al hombre. El camino nos lo muestra la propia naturaleza de un modo irrefutable, esa naturaleza que transforma a la mujer por medio de su capacidad para concebir. La semilla que la mujer hace fructificar…
—¡Eres un ser depravado! —gritó entonces Agathe, arrebatándole su escrito de las manos y arrojándolo lejos de ella, como si se tratase de un foco de infección. Lachmann, a continuación, se agachó y fue juntando con cuidado las hojas sueltas, mientras que Agathe intentaba arrastrar consigo, con todas sus fuerzas, al sobreexcitado hermano, al que incluso llegó a taparle la boca cuando, como un hervidero de enfado y sabiduría, pronunció las siguientes palabras:
—Cada perra lo demuestra. Es la gran ley del contagio psicofísico: cuando un perro callejero la monta, enseguida suelta su cría. —El resto no fue sino unas sordas gárgaras de sonidos que quedaron opacados por el estridente tañido de la campanilla. Apenas la mujer del consejero de comercio notó que su rival abandonaba el campo precipitadamente, dio un paso al frente, decidida, cogió con una mano al incorregible Thomas y con la otra la campanilla de la presidenta. Ahora estaba allí, como un gordo y furibundo ángel vengador, con espada, a la espera del momento en que la puerta se cerrara tras la señora Rolfs. Luego, con un potente empujón de su brazo fortalecido por el trabajo, apartó al balbuciente Thomas, y con él a su hermana, y empezó a sacudir con toda su energía la campana, si bien los brillantes que colgaban de sus orejas competían a ver qué se sacudía más. Con los brazos cada vez más abiertos, como si acogiera bajo su protección a toda la asamblea, gritó con su voz ronca:
—¡Quédense, señoras mías, quédense! Vengaré el insulto sufrido por nuestra asociación. Echaré al hombre que se ha atrevido a decir aquí tales cochinadas, como se merece. —Y dicho esto, agarró al perplejo Thomas por el cogote y, todavía haciendo tañer la campanilla, entre las risas jubilosas de los presentes, lo condujo hasta la puerta, que fue abierta por Käthe Ende. Y fue así como Thomas fue arrastrado por toda la sala como un delincuente al que la policía somete, ante los ojos de su antigua admiradora, que ayudó también a ponerlo de patitas en la calle.

Las puertas se cerraron de nuevo detrás de él y de Agathe, que corría a la zaga, y la esposa del consejero de comercio regresó a su sitio, mientras que Käthe Ende atajaba a las mujeres que se agolpaban en dirección a la salida y les exigía en voz alta que participaran en la votación para elegir a la nueva presidenta, una elección que, bajo ningún concepto, podía recaer en alguien que no fuese la salvadora del honor de todas, la señora esposa del consejero Walter. Un sonoro aplauso siguió a la propuesta, y mientras Käthe Ende cubría la puerta con firmeza, apoyando en ella su poderosa espalda para prevenir cualquier asalto llegado desde fuera, al tiempo que la defendía con sus manos de una fuga masiva desde el interior, se llevó a cabo la nueva votación. También el ecuánime Lachmann, que por fin había conseguido reunir las hojas dispersas, fue empujado hacia su sitio por la cuidadora de la puerta, y hubo de estar presente, para bien o para mal, en los comicios. Para matar el tiempo, empezó a ordenar las hojas del discurso de Weltlein, y fue leyendo, con asombro, todo lo que el buenazo de Thomas, en su estúpida inocencia, se había atrevido a exponer al concepto de decencia de aquellas mujeres. De vez en cuando negaba con la cabeza, en un gesto pensativo, o sonreía irónicamente. Por último, guardó el escrito. Reproduzco a continuación el final del discurso, tal y como se ha conservado entre los papeles inéditos de Agathe. El lector tendrá que imaginar por su cuenta cómo continuaba la frase en la que Thomas fue interrumpido de un modo tan brusco, pues precisamente esa página quedó destruida en el rifirrafe que tuvo lugar. Sí, parecen haberse perdido otras dos o tres frases, pues por lo menos el texto comienza, sin mucha conexión con el anterior, con las siguientes palabras: «… le falta a la mujer y, sin embargo, cualquier trabajo merece su recompensa». Y entonces pasa con desenfreno hacia el descabellado final: «Esa carencia es el auténtico principio inmoral del matrimonio y hasta de la vida en su conjunto. El hombre viola a su ignorante mujer, aún no está capacitada para el goce, y la frialdad de ella, su asco, lo espanta. Tal vez sólo más tarde, al cabo de unos años, cuando desaparezca en él la pasión ciega, acaecerá, inexorable, el desastre. Y llega entonces la terrible ironía con la que la naturaleza castiga el pecado contra su poder, un castigo cruel y ridículo. Porque desde el momento en el que el hombre da la espalda a los añosos atractivos de su amada, que no deseaba que la amaran, despierta en la mujer un instinto abandonado por mucho tiempo debido a los torpes cuidados, pero que ahora se despereza con fuerza irresistible. Sería el material para una comedia estremecedora o para la más ridícula de las tragedias.

»Es cierto que el hombre ha de ser educado, pero no como exigen las personas cortas de vista, para ser un absoluto mentecato, sino para ser un irresistible seductor en pos del placer sensual. Se le ha de enseñar metódicamente y con exactitud, como se aprende el abecedario, a despertar el ardor en una jovencita; es preciso educarlo en cómo un hombre debe poseer a una muchacha para convertirla en mujer, entrenando la sensualidad y las artes amatorias, mediante la seducción para el amor. Porque la mayor moralidad radica en la sensualidad, y la raíz de todo mal está en el antinatural vicio de las madres de convertir a sus hijos en angelitos poco viriles. Por eso, si vosotras, mujeres, queréis preservar la moral y las buenas costumbres, preservad también la sensualidad».

El manuscrito termina con tres signos de exclamación, cada cual más grueso, pero detrás de ellos, escrito a lápiz, hay un signo de interrogación hecho por Lachmann; a mí me contaron que el astuto doctor se marchó a casa esa tarde muy pensativo, después de que fuera elegida como presidenta la señora Walter.

(Continuará…)

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