Borges, un Quijote

José Luis Barrera

Visiones del Quijote (1960)-Salvador Dalí

 

La vida de Borges está fundida con su literatura. Hablar de sus escritos es hablar de él. En esa medida, es entendible el velo de helada intelectualidad que el prejuicio reviste a cientos y cientos de sus páginas donde desfilan gauchos, vikingos y autores apócrifos.

Ficciones es Borges. En este pequeño libro – aquel adjetivo, desde luego, se refiere al número de hojas y no a la calidad de lo escrito – es un striptease literario. En él su autor se desnuda hasta el punto de hablarnos de sus miedos y de sus pasiones sin ambages, aunque en clave.

Su pudor y sobre todo su delicadeza poética le impide decirnos que el verdadero protagonista de esos cuentos no es Menard o Hladik, sino Borges. Y así ocurre con todos sus poemas, cuentos e incluso los ensayos, donde su cerebro es el que se expone para que los lectores, como neurocirujanos, hurguemos sin piedad.

Borges nació en Buenos Aires en 1899. Argentina era, entonces, el país de los senderos que se bifurcan: por un lado, corría la sangre italiana que, en varias oleadas, llegó a América desde la segunda mitad del siglo diecinueve; y, por otro, la sangre de los gauchos, resultado de la mezcla española, portuguesa e indígena.

También es la época en que la memoria colectiva de los argentinos no ha olvidado aún el odio de las provincias del interior para con la capital, Buenos Aires, que, implacable, las subyugó tras cruentas guerras y una sucesión de héroes y tiranos.

Jorge Luis Borges es uno de los resultados de ese crisol argentino. En su árbol genealógico hay señores de la guerra del período independentista e intelectuales ingleses. Hay, por igual, locos y genios.

Durante la niñez, la influencia de su abuela, Frances Haslam, fue trascendental. Nacida en esa Inglaterra todopoderosa del siglo diecinueve veía con ojos entre sorprendidos e irónicos a unos americanos del sur que se masacraban por unificar un país que ni siquiera cumplía el siglo de existencia.

Ella, ávida lectora, enseñó a su nieto el inglés antes que el español, alimentándolo con Shakespeare y los poetas isabelinos. Fue tal el poder que tuvo aquella lengua sobre Borges que terminó por convertirlo en el más sajón de los escritores hispanohablantes.

Con fluidez recitaba poemas del ciclo artúrico y los sonetos de Shakespeare, antes incluso de haber leído a cualquiera de los clásicos españoles.

A los diez años, había traducido sin ayuda un cuento de Oscar Wilde y empezó a escribir versos y relatos cortos. Se volvió un entusiasta de las novelas de aventuras y, pronto, leyó a Quevedo y otros poetas del Siglo de Oro.

Su interés por los gauchos y los duelos de cuchillo se remontan a esta época, pues a menudo escuchaba historias de bravuconadas y ajustes de cuentas en las esquinas del barrio tradicional de Palermo donde vivía.

Era un joven tímido y leía con desesperación, tratando de absorber de los libros la vida que se le escapaba por sus miedos. Acaso era consciente de que pronto sus ojos no se lo permitirían más.

Al principio, seducido por el Martín Fierro, quiso escribir en clave gauchesca, tratando de rescatar el hablado lunfardo, mas, los viajes por España, Suiza – a la que acudió para someterse a un tratamiento oftalmológico, pues los problemas ya empezaban a manifestarse a los veinte años – lo cambiaron definitivamente.

En Europa conoció el ultraísmo y otras vanguardias. Asistió al café Pombo donde Ramón Gómez de la Serna animaba una tertulia maravillosa. Pese a la admiración intelectual mutua, ni Borges comprendió a Ramón ni este a aquel. Ambos hablaban en español, pero en códigos distintos.

De regreso a Buenos Aires, implantó el ultraísmo europeo en América. Escribió libros de poemas donde el olor de la capital porteña es ineludible y ensayó el relato con Inquisiciones, que contiene uno de los rasgos principales de su narrativa: la mezcla de elementos ficticios con reales.

Más tarde llegarían Historia universal de la infamia – libro del que siempre se arrepintió por su tono y, según él, por el abuso de artificios literarios – y, después, Ficciones y el Aleph, libros en los que el escritor finalmente cuajó.

En estos, Borges ha encontrado su voz. Hace uso de un lenguaje moroso e intelectual, recurre a falsear personajes o a referencias bibliográficas espurias. Sus lecturas lo han llevado a abandonar definitivamente los localismos por la cultura universal.

Sus cuentos y poemas se alimentan de libros. Se ha convertido en un escritor de escritores, tanto porque crea autores a su albur, como porque en Borges se depositan siglos y siglos de literatura mundial.

Acaso se pueden distinguir dos tipos de escritores: esos que son viscerales, cuyas letras salen de las entrañas y desnudan sus experiencias, miedos y placeres; y los que escriben desde el conocimiento y que, a diferencia de los otros, su escritura no responde a la necesidad de limpiar el alma de lo vivido, sino más bien de vivir lo leído.

Borges es uno de estos. Es varios escritores en uno. En él cohabitan Cervantes, Quevedo, Shakespeare y hasta Valmiki. Hay rastros de los antiguos sajones y de los vikingos que conquistaron Rusia, pero también hay un humor que, pese a la sutiliza con la que lo maneja, es implacable aun contra él mismo.

En sus cuentos Borges nos muestra su miedo a la vejez, a enfrentarse consigo mismo o con un enemigo implacable que, a puñaladas, pretenda aniquilarlo… En fin, se siente cobarde, incapaz de asumir los riesgos de la vida, teme la derrota del amor y la victoria de la muerte.

Para ese hombre, al contrario del citado Gómez de la Serna – quien se deja consumir por los placeres y vive sin treguas –, los libros son la única salida y escribir sobre ellos es la respuesta a un atávico miedo a este mundo que no es capaz de comprender si no es a través de los ojos de otros.

Por esto no se debe leer a Borges como “un autor obligatorio”, sino porque es un depositario de la cultura universal. Leerlo es leer a la humanidad con sus derrotas y sus virtudes.

Su literatura, a pesar de lo que se dice con frecuencia, es íntima porque habla de sus miedos y de sus pasiones, encubriéndolos por supuesto con un pudoroso halo intelectual.

Borges es un romántico, pero no en el sentido contemporáneo y vulgar de la palabra, sino en el clásico, en el de la Alemania del “Sturm und Drang”, donde el genio, inconforme con su mundo, se labra a punta plumazos uno a su medida.

Así era Borges: un lector inconforme, un amante rechazado para el que el amor tenía el color de la poesía y las matemáticas, dos disciplinas que la oscuridad del Siglo de las Luces separó para siempre, pese a que los griegos antiguos, esos que Borges aseguraba que ya lo sabían todo, consideraban indisolubles.

Jorge Luis Borges murió en Ginebra en 1986, sumido en la ceguera, pero con la mente tan fresca que era capaz de recitar versos que había aprendido cincuenta años atrás o hacer observaciones sobre una frase adecuada que leyó en Kipling cuando aún era un niño.

Su gran amigo Bioy Casares, escritor con el que hizo al alimón varios libros, cuenta en su diario que el 12 de mayo de 1986 recibió una llamada de María Kodama, secretaria y mujer de Borges:

Silvina le preguntó cuándo volvían; María no contestó a esa pregunta. Silvina habló también con Borges y volvió a preguntar: “¿Cuándo vuelven?”. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias sin importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. “Regular, nomás” respondió “Estoy deseando verte”, Le dije. Con una voz extraña me contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: “Estaba Llorando”. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse”.

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