El buscador de almas (I)

Georg Groddeck

 

 

I. AGATHE, EL EDITOR, AUGUST MÜLLER Y EL «BUSCADOR DE ALMAS»

Mi amiga, la señora Agathe Willen, me encargó en su lecho de muerte que publicara la historia de su hermano, un tipo raro llamado Thomas Weltlein.

—Thomas —me dijo— era el mejor de los hombres, y también el más inteligente que he conocido jamás. Y yo soy la culpable de que haya acabado de un modo tan lamentable. Mi manía de limpieza y mis angustias lo arrojaron a esas tempestades en las que naufragó. Y ahora, cuando cualquiera se burla de la locura de ese pobre infeliz, mi alma se siente abrumada por un peso enorme. Mis remordimientos me han llevado a reunir todo lo que he podido averiguar sobre las curiosas vivencias de mi hermano. Por eso le ruego a usted, que lo conoció y lo apreció, que eche un vistazo a los papeles, cartas y diarios guardados en aquella caja, que los ordene y los publique como una advertencia dirigida a todos los hombres y mujeres prudentes y sensatos.

Apenas dicho esto, la valerosa Agathe se dio la vuelta hacia la pared y murió.

Era un error de la buena anciana pensar que yo hubiera podido conocer o incluso apreciar al hermano por ella descrito. Cuando el azar me arrojó a la ciudad de Bäuchlingen, él ya había pasado a mejor vida. Pero, a esas alturas, yo ya no podía corregir a la muerta al respecto, por lo que, de pie junto a su lecho, juré satisfacer su último deseo. Por tal razón, cualquier publico indulgente habrá de perdonarme que le cuente con lujo de detalles cómo vivió y murió Thomas Weltlein.

Sin embargo, debo puntualizar algo en mi narración antes de iniciarla. El hombre del que trata esta historia no se llamaba Thomas Weltlein; había recibido de sus padres el nombre de August Müller. Pero él mismo se otorgó plenos poderes para cambiarse el nombre que había heredado. En Bäuchlingen esto era algo que todo el mundo sabía, y hasta yo tenía conocimiento de ello, pero no fue hasta que leí los papeles de la difunta hermana que me enteré de las extrañas motivaciones de ese nuevo bautismo, algo sobre lo que también informaremos al lector en su momento. Por ahora, el hombre del que he de hablarles se llama todavía August Müller.

Debido a la muerte de sus padres, August Müller entró en posesión temprana de un patrimonio considerable. Fue alumno, por varios años, de una serie de universidades, viajó mucho y tuvo incontables vivencias, y, finalmente, regresó a su retiro en Bäuchlingen siendo un hombre de treinta y tantos años. Y allí vivía, en una casita rodeada de parras, en compañía de su hermana viuda, Agathe Willen, y de la hija adolescente de ésta, Alwine. La llegada de su hermana a la casa estuvo asociada a un acontecimiento que, por muy insignificante que ahora pueda parecer al lector, debemos mencionar. En uno de sus viajes, August había conocido al nieto de Goethe: Wolf. Por su don para hacer hablar y para escuchar atentamente a personas solitarias, se ganó en tan alto grado el favor de Wolf Goethe, que éste, a modo de recuerdo, le regaló una silueta recortada por la mano de su abuelo. En nítidos contornos, en papel negro, se ve la figura de un hombre sentado sobre un globo terráqueo que sostiene sobre la palma de la mano a una mujercilla desnuda cuya zona crucial examina con una lupa. August quedó encantado con el regalo e hizo enmarcar la figurita, a la que llamó el «Buscador de almas». La había colocado sobre su escritorio de tal modo que, cada vez que alzaba la vista del trabajo o de algún libro, sus ojos se posaban forzosamente en ella. Adoraba aquel dibujo. Tras la muerte de su cuñado, invitó a su hermana a que viniera a visitarlo a Bäuchlingen durante unas semanas en compañía de la pequeña Alwine. Puesto que aquella niña le gustaba, y la mano diligente de su hermana le haría la vida más agradable, una mañana le pidió a Agathe que se quedara con él y llevara los asuntos de su casa. Agathe, que estaba sentada frente a él, en el viejo sofá de cuero, molesta por el hecho de que su hijita Alwine lamentara la pérdida del padre tan poco como ella la del marido; enfadada, asimismo, por no haber sabido transmitir a la niña ni siquiera la decencia necesaria para fingir el duelo, tal y como ella hacía, estuvo a punto de rechazar de plano la petición, ya que atribuía esa falta de sensibilidad en su hija al influjo del extraño afecto de Alwine por su tío. Sin embargo, en ese momento vio cómo Alwine, que estaba cariñosamente acurrucada junto a su amado tío, estiró su delicada mano para agarrar el «Buscador de almas». Agathe se puso de pie de un salto, levantó a la niña del regazo de August, le dio un manotazo en la mano y la mandó a tomar viento fresco. Lo que los dos hermanos acordaron a continuación es algo que desconozco, pero el resultado fue que el «Buscador de almas» de Goethe desapareció del escritorio de August Müller y que Agathe y su hija se mudaron a su casa.

Además de sus dos parientes y de una robusta criada, Emilie, en la casa vivía una anciana llamada Trude que siempre acarreaba consigo cierto aire de envidia, encono y odio. Curiosamente, aquella mujer gozaba del favor especial de August Müller, que la había bautizado con el apodo de «la Bella Rottraut», y de ella afirmaba que había sido su ama de cría, lo cual, como ha podido demostrarse, era falso. El motivo por el cual toleraba en su casa a esa criatura cuyo único diente parecía clavarse en cualquier cosa que transmitiera alegría era la maldad. A August le divertía aquella guerra constante entre las mujeres, y creía que el temperamento de su hermana necesitaba de una distracción así; de lo contrario, acabaría vertiendo sobre él su abundante y fluida bilis.

Lo que es trabajar, August no trabajó nunca. Con suma habilidad eludía todo lo que le resultara fastidioso, y sólo hacía lo que era de su agrado. Eso sí, era un hombre amable y divertido, le gustaba beber y no era envidioso, de modo que era querido por todos. Por su aspecto, era como cualquier otro ser humano, sólo que un poco más alto de lo normal: tenía una barriga bastante prominente y una calva prematura. Su nariz era roja y casi siempre estaba afeada en su nacimiento por unos granitos purulentos.

Por lo demás, nada más hay que contar sobre August Müller.

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II. LAS CHINCHES APARECEN

La apacible tranquilidad en la que August vivía quedó perturbada del modo más horrible cuando la hija de su hermana, Alwine, hizo su confirmación. En señal de que ahora era una adulta, la señora Agathe había dispuesto que se acondicionara el dormitorio como saloncito y le había asignado a su hija, para dormir, la recámara que hasta entonces había estado ocupada por la vieja Trude. Ésta se limitó a sacar su gruesa lengua por entre los labios, con una risita burlona, de modo que la lengua quedó doblemente dividida por el diente solitario, y fue a ver a su joven señor para quejarse por haber tenido que hacer sitio a aquella idiota. Sin embargo, August, aquel espíritu olímpico, hizo lo que han hecho desde siempre todos los padres de los dioses y de los hombres: decidió en contra de la anciana y en favor de la rozagante jovencita, y luego, con una sonrisa maliciosa, se alegró cuando oyó el portazo y la Bella Rottraut sacó sus trastos para llevárselos a su nuevo alojamiento. Todavía no sospechaba la terrible venganza que la mujer ya estaba elucubrando.

A la mañana siguiente, Agathe se presentó ante su hermano presa de una enorme excitación. Con la mano bien extendida llevaba, en la puntita de los dedos, un pliego de papel blanco doblado. Sin decir nada, se lo puso a August delante de las narices, justo encima de su lujosa edición de Don Quijote. La expresión de su cara transmitía tal repulsión y asco que el importunado, sacado de aquel modo de su lectura favorita, ni siquiera se atrevió a reprenderla, sino que, pacientemente, desdobló el papel. Con atención observó el diminuto objeto que estaba envuelto en él, lo examinó detenidamente bajo la lupa y, levantando la vista hacia su hermana, dijo:

—Es una chinche.
—Eso ya lo sé yo. ¿Es que necesitas un cristal de aumento para eso? Deberías exterminarla.

Con un gesto grandilocuente, August estrujó el trozo de papel y lo arrojó por la ventana abierta.

—Ya está —dijo, e inclinándose sobre el libro, buscó el pasaje en el que había sido interrumpido.
—¿Ya está? —repitió la hermana con voz temblorosa—. No, no está —y entonces, rompiendo a llorar a lágrima viva, gritó—: ¿No comprendes lo que esto significa? Tenemos chinches en la casa, en tu casa… Chinches. Piensa en lo que eso conlleva. Y, para colmo, en la cama de tu sobrina; fue allí donde la encontró la criada. Es una guarra esa Emilie; ayer mismo tuve que reprenderla porque no había hecho la cama de Alwine, y hoy encuentra esto, ¡esto!, y viene y me dice que no va a hacer camas donde haya chinches, que no se quedará en esta pocilga. Le di una buena bofetada y la despedí del servicio, pero ahora va a ir por ahí gritándolo por toda la ciudad, y yo perderé toda mi buena reputación. «Donde hay una, hay varias», dijo la mujer. Y tiene razón. Donde hay una, hay varias. Pronto todos me señalarán con el dedo, y la gente cuchicheará; dirán que he llenado esta casa de mugre.

August soltó una sonora carcajada, pero de inmediato se recompuso al ver la desesperación de Agathe.

—Ya está bien, hermanita —dijo—, el asunto no es tan grave, lo solucionaremos.

La pequeña mujer miró a su hermano con una expresión de suma confianza:

—Sí, tú salvarás mi honor —dijo—; lo sé. Pero no es fácil. No hay manera de exterminar a las chinches, eso deberías saberlo.

August sonrió con aires de superioridad.

—Tranquilízate. Lo haré —respondió, y al hacerlo se apoyó hacia atrás en la silla y se quedó pensativo. Durante un buen rato Agathe se quedó observándolo llena de admiración. Luego se marchó sin hacer ruido.

A partir de ese momento se acabó la paz para August Müller. A lo largo de toda su vida, Agathe había mirado a su culto hermano con callada veneración, sin exigirle jamás una prueba de su superioridad. Ahora, por primera vez, sus habilidades y saberes quedaban puestos a prueba por ella, y, justo entonces, ante esa tarea ridículamente insignificante, él fracasaba. Había pensado que el asunto era fácil pero, ya se veía, no era capaz ni de dar un paso.

Al principio todo fue muy fácil. Ante el admirado asombro de su solícita hermana, August inició su labor a fondo, como hacía con todo. Desarmó la cama, examinó cada rendija, revisó el colchón, rebuscó entre los revestimientos de madera de la pared. Por ninguna parte encontró el más mínimo rastro. Entonces empleó petróleo y ácido clorhídrico en grandes cantidades, y todo pareció ir bien. Satisfechos, persuadidos de su victoria, cansados por la labor, la pareja de hermanos se tumbó para reponer fuerzas, desgastadas por tanto esfuerzo. Sin embargo, ya a la mañana siguiente la sobrinita encontró un nuevo ejemplar de la misma especie.

Entonces, la casa se vio presa de una gran agitación. Echaron manos a todos los recursos disponibles y, con la participación de todo el servicio, de la hermana y de la sobrina, August reanudó la caza. Pero de nada sirvió. Otro indeseado huésped apareció y picó a la adorable Alwine en pleno sueño de niña inocente. Con gran despliegue de fuerzas se intentó una nueva batida, la tercera. Vino el empapelador, impermeabilizaron las tablas del suelo, arrancaron los revestimientos de madera, renovaron el empapelado, limpiaron todo el mobiliario y lo impregnaron de los más insólitos ácidos y venenos. Thugut, el empapelador, juró por todos los cielos que ninguna pulga sería capaz de entrar ahora por esas ranuras, mucho menos una chinche.

Pero entró. No ocurrió de inmediato, pero al cabo de unos días había allí, de nuevo, un único ejemplar de chinche, que bastó para quebrantar el ánimo de la hermana de August. Con un profundo suspiro, Agathe hubo de admitir, de una vez por todas, la impotencia de su hermano, y entonces afloró la duda y su confianza se vio minada. Ahorrándose cualquier palabra contra su hermano, Agathe abandonó la lucha. Compasiva, cambió de cuarto a su hija, y en lo sucesivo se conformó con pasar ante aquella recámara con ojos llenos de odio.

Pero August pensaba de otra manera. Estaba en juego su honor, y se prometió a sí mismo que no descansaría hasta que no hubiese demostrado su infalibilidad. Él mismo se trasladó a la habitación maldita y pasó allí noche tras noche, al acecho, insomne, persiguiendo a aquellos bicharracos. De vez en cuando capturaba a alguno de aquellos monstruos de color rojo. Entonces, con secreto placer, ejecutaba al vampiro chupasangre y a la mañana siguiente empezaba una nueva cacería.

Agathe desesperó. Veía a su tranquilo y honorable hermano ponerse frenético, un hombre ávido de sangre, cruel. Porque, poco a poco, August le había ido tomando el gusto a martirizar solemnemente a sus enemigos delante de toda la casa reunida, y empleaba para ello los tormentos más rebuscados. Ya no esperaba hasta por la mañana para continuar con la búsqueda y la caza, sino que él, hombre normalmente tan considerado, asustaba ahora a la parentela y a las criadas en plena madrugada con un grito de guerra: «¡Chinches!», con el cual recababa la participación en la batalla de sus somnolientas compañeras de vivienda. Sus libros favoritos empezaron a llenarse de polvo; August revolvía viejos anaqueles en busca de productos eficaces, su gabinete de estudio se fue llenando de lejías y ácidos, líquidos rojos, verdes y amarillos envasados en botellas o frascos. Se fueron acumulando jeringas, pinceles y cepillos de toda clase; en fin, que la vida de August consistía únicamente en una batalla campal contra las chinches. Agathe se atrevió, tímidamente, a recordarle que ahí fuera, para ayudar a los que sufrían, estaban esos maravillosos asistentes: los fumigadores. Pero August se tomó a mal aquello. Él solo acabaría con este asunto. Pero su fe en sí mismo era desmedida, y al final se alegró cuando el fumigador diplomado Lauscher acudió en su ayuda.

Pero, ¡ay!, tampoco sirvió de nada. La desgracia siguió siendo la misma; cada dos o tres días aparecía una única chinche, picaba al desdichado August Müller y moría después, si bien no pasaba mucho tiempo hasta que aparecía su sucesora. Vino otro fumigador, y un tercero, y un cuarto. Pero todo fue en vano.

August deambulaba por la casa con los ojos inquietos, era otra persona, estaba fuera de sí, completamente transformado, y todo el que se lo tropezaba por la casa intentaba evitarlo. Leía absorto la sección de anuncios de todos los periódicos, solicitaba cualquier producto allí recomendado y mantenía correspondencia con una docena de personas expertas, como el fumigador Lauscher.

Al fin, totalmente desesperado, publicó en el periódico una recompensa de cien marcos para la persona que le indicara un medio infalible para exterminar a las chinches. Las cartas le llegaron por centenares. August las leía con desdén. Lo que le recomendaban él ya lo había descartado hacía tiempo por inútil.

Pero una mañana acudió muy alterado donde su hermana.

—Lee —dijo, extendiéndole una carta.

Agathe se asustó. Conocía la letra.

—Es de Lachmann —dijo la hermana, dejando caer el papel.
—Sí, sí, de tu antiguo admirador. Escucha —dijo August, quitándole la carta de las manos y leyendo en voz alta—: «Hola, viejo. He leído tu anuncio y quiero intentar conseguirte ese producto infalible contra las chinches. Pero tendrías que venir hasta aquí. Yo no poseo el remedio, sólo conozco sus efectos. Un tipo algo raro, ya mayor, para más señas arqueólogo, ha dado con ese remedio, pero se muestra muy tacaño con él, pues dice que el mundo no merece buenas obras de gran magnitud. No hay nada que se le pueda sacar con dinero. Pero yo, en una ocasión, le saqué una espina que se le había atravesado en la garganta cuando, durante una comida, me construyó la planta del Templo de Delfos echando mano de unas colas de arenques y de cáscaras de patatas y, de repente, notó que había colocado la tumba de Dionisos en el lugar equivocado. Desde entonces estoy en muy buenos términos con él y, si empezamos actuando con inteligencia, podremos sacarle a ese listillo su secreto. Pero, como te he dicho, tendrías que venir. Te lo presentaré. Luego puedes quedarte unos días por aquí. En la medida en que me lo permita mi negocio de matasanos, me pondré a tu disposición para cualquier travesura. Mis más sinceros saludos para tu señora hermana, de su siempre fiel primo: Lachmann».

Agathe no dijo una palabra. El nombre de Lachmann, y su forma de escribir, que tan bien conocía, habían despertado viejos recuerdos.

—¿Qué opinas? —preguntó August—. ¿Debo ir?
—Claro que debes ir, por supuesto.
—Bueno, la verdad es que no estoy tan seguro. Lachmann es un payaso, le divierte tomarle el pelo a la gente. Aunque conmigo se ha comportado siempre de un modo razonable, la verdad.
—Siempre —afirmó Agathe—. Él trata a los idiotas como idiotas, pero con la gente razonable siempre fue razonable. Además, si de verdad quisiera hacerte una jugarreta, no me mandaría saludos. Él no me haría tal cosa —dijo la hermana, y, al hacerlo, aquella mujer madura se ruborizó como una jovencita.

August sopesó la hoja de papel en su mano, dubitativo.

—Y si su remedio no sirve, por lo menos podrás salir de este antro de desgracias durante un par de días. Tal vez así te olvides de toda esta historia.

August le lanzó una mirada furiosa.

—No quiero olvidarme de ella —dijo, guardándose la carta en el bolsillo y alejándose, pensativo.

Tal vez en ese momento la mente de August Müller ya estuviese destrozada a causa de tantas noches en vela en su lucha contra las chinches. De lo contrario, él, que conocía bien a su primo, hubiera procurado no caer en aquella burda trampa. Las persuasivas palabras de su hermana no las tenía para nada en cuenta. Sabía que Lachmann era el antiguo amor de Agathe. Pero, en fin, fuera como fuese, lo cierto es que August partió al día siguiente. Lo que vivió con su amigo no es posible determinarlo con certeza. Sus anécdotas sobre aquellos hechos tienen el carácter de un desbordamiento mental, un desbordamiento cuyas aguas anegaron las palabras de August durante toda su enfermedad. Lo poco que pudo corroborar la propia Agathe lo sabrá el lector a su debido tiempo. Pero ya está bien: baste decir que un buen día, muy temprano por la mañana, August llegó de nuevo a casa en un estado más que lamentable.

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III. UN CASO DE ESCARLATINA. EL DOCTOR VORBEUGER. UN INTENTO DE FUGA

Exhausto, August se presentó ante su hermana, que al verlo se levantó rápidamente. August se quejó de debilidad, de una sensación de calor insoportable, y, con un breve gesto, rechazó cualquier pregunta sobre lo que le había sucedido. Su hermana se sintió sumamente alarmada por su aspecto enfermizo y su renuencia a tomar nada. Durante su ausencia, ella había hecho acondicionar de nuevo su antiguo dormitorio. Pero August se mantuvo en sus trece, y dijo que ese mismo día iba a acabar con todas las chinches. El profesor Steinschnüffler, el amigo de Lachmann, le había entregado su remedio. Provenía de una recopilación de leyes del rey Hammurabi. Durante miles de años esa verdad eterna, legada por el rey al mundo en escritura cuneiforme, había quedado oculta, enterrada, y sólo la aguda mirada de Steinschnüffler había sabido desentrañarla. Al decir esto, August rio con picardía, sacó del bolsillo un papelito arrugado y empezó a jugar con él como si fuese una pelota.

Finalmente, la hermana consiguió llevarlo a la cama. Ordenó que le prepararan un vino tinto caliente y especiado, trajo termos y compresas mojadas, y cuando August le dijo que la fiebre le estaba provocando temblores, ella trajo un antipirético de su bien provisto botiquín. Llena de satisfacción, Agathe fue testigo de cómo su hermano se tragaba la píldora. A continuación se marchó, y, ya totalmente tranquila mientras pensaba en todo lo que le quedaba por hacer, inició su aseo matutino. Estaba a punto de recogerse el pelo en un moño alto cuando la puerta se abrió de golpe y su hermano entró. Estaba a medio vestir, tenía la camisa abierta, dejando entrever su pecho velludo. En una mano sostenía a uno de sus inevitables enemigos, al que ya había ejecutado.

Agathe se levantó de la silla de un salto y se refugió en el rincón más apartado de la habitación.

—Dios mío, ¿qué has hecho? —gritó—. ¡Vaya aspecto que tienes!
—Rojo, tengo todo el cuerpo de un color rojo escarlata —respondió August, mirándose con atención las manos manchadas. Agathe seguía observándolo, perpleja. Había cogido el espejo de mano y se lo puso delante de la cara, como un escudo. Sin embargo, cuando el hermano caminó hacia ella para examinarse la cara salpicada de manchas rojas, ella gritó:
—¡Escarlatina! ¡Tienes la escarlatina! ¡No me toques! ¡Ay, mi pobre niña! Nos contagiarás a todos. La cogiste en casa de Lachmann. Uno no debe tener amigos médicos. Vete, vete ahora mismo. Nos matarás a todos. Que nadie se te acerque. ¡Rápido! ¡A tu cuarto! Oh, mi pobre Alwine, pronto estará en el cementerio.

Entonces Agathe cogió el sacudidor y, blandiéndolo como si fuese un arma, con el espejo extendido hacia delante en la otra mano, fue espantando al hermano en dirección a su cuarto. En vano adujo el desdichado que se sentía la mar de bien. Hubo de ceder ante los ojos horrorizados de aquella virgen de todas las batallas, ahora extrañamente armada, hasta ser metido a la fuerza en su habitación llena de chinches. La puerta se cerró con un estruendo a sus espaldas, la llave giró en la cerradura, y August quedó allí, prisionero.

—No saldrás de ahí hasta que no venga el médico —oyó todavía, y luego escuchó cómo se abrían las ventanas del corredor, cómo acudían, presurosas, las criadas, y cómo al cabo de un rato los baldes de agua golpeaban sobre el suelo; oyó el entrechocar de los cubos y los escobillones rascando los tablones.

Durante un rato el cautivo —anonadado por la sorpresa— se quedó junto a la puerta, entonces accionó el picaporte.

—¡Agathe!

No hubo respuesta.

—¡Agathe! —repitió.

Nada sucedió. Sólo oyó las diligentes escobas bajando y subiendo por el pasillo. De repente la ira se apoderó de él. ¡¿Cómo?! Toda su vida había sido el honorable señor Müller, ciudadano modelo, distinguido y amante del orden, orgullo de su casa y de su ciudad, ¿y ahora las criadas lo perseguían con sus escobas, como si tuviera los pies embadurnados con la mugre de los establos de Augías? Golpeando la puerta con ambos puños, empezó a gritar como un poseso, llamando a su hermana. Y cuando eso no bastó, empezó a llamar a todos los inquilinos de la casa por su nombre y apellidos, mandando al infierno a cada uno de ellos con los peores insultos. Ni siquiera se molestó en tomar aire. Los puñetazos se fueron haciendo cada vez más amenazantes, sus gritos eran cada vez más intensos y penetrantes, hasta convertirse en un inarticulado alarido de rabia. Espantadas por aquellos gritos, las criadas corrieron adonde su señora, quien a pesar de que también se sentía presa del miedo a que el infectado, poseído por el delirio de la fiebre, pudiera derribar la puerta, intentó calmar a su rebaño. Su preocupación era del todo innecesaria. Por mucho que el modelo de todas las virtudes ciudadanas estuviera ahora perturbado por la rabia, la hermana lo había educado demasiado bien como para que se le ocurriera ahora volar por los aires la puerta de su calabozo. August sólo estremeció la casa con sus gritos y su furia durante una hora.

Calló de repente. La llave había girado en la cerradura y, a través de la estrecha rendija, asomó la magra figura del médico de la comarca, el doctor Vorbeuger.

En esta historia, más que cierta, no tengo potestad para callar nada en favor de nadie, y debo confesar, para vergüenza propia, que Agathe Willen, tras haber dejado entrar al médico en la prisión de su hermano, se quedó junto a la puerta escuchando, con la oreja pegada a ella. No pudo entender las palabras de Vorbeuger, pues, como de costumbre, el médico hablaba muy bajito y con cautela. En cambio, la voz del hermano se volvió violenta al cabo de unos pocos minutos.

—¿Para qué examinarme? Todo el cuerpo tiene el mismo aspecto que la cara. ¿Tengo el cuello rojo? No me extraña. Pásese dos horas gritando y verá que a usted le sucede lo mismo. ¡Escarlatina! ¡Escarlatina! Pero si yo me siento bien, muy bien. Me he dedicado a cazar chinches. ¿Sabe lo difícil que es eso? Quien puede hacerlo no está enfermo. ¡Así que cuidado! ¡Y consideración! Aunque, ¿consideración con mi hermana, que me ha encerrado aquí como a un ratón? Además, si me permite la pregunta: ¿cuánto tiempo más va a durar este encierro?

Agathe estuvo a punto de dejar caer al suelo el frasco de Sublimat, la solución de cloruro de mercurio que Vorbeuger le había puesto en las manos nada más llegar, pero entonces el aplicado August Müller gritó:

—¿Qué? ¿Seis semanas? Señor, ¿se ha vuelto usted loco? No me quedo aquí ni un minuto más. —Entonces la puerta se abrió con violencia, de modo que la señora Willen fue lanzada contra la pared, y el hermano irrumpió en el pasillo y lo atravesó corriendo, mientras lanzaba a su hermana una mirada fulminante; cogió el sombrero del gancho y, un instante después, estaba en la calle.

Avergonzada, Agathe miró al doctor, que se frotaba las manos con una sonrisita entre ácida y dulce.

—Escarlatina —dijo él—; un caso no muy grave, pero es escarlatina, de eso no hay duda.

Agathe suspiró. Unos fantasmas rojos bailotearon delante de sus ojos y, con un temor callado, la mujer apretó con sus manos el frasco de Sublimat.

Con aires de importancia, Vorbeuger se lavó las manos en la jofaina que le habían puesto delante.

—Es muy curioso el comportamiento del señor Müller —dijo mientras se aseaba —. Quiero suponer que está muy alterado a causa de la enfermedad, y tal vez tenga delirios de fiebre. Pero no es correcto eso de marcharse. Va a llevar la epidemia por toda la ciudad; y luego seré yo quien cargue con la responsabilidad.

Agathe vertió el contenido del frasco sobre las manos extendidas del doctor, mientras lo escuchaba con respeto. Pero al ver que no seguía hablando, sino que sólo se secaba las manos con esmero, le pidió tímidamente:

—¡Ayúdenos, doctor, ayúdenos!

Vorbeuger seguía intentando eliminar las últimas humedades. Entonces alzó las cejas con aires de importancia, carraspeó y dijo:

—Como médico, no tengo nada más que hacer en esta casa, eso es obvio. Pero como funcionario del Estado debo ocuparme de que el señor Müller sea aislado; y si no puede ser de otra manera, habrá que pedir ayuda a la policía.

La señora Willen puso a un lado el frasco de Sublimat. Luchaba con sus manos para mantenerlas quietas. Un escalofrío recorrió sus extremidades. ¡August Müller y la policía! Era horrible.

—¿Qué pretende hacer? —le preguntó al médico.
—Arrestar al enfermo y hacer que lo lleven al hospital.
—Oh, eso será un escándalo —se lamentó Agathe—. No, por el amor de Dios, no. No conoce usted a mi hermano. Provocará una desgracia, eso no.

El doctor Vorbeuger se encogió de hombros, indiferente, cogió su sombrero y su bastón.

—Desempeño un cargo público, y no puedo tener en consideración los deseos particulares de la gente. Tengo obligaciones para con el bien común. Los enfermos de escarlatina son un peligro para la comunidad. Y si el señor Müller no se atiene de buena voluntad a las normativas, tendré que acudir a la fuerza del Estado.

La señora Willen logró controlarse.

—Él se atendrá a esas normativas —dijo—, se lo prometo.

Vorbeuger sonrió con indulgencia.

—Promete usted demasiado. Su señor hermano ha de permanecer encerrado todo el tiempo que sea necesario hasta que haya pasado el peligro de contagio. ¿Y cómo pretende conseguir algo así con un hombre que actúa de un modo tan desconsiderado para con sus congéneres, que ahora, visto lo visto, tendrían derecho a encerrarlo?

Agathe, llena de esperanzas, le extendió la mano al doctor.

—Puede usted fiarse de mí, señor doctor del distrito —dijo—. En cuanto August regrese, lo encerraré, y no volverá a salir de esa habitación hasta que yo misma no se lo permita.
—Bueno, si lo consigue, tendrá usted todos mis respetos. Por favor, comuníqueme cuando haya logrado arrestar a su hermano. Entretanto, iré telegrafiando al colega Lachmann para preguntarle si sabe algo de esta infección.

Dicho esto, el médico se despidió y se marchó de allí con la cabeza bien alta.

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IV. ENCIERRAN A AUGUST Y AGATHE VA A VISITARLO

Agathe desplegó de inmediato una actividad insólita. Se quitó de golpe el vestido y las botas, se ató un trapo alrededor del pelo, se puso guantes y, suspirando, diciéndose que todo aquello debía ser arrojado al fuego, se puso manos a la obra para limpiar la celda de su hermano. Mandó a la criada en busca del cerrajero. Ella misma trajo ropa para su hermano y ropa de cama, trajo vajilla y todo tipo de víveres, una gran jofaina para lavar los recipientes y paños para secarlos, cubo, escoba, bayetas. Todo se fue acumulando en el balcón aledaño al cuarto de las chinches; no había olvidado, ni siquiera, el sillico. Una botella enorme de solución de Sublimat y una tina de jabón líquido completaron las provisiones. A pesar de la prisa que llevaba, seleccionó con esmero todos los trastos usados, pues se juró que nada de aquello, nada de lo que había estado en aquella habitación infectada, volvería a usarse jamás.

En menos de una hora estuvo todo listo, y Agathe se sentó, pensativa, con las manos sobre el regazo, delante de la habitación de las chinches. Esperaba al cerrajero.

—Si fuera necesario atender a August, yo misma lo haré. De lo contrario, él mismo tendrá que arreglárselas para hacerlo todo solo. Y si tengo que entrar a verlo, lo cual, probablemente, será necesario, porque a fin de cuentas… —Como era su costumbre, no acabó la idea sobre lo que la obligaría a entrar en el cuarto del hermano— … su cuarto hay que limpiarlo —dijo, retomando el hilo de sus pensamientos, de forma osada, aunque en otro sentido—. Me haré dos vestidos con sacos de lino, y así no me expondré demasiado. Uno puedo meterlo luego en una solución de fenol mientras llevo puesto el otro. Y hasta el balcón llegaré con la escalera. Eso se puede hacer.

Agathe estaba casi contenta con sus planes. De tanto en tanto se ponía a la escucha, a la espera de los pasos del cerrajero. Por fin apareció el tal Haudrauf, y entonces se iniciaron unas labores un tanto extrañas. La señora Willen ordenó poner dos barras de hierro móviles en la parte exterior de la puerta de la celda, dos barras de hierro que, colocadas sobre unos ganchos también de hierro, resistirían cualquier embestida desde dentro. La obra quedó lista pronto, y Agathe se quedó allí, con las manos cruzadas, a la espera. El corazón le latía con fuerza. Si su ardid funcionaba, su hermano estaría a salvo de la policía.

Por fin oyó los pasos de August. Rápidamente, huyó a su habitación. Cuando él entró al pasillo, ella asomó la cabeza a través de la puerta y dijo:

—Me alegro de que hayas llegado. Te he hecho la cama. Piensa que bajo el colchón hay una chinche.

No pudo terminar. Como un loco, August pasó por su lado hecho una furia y, un instante después, la puerta había quedado cerrada a sus espaldas, con las barras dispuestas en su sitio.

—En fin, jovencito —dijo Agathe—. Ahora te tengo a buen recaudo.

Sin preocuparse por la furia del prisionero, que de pronto se veía engañado de un modo tan mezquino, Agathe se alejó. Sentía tal alivio que, inconscientemente, empezó a tararear la melodía de El murciélago: «Tengo una linda pajarera», pero en medio del estribillo recordó que su hermano estaba enfermo. Asustada, paró de cantar y, en su vergüenza, fue en busca de una silla, la puso delante de la puerta de la celda y se sentó, al acecho de cualquier sonido que llegara de aquel cuarto. Por el movimiento de los muebles y los tirones de almohada pudo seguir con exactitud cómo el hermano se entregaba a su ocupación favorita.

Estuvo de guardia durante horas. Y allí la encontró el doctor Vorbeuger. Lachmann había salido de viaje y no podría responder concretamente a sus preguntas hasta dentro de varios días. Pero no era imposible que entre sus pacientes hubiera algunos enfermos de escarlatina.

Agathe acogió aquella noticia como un mensaje de su victoria. Le alegraba haber tenido razón y, en medio de aquella sensación de triunfo, le gritó al hermano, que estaba enfrascado en su deporte favorito:

—Tienes escarlatina. Yo lo sabía.

August soltó una sonora carcajada.

—Ni rastro de escarlatina. Estoy muy sano. Ya lo verás mañana; hoy todavía tengo cosas que hacer. ¡Tengo la receta de Steinschnüffler! ¡Pobres de mis enemigas! ¡Y ahora déjame en paz! Está oscureciendo; estoy al acecho. Que ningún ruido asuste a la presa.

Agathe estaba como sobre carbones encendidos. Vio cómo Vorbeuger levantaba las orejas para oír lo que decía el hombre allí encerrado. Las chinches de la casa de los Müller eran, desde hacía tiempo, la comidilla de toda la ciudad. La señora Willen, sin embargo, nunca hablaba de ellas, más bien confiaba en que, mediante el silencio, pudiera asfixiar aquellos rumores.

—¡Delirios de la fiebre! —mintió—. Fiebre escarlatina, el pobre —y al decir esto tiró del médico con tal fuerza que éste casi se aplasta la nariz contra la pared. Su rencor de esa mañana despertó de nuevo y, frotándose la nariz, repitió en tono amenazante:
—Espero que consiga usted mantener al enfermo encerrado, señora Willen. De lo contrario… soy yo el responsable, y en el hospital estaría seguro.

Bajo la impresión de esas terribles palabras pasó Agathe el resto del día y de la noche. Insomne, permaneció sentada en la silla, acabando su traje contra la escarlatina: una larga túnica blanca, zapatos de lona de vela, una capucha bien pegada a la cabeza y una mascarilla que sólo dejaba al descubierto los ojos. Armada de tal modo, pretendía enfrentarse al peligro. De vez en cuando soltaba un profundo suspiro. Dentro, nada se movía. Pero conocía a su hermano: también a él, como a ella misma, el sueño se le resistía. Estaba al acecho.

Y cuanto más se acercaba el amanecer, tanto más angustiada se sentía. Se imaginó a su hermano, en cuanto ella abriera la puerta, pasándole por encima y escapando una vez más. Y luego se imaginó a la gente con los cuellos rojos persiguiéndolo, arrastrándolo para entregárselo al ofendido doctor Vorbeuger. Casi estuvieron a punto de salírsele las lágrimas y, con rabia contenida, pensó en el distante Lachmann, que la había puesto en aquella situación.

Por fin despuntó el día. Agathe se levantó. Una vez estuviera en el cuarto, podría lidiar con el enfermo. El único peligro radicaba en el momento de abrir. Si su hermano se hallaba tras la puerta, presto para escapar, todo estaba perdido. Con cuidado, levantó la barra de hierro, hizo girar la llave silenciosamente, pegó una vez más la oreja a la puerta y sólo entonces la abrió de golpe y entró como un bólido.

Su asombro fue enorme al ver a su hermano. Estaba sentado apaciblemente en su cama, y ni siquiera volvió la cara hacia la recién llegada, pues estaba profundamente sumido en sus reflexiones. No respondió tampoco al saludo de Agathe. Y cuando ella lo exhortó a que pasara al balcón hasta que hubiera puesto orden en la habitación, él se levantó, alzándose cuan alto era, caminó lentamente hacia donde estaba la hermana y dijo, deteniéndose muy cerca de ella:

—No me ha picado.

Al decirlo, puso unos ojos tan desorbitados que la hermana, más tarde, afirmaría que parecían los de un ternero moribundo. Entonces, August se dio la vuelta y se fue al balcón. Ya en la puerta, se volvió otra vez, sacudió la cabeza con gesto grave y dijo nuevamente:

—No me ha picado. ¿Sabes cómo fue?

Y mientras Agathe recogía el cuarto, él, con las manos a la espalda, se paseó de un lado a otro por el balcón. A las palabras que la hermana le decía de vez en cuando él sólo respondía con una enojada sacudida de la cabeza y con la exclamación:

—No me molestes, tengo cosas que hacer.

Agathe sintió miedo ante ese obstinado silencio. Parecía darse cuenta, cada vez con mayor claridad, de que August estaba ocupado con las fantasías provocadas por la fiebre. Pero cuando vio su cara sana y rozagante, que ni siquiera parecía tener calor, en la que ya no se veía ni rastro de manchas rojas, volvió a sentirse confundida. Finalmente, la preocupación por su hermano venció el miedo al contagio y, acercándose a él, Agathe le preguntó:

—¿Te sientes bien?

Él asintió vivamente con la cabeza, pero continuó caminando con gesto impaciente.

—Tengo cosas que hacer —dijo.

Agathe hizo un nuevo intento.

—Pero si no estás haciendo nada. ¿Qué es lo que tienes que hacer?

Entonces él se detuvo delante de ella y, de lo más hondo de su pecho, salió esta única palabra:

—Pensar.

Agathe se acercó a la puerta caminando de espaldas, muy asustada por el comportamiento del hermano.

—Aquí ya está todo listo. ¿No prefieres entrar? Te vas a resfriar.

En lugar de una nueva respuesta, lo que se oyó, por tercera vez, fue:

—No me ha picado.

Agathe se marchó de allí entre suspiros, cerró la celda con llave y pasó la barra.

Aquel extraño silencio del hermano, así como su seriedad solemne, la confundían y amedrentaban más que el griterío anterior. Inquieta, salía al jardín de vez en cuando para, desde allí, observar al enfermo, que caminaba de un lado a otro. Por la tarde su preocupación aumentó de tal modo que olvidó toda cautela para con el prisionero y entró por segunda vez en el cuarto infectado. En esta ocasión, August ni siquiera advirtió su presencia, pero, para satisfacción de Agathe, la hermana vio cómo él había despachado una buena parte de las reservas de comida y había hecho uso generoso del vino. Eso, en cierto modo, la tranquilizó.

No obstante, la noche fue para ella bastante mala, y a la mañana siguiente entró en la habitación de August con las expectativas más sombrías. Él estaba todavía en la cama, y allí se quedó, sin prestar atención a las demandas de Agathe para que se levantara; no dijo palabra, seguía mirando al techo con los mismos ojos de ternero moribundo del día anterior. A Agathe no le quedó más remedio que dejarlo allí acostado.

.

V. LAS CHINCHES SE CONTAGIAN. LA LLAMADA DE AUGUST

Muy distintas fueron las cosas por la tarde, cuando la señora Willen intentó por segunda vez sacar al enfermo de la cama.

—Por fin llegas —le gritó él—. Ven, siéntate a mi lado; tengo algo que decirte.

Confiando en su coraza a prueba de bacilos, Agathe accedió a hacer lo que él le pedía, y hasta le entregó su mano, bien protegida, cuando se dio cuenta de su excitación. Con dedos temblorosos, August señaló a los pies de la cama. Había fijado allí, con dos alfileres, el papelito con la receta de Steinschnüffler.

—Lee —le dijo él. Con expresión tensa, su hermano la observó mientras ella iba descifrando aquellas palabras.
—«Método infalible contra las chinches: mata cada chinche que encuentres, y cuando hayas matado la última, ya no quedará ninguna».

August empezó a hablar con agitación:

—Es lógico, ¿no es cierto? Es sencillo y cierto. E infalible. Admiro a Steinschnüffler, es un gran hombre. Pero ¿cómo sería todo si yo supiera algo más? ¿Algo que nadie, aparte de mí, supiera?

Agathe apretó con fuerza, en silencio, la mano de August. Aún se sentía inclinada a creer que su hermano volvía a ser víctima de los delirios de la fiebre. Pero August interpretó aquel gesto como una señal de confianza. Apretando, a su vez, la mano de la hermana, dijo:

—Te lo agradezco. Ahora sé que me crees. Pero tengo que decirlo bien alto para poder comprenderlo yo mismo. Ya las he aniquilado a todas, por primera vez he podido dormir tranquilo. ¿Lo entiendes? Las chinches han desaparecido. Y ahora cabe preguntarse cómo ha sucedido tal cosa. Existen dos posibilidades. O bien esos bichos han contraído la escarlatina y todos han estirado la pata, o… —Entonces calló. Un instante después, en cambio, se incorporó en la cama con gesto frenético y miró a su hermana con unos ojos que parecían querer examinarle el corazón y hasta los riñones. Agathe retrocedió ante esa mirada e intentó soltarse la mano. Pero August fue acercando cada vez más su cabeza hacia ella, hasta que sus pelos erizados casi rozaron la mascarilla de la hermana. Y fue entonces cuando dijo, en un susurro—: ¿Crees que pueda existir una llamada de poderes superiores?, ¿crees en los espíritus celestiales que convierten a los hombres en jueces y vengadores en la tierra?

Agathe se soltó definitivamente y huyó hacia el rincón más apartado del cuarto, a causa de la sorpresa.

—No —balbuceó.
—No —repitió August, alargando aquella breve palabra una eternidad, lleno de enojo—: Pero lo creerás, lo verás con tus propios ojos. —Y dicho esto, apartando la manta, saltó de golpe hacia el centro de la habitación, alzó con orgullo la cabeza y gritó—. ¡Mírame!

Agathe había vuelto la cara hacia la pared.

—Primero ponte los pantalones —dijo con frialdad.

August reaccionó como si lo hubiese alcanzado un rayo.

—¡Cómo! —gritó—. En este momento sagrado en que puedes echar un vistazo a las profundidades de la inefable naturaleza, ¿te pones a pensar en pantalones? ¡Uf, mujer! —Lleno de desprecio, August regresó a su cama y se cubrió con la manta hasta las orejas.

Agathe se sintió tan alarmada por aquella actitud, que no se atrevió a dejar solo al enfermo. Con gesto mecánico, empezó a poner orden en el cuarto una vez más. Finalmente se acercó a August.

—¿No quieres levantarte, August? Quisiera hacer tu cama. —Por el brusco movimiento con que él apartó su mano, ella notó la rabia que hervía en su interior y, por miedo a que la excitación pudiera hacerle daño, intentó calmarlo—. No lo he dicho con mala intención —dijo Agathe—. Ya me conoces, creo en todo lo que dices. Pero antes tenías un aspecto tan horrible, que no supe hacia dónde volver los ojos.

August se volvió de repente.

—¿Tenía yo un aspecto horrible? —preguntó—. Sí, es posible, lo creo. Irradiaba respeto, lo sé. —Y cuando vio la mirada inquisitiva de su hermana Agathe, se irritó nuevamente—. Pero, en fin, no se le puede pedir a una mujerzuela que piense en la grandeza sin pensar en pantalones. ¡Dejémoslo! —dijo, y se volvió hacia la pared—. Por cierto, ni siquiera yo lo tengo claro todavía. Tal vez posea fuerzas magnéticas, o tal vez no. En tal caso, esas bestias, como yo mismo, padecen escarlatina. ¿Qué bebida refrescante habrán tomado que con ella se han agenciado la muerte? Eso sería un descubrimiento que el mundo podría aprovechar de inmediato. Contra los ratones se utilizan, por ejemplo, venenos. Pero ahora aparezco yo y digo que las chinches pueden exterminarse con la escarlatina. Debo seguir la pista a este asunto, fundamentarlo científicamente. Un médico tendrá que experimentar con estas cosas. Expondré mis ideas a Lachmann. Tiene que hacer experimentos en su laboratorio, y necesito a un pintor para ello. Piensa en cuántos cambios radicales se producirán en las teorías estéticas cuando se conozca la combinación de colores de la escarlatina sobre el rojo de las chinches. Una nueva técnica en la preparación de los colores puede surgir de ahí. Porque, del mismo modo que el contagio de las chinches produce fabulosas tonalidades de rojo, con otros tipos de especímenes y de contagios podrán conseguirse, usando las mezclas adecuadas, nuevos matices de azul, de verde y de amarillo. Sí, tal vez incluso se consigan crear nuevos tonos en el tornasolado de las moscas venenosas o de las libélulas, de los mágicos colores de las mariposas, y todo por contagio; y luego, se le podrá sacar a todo un provecho práctico. Sólo teniendo en cuenta lo que significaría para la economía nacional, resulta asombroso. Porque ¿qué significaría cualquier índigo artificial ante ese esplendor futuro? Y si bien ahora muchos viven de la anilina, más tarde decenas de miles se ganarán el pan con el rojo escarlatina de las chinches. Hay que llamar también a Steinschnüffler, no queda descartado que pueda encontrar una solución para el enigma de cómo los pintores de antaño creaban sus indestructibles colores. Por entonces había suficientes bicharracos; y epidemias, ni te cuento. Esto traerá consigo incontables experimentos, innumerables éxitos. Todo lo que pique y pellizque será domesticado, puesto al servicio de la humanidad. El hombre desterrará al diablo, amo y señor de las ratas y los ratones. Cuenta los instantes desperdiciados a diario y en vano en la lucha contra las cucarachas en las cocinas, contra los pulgones; se ganaría una eternidad que podría utilizarse para fines más elevados. Un incalculable volumen de fuerza del pensamiento se malgasta en eliminar orugas, mosquitos, avispas, en millones de trampas para ratones, en polvos contra insectos, en venenos para moscas; las ideas más valiosas pueden perderse en torno a la picadura de una pulga, y hasta los momentos más sagrados de la vida, del amor, quedan destruidos con ello, los matrimonios se hacen añicos. Un nuevo mundo se erigirá, un mundo sublime, por encima de todo escozor, de todo rascarse, por encima de todas esas bajezas de la vida.

August guardó silencio por un instante para tomar aire; y Agathe aprovechó la pausa para salir huyendo. Su corazón estaba a punto de estallar, y apenas hubo cerrado la puerta a sus espaldas, las lágrimas le cayeron a borbotones por los ojos.

.

(Continuará…)

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