El novio

Marina Tsvietáieva

 

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No era ni de Asia, ni mío: era común. Aunque, en realidad, no era de nadie, porque ninguna de las dos lo quiso. Quedaba la mayor, pero ya estaba casada. Y aunque no lo hubiera estado tampoco lo habría querido. ¿Quién podría haberlo querido? Digamos que alguien que careciera de intuición. Joven, si no hermoso, sí de buen ver; precisamente eso, de buen ver (y en general todo lo que se asocia con bueno: bien portado, bienfamado, bien intencionado, todo, todo, salvo bien nacido, eso no era, y por eso…), «inteligente», «instruido», «culto», de buena familia, con un futuro prometedor… Y justo en este futuro radicaba el meollo de la cuestión, ya que quienes debíamos hacer que se realizara éramos nosotras, alguna de las dos hijas solteras de nuestro padre. Por ese futuro pedía la mano. No, no pedía la mano, ni siquiera hacía la corte: rondaba. ¡Y cómo! daba vueltas como el gato alrededor del carnicero. Un gato que, por otro lado, estaba satisfecho, incluso un poco en exceso. Espigado y robusto, pero, ay, todo como sudoriento, aunque fuera imperceptible era como un sudor subcutáneo, igual que existe el agua subterránea.

En general, estaba muy ligado con el agua. En primer lugar, los ojos: eran agua perfecta sin más, salvo una primera impresión de integridad. Íntegra agua azulada. Insoportablemente íntegra. Un par de honrados sitios vacíos que miran en dirección a uno. Cuando éramos niños decíamos que esos ojos eran celestes, más tarde honrados. ¿Por qué en las mujeres a esos ojos se les llama enigmáticos, y en los hombres, honrados? Se dan como garantía de honradez, pero pertenecen, por lo general, a los más aviesos. Los que tienen ojos así pasan por ser los primeros estudiantes, buenos yernos y hasta directores. «Un hombre con esos ojos no puede…». ¡No!, un hombre con esos ojos justamente puede, y lo puede todo. La particularidad de estos ojos es la de mirar directamente a los del otro, sin esquivarlos y sin parpadear, derribando la mirada del otro como se derriban los bolos, mantener infalible la mirada sobre el otro. La segunda impresión: los labios dicen una cosa y los ojos otra: suya e indefectiblemente mala. «Es que yo sé…» ¿Qué? Pues una porquería relacionada contigo, una porquería tan grande, que ni siquiera tú mismo la sabes. Y he ahí que, presa del azoro, comiences a buscar. Si la persona es débil, con toda certeza la encontrará. De una u otra manera uno, de antemano, ya ha sido vencido por esos ojos. Porque la particularidad de estos ojos es el poder. Son los ojos de un juez. Los ojos auténticos de un interrogatorio. De un interrogatorio, es decir, de la sugestión. ¡Te obligaré a confesar! ¿Qué? Que tú también eres como yo. (Como si un ex presidiario interrogara a un ex compañero). Ojos de complicidad, a la cual en vano intenta uno resistirse. Si alguien los lee, está más perdido que si hubiera creído en ellos. Y, una cosa curiosa: son precisamente ellos, esos que entre la inteliguéntsia pasan por ser «honrados», los que la gente del pueblo llama, inevitablemente, desfachatados. Una palabra que, dicho sea de paso, jamás escucharán ustedes a propósito de los negros; no, sólo de los claros, y de entre los claros sólo de los azules. Y de los azules con pestañas negras, porque en ellos, en negro sobre blanco, parece escrita una verdad: ¡Cuidado! Y para decirlo todo de una vez: honrados, como el agua del río.

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El novio también estaba ligado con el agua por el lugar de nuestro encuentro: el Oká. Allí, en el pueblecito de Tarussa, los padres del novio tenían una pequeña dacha. En cuanto Asia y yo entrábamos en ella sentíamos desconfianza: era demasiado… ¿Qué? ¡Demasiado agradable! El padre del novio con una prominente barriga de raso azul oscuro, un cinturón torcido apenas sujeto y con borlas, nos invitaba con voz melosa a «tomar una tacita de té con miel», más aún, creo que decía, a «libar». La madre del novio (tenía esos mismos ojos acuosos, sólo que diluidos y debilitados «por su parte femenina», esos mismos ojos, pero disueltos: todo lo azul lo vertió en el hijo, y ella sólo se enjuagó) como si invocara con insistencia unos sueños terribles nos invitaba a la mesa y nos convencía de que probásemos la mermelada, de tal forma que parecía que en el frasco no era grosella lo que había, sino perlas vivas. El mobiliario mismo, o mejor, la disposición de los muebles, la forma en que los objetos se relacionaban con las personas: las sillas te arrimaban, los silloncitos te engullían, las mesas (una encerrona) te encerraban. Todo junto te sumía en un profundísimo pasmo de no-resistencia, sin hablar ya del evidente «estilo ruso» de los saleros en forma de cazos, los marcos de casas con aleros, los ceniceros de calzado campesino, y hasta la manera de hablar, una especie de mezcla entre cochero e hipócrita, llena de exclamaciones como ¡ejma!, ¡uj!, interceptadas por frases como «Dios se ha dignado» y «Todos somos iguales a los ojos de Dios». Todo esto era profundamente ajeno a nuestra sencilla casa, tan sencilla como el crecer mismo de la hierba. Pero ahora viene lo más importante: el respeto. Ese respeto que de inmediato nos colocó a Asia y a mí en la pista correcta a propósito de los honrados ojos de Tolia.

—¿Y a cuenta de qué? —nos preguntábamos nosotras, bajando y subiendo, como sobre las olas, por las colinas que llevaban de Tarussa a nuestro Pesóchnoye—. Si al menos fuéramos princesas, o ancianas, o actrices célebres… Pero es que es imposible que con nuestras greñas y nuestros codos les gustemos… En realidad, deberían odiarnos.
—Simplemente echarnos sólo por nuestro aspecto.
—Pero ¿te has dado cuenta de cómo nos aprobaban, de cómo se reían de cada una de nuestras palabras?
—Sobre todo el padre.
—Sobre todo la madre.
—Y Tolia ahí sentado relamiéndose. Asia, te lo juro, se relamía. Sí: ¡de verte!
—¡Qué cochinadas dices! Si se relamía era, por supuesto, de verte a ti, porque a mí todavía tendría que esperarme, por lo menos y en el mejor de los casos, tres años. Y a ti sólo uno.

Su tercer lazo con el agua era el baño ruso. En Tarussa o en Moscú, cada vez que recibíamos una invitación y llegábamos de visita, su hermana Nina, desde el umbral: «Tolia todavía no está. —En un susurro, al oído—: Está dándose un baño. Me ha pedido que no se lo dijera, pero yo se lo digo por amistad».

Y cuando, después del baño, rojo de tanto haber sudado, con una voz no en vano cálida: «Tiene usted cabeza de Antínoo…», lo más suave que se le podía responder era: «¡No diga tonterías!».

«Un auténtico hombre de los baños —decía Asia indignada—, aunque nunca haya visto a los hombres de los baños. Mejor le estaría restregar con una esponja a los comerciantes que escribir versos sobre las nereidas. No en vano su padre siempre se jacta de haber llegado a inspector escolar siendo descendiente de burgueses pobres. Yo, por supuesto, estoy por la igualdad —continuaba la alumna de tercero de secundaria, impacientándose—, pero no en el matrimonio. Mejor con un zar no amado, que con un sacristán adorado. Y éste encima es no-adorado».

¡Los desayunos de los cumpleaños! En nuestra gran sala blanca, a través de la mesa de gala completamente abierta y presidida por la alemana de cabello cano, entre otros rostros amables, jóvenes, sonrosados la pálida cara de Anatoli con un bigote y una barba rojizos sosteniendo sobre una de nosotras una mirada incansablemente fija.

—Marina, ¡por su deseo más íntimo! Asia, ¡por el nuestro!
—¿¡Qué-e-e!?
Um Gottes Willett, Kind, schrei doch nicht so furchtbar! (¡Por el amor de Dios, niña, no grites de esa manera!)
—Es un buen muchacho —resumía la alemana después de cada una de sus visitas —. Calmo, respetuoso, con buenas modalas. Sólo que schade (lástima) que tenga esa Käsegesicht (cara tan pálida). Tendría que hacer gimnástica y comer más compota de cirruelas pasas.

La sirvienta, con todo el olfato animal de la gente del pueblo, no soportaba a Anatoli.

«¡Por nada del mundo, Ásienka, por nada del mundo vaya a casarse con él! Aunque esté rellenito y sea blanco y hasta parezca que tiene los ojos azules, de todas formas es un poco (en un susurro)… inmundo. Demasiado apacible. No me cabe duda de que la golpeará. O la pellizcará con saña. O hasta puede que le clave alfileres. Porque tiene alma de reptil».

Durante todo un año el novio osciló, con el movimiento preciso del péndulo, de la menor a la mayor. Precisamente, de la menor a la mayor, ya que desde el primer momento estuvo claro que de los dos males, él prefería el menos, es decir, a Asia (de menor estatura y con largos cabellos y grandes esperanzas), separada de él sólo por una barrera viva y constantemente cambiante, en verano de niños y niñas del campo, en invierno de niños y niñas de la ciudad. En cambio entre él y yo se erigía la indiscutible roca de Santa Elena. Ya que en cuanto él: «Marina, sus ojos parecen los de una dríade…», yo, por una asociación de ideas absolutamente honesta: «Qué horror que en Santa Elena no hubiese árboles, es decir, sí los había, pero justamente no en donde estaba Napoleón. Si usted hubiera vivido allí, ¿habría matado a Hudson Low?». ¿Acaso después de esto era posible continuar con las dríades? No es casual que ahora mencione a las dríades, puesto que el novio estaba lleno de ellas de dríades, de náyades, de sirenas y de vestales. Después de haber probado en mí a todas las heroínas de la Antigüedad y también a las de Merezhkovski, y tras haber perdido la esperanza de oír alguna vez una respuesta que no fueran maldiciones a María Luisa y alabanzas a la Walewska que llegó a verlo a Elba, el novio, finalmente, se quedó rezagado: desgajado. Continuaban las dedicatorias en verso de cuatro páginas, continuaban las miradas sinceras, cara a cara, que me hacían (¡para eso lo hacía!) bajar la vista, pero todo esto era por si, en caso de, «como provisión» en caso de que Asia, realmente no… Y Asia ¡cómo me gustan los trece años de la adolescencia! realmente no y por nada del mundo.

—¿Cuándo llegará el día, Asia, en que deje usted los heniles y las hogueras y la degradante compañía de todos estos Mishas y Grishas? ¿Cuándo llegará el día, Asia, en que crezca usted por fin?

—Para usted nunca.
—¿Madurará por fin alguna vez?
—Para usted nunca.
—¡Qué joven es! ¡Demasiado joven!
—Para usted siempre.

Los asuntos de Tolia empeoraron en Moscú, ya que en Tarussa la tierra estaba repleta de rumores: los rumores le llegaban a través del agua, el propio Oká le contaba al novio con quién había estado remando en la lancha agujereada su novia adolescente, con quién había estado hasta las tres de la madrugada en la arena gritando hasta desgañitarse: «¡Transvaal, Transvaal, patria mía!…». En cambio, en Moscú, las huellas se las llevaban los aguaceros y las barría la borrasca. Por lo demás, la primera en informar de todo era Asia.

—He conocido a un realista, Tolia, ¡tiene unos ojos así de grandes! Negros, como los de Pushkin.
—Pushkin los tenía azules. (Cita).
—Miente, Tolia, es usted quien los tiene azules. Se llama Pasha, pero yo lo llamo pashá. Y etcétera, etcétera.

Hay que decir que Asia era muy bonita, agradable, tenía una gracia especial, particular, y si no rompía corazones era por su ya desde entonces inmensa bondad humana y femenina, que sólo se interrumpía en Anatoli.

—Si por lo menos se pareciera usted al Anatoli de Guerra y paz —decía ella pensativa, mirándolo ya del lado derecho, ya del izquierdo—, pero como usted se parece a Levin, y ni siquiera a Levin, sino a…
—Demasiado temprano le han dado a leer libros tan serios… —la interrumpía el novio para no oír a quién se parecía.
—Y para un libro como usted, ¿no es demasiado temprano? Libros así es mejor no leerlos nunca.

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—Papá, ¿te cae bien Anatoli?
—¿Nuestro nuevo conserje?
—¡No, papá! Nuestro conserje se llama Antón. Éste es estudiante, Tijonrávov.
—Ah-ah-ah… Puede que no sea alguien particularmente lejano… —Y cuando nosotras pensábamos que el tema estaba agotado—: Me parece que desprende un olor un poco extraño…

Y este informe en respuesta a los petits soins (mil delicadezas) con los que él asediaba a papá, a las constantes citas en griego y en latín en mitad de una conversación, a todo el trabajo de su futura condición de yerno, una condición que a papá, por su ingenuidad y la edad que teníamos Asia y yo, pero sobre todo por su carácter, ni siquiera se le podía ocurrir.

Pasaron los años, no muchos, pero muy intensos. Crecieron los avellanos que llevaban nuestros nombres. Crecieron en el marco de la puerta las incisiones que habíamos hecho el año anterior y que señalaban nuestra estatura. Pasamos a las últimas clases que nos estaban destinadas. Y de pronto, desde Tarussa, con un recadero, nos llegó a Pesócnoye una carta. Para Asia. De Tolia. La abrimos: en medio de una caligrafía tan pequeñita que parecía de abalorios una oruga gorda aplastada.

—Estúpido —dijo Asia fríamente.
—Su autorretrato —precisé yo.

Debajo de la oruga, la frase: «Cuídese por su bien y también por el mío».

—Insolente. ¡Escribe como si yo ya estuviera en esa situación!

Y allí mismo, en un abrir y cerrar de ojos, en el reverso: «Le devuelvo todos sus bienes y le hago saber que no tengo nada suyo ni me queda nada de usted».

—¡Ten cuidado, Asia! ¡Encontrará el momento para recordarte la oruga!

La oruga (fortuita, por supuesto) resultó fatídica, ya que como una gruesa escritura subrayaba a Anatoli toda la imposibilidad de esa unión. Ése fue el último trazo y el último rasgo. Ese mismo invierno Asia conoció en la pista de patinaje a Boris T., con quien se casó muy pronto.

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Un gran guión. Año 1921, primavera. Asia acaba de volver de Feodosia, en donde se quedó atrapada desde 1917. El último año bebían té de musgo. Flaca, harapienta, pero invariablemente viva y vital.

—Marina, voy a trabajar en el Museo.
—¡Estás loca! Allí está Anatoli de director.
—¿¡Anatoli de director!? ¿Y sin haberse casado con una de nosotras? ¡Qué buena suerte la suya!
—No sólo sin haberse casado con una de nosotras, sino habiéndose casado con la más común y corriente de las señoritas, una señorita como debe ser.
—¿Una señorita como debe ser? ¡En este mismo instante me voy al Museo!

El regreso y el relato:

«Llego. Está sentado al escritorio de papá. No se levanta. “¿Ha llegado hace mucho?” “Ayer.” “¿Qué se le ofrece?” “Una plaza en el Museo.” “No hay plazas disponibles.” Entonces le digo, dulce, pero precisa: “Tal vez pueda encontrar una para mí. Piénselo, Tolia”. “Lo voy a pensar, pero si encontrara algo, no sería…” “No tengo pretensiones”. Y en ese momento, Marina, entra la esposa, sin haber llamado a la puerta, como si estuviera entrando en su propio cuarto. Jovencita, bonita —¡cuánto me habría gustado que hubiésemos sido así, aun en aquel entonces!—, bonita de verdad: una muñequita, con unas uñitas, unos coditos… vestida toda de blanco con volantes. Entró volando, gorjeó alguna cosa y salió volando de nuevo. Él ni siquiera nos presentó. Por no hablar ya de que no me invitó a sentarme, y todo el tiempo estuve de pie, presa de una especie de embriaguez por lo que estaba ocurriendo».

Una semana más tarde, a máquina, con la firma del director, una notificación de que Asia había sido aceptada como ayudante (sin figurar en la plantilla) de bibliotecario, con un sueldo de… Pero temo equivocarme, sólo sé que el sueldo era lamentable. Como empleado que no figura en la plantilla del Museo creado por mi padre trabajó Asia durante diez años, nueve años y medio más que el director Anatoli, al que no se sabe por qué, pero de manera apresurada, le pidieron que liberara el sillón del director. Pero ya lo había ocupado.

Ahora Anatoli se ha convertido en escritor. Sus libros salen publicados en espléndido papel, con cantos rojos, encuadernados en tela. Los temas de sus libros son extranjeros, su método de escritura colector. Y así fue como él, sin siquiera haberse casado conmigo, se hizo escritor. Pero… ¿qué escritor?

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Septiembre de 1933

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