La esperanza (XVII)

André Malraux

 

 

II

«Sangre
de izquierda»

.

.

I

1

El silencio, sin embargo profundo, se hizo aún más profundo; Guernico tuvo la impresión de que, esta vez, el cielo estaba lleno. No era un ruido de auto de carreras por el cual un avión se localiza; era una vibración muy ancha, cada vez más profunda, tenue como una nota grave. El ruido de los aviones que había oído hasta entonces era alternativo, subía y bajaba; esta vez los aviones eran bastante numerosos para que todo estuviese mezclado, en un avance implacable y mecánico.

La ciudad estaba casi sin faros; ¿cómo los aviones de caza gubernamentales, o lo que de ellos quedaba, hubiesen encontrado a los fascistas en esa oscuridad? Y la vibración profunda y grave que llenaba el cielo y la ciudad como les llenaba la noche, cosquilleando a Guernico y recorriéndole el pelo, se hacía intolerable porque las bombas no caían.

Por fin una explosión sofocada surgió de la tierra como una mina lejana; y, uno tras otro, tres estallidos de una extremada violencia. Otra explosión sorda; después, nada. Una más: por encima de Guernico, todas a la vez, las ventanas de un gran apartamento se abrieron.

No encendía su linterna eléctrica; los milicianos estaban siempre dispuestos a creer en señales luminosas. Siempre el ruido de los motores, pero el de las bombas por añadidura. En esa oscuridad completa, la ciudad no veía a los fascistas, y los fascistas veían apenas la ciudad.

Guernico trató de correr. Los adoquines acumulados lo hacían tropezar incesantemente, y la densa oscuridad hacía imposible seguir por la acera. Pasó un auto a la carrera, los faros azulados. Cinco nuevas explosiones, algunos tiros de fusil, una vaga ráfaga de ametralladora. Las explosiones parecían siempre venir de tierra, los estallidos de una docena de metros en el aire. Ni el menor resplandor; las ventanas se abrían, empujadas de más allá. Bajo una explosión más próxima, estallaron vidrios, cayeron de muy alto, sobre el asfalto. Con el ruido, Guernico tuvo conciencia de que sólo veía hasta el primer piso. Como un eco de vidrio roto, el ruido de una sirena se hizo perceptible, se acercó, pasó ante él, se perdió en la oscuridad: la primera de sus ambulancias. Por fin llegó a la Central Sanitaria; la calle se pobló en la oscuridad.

Médicos, enfermeras, organizadores, cirujanos se unieron al mismo tiempo que él a sus colegas de servicio. Él tenía por fin sus ambulancias. Un médico era responsable de la parte sanitaria del trabajo, Guernico de la organización de los auxilios.

—Esto puede funcionar —dijo el médico—, pero si las cosas continúan así, no funcionará más: estamos obligados a mandar las ambulancias por series, hay bombas en San Jerónimo y en San Carlos, y todo por el estilo…

Un asilo de ancianos y un hospital. Guernico imaginaba a los heridos corriendo a través de las salas apagadas de San Carlos.

—¿Las ambulancias tienen una buena cantidad de antorchas eléctricas, verdad? —preguntó tranquilamente.
—Llamas por todos lados. Sin duda, los fascistas emplean bombas incendiarias.

El médico abrió los postigos interiores.

—Mire.

Débiles resplandores rojos pasaban detrás de los perfiles de las casas, en direcciones diferentes. El incendio de Madrid comienza, pensó Guernico.

—¿Las antorchas están en las ambulancias, verdad? —preguntó de nuevo, paciente.
—No creo, pero, vea usted, no hace falta.

Guernico organizaba con una tranquilidad que sorprendía a los cirujanos: no había en él ni comedia, ni tragedia. Encargó a uno de los asistentes que llevara antorchas en cada ambulancia: en esa oscuridad completa, la luz era la primera condición de auxilio. Nueva explosión; los vidrios gimieron. Mientras una enfermera cerraba los postigos, se oían las sirenas de dos ambulancias lanzadas a través de la noche.

Un estallido más. Parecía que las bombas, bombas ligeras, sin duda, no fuesen arrojadas de un avión, sino echadas furiosamente como granadas. Guernico estaba sentado, y le trasmitían comunicaciones telefónicas, anotadas en fichas.

—Rodean el palacio —dijo.
—Mil heridos, y así sucesivamente… —dijo el médico. El hospital y la embajada soviética eran vecinos.
—Calle San Agustín —dijo Guernico.

Calle de León.

Plaza de las Cortes.

—Ahora no golpean a los heridos, sino a los vivos —dijo un médico.

Un asistente entreabrió la ventana cuyos postigos había cerrado el médico; por encima de las órdenes, de las llamadas telefónicas, del ruido demasiado seguro de los pasos y de la sirena constante de las ambulancias, entró en el cuarto la vibración regular de la escuadrilla fascista.

Una corriente de aire hizo volar algunos papeles: una enfermera, que había partido con la ambulancia del asilo de ancianos, volvía.

—¡Lo que hay que ver, mi querido Guernico! ¡A lo menos, dos ambulancias más para el hospicio!
—¡La puerta, Mercedes! —gritó el médico, atrapando como mariposas sus papeles que volaban con la corriente de aire.
—¡Qué pandilla de cerdos! —dijo ella como si hubiera hablado del rumor de los motores sobre el cual se cerraba la ventana—. Allí el desorden es aterrador. Los pobres viejos se arrastran por las escaleras. ¡Están enloquecidos, naturalmente!
—¿Cuántos heridos hay? —preguntó Guernico.
—¡Oh, para los heridos bastaría la ambulancia! Es para la evacuación.
—Las ambulancias son para los heridos, y no serán pocos… ¿Ahora los ancianos están en los sótanos?
—¡Puedes imaginarte!
—¿Los sótanos son fuertes?
—¡Oh!, catacumbas.
—Bueno.

Encargó a un asistente que previniera a la junta.

—Sabes, Guernico —dijo a media voz Mercedes, súbitamente calmada—, hay algunos que se enloquecen…
—¿Son bombas incendiarias? —preguntó el médico.
—La gente que parece saber algo las llama bombas de calcio. Es verde, ajenjo, exactamente. Es terrible, sabe usted: no se puede apagar. Y los viejos que corren a través de eso como ciegos, las manos hacia delante, o apoyados en sus muletas…
—¿Dónde ha caído la bomba?

¿Estaba una ventana mal cerrada? El ruido empecinado de los aviones rondaba la sala, cortado por la ráfaga de una ametralladora republicana, «para levantar el ánimo», sin duda. Pero por debajo, como si viniera del suelo y de las paredes, un gruñido subía y bajaba con el redoble de los tambores con sordina: un nuevo ataque de la brigada internacional contra los moros a lo largo del Manzanares.

—¿Dónde combaten? —preguntó Guernico.
—En la Casa del Campo, en la Ciudad Universitaria —dijo el médico.

Una explosión muy cercana hizo saltar los portaplumas sobre las mesas. Las tejas cayeron sobre tejados lejanos y sobre el revuelo de pasos de un grupo que huía. Hubo un segundo de silencio, después un grito estridente rayó la noche, después el silencio.

—Una bomba incendiaria ha caído sobre la embajada de Francia —dijo Guernico de nuevo en el teléfono—. Las bombas de la no intervención.
»Los motoristas están en su puesto, ¿verdad?
»Dos bombas cerca de la plaza de las Cortes.
»Hay que mandar seis ciclistas de enlace a Cuatro Caminos.

Un asistente le habló al oído.

—Enviad una ambulancia más a San Carlos —continuó—. Allí hay heridos… Y decid a Ramos que vaya a inspeccionar todo eso, por favor.

Desde el principio del sitio, la función de Ramos era traer la ayuda del Partido Comunista al lugar más amenazado. Si no era de gran utilidad para el servicio sanitario, que carecía de anestésicos y de placas radiográficas, lo era menos para el servicio de las ambulancias; pero en adelante, en Madrid, la ayuda a los heridos iba a ser una de las funciones capitales de la junta.

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.

2

Ramos corría tan velozmente como se lo permitían sus faros azulados.

Ante el primer gran incendio, el automóvil se detuvo. En la noche llena de gritos sofocados, de ruidos de carreras, de detonaciones, de llamadas y desmoronamientos apagados por encima del redoble ininterrumpido de la batalla, un convento se hundió entre los escombros; los resplandores lo recorrían como animales bajo un hervidero de humo granate. No quedaba nadie. Piquetes de milicianos, guardias de asalto, servicios de auxilio miraban, fascinados por la turbadora exaltación de las llamas, la vida inagotable del fuego. Sentado, un gato gris alzaba la cabeza.

¿Había terminado el raid?

Un débil resplandor a la izquierda. Resonaron taconeos de botas en el silencio lleno de llamadas lejanas. Un haz de llamas sucedió al resplandor, decayó; después, proyectado en el cielo, y en las casas, hubo, de nuevo, un gran resplandor. Aunque los aviones hubiesen partido (los campos estaban próximos, y la noche de noviembre era larga), bajo los tejados, de piso en piso, el fuego continuaba su vida propia: a la izquierda se iluminaron cuatro nuevas hogueras: no por las chispas verdes y azules del calcio, sino por los chisporroteos de llamas rojizas. Cuando Ramos pasó por el lugar de las llamas, miríadas de pavesas roían las casas como una invasión de insectos, ante un éxodo silencioso: colchones, patas de sillas que salían de carretones, conducidos por viejas retrasadas. Los servicios de auxilio llegaban. Eficaces. Él controló una docena.

En San Carlos las casas formaban una pantalla, y la oscuridad era completa en casi todas las calles vecinas a la plaza: Ramos tropezó con una camilla; los que la llevaban gritaron. Como un puñado de papel picado incandescente, un torbellino de pavesas pasó por encima de los heridos extendidos en el suelo, unos al lado de los otros, iluminándolos muy débilmente en las piernas. Tres pasos más allá, Ramos tropezó con otra camilla: esta vez, el que gritó fue el herido. En un rincón deslumbrante y sobre un pedazo de techo, los bomberos apuntaban a la hoguera con sus mangueras minúsculas e irrisorias. Ramos llegó por fin a la plaza.

Las humaredas hirvientes se precipitaron y el resplandor subió. Todo se hizo nítido, los gorros de algodón de los heridos alineados y los gatos. Y como si hubiera acompañado el ascenso del fuego, la profunda vibración de los motores llenó de nuevo el cielo negro.

Ramos anhelaba tan violentamente la paz para esos heridos que evacuaban, ambulancia tras ambulancia, que quería creer en la llegada de los automóviles; pero un instante después del ruido de las vigas desvencijadas, en un silencio lleno de chispas, proseguía el incendio y se desplegaba en lo alto la cercanía inexorable de los motores; dos paquetes de cuatro bombas, ocho estallidos seguidos de un clamor muy sordo, como si la ciudad entera se hubiera despertado en el terror.

Al lado de Ramos, un miliciano campesino cuyo vendaje se había deshecho, miraba su sangre bajar a lo largo de su brazo desnudo y caer gota a gota en el asfalto: con esa luz sombría, la piel era roja, el asfalto negro era rojo, y la sangre, de un color de madera clara, se volvía, al caer, de un amarillo luminoso, como el del cigarrillo de Ramos. Éste hizo evacuar con urgencia al miliciano. Otros heridos, con los brazos enyesados, se deslizaron como en un lúgubre ballet, sus siluetas, negras al principio, después sus pijamas claros cada vez más rojos, a medida que atravesaban la plaza en el sombrío resplandor del incendio. Todos esos heridos eran soldados: no había enloquecimiento sino un orden huraño, hecho de cansancio, impotencia, rabia y resolución. Cayeron dos bombas más y la línea de heridos acostados se retorció como una ola.

La central telefónica estaba a cien metros, en una calle que el incendio no iluminaba: Ramos tropezó con un cuerpo, encendió su linterna: el hombre gritaba, la boca muy abierta; uno de los camilleros le tocó la mano:

—Está muerto.
—No, grita —dijo Ramos.

Apenas podían oírse, tal era el estruendo de las bombas, los aviones, los lejanos cañones y las sirenas. Pero el hombre estaba muerto, con la boca abierta como si hubiera gritado; y quizá había gritado… Ramos tropezó aún con camillas y gritos que un resplandor hizo surgir de la noche de todo un pueblo agobiado.

Pidió por teléfono ambulancias y camiones: muchos heridos podían ser evacuados por camiones. (¿Adónde?, se preguntaba. Los hospitales, unos tras otros, estaban transformados en hogueras). Guernico lo mandó a Cuatro Caminos. Era uno de los barrios más pobres, especialmente elegido por los fascistas desde el principio de la guerra. (Franco, decían, había afirmado que haría el menor daño posible al barrio elegante de Salamanca). Ramos tomó de nuevo el automóvil.

En el resplandor de los incendios, a la luz cadavérica de los faroles eléctricos azulados y de los faros, en la oscuridad completa, comenzaba de nuevo en silencio un éxodo secular. Muchos campesinos del Tajo se habían refugiado en casa de sus parientes, cada familia con su pollino; entre las mantas, los relojes despertadores, las jaulas con canarios, los gatos en los brazos, todos, sin saber por qué, iban a los barrios más ricos —sin trastornarse, con un antiguo hábito de desamparo—. Las bombas caían a montones. Les enseñarían a ser pobres como conviene serlo.

Los faros azulados iluminaban mal. Frente a las casas despanzurradas, Ramos pasó ante una veintena de cuerpos acostados, paralelos y confusos, todos iguales junto a los escombros. Detuvo el auto, silbó para llamar una ambulancia. Anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos, ¡hasta qué punto el inagotable gruñido de los aviones mezclaba bien esas sangres, que se habían creído adversarias, en el fondo fraternal de la muerte!… Las sirenas resonaban en la oscuridad, se aproximaban, se cruzaban —se perdían en la noche húmeda como las de los barcos que zarpan—. Una se detuvo, y su grito largamente inmóvil en medio de esa contradanza de aullidos subió como el de un perro desesperado. A través del olor de ladrillo quemado, bajo el torbellino de chispas que rodaban calle abajo como patrullas enloquecidas, la explosión exasperada de las bombas perseguía las campanas de las ambulancias, las cubría de estallidos rabiosos de donde las incansables campanas salían como de túneles entre la jauría de las sirenas enloquecidas. Desde el principio del bombardeo, cantaban los gallos. Bajo el estallido salvaje de un torpedo, todos juntos quedaron dementes, numerosos como los de un pueblo en ese barrio miserable, frenéticos, exasperados, aullando a la muerte el canto salvaje de la pobreza.

En el débil haz de la antorcha de Ramos, febril como una antena de insecto, apareció, junto a los cuerpos tendidos a lo largo de la pared, un hombre acostado en una escalinata. Estaba herido en un costado y gemía. No muy lejos, sonaba la campana de una ambulancia. Ramos silbó de nuevo. «Viene», dijo. El hombre nada respondió, pero continuó gimiendo. La antorcha iluminaba desde lo alto, paseaba sobre su rostro la sombra de las gramíneas que crecían entre las piedras de la escalinata; Ramos, en el incansable frenesí de los gallos, miraba con piedad las finas sombras indiferentes pintadas con una precisión japonesa sobre esas mejillas que temblaban.

En la comisura de los labios le cayó la primera gota de lluvia.

.

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3

Detrás de las trincheras alemanas de la brigada internacional, sube el resplandor de los primeros grandes incendios de Madrid. Los voluntarios no ven los aviones; pero el silencio de la guerra tiembla como un tren que cambia de rieles. Los alemanes están todos juntos, aquellos que se han exiliado porque eran marxistas, aquellos que se han exiliado porque eran novelescos y se creían revolucionarios, aquellos que se han exiliado porque eran judíos; y aquellos que no eran revolucionarios, que se han hecho revolucionarios y que están allí. Desde la carga del Parque del Oeste, rechazan dos ataques por día: los fascistas tratan en vano de derrotar la línea de la Ciudad Universitaria. Los voluntarios miran el gran resplandor rojo que sube en las nubes lluviosas: los resplandores de incendio, como los de los anuncios eléctricos, son inmensos en las noches de niebla, y parece que la ciudad entera arde. Ninguno de los voluntarios ha visto todavía Madrid.

Hace más de una hora que un camarada herido llama.

Los moros están a un kilómetro. No es posible que no sepan dónde se encuentra el herido: sin duda, esperan que los suyos vayan a buscarlo; ya ha sido muerto un voluntario salido de la trinchera. Los voluntarios están preparados para aceptar esta caza con señuelo; lo que temen, en esa noche profunda cuyo incendio no ilumina el cielo, es no encontrar su trinchera.

Por fin tres alemanes acaban de obtener la autorización de ir a buscar al que grita a través de la oscura niebla. Uno después de otro pasan el parapeto, se hunden en la niebla: el silencio de la trinchera es sensible a pesar de las explosiones.

El herido grita por lo menos a cuatrocientos metros. Eso será largo: todos saben ahora que un hombre no se arrastra rápidamente. Y habrá que acercarlo. Con tal de que no se levanten. Con tal de que el alba no llegue demasiado pronto.

El silencio y la batalla, los republicanos tratan de unirse detrás de las líneas fascistas; los moros tratan de aplastar la Ciudad Universitaria. En alguna parte de la noche las ametralladoras enemigas tiran al hospital. Madrid arde. Los tres alemanes se arrastran.

El herido llama cada dos o tres minutos. Si hay un cohete, los voluntarios no volverán. Sin duda están ahora a cincuenta metros de la trinchera; los otros sienten el olor insulso del barro, casi el mismo del de las trincheras, como si estuvieran con ellos. ¡Cuánto tarda el herido en llamar de nuevo! Con tal de que no se equivoquen de dirección, que vayan, por lo menos, directamente hacia él…

Los tres, boca abajo, esperan, esperan la llamada en la niebla atravesada de resplandores. La voz ha callado. El herido no llamará más.

Se han alzado sobre un codo, azorados. Madrid arde siempre, la trinchera de los alemanes resiste siempre, y, en el sombrío tam-tam del cañón, los moros intentan aplastar la Ciudad Universitaria en la niebla de la noche.

.

.

4

Shade se detuvo en la primera casa despanzurrada. Había parado la lluvia, pero se la sentía próxima. Mujeres de chal negro formaban cadena detrás de los milicianos del servicio de auxilio, que sacaban de los escombros una bocina de fonógrafo, un paquete, un cofre pequeño…

En el tercer piso de la casa, en un corte como un decorado, colgaba una cama, suspendida por un pie de un techo reventado, habían vaciado este cuarto en el arroyo, casi a los pies de Shade, con sus retratos, sus juguetes, sus cacerolas. La planta baja, aunque despanzurrada, estaba intacta, tranquila como la vida, y sus moradores agonizantes habían sido llevados por una ambulancia. En el primer piso, encima de una cama cubierta de sangre, sonó un despertador, y su llamada se perdió en la desolación de una mañana gris.

Los hombres del servicio de auxilio se pasaban los objetos de mano en mano; el último miliciano pasó a la primera mujer un paquete. La mujer no lo tomó por el medio, con las manos, como se lo tendían, sino entre los brazos: la cabeza cayó hacia atrás porque el niño estaba muerto. La mujer miró hacia la cadena de mujeres, buscó y se echó a llorar: quizá había visto a la madre. Shade se fue. Mezclado con la niebla húmeda de la mañana, el olor a fuego llenaba la ciudad, un olor feliz a madera quemada en los bosques de otoño.

A la mañana siguiente, no había víctimas: los habitantes, pequeños empleados, miraban en silencio arder su casa sin fachada. Shade estaba allí para buscar lo pintoresco o lo trágico, pero su oficio le repugnaba: lo pintoresco era irrisorio, y nada más trágico que lo banal, que esas miles de existencias humanas semejantes a las demás, que esas caras cubiertas de dolor como todas lo estaban de sueño.

—¿Es usted extranjero, señor? —le preguntó el que miraba a su lado.

La cara del interlocutor era fina y madura: las arrugas verticales del intelectual; mostró la casa sin decir nada.

—La guerra me da horror —dijo Shade ajustándose la corbata.
—Pues aquí no falta horror —y en voz un poco más baja—: Si podemos decir: la guerra…

»Señor: la fábrica de lámparas eléctricas, hacia la carretera de Alcalá, arde. San Carlos y San Jerónimo, arden… Todas las casas alrededor de la embajada de Francia… Muchas casas alrededor de la plaza de las Cortes alrededor del Palacio… ¡La Biblioteca!…

Hablaba a Shade sin mirarlo. Miraba el cielo.

—Yo también tengo horror a la guerra… Menos que al asesinato.
—Todo es mejor que la guerra —dijo Shade, obstinado.
—¿Hasta dar el poder a los que así lo ejercen?, —miraba siempre el cielo—. Yo tampoco puedo aceptar la guerra… ¿Y cómo aceptar esto? Entonces, ¿qué hacer?
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó Shade.

Su interlocutor sonrió y le mostró la casa que ardía, con llamas pálidas en la mañana gris, bajo una melancólica humareda.

—¡Todos mis papeles, señor!… Y soy biólogo…

A cien metros de distancia, en una plaza, estalló un obús de grueso calibre. Los últimos vidrios se vinieron abajo, y en medio de los vidrios un asno atado, que no intentaba escaparse, se puso a rebuznar desesperadamente bajo la lluvia que volvía a caer.

Cuando Shade llegó al asilo de ancianos, muchos de sus ocupantes habían subido de los sótanos. El incendio se había apagado, pero los restos del bombardeo, en torno a esos personajes inofensivos y vulnerables con sus achaques y sus ademanes encogidos, era de un absurdo sobrehumano.

—¿Cómo lo pasaron? —le preguntó a un anciano.
—¡Ah, señor! ¡Correr no es cosa de nuestra edad! ¡Correr así! Sobre todo los que tienen muletas…

Tomó a Shade por la manga:

—¿Adónde vamos, señor? Yo, por ejemplo, era peluquero. Para una clientela especial, únicamente. Todos esos señores contaban conmigo para su arreglo fúnebre, afeitarlos, cortarles el pelo, y todo…

Shade oía con dificultad porque pasaban camiones, uno detrás de otro, sacudiendo las paredes y los escombros.

—El Frente Popular nos había puesto aquí, señor, y estábamos bien: ¡para lo que ha servido!… Porque esto va a comenzar de nuevo, figúrese… Terminará, sin duda, terminara… Sólo que yo también…

En el primer piso, los ancianos más vigorosos ayudaban en obras cuya naturaleza Shade no adivinaba. Había allí una docena de hombres, graves con la gravedad de la vejez española. Trabajaban como si estuvieran condenados al silencio, el oído atento, observando el cielo.

En el segundo piso, entre las sirenas de las ambulancias que recorrían la ciudad y el ruido incesante de los camiones, milicianos en servicio de turno trataban de arrastrar por la fuerza a los ancianos, refugiados bajo sus camas contra los bombardeos, medio locos, y que no querían soltarse de las patas de hierro. De pronto, el eco amenazador de las ambulancias, las sirenas de alerta recorrían la ciudad a toda velocidad: abandonando las camas, los ancianos corrían hacia la puerta de la escalera que conducía al sótano, con la manta sobre la espalda; salvo uno que llevaba su cama como un caparazón.

Menos de diez segundos después, la primera explosión pulverizaba sobre las mesas y bajo las ventanas los fragmentos del vidrio roto durante la noche, y como si Madrid entero hubiera respondido por un indiferente toque a rebato, por encima del redoble del cañón de la Ciudad Universitaria, los relojes de la ciudad comenzaron a dar, uno tras otro, las nueve.

Shade bajó por la puerta del hospital, pasó su larga pipa, su nariz. Anchos, semejantes a los aviones de transportes alemanes que tan a menudo había tomado en Europa, los Junkers salieron por la hendidura de un techo, su proa alargada hacia delante, negros y muy bajos bajo las nubes de lluvia, atravesaron lentamente la calle, desaparecieron detrás del techo opuesto, seguidos de sus aviones de caza. El destino guiaba las bombas incendiarias. Estallaron a derecha e izquierda, en rosario. Volaron las palomas; por encima de su blando vuelo, la vuelta rígida de los aviones pasó como la fatalidad. Esa muerte que mataba al azar causaba horror a Shade. ¿No tenían los gubernamentales suficientes cazas para sacar del frente un solo avión? Ante la puerta, los camiones seguían pasando con los toldos chorreantes: llovía muy cerca.

—Hay un sótano —dijo una voz detrás de él.

Se quedó bajo la puerta, sabiendo que no lo protegería. Siluetas caminaban a lo largo de las paredes, se detenían algunos minutos bajo cada portal, seguían caminando. A menudo había visitado el frente, nunca había sentido lo que ahora sentía. La guerra era la guerra; esto no era la guerra. Lo que hubiese querido ver que terminara era, más que los torpedos, el matadero. Las bombas continuaban cayendo, imprevisibles. Shade pensaba en lo que había entrevisto u observado en puestos: los cubiertos de las casas partidas en dos, en un retrato con el vidrio roto por encima de un chorrito de sangre, en un traje de viaje colocado encima de una maleta —preparativos para el otro mundo—, en un asno del que sólo habían encontrado los cascos, en los largos rastros de sangre de animal perseguido dejados en las aceras y sobre las paredes por los heridos del Palacio, en las camillas vacías con una mancha en el lugar de cada herida. ¡Cuánta sangre lavaría la lluvia! Los obuses, ahora, cruzaban las bombas. Shade aguardaba, después de cada explosión, el ruido de las tejas que caen. A pesar de la lluvia, el olor del fuego comenzaba a instalarse en las calles. Los camiones seguían pasando.

—¿Qué es eso? —preguntó Shade, estirando las alitas de su corbata de lazo.
—Refuerzos para el Guadarrama. «Ellos» tratan de entrar por allí.

(Continuará…)

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