La esperanza (XVI)

André Malraux

 

 

6

Una delgada silueta encorvada subía, sola, en medio de la escalera inmensa: Guernico iba a buscar ayuda para el servicio de ambulancia que se esforzaba en transformar. El que había organizado en tiempos de Toledo se había vuelto ínfimo desde que la guerra se acercaba a Madrid. En la planta baja, ya casi oscura del Ministerio, había armaduras; y el escritor católico, alto, de pelo rubio pálido como tantos retratos de Velázquez, solo en medio de esos grandes peldaños blancos, parecía salir de una de esas armaduras históricas y estar destinado a entrar en ella cuando amaneciera. García no lo había visto desde hacía tres semanas. Decía de él que era el único de sus amigos en quien la inteligencia hubiera tomado la forma de la caridad, y, a pesar de todo lo que los separaba, quizá Guernico fuera el único hombre que García quisiera verdaderamente.

Ambos fueron juntos a la Plaza Mayor.

En las paredes y en los escaparates con las puertas metálicas bajadas, las sombras avanzaban inclinadas hacia delante; arriba, grandes humaredas rojizas provenientes de los alrededores daban vueltas pesadamente. El éxodo, pensaba García.

Pues no: ninguno de esos transeúntes llevaba fardos. Todos caminaban muy ligero, en el mismo sentido.

—La ciudad está nerviosa —dijo.

Un ciego tocaba la Internacional con el platillo delante. En sus casas a oscuras, los fascistas aguardaban el día siguiente, al acecho de cien mil hombres.

—No se oye nada —dijo Guernico.

Solamente los pasos. La calle se estremecía como una vena. Los moros estaban en las puertas del sur y del oeste, pero el viento venía de la ciudad. Ni siquiera un tiro de fusil, ni siquiera el cañón. El rasguido de la multitud corría en silencio como el de los roedores bajo tierra. Y el acordeón.

Caminaban hacia las puertas del sur, en el sentido de las humaredas rojizas a la deriva en el cielo, en el sentido del río invisible que llevaba inútilmente a los hombres hacia la plaza, como si allí se levantaran las barricadas de Carabanchel.

Una mujer tomó el brazo de Guernico y dijo en francés:

—¿Crees que hay que irse?
—Es una camarada alemana —dijo Guernico a García, sin contestar a la mujer.
—Él dice que debo irme —continuó ella—. Dice que no puede pelear bien si yo estoy aquí.
—Es seguro que tiene razón —dijo García.
—Pero yo no puedo vivir si sé que él pelea aquí… si no sé ni siquiera lo que pasa…

La Internacional de un segundo acordeón acompañaba las palabras en sordina; otro ciego, con el platillo delante, continuaba la música allí donde el primero la había dejado.

Siempre las mismas, pensó García. Si se va, lo soportará con mucha agitación, pero lo soportará; y si se queda, lo mataran.

No le veía la cara: ella, mucho más pequeña que él, estaba hundida en la sombra de los transeúntes.

—¿Por qué quieres quedarte? —le preguntó amistosamente Guernico.
—Me es igual morir… lo malo es que tengo que alimentarme bien, y que aquí ya no se puede; estoy encinta…

García no oyó la respuesta de Guernico. La mujer se unió a otra corriente de sombras.

—¿Qué se puede hacer?… —preguntó Guernico.

Milicianos en monos los pasaron. A través de la calle llena de baches, las sombras construían una barricada.

—¿A qué hora partes? —preguntó García.
—No parto.

Guernico sería uno de los primeros fusilados cuando los fascistas entraran en Madrid. Aunque García no miraba a su amigo, lo veía caminar a su lado, con su bigotito rubio, su pelo en desorden y sus brazos largos y delgados; y ese cuerpo sin defensa lo conmovía como lo conmovían los niños porque excluía toda idea de combate; Guernico no combatiría: lo matarían.

Ni uno ni otro hablaban de las ambulancias de Madrid, persuadidos ambos de que no existirían.

—Mientras se pueda ayudar la revolución, hay que ayudarla. Pero hacerse matar no sirve para nada, mí querido amigo. La República no es un problema geográfico y no se resuelve con la toma de una ciudad.
—Yo estaba en la Puerta del Sol el día de la Montaña, cuando tiraron sobre la multitud de todas las ventanas. Los que estaban en la calle se tumbaron: la plaza entera quedó cubierta de personas por el suelo, sobre las que tiraban los otros. Al día siguiente, estaba en el Ministerio. Ante la puerta, había una larga cola: mujeres que iban a ofrecer su sangre para transfusiones. Dos veces he visto al pueblo de España. Esta guerra es su guerra, suceda lo que sucediere; y estaré con él donde él esté… Hay aquí doscientos mil obreros que no tienen auto para ir a Valencia…

La vida de la mujer y de los hijos de Guernico debieron pesar en su decisión con su peso mayor que todo lo que García pudiera decir; y éste no podía imaginar sin pena, si es que debían no verse más, que su última conversación fuera una especie de discusión.

Guernico hizo un ademán hacia delante con su mano larga y fina:

—Quizá me vaya en el último momento —dijo.

Pero García estaba persuadido de que mentía.

Un ruido confuso de pasos subía de la calle como si hubiera sido precedido por una tropa que atravesó la luz. «Los excavadores», dijo García. Subían hacia los últimos terrenos antes de Carabanchel, para las trincheras o para las minas. Delante de García y de Guernico, otras sombras, dominadas por la niebla, construían una bancada.

—Ellos se quedan —dijo Guernico.
—Podrán replegarse por el camino de Guadalajara. Pero tu apartamento y la oficina de la Asociación son ratoneras.

Guernico volvió a hacer el mismo ademán de fatalidad confusa. Un ciego más, siempre la Internacional; ahora los ciegos no tocaban otra cosa. En cada calle, sombras diferentes construían las mismas barricadas.

—Nosotros, escritores cristianos, tenemos quizá más deberes que los demás — continuó Guernico.

Pasaban delante de la iglesia de Alcalá. Guernico la señaló vagamente con la mano, por el sonido de su voz, García comprendió que sonreía amargamente.

—Después de un sermón de un sacerdote fascista, en la Cataluña francesa (tema: Señor, no nos unzáis al mismo yugo que los infieles), he visto al padre Sarazola acercarse al predicador: el predicador se fue. Sarazola me dijo: «Haber conocido a Cristo siempre deja en nosotros algo: entre todos los que he visto aquí, este hombre es el primero que ha tenido vergüenza…».

Pasó un camión, cargado de un montón confuso de milicianos en cuclillas, sobrepasados por los caños de viejas ametralladoras. Guernico continuó, en tono más bajo:

—Sólo que frente a lo que ellos hacen, comprendes, soy yo el que tiene vergüenza.

Un miliciano pequeño con cara de comadreja detuvo a García, que iba a contestarle.

—¡Mañana estarán aquí!
—¿Quién es ése? —preguntó Guernico a media voz.
—Un antiguo secretario de la escuadrilla de Magnin.
—No hay posibilidad con este Gobierno —decía la comadreja—. Hace más de diez días que les he dado todas las indicaciones para la producción masiva de la fiebre de Malta. Quince años de investigaciones, y no he pedido un centavo: ¡por el antifascismo! No han hecho nada. Lo mismo ha pasado con mi bomba. Los otros estarán aquí mañana.
—¡Cierra el pico! —dijo García.

Camuccini había entrado ya en la multitud nocturna como por una puerta, y su aparición y su hundimiento en ella estaban acompañados por el acordeón que tocaba la Internacional.

—¿Magnin tenía a muchos como éste? —preguntó Guernico.
—Al principio… Los primeros voluntarios eran todos un poco locos o un poco héroes. A veces las dos cosas…

La atmósfera de las tardes históricas llenaba la calle de Alcalá como llenaba las calles estrechas: nunca cañones, siempre acordeones. Súbitamente, un tiroteo de ametralladoras: un miliciano tiraba contra fantasmas.

Y siempre las barricadas en construcción. García no creía sino moderadamente en la eficacia de las barricadas; pero éstas parecían atrincheramientos. Siempre, en la niebla, se agitaban sombras; y siempre una sombra inmóvil, abandonando por un momento su inmovilidad, volvía a quedarse inmóvil, organizaba. En esa niebla irreal, que se hacía más densa de minuto en minuto, hombres y mujeres transportaban materiales; los obreros de todos los sindicatos de la construcción organizaban el trabajo que dirigían jefes técnicos, formados en dos días por los especialistas del 5.º cuerpo. En esa fantasmagoría silenciosa en que moría el viejo Madrid, por primera vez, por debajo de los dramas particulares, de las locuras y de los sueños, por debajo de esas sombras lanzadas a través de las calles con su angustia o su esperanza, una voluntad a la escala de la ciudad entera se alzaba en la niebla de la ciudad casi sitiada.

Las luces de la avenida se disolvían en nebulosas, vagas y miserables bajo las sombras prehistóricas de los rascacielos rodeados. García pensaba en la frase de su amigo: «Nosotros, los escritores cristianos, tenemos quizá más deberes que los demás…».

—¿Qué diablos puedes ahora esperar de ésos? —preguntó, señalando con la pipa una segunda iglesia.

Pasaban bajo un farol eléctrico. Guernico sonrió, con esa sonrisa melancólica que le daba a menudo un aspecto de niño enfermo:

—No te olvides de que yo creo en la eternidad…

Tomó a García por el brazo.

—Espero más para mi Iglesia de lo que está pasando aquí, y hasta de los santuarios quemados en Cataluña, García, que de los cien últimos años de la católica España. Hace veinte años que veo a los sacerdotes ejercer su ministerio, aquí y en Andalucía; y bien, en esos años, nunca he visto a la España católica. He visto ritos y, en el alma como en la campiña, un desierto…

Todas las puertas del Ministerio de Estado, en la Puerta del Sol, estaban abiertas. Antes del levantamiento, en el hall hubo una exposición de esculturas. Y las estatuas de toda clase, grupos, desnudos, animales, esperaban a los moros en la gran sala vacía donde se perdía el ruido de una lejana máquina de escribir: el Ministerio no estaba completamente abandonado…

Pero en todas las calles que surgían en torno a la plaza, fieles como la niebla, las mismas sombras trabajaban en las mismas barricadas.

—¿Es verdad que Caballero te ha consultado a propósito de la reapertura de las iglesias?
—Sí.
—¿Qué le has contestado?
—No, por supuesto.
—¿Que no había que reabrirlas?
—Evidentemente. Eso te asombra, pero no asombra a los católicos. Si mañana me fusilan, temeré mucho por mí mismo, como todo hombre, pero en modo alguno por eso. No soy ni un protestante, ni un herético: soy un católico español. Si fueras teólogo, te diría que recurro al alma de la Iglesia contra el cuerpo de la Iglesia, pero dejemos eso. ¡La fe, pero no es la falta de amor! La esperanza, pero no es un mundo que encontrará su razón de ser en hacer adorar de nuevo como un fetiche ese crucifijo de Sevilla que han llamado el Cristo de los ricos (nuestra Iglesia no es herética; es simoníaca); no se trata de poner el sentido del mundo en un imperio español, en un orden en donde ya nada se oye porque aquellos que sufren se esconden para llorar. Hay orden en un presidio también… No hay una sola esperanza de los mejores entre los fascistas que no se base en el orgullo; así sea, pero ¿qué tiene que ver Cristo con todo eso?

García se llevó por delante un gran perro y estuvo a punto de caer. Madrid estaba lleno de perros magníficos, abandonados por sus dueños que habían huido. Tomaban posesión de la ciudad con los ciegos, entre los republicanos y los moros.

—La caridad, pero no son los sacerdotes navarros que dejan que se fusile en honor de la Virgen; son los sacerdotes vascos que, hasta que sean muertos por los fascistas, han bendecido en los sótanos de Irán a los anarquistas que habían quemado las iglesias. A mí no me inquieta, García. No me inquieta la Iglesia de España, pero contra ella estoy apoyado en toda mi fe… Estoy contra ella en nombre de las tres virtudes teologales, estoy contra ella en la Fe, la Esperanza y la Caridad.
—¿Dónde encontrarás la Iglesia de tu fe?

Guernico se pasó la mano por el pelo que le caía sobre la frente. La multitud casi silenciosa se deslizaba entre las arcadas y las empalizadas que obstruían casi por completo la Plaza Mayor. Los trabajos de los excavadores habían dejado por todas partes adoquines y bloques de piedra, y la multitud de sombras parecía saltar por encima en un trágico ballet nocturno bajo las campanadas austeras semejantes a las de El Escorial, como si Madrid se hubiera cubierto de tantas barricadas que no se pudiera encontrar una sola plaza intacta.

—Mira: en esas casas pobres, o bien en esos hospitales, en este preciso instante —dijo Guernico— hay sacerdotes sin alzacuello, con chalecos de mozos de café parisienses, que confiesan, dan la extremaunción, quizá bautizan. Te he dicho que desde hace veinte años no he oído en España la palabra de Cristo. A ésos, se los oye. A ésos se los oye, y nunca oirán a los que saldrán mañana con sotana para bendecir a Franco. ¿Cuántos sacerdotes ejercen en estos momentos su ministerio? Cincuenta, quizá cien… Napoleón ha pasado bajo estas arcadas; desde esa época en que la Iglesia en España ha defendido su rebaño, creo que no ha habido una sola noche, hasta estas últimas, en que haya cobrado vida, en verdad, la palabra de Cristo. Pero a estas horas es una palabra viva.

Tropezó con un adoquín de la plaza llena de baches; el pelo le cayó sobre los ojos.

—Está viva —continuó—. No hay muchos lugares en este mundo en que pueda decirse que esta Palabra haya estado presente; pero muy pronto se sabrá que aquí, en Madrid, en noches como ésta, se la ha escuchado. Algo comienza en este país para mi Iglesia, algo que es quizá el renacimiento de la Iglesia. Ayer he visto administrar los sacramentos a un miliciano belga, en San Carlos. ¿Tú lo conoces?
—He visto allí heridos en la época del tren blindado…

García pensaba en las grandes salas enmohecidas, con las ventanas bajas invadidas por las plantas. Como todo eso parecía lejos…

—Era una sala de heridos en los brazos. Cuando el sacerdote dijo Requiem aeternam dona ei Domine, las voces dijeron el responso: Et lux perpetua lucea…Cuatro o cinco voces que salían detrás de mí…
—¿Te acuerdas del Tantum ergo de Manuel?

Varios amigos de García, Manuel y Guernico entre ellos, habían pasado con él la noche de la partida, cinco meses antes, y, al amanecer, lo habían llevado hasta las colinas que dominan Madrid. Mientras los monumentos como de tiza malva se desprendían al mismo tiempo que la noche y que las masas sombrías del bosque de El Escorial, Manuel había cantado los cantos de Asturias que acababan de oír, y después había dicho: «Para Guernico, voy a cantar el Tantum ergo».

Y todos, educados por los sacerdotes, lo habían terminado a coro, en latín. Como sus amigos habían encontrado ese latín amistosamente irónico, los heridos revolucionarios, con sus brazos curvados por el yeso sobre los cuales parecían prepararse para tocar el violín, encontraban el latín de la muerte…

—El sacerdote —continuó Guernico— me ha dicho: «Cuando llegué, todos se sacaron el sombrero porque yo traía el consuelo de la última hora…». ¡Pero no! Se sacaron el sombrero porque ese sacerdote que entraba podía ser un enemigo.

Tropezó en otra piedra; la plaza estaba cubierta de adoquines como hecho por un bombardeo. Su voz cambió:

—Bien sé que nuestros católicos serios piensan que hay que poner todo a punto. El Hijo de Dios ha venido a tierra con el único fin de hablar para no decir nada. El sufrimiento le ha hecho perder un poco la razón; desde el tiempo que está en la cruz, verdad…
»Sólo Dios conoce la pruebas que impondrá al sacerdocio; pero creo que es necesario que el sacerdocio se haga difícil…

Y después de un segundo:

—Como quizá la vida de cada cristiano…

García miraba sus sombras combadas que avanzaban sobre las cortinas metálicas de las tiendas, y pensaba en las doce bombas del 30 de octubre.

—Lo más difícil —continuó Guernico a media voz— es esta cuestión de la mujer y de los niños…

Y todavía más bajo:

—Yo tengo por lo menos una ventaja: no están aquí…

García miraba el rostro de su amigo, pero sin distinguirlo. Ningún ruido de combate, y, sin embargo, el siempre creciente ejército fascista estaba en torno a la ciudad, como una presencia en la oscuridad de un cuarto cerrado. García recordó su última conversación con Caballero. En esa conversación se había hablado de «hijo mayor». García no ignoraba que el hijo de Caballero estaba prisionero de los fascistas en Segovia, y que sería fusilado. Era en septiembre. Estaban cada cual de un lado de la mesa, Caballero en ropa con fajín y García de mono; una langosta del fin de verano había entrado por la ventana abierta. Caída entre ellos sobre la mesa, medio muerta, trataba de no moverse, y García miraba sus patas estremecerse, en tanto que los dos callaban.

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7

Delante de los escaparates se agitaban en la bruma las sombras pacientes, con un ruido de adoquines. En la Gran Vía, los mozos servían con un lento asombro a tres clientes perdidos en la sala inmensa, y que creían que eran los últimos clientes de la República. Pero en el hall del hotel, soldados del 5.º cuerpo, uno a uno, retiraban de grandes sacos sus puños erizados de balas, y se formaban por compañías en la acera. Estaban notablemente armados. En Tetuán, en Cuatro Caminos, las mujeres llevaban al último piso de las casas toda la gasolina que habían podido reunir; en esos barrios obreros, rendirse, irse, eran cuestiones que no se planteaban. En camiones, a pie, los hombres del 5.º cuerpo, bajaban en Carabanchel, en el Parque del Oeste, en la Ciudad Universitaria. Por primera vez, Scali se sentía frente a las energías coordinadas de quinientos mil hombres. El padre de Jaime no podría llevar más que una maleta: había poco sitio en el automóvil.

La puerta se abrió ante un anciano macizo, muy alto, la cabeza con una barba como hierro de lanza hundida entre sus anchos hombros encorvados. Pero desde que se encontró bajo la bombilla eléctrica del corredor, Scali advirtió que el pelo modificaba a ese Greco, como lo hubiera hecho la copia de un pintor barroco: por encima de los ojos intensos y muy grandes, pero un poco apagados por el espesor y las arrugas de los párpados, la cabellera detrás del cráneo desguarnecido volaba en mechones enloquecidos, y las cejas móviles y agudas terminaban en comas, como la barba.

—¿Usted es Giovanni Scali, verdad? —preguntó sonriendo.
—¿El hijo de usted le ha hablado de mí? —dijo éste, asombrado de oír su nombre de pila.
—Sí, pero yo le he leído, yo le he leído…

Scali sabía que el padre de Jaime había sido profesor de historia del arte. Entraban en un cuarto cubierto de libros, con excepción de dos altos huecos a ambos lados del diván. En uno, estatuas hispanoamericanas, barrocas y salvajes; en otro, un muy hermoso Morales.

A través de los lentes que tenía en la mano, Alvear miraba a Scali con una atención insistente, la que se asigna a los objetos singulares. Le llevaba una cabeza de altura.

—¿Está usted sorprendido? —preguntó Scali.
—Ver a un hombre que piensa con ese… traje, me sorprende siempre.

Scali estaba con uniforme. Con los pantalones demasiado largos y sus anteojos. En una mesa baja, junto a grandes sillones de cuero, una botella de coñac, una copa llena, libros abiertos. Alvear se fue del cuarto con paso pesado, como si sus hombros fueran demasiado fuertes para sus piernas, y volvió con una segunda copa.

—No, gracias —dijo Scali.

A pesar de las persianas cerradas, oía ruido de caballos y un lejano acordeón.

—Hace usted mal, porque el coñac de Jerez es muy bueno, no menos bueno que el de Charentes. ¿Quiere alguna otra cosa?
—Mi automóvil está abajo a su disposición. Usted puede dejar Madrid enseguida.

Alvear, que acababa de arrellanarse en el sillón más próximo como una vieja y poderosa ave de rapiña con las uñas afiladas como su hijo, pero desplumada, alzó los ojos hacia Scali:

—¿Para qué?
—Jaime me ha pedido que pasara a buscarlo cuando volviera del Ministerio. Vuelvo a Alcalá de Henares.

Alvear sonrió con una sonrisa más aventajada que su cuerpo:

—A mi edad, no se viaja sin biblioteca.
—¿Usted se da cuenta, verdad, de que los moros estarán aquí tal vez mañana?
—Sin duda. Pero ¿qué diablos quiere usted que le haga? Nos hemos conocido en circunstancias muy sorprendentes… Le agradezco la ayuda que usted me ofrece; agradézcale a Jaime, por favor, que se lo haya pedido. Pero dejar Madrid, ¿por qué?
—Los fascistas saben que su hijo es un combatiente. ¿Se da usted cuenta de que hay gran peligro de que lo fusilen?

Alvear sonrió con sus párpados carnosos y sus mejillas caídas, y señaló la botella con los lentes que tenía en la mano:

—He comprado coñac.

Tenía la misma nariz curva y fina, el mismo rostro curtido de Jaime; y las mismas órbitas, en ese instante en que la sombra le colocaba bajo la frente grandes anteojos negros.

—Quiere usted decir —continuó— que la amenaza debería separarme de…

Mostró las paredes cubiertas de libros.

—¿Y por qué? ¿Por qué? Es extraño: he vivido cuarenta años en el arte y por el arte, y usted, un artista, se sorprende de que continúe…
»Óigame bien, señor Scali: he dirigido durante años una galería de cuadros. He introducido aquí el arte barroco mexicano, Georges de Latour, los franceses modernos, la escultura de López, los primitivos… Llegaba una clienta, miraba un Greco, un Picasso, un primitivo aragonés: “¿Cuánto?”. Era generalmente una aristócrata, con su Hispano, sus diamantes y su avaricia. “Discúlpeme, señora, ¿para qué quiere usted comprar ese cuadro?”. Casi siempre respondía: “No sé”. “Entonces, señora, vuelva a su casa. Reflexione. Cuando sepa por qué, volverá”.

Entre todos los hombres que Scali encontraba o con los cuales había vivido desde la guerra, sólo García estaba acostumbrado a tener una disciplina de espíritu. Y Scali se sentía tanto más recuperado por la relación intelectual que se establecía entre el anciano y él, cuanto más brutal había sido su día y cuanto que, sintiéndose un jefe débil, lo atraía el universo donde encontraba su valor.

—¿Y volvían? —preguntó.
—Se ponían enseguida a indagar por qué: «Quiero ese cuadro porque me gusta, porque me parece bien, porque mi amiga tiene uno». Era sabido que los más hermosos Grecos estaban en mi galería.
—¿Cuándo aceptaba usted?

Alvear levantó un dedo nudoso, con vello rizado.

—Cuando me contestaban: «Porque lo necesito». Entonces, cuando eran ricas, se los vendía —muy caro—; cuando ocurría que él o ella eran pobres, pues bien, lo que pasaba era que lo vendía sin obtener beneficio.

Hubo muy cerca dos tiros de fusil, seguidos de inmediato por un gran ruido de pasos, en abanico.

—Con estos postigos interiores —dijo Alvear indiferente— no se ve para nada nuestra luz desde afuera.
»¡Yo he vendido según mi verdad, señor Scali! ¡Vendido! ¿Puede un hombre llevar su verdad más lejos? Esta noche vivo con ella. ¿Los moros? No, me da lo mismo…
—¿Se dejaría usted matar por indiferencia?
—No por indiferencia…

Alvear se incorporó a medias sin dejar de apoyar las manos en los brazos del sillón, y miró a Scali un poco teatralmente, como para subrayar lo que decía:

—Por desdén. Sin embargo, sin embargo, vea usted ese libro: es el Quijote. He querido leerlo hace un momento: no podía…
—En las iglesias del Sur, donde se ha peleado, he visto frente a los cuadros grandes manchas de sangre. Las telas… perdían fuerza…
—Harán falta otras telas, eso es todo —dijo Alvear, enrulando en el índice la punta de la barba, con el tono de un vendedor que va a cambiar los cuadros de un apartamento.
—Bien —dijo Scali—, es poner muy alto las obras de arte.
—No las obras: el arte. No son siempre las mismas obras las que nos permiten acceder a lo más puro que hay en nosotros, pero son siempre las obras…

Scali comprendió por fin lo que lo perturbaba desde el comienzo de la entrevista: toda la intensidad del rostro del anciano estaba en los ojos, con la atroz imbecilidad del instinto, arrastrado por el parecido, Scali, cada vez que su interlocutor se retiraba los lentes aguardaba sus ojos de ciego.

—Ni los novelistas, ni los moralistas tienen razón de ser esta noche —continuó el anciano—: La gente de la vida no vale nada para la muerte. La sabiduría es más vulnerable que la belleza; porque la sabiduría es un arte impuro. Pero la poesía y la música valen para la vida y la muerte… Habría que releer Numancia. ¿Se acuerda usted? La guerra avanza a través de la ciudad sitiada, sin duda con ese ruido apagado de pasos que corren…

Se puso de pie, buscó la edición de las obras completas de Cervantes, no la encontró.

—¡Todo está patas arriba con esta guerra!

Sacó de su biblioteca otro libro, y leyó en voz alta tres versos del soneto de Quevedo:

¿Qué pretende el temor desacordado
De la que a rescatar piadosa viene
Espíritu en miserias añudado?

El índice que seguía los versos hacía reaparecer al profesor. Sentado, el hombro de nuevo arrellanado, viejo pájaro refugiado a la vez en ese cuarto cerrado, en ese sillón y en la poesía, leía con lentitud, con un sentido del ritmo tanto más impresionante cuanto que la voz no tenía timbre, tan vieja como la sonrisa. El ruido apagado de los pasos que huían en la calle, las detonaciones lejanas, todos los ruidos de la noche y del día, que Scali sentía aún pegados a él, parecían dar vueltas como animales inquietos en torno de esa voz comprometida ya con la muerte.

—Desde luego, pueden matarme los árabes. Y puedo ser muerto también por los vuestros, después. No tiene importancia. ¿Es algo tan difícil, señor Scali, esperar la muerte (¡que acaso no vendrá!) bebiendo tranquilamente y leyendo versos admirables? Hay un sentimiento muy profundo acerca de la muerte que nadie ha expresado después del Renacimiento… Y sin embargo yo tenía miedo cuando era joven —dijo un poco más bajo, como haciendo un paréntesis.
—¿Qué sentimiento?
—La curiosidad…

Colocó a su Quevedo en un estante. Scali no tenía ganas de irse.

—¿No tiene usted curiosidad acerca de la muerte? —preguntó el anciano—. Toda opinión decisiva sobre la muerte es tan tonta…
—Yo he pensado mucho en la muerte —dijo Scali, con la mano en su pelo rizado —; desde que lucho, ya no pienso más. Ha perdido para mí toda… realidad metafísica, si usted quiere. Vea usted, mi avión se cayó una vez. Entre el instante en que la parte delantera tocó tierra y el instante en que yo quedé herido, muy levemente —durante el crujido—, estaba frenéticamente en tensión, una tensión viviente: ¿cómo saltar?, ¿dónde saltar? Pienso ahora que siempre es así; un duelo: la muerte gana o pierde. Bien. Lo demás no son sino las relaciones entre las ideas. La muerte no es algo tan serio: el dolor, sí. El arte es poca cosa frente al dolor y, desgraciadamente, ningún cuadro tiene frente a él manchas de sangre.
—¡No se fíe, no se fíe! En el sitio de Zaragoza por los franceses, los granaderos habían hecho sus tiendas con las telas maestras de los conventos. Después de una salida, los lanceros polacos, de rodillas, recitaron sus plegarias entre los heridos, ante las vírgenes de Murillo que cerraban las tiendas triangulares. Era la religión, pero también el arte, porque no rezaban delante de las vírgenes populares. ¡Ah, señor Scali, usted está muy acostumbrado al arte, y aún no tiene demasiada costumbre en materia de dolor!… Y verá usted después, porque todavía es joven: el dolor se vuelve menos conmovedor cuando tiene uno la certeza de que no cambiará ya…

Una ametralladora empezó a tirar a cortas ráfagas, rabiosa y sola en el silencio lleno de crujidos.

—¿Oye usted? —preguntó distraídamente Alvear—. Pero la parte de sí mismo que compromete el hombre, que tira en este momento no es la más importante… La ganancia que le traerá la liberación económica, ¿quién me dice que será más grande que las pérdidas que traerá la sociedad nueva, amenazada por todas partes, obligada por su angustia a la sujeción, a la violencia, quizá a la delación? La esclavitud económica es grave, pero si para terminar con ella uno está obligado a reforzar la esclavitud política, o militar, o religiosa, o policíaca, entonces, ¿qué puede importarme?

Alvear se refería a un orden de experiencias que Scali ignoraba, y que ahora se hacían trágicas en el italianito rizado. Para Scali, lo que amenazaba la revolución no era el futuro, sino el presente: desde el día en que Karlitch lo había asombrado, veía el elemento fisiológico de la guerra desarrollarse en muchos de sus mejores camaradas, y estaba por ello aterrado. Y la sesión de la cual salía no era para tranquilizarlo. No sabía bien dónde estaba.

—Yo quiero saber lo que pienso, señor Scali —continuó el anciano.
—Bien. Eso limita la vida.
—Sí —dijo Alvear, soñador—, pero la vida menos limitada continúa siendo la de los locos… Quiero tener relaciones con un hombre por su naturaleza, y no por sus ideas. Quiero la fidelidad en la amistad, y no la amistad suspensa de una actitud política. Quiero que un hombre sea responsable ante sí mismo —usted bien sabe que es lo más difícil, dígase lo que se diga, señor Scali— y no ante una causa, ya sea la de los oprimidos.

Encendió un cigarrillo.

—En América del Sur, señor Scali —una bocanada—, por la mañana —otra bocanada— hay en el bosque un gran clamor de monos: y la leyenda dice que Dios les ha prometido en otros tiempos hacerlos hombres al amanecer; esperan cada amanecer, se ven siempre engañados y lloran por todo el bosque.
»Hay en el hombre una esperanza terrible y profunda… El que ha sido injustamente condenado, el que ha encontrado en demasía la estupidez, o la ingratitud, o la cobardía, tiene que retirar su apuesta… La revolución desempeña, entre otros papeles, el que desempeñaba en otros tiempos la vida eterna, lo que explica muchos de sus caracteres. Si cada cual se aplicara a sí mismo la tercera parte del esfuerzo que hace hoy por la forma de gobierno, vivir en España sería posible.
—Pero debería hacerlo por su cuenta, y ésa es toda la cuestión.
—El hombre no compromete en una acción más que una parte limitada de sí mismo; y mientras más total pretende ser la acción, más pequeña es la parte comprometida. Usted bien sabe qué difícil es ser un hombre, señor Scali, más difícil de lo que creen los políticos.

Alvear se había puesto de pie.

—Pero usted, en fin, el intérprete de Masaccio, de Piero della Francesca, ¿cómo puede soportar este universo?

Scali se preguntaba si estaba frente al pensamiento de Alvear o de su dolor.

—Bueno —dijo por fin—, ¿ha vivido usted alguna vez con muchos hombres ignorantes?

Alvear reflexionó a su vez:

—No creo. Pero me lo imagino muy bien.
—Usted conoce algunos de los grandes sermones de la Edad Media…

Alvear asintió con la cabeza.

—Esos sermones eran escuchados por hombres mucho más ignorantes que los que hoy combaten conmigo. ¿Cree usted que eran comprendidos?

Alvear enroscaba sus dedos en su barba y miraba a Scali como diciéndole: sé adónde quiere usted ir a parar.

—Sin duda —dijo solemnemente.
—Hace un momento usted ha hablado de la esperanza: los hombres unidos a la vez por la esperanza y por la acción tienen acceso, como los hombres unidos por el amor, a ámbitos a los que no tendrían acceso por sí solos. El conjunto de esta escuadrilla es más noble que casi todos aquellos que la componen.

Sentado, tenía sus anteojos entre los dedos, y Alvear sólo veía su rostro que se había embellecido porque expresaba lo que estaba hecho para expresar: ideas, una misteriosa unidad resplandecía ahora en los labios gruesos y en los ojos que se empequeñecían ligeramente.

—Aquí donde estoy me cansan muchas cosas, pero lo esencial del hombre, si quiere usted, se halla, a mis ojos, en tales ámbitos. «Te ganarás el pan con el sudor de tu frente». Para nosotros también, vea usted, aún y sobre todo cuando el sudor está helado…
»¡Eh! Ustedes están todos fascinados por lo que hay de fundamental en el hombre…
»La era de lo fundamental comienza de nuevo, señor Scali —dijo Alvear con una súbita gravedad—. La razón debe ser fundada nuevamente…
—¿Piensa usted que Jaime ha hecho mal en combatir?

Alvear encogió sus hombros agobiados; sus mejillas temblaron todavía más.

—¡Ah! Que la tierra sea fascista y que él no sea ciego…

Un auto, afuera, cambiaba de velocidad rechinando.

—¿Cree usted que volverá a ver?
—Los médicos afirman que es posible.
—¡A usted también se lo dijeron! ¡A usted también! Pero saben que usted es su amigo… Y esa costumbre… En estos momentos mienten a cualquier oficial. ¡Esos idiotas tienen miedo de que los crean fascistas si dicen la verdad!
—¿Por qué lo que dicen sería necesariamente falso?
—Como si fuera fácil de creer la verdad cuando sólo depende de un hombre y toma la forma de nuestra dicha…

Calló. Después, quizá para apartar su angustia, continuó en tono más alto, con indiferencia:

—La única esperanza que tiene la nueva España de conservar dentro de sí aquello por lo cual ustedes combaten, usted, Jaime y muchos otros, es mantener lo que nosotros durante años hemos enseñado lo mejor posible…

Oía algo fuera. Fue hasta la ventana.

—¿Es decir? —preguntó Scali.

El anciano se volvió y habló con el mismo tono con que hubiera dicho: ¡ay!

Siguió escuchando, fue a apagar la luz eléctrica, entreabrió la ventana por donde entró la Internacional, por encima del ruido de los pasos. En la oscuridad, su voz se apagaba más, como si hubiera salido de un cuerpo más pequeño, más triste y más viejo:

—Si los moros entran enseguida, lo último que habré oído será ese canto de esperanza tocado por un ciego…

Hablaba sin énfasis, quizá con una vaga sonrisa. Scali oía el ruido de los postigos vueltos a cerrar. Por un instante, el cuarto quedó absolutamente a oscuras; por último, Alvear encontró el conmutador y encendió.

—Porque necesitan de nuestro universo para la derrota —dijo el anciano— y lo necesitarán para la alegría…

Miraba a Scali que acababa de sentarse en el diván.

—No son los dioses los que han hecho la música, señor Scali; es la música la que ha hecho los dioses…
—Pero quizá eso que sucede afuera es lo que ha hecho la música.
—La era de lo fundamental empieza de nuevo.

Echó coñac en el vaso y lo bebió de golpe, sin ninguna expresión en el rostro. El campo de luz de la lámpara iluminaba apenas la frente, los anteojos y los cabellos rizados de Scali:

—Usted acaba de sentarse allí donde se sienta Jaime cuando viene. Y usted usa anteojos… también. Cuando él se saca los que usa, yo no puedo mirarlo…

Por primera vez, el acento del dolor pasó por la voz casi sin timbre, y dijo para sí mismo, en francés:

—… Que te sert, o Priam, d’avoit véçu vi vieux!

Arrugando la frente por debajo de su pelo revuelto, alzó hacia Scali una mirada a la vez infantil y acosada:

—Nada, nada es más terrible que la deformación de un cuerpo que uno ama…
—Yo soy su amigo —dijo Scali a media voz—. Y estoy acostumbrado a los heridos.
—Como si fuera adrede —dijo Alvear lentamente—, allí justo enfrente de sus ojos, en esos estantes de la biblioteca, hay muchos libros sobre pintura, miles y miles de fotos que él ha mirado… Y sin embargo, si hago andar el fonógrafo, si la música entra aquí, puedo a veces mirarlo, aunque no lleve anteojos…

.

8

Manuel había encontrado también el Ministerio de Guerra entregado a las velas moribundas. Esas salas inmensas y lúgubres, en las cuales los últimos reyes de España hacen oír el eco miserablemente acaudalado de Carlos V, esas salas que Manuel ha conocido llenas de milicianos acostados en los canapés, con el revólver bajo la nariz, con el presidente del Consejo arrinconado, escuchando, un minúsculo aparato de radio —y después entregadas al orden severo y un poco ceñudo de Caballero las encuentra en ese mismo orden, con las ventanas abiertas sobre la ciudad, con los nervios de punta, los sillones asombrados cuando se da vuelta el conmutador—, salvo en la oficina del ministro de Guerra, con todas las bombillas encendidas, donde el comandante francés, solo, continúa aguardando. En las escaleras, las velas no emiten ya esa luz de teatro que han visto García y Guernico, sino una claridad rojiza de iglesia, antes de la oscuridad final. Aquí y allá, en medio de un corredor interior con arcadas, pequeñas linternas, las mismas que aquellas que indican, por la noche, las calles con barreras y los carros con varales, iluminan los peldaños de la escalera monumental que se pierden en la sombra.

Manuel se acercó al cuarto del general Miaja; arriba, junto al tejado. Los colores son siempre oscuros, pero en ese piso, hay luz bajo las puertas. Entra: el general no está, pero la mitad del estado mayor de la Junta de Defensa se halla sentada o camina por ese cuarto de hotel mediocre. El jefe de los dinamiteros, el jefe de las minas, oficiales del estado mayor de Miaja, oficiales del 5.º cuerpo… Ni uno de estos últimos había sido soldado seis meses antes; un dibujante de modas, un empresario, un piloto, un jefe de empresas industriales, dos miembros de comités centrales de partidos, un obrero metalúrgico, un compositor, un ingeniero, un garajista y él mismo. Y Enrique, y Ramos. Manuel se acordaba de un miliciano ciego, con las dos piernas paralizadas por sus heridas, que había venido a entrevistarse con Azaña.

—¿Qué quiere usted?, —pregunta el presidente.
—Nada, sólo decirle: Salud y coraje —y se fue son sus muletas.

No es un consejo de defensa. Pero aquella noche toda reunión es un consejo. El destino de esos hombres formados en el combate es semejante al de Manuel y al de España.

—¿Un fusil para cuántos hombres, en este momento?, —pregunta Enrique.
—Para cuatro —contesta uno de los oficiales. Es un camarada de Manuel, el que era dibujante de modas. Controla la movilización de los civiles: la víspera, el Partido Comunista ha pedido la movilización general de los sindicatos.
—Hay que organizar la colecta de los fusiles —dice Enrique—. Se los llevará a la retaguardia cuando los primeros camaradas caigan. Organicen esto esta noche tomando como modelo la organización de los camilleros.

El dibujante se va.

—¿Todavía es absolutamente imposible recuperar más armas en Madrid?

Ahora es otro el que contesta.

—Salvo en la policía, hasta los guardias, los centinelas y las escoltas no tienen más que sus revólveres. Nadie está vigilado esta noche.
—Si perdemos Madrid, podemos perder también los ministerios, los responsables y los ministros, si quedan.
—¿Cómo están las fortificaciones?, —pregunta el jefe de estado mayor de Miaja.
—Veinte mil hombres —dice Ramos— están trabajando bien: todo el sindicato de construcción, movilizado. Hay buena voluntad. En la dirección de cada obra o de cada barricada, un tipo del 5.º cuerpo. En este momento, los moros tienen un duro trabajo ante ellos, terminado, en un kilómetro de profundidad. Pasado mañana, Madrid entero tendrá su cinturón de barricadas, sin hablar de lo demás.
—Las barricadas de las mujeres son malas —dijo uno de los oficiales—. Demasiado pequeñas.
—Ya no existen —contesta Ramos—. Sólo se han conservado las que han sido construidas en las condiciones que acabo de decir, o aquellas que los muchachos del 5.º cuerpo han controlado y que les parecen bien. Pero las barricadas de las mujeres no eran demasiado pequeñas: eran demasiado anchas, por el contrario.
—Lo que hacen las mujeres con las provisiones de gasolina en casa no sirve de mucho —dijo otra voz.
—El efecto moral es considerable.
—Dime, ¿por qué no han podido hacer todo eso antes?
—La mitad, más aún, el noventa por ciento de los nuestros sólo comprenden que se defiende Madrid en Madrid. Esta mañana, en la calle, un tipo me dijo: «Si alguna vez llegan delante de Madrid, ¡van a ver lo que es!». Dime, tú sabes dónde está Carabanchel, ¿no? «Madrid es Madrid, y Carabanchel no es Madrid».
—¿En este momento avanzan sobre Carabanchel?, —pregunta Manuel.
—Allí están detenidos por el 5.º. Avanzan por el sur. Y van a atacar en tu campo.

Manuel partirá por la noche para Guadarrama. Es teniente coronel. Tiene el pelo cortado al rape y sus ojos verdes son más claros en su rostro más oscuro.

—¿Se decía que habían llegado los hombres de Durruti?
—La vía férrea está cortada. Hemos mandado los camiones a Tarancón. En este momento están en camino.
—¿Se espera siempre para pasado mañana los aviones comprados en la U. R. S. S.?

Nadie contesta. Todos saben que el montaje termina. Pero cuánto tiempo habrá que esperar aún…

—¿En el sur, sobre quién van a caer?, —pregunta Manuel.
—Eso depende de la hora: por el momento, traen de Vallecas la brigada internacional.

Uno tras otro, llegan los oficiales.

Las últimas bujías se han apagado en las escaleras inmensas; el comandante francés se ha ido; sólo algunos faroles, que antes estuvieron colgados en las verjas, irradian en ese fondo de vastas perspectivas su claridad de lámparas de velatorio. Desierto como los últimos cafés de Madrid, abandonado como la ciudad, el palacio prepara como ella su resistencia subterránea.

.

9

Parque del Oeste

Sube el canto de un mirlo, queda en suspenso como una pregunta; otro le contesta. Vuelve a comenzar el primero, hace una pregunta más inquieta; el segundo protesta furiosamente, y llegan carcajadas a través de la niebla. «Tienes razón —dice una voz—: No pasarán. ¡Ni hablar!». Los mirlos son Siry y Kogan, de la primera brigada internacional. Kogan es búlgaro y no sabe francés: silban.

—¡Silencio!

Una quincena de obuses responden.

Alemanes, polacos, flamencos, algunos franceses, esperan, escuchan las detonaciones acercarse. De pronto, todos se vuelven: tiran detrás de ellos.

—Balas explosivas —gritan los oficiales—. No tienen importancia.

¡Qué preciso es el sonido de las balas a través de la niebla! Se oyen las trayectorias… El batallón, desde el principio de su instrucción, se ha llamado Edgar-André. Los alemanes se han enterado aquella noche de que a Edgar-André, prisionero de Hitler, lo acaban de matar a hachazos.

Casi todos los alemanes, desde hace meses, viven la vida miserable de la emigración, dudan de sí mismos. Esperan. Esperan desde hace tres años. Hoy iban por fin a demostrar que no se habían colado en la revolución.

Los polacos esperan las órdenes, el rostro atento.

Los franceses hablan.

El cañón se aproxima. Muchos soldados tocan a su vecino, como quien no quiere la cosa, con el hombro, con la pierna, como si la única defensa de un hombre contra la muerte fuera la presencia de los hombres.

Siry y Kogan están pegados el uno al otro. Demasiado jóvenes para haber hecho la guerra; pero lo bastante viejos para haber hecho su servicio militar; por lo tanto, al frente después de quince días de instrucción. Siry tiene una ancha cara triangular muy oscura, un muchacho rechoncho, con ademanes de comediante. Kogan es un plumero rizado, con un mechón de pelo vertical.

Han pasado la noche bajo la misma manta: los que van a combatir duermen de a dos, a causa del frío de noviembre. Nunca, piensa Kogan, he sentido tanta amistad por un hombre en tan poco tiempo. Cada vez que un obús cae cerca de ellos, Siry, en lenguaje de mirlo, aprueba, juzga, protesta. Un 155 cae sin estallar, desaparece a través del lodo hacia algún centro de la tierra: Siry agita las alas, protesta desesperadamente.

—¡Los moros!

No; un combatiente demasiado nervioso. La niebla comienza a levantarse, pero no se ve a nadie: explosiones, un bosque desierto.

—¡Cuerpo a tierra!

Helos a todos en el olor del musgo y de los recuerdos de infancia. Bajan los primeros heridos en la cara, el rostro oculto por los dedos ya del color de la sangre. Los soldados se levantan a pesar de las balas para saludar con el puño en alto, los heridos no los ven, salvo uno, que descubre para responder con su puño sangriento el rostro mismo de la guerra. Por todos lados caen ramas, como hombres.

—Inmunda tierra —dice Siry—, ¡si uno pudiera meterse dentro!
—¡De pie!

Comienzan a avanzar, agachados, a través del bosque. Oyen a los moros avanzar también, pero nada ven, salvo los árboles aislados semejantes en la niebla a los géiseres de tierra de los obuses. Se acabó la imitación del mirlo: desde que marchan, desde que van al combate con los pies, no piensan sino en el segundo en que aparecerán los moros; y, sin embargo, hasta los más ignorantes de entre ellos piensan también que, en esa mañana de niebla, son la Historia. El flamenco que está a la derecha de Siry (a la izquierda está Kogan), recibe una bala en la pierna, se baja para tocarse la pantorrilla, recibe dos balazos en el pecho y cae. Los moros tiran ahora a fuego cruzado. Nunca hubiera creído que hubiese tantas balas en el mundo, piensa Siry, ¡ni tantas para mí! Pero le encanta funcionar tan bien: el miedo está allí, pero no le molesta para caminar, ni para hacer ningún ademán. Bueno. «¡Vamos a mostrarles lo que son los franceses!». Porque en ese momento cada uno de los internacionales quiere demostrar las cualidades militares de su nación. Un oficial grita dos sílabas y cae, una bala en la boca. Siry comienza a enfurecerse: le parece que asesinan a sus compañeros. Bajo el estruendo de los obuses, percibe el silenció súbito de los hombres —por donde ronda todavía una frase, dicha por varias voces:

—Me jodieron…

Los internacionales avanzan en la niebla. ¿Es que los moros van a dejarse ver, sí o no?

Heinrich se agita en medio de los teléfonos y de la confusión de un puesto de comando. Llega un civil, pelo gris cortado a cepillo, bigotes.

—¿Qué quiere usted?, —pregunta Albert, el ayudante del general. Es un judío húngaro, exestudiante, exlavaplatos; robusto y con el pelo crespo.
—Soy comandante en el ejército francés. Pertenezco al Comité Mundial Antifascista desde su fundación. He pasado el día sentado en una silla en el Ministerio de Guerra, y puedo serles más útil. Por fin me han mandado aquí. Estoy a las órdenes de ustedes.

Le tiende a Albert sus papeles: libreta militar, carta del Comité.

—Está bien, mi general —dice éste a Heinrich.
—Una compañía polaca acaba de perder a su segundo capitán —dice el general.
—Muy bien.

El capitán se vuelve hacia Albert.

—¿Dónde están los uniformes?
—No tendrá usted tiempo —dice Heinrich.
—Muy bien. ¿Dónde están los hombres?
—Lo llevaremos allí. Le prevengo que su puesto es… serio.
—He hecho la guerra, mi general.
—Bien. Perfecto.
—Soy un suertudo. Las balas me tienen asco.
—Perfecto.

.

Entre los troncos de ese Parque del Oeste tan poco hecho para la batalla, más allá de los hombres caídos que no se ocupan ya de nada —muertos—, Siry ve por fin pasar como palomas furtivas los primeros turbantes.

—¡Planten sus bayonetas en tierra!

Nunca ha visto a los moros; pero empleado como agente de enlace algunos días antes, se encontró por la noche, durante una hora, en primera línea, a cien metros de sus trincheras. La noche de noviembre era espesa y brumosa; nada veía, pero oía claramente, mientras duró su misión, los tam-tam que subían y bajaban con sus luces; ahora los espera como esperaría el África. Dicen que los moros están siempre borrachos cuando atacan. A su alrededor, por todas partes, de pie, acostados o muertos, apuntando, tirando, están sus compañeros de Ivry y los obreros de Grenelle, los de Courneuve y los de Billancourt, los emigrados polacos, los flamencos, los proscritos alemanes, los combatientes de la Comuna de Budapest, los estibadores de Amberes —toda esa sangre delegada por la mitad del proletariado de Europa—. Los turbantes se aproximan detrás de los troncos, como si jugaran a las esquinitas en una loca carrera.

Se apasionan desde Melilla…

Largos trozos de acero, bayonetas o machetes, pasan sin brillar en medio de la niebla, largos y agudos.

Con arma blanca, las tropas moras se cuentan entre las mejores del mundo.

—¡Bayonetas!

Es el primer combate de la brigada internacional.

Los internacionales sacan sus bayonetas. Siry no ha peleado nunca. No piensa que lo matarán ni que será vencedor. Piensa: «¡Se dan cuenta estos árabes!». ¿Esgrima con bayoneta en el regimiento? ¿O bien perforarlos enseguida?

Entre dos obuses, una voz lejana dice detrás de los árboles:

—… la República…

No se oye más. Todos los ojos están fijos en los moros que llegan. Y una voz mucho más próxima, cuyas palabras cada uno adivina, cuyo sentido no importa pero sí su acento, palabras que tiemblan de exaltación y hacen erguirse a todos esos hombres agachados, grita por primera vez en francés, en medio de la bruma:

—Por la Revolución y la Libertad, la tercera compañía…

.

Heinrich, con la nuca afeitada que se le arruga como la frente, tiene un auricular contra cada oreja. Compañía tras compañía, la brigada contraataca con bayoneta.

Albert deja su receptor:

—No comprendo nada, mi general. El capitán Mercery dice: «Botín considerable. La posición es nuestra. ¡Nos hemos apoderado por lo menos de dos toneladas de jabón!». Mercery manda una compañía española, a la derecha de los internacionales.
—¿Qué jabón? ¿Qué quiere decir ese idiota?

Albert toma de nuevo el receptor.

—¿Qué? ¿Qué fábrica? ¿Qué fábrica? ¡Dios mío! Explica la utilidad del jabón — le dice a Heinrich.

El general mira un mapa.

—¿En dónde?

Heinrich ha cambiado de auriculares.

—Bien —dice—. Se ha equivocado de lado y ha tomado una jabonería que era nuestra. Dígale al general español que saque a ese idiota inmediatamente.

La bayoneta que van a utilizar es más larga de lo que creían. En el último cuarto de hora, Siry encuentra únicamente una confusión de matorrales y de grandes árboles que estallan todos, un estruendo de obuses por encima de las balas explosivas, y los moros que llegan, boquiabiertos, pero no se oyen aullidos.

Una compañía alemana acaba de relevar a la de Siry, que parte a la retaguardia para ser dada momentáneamente de baja. El bosque está alfombrado de moros como de papeles después de una fiesta; el batallón, cuando cargaba, no los veía. Se dice que una compañía polaca ha pasado el Manzanares.

—¿Y el comandante que se mandó a los polacos? —preguntó Heinrich.
—Cuando vio lo que pasaba, dijo: la posición es insostenible, deben ustedes abandonarla. Los que lleguen a nuestras líneas dirán que han partido por mi orden. Saldrán ustedes por las ventanas de atrás, no les tocarán por eso menos obuses, pero a pesar de todo soportarán menos balas. ¡Vayan!, y digan que he hecho lo que había que hacer.
»Se puso la guerrera del segundo capitán polaco, bajó, cargó con la ametralladora hasta el fin y se pegó un balazo en la sien. Cayó del otro lado de la puerta.
—¿Cuántos supervivientes?
—Tres.

.

Siry ha perdido a Kogan: ninguno de sus dos vecinos comprende francés (salvo los comandantes). Siry sabe que, detrás de su batallón, no hay sino peluqueros armados: su reserva se llama el batallón de los Fígaros. Cuando calla el infernal estruendo, oye los tiros de la columna Durruti, que avanza, del «Regimiento de Acero», que avanza, de los socialistas, que avanzan; mientras más avanzan, más se ensancha su línea. Detrás del desorden sangriento del Parque se extiende, se despliega una línea de ataque tan larga como la ciudad. Entre las casas, los españoles que por la mañana han detenido tres ataques, acaban de recibir la orden de atacar a su vez: las casas tomadas por los moros son reconquistadas con granadas, los tanques son detenidos con dinamita, y los moros rechazados por las bayonetas de los internacionales, encontrando delante de ellos, en las calles, a los anarquistas que empujan hasta la primera línea los cañones republicanos. Detrás de ellos, los sindicatos movilizados esperan las armas de los primeros muertos.

Los fascistas avanzan desde Marruecos, pero retroceden desde el Parque del Oeste.

Derrotados los moros, las compañías diezmadas de los internacionales vuelven a la retaguardia, forman nuevas compañías, parten una vez más. Los moros caen. Los anarquistas de Durruti, las columnas de todos los partidos catalanes, los socialistas, los burgueses del «Regimiento de Acero» atacan.

—¡Oigo!

Albert sostiene el receptor.

—El enemigo contraataca de nuevo, mi general.
—¿Con los tanques?
—No, no hay nuevos tanques.
—¿Aviación?

Albert repite:

—Normal.

No corta. Mira su pie, que se mueve; el receptor tiembla:

—¡Mi general! ¡Ya está! ¡Llegan hasta el Manzanares! ¡Van a pasar de nuevo el Manzanares, mi general!

.

Compañía tras compañía pasan la de Siry, corriendo, cargando; y Siry y sus compañeros ocupan un terreno sembrado de hombres con caras arrugadas. Nación tras nación, las compañías pasan en la niebla que parece ahora hecha del humo de las explosiones, curvadas fusil adelante. Como en el cinematógrafo, ¡y sin embargo tan diferentes! Cada uno de esos hombres es uno de los suyos. Y vuelven, los puños contra la cara o sosteniéndose el vientre con las dos manos —o no vuelven— y han aceptado eso. Y él también. Detrás de ellos, Madrid, y el oscuro murmullo de todos esos fusiles.

Todavía una ola de asalto, y un angosto río…

—¡El Manzanares!, —gritan.

Deslumbrado, un mirlo canta. En alguna parte de la niebla, Kogan, que sangra sobre las hojas mojadas, con un bayonetazo en la cadera, responde por los heridos y los muertos.

.

(Continuará…)

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