DE LAS MEMORIAS DEL SEÑOR DE SCHNABELEWOPSKI (I)

Heinrich Heine

 

 

Capítulo I

Mi padre se llamaba Schnabelewopski, mi madre se llamaba Schnabelewopska; como hijo legítimo de su matrimonio, yo nací el primero de abril de 1795 en Schnabelewops. Mi tía abuela, la vieja señora de Pipitzka, cuidó mi primera infancia y me narraba muchas consejas hermosas y, a menudo, me arrullaba con una canción cuya letra y cuya melodía se han escapado de mi memoria. Nunca olvidaré, sin embargo, el modo misterioso con el que meneaba su cabeza temblosa mientras la cantaba, ni la nostalgia con la que entonces asomaba su único gran diente, ermitaño de su boca. De cuando en cuando me acuerdo también del papagayo cuya muerte ella había llorado a lágrima tan viva. Ahora, la anciana tía abuela ha muerto también, y tal vez sea yo el único ser en todo el vasto mundo que aún sigue pensando en su querido papagayo. Nuestra gata se llamaba Mimi y nuestro perro se llamaba Joli. Éste tenía un buen olfato para las personas y esquivaba encontrarse conmigo cada vez que me veía asir el látigo. Una mañana dijo nuestro criado que el perro estaba con el rabo entre las piernas y que la lengua colgaba más que de costumbre, y el pobre Joli fue lanzado al agua, junto con algunas piedras que se le habían atado al cuello. Así fue como se ahogó. Nuestro criado se llamaba Prrschtzztwitsch. Hace falta estornudar si se quiere pronunciar correctamente este nombre. Nuestra criada se llamaba Swurtszka, que en alemán suena algo áspero, pero, en polaco, sumamente melodioso. Era una mujer entrada en carnes y rechoncha, de cabellos blancos y dientes rubios. Además correteaban por casa dos hermosos ojos negros que tenían por nombre Seraphine. Era mi graciosa y queridísima primita, y juntos jugábamos en el jardín, espiando el ajetreo de las hormigas, cazando mariposas y plantando flores. Un día mi prima se rió como una loca cuando metí en tierra mis menudos calcetincitos, convencido de que brotarían de ellos un buen par de pantalones para mi padre.

Mi padre era el alma más benévola del mundo y durante largo tiempo fue un hombre muy gallardo: la testa empolvada, por detrás una coletilla garbosamente trenzada, que no caía, sino que se hallaba sujeta a la coronilla mediante una peineta de concha de tortuga. Sus manos eran de una blancura deslumbrante y yo las besaba a menudo. Siento como si aún aspirara su dulce perfume y como si éste penetrara, pujante, en mis ojos. He querido mucho a mi padre, pues nunca pensé que pudiera fallecer.

Mi abuelo de línea paterna era el viejo señor de Schnabelewopski; no sé nada de él, salvo que era un hombre y que mi padre era su hijo. Mi abuelo de línea materna era el viejo señor de Wlrssrski; su retrato le muestra con faldón de terciopelo rojo escarlata y larga espada, y mi madre me contaba a menudo que él había tenido un amigo que vestía una casaca de seda verde, unos pantalones de seda rosa y unas medias de seda blanca y agitaba furioso su diminuto chapeaubas a diestra y siniestra cada vez que hablaba del rey de Prusia.

Mi madre, la señora de Schnabelewopska, me proporcionó, cuando crecí, una buena educación. Había leído mucho; mientras estuvo embarazada de mí, leyó casi exclusivamente a Plutarco, y quizá se dejara impresionar por uno de sus grandes hombres, probablemente uno de los Gracos. De ahí mi anhelo místico de realizar, en forma moderna, la ley agraria. Acaso quepa atribuir a tamañas prelecturas maternas mi sentido de la libertad y la igualdad. Si mi madre hubiera leído a la sazón la vida de Cartouche, tal vez yo habría llegado a ser un gran banquero. ¡Cuántas veces faltaba yo, de muchacho, a la escuela para meditar solo en las hermosas praderas de Schnabelewops sobre cómo procurar la dicha de la humanidad entera! Por ese motivo me han reprendido a menudo, llamándome holgazán y castigándome como tal; así que por mis ideas de felicidad universal tuve que sufrir ya desde entonces muchos pesares y penas. Por cierto, los derredores de Schnabelewops son muy amenos; por allí corre un arroyuelo en el que es muy grato bañarse en estío; en la floresta de su ribera hay también los más deliciosos nidos de pájaros. La antigua ciudad de Gnesen, otrora capital de Polonia, está a una distancia de tan sólo tres millas. En su catedral está sepultado san Adalberto. Allí está su sarcófago argentado, encima del cual yace su retrato de cuerpo entero, con mitra y báculo, las manos plegadas en piadoso rezo, y todo ello en plata fundida. ¡Cuántas veces he de evocar tu recuerdo, oh santo de plata! ¡Cuántas veces regresan furtivamente mis pensamientos a Polonia, y me veo de nuevo en la catedral de Gnesen, recostado en la pilastra a la vera de la tumba de Adalberto! En esos momentos vuelve a resonar también el órgano, como si el organista ensayara una pieza del Miserere de Allegri; en una capilla lejana se murmura una misa, los últimos rayos del sol se deslizan por los irisados vitrales; la iglesia está vacía; sólo ante el argentado sepulcro del santo se postra una figura que reza: una mujer hermosísima que me lanza de soslayo una mirada rápida, pero que con igual presteza se vuelve hacia el santo y suspira, con sus labios anhelosos y astutos, las palabras «¡Te adoro!».

En el instante mismo en el que oí esas palabras, llegó desde lejos el tintineo del sacristán, el órgano resonó con brío creciente, la deliciosa mujer se levantó de las gradas del sepulcro, cubrió con su velo blanco el rostro encendido de rubor y salió de la catedral.

«¡Te adoro!». Esas palabras, ¿iban dirigidas a mí o al plateado Adalberto? Ella se había vuelto hacia él, pero sólo con el rostro. ¿Qué significaba aquella mirada de soslayo que previamente me había lanzado, y cuyos rayos bañaban mi alma como la gran ráfaga de luz que la luna derrama sobre el mar nocturno cuando sale de la oscuridad de las tinieblas para volver a ocultarse inmediatamente tras las nubes? Aquella ráfaga de luz despertó en mi alma, tan sombría como el mar, a todos los genios que duermen en el fondo abismal, y de pronto emergieron formidables tiburones y escualos de la pasión, retozando y mordiéndose las colas de placer, mientras el órgano bramaba y silbaba cada vez con mayor ímpetu, como el fragor de la tempestad del mar del Norte.

Al día siguiente abandoné Polonia.

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Capítulo II

Mi propia madre hizo mi maleta; con cada camisa metió también un buen consejo. Más tarde, las lavanderas me trastocaron todas esas camisas, buenos consejos incluidos. Mi padre estaba profundamente conmocionado; me dio una larga lista en la que había anotado, artículo por artículo, cómo había yo de comportarme en este mundo. El primer artículo rezaba: dar diez vueltas a cada florín antes de gastarlo. Al principio lo cumplí; después se me hizo demasiado fatigoso ese continuo dar-la-vuelta. Junto con aquella lista, mi padre me entregó los florines correspondientes. Luego tomó unas tijeras, cortó con ellas la coletilla de su hermosa cabeza y me la obsequió como recuerdo. Aún la conservo y siempre lloro al contemplar los finos pelitos empolvados…

En vísperas de mi partida tuve el siguiente sueño:

Yo estaba paseando solo por un paisaje risueño y apacible a la vera del mar. Era la hora de mediodía y el sol brillaba sobre el agua, de suerte que refulgía como una miríada de diamantes. Acá y acullá, en la orilla, se alzaba un gran áloe que, anheloso, tendía sus verdes brazos al cielo soleado. Allí había también un sauce llorón, con luengas ramas colgantes que se enderezaban cada vez que las ondas las bañaban, con lo que parecía una joven ondina que levantaba sus verdes rizos para oír mejor lo que los silfos enamorados le susurraban al oído. En efecto, a veces se oían como suspiros y palabras afectuosas. El mar brillaba cada vez más fulgurante y primoroso, las olas murmuraban con armonía creciente y sobre las resplandecientes y susurrantes ondas iba caminando el plateado Adalberto, tal como yo le había visto en la catedral de Gnesen, el báculo de plata en la mano de plata, la mitra de plata sobre la testa de plata, y me hacía señas con la mano y me saludaba con la cabeza; cuando al fin se halló frente a mí, me llamó con horrísona voz de plata…

Pues no…; las palabras no las pude oír debido al rumor de las ondas. Creo, empero, que mi rival de plata se burló de mí, ya que estuve aún un buen rato en la playa y lloré, hasta que cayó el crepúsculo y el cielo y el mar se tornaron caliginosos y pálidos y sobremanera tristes. La marea subió. El áloe y el sauce se desgajaron y fueron arrastrados por las olas, que a veces retrocedían raudamente para volver encrespándose con tanto más ímpetu, bramantes, horrendas, en semicírculos de blanca espuma. Sin embargo, entonces oí también un sonido rítmico, como de golpes de remo y, finalmente, vi una barca que se acercaba con las olas rompientes. Cuatro figuras níveas, lívidos rostros cadavéricos, envueltas en paños mortuorios, estaban sentados en ella y remaban con ahínco. En el centro de la barca había una mujer pálida, pero infinitamente hermosa, de una inmensa delicadeza, como formada de fragancia de lirios… y ella saltó a la orilla. La barca, con sus fantasmales remeros, volvió a lanzarse como una flecha al alta mar, y en mis brazos yació panna Jadwiga, que lloraba y reía: «¡Te adoro!».

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Capítulo III

Mi primera excursión, al salir de Schnabelewops, me llevó a Alemania, en concreto a Hamburgo, donde permanecí seis meses, en vez de encaminarme de inmediato a Leiden para dedicarme allí, según el deseo de mis padres, al estudio de la teología. He de confesar que durante aquel semestre me entregué más a las cosas mundanas que a las divinas.

La ciudad de Hamburgo es una buena ciudad, toda de casas sólidas. Aquí no reina el infame Macbeth, aquí reina Banco. El espíritu de Banco predomina por doquier en esa pequeña ciudad libre, cuya cabeza visible está constituida por un Senado sabio y prudente. En efecto, es un Estado libre en el que se halla la mayor libertad política. Aquí todos los ciudadanos pueden hacer lo que quieran, puede hacer lo que quiera también el sabio y prudente Senado; aquí todos son dueños libres de sus actos. Es una república. Si a Lafayette no le hubiera tocado la suerte de encontrar a Luis Felipe, a buen seguro habría encomendado sus franceses a los ancianos senadores y padres de la patria de Hamburgo. Hamburgo es la mejor república. Sus costumbres son inglesas y su comida es celestial. De veras, entre Wandrahmen y Dreckswall hay manjares de los que nuestros filósofos no tienen ni la más remota idea. Los hamburgueses son buena gente y comen bien. En materia de política, religión o ciencia, sus respectivas opiniones son muy diversas, pero en lo tocante a la comida reina la unanimidad más portentosa. Por mucho que disputen aquí los teólogos cristianos acerca del significado de la Cena, todos comulgan en la trascendencia del almuerzo. Puede que haya un sector entre los judíos locales que reza el benedícite en alemán mientras que otro lo canta en hebreo, pero ambos partidos comen y comen bien y saben formarse un juicio cabal sobre lo que comen. Los abogados, los asadores legales que dan vueltas y revueltas a las leyes hasta que consiguen quedarse con carne sin hueso; en las salas de juicio pueden debatir cuanto quieran si los juicios han de ser públicos o no, en las salas de comida acatan como un solo hombre que todos los platos han de ser ricos, por muy diversos que sean sus propios juicios gastronómicos. El estamento militar sigue sin duda el régimen de los bravos espartanos, pero de la sopa negra no quiere saber nada. Los médicos, tan desacordes en el tratamiento de enfermedades, suelen curar la dolencia patria —es decir, indisposición del estómago—, bien como brownianos, con porciones aún más grandes de carne ahumada, bien como homeópatas, con 1/10 000 gotas de ajenjo disueltas en una gran escudilla de sopa de tortuga; estos médicos se muestran conformes cuando se habla del sabor mismo de la sopa y de la carne ahumada. Hamburgo es la ciudad natal de la última, de la carne ahumada, y se vanagloria de ella como Maguncia suele alardear de su Johann Faust o Eisleben de su Martín Lutero. Pero ¿qué son la imprenta y la Reforma comparadas con la carne ahumada? Dos partidos discuten en Alemania sobre si las dos primeras fueran ventajosas o perjudiciales. Sin embargo, hasta nuestros jesuitas más celosos abundan en la opinión de que la carne ahumada es un gran invento de mucho provecho para la humanidad.

Hamburgo fue fundada por Carlomagno y está habitada por unos 80 000 hombres pequeños que no se cambiarían por el gran Carlos, que yace sepultado en Aquisgrán. Acaso la población de Hamburgo alcance los 100 000; no lo sé a punto fijo, a pesar de que pasé días enteros ambulando por sus calles para observar a su gente. A buen seguro se me habrá pasado por alto algún que otro hombre, puesto que fueron las mujeres las que reclamaron especialmente mi atención. A las últimas, no las encontré delgadas en absoluto, sino en su mayoría hasta corpulentas, a veces encantadoras y hermosas y, en general, de una cierta sensualidad opulenta que ni por asomo me desagradaba. Si no se muestran muy entusiastas en el amor romántico ni vislumbran apenas la gran pasión del corazón, no es culpa suya, sino de Amor, el dios menor, que a veces coloca en su arco las flechas más agudas y ardientes, pero que, ora por picardía, ora por torpeza, dispara demasiado bajo, de modo que suele dar, no en el corazón de las hamburguesas, sino en su estómago. Por lo que atañe a los hombres, vi en su mayoría criaturas rechonchas, ojos fríos y sensatos, mejillas sonrosadas que colgaban dejadas, instrumentos de masticar desarrollados a la perfección, el sombrero como clavado en la testa y las manos metidas en ambos bolsillos, igual que alguien a punto de preguntar: «¿Cuánto le debo a usted?».

Entre las curiosidades de la ciudad figuran: 1) El antiguo Ayuntamiento, donde se hallan esculpidos en piedra los retratos de los grandes banqueros, con cetro y manzana imperial en las manos. 2) La Bolsa, donde se congregan a diario los hijos de Hammonia como otrora los romanos se reunieron en el foro, y donde pende sobre sus cabezas una negra placa de honor con los nombres de sus más insignes conciudadanos. 3) La hermosa Marianne, mujer de extraordinaria belleza, en la que el diente del tiempo está royendo desde hace veinte años… Sea dicho de pasada: «el diente del tiempo» es una mala metáfora, porque es tan viejo que seguro que no tiene ningún diente; me refiero al tiempo. En cambio, la hermosa Marianne aún conserva todos sus dientes y, al no tener ni un pelo en la lengua, los enseña. 4) La antigua Caja Central. 5) Altona. 6) Los manuscritos originales de las tragedias de Marr. 7) Los propietarios del gabinete de Rödinger. 8) El salón de la Bolsa. 9) La Sala de Baco y, por fin, 10) El Teatro municipal. El último merece especiales elogios; sus miembros son todos buenos burgueses, cabezas de familia honrados, que no saben fingir ni embaucar; hombres que, al convencer a los infelices que desesperan de la humanidad de que no todo en el mundo es pura farsa e hipocresía, convierten el teatro en un templo.

Al enumerar las curiosidades de la república de Hamburgo, no puedo menos que mencionar que, en mi época, la Sala de Apolo en el Drehbahn era espléndida. Ahora ha decaído y en ella se ofrecen conciertos filarmónicos, se exhiben mañas de prestidigitadores y se da de comer a los naturalistas. ¡Antes era otro cantar! Las trompetas sonaban con brío, los tambores redoblaban, las plumas de avestruz flotaban al viento, y Heloise y Minka correteaban por entre las filas de la polonesa de Oginski; y todo era muy decente. ¡Hermosa sazón aquélla en la que la suerte me sonreía! ¡Y la suerte se llamaba Heloise! Era una suerte dulce, bonita, venturosa, con mejillas de rosa, naricilla de lirio, ardientes labios de claveles fragantes, ojos como el cerúleo lago de las montañas; había, empero, algo de estupidez sobre su frente, cual turbio velo nubloso sobre un resplandeciente pasaje primaveral. Heloise era cenceña como un álamo y vivaracha como un pájaro, y su piel era tan delicada que el arañazo de una horquilla la inflamó durante doce días enteros. Sin embargo, cuando la piqué yo, su fanfurriña no duró ni doce segundos, y luego sonrió… ¡Hermosa sazón aquélla en la que la suerte me sonreía! Minka sonreía muy raras veces, porque no tenía unos dientes bonitos. Pero tanto más hermosas eran sus lágrimas cuando lloraba, y Minka lloraba por cada infortunio ajeno. Era sobremanera bondadosa. A los pobres les daba su último chelín; muchas veces era capaz de dejar hasta su última camisa si se lo pedía. Era un alma así de benévola. Nunca podía decir que no, a no ser que se tratara de su agua. Ese carácter tierno y complaciente hacía un contraste harto delicioso con su aspecto exterior: una audaz figura de Juno; la nuca blanca e insolente, rodeada, cual serpientes voluptuosas, de indómitos rizos negros; ojos que brillaban imperiosos bajo los oscuros arcos de triunfo; labios bien curvados y soberbiamente purpúreos; manos marmóreas y señoriales, en las que, por desventura, había algunas pecas; tenía también un lunar marrón en forma de puñal corto en la cadera izquierda.

Si te he dejado caer en lo que suele llamarse mala compañía, querido lector, consuélate con que, al menos, no te haya costado tanto como a mí. Como verás, no han de faltar mujeres ideales en este libro y ahora mismo te presentaré, para tu solaz, a dos decorosas señoras de compañía a las que a la sazón conocí y llegué a admirar. Se trata de madame Pieper y de madame Schnieper. La primera era una mujer hermosa y de edad madura: grandes ojos castaños, alta frente blanca, negros rulos postizos, una atrevida nariz de antiguo romano y una boca que era una guillotina para la reputación de cualquiera. En efecto, no existe máquina de ejecución de un buen nombre más eficaz que la boca de madame Pieper. Ella iba directamente al grano, no se andaba con rodeos; cuando la mejor de las buenas famas iba a parar entre sus dientes, Madame Pieper tan sólo sonreía… Pero esa sonrisa era como una cuchilla: el honor quedaba decapitado y caía al saco. Siempre fue un modelo de decencia, pundonor, religiosidad y virtud. Otro tanto podría decirse de madame Schnieper. Era una mujer delicada, de pequeños pechos timoratos, velados normalmente por un triste y tenue crespón, cabellos de un rubio claro, ojos celestes que sobresalían terriblemente inteligentes de su rostro blanquecino. Se decía que nunca se podía escuchar sus pasos y, en efecto, antes de que uno se diera cuenta, estaba a su vera y desaparecía con igual silencio. También su sonrisa era letal para todo buen nombre, pero menos como una cuchilla que como aquellas brisas ponzoñosas de África, ante cuyo soplo todas las flores se marchitan; todo buen nombre tendía a ajarse miserablemente cuando una leve sonrisa retozaba en sus labios. Siempre fue un modelo de decoro, pundonor, religiosidad y virtud.

No quisiera dejar de alabar a varios de los hijos de Hammonia ni a elogiar de un modo más rotundo a algunos hombres que gozan de mucho aprecio, concretamente a aquéllos cuyo valor suele estimarse en unos cuantos millones de marcos. No obstante, en este preciso momento quiero reprimir mi entusiasmo para que luego arda en llamas más vivas. Pues tengo pensado nada menos que editar un templo en honor a Hamburgo, siguiendo el mismísimo plano que hace diez años diseñó un célebre escritor que, con ese fin, solicitó a cada hamburgués que le enviara, con la mayor prontitud, un inventario especificado de sus virtudes específicas, junto con un tálero especial. Nunca he podido enterarme bien de por qué ese templo de honor no llegó a realizarse. Unos decían que el empresario, ese hombre honorable, cuando apenas había llegado de la A de Aaron a la A de Abendrot y sentado, por decirlo así, los primeros cimientos, fue aplastado por el peso de todo el material; otros afirmaban que el sabio y prudente Senado hizo fracasar el proyecto por excesiva modestia, impartiendo de pronto al arquitecto de su propio templo de honor la orden de abandonar, en un plazo de veinticuatro horas, el territorio de Hamburgo, con todas sus virtudes. Fuera por el motivo que fuese, el caso es que la obra no se ha llevado a cabo; y como yo, por propensión ingénita, he querido hacer algo grandioso en este mundo, y siempre he aspirado a hacer posible lo imposible, he vuelto a acariciar ese gigantesco proyecto y voy a entregar un templo de honor a Hamburgo: un ingente libro inmortal, en el que describiré las excelencias de todos y cada uno de sus habitantes sin excepción, en el que referiré los nobles gestos de caridad oculta que aún no han aparecido en los periódicos, en el que narraré hazañas que nadie creerá y en el que lucirá la viñeta de mi propio retrato, tal como estoy sentado en el Jungfernsteg, delante del Pabellón Suizo, pensando en la glorificación de Hamburgo.

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Capítulo IV

Para los lectores que no conozcan la ciudad de Hamburgo —y quizás haya alguno en la China o en la Alta Baviera—, a estos lectores tengo que indicar que el paseo más hermoso de los hijos e hijas de Hammonia lleva con justo título el nombre de Jungfernsteg. El Paseo de las Doncellas es una alameda de tilos limitada a un lado por una hilera de mansiones y al otro por el gran estanque del río Alster; ante este último se han instalado, en medio del agua, dos amenos saloncitos de café, en forma de carpa, a los que se da el nombre de Pabellones. Especialmente delante de uno, el llamado Pabellón Suizo, da gusto sentarse en verano cuando el sol vespertino no arde con demasiado fervor, sino que sólo sonríe alegre y derrama su brillo casi fabuloso sobre los tilos, las casas, las personas, el Alster y los cisnes que se mecen en él. Allí da gusto sentarse y allí estuve sentado holgadamente muchas tardes estivales, pensando en lo que un joven suele pensar, es decir, en nada, y contemplando lo que un joven suele contemplar, a saber: a las doncellas que paseaban… y por allí pasaban revoloteando esos seres hermosos, con sus cofias aladas y sus cestitos cubiertos que no contienen nada… por ahí andaban, pasicortas, las pintorescas vecinas de Vierlanden que proveen con fresas y leche casera a todo Hamburgo, y cuyas faldas aún siguen siendo demasiado largas… por ahí se pavoneaban ufanamente las bellas hijas de los mercaderes, cuyo amor está dotado de tanto dinero en efectivo… por ahí da brincos una joven niñera, en los brazos un chiquillo sonrosado, al que no deja de besar mientras piensa en su enamorado… por ahí caminan solemnes las sacerdotisas de la diosa nacida de la espuma, vestales hanseáticas, Dianas que van a la caza, náyades, dríades, hamadríades y las demás hijas del predicador… ¡ay, por ahí pasean también Minka y Heloise! ¡Cuántas veces estuve sentado delante del Pabellón, viéndolas pasear con sus trajes rayados de rosa! La vara cuesta cuatro marcos y tres chelines, y el señor Seligmann me ha asegurado que el rayado rosa no se desteñiría al lavarse.

—¡Muchachas espléndidas! —exclamaron entonces los jóvenes virtuosos que se hallaban sentados a mi vera… Recuerdo que un corpulento agente de seguros que siempre iba ataviado como jaca en feria dijo en una ocasión:
—De muy buena gana me comería una en el desayuno y otra en la cena, y tal día no probaría ni bocado en el almuerzo…
—Es un ángel —gritó un día un capitán de mar con voz tan alta que las dos muchachas volvieron al mismo tiempo su cabeza para intercambiar después miradas repletas de celos.

Yo, por mi parte, jamás decía nada y pensaba en mi dulcísimo pensar en nada y contemplaba a las doncellas, el suave cielo apacible, la torre, alta y delgada, de San Pedro y las mansas aguas cerúleas del Alster en las que los cisnes nadaban tan orgullosos, tan garbosos y tan seguros. ¡Los cisnes! Horas y horas podía estar observando yo cómo esas criaturas maravillosas, con sus cuellos largos y flexibles, se deslizaban lozanamente a flor de las suaves ondas, cómo, dichosos, se zambullían de cuando en cuando y volvían a asomarse a la superficie, cómo chapoteaban con alegría desbordante hasta que el cielo se oscurecía y las estrellas doradas comenzaban a brillar, anhelosas y prometedoras, maravillosamente efusivas y transfiguradas. ¡Las estrellas! ¿Son las doradas flores que adornan el pecho virgíneo del firmamento? ¿Son los ojos de los ángeles enamorados que relucen, nostálgicos, en las aguas azules de la tierra y galantean a los cisnes?

¡Ay! Hace ya mucho de eso. Yo era a la sazón joven e insensato; ahora soy viejo e insensato. Entretanto varias flores se han marchitado y más de una ha sido hasta pisoteada. Algún que otro vestido de seda se ha roto, e incluso la indiana del señor Seligmann ha perdido su color de rosa. Él mismo falleció —la empresa se llama ahora «La viuda dichosa de Seligmann»—, y Heloise, la dulce criatura que parecía hecha para caminar sólo sobre blandas y floridas alfombras indias y ser abanicada con plumas de avestruz, pereció entre el alboroto de los marineros, ponches, bocanadas de humo y música ratonera. Cuando volví a encontrar a Minka —ahora se llama Kathinka y vive entre Hamburgo y Altona—, parecía como el templo de Salomón recién destruido por Nabucodonosor y olía a tabaco asirio… Al contarme la muerte de Heloise, se deshizo en llanto, se arrancó, desesperada, los cabellos, por poco se desmayó y, para volver en sí, tuvo que tomar una gran copa de aguardiente.

La ciudad misma, ¡cuán cambiada estaba! ¡Y el Paseo de las Doncellas! La nieve cubría los tejados y parecía como si hasta las casas hubieran envejecido y echado canas. Los tilos del Paseo de las Doncellas eran tan sólo árboles muertos cuyas ramas secas se movían espectrales al viento frío. El cielo era de un azul estridente y oscurecía de prisa. Era domingo, a las cinco, la hora habitual de la comida; los coches rodaban y se apeaban caballeros y damas, con una sonrisa gélida en sus labios hambrientos… ¡Qué horror! En este instante me estremecí al hacer la terrible observación de que había una insondable estupidez en todos esos rostros y de que todas las personas que acababan de pasar parecían presa de una locura asombrosa. Yo les había visto ya hace doce años, a la misma hora, con el mismo gesto y en el mismo movimiento, como los muñecos de un carillón en un reloj de ayuntamiento, y desde aquel entonces, sin interrupción, han echado los mismos cálculos, visitado la Bolsa, se han invitado, han movido las mandíbulas, pagado sus propinas y vuelto a calcular: dos por dos, cuatro… ¡Qué horror! —exclamé yo—, si de pronto a alguno de esos hombres, sentados en el taburete del contable, se le ocurriera que dos por dos fueran precisamente cinco y que, por ende, se ha equivocado en sus cuentas a lo largo de sus años y derrochado su vida entera en un terrible error… De repente, un arrebato de extraña locura se apoderó de mí y, al mirar con mayor detenimiento a las personas que pasaban caminando, me pareció como si ellas mismas no fueran más que números, cifras arábigas: y por ahí andaba un dos patituerto, junto a su embarazada esposa de pechos turgentes, la funesta señora tres; tras ellos iba don cuatro, en muletas; anadeando, llegó un infausto cinco barrigudo, de cabecita pequeña; luego vinieron un mezquino seis, bien conocido, y un endiablado siete, todavía mejor conocido… sin embargo, cuando fijé mi mirada atenta en el desgraciado ocho que pasaba tambaleándose, reconocí al agente de seguros que otrora iba ataviado como jaca en feria, pero que ahora se parecía a la más flaca de las vacas flacas del Faraón… mejillas blancas y hundidas, cual plato sopero vacío, la nariz roja de frío como una rosa de invierno, el negro gabán raído que reflejaba una mísera luz pálida, un sombrero en el que Saturno había cortado con su guadaña unos agujeros de aire, las botas, empero, aún brillantes como un espejo… ya no parecía pensar en comerse a Heloise y Minka en el desayuno y la cena, sino apetecer más bien un almuerzo de ternera corriente. Entre los ceros que pasaban rodando, distinguí a algún que otro viejo conocido. Ésos y los demás hombres-número transitaban volteando, presurosos y hambrientos, mientras no lejos de allí, a lo largo de las mansiones del Paseo de las Doncellas marchaba, aún más tremendamente grotesco, la comitiva de un entierro. ¡Qué mascarada más triste! Tras el coche fúnebre, cual marionetas de la muerte, daban zancadas con sus delgadas piernecillas de seda negra los alguaciles bien conocidos, enlutados privilegiados, que imitaban la antigua usanza borgoñesa: cortos capotes negros y pantalones bombachos negros, pelucas blancas y gorgueras blancas, entre los que asomaban, muy burlones, los rojos semblantes bien pagados, cortos espadines de acero en la cintura y paraguas verdes debajo del brazo.

Sin embargo, aún más lúgubres y desconcertantes que esas imágenes que, cual sombras chinescas, se sucedían en silencio, eran los sonidos que desde otro punto penetraban mis oídos. Eran tonos roncos, sordos, carentes de todo timbre; unos chirridos sin sentido, un chapaleteo temeroso y un sorber desesperado; jadeos y resuellos, gemidos y suspiros: un inefable lamento glacial. El estanque del Alster estaba helado; sólo cerca de la orilla se había horadado en la capa de hielo un gran agujero cuadrangular, y los espeluznantes tonos que yo entonces oía salían de las gargantas de las pobres criaturas blancas que nadaban en él, alardeando, presas de una terrible angustia mortal. ¡Ay! Eran los mismos cisnes que antaño habían enternecido mi alma tan dulce y alegremente. ¡Ay! Los hermosos cisnes blancos; les habían cortado las alas para que no pudieran migrar en otoño hacia el cálido Sur; ahora el Norte les retiene cautivos en sus lóbregas fosas glaciales… El camarero del Pabellón afirmaba que los cisnes se encontraban a gusto y que el frío les sentaba bien. Pero no, no es verdad. Nadie se encontraría a gusto si se viera impotente, encarcelado en un charco frío, casi helado, y con las alas cortadas, incapaz de salir volando hacia el bello Mediodía, donde las hermosas flores, donde los rayos dorados del sol, donde los cerúleos lagos de la montaña… ¡Ay! Tampoco a mí me fue mucho mejor y por eso comprendo la congoja de los pobres cisnes; y cuando fue oscureciéndose, y en lo alto aparecían las estrellas brillantes, las mismas estrellas que antes, en las deliciosas noches estivales, habían galanteado apasionadamente a los cisnes y que ahora los contemplaban tan frías como el invierno, con una claridad tan gélida, casi con desdén… entonces comprendí que las estrellas no son seres amables y compasivos, sino sólo resplandecientes ilusiones nocturnas, quimeras perpetuas de un cielo ensoñado, mentiras doradas en la caliginosa nada.

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Capítulo V

Mientras yo escribía el capítulo anterior, pensaba sin querer en una cosa bien distinta. Una antigua melodía zumbaba incesantemente en mi memoria, e imágenes e ideas se embrollaban hasta hacerse insoportables; quiera o no, he de hablar de aquella canción. Quizá también venga al caso y aquel aire se introduzca con razón en mis renglones. Sí, hasta comienzo a entenderlo ahora, y a estas horas comprendo también el tono lúgubre con el que lo cantaba Claas Hinrichson. Era de Jutlandia y había servido en nuestra casa como palafrenero. La cantó aún la noche antes de ahorcarse en nuestro establo. Al llegar al estribillo «¡Viaja, ve mundo, don Vonved!», se reía a veces con amargura; en esos momentos, los caballos relinchaban muy temerosos y el perro aullaba como si alguien estuviera muriéndose. Se trata del antiguo cantar danés del señor Vonved, que monta su corcel para recorrer el mundo y se bate hasta que todas sus preguntas hayan sido contestadas, y que, una vez desentrañados todos sus enigmas, regresa malhumorado a su hogar. El arpa resuena desde el principio hasta el fin. ¿Qué cantaba al principio? ¿Qué cantaba al final? He meditado muy a menudo sobre ello. La voz de Claas Hinrichson era a veces suave y sentimental cuando entonaba la canción, pero paulatinamente se hacía ronca y rencorosa, como el mar en ciernes de una tempestad. La canción comienza:

Bien escondido en su aposento
Tañía don Vonved el arpa dorada;
Tañía el arpa con entendimiento,
Cuando entró su madre apresurada.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!

Se trata de su madre, la reina Adelina, que le dice:

—Hijo mío, deja que otros tañan el arpa; tú, cíñete la espada, monta tu corcel, cabalga, pon a prueba tu valor, combate y pelea. ¡Viaja, ve mundo, viaja, don Vonved!

Don Vonved se ciñó la espada,
Deseoso de duelo y batalla;
Tan peregrina fue su estrada,
Que no vio a nadie de su talla.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
El yelmo, pulido y brillante,
La espuela sonaba con brío.
El corcel, alegre y danzante,
Llevaba al mancebo bravío.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Cabalgó un día, cabalgó tres,
No vio ciudad ni villa siquiera.
«Ay —se preguntó el joven danés—,
¿No hay aldea en esta tierra?»
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Vonved continuó su cabalgada
Y de pronto a Thule Wang encontró;
Al gran Thule Wang, caballero de espada,
Y sus doce hijos, a todos los retó.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Hijo mío, tú, el más pequeño,
Cambia conmigo la armadura.
Luego atacamos con empeño
Al que nuestra desdicha procura.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Vonved desenvainó su espada,
Deseoso de duelo y batalla.
A don Thule Wang mató primero,
Luego a los hijos del caballero.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!

Don Vonved se ciñe la espada, deseo de seguir cabalgando. Encuentra a un cazador y le pide la mitad de las presas cobradas; éste, empero, no quiere compartir, tiene que lidiar y es muerto a golpes. Y:

Don Vonved se ciñó la espada,
Deseoso de seguir cabalgando;
Fue al gran monte, en la cañada
Divisó a un pastor guardando.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Buen pastor, sacia mi curiosidad:
¿De quién es el rebaño en la vereda?
¿Dónde se festeja más la Navidad?
¿Qué supera en redondez a la rueda?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—¿Dónde nada el pez en pleamar?
El ave roja, ¿cuál es su ambiente?
¿Dónde el buen vino puedo catar?
¿Y dónde hallo a Viedrich y su gente?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
He ahí el pastor con la boca cerrada;
Ninguna respuesta le dio el borreguero.
Don Vonved tiró una gran estocada
En el pulmón con la hoja de acero.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!

Y llega a otro rebaño, y de nuevo encuentra a un pastor al que dirige sus preguntas. Sin embargo, éste le contesta; don Vonved toma un aro de oro y se lo pone al pastor en el brazo. Luego sigue cabalgando y se acerca a Tyge Hold; mata a éste y a sus doce hijos. Y otra vez:

Don Vonved volvió grupas al corcel
Y cabalgó por altos y hondonadas,
Buscando por dondequiera a aquel
Que le diera respuestas atinadas.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Finalmente llegó al tercer rebaño
Encontró a un pastor de cabello argénteo:
—No hay enigma que te sea extraño,
Para tu saber no hay ningún secreto.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—¿Qué supera en redondez a la rueda?
¿Dónde reposa el Sol tras su recorrido?
¿Dónde se festeja más la Navidad?
¿Dónde descansan los pies del fenecido?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Los valles, los hondones, ¿qué los cubrirá?
¿Qué en candor al cisne puede emular?
En la sala real, ¿qué prenda lucirá?
¿Y qué supera a la grulla y su graznar?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—La barba en el lomo, ¿quién la llevará?
¿Qué es más negro que la aldabilla?
Más raudo que el corzo, ¿quién correrá?
¿Qué tiene la nariz en la barbilla?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—¿Dónde están las puentes de más anchura?
Al ojo humano, ¿qué cosa le es grotesca?
¿Qué camino lleva a mayor altura?
¿Dó puedo hallar la bebida más fresca?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—La redondez de la rueda, el Sol supera.
En Occidente reposa el Sol tras su recorrido.
La Pascua más alegre en el Cielo se celebra.
En Oriente descansan los pies del fenecido.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—La nieve valles y hondonadas cubre.
El trueno vence a la grulla en fragor.
El rey, por el valor al noble descubre.
El ángel emula al cisne en candor.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—El oso tiene la nariz en la barbilla;
El avefría en el lomo la barba suele llevar.
El pecado es más negro que la aldabilla;
Más raudo que los corcinos es sólo el pensar.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—El hielo forma los puentes más anchos;
Para el hombre las ranas son bien grotescas.
Al paraíso va el camino más alto;
En el infierno hay las bebidas más frescas.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Consejos y adagios te he dado,
Tus dudas y enigmas supe despejar.
—Tantas preguntas me has contestado;
Dime, ¿dónde hay hombres con que lidiar?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Dirígete a Sonderburg, el castel,
Y bizarros guerreros encontrarás.
Viven holgados, beben aguamiel,
Batirte con ellos en duelo podrás.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Un anillo de oro Vonved se quitó,
Era de oro, quince libras bien pesara;
Lo entregó al pastor porque le indicó
El lugar donde a tantos héroes encontrara.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!

Vonved cabalga hacia el castillo, primero da muerte a Randulf y luego a Strandulf:

Ya al recio Ege Under abatía,
A Ege Karl, su hermano, mataba.
A diestra y siniestra combatía;
A todos sus enemigos superaba.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Don Vonved envainó su espada,
Deseoso de seguir cabalgando.
Cerca de la frontera, en la estrada,
Vio a un gran caballero esperando.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Buen caballero, quizá sepas contestar:
¿Dónde encuentro a Viedrich y su gente?
¿Y dónde nada el pez en pleamar?
¿Dónde puedo catar un vino excelente?
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Hacia el Este nada el pez en pleamar.
En el Norte el mejor vino catarás.
El nombre de Halland lleva al hogar
De Viedrich, allí a todos encontrarás.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Del pecho sacó un anillo de oro
Al noble caballero lo entregó.
—El último fuiste en ganar mi tesoro.
Solemnemente te lo prometo yo.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Resuelto hasta la almena cabalgó
Y al guarda pidió permiso para entrar.
Nadie, empero, a su encuentro salió,
Y la muralla Vonved osó saltar.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Dejó su corcel a un poste atado,
Fue derecho a la sala del castel;
Se sentó a la mesa, todo callado,
Ni una palabra dijo el doncel.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Bebió y comió, comió y bebió
Sin preguntar ni al rey siquiera.
—En mi vida he visto —al fin dijo–
Tal caterva de malditos en la tierra.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Someted al loco, hacedle daño—.
Se dirigió el rey a sus guerreros;
—Si no lográis atar bien al extraño,
No sois dignos de ser mis caballeros.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Cinco, veinte o más puedes mandar,
Sal tú mismo a intentar atarme.
Hideputa te voy a llamar
Como no consigas dominarme.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Mi queridísimo padre, el rey Esmer,
Mi madre, Adelina, la orgullosa,
Me dieron el consejo, y es mi deber:
No gastes oro con gente indecorosa.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Si Esmer es el nombre de tu padre
Y Adelina se llama tu madre,
Eres don Vonved, el gran caballero,
De mi hermana el hijo primero.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Vonved, si quieres quedarte conmigo,
Ganarás toda suerte de honores.
Mis prohombres todos irán contigo,
Si quieres ir por los alrededores.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
—Todo mi oro guardado será tuyo,
Si decides aquí tu jornada parar.
Pero tal no fue el deseo suyo:
Al lado de su madre quiso regresar.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Don Vonved volvió a su camino,
El alma triste y apenada.
Al llegar al castillo, su destino,
Vio a doce brujas en la entrada.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Con ruecas, con husos se presentaron,
Cuando don Vonved se aproximó.
En la espinilla le golpearon;
Aun así, Vonved las superó.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
A las brujas todas dio muerte,
Que no le sirvió pedir clemencia.
Su madre corrió la misma suerte:
La descuartizó con vehemencia.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!
Bien escondido en su aposento,
Tañó don Vonved el arpa dorada.
Tañó el arpa con ensañamiento
Hasta dejarla toda destrozada.
—¡Viaja, ve mundo, don Vonved!

.

(Continuará…)

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