DE LAS MEMORIAS DEL SEÑOR DE SCHNABELEWOPSKI (II)

Heinrich Heine

 

 

Capítulo VI

Era un deliciosísimo día de primavera cuando abandoné por primera vez la ciudad de Hamburgo. Todavía veo en el puerto los rayos áureos del sol deslizándose, retozones, por las calas embreadas de los barcos, y aún oigo el alegre y sostenido «¡Oiho!» que cantaban los marineros. Además, en primavera un puerto así guarda la afinidad más cordial con el ánimo de un joven que sale por primera vez para recorrer el mundo y que se aventura por primera vez en hacerse a la alta mar de la vida… Todas sus ideas son aún gallardetes de mil colores, su loca alegría hincha todas las velas de sus deseos. ¡Oiho!… Pronto, empero, se levantan las tempestades, se ensombrece el horizonte, muge la borrasca, crujen las tablas, las olas rompen el timón y el pobre batel se estrella contra un arrecife romántico o encalla en arenas prosaicas, de bajo fondo… Quizá la nave, frágil y quebrada, con el mástil picado y sin una sola ancla de esperanza, logre arribar al viejo puerto de origen, y allí acabe pudriéndose, cual mísero barco naufragado, lamentablemente desenjarciada.

No obstante, hay también personas que no pueden compararse con barcos vulgares, sino con buques de vapor… Éstas llevan un fuego caliginoso en el pecho y surcan contra viento y marea. Su bandera de humo ondea como el penacho negro del jinete nocturno, sus ruedas dentadas son como colosales espuelas que aguijan los flancos rompientes del mar, y el elemento espumoso y recalcitrante ha de doblegarse, cual corcel, a su voluntad… Sin embargo, la caldera explota a menudo y el fuego interno nos consume.

Pero quiero desentenderme de las metáforas y subir a bordo de un auténtico buque que desde Hamburgo zarpaba a Amsterdam. Era una embarcación sueca que transportaba, además de al héroe de estas páginas, barras de hierro. Es bastante probable que, de vuelta a Hamburgo, fletara bacalao o que llevara lechuzas a Atenas.

Las riberas del Elba son idílicas y apacibles, especialmente el paraje que se abre desde Altona a Rainville. No lejos de allí yace sepultado Klopstock. No conozco lugar más idóneo que ése para enterrar a un poeta muerto. Morar allí como un poeta vivo es bastante más difícil. ¡Cuántas veces he visitado tu tumba, oh cantor del Mesías, tú que has cantado con sinceridad conmovedora el calvario de Jesús! Pero también viviste el tiempo suficiente en la Calle del Rey, tras el Paseo de las Doncellas, para saber cómo se crucifica a los profetas.

Al segundo día arribamos a Cuxhaven, que es una colonia de Hamburgo. Sus habitantes son súbditos de la república y les va muy bien. Cuando pasan frío en invierno, se les envía desde Hamburgo mantas de lana, y en los días estivales demasiado calurosos se les manda también limonada. Allí reside, en calidad de procónsul, un sabio y prudente senador. Disfruta de una renta anual de 20 000 marcos y gobierna unas 5000 almas. Por ahí hay también una playa de mar que, comparada con otras playas, ofrece la ventaja de ser al tiempo una playa del río Elba. Un gran dique, por el que puede pasearse, conduce a Ritzbüttel, que asimismo forma parte de Cuxhaven. El nombre proviene del fenicio; las voces «Ritze» y «Büttel» significan en fenicio «desembocadura del Elba». Algunos historiadores afirman que Carlomagno tan sólo ensanchó Hamburgo y que fueron los fenicios los que fundaron Hamburgo y Altona, y eso en el preciso momento en que Sodoma y Gomorra sucumbían. Tal vez algunos fugitivos de ambas ciudades se pusieran a salvo en la desembocadura del Elba. Entre Fühlentwiete y Kaffemacherei se han descubierto algunas monedas antiguas, acuñadas durante los reinados de Bera XVI y Birsa X. A mi entender, Hamburgo es la antigua Tarsis, de la que Salomón recibía flotas enteras de oro, plata, marfil, pavos reales y monas. Salomón, rey de Judea y de Israel, siempre albergó una especial afición al oro y a las monas.

Mi primer viaje por mar me es inolvidable. Mi anciana tía abuela me había narrado muchísimos cuentos marinos, que entonces retoñaron en mi memoria. Horas enteras podía estar sentado yo en la cubierta, pensando en las antiguas consejas, y, cuando las ondas murmuraban, creía oír hablar a la tía abuela. Al cerrar los ojos, volvía a verla en persona, sentada ante mí, con el único diente en la boca, y de nuevo movía los labios raudamente y contaba el relato del holandés errante.

Me hubiera gustado contemplar a las ondinas, que se sientan sobre los escollos blancos y peinan sus cabellos verdes; sin embargo, sólo pude oírlas cantar.

A pesar del afán con el que a veces yo exploraba las aguas cristalinas, no logré divisar las ciudades sumergidas, en las que los hombres, encantados en una miríada de figuras de pez, llevan una vida marina profunda, maravillosamente profunda. Se dice que allí los salmones y las viejas rayas están sentadas a la ventana, acicaladas como damas, abanicándose y mirando hacia la calle, por donde pasan nadando besugos en traje de concejal, las contemplan a través de sus impertinentes los jóvenes arenques de moda y pululan las gambas, los centollos y los demás miembros de la plebe crustácea. Sin embargo, nunca pude ver tan a fondo; tan sólo oí, allá abajo, el tañido de las campanas.

Una vez vi pasar de noche un gran barco que llevaba desplegadas sus velas de color sangre, de suerte que parecía un gigante tenebroso, envuelto en un amplio manto escarlata. ¿Era el holandés errante?

Pero en Amsterdam, adonde llegué poco después, vi en carne y hueso al funesto myn Heer y, por cierto, en el escenario. En esa ocasión, en el teatro de Amsterdam, conocí también a una de aquellas sirenas que en vano había buscado en el mar. Era tan encantadora que quiero dedicarle un capítulo especial.

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Capítulo VII

A buen seguro conocéis la leyenda del holandés errante. Es el relato del buque encantado que nunca puede arribar a un puerto y que, desde tiempos inmemoriales, está surcando los mares. Al toparse con otra embarcación, algunos de sus lúgubres tripulantes salen en bote a su encuentro y ruegan hacer entrega de un fajo de cartas. Estas cartas deben clavarse en el mástil, pues de lo contrario el barco sufrirá una desgracia, máxime si no se halla ninguna Biblia a bordo o falta la herradura en la cofa. Las cartas siempre van destinadas a personas que nadie conoce o que han fallecido desde hace mucho tiempo, de suerte que a veces el bisnieto recibe una carta de amor dirigida a su bisabuela, que desde hace ya cien años está enterrada. Este espectro de madera, este barco fantasma, toma el nombre de su capitán: un holandés que un día juró por todos los diablos que, pese a la procelosa borrasca que entonces soplaba, doblaría un cabo cuyo nombre yo no recuerdo, aun si tuviera que navegar hasta el día del Juicio Final. El diablo le ha cogido la palabra y ahora tiene que vagar por los mares hasta el día del Juicio Final, a no ser que sea salvado por la fidelidad de una mujer. El diablo, como tonto que es, no cree en la fidelidad de las mujeres, y por eso ha permitido al capitán maldito echar pie a tierra una vez cada siete años para casarse y procurar así su salvación. ¡Pobre holandés! A menudo se contenta con liberarse de su propio matrimonio y desembarazarse de su libertadora. Entonces sube de nuevo a bordo.

En esa leyenda se basaba la obra que vi en el teatro de Amsterdam. Acaban de transcurrir siete años, el pobre holandés, más cansado que nunca de su interminable errar, baja a tierra, traba amistad con un mercader escocés que encuentra, le vende diamantes a un precio irrisorio y, al enterarse de que su cliente tiene una hermosa hija, la pide por esposa. También este trato queda cerrado. Pues bien, ahora vemos la residencia del escocés; la doncella aguarda al novio con corazón tembloroso. Repetidamente lanza miradas nostálgicas hacia un gran lienzo, un tanto desvaído, que está colgado en el salón y que representa a un hombre gallardo, vestido a la usanza de los Países Bajos españoles; el retrato forma parte de una antigua herencia y, según lo afirma la abuela, es fiel trasunto del holandés errante, tal como se le vio en Escocia cien años atrás, en tiempos del rey Guillermo de Orange. Desde generaciones se ha transmitido también una advertencia en relación con el cuadro, que previene a las mujeres de la familia de su original. Precisamente por eso, la doncella lleva grabados en su corazón desde niña los rasgos de ese hombre peligroso. Al entrar ahora el auténtico holandés errante en persona, la muchacha se sobresalta, pero no de temor. También aquél se conmociona a la vista del retrato. Con todo, cuando se le explica a quién representa, logra alejar de sí toda sospecha; se ríe de la superstición, hasta se burla del holandés errante, eterno judío de los océanos; pero luego, pasando sin querer a un tono melancólico, refiere que myn Heer tiene que sufrir los tormentos más increíbles en el inmenso desierto marino, que su cuerpo es tan sólo un féretro de carne en el que su alma se aborrece, que la vida le arroja de sí y también la muerte le rechaza: al igual que un tonel vacío que las olas se lanzan y devuelven con sorna, el pobre holandés se ve zarandeado entre la vida y la muerte, sin que ninguna de las dos quiera retenerle; su dolor es tan profundo como el mar por el que navega; su barco carece de áncora, su corazón de esperanza.

Creo que ésas fueron más o menos las palabras con las que el novio concluyó. La doncella le observa seriamente y de tarde en tarde mira de soslayo al retrato. Es como si ella hubiera adivinado su secreto, pues cuando él le pregunta: «Katharina, ¿quieres serme fiel?», le contesta resueltamente: «¡Fiel hasta la muerte!».

En ese instante recuerdo que oí reír, y esa risa no venía de abajo, del infierno, sino de arriba, del paraíso. Al levantar la mirada, vi a una Eva sobremanera atractiva que me contemplaba, seductora, con sus grandes ojos celestes. Su brazo colgaba de la galería, en la mano llevaba una manzana o, más bien, una naranja. Pero en vez de ofrecerme simbólicamente la mitad, arrojó sólo metafóricamente las cáscaras sobre mi cabeza. ¿Fue aposta o al azar? Lo quise saber. Sin embargo, cuando subí al paraíso para avanzar en la relación, me causó no poca sorpresa encontrar a una dulce muchacha cándida, una delicadísima criatura femenina, no endeble, pero sí frágil como el cristal: la viva estampa del recato casero y del primor venturoso. Sólo a la izquierda de su labio superior había algo que se arrastraba o, más bien, culebreaba, como la colita de una lagartija que se escurre. Era un rasgo enigmático que no suele hallarse precisamente entre los bellos ángeles, aunque tampoco en los feos demonios. Ese rasgo no expresaba ni el Bien ni el Mal, sino simplemente un saber pernicioso: es la sonrisa envenenada de la manzana del conocimiento que la boca ha paladeado. Cuando veo ese rasgo en los labios dulces y encarnados de una muchacha, siento un temblor espasmódico en los míos y me sacude el deseo de besarlos; es una afinidad electiva.

Por eso susurré al oído de la hermosa joven:

—Juffrow, quiero besar tu boca.
—Por Dios, myn Heer, ¡qué buena idea! —fue la respuesta que cantó rauda y melodiosamente su corazón.

Pero no… ahora voy a callarme todo ese relato que quería contar aquí y en el que el holandés errante sólo debía servir de marco. Así me vengaré de los mojigatos que embeben tamañas aventuras con fruición, quedándose arrobados hasta el ombligo y aún más abajo, y que luego regañan al autor, fruncen el ceño en las reuniones sociales y le tachan de inmoral. Es una buena historia, deliciosa como piña confitada, caviar fresco o trufas de Borgoña, y sería una lectura amena después de la hora del rezo; sin embargo, por rencor, como castigo a previas injurias, quiero callármela. Así, pues, pongo aquí una raya mayor —————.

Esta raya representa un sofá negro en el que tuvo lugar la aventura que no cuento. Han de pagar justos por pecadores; más de un alma de Dios me estará lanzando una mirada suplicante. A esos justos les confieso sin reservas que nunca me han besado con tanto ímpetu como lo hizo esa rubia holandesa, y que ella, triunfante en toda la línea, destruyó el prejuicio que hasta entonces yo albergaba contra los cabellos rubios y los ojos celestes. Sólo en ese momento comprendí por qué un poeta inglés ha comparado a semejantes damiselas con champaña helado. Tras la capa gélida acecha la esencia más fogosa. No hay nada más picante que el contraste entre aquella frigidez exterior y el fervor interno, que arde en llamas báquicas y embriaga irresistiblemente al afortunado bebedor. Sí, mucho más que en las morenas, el fuego sensual abrasa a algunas figuras de santas que parecen tan apacibles con su dorada cabellera de gloria, sus zarcos ojos de cielo y sus devotas manos de lirio. Conozco a una rubia, perteneciente a una de las mejores casas neerlandesas, que de tarde en tarde abandonaba su soberbio castillo junto al Zuidersee, viajaba de incógnito a Amsterdam, visitaba su teatro y arrojaba cáscaras de naranja sobre la cabeza de quien le gustaba; a veces pasaba hasta noches disolutas en albergues marineros: toda una Mesalina holandesa.

Al volver de nuevo al teatro, llegué justo a tiempo para presenciar la última escena de la obra. En lo alto de un escollo, la esposa del holandés errante, la holandesa errante, retuerce las manos desesperadamente, mientras en el mar se ve a su desgraciado esposo en la cubierta de su lúgubre barco. Él la ama y quiere abandonarla para no llevarla a la perdición; le confiesa su cruel destino y la terrible maldición que pesa sobre él. Ella, empero, exclama en voz alta:

—Te he sido fiel hasta esta hora y conozco un medio infalible para seguir siéndote fiel hasta la muerte.

En cuanto pronuncia esas palabras, la fiel mujer se lanza al mar y la maldición del holandés errante termina; está redimido y vemos el buque de fantasmas hundirse en el abismo del mar.

La moraleja de la obra es, para las mujeres, que han de tener cuidado con casarse con un holandés errante; nosotros, los hombres, aprendemos de ella que, aun en el mejor de los casos, nos hundimos a causa de las mujeres.

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Capítulo VIII

Pero no sólo en Amsterdam los dioses indulgentes se han esmerado mucho en deshacer mi prejuicio contra las rubias. También en el resto de Holanda tuve la suerte de rectificar mis antiguos yerros. Ni por asomo quiero destacar a las holandesas en detrimento de las mujeres de los demás países. ¡Líbreme Dios de tamaña justicia que por mi parte sería a la vez la mayor de las ingratitudes! Cada región tiene sus platos típicos y su tipo de feminidad, y sobre gustos no hay nada escrito. A unos les agradan los pollos asados, a otros los patos asados; en lo que a mí se refiere, me gustan los pollos asados y los patos asados y, para colmo, los gansos asados. Considerado desde el sublime punto de vista ideal, por doquier las mujeres guardan un cierto parecido con la gastronomía propia del país. Las gentiles inglesas, ¿no son tan sanas, suculentas, sólidas, consistentes, naturales y a la vez exquisitas como la buena comida sobria de la vieja Inglaterra: roast-beef, asado de cordero, pudding flambeado al coñac, verduras hervidas en agua, más dos salsas, una de las cuales se prepara con mantequilla derretida? Allí no hay ningún fricasé que sonría, ningún vol-au-vent que ilusione con su aleteo, ni ragoût ingenioso que suspire; en ella no coquetean aquellos manjares sentimentales y grandilocuentes, preparados de mil maneras —rellenados, estofados, guisados, salteados, tostados, caramelizados, especiados— que encontramos en un restaurante francés y que presentan el vivo retrato de las bellas francesas. Pues no pocas veces notamos que también en éstas se considera a la sustancia misma como meramente accidental, que a veces el asado vale menos que la salsa, que aquí lo esencial es el gusto, la gracia y la elegancia. La cocina de Italia, mantecosa y amarilla, sazonada con pasión, guarnecida con humor y, sin embargo, anhelosa e idealista, tiene todo el carácter de las hermosas italianas. Oh, ¡cómo añoro a veces los stuffados de Lombarda, los tagliarini y el broculí de la dichosa Toscana! Todo nada en aceite, perezoso y tierno, trina las melodías más dulces de Rossini y llora de olor a cebolla y de nostalgia. Los macarrones, empero, has de comerlos con los dedos… ¡Y entonces se llaman: Beatrice!

Pienso con demasiada frecuencia en Italia, sobre todo por la noche. Anteayer soñé que me encontraba en Italia y era un abigarrado arlequín que, tumbado bajo un sauce llorón, estaba tocándose la barriga. Sin embargo, las ramas inclinadas del sauce eran todas macarrones que me caían en la boca, largos y deliciosos; entre esa fronda de macarrones se deslizaban, en vez de los rayos del sol, raudales enteros de mantequilla dorada y, a la postre, caía de lo alto una lluvia blanca de parmesano rallado.

¡Ay! No se harta uno de soñar con macarrones… ¡Beatrice!

De la cocina alemana, ¡ni una palabra! Tiene todas las virtudes posibles y tan sólo un defecto, pero no diré cuál. En ella hay pasteles tiernos, pero indecisos, apetecibles platos de huevos, excelentes pastas al vapor, sopas de verdura con cebada, tortitas de manzana y tocino, virtuosas albóndigas caseras, choucroute… ¡Dichoso aquel que pueda digerirla!

Por lo que atañe a la cocina holandesa, se distingue de la última, en primer lugar, por la limpieza y, en segundo, por su exquisitez singular. En especial la preparación de los pescados resulta sumamente deliciosa. Aroma de apio, entrañable y conmovedor y, a la par, de una sensualidad profunda. Ingenuidad consciente de su propio valor y ajo. Con todo, es censurable que lleven enaguas de franela, no los pescados, sino las bellas hijas de la Holanda bañada por el mar.

Al llegar a Leiden, empero, encontré la comida terriblemente mala. La república de Hamburgo me había mimado; una vez más he de alabar su gastronomía local y en esta ocasión ensalzo de nuevo a las hermosas damas y doncellas de Hamburgo. ¡Oh, dioses! En las cuatro primeras semanas, ¡cuánto eché en falta las carnes ahumadas y las tortugas de Hammonia! Se me consumían la tripa y el corazón. Si finalmente la posadera de La Vaca Roja no se hubiera enamorado de mí, yo habría muerto de anhelo.

¡Salve, posadera de La Vaca Roja!

Era una mujer rechoncha, con una enorme barriga redonda y una pequeñísima cabeza redonda. Mejillitas rojas, ojitos azules: rosa y violeta. Horas y horas pasábamos sentados juntos en el jardín, bebiendo té en tazas de auténtica porcelana china. Era un jardín hermoso: arriates cuadrados y triangulares, salpicados simétricamente con arena aurífera, cinabrio y diminutas conchas blancas. Los troncos de los árboles estaban pintados primorosamente de rojo y azul. Había jaulas de cobre repletas de canarios. Las plantas de bulbo más espléndidas crecían en macetas esmaltadas a todo color. Los tejos, podados con sumo arte, formaban toda clase de obeliscos, pirámides, jarros y figuras de animales. Allí había un buey verde, modelado en tejo, que me miraba, casi celoso, cuando estrechaba en mis brazos a la preciosa posadera de La Vaca Roja.

¡Salve, posadera de La Vaca Roja!

Cuando mi señora escudaba la parte superior de su cabeza con las doradas láminas frisonas, acorazaba su barriga con la falda adamascada de imaginería y cargaba sus brazos con la blanca opulencia de sus encajes de Brabante, parecía una fabulosa muñeca china, algo así como una diosa de la porcelana. Si me entusiasmaba entonces y la besaba sonoramente en ambas mejillas, ella se quedaba tiesa, como de porcelana, y suspiraba en un tono como de porcelana: «¡Myn Heer!». Y era como si todos los tulipanes del jardín se conmoviesen, se emocionasen y suspirasen con ella: «¡Myn Heer!».

Estas delicadas relaciones me proporcionaron más de un manjar delicado, pues cada una de esas escenas amorosas influía en el contenido de las cestas de comida que a diario la excelente posadera enviaba a casa. Mis comensales, seis estudiantes que almorzaban conmigo en mi habitación, siempre podían saborear en la preparación del asado de ternera o del filete de buey cuánto me amaba la señora posadera de La Vaca Roja. Cuando la comida era mala yo tenía que sufrir un sinfín de burlas humillantes; decían entonces: «¡Mirad el aspecto lamentable que tiene hoy Schnabelewopski! Ese rostro amarillento y arrugado, esos ojos de nauseabundo; parece como si quisiera sacárselos vomitando de la cara; no es de extrañar que nuestra posadera esté harta de él y nos envíe mala comida». También decían: «¡Por el amor de Dios! Schnabelewopski está poniéndose cada día más debilucho y maltrecho; al cabo perderá todos los favores de nuestra posadera y nos tocará siempre una comida tan mala como la de hoy… Tenemos que cebarle para que recupere su talle fogoso». Acto seguido, me llenaban la boca con los peores trozos y me obligaban a tragar apio sin tino. Pero si los platos resultaban frugales varios días seguidos, me asediaban con las peticiones más serias: que procurara mejor comida, que encandilara de nuevo el corazón de nuestra posadera, que aumentara mi ternura para con ella; en pocas palabras, que me sacrificara en aras del bien común. En largas peroraciones me exponían cuán noble y sublime es que alguien renuncie heroicamente a sí mismo en provecho de los demás ciudadanos, cual Régulo que se deja encerrar en un viejo tonel claveteado, cual Teseo que voluntariamente se adentra en la caverna del Minotauro… Luego citaban a Livio, a Plutarco, etc. Hasta gráficamente querían incitar mi emulación, dibujando aquellas hazañas en la pared, aunque con alusiones grotescas, ya que el Minotauro se parecía a La Vaca Roja del consabido rótulo de la posada y el claveteado tonel de Cartago tenía trazas de la propia posadera. En general, esos desagradecidos habían elegido como blanco habitual de sus bromas el aspecto de esa excelente mujer. Solían formar su figura con manzanas o amasarla con las migas de pan. Entonces tomaban una pequeña manzanita que simbolizaba la testa, la colocaban sobre una manzana enorme que representaba su barriga, y ésta a su vez la ponían encima de dos mondadientes que habían de ser las piernas. Asimismo componían la figura de nuestra posadera con migas de pan, amasaban después un muñequito muy pequeño que pasaba por mi propia persona y, sentándole sobre la enorme figura, establecían las peores comparaciones. Uno, por ejemplo, decía que la pequeña figura era Aníbal escalando los Alpes. Otro, en cambio, opinaba que era Mario sentado sobre las ruinas de Cartago. Sea como fuere, si yo no hubiera escalado a veces los Alpes ni me hubiera sentado sobre las ruinas de Cartago, mis comensales no habrían probado más que malos bocados.

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Capítulo IX

Cuando el asado salía pésimamente debatíamos sobre la existencia de Dios. Nuestro Señor, empero, siempre disfrutaba de la mayoría. Sólo tres de los comensales eran ateos y hasta ellos se dejaban persuadir si, al menos, nos servían de postre un buen queso. El teísta más celoso era el pequeño Sansón quien, al discutir con el largo Vanpitter sobre la existencia divina, se ponía a veces tan furioso que recorría la habitación de arriba abajo y gritaba sin cesar: «¡Dios mío, esto es intolerable!». Sin embargo, el largo Vanpitter, un frisio cuya alma era tan mansa como las aguas de un canal holandés y cuyas palabras se deslizaban igual de lento que una barcaza, sacaba sus argumentos de la filosofía alemana, por la que a la sazón se sentía gran interés en Leiden. Vanpitter se burlaba de las mentes estrechas que atribuyen al buen Dios una existencia privada; incluso les acusó de blasfemia, ya que dotan a Dios de sabiduría, justicia, amor y semejantes cualidades humanas que no le son propias en absoluto; pues esas cualidades son, en cierta medida, la negación de los defectos humanos y las hemos concebido sólo como antítesis de la estupidez, de la injusticia y del odio. Pero las veces en que Vanpitter desarrollaba sus propias opiniones panteístas, se le oponía el gordo fichteano, un tal Driksen, de Utrecht, que sabía criticar bien a ese Dios difuso y extendido en la Naturaleza y, por ende, siempre existente en el espacio. Hasta afirmaba que era blasfemia hablar siquiera de la existencia de Dios, pues «existir» es un concepto que presupone cierto espacio, en pocas palabras, algo de sustancia. Sí, es blasfemia decir de Dios: «él es»; el Ser más puro no puede aprehenderse sin limitación sensual. Si se quiere pensar a Dios, uno deberá abstraerse de toda sustancia, no concibiéndole como una forma extensa, sino como un orden de acontecimientos. Dios no es un Ser, sino un puro Hacer; es tan sólo principio de un cosmos suprasensible.

Al oír esas palabras, empero, el pequeño Sansón siempre se exasperaba y, recorriendo aún más frenéticamente la habitación, clamaba al cielo: «¡Oh Dios, oh Dios! Esto es intolerable. ¡Dios mío!». Creo que de no haber tenido unos bracitos tan flacuchos, el pequeño Sansón hubiera molido a palos, en honor de Dios, al gordo fichteano. En efecto, a veces arremetía contra él, pero entonces el gordo le cogía por sus bracitos, le mantenía quieto y le exponía su sistema con toda tranquilidad, sin quitarse la pipa de la boca, y le echaba en la cara sus sutiles argumentos, junto con la más densa humareda de tabaco; de suerte que el pequeño casi se asfixiaba de humo y de rabia y lloriqueaba en tono cada vez más quedo e implorante: «¡Dios mío, Dios mío!». No obstante, éste nunca acudía a su ayuda, por más que el pequeño combatiera por su causa.

Pese a esa indiferencia divina, pese a esa ingratitud casi humana de Dios, el pequeño Sansón seguía siendo el más firme campeón del teísmo, y yo creo que por una tendencia innata. Pues sus antecesores formaban parte del pueblo elegido por Dios, el pueblo que otrora Dios había protegido con singular amor y que, por ello, ha conservado hasta el día de hoy cierto apego por el buen Dios. Los judíos siempre son los teístas más obsecuentes, especialmente aquellos que, como el pequeño Sansón, han nacido en la ciudad libre de Fráncfort. En cuestiones políticas son capaces de pensar tan republicanamente como pueda imaginarse, hasta de revolcarse en el fango como un sans-culotte; pero, en cuanto entran en juego ideas religiosas, se quedan como los siervos más sumisos de Jehová, viejo fetiche que ya no quiere saber nada de toda esa estirpe y que se ha dejado convertir en un Dios-puro-espíritu.

Creo que ese Dios-puro-espíritu, ese advenedizo del cielo, que ahora se ha hecho tan moral, tan cosmopolita y tan universal, abriga una cierta animadversión oculta por los pobres judíos que le habían conocido en su primigenia forma tosca y que, día tras día, le recuerdan en la sinagoga de sus prístinas y oscuras relaciones nacionales. Tal vez el viejo Señor prefiera ignorar su origen palestino y desconocer que un día fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob y se llamaba Jehová.

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Capítulo X

En Leiden mantuve mucho trato con el pequeño Sansón, al que todavía se mencionará muchas veces en esas páginas rememorativas. Aparte de él, a quien veía más a menudo era a otro de mis comensales, el joven Van Moelen; yo podía estar horas y horas contemplando su rostro hermoso y pensando entretanto en su hermana, a la que nunca había visto y de la que tan sólo sabía que era la mujer más bella de Waterland. También Van Moelen era un hombre guapísimo, un Apolo, pero no un Apolo de mármol, sino más bien de queso. Era el más perfecto holandés que he visto jamás. Una extraña mezcla de valentía y flema. Cuando un día, estando en un salón de café, encolerizó tanto a un irlandés que éste sacó del bolsillo una pistola, le disparó y, en vez de darle a él, le arrancó de la boca su pipa de loza, el semblante de Van Moelen permaneció tan quieto como un queso, y en un tono del todo indiferente y tranquilo, dijo: «Jan, ¡e nue piep!». Lo que me resultaba molesto en él era su sonrisa, ya que en esos momentos mostraba una fila de dientecitos blancos y muy menudos que más bien parecían espinas de pescado. Me desagradaba además que llevara grandes zarcillos de oro. Tenía la rara costumbre de cambiar a diario la disposición de los muebles de su casa y, cuando se le visitaba, se le encontraba afanado en colocar ora la cómoda en el sitio de la cama, ora el escritorio en el del diván.

El pequeño Sansón formaba en ese sentido el contraste más pavoroso. No podía soportar que en su habitación variara el menor detalle; se inquietaba notoriamente con tan sólo tocar la cosa más nimia, aunque fuera un apagavelas. Todo tenía que quedar tal como estaba, ya que sus muebles y sus demás enseres le servían de apoyo para retener en su memoria, según las reglas mnemotécnicas, toda clase de datos históricos o sentencias filosóficas. Una vez, durante su ausencia, la criada de la casa le quitó un viejo baúl de su habitación y sacó de los cajones de la cómoda sus camisas y calcetines para echarlas a la colada. Cuando Sansón volvió a su casa, estuvo inconsolable y afirmó que ahora ya no sabía nada de la historia asiria y que todas las demostraciones de la inmortalidad del alma, que con tanto esfuerzo había ordenado sistemáticamente en los cajones, se habían ido al lavadero.

Entre los hombres originales que conocí en Leiden figuraba también myn Heer Van der Pissen, primo de Van Moelen, quien me lo presentó. Era profesor de Teología en la universidad y le oí explicar el Cantar de los Cantares, de Salomón, y el Apocalipsis, de san Juan. Era un hombre apuesto y lozano, de unos treinta y cinco años y, en la cátedra, sobremanera serio y gravedoso. No obstante, cuando un día me vino en gana visitarle y no encontré a nadie en el salón, pude ver por la puerta entreabierta de un gabinete contiguo una escena curiosísima. El gabinete tenía un decorado medio chinesco, medio francés Pompadour: en las paredes tapices de damasco, dorados y brillantes; en el suelo la alfombra persa más suntuosa; por doquier maravillosas pagodas de porcelana, juguetes de nácar, plumas de avestruz y piedras preciosas; poltronas de terciopelo rojo con flecos de oro; entre ellas un sillón especialmente prominente que parecía un trono y en el que estaba sentada una chicuela que quizá frisara en los tres años, pero que vestía un traje de raso azul con bordados de plata, muy a la antigua usanza. En una de sus manos alzadas llevaba, a modo de cetro, un vistoso abanico de plumas de pavo, y en la otra una mustia corona de laurel. Ante ella, empero, se revolcaban en el suelo myn Heer Van der Pissen, su criado moro, su perro caniche y su mono. Los cuatro se tiraban del pelo y peleaban a mordiscos, mientras la niña y el papagayo verde, sentado en la percha, clamaban sin cesar: «¡Bravo!». Finalmente myn Heer se levantó del suelo, se arrodilló ante la niña, ensalzó en un solemne discurso en latín la bizarría con la que había combatido y derrotado a sus enemigos y dejó que la pequeña coronara su cabeza con la mustia corona… «¡Bravo, bravo!», gritamos la niña, el papagayo y yo, que en ese mismo instante entré en la habitación.

Myn Heer parecía un tanto desconcertado al verse sorprendido por mí en sus extravagancias. Según me comentaron más tarde, ésas las hacía a diario; todos los días vencía al criado moro, al perro caniche y al mono; todos los días se dejaba coronar por la pequeñuela, que no era su propia hija, sino una echadilla del orfanato de Amsterdam.

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(Continuará…)

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