DE LAS MEMORIAS DEL SEÑOR DE SCHNABELEWOPSKI (Final)

Heinrich Heine

 

 

Capítulo XI

La casa en la que me alojaba en Leiden fue antaño la morada de Jan Steen, el gran Jan Steen, al que considero tan grande como Rafael. También como pintor religioso era grande Jan Steen, y esto se verá con claridad el día en que la religión del dolor se extinga y la religión de la alegría arranque el turbio velo de los rosales de esta tierra y los ruiseñores, por fin, puedan cantar jubilosamente sus maravillas largamente ocultas.

Pero ningún ruiseñor cantará tan alegre y exultante como pintaba Jan Steen. Nadie como él ha comprendido con esa profundidad que en este mundo siempre debería haber fiesta; supo que nuestra vida no es más que un beso irisado de Dios y se dio cuenta de que el Espíritu Santo se revela con todo su esplendor en la luz y en la risa.

Su mirada reía a la luz y la luz se reflejaba en su mirada risueña.

Y Jan siempre fue un muchacho simpático y amable. Cuando el viejo y severo presidente de Leiden se sentaba junto a él en la lumbre y le soltaba una larga filípica sobre su vida alegre, su conducta regocijante y nada cristiana, sus ganas de beber, su administración desordenada y su hilaridad incorregible, Jan le escuchaba durante dos horas con toda tranquilidad, sin descubrir ni rastro de impaciencia por el largo sermón. Sólo en una ocasión le interrumpió, diciéndole:

—Sí, dómine, la iluminación quedaría mucho mejor; sí, por favor, dómine, acerque usted su silla un poco a la lumbre para que las llamas lancen su brillo encendido sobre todo su rostro y el resto del cuerpo quede en la sombra…

El dómine se levantó furioso y se marchó. Jan, empero, tomó inmediatamente su paleta y pintó al viejo y severo señor, tal como había posado sin sospecharlo, en esa actitud reprensoria. El cuadro es excelente y colgaba en mi alcoba en Leiden.

Después de haber visto en Holanda tantos cuadros de Jan Steen, me parece conocer su vida entera. Sí, conozco a toda su parentela: a su mujer, a sus hijos, a todos sus primos, a los enemigos de la familia y demás allegados; sí, los conozco cara a cara. El caso es que todos ellos nos saludan desde sus lienzos y una colección de los mismos sería una biografía del pintor. A menudo ha dejado dibujado, con una sola pincelada, los secretos más recónditos de su alma. Así, creo que su mujer debió de reprocharle con harta frecuencia su afición a la bebida. Pues en el cuadro que representa el día de los Reyes Magos y en el que aparece Jan sentado a la mesa con toda su familia, vemos a su mujer con un enorme cántaro de vino en la mano, y sus ojos brillan como los de una bacante. No obstante, estoy seguro de que la buena mujer nunca había tomado una copa de más y el socarrón quería hacernos creer que no era él, sino su mujer, quien amaba la bebida. Por eso nos sonríe desde el cuadro con tanto más alborozo. Es feliz, sentado en medio de los suyos; su hijito es el Rey Mago, de pie en una silla, con una corona de oropel; su anciana madre, una sonrisa rebosante de dicha en el rostro arrugado, lleva en brazos al nietecito más pequeño; los músicos tocan las melodías más graciosas y divertidas; y la señora de la casa, celosamente parsimoniosa, guardadora y enfadadiza, pasa a la posteridad como sospechosa de estar borracha.

¡Cuántas veces pude pasarme horas enteras en mi casa de Leiden evocando las escenas domésticas que el excelente Jan debió de haber vivido y padecido en ella! A veces creía verle en carne y hueso, sentado ante su caballete, cogiendo de tarde en tarde el gran botijo, «pensar y beber y luego volver a beber sin pensar». No era un triste fantasma católico, sino un moderno y luminoso espíritu de la alegría que, aún después de fenecido, visitaría su antiguo taller para pintar cuadros graciosos y beber. Sólo de tarde en tarde nuestros descendientes vislumbrarán tales genios, a la clara luz del día, cuando el Sol mire por las ventanas limpias y en las torres no toquen las sordas campanas lúgubres, sino que resuenen, jubilosas, las trompetas para anunciar la deliciosa hora del mediodía.

El recuerdo de Jan Steen, empero, era lo mejor o quizá lo único bueno de mi albergue en Leiden. Sin ese estímulo agradable no me hubiera aguantado en ella ni siquiera ocho días. El exterior del edificio era mísero, lamentable y desabrido, nada holandés. La casa, oscura y carcomida, se hallaba muy cerca del agua y, al pasar por el otro lado del canal, se creía ver a una vieja bruja que se contemplaba en un resplandeciente espejo mágico. Siempre había cigüeñas sobre su tejado, como las hay sobre todas las cornisas holandesas. Pared por medio se alojaba la vaca cuya leche yo bebía por la mañana, y debajo de mi ventana había un gallinero. Mis plúmeas vecinas daban buenos huevos, pero dado que antes de traerlos al mundo me obligaban a escuchar, a modo de aburrido proemio a los huevos, su largo cacareo, harto se me quitaban las ganas de apreciarlos. Con todo, entre los verdaderos fastidios de mi casa figuraban dos inconvenientes de los más fatales: en primer lugar, la música de violín que atormentaba mis oídos durante el día, y luego, las molestias de la noche, cuando mi hospedera acosaba a su pobre marido con sus celos singulares.

Quien desease conocer la relación de mi hospedero con mi señora hospedera, sólo necesitaba escucharles haciendo música. El hombre tocaba el violonchelo, la mujer el llamado violon d’amor; pero ella nunca se ajustaba al ritmo, sino que siempre iba un compás por delante y, encima, sabía cómo extraer de su desgraciado instrumento unos sonidos tormentosos, refunfuños estridentes. Mientras el chelo gruñía y el violín lloriqueaba, uno creía escuchar la riña de un matrimonio. Además, ella seguía tocando cuando hacía rato que su marido había acabado, de suerte que parecía como si quisiera decir la última palabra. Era una mujer alta, pero muy esmirriada, nada más que piel y huesos; una boca en la que castañeaban algunos dientes postizos, una frente corta, apenas un mentón, pero una nariz tanto más larga, cuya punta salía como un pico y con el que a veces parecía poner sordina a una cuerda mientras tocaba el violín.

Mi hospedero frisaba en los cincuenta años y era un hombre con unas piernas muy flacuchas, de semblante pálido y macilento y unos ojitos verdes sobremanera pequeños que pestañeaban constantemente, como los de un centinela a quien el sol hiere el rostro. Era fabricante de bragueros de oficio y anabaptista de religión. Leía la Biblia con mucha asiduidad. Esta lectura se deslizaba en sus sueños nocturnos y, al tomar el café por la mañana, contaba a su mujer, con los ojitos parpadeantes, que le habían bendecido de nuevo, que las personas más sagradas le habían honrado con su plática, que había tratado hasta con la santísima majestad de Jehová y que todas las mujeres del Antiguo Testamento le habían dedicado sus atenciones más amables y afectuosas. Este último detalle no le gustaba nada a mi hospedera, y no pocas veces manifestaba su disgusto y los celos que le causaba el trato nocturno de su marido con las mujeres del Antiguo Testamento. ¡Si, por lo menos, decía, fuesen la virgínea María, la anciana Marta o incluso Magdalena que, al cabo, se había regenerado!… Pero una relación nocturna con las hijas borrachas del viejo Lot, con la bonita madame Judit, con la extraviada reina de Saba y con semejantes mujerzuelas equívocas, ¡eso no se podía tolerar! Sin embargo, nada igualó a su furia cuando una mañana su esposo, en su dicha sobremanera locuaz, le hizo un retrato exaltado de la hermosa Ester, la cual le había pedido que le ayudara a arreglarse para ganar para la buena causa al rey Asuero, gracias al poder de sus encantos. En vano el pobre hombre manifestó que el propio señor Mardoqueo le había presentado a su bella hija adoptiva, que ésta ya estaba a medio vestir y que sólo peinó su larga cabellera negra… ¡En vano! La furibunda mujer pegó al pobre hombre con sus propios bragueros, vertió café caliente sobre su rostro y, a buen seguro, le habría matado si éste no hubiera prometido, por todos los santos, dejar sus relaciones con las mujeres del Antiguo Testamento y tratar, en lo sucesivo, únicamente con los patriarcas y los profetas varones.

La consecuencia de ese maltrato fue que desde entonces myn Heer callaba, muy temeroso, su ventura nocturna; se convertía en un san Roué, en un libertino bíblico; según me confesó, tenía el valor de hacer las proposiciones más indecentes a la desnuda Susana; sí, al cabo, llegó a ser tan atrevido como para soñar que estaba en el serrallo del rey Salomón y tomaba té con sus mil mujeres.

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Capítulo XII

¡Celos nefastos! Ellos pusieron fin a uno de mis sueños más felices e, indirectamente, quizás a la vida del pequeño Sansón.

¿Qué es el sueño? ¿Qué es la muerte? ¿Es ésta sólo una suspensión de la vida o la extingue del todo? ¡Sí, para la gente que no conoce más que el pasado y el porvenir y que no sabe vivir cada momento del presente como una eternidad, sí, para esa gente la muerte debe de ser horrenda! Si les faltaran las dos muletas, el espacio y el tiempo, se hundirían en la eterna Nada.

¿Y el sueño? ¿Por qué no nos suscita más pavor irnos a dormir que ser enterrados? Como si no fuera terrible que durante toda una noche el cuerpo pueda yacer como un cadáver, mientras el espíritu que albergamos lleva la vida más agitada, una vida con todos los horrores de la separación que hemos establecido entre el cuerpo y el espíritu. Cuando un día en el porvenir ambos vuelvan a reunirse en nuestra conciencia, quizá no haya más sueños o sueñen únicamente los hombres enfermos, hombres cuya armonía está perturbada. Los antiguos soñaban poco y con calma; para ellos, un sueño fuerte y poderoso era como un acontecimiento y, en cuanto tal, fue registrado en los anales de la historia. El soñar propiamente dicho sólo comenzó con los judíos, el pueblo del espíritu, y alcanzó su máximo esplendor con los cristianos, el pueblo espiritualizado. Nuestros descendientes se estremecerán, cuando un día lean de la existencia fantasmal que hemos llevado, en la que la persona en nosotros estaba escindida y sólo una de sus partes vivió una vida auténtica. Nuestra era —y ella comienza con la cruz de Cristo— será considerada como un largo periodo patológico de la humanidad.

Con todo, ¡qué dulces sueños hemos podido soñar! Nuestros sanos descendientes apenas podrán entenderlo. En nuestro derredor se desvanecían todos los primores del mundo y nosotros volvíamos a encontrarlos en lo recóndito de nuestra alma… en nuestra alma se refugiaba el perfume de las rosas pisoteadas y el canto deliciosísimo de los ruiseñores ahuyentados.

Todo esto lo sé, y muero de la terrible angustia y del espantoso dulzor de nuestra época. De noche, cuando me desvisto, me acuesto, estiro mis piernas sobre el lecho y me cubro con la sábana blanca, me estremezco a veces sin querer, ya que me figuro que soy un cadáver y estoy enterrándome a mí mismo. En esos momentos cierro rápidamente los ojos para escapar de esos lóbregos pensamientos, poniéndome a salvo en la tierra de los ensueños.

Fue un sueño dulce, apacible y soleado. El cielo, azul celeste y sin nubes, el mar verdemar y calmo; una vasta e inmensa superficie de agua, por la que se deslizaba un batel con gallardetes de todos los colores. En su cubierta estaba yo, sentado a los pies de Jadwiga y hablándole con cariño. Suspirando jovialmente, le leía románticas canciones de amor que yo mismo había escrito en hojas de papel rosa, y ella escuchaba incrédula, con el oído inclinado y una sonrisa anhelosa; de tarde en tarde me arrancaba presurosamente las hojas de la mano y las arrojaba al mar. Sin embargo, las hermosas sirenas, con sus pechos y brazos níveos, siempre se asomaban al agua y cazaban las canciones de amor que flotaban. Al inclinarme sobre la borda, podía ver con toda claridad hasta las profundidades del mar, y allí estaban sentadas, como en una reunión social, las bellas ondinas, haciendo corro a un gallardo genio marino que declamaba mis canciones de amor con un semblante expresivo y lleno de emociones. Un aplauso atronador resonaba a cada estrofa, las gentiles de los verdes rizos aplaudían tan apasionadamente que sus pechos y sus nucas enrojecían, y las elogiaban con un entusiasmo alegre y, a la par, compasivo:

—¡Qué seres más extraordinarios son los hombres! ¡Cuán peregrina es su vida! ¡Cuán trágico todo su destino! Se aman, y las más de las veces no pueden decírselo, y si alguna vez pueden hacerlo, es raro que se entiendan. Y eso que no viven eternamente como nosotras; son mortales. Sólo un breve lapso de tiempo se les ha concedido para procurar su dicha, tienen que cazarla raudamente y apretarla contra su corazón con rapidez, antes de que se escape… Por eso son tan tiernas sus canciones de amor, tan entrañables, tan dulces y temerosas, tan desesperadamente alegres, como una extraña mezcla de placer y pesar. La idea de la muerte lanza su melancólica sombra sobre sus horas más felices y en la desgracia les consuela suavemente. Pueden llorar. ¡Cuánta poesía en una lágrima humana!
—¿Escuchas —le dije a Jadwiga— cómo nos juzgan ahí abajo? Abracémonos para que no sigan compadeciéndonos, suscitemos así su envidia.

Mas ella, la amada, me miró con infinito amor, sin decir ni una palabra. La besé en silencio. Ella palideció y escalofríos recorrieron su hermosa figura. Finalmente quedó yerta en mis brazos, cual mármol blanco, y yo la habría tomado por fenecida, si no fuera por las grandes lágrimas que derramaban sus ojos a raudales. Y esas lágrimas me inundaron mientras estrechaba con creciente fervor la hermosa figura en mis brazos.

De pronto, oí la voz refunfuñona de mi hospedera y me desperté de mi sueño. Estaba ante mi cama, una linterna sorda en la mano, y me pidió que me levantara y la acompañara. Jamás la había visto tan fea. Estaba en camisón y la luz de la luna, que en ese momento se deslizaba por la ventana, doraba sus pechos avellanados: parecían dos limones secos. Sin saber lo que ella deseaba, medio dormido aún, la seguí hasta la alcoba de su esposo. Allí estaba tumbado el pobre hombre, la gorra de dormir calada hasta los ojos y, por las trazas, entregado a un sueño vehemente. A veces su cuerpo se agitaba notoriamente debajo de la manta, sus labios dibujaban una sonrisa rebosante de placer y se contraían convulsivamente como para besar, mientras él resollaba y balbuceaba:

—¡Vasti! ¡Reina Vasti! ¡Majestad! ¡No temáis a ningún Asuero! ¡Amada Vasti!

Con ojos centelleantes de ira, la mujer se inclinó sobre su dormido esposo, puso el oído a su cabeza como si pudiera espiar sus pensamientos y me susurró:

—¿Se ha convencido usted, myn Heer Schnabelewopski? Ahora tiene un amorío con la reina Vasti. ¡Desvergonzado adúltero! Ya ayer por la noche descubrí esta relación pecaminosa. ¡Hasta a una pagana prefiere antes que a mí! Pero soy mujer y cristiana, y va usted a ver cómo me vengo de él.

Tras esas palabras, arrancó, primero, la sábana del cuerpo del pobre pecador —estaba bañado en sudor—, luego cogió un braguero de cuero de ciervo y con él golpeó impíamente los flácidos miembros del pobre pecador. Éste, al verse despertado de su sueño bíblico de un modo tan desagradable, gritó a voz en cuello, como si la capital de Susa ardiera en llamas y Holanda se anegara, y alborotó con sus chillidos a todo el vecindario.

Al día siguiente se decía en toda Leiden que mi hospedero había armado tanto ruido porque me había encontrado por la noche en compañía de su mujer. Se había visto a la última medio desnuda en la ventana; nuestra criada, que me tenía ojeriza, al ser preguntada sobre el suceso por la posadera de La Vaca Roja, contó que ella había visto con sus propios ojos que myn Frau me había hecho una visita nocturna a mi alcoba.

No puedo pensar en ese acontecimiento sin sentir inmensa tristeza. ¡Qué terribles consecuencias tuvo!

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Capítulo XIII

Si la posadera de La Vaca Roja hubiera sido italiana, quizás habría envenenado mi comida; pero como era holandesa, me envió viandas malísimas. Ya en el almuerzo siguiente sufrimos las consecuencias de su enojo femenino. El primer plato era: nada de sopa. Eso era terrible, especialmente para una persona bien educada como yo, que desde sus años mozos había tomado sopa todos los días y que hasta entonces ni siquiera podía imaginarse un mundo en el que no saliese el sol por la mañana y no se sirviese sopa al mediodía. El segundo plato consistía en ternera, fría y dura como la vaca de Mirón. El tercero fue un bacalao cuyo vaho olía a hombre. Cuarto: vino un gran pollo que, muy lejos de querer satisfacer nuestro apetito, parecía tan raquítico y canijo como si él mismo tuviera hambre, de suerte que por compasión no hubo quien probara bocado.

—Y ahora, pequeño Sansón —dijo el gordo Driksen—, ¿aún sigues creyendo en Dios? ¿Es eso justicia? ¡La señora Braguerista visita a Schnabelewopski en la oscuridad de la noche, y por eso nosotros tenemos que comer mal a la plena luz del día!
—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —suspiró el pequeño, muy contrariado por tamaños prontos ateos, y quizá también por la mala comida. Su disgusto aumentó cuando también el largo Vanpitter soltó sus bromas contra los antropomorfitas y alabó a los egipcios, que antaño consumían bueyes y cebollas; ya que asados los primeros y estofados los segundos, sabían divinamente.

A causa de semejantes burlas, empero, el ánimo del pequeño Sansón se fue amargando y, finalmente, concluyó de ese modo su apología del teísmo:

—Lo que el sol es para las flores, lo es Dios para los seres humanos. Cuando los rayos de aquel astro celeste hieren las flores, éstas medran con alegría, abren sus cálices y despliegan sus más irisados adornos de color. De noche, al alejarse su sol, quedan mustias, con los cálices cerrados, y duermen o sueñan con los dorados besos luminosos del pasado. Aquellas flores que siempre viven en la sombra, pierden su color y dejan de prosperar, se resienten, palidecen y se marchitan, melancólicas y desgraciadas. Las flores, empero, que crecen en la más completa oscuridad, en las vetustas bodegas de los castillos, bajo las ruinas de los monasterios, llegan a ser feas y ponzoñosas, se enroscan en la tierra como serpientes y su mera fragancia es ominosa, malignamente adormecedora, letal…
—Oh, no hace falta que sigas explayándote contándonos tu parábola bíblica —gritó el gordo Driksen, echándose en el gaznate una gran copa de ginebra de Schiedamm; tú, pequeño Sansón, eres una flor piadosa que, al absorber la divina luz del sol, se embriaga tanto de los sagrados rayos de la virtud y del amor que tu alma florece como un arco iris, mientras que las nuestras, apartadas de la deidad, se marchitan incoloras y feas, cuando no emanan hasta aromas pestilentes…
—Una vez en Fráncfort —dijo el pequeño Sansón— vi un reloj que no creía en ningún relojero; era de metal de tumbaga y marchaba pésimamente…
—Cuando menos quiero mostrarte que tamaño reloj puede, por lo menos, batirse bien —replicó Driksen, serenándose de pronto y no molestando más al pequeño.

Como este último, a pesar de sus débiles bracitos, daba excelentes estocadas, se acordó que ambos se batieran con espadín ese mismo día. Arremetían entre sí con gran encono. Los ojos negros del pequeño Sansón brillaban enormes y fogosos y contrastaban tanto más con sus bracitos, que surgían flacuchos y harto lastimeros de la camisa arremangada. Sansón luchaba cada vez con mayor brío, pues, a la postre, se combatía por la existencia de Dios, del viejo Jehová, rey de reyes. Sin embargo, éste no prestaba a su campeón ni el más mínimo apoyo y en el sexto asalto el pequeño recibió una estocada en el pulmón.

—¡Oh, Dios mío! —suspiró y se cayó al suelo.

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Capítulo XIV

Esa escena me conmocionó tremendamente. Todo el ímpetu de mis sentimientos se dirigió contra la mujer que había causado indirectamente esa desgracia; me lancé al asalto de La Vaca Roja, el corazón rebosante de ira y de pena.

—Monstruo, ¿por qué no enviaste sopa?

Ésas fueron las palabras con las que abordé a la posadera, que se puso pálida, cuando la encontré en la cocina. El tono de mi voz hizo vibrar la porcelana de la chimenea. Yo estaba tan terrible como sólo puede estarlo un hombre que no ha comido sopa y cuyo mejor amigo ha recibido una estocada en el pulmón.

—Monstruo, ¿por qué no enviaste sopa?

Repetí esas palabras, mientras la mujer, sintiéndose culpable, permanecía frente a mí, inmóvil y sin habla. Pero, al fin, como si se abrieran unas esclusas, brotaron de sus ojos las lágrimas, inundaron todo su semblante y gotearon hasta el canal de su pecho. No obstante, tal escena no logró apaciguar mi ira, y hablé con arreciada amargura:

—¡Oh, vosotras, las mujeres! Sé que sabéis llorar, mas las lágrimas no son sopa. Habéis sido creadas para nuestra desgracia. Vuestra mirada es mentira y vuestro aliento, un engaño. ¿Quién fue el primero en morder la manzana del pecado? Unos gansos salvaron el Capitolio, pero Troya sucumbió a causa de una mujer. ¡Oh, Troya, Troya, sagrada fortaleza de Príamo! ¡Caíste por culpa de una mujer! ¿Quién provocó la perdición de Marco Antonio? ¿Quién exigió la cabeza de Juan Bautista? ¿Quién dio lugar a la mutilación de Abelardo? ¡Una mujer! La historia está repleta de ejemplos de cómo perecemos gracias a vosotras. La insensatez guía vuestros actos; la ingratitud, vuestros pensamientos. Os entregamos lo más sublime, la más sagrada llama del corazón, nuestro amor… ¿y qué nos dais a cambio? Carne, mala carne de vaca, pésima carne de gallina… Monstruo, ¿por qué no enviaste sopa?

En vano, myn Frau comenzó a balbucir una sarta de disculpas y a suplicarme por todas las venturas de nuestro gozado amor que la perdonara por esta vez. De ahora en adelante me mandaría mejores viandas que antes y seguiría cobrándome sólo seis florines la ración, a pesar de que el tabernero del Groote Dohlen hacía pagar ocho florines una comida vulgar. Llegó hasta prometerme paté de ostras para el día siguiente; sí, el tono dulce de su voz incluso despidió un aroma de trufas. Mas yo me mantuve firme, estaba decidido a romper para siempre y abandoné la cocina con estas palabras trágicas:

—¡Adieu! ¡En esta vida tú y yo hemos dejado de guisar juntos!

Al marcharme, oí que algo se caía al suelo. ¿Fue una olla o fue la misma myn Frau? Ni siquiera me tomé el trabajo de mirar, sino que me encaminé directamente hacia el Groote Dohlen a encargar seis raciones de comida para el día siguiente.

Resuelto ese importante asunto, salí corriendo hacia la casa del pequeño Sansón, al que encontré en un estado deplorable. Yacía en un gran lecho chapado a la antigua, que carecía de cortinaje y en cuyas esquinas había cuatro grandes columnas de madera marmoleñas, que sostenían un dosel lautamente dorado. El semblante del pequeño estaba pálido de dolor y en la mirada que me lanzó había tanta tristeza, bondad y sufrimiento, que me conmoví hasta lo más hondo de mi alma. El médico acababa de dejarle y había hecho constar la gravedad de su herida. Van Moelen, el único que se había quedado allí para velar durante la noche, estaba sentado ante el lecho y le leía la Biblia.

—Schnabelewopski —suspiró el pequeño—. Está bien que hayas venido. Podrás escuchar y te hará bien. Es un buen libro. Mis antepasados lo han llevado consigo por todo el mundo y por su causa han sufrido muchas penas y desgracias, mucha ignominia y mucho odio; hasta se han dejado matar por él. Cada una de sus páginas ha costado lágrimas y sangre; es la tierra escrita de los hijos de Dios, es la sagrada herencia de Jehová…
—No hables tanto —dijo Van Moelen—; te sentará mal.
—Y ante todo —apostillé— no hables de Jehová, el más ingrato de los dioses, por cuya existencia te has batido hoy.
—¡Oh, Dios! —suspiró el pequeño, y las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Oh, Dios, que ayudas a nuestros enemigos!
—No hables tanto —insistió Van Moelen—. Y tú, Schnabelewopski —me susurró—, perdona si te aburro; el pequeño quería a todo trance que le leyera la historia de su tocayo Sansón… Estamos en el capítulo catorce, escucha:

«Sansón se encaminó hacia Timnah y vio allí una mujer, entre las hijas de los filisteos…».

—No —clamó el pequeño con los ojos cerrados—, hemos llegado ya al capítulo dieciséis. Siento como si yo viviera todo lo que estás leyendo, como si oyese balar a las ovejas que pastan a la vera del Jordán, como si yo mismo hubiera encendido las colas de las raposas y las hubiera lanzado a correr por las mieses de los filisteos, como si hubiera matado a golpes de quijada de asno a mil filisteos… ¡Oh, esos filisteos! Nos habían sojuzgado, nos habían escarnecido y nos hicieron pagar gabelas como si fuéramos cerdos, y en la sale de baile de Roß, me pusieron de patas a la calle y en Bockenheim me pisotearon ¡Oh, Dios mío! ¡Esto es intolerable!
—Está con fiebre y delira —mencionó en voz baja Van Moelen y comenzó la lectura del decimosexto capítulo.

«Sansón se encaminó hacia Gaza, donde vio una ramera y yació con ella.
»Cuando anunciaron a la gente de Gaza: “¡Ha llegado Sansón!”, le cercaron y durante toda la noche se pusieron al acecho junto a la puerta de la ciudad; durante todo la noche guardaron silencio, diciéndose: “Espera; mañana, al despuntar el alba, te estrangularemos”.
»Sin embargo, Sansón durmió hasta la media noche. Entonces se levantó, tomó las hojas de la puerta de la ciudad, y, arrancándolas con aldabas y cerrojos, las cargó sobre sus espaldas y las subió hasta la cima del monte que mira hacia Hebrón.
»Después de esto, se enamoró de una mujer en el valle de Sorec, la cual se llamaba Dalila.
»Los príncipes de los filisteos fueron a verla y le dijeron: “Sedúcele y averigua de dónde le viene tan grande fuerza y cómo podemos hacer para atarle y sojuzgarle, y cada uno de nosotros te dará mil y cien siclos de plata”.
»Y Dalila dijo a Sansón: “Dime, querido, ¿en qué consiste tu enorme fuerza y con qué habría de atarte para mantenerte sojuzgado?”.
»Mas Sansón le respondió: “Si me ataren con siete cuerdas de cáñamo todavía fresco, que aún no se haya agostado”: y ella le ató con esas cuerdas.
»(En su aposento, empero, había hombres al acecho). Y ella le dijo: “¡Los filisteos sobre ti, Sansón!”. Sin embargo, Sansón rompió las cuerdas como se rompe un cordel de estopa al acercarlo al fuego; y no se supo el origen de su gran fuerza».

—¡Oh, estúpidos filisteos! —exclamó en ese instante el pequeño, sonriendo divertido—. Quisieron llevarme a la guardia de Konstabler…

Van Moelen, empero, siguió leyendo:

«Entonces Dalila dijo a Sansón: “Heme aquí, engañada y mentida; por lo menos dime ahora con qué habría de atarte”.
»Él respondió: “Si me ataren con cordeles nuevos que nunca se hayan utilizado, quedaría débil y sería como un hombre cualquiera”.
»Y Dalila tomó nuevos cordeles, le ató con ellos y dijo: “¡Los filisteos sobre ti, Sansón!” (En su aposento había hombres al acecho). No obstante, él las rompió con sus brazos como un hilo)».

—¡Oh, estúpidos filisteos! —clamó el pequeño desde el lecho.

«Dalila, empero, le dijo: “Has vuelto a engañarme y mentirme. Vamos, querido, descúbreme cómo habría de atarte”. Entonces él le contestó: “Entretejiendo las siete trenzas de mi cabellera con los lizos de la tela y sujetándolas con una clavija”.
»Y ella le dijo: “¡Los filisteos sobre ti, Sansón!”. Mas, despertándose él de su sueño, quitó de los trenzados rizos la clavija y la cinta de tela».

El pequeño se rió:

—Eso pasó en la callejuela de Eschenheimer.

Sin embargo, Van Moelen prosiguió:

«Entonces ella le dijo: “¿Cómo puedes decir que me amas, si tu corazón no está conmigo? Me has engañado tres veces y no me has revelado en qué consiste tu gran fuerza”.
»Y al acosarle con sus palabras e importunarle todos los días, el alma de Sansón se fatigó hasta la muerte.
»Y, por fin, Sansón le abrió todo su corazón y le dijo: “Jamás ha pasado navaja alguna por mi cabeza, pues estoy consagrado a Dios desde el vientre de mi madre. Si me raparas, la fuerza me abandonaría, de suerte que me tornaría débil y sería como todos los demás”.
»Viendo Dalila que él le había abierto todo su corazón, mandó llamar a los príncipes de los filisteos y les dijo: “Venid otra vez, pues Sansón me ha revelado todo su corazón”. Y los príncipes de los filisteos acudieron, trayendo en su mano el dinero.
»Y ella hizo que Sansón se durmiera en su regazo y llamó a un hombre para que le cortara las siete trenzas de su cabellera. Al punto comenzó a someterle, pues toda la fuerza le había abandonado.
»Y Dalila le dijo: “¡Los filisteos sobre ti, Sansón!”. El cual, despertándose de su sueño, pensó: “Me libraré como tantas otras veces lo hice; me escaparé”. Pues no sabía que el Señor se había apartado de él.
»Los filisteos le prendieron, le sacaron los ojos y le condujeron a Gaza, donde le ataron con una doble cadena de hierro y le hicieron rodar el molino en la cárcel».

—¡Dios mío, dios mío! —gemía y lloraba sin cesar el pequeño.
—¡Cállate! —dijo Van Moelen y siguió leyendo:

«Sin embargo, su cabello comenzó a crecer apenas cortado.
»Cuando los príncipes de los filisteos se reunieron para hacer una gran ofrenda a Dagón, su dios, y para congratularse, declararon: “Nuestro dios nos ha puesto en las manos a Sansón, nuestro enemigo”.
»Y al verle el pueblo, la gente alabó a su dios, diciendo: “Nuestro dios nos ha puesto en las manos a Sansón, nuestro enemigo, el que había asolado nuestra tierra y matado a miles de los nuestros”.
»Y al sentirse muy alegres, dijeron: “Llamad a Sansón para que nos divierta”. Entonces trajeron a Sansón de la cárcel, que tuvo que hacer bufonadas ante ellos. Después de esto, le pusieron entre dos columnas.
»Sin embargo, Sansón invocó a Dios, diciéndole: “Señor, señor, acuérdate de mí; Dios, devuélveme la fuerza por esta vez, para que pueda vengar en los filisteos la pérdida de mis ojos”.
»Y agarró las dos columnas centrales que sostenían el edificio en las que reposaba, asiendo una con su brazo derecho y otra con su brazo izquierdo.
»Y exclamó: “¡Muera mi alma junto con los filisteos!”. Empujó con toda su fuerza, y el edificio se desplomó sobre los príncipes y sobre toda la gente allí reunida, de suerte que fueron más numerosos los que mató al morir que los que antes había matado en vida».

Al llegar a ese punto, el pequeño Sansón abrió sus ojos… estaban hinchados, parecían espectrales. Se enhestó convulsamente, agarró con sus flacos bracitos las dos columnas de los pies de su lecho y las sacudió, balbuciendo furibundo:

—¡Muera mi alma con los filisteos!

Sin embargo, las recias columnas de la cama no se movieron. Abatido y con una sonrisa nostálgica, volvió a caer sobre los almohadones. De su herida, cuya venda se había corrido, brotó un rojo raudal de sangre.

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