La esperanza (XV)

André Malraux

 

 

3

En mono, extrayendo de su casco una dignidad romana, Leclerc gritaba y movía los brazos en medio de su tripulación, en el campo de Alcalá. A treinta metros, fuera del alcance de su voz, un amigo de Sembrano, Carnero, jefe de grupo, observaba con prismáticos el cielo de Madrid. Un tiempo de perros.

—¡No hay por qué moverse! Para mí, los fridolinos, aunque tuvieran la fantasía de disfrazarse de arcángeles…

Para Leclerc, alemanes e italianos eran indistintamente los fridolinos.

Carnero subió, y su aparato fue a ponerse en línea de partida. No funcionaba bien el carburador de su avión, y él dirigía el Jaurès con una tripulación española. Leclerc, y después un multiplazas español, siguieron. Ya el caza republicano, miserable, daba vueltas en torno a Alcalá: algunos aviones habían llegado de América —todavía sin ametralladoras modernas—. Los gubernamentales continuaban luchando con los Lewis españoles de 1913.

Desde que su avión había sido averiado y pilotaba el Pelicano I, hecho de pedazos de otros, Leclerc había renunciado al sombrero gris y obtenía de su casco de cuero efectos consulares.

—¿Y el termo? —preguntó el ametrallador delantero del Pelícano I que no lo veía al lado del asiento de Leclerc.
—Discúlpame por hoy, pero me he hecho una cesárea: es demasiado serio.

Algunos minutos después, los tres aviones y su caza estaban por encima de Madrid. El enemigo ocupaba los campos donde habían vivido los pelícanos, salvo Barajas. En todas las carreteras, una animación inextricable; frente a Getafe, un prado convertido en lugar de estacionamiento de camiones. Y todo tan poco protegido que parecía imposible que fuera campo enemigo. Leclerc, desde la extrema derecha de la formación, miraba cuidadosamente los otros dos aviones que desaparecían sin cesar en las nubes muy bajas. Por arriba, el caza de protección. Por un instante, las nubes se aproximaron de tal manera a la tierra que fue necesario sobrevolarlas; entre dos capas grises, las siluetas de los aviones en orden de combate llenaron de guerra el gran vacío pálido. La formación salió de las nubes sobre el parque de camiones. De ambos lados las carreteras no eran sino automóviles de Franco pegados unos a los otros. La columna motorizada del Tajo llegaba a las puertas de Madrid.

El caza fascista cayó de las nubes de arriba: siete Fiat de frente, reconocibles sin equívoco en la W que unía sus planos. El grupo más alto del caza gubernamental corría a su encuentro a toda velocidad.

El tiro de barrera enemigo comenzó.

La defensa antiaérea alemana había llegado a Madrid en masa. Los obuses de los cañones revólveres estallaban a cincuenta metros los unos de los otros; Leclerc decía que su avión tenía dieciséis metros de envergadura. Desde 1918 no había visto barrera semejante. Los alemanes no apuntaban a los multiplazas, sino que tiraban a unos centenares de metros adelante, a su altura exacta, de modo que parecían lanzarse ellos mismos en el tiro. Mucho más allá, los dos cazas empezaban el combate.

Leclerc bajó en picada: el tiro bajó también.

—¡Tienen telémetros! —dijo el bombardero.

Apenas veía Leclerc el combate de los aviones de caza, cuyas trayectorias intrincadas daban a la vez la impresión de la caída y de la acrobacia.

Los ametralladores espiaban el combate, el bombardero la tierra, Leclerc no sacaba los ojos del avión de Carnero, que subía, bajaba, tomaba líneas oblicuas, y encontraba siempre delante el tiro de barrera, que súbitamente se acercó. Leclerc, agregado al avión del jefe de grupo en el desencadenamiento general, como un ciego a su conductor, poseído por el sentimiento de no ser más que uno con él, se lanzaba en la barrera con una fatalidad de tanque.

La barrera llegó a cien metros.

Obuses y aviones se acercaron de golpe; el avión de Leclerc saltó diez metros; el Jaurès, roto en la mitad, lanzó como semillas sus ocho ocupantes en el cielo plomizo. Leclerc tuvo la impresión de que un brazo sobre el cual se apoyaba acababa de ser cortado; ante los puntos negros de los hombres que caían alrededor de un solo paracaídas abierto veía las caras aterrorizadas de su bombardero y de su ametrallador delantero: giró más corto y enfiló a toda velocidad hacia Alcalá.

.

—Nunca he visto esto ni durante la guerra —repetía Leclerc después de haber aterrizado. Reunidos a su alrededor en el campo, los de la tripulación nada decían. Leclerc, con la boca trágica y la mirada de quien vuelve del infierno, partió con paso de legionario al puesto de mando.

Allí lo esperaba Vargas sentado en un sillón, estiradas sus largas piernas, con la cara angosta vuelta hacia el cielo que llenaba la ventana. Ahora, Vargas estaba de uniforme.

Leclerc, heroico, comenzó a dar cuenta de su misión. Cuando hubo llegado a la caída del avión de Carnero:

—¿Cuáles eran sus instrucciones? —preguntó Vargas.
—El bombardeo de la columna de Getafe.
—¿Ya estaban los camiones delante del parque de estacionamiento automovilístico, subían en línea?
—Sí, pero no había posibilidad de pasar a causa de la barrera. ¡La prueba, Carnero!

Cuando Leclerc no se atrevía a hablar en su lenguaje peculiar, no se hacía más simple: se hacía administrativo.

—¿La barrera estaba a la altura del parque?, —repetía Vargas.
—Sí…
—Pero ¿había camiones delante, hacia usted?
—… Sí.
—Dígame, ¿por qué volvió usted con sus bombas?

Leclerc acababa de tomar conciencia de que había huido.

—Estaba el caza enemigo…

Ambos sabían que los cazas habían combatido a dos kilómetros de allí; e, incluso atacado. Leclerc debió de hacer su bombardeo paralelamente a la barrera: a los cazadores de combate. Magnin había dirigido muchos bombardeos de líneas en pleno combate.

—¿Usted ha vuelto con sus bombas, verdad? —preguntó Vargas.
—Bueno, no valía la pena arrojarlas al azar, sobre los nuestros… Además, el motor funcionaba mal.

Vargas sufría tanto más al oírlo contestar como un chiquillo que ha saltado una pared cuanto que pensaba que Leclerc, en general, no era un cobarde.

Dio orden de que entraran el jefe de los ametralladores, el bombardero y el mecánico, que esperaban.

—¿El motor? —preguntó.

El ametrallador y Leclerc se volvieron hacia el mecánico.

—Bueno, no está perfecto.
—¿Qué?
—Un poco todo…

Vargas se puso de pie.

—Está bien, muchas gracias.
—No se podía bombardear —dijo Leclerc.
—Muchas gracias —repitió Vargas.

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4

Magnin estaba en Albacete; Scali, de uniforme por primera vez, según las instrucciones del Ministerio, dirigía el campo: aquellos que hubiesen debido dirigirlo estaban, uno, en el hospital; el otro, Karlitch, en Madrid para organizar con toda urgencia las secciones de ametralladores. En la escuadrilla internacional, como en la mitad de las secciones del ejército español, la falta de todo medio de sujeción limitaba el mando a la autoridad de aquel que dirigía. En ese campo dos hombres eran obedecidos: Magnin y el jefe de los pilotos, un muchacho muy joven, amigo de todos, y que había hecho caer cuatro aviones fascistas. Pero estaba ocupado, desde la víspera, en digerir su fiebre y su brazo cortado.

Scali estaba comprobando, bromeando, que sobre la panza rosada de Raplati un pelícano había impreso el sello de la escuadrilla —para que el perro no se perdiera—cuando lo llamaron al teléfono.

—Le devuelvo uno de sus pilotos.

Sin duda el piloto había partido desde hacía bastante tiempo; porque algunos minutos más tarde llegaba en un camión, Leclerc, atado como una morcilla, entre cuatro milicianos armados. Lo acompañaban el jefe ametrallador del Pelícano I, el mecánico, menos borrachos. Los milicianos se fueron.

Al dejar a Vargas, Leclerc, resuelto a emborracharse hasta no dar más, había llevado consigo a sus dos compañeros; había tomado sin permiso un automóvil del campo y se había ido a Barajas donde no ignoraba que le darían de beber. Siempre en silencio, había tomado seis pernods.

Después, había empezado a hablar.

Resultado: el camión.

Poco a poco se le fue pasando la borrachera. Scali, con el perro bajo el brazo, se preguntaba lo que haría si Leclerc se enfurecía. Ese gran mono con mechones de payaso y manos demasiado largas era por cierto muy fuerte. Scali estaba resuelto a no llamar a los milicianos sino en última instancia. Los pelícanos presentes miraban a Leclerc un poco desde lejos, con cierto aire bromista no exento de hostilidad. Attignies se había ido al principio, pero había vuelto, silencioso; Scali comprendió que era para prestarle ayuda, en caso de que la necesitara. Por último dejó el perro en el suelo.

Mientras desataban a Leclerc, éste había comenzado un discurso:

—¡Perfectamente! Soy un gruñón y un violento. Es esa cualidad eminente de la raza la que hace las revoluciones, ¿me comprendes? Y además te pido disculpas, pero a los modestos pilotos de tu clase seudodignatarios municipales jubilados, los mando a la mierda. Son unos simplones. Yo soy un viejo comunista, y no un funcionario lleno de galones ni una salchicha atada. ¿Me vas a explicar qué han hecho conmigo? ¿Te funcionan mal las glándulas endocrinas? Sé lo que son los hombres de Franco, después de que el ejército de Wrangel y todos los venidos a menos han venido a competir con nosotros en el taxi. ¡Lo sé, desde antes de Franco! Soy un comunista de antes de la guerra.
—De antes de la escisión —dijo suavemente Darras—; vamos, hombre, está bien, sabemos que nada tienes que ver con el partido. Lo que no impide que seas un buen tipo, pero no tienes nada que ver.

Su herida en el pie estaba curada y, la víspera, había realizado con Scali una misión semejante a aquella en la que Leclerc acababa de fracasar.

Leclerc los miraba: Scali con sus anteojos redondos, sus pantalones arrugados demasiado largos, su aspecto de cómico norteamericano en un film de aviación, Darras con su cara chata y enrojecida, su pelo blanco, su sonrisa tranquila, sus pectorales de luchador. Su ametrallador y su mecánico callaban.

—¿Entonces es ahora una cuestión de partido? ¿Me has pedido mi carnet para hacer estallar la fábrica de gas en Talavera? Yo soy un solitario. Un comunista solitario. Eso es todo. Lo único que quiero es que me dejen en paz. Soy enemigo de los caimanes que quieren venir a morderme las costillas, ¿has comprendido? ¿Es que Talavera fue obra tuya, dime, fue obra tuya?
—Todos saben que fue obra tuya —dijo Scali, tomando a su amigo del brazo—. Vamos, no te hagas mala sangre, ven a acostarte.

Para él, como para Magnin, la huida de Leclerc se debía más a un accidente que a cobardía. Y que en ese momento se aferrara de tal modo al recuerdo de Talavera lo conmovía. Pero hay siempre algo odioso en la cólera, más aún en la provocada por la borrachera. La de Leclerc daba a su rostro cómico una dilatación de las narices, una hinchazón de los labios que traslucía bestialidad.

—Ven a acostarte —dijo Scali de nuevo.

Leclerc lo miró de soslayo, con los ojos a medio cerrar: bajo la máscara del borracho, reapareció la astucia del campesino.

—¿Piensas que estoy borracho, eh?

Lo miraba siempre, y siempre de soslayo.

—Tienes razón. Vamos a acostarnos.

Scali le dio el brazo. En la mitad de la escalera, Leclerc se volvió:

—¡Y os mando a todos a la mierda! ¡Gusanos!

En el primer piso, abrazó a Scali.

—¡No soy un cobarde, me oyes, no soy un cobarde!…

Lloraba.

—Todo esto no ha terminado, no ha terminado todavía…

.

Nadal, con garantía de la embajada de España en París, acababa, por cuenta de un semanario burgués, de hacer un reportaje sobre los pelícanos. Algunos se prestaban a ello, con aire superior y una concupiscencia oculta. La tripulación del Marat, Darras, Attignies, Bardet, etcétera, redactaba una declaración. Jaime Alvear, sentado en el fondo del comedor del hotel junto a Scali, con anteojos negros ocupando el lugar de su venda, juzgaba toda entrevista inútil. Sentado junto a una ventana cerrada sobre la noche de Alcalá, escuchaba una emisora de radio. House había dictado tres columnas.

Nadal, muchachito fornido y rizado con ojos casi violetas, habría podido ser un gigoló si todo, en él, no hubiera sido demasiado redondo: cara, nariz, hasta sus ademanes demasiado curvos concordaban casi infantilmente con sus cabellos demasiado crespos. Le habían hablado de Leclerc como de un personaje de mucha importancia entre los pelícanos, pero los periodistas, para Leclerc, eran la hez de la humanidad; si uno de ellos se dirigía a él ¿qué otra cosa podía hacer sino romperle la cara? Por lo demás, ya estaba acostado.

Attignies volvió con la declaración de la tripulación del Marat: «No hemos venido aquí en busca de aventuras. Revolucionarios sin partido, socialistas o comunistas resueltos a defender a España, combatiremos en las condiciones más eficaces, sean cuales fueren. ¡Viva la libertad del pueblo español!».

Lo cual no convenía de ningún modo a Nadal. Su periódico era leído, entre otros, por más de un millón de proletarios: necesitaba pues, para su patrón, hacer gala de liberalismo, hacer asimismo el elogio de esos simpáticos aviadores (los franceses, sobre todo), detenerse en lo pintoresco de los mercenarios, en el sentimentalismo de los demás, llorar emocionado por los muertos y los heridos (lástima que Jaime… ¡En fin, después de todo él no era español!), nada de comunismo, y lo menos posible de convicciones políticas.

Después, por su cuenta, deslizar como quien no quiere la cosa algunas historias, preferentemente sexuales: el más interesante de los reportajes novelescos era la vuelta.

Se ocupaba fundamentalmente de los mentirosos. A él no lo engañaban. En cada imbécil hay un novelista, pensaba, sólo se trata de elegir. Eso comenzaba por uno que decía: «Mis hombres» (no demasiado fuerte, a pesar de todo). Una vez tomadas sus notas, Nadal pensaba en la frase de Kipling: «Vamos ahora al otro lado, a seguir escuchando chistes». Cosa que hizo.

Vinieron después aquellos que habían desertado del ejército francés o inglés; muchos se habían casado en España, y había obtenido fotos de sus mujeres. «Mi periódico tiene un gran público femenino». Siguieron los «ases» mercenarios, aquellos que habían derribado oficialmente más de tres aviones fascistas. Éstos hablaban de los revolucionarios diciendo: «Los políticos» y de sí mismos diciendo «los guerreros»; pero no inventaban; le leyeron sus carnets de vuelo, con prudencia.

Siguieron algunos disfrazados de bravucones, y el resto eran los golfos. Nadal había abandonado a los voluntarios, menos pintorescos y que no mentían lo suficiente.

Estaba tomando notas de un carnet de vuelo, y ya la mitad de una caja de cachundes que había tenido la imprudencia de mostrar había tomado el camino del bolsillo de Pol, cuando un relativo silencio y la intensidad de la atención le hicieron alzar la nariz.

Torciendo la boca, cabizbajo, con algunos mechones de pelo negro asomando por los bordes de su sombrero gris, con una sonrisa bastante inquietante bajo la nariz, los brazos más largos que nunca, Leclerc bajaba la escalera. Un ametrallador del Pelícano I lo llamó.

—Un camarada escritor —le dijo, señalándole a Nadal—. Ven a beber una copa con tu colega —Leclerc se sentó.
—¿Así que eres escritor, vaquita de San Antón? ¿Qué escribes?
—Cuentos. ¿Y tú?
—Novelones. También era poeta. Soy el único poeta que haya vendido su folleto al volante. Los nocturnos, cuando tenían algún turista recién llegado, le afanaban el dinero. Yo, nunca. Pero les vendía el folleto porque era el resultado de un trabajo. Quince plumas, nada más. Agoté la tirada. Se llamaba Ícaro al volante. Ícaro era a causa de la poesía y de la aviación, ¿comprendes?
—¿Escribes en este momento?
—He renunciado. Discúlpame, escribo con la ametralladora.
—¿Qué tenéis como ametralladoras?

Firmada su declaración, Attignies y Darras se habían acercado a Scali para escuchar la emisora de radio de Jaime. Éste, desde que no veía, se pasaba la mitad del día escuchando la radio. Darras abandonó la radio: no le gustaba la última pregunta de Nadal.

Pues no, la comedia continuada, tal cual; Leclerc no era un piloto de caza, y no había podido utilizar una ametralladora desde que estaba ahí; Nadal, que continuaba la conversación, mascaba su pipa con el aire de un viejo especialista; como ignoraba que la Lewis española funciona con cargador, y no con cinta, ignoraba todo lo que el otro le contaba.

—¿Aquí andan bien las cosas?, —preguntaba.
—Ésta es la verdadera vida… ¿Qué diablos puedes hacer en París? ¿Piloto de línea, o dicho de otro modo, conductor de monopatín? ¡Ni siquiera eso! Si eres un hombre de izquierda, no hay posibilidades para ti… ¿Hacer oficios de muerto de hambre? No, aquí un hombre es un hombre. Yo, por ejemplo, estuve en Talavera. Puedes preguntárselo a cualquiera: ¡la fábrica de gas ardió como una tortilla al ron! Lo mismo en cuanto a Franco. Yo, Leclerc, entiéndeme, he parado a Franco. ¿Me has comprendido? Mira a los hombres que hay a tu alrededor. No tienen cara de infelices, ¿no es así?

Alrededor del enorme horno instalado en el fondo de la sala bajo los anuncios revolucionarios, la familia del cocinero se agitaba como de costumbre, y los pelícanos negociaban algunos alimentos suplementarios.

Attignies escuchaba también sin dejar de prestar atención a la emisora de radio. Y observaba con curiosidad la relación entre los dos hombres: desde hacía algunos minutos Leclerc amasaba entre los dedos bolitas de pan que arrojaba casi a la cara de Nadal. Y su voz estaba lejos de ser tan cordial como sus palabras.

—Lo de Talavera lo hice con un Orión, ¿te das cuenta? Éste es el país de las corridas de toros; nosotros no tenemos más que una legión de becerros. Pero nos hemos defendido con los becerros. ¿Comprendes?

Y le tiró una bolita de pan en la nariz. Attignies seguía el juego, cada vez más intrigado. Nadal simulaba reír, resuelto a vengarse en la entrevista.

—¿Qué armamento tenías en Talavera? —preguntó.
—Una ametralladora por la ventana, y el hueco del cagadero agrandado como lanzabombas.
—Y una Hotchkiss de aviación con trípode —dijo Gardet, con mirada de técnico.
—Nosotros hemos tenido los mismos en Villacoublay —contestó Nadal con un gesto de doloroso desdén: no cabía duda de que era una vergüenza hacer combatir a hombres con semejantes aparatos. Como esa ametralladora no existía, los pelícanos bromeaban suavemente.
—¡Atención! —gritó Attignies.

El locutor de la emisora rebelde que escuchaba (¿retransmisión de Radio Sevilla?) acababa de gritar: Aviación, y Jaime había aumentado la intensidad de la radio.

Nuestros aviones han bombardeado las líneas rojas con pleno éxito, rechazando a los milicianos de Carabanchel en Madrid.
La ciudad ha sido bombardeada a las 3 y a las 5 sin que la aviación roja haya hecho su aparición.
Cinco aviones gubernamentales han sido derribados hoy en nuestras líneas.
He anunciado por este micrófono que el avión del soviético Magnin, el bien conocido desertor, agente de Stalin, será liquidado en breve plazo. Este avión ha caído hoy en nuestras líneas. Todos sus ocupantes han muerto en la caída. El cuerpo del siniestro Magnin ha sido identificado en Getafe. ¡Advertimos a los siguientes!
Buenas noches.

Los pelícanos se miraban.

—No se hagan mala sangre —gritó Scali—. Están confundidos.

Nadal comenzó a preguntar, pero comprendió enseguida que no había que insistir: acerca de ese tema, los pelícanos supersticiosos —hasta los gruñones— se volvían hostiles. Casi todos pensaban que se trataba del James y de la tripulación de Carnero; pero Magnin había bajado en Albacete, y nada decía que no hubiera combatido aquella tarde en el frente de Madrid.

—¿Qué sabes, imbécil? —preguntó Leclerc.

Scali lo sabía de sobra; desde la tarde, sentía que las cosas empeoraban y había llamado a Magnin por teléfono para pedirle que esa misma noche estuviera en Alcalá.

Pero Magnin estaba más al corriente que él. Sembrano le había telefoneado directamente, y con más precisión que a Scali. Borracho perdido, Leclerc se había desmandado en injurias contra los pilotos españoles, aunque por lo demás no ignorase que, si había emboscados en Valencia, los pilotos españoles hacían día tras día con sus miserables aviones lo que él sentía tanto orgullo por haber hecho una vez en Talavera. Después había explicado a los mecánicos españoles que lo rodeaban que la guerra estaba perdida, que los aviones reparados habrían de caer, y todo aquello que puede inspirar la obsesión de la vergüenza. Por lo demás, Scali no ignoraba que, desde su vuelta, Leclerc había convencido uno tras otro a los pelícanos a quienes su estilo pintoresco y su generosidad a menudo real (y hecha de un gran deseo de ser querido) inspiraban simpatía, y les había dicho las mismas palabras. Y que los pelícanos de su tripulación habían entrado en el mismo juego.

A Scali lo había sorprendido al principio el acuerdo que había entre ellos. Muy sagaz cuando juzgaba a los hombres cuya naturaleza conocía —los intelectuales—, comprendía mal a ese personaje. Gardet le había hecho notar que las tripulaciones, modificadas cada vez por un herido que partía al hospital, se encontraban ahora formadas por afinidades; que los compañeros de Leclerc, cuando éste se retiró, no habían podido comprender gran cosa, dado el espesor de las nubes, y que se debatían ahora en un drama demasiado vasto para ellos. Leclerc no se perdonaba su huida, y quería arrastrar a todos aquellos a quienes se dirigía en la liberación siniestra que hubiese encontrado en el asco general como la había encontrado en el pernod.

—Magnin ha telefoneado aquí a las siete —exclamó Scali.

Pero todos se preguntaban si decía la verdad, o sí quería tranquilizarlos.

Hubo un silencio bastante largo que por fin rompió Nadal.

—¿Por qué has venido? —le preguntó, lápiz en mano, a Leclerc—. ¿Por la

revolución?

Leclerc lo miró de soslayo, esta vez huraño.

—¿Acaso te importa? Soy un mercenario de izquierda, todo el mundo lo sabe. Pero estoy aquí porque soy un mal sujeto, un inveterado zopenco. Lo demás es para los gansos acomodaticios, deprimidos y periodistas. Cada cual tiene su gusto, ¿entendido?

Más flaco que nunca, los agujeros de la nariz muy abiertos y el pelo ralo, sus manos de mono apretadas sobre una botella de vino rojo, el busto echado hacia atrás, la frente arrugada, era el dueño de la mesa por la que corría el malestar. Gardet, al lado de Jaime, frotaba de atrás hacia delante su pelo cortado a cepillo y sonreía.

—Debilidad o cobardía —le dijo Attignies—, si Magnin no los despacha, esos muchachos van a pudrir la escuadrilla. ¿Qué pasa? ¿Están todos borrachos?
—En todo caso, ¡basta! Comienza a irritarme; no me gusta combatir con caprichosos. Por el momento, alardea, representa el héroe. Lo bastante para divertirse.
—Le tiene rencor al otro por la comedia que representa. Míralo. En este momento, lo odia.
—Le está reconocido también.
—Menos. Mira esa cara.

Nadal comprendió que las cosas podían empeorar; pidió una ronda para toda la mesa y se fue con sus notas, pequeño y astuto, con su pipa marcial en la sonrisa solapada.

—No estoy borracho —continuaba Leclerc—. La revolución…

Era evidente que iba a decir: me cago en ella. Pero no se atrevió. No a causa de sus camaradas, a los que acaso hubiera provocado de buena gana; pero detrás de las dos ventanas sin postigos, estaba Madrid.

La emisora de radio estaba al lado de una de esas ventanas: Attignies se volvió. La plaza de Alcalá de Henares estaba adormecida, con sus monumentos y sus minúsculas tabernas donde se vendían caracoles, casi escondidas por las columnas. (Allí algunos pelícanos tomaban sin duda sus pernods). Y toda la pequeña ciudad, con sus perspectivas de pilares, sus jardines de cura, sus iglesias con campanarios puntiagudos, sus palacios con grandes ornamentos, sus murallas y sus balcones con rejas, toda esa vieja Castilla de comedia española, descantillada por las bombas de los aviones, sólo dormía con un ojo abierto, al acecho de los ruidos amenazadores de la guerra.

—Cuando llegue Magnin —dijo Scali a Gardet— dile que con el Marat, tú y muchos otros pueden formar tripulaciones de choque…
—¿Vas esta noche a Madrid? —le preguntó Jaime, al mismo tiempo.
—Sí. Aviso especial de García.
—Quisiera que fueras a buscar a mi padre. Que lo trajeras aquí.

Scali sabía que el padre de Jaime era un anciano. Jaime no daba justificación alguna: jamás alegaba su condición de herido.

—Bueno, iré.
—Dime, Scali —dijo Leclerc malhumorado—, ¿es que muy pronto empezaremos a comer un poco menos mal?
—¿Es que achicarse vuelve gastrónomo? —preguntó Gardet desde el otro extremo de la mesa.

Leclerc miró a Gardet, cuya sonrisa hostil descubría sus pequeños dientes de gato, y nada dijo.

—¿Y los contratos? —preguntó el bombardero del Pelícano I.
—La jefatura no los ha devuelto —contestó Scali.
—Yo no soy charlatán, que digamos… Pero a pesar de todo… Si me mataran hoy, por ejemplo, ¿en qué estarían mis contratos?

El bombardero estaba a la vez quejoso y era víctima, con sus ojitos desorbitados y sus dos manos patéticas, a ambos lados de sus estrellas de teniente cosidas sobre su chaqueta de cuero pálido, al día siguiente de su matrimonio en Barcelona. «A la luz eléctrica, se parece todavía más a una tetera de dibujo animado que a la luz del día», se dijo Gardet para sí.

Scali tenía por norma no tomar demasiado en serio a todos esos muchachos, y por lo común tenía razón. Hoy…

—Bueno, le serían pagados a tu mujer. Ahora déjanos tranquilos.
—¿Y quién me dice que Franco no estaría antes en Madrid?
—En ese caso, espero que te fusile —dijo Gardet acariciando su pelo cortado a cepillo—. Y sin pesetas, ni contrato.

En general, los peligros corridos en común acercaban más a los voluntarios y a los mercenarios de lo que podían separarlos los «contratos». Pero los voluntarios, aquella tarde, empezaban a estar hartos.

—¿Y por qué no nos envían cazas suficientes? —preguntó el mecánico del Pelícano I.
—Por los heridos no se hace lo que debería hacerse —dijo House.

Si el mismo rey de Inglaterra hubiera venido a buscarlo a Madrid, habría sido, por lo demás, insuficiente.

—Así no es posible trabajar —dijo el jefe de ametralladores de Leclerc—: No hay bastantes cazas, no hay bastantes aviones, el material de miseria y las ametralladoras de tres al cuarto.

Los españoles iban a ametrallar el tiro antiaéreo con sus Bréguet prehistóricos.

Attignies volvía a la mesa de Leclerc y oía al pasar:

—Lo que no impide que desde esta mañana no se lo haya visto.
—¡Los tipos, paf! Como si los hubieran echado al aire de un manotazo.
—… Nunca he visto durante la guerra nada parecido.
—… Lo peor es el Jaurès, que se parte en dos.
—… Parece que esos cretinos seguían a Carnero con sus ametralladoras.
—… ¿Carnero era el paracaidista?
—… El paracaídas de Magnin, con Carnero debajo.
—… Antes, uno podía ir, pero contra el tiro con telémetro, ¿qué puedes hacer? ¡Ya no hay combate!
—… Lo peor es el avión que se parte en dos.
—… Lo que falta, ante todo, es organización. Sería necesario que todos discutieran por la noche lo que van a hacer al día siguiente.
—… A puñados, amigo, el avión vomitaba los hombres a puñados. Y yo…
—Que Magnin esté furioso, lo comprendo. Pero si quiere suicidarse, no es para tanto.

La vergüenza descompone, pensó Attignies. Para él, cuya relación con las ideas era orgánica, todo eso era irrisorio y de una profunda tristeza. Delante de ellos, pensando en los cien desgraciados mercenarios de la República, lo obsesionaban los miles de italianos y de alemanes, las largas filas de moros con su Sagrado Corazón. Cuarenta mil moros, a tanto por día —con el consejo de guerra a sus espaldas—. ¿Hasta dónde era posible confiar en los hombres? Pero para confiar en los hombres hasta su propia muerte, ¿había que elegir a esos «especialistas» que se descomponían, muertos ya? En alguna parte, en Albacete o en Madrid, ya se formaban las primeras brigadas internacionales…

La voz de Gardet cubrió la confusa algarabía.

—¡Un momento! —dijo, sentándose sobre la mesa, avanzando la mandíbula—. A todos vosotros os dan asco los taimados que vienen aquí, con una pipa entre los dientes, que no suben una sola vez a las líneas y se vuelven a París para criticar el trabajo de Magnin —sin hablar del que hacemos nosotros—, y sin conocer las dificultades. Entonces, esta tarde, ¿estáis de acuerdo con esos individuos? Decidme, muchachos, si estuvierais con Franco, ¿creéis que no haría ya un buen rato que habríais cerrado el pico, y quizá porque os habrían fusilado?
—Por esa razón estoy aquí, y no con Franco —dijo el mecánico.

Pol dio un brinco, enorme, rizado, carmesí, con el índice frenético.

—¡No, señor Levy! ¡No me vengas con cuentos! Primero, oír juzgar el trabajo de Magnin por ti, Bertrand, aunque eres un buen muchacho, me hace rechinar los dientes…
—¿No se tiene, entonces, el derecho de juzgar? ¿No es uno digno?
—No juzgas, calumnias. Calumnias porque te has acobardado. Fíjate que por eso nada te digo: ¡nunca le echaría la primera piedra a un camarada por un accidente! Son cosas que suceden. En general, todo el mundo sabe que has hecho bien tu trabajo. Pero en este momento te digo que quieres que todo esté podrido porque no estás contento contigo mismo. No, no me vengas con cuentos. A mí no me engañas. ¿Te quejas? Para reemplazar a Magnin, dime un nombre, uno solo. Imagina que sea cierto lo que grita ese cerdo por radio, ¿eh?… que no vuelva. ¿Entonces?… Bueno: diez por ciento de comisión para mí. Moraleja: os estáis conduciendo como verdaderos imbéciles.

Leclerc se acercó a Scali, con los dos puños sobre el asiento de la silla, la mirada enfurecida, en el silencio general.

—Ya te lo dije: en la revolución, cada cual hace su tarea. Pero en cuanto a la organización, te pido disculpas, ¡mierda! Nos hacen venir aquí para un combate, y nos dejan plantados desde hace dos días. ¡Cuarenta y ocho horas sin una navaja! ¡Ha durado bastante! ¿Entendido?

Scali, asqueado, detrás de sus anteojos, no respondía.

—¿De verdad? —dijo desde el extremo de la sala una voz que los hizo volverse.

Desde que Jaime volvió del avión por última vez, sólo había conversado con camaradas aislados, en torno a una mesa, en un rincón; parecía que acababa de encontrar su voz de las canciones de otra época, ensordecida como si algo en ella se hubiera cegado. Todos sabían que cada vez que subían, estaban amenazados por su herida. Era su camarada, pero también la imagen más amenazadora de su destino. Su gran nariz avanzaba entre sus anteojos ahumados, su mano tocaba la mesa por debajo para que no lo vieran tantear, avanzaba, de asiento vacío en asiento vacío, y todos los pelícanos se apartaban ante su presencia como si tocarlo los hubiera espantado.

—Los que están en las trincheras —dijo él, en voz más baja—, ¿se afeitan?
—Tú —gruñó Leclerc entre dientes— eres un caballero de la Internacional, pero te pido que no nos jorobes.

Scali, a cuatro o cinco metros a la izquierda, al lado de la pared, se subía su pantalón de uniforme, decididamente muy largo, sin dejar de mirar a Leclerc. Éste se aproximó a él, dejando a Jaime que continuara avanzando, aferrado a la mesa.

—Estoy harto de ametralladoras de parque de diversiones —continuó Leclerc—. Harto. Yo tengo cojones, y me gusta hacer de toro, pero no el bobalicón. ¿Has comprendido?

Scali, más allá del desaliento, se encogió de hombros.

Leclerc se encogió de hombros para imitarlo, furioso, apretando los dientes.

—Me cago en ti. ¿Comprendes? Me cago.

Por fin lo miraba de frente, con su peor cara.

—Yo también —dijo Scali torpemente. Ni las injurias, ni el mando eran su fuerte. Buen intelectual, no sólo quería explicar, sino también convencer; tenía asco físico al pugilato; y Leclerc, que sentía animalmente ese asco, lo tomaba por miedo.
—No, soy yo el que me cago en ti. No eres tú. ¿Me has comprendido?

Pol pensaba en el día en que todos habían esperado juntos el primer avión cargado de heridos.

—¡Salud! —gritó Magnin, el puño en el aire como un pañuelo, uno de sus bigotes torcido por el viento en el vano de la puerta.

Avanzó entre caras hostiles, despreocupadas o falsamente distraídas, hasta Leclerc:

—¿Tenías el termo?
—¡No es verdad! ¡No tenía nada!

Leclerc gritaba, indignado, expoliado; encantado de prever una acusación injusta de borrachera cuando tenía una necesidad tan grande de que la de huida fuera también injusta.

—¿Nada? Hiciste mal —dijo Magnin.

Prefería el piloto borracho al piloto deprimido.

Leclerc vaciló como si buscara un camino, aturdido.

—La tripulación del Pelícano vuelve a Albacete inmediatamente —gritó Magnin—. El camión está a la puerta.
—¿Un camión de qué? ¿Un camión? ¿Por qué no un carretón? Yo quiero un automóvil —dijo Leclerc poniendo de nuevo cara de furia.
—¡Ni siquiera tenemos tiempo de hacer las maletas!

El bombardero protestaba. ¿Qué maletas? Todos sabían que la tripulación había venido en su avión, sin traer siquiera un cepillo de dientes. Magnin se alzó de hombros.

Miraba a Leclerc y a los suyos, ahora dispersos. Si hubieran sido muertos esta mañana, pensaba, sólo veríamos lo que hay de mejor en ellos. Y hasta si los mataran mañana… El recuerdo de Marcelino era más fuerte que la presencia de Leclerc. Y los miraba, voluntarios y mercenarios, como si lo que decían, lo que hacían, lo que pensaban de sí mismos no hubiera sido sino una locura provisional, un sueño del que tuvieran tarde o temprano que despertarse, el casco apretándole la frente, rígidos en sus monos de vuelo, en la realidad de la muerte.

Leclerc se acercó a Magnin como se había acercado a Scali, con una expresión sorprendente de odio, aunque su fisonomía hubiera apenas cambiado; su frente arrugada era sólo menos ancha.

—Me cago en ti, Magnin.

Las manos velludas se estremecieron en la punta de los brazos de mono. Las cejas y los bigotes de Magnin, sus pupilas se volvieron curiosamente inmóviles.

—Mañana partes a Francia, contrato concluido. Y nunca volverás a poner los pies en España. Eso es todo.
—¡Volveré cuando me dé la gana! ¡Y ni siquiera con contrato! ¡Cretino inmundo! ¡Yo he estado en la Legión! ¿Por quién me tomas? ¿Por un sirviente?

Al lado de Magnin estaban ahora Scali, Attignies y Gardet. Contra la mesa, Jaime, con sus anteojos ahumados.

—Quiero un automóvil —continuó Leclerc, con las manos cada vez más temblorosas—. ¿Me has comprendido?

Magnin caminó hasta la puerta, rápido, indiferente y cargado de hombros. Del fondo de la sala llegaba solamente el ruido del tenedor del cocinero. Todos seguían a Magnin con la mirada. Abrió la puerta, dijo una frase como si hubiera hablado al viento que barría furiosamente la gran plaza de Alcalá.

Entraron seis guardias de asalto, armados.

—¡La tripulación! —gritó Magnin.

Decidido a seguir siendo el más importante, Leclerc pasó el primero.

El silencio quedó roto por el embrague del camión y el ruido del motor que decreció hasta confundirse con el del viento. Magnin se había quedado en el vano de la puerta. Cuando se volvió, un estruendo de vasos, de interjecciones, de estornudos, de platos, subió como cuando el público de la sala, en el teatro, se relaja al final de un acto. Magnin se aproximó a la mesa y pareció cortar ese aflojamiento con el cuchillo con el cual golpeó un vaso para que prestaran atención:

—Camaradas —dijo en tono de conversación—, vosotros miráis esa puerta. A quince kilómetros de aquí están los moros. A dos kilómetros de Madrid. A dos.
»Cuando los fascistas están en Carabanchel, los que se conducen como lo han hecho aquí aquellos que acaban de irse, se conducen como contrarrevolucionarios.
»Todos estarán en Francia mañana.
»A partir de hoy, estamos todos integrados en la aviación española. Cada cual se procurará un uniforme para el lunes. Todos los contratos están rescindidos. Darras es jefe de los mecánicos, Gardet de los ametralladores, Attignies comisario político. Los que no estén de acuerdo parten mañana por la mañana.
»La cuestión del Pelicano está terminada; no debemos pues sino recordar lo que cada uno de nosotros ha hecho de bueno antes… de lo demás. Bebamos por la tripulación del Pelícano.

El tono hacía del brindis un adiós, y excluía toda ilusión de vuelta atrás.

.

Magnin les explicó cómo pensaba reorganizar la escuadrilla.

—¿Cuántos hombres tendremos? —preguntó Darras.
—La brigada internacional: yo estaba en Albacete para eso. Nos hemos puesto de acuerdo. Ellos tienen algunos tipos que han trabajado en el ejército del aire y bastantes obreros de las fábricas de aviación. Todo lo que tenga que ver con la aviación, de cerca o de lejos, nos es enviado a partir de mañana. Ustedes examinarán a esos muchachos, cada uno en su especialidad. Tenemos más de los que necesitamos. En cuanto a la disciplina, hay por lo menos un treinta por ciento de comunistas entre los que vienen. Aquí son dos los responsables comunistas. A ustedes les toca entenderse.

Magnin se acordaba de Enrique.

—¿Y para el caza? —dijo Attignies.
—También creo que habrá.
—¿Bastantes?
—Bastantes.

Sólo se podían esperar aparatos rusos.

—¿Piensa usted entrar en el partido? —preguntó Darras.
—No. No estoy de acuerdo con el Partido Comunista.
—¡Deja el reclutamiento cinco minutos, Darras! —dijo Gardet.

Al principio, fue necesario convencer a Gardet: «Cuando los ametralladores no se arreglan, los ayudo. Las cosas andan más o menos, me tienen confianza. Pero mandar no me gusta». «Si no son aquellos a quienes sus camaradas tienen confianza los que establecen la disciplina, ¿quiénes quieres que sean?», había preguntado Darras. Y por fin se había convencido.

—¿Vino usted por Madrid? —preguntó Attignies.
—No. Pero he telefoneado hace un momento: están peleando en las puertas.

.

5

El Ministerio de Guerra estaba vacío —el Gobierno había dejado Madrid por Valencia—. Solo, sentado en un sillón dorado, un comandante francés, venido para ofrecer sus servicios, y a quien le habían dicho que aguardase, esperaba: eran las once. Las escaleras de mármol blancas cubiertas por alfombras con vastos ramajes sólo estaban iluminadas por velas colocadas sobre los escalones, mantenidas de pie por la estearina que goteaba. Cuando esas velas se apagaran en medio de su pequeño charco, no habría más que oscuridad en las monumentales escaleras.

Sólo permanecían encendidas, en lo alto, las luces de 105, oficiales de Miaja, y las de los Informes Militares.

Scali se sentó, y García abrió un legajo sin título. En Carabanchel, los fascistas no pasaban.

—Usted conoce bien Madrid, Scali, ¿verdad?
—Bastante.
—¿Conoce la plaza del Progreso?
—Sí.
—¿Calle de la Luna, plaza de la Puerta de Toledo, calle Fuencarral, plaza del Callao? Evidentemente.
—He vivido en la plaza del Callao.
—¿Calle del Nuncio, calle de Bordadores, calle de Segovia?
—La segunda, no.
—Bueno. Le pido que reflexione antes de contestarme. ¿Le parece a usted posible que un aviador excepcionalmente hábil fuera capaz de tocar los cinco puntos (repitió los nombres) de los que hablamos al principio?
—¿Qué entiende usted por tocar? ¿Alcanzar las casas vecinas?
—Alcanzar las plazas, cerca de las casas, pero no tocar ni una sola vez un tejado. Las calles, siempre sobre la calzada. Y siempre donde se encontraban las colas. Plaza del Callao, un tranvía.
—El tranvía es una casualidad evidentemente.
—Bueno, pero ¿lo demás?

Scali reflexionaba detrás de sus anteojos, una mano en el pelo.

—¿Cuántas bombas?
—Doce.
—Sería un azar prodigioso. Pero ¿las otras bombas?
—No hay más bombas: doce para el objetivo: mujeres delante de las tiendas, chicos en la plaza de la Puerta de Toledo.
—Me esfuerzo en contestarle; pero mi primera reacción, si usted quiere, es no creer una palabra. Hasta con un avión que volara muy bajo.
—El avión volaba ciertamente alto: no se lo oía.

Más absurdo se hacía el interrogatorio, más inquieto se ponía Scali porque conocía la precisión de García.

—Oiga, es una broma…
—¿Encara usted la hipótesis de un bombardero excepcionalmente hábil? ¿Los ases de las pruebas de bombardeo que se realizan entre oficiales de carrera en los mejores ejércitos, por ejemplo?
—Sea donde fuere. Está fuera de discusión. ¿Se ha visto el avión?
—Ahora pretenden haberlo visto. Pero no el primer día. Y no lo han oído.
—No es un avión. Los fascistas tienen un cañón de mayor alcance que los que nosotros les conocemos, y la historia de la Berta vuelve a comenzar.
—Si es un avión, ¿cómo explica usted la precisión del tiro?
—De ninguna manera. Si usted insiste en ello, haga dar órdenes, suba conmigo mañana, yo lo conduciré en la calle de la Luna a la altura que quiera. Usted verá que es imposible, o que todos verán nuestro avión como vemos un auto que nos aplasta. Hay viento, el piloto no podría ni siquiera seguir la calle sin rodeos.
—¿Hasta si el piloto fuera Ramón Franco?
—¡Hasta si fuera Lindbergh!
—Bueno. A otra cosa. Allí tiene un mapa de Madrid. Usted ve los puntos de bombardeo: las circunferencias rojas; pienso que esas marcas no le molestan… ¿Es que este mapa le da una idea?
—Confirma lo que le he dicho: las calles no están todas orientadas en el mismo sentido. Por lo tanto, el bombardero tendría en algún momento el viento perpendicular a su marcha. Y alcanzar una calle de cierta altura, desde el primer golpe, en esas condiciones, es…

Scali se tocó la frente para significar: una locura.

Mi querido Scali, pensaba García, ¿cómo los obuses de un cañón de largo alcance, cayendo según un ángulo bastante agudo, tocarían calles orientadas en direcciones diferentes, sin tocar una sola pared?

—Último punto —dijo—: ¿Es posible volar —siempre en la hipótesis de un muy buen piloto— cierto tiempo sobre Madrid por debajo de veinte metros? Agrego que el tiempo era malo.
—¡No!
—Los pilotos españoles están plenamente de acuerdo con usted…

El nombre de Ramón Franco había hecho sospechar a Scali que se trataba del bombardeo del 30 de octubre.

.

García quedó solo. Había interrogado también a los oficiales de artillería: un bombardeo de esa naturaleza, con cañón, se excluía a causa del ángulo de incidencia. Por lo demás, los fragmentos encontrados de los artefactos no eran fragmentos de obuses, sino de bombas. García miraba con angustia las fotos de los puntos de caída, anotados por los diferentes servicios de guerra. Las aceras estaban apenas descantilladas… Y la anotación (porque García había hecho pedir a los técnicos que contestaran a sus preguntas sin decirles de qué se trataba): «Ese proyectil ha sido lanzado desde una altura que no excede los veinte metros».

Para García el problema estaba resuelto. No había avión ni cañón: la «quinta columna» había entrado en juego. Doce bombas a la misma hora. Había tenido que luchar, no sin éxito, contra los automóviles fantasmas, esos autos fascistas que se lanzaban por la noche a través de Madrid, armados de ametralladoras contra aquellos que, al alba, tiraban a través de las persianas contra los milicianos; y contra todo lo que representa la guerra civil. Pero todo eso era todavía la guerra, el tiro de un ciego contra un desconocido. Esta vez, cada enemigo, antes de lanzar su bomba, había mirado la cola de las mujeres delante de la tienda, los ancianos y los niños en la plaza. Las matanzas de mujeres no lo perturbaban: bastaba que otras mujeres hubieran lanzado las bombas; la piedad por las mujeres es un sentimiento de hombre. Pero los niños… García, como todos, había visto las fotos.

Uno de sus colegas, de vuelta de Rusia, le hablaba de sabotaje: «El odio de la máquina es un sentimiento nuevo; pero cuando se pone en el trabajo todo el ímpetu y toda la esperanza de un país, se crea por eso mismo, en los enemigos internos, el odio físico de ese trabajo…». Ahora, en Madrid, los fascistas odiaban al pueblo, en cuya existencia, un año antes quizá no creían, hasta el punto de no ver en él sino actitudes de niños que juegan en una plaza.

Sin duda, a esa hora, los doce asesinos esperaban su victoria: aquella tarde, en la prisión modelo, los prisioneros habían cantado el himno fascista.

Y él debía callarse. Sabía que no hay que tentar a la bestia que hay en el hombre; que si la tortura surge a menudo en la guerra es también porque parece la única respuesta a la traición y a la crueldad. Hablar era hacer bajar a esa multitud épica, cuyos clamores lejanos venían hacia él con el remolino del viento, el primer peldaño hacia la bestialidad. Madrid borracha de barricadas continuaría creyendo en las proezas de Ramón Franco: la venganza contra lo atroz enloquece a las masas tanto como a los hombres.

Las Informaciones Militares y la policía actuarían solas —como de costumbre…—. García pensaba en la Gran Vía de antes, clara en la mañana de abril, con sus escaparates, sus cafés, sus mujeres a las que no se mataba y sus terrones de azúcar que se fundían como escarcha en los vasos de agua al lado del chocolate con canela. Y él estaba en ese palacio abandonado, frente a su mundo irrespirable.

De cualquier modo que terminara la guerra, pensaba, y dado el odio llevado a ese extremo, ¿qué paz sería posible? ¿Y qué hará de mí esta guerra?

Recordó que los hombres se planteaban problemas morales, balanceó la cabeza, tomó su pipa y se levantó pesadamente para ir al anexo de la policía.

.

(Continuará…)

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