La esperanza (XVIII)

André Malraux

 

 

5

Bajo un gran velo de lluvia oblicua, la brigada de Manuel avanzaba por la Sierra de Guadarrama en un paisaje de 1917 con campanarios desmantelados. Las siluetas se desprendían pesadamente del barro, bajaban poco a poco. Un horizonte de atardecer en plena mañana, largas líneas de antiguas labranzas orientadas hacia un valle bajo que subían hasta el cielo como en hilachas y detrás de la cual la llanura de Segovia bajaba sin duda hasta el infinito, como el mar detrás de un peñasco. La tierra parecía detenerse en ese horizonte; más allá, un mundo invisible de sueño y de lluvia gruñía con todos sus cañones. Detrás, Madrid. Los hombres avanzaban siempre, hundiéndose cada vez más en el barro cada vez más espeso. De tiempo en tiempo, entre las explosiones, un obús no estallaba, se hundía: bjjii…

El puesto de mando de Manuel estaba muy cerca de las líneas. Otros regimientos habían sido agregados al suyo, y él dirigía una brigada. Su derecha andaba bien; su centro, igualmente; su izquierda flaqueaba un poco. En el último combate, el sesenta por ciento de los oficiales y de los comisarios políticos de su brigada habían sido heridos. «Me haréis el favor de quedaros en vuestro sitio y no ir a cantar la Internacional a la cabeza de vuestras tropas», había dicho una hora antes. El contraataque se desarrollaba bien, pero la izquierda flaqueaba.

La izquierda no estaba formada por los hombres de Aranjuez, ni por los hombres del 5.º cuerpo que había sido reforzado, ni por los nuevos voluntarios agrupados en torno a ellos; éstos combatían a la derecha y en el centro. Eran compañías venidas de la región de Valencia, llamadas anarquistas, aunque sus hombres no hubieran pertenecido jamás a los sindicatos antes del levantamiento. Desde dos días antes, la izquierda de la brigada no tenía un solo sargento antiguo: todos estaban muertos o en el hospital.

Delante de esa izquierda avanzaban los tanques de Manuel. Mecánicos, tranquilos, marchaban contra una cortina de fuego de artillería de la misma densidad de la que trataban de detener los soldados de infantería que los seguían; no parecían avanzar contra un bombardeo, sino sobre un terreno minado donde hubiesen estallado las minas. Uno de ellos desapareció, como si se hubiese disuelto en la lluvia: un foso para tanques; otro se acostó blandamente junto a un géiser de tierra barrosa y de cascotes, entre los brotes impetuosos de la tierra arrancada, que recaía bajo los obuses con una curva blanda y desolada, melancólica como las rayas oblicuas de la lluvia sin fin; los otros continuaban su avance.

Durante meses, Manuel había visto avanzar los tanques de esa manera; sólo que, durante meses, eran los tanques enemigos. Un día, la brigada de Aranjuez había construido un tanque de madera —operación mágica, para hacer venir los tanques verdaderos…—. Hoy los suyos aparecían a lo largo de todo el paisaje, avanzando a la derecha, demorados a la izquierda, seguidos por los soldados de infantería. La artillería pesada republicana martilleaba a cañonazos las líneas enemigas, que respondían pero no llegaban a cortar el contraataque. En el gris universal, manchitas humanas de un gris más oscuro seguían a los tanques: los dinamiteros. Y las secciones de ametralladores ocupaban su terreno —un terreno miserable y deslavado— arrancando paso a paso al fango.

¿Por qué enviaban a la extrema izquierda tanques de refuerzo? ¿Por qué la izquierda se atascaba? La línea de tanques, desde su extrema derecha hasta el último de ellos, giraba ahora en media luna. ¿Se batían en retirada los tanques de Manuel? ¡Los que miraba no iban hacia los fascistas sino hacia él!

No eran tanques de refuerzo; eran tanques enemigos.

Si su izquierda flaqueaba, toda la brigada estaba perdida, y ese hueco podía convertirse en la brecha de Madrid. Si resistía, ni uno de los tanques enemigos volvería a las líneas fascistas.

Su reserva estaba preparada, al lado de sus camiones. Podía ponerla íntegramente en juego, porque de Madrid llegaba otra reserva de camiones.

El automóvil de enlace de la izquierda se detuvo delante de él: se lo reconocía desde lejos por su chaqueta de lana cruda. El comandante estaba detrás, con la cabeza en su brazo replegado apoyado en la capota. Parecía roncar.

—¿Qué tiene? —preguntó Manuel golpeándole la bota con una rama de pino que tenía en la mano.

No veía la herida.

—En la nuca —dijo el chófer.

Es raro que un oficial sea herido de espaldas durante un ataque. Sin duda, se había vuelto.

—Déjelo aquí —dijo Manuel— y corra a buscar a Gartner.

Manuel había telefoneado ya para que se pusieran en contacto con el comisario político y lo mandaran.

Con bruscas sacudidas, el auto desapareció a través del agua. Manuel tomó de nuevo sus prismáticos. Algunos hombres de su extrema izquierda corrían hacia los tanques fascistas, que no parecían tirar porque ningún hombre caía. Pero —Manuel hacía girar el resorte de los prismáticos, desleía más el paisaje, lo precisaba nuevamente detrás de la lluvia— andaban con los brazos levantados. Se pasaban al enemigo.

La compañía que los seguía, separada de ellos por un repliegue del terreno, no los veía.

Detrás de esas manchitas que corrían bajo sus brazos agitados, como insectos bajo sus antenas, el terreno bajaba. Bajaba hasta Madrid. Manuel recordó que desde la llegada de los nuevos, habían encontrado en el acantonamiento inscripciones falangistas.

Detrás, las otras compañías tiraban. Iban a la matanza, creyendo que la primera avanzaba. ¿Es que el capitán no reconocía los tanques italianos?

Al capitán lo traían en una manta (el puesto de evacuación estaba detrás del puesto de mando de Manuel). Muerto también. Una bala en la cintura.

Era uno de los mejores oficiales de la brigada, antiguo jefe de la delegación de Aranjuez. Estaba acurrucado sobre la manta, con sus bigotes grises llenos de gotas de agua.

Entre los nuevos había falangistas, y los oficiales eran fusilados por la espalda.

La derecha avanzaba siempre.

—El comisario político acaba de matar a un hombre —dijo el chófer.

Manuel se hizo reemplazar y corrió hacia la izquierda con toda su reserva.

Respetuoso de la consigna de «no ir cantando la Internacional a la cabeza de las tropas», el comisario político de la brigada, Gartner, había establecido su puesto en un bosque de pinos a la entrada del primer valle, aquel sobre el cual marchaban los tanques enemigos.

Un soldado vino a su encuentro corriendo. Era Ramón, uno de los antiguos. Entre los nuevos de la izquierda, Manuel había colocado a una cincuentena de hombres de Aranjuez.

—Querido comisario, hay cinco miserables entre los nuevos que quieren matar al coronel.
»Son seis. Quieren pasarse al otro lado. Han creído que yo estaba de acuerdo. Han dicho: esperamos a los otros. Después han dicho: con el capitán, la cosa va; con el comandante, la cosa va, ahora hay que ocuparse del de la chaqueta blanca. ¡El capitán, sabes! ¡Pandilla de miserables!
—Quieren pasarse al otro lado. Los que deben matar al coronel son quizá otros. Cuando dijeron eso, yo dije: esperad, esperad, yo tengo compañeros que quieren pasarse. De acuerdo, dijeron ellos. Entonces vine.
—¿Cómo puedes hacer para alcanzarlos? Toda la línea avanza…
—No; ellos no se mueven. Esperan que lleguen los tanques enemigos. Debe haber una combinación entre ellos.
»Y después están los muchachos que gritan que hay que escapar, que no podremos resistir los tanques. Gritan demasiado. No es natural. Entonces los compañeros me han mandado.
—¿Y el comisario de tu regimiento?
—Muerto.

Gartner había guardado con él a diez soldados de Aranjuez.

—Entre los muchachos hay traidores en la línea. Ésos han matado al capitán. Querían matar al coronel y pasarse a los fascistas.

Cambió de traje con uno de los soldados que estaban allí. Su cara en forma de rombo, afeitada, parecía casi necia cuando no expresaba nada; más aún, cuando Gartner trataba de que lo fuera; lo pareció y por completo cuando se quitó la gorra de uniforme y chorreó durante algunos minutos su pelo rubio como espigas. Reemplazado por un comisario del regimiento, partió con sus hombres.

En ese terreno ondulado todos los caminos convergían, ya al puesto de mando de Manuel y al puesto de evacuación, ya hacia el camino por donde Ramón guiaba a Gartner.

Detrás de un bosquecillo desbordante de pinos, bajaban, en efecto, dos soldados de infantería.

—¡Vamos, muchachos, nos largamos!
—Éstos son —le dijo Ramón al comisario.
—¿Los seis?
—Los que se escapan. Están todos obligados a pasar por aquí.
—¿Adónde? —gritó Gartner—. ¿Estáis chiflados?

Quizá los seis nuevos no lo habían visto nunca, sólo conocían al comisario del regimiento. Sin duda lo habían encontrado a menudo, pero no pensaban en él. No pensaban en nada.

—¡Nos largamos, te digo! Aquí no hay forma de resistir. ¡Y los tanques! Dentro de media hora nos habrán cortado la salida, ¡y nos matarán a todos!
—Detrás está Madrid.
—Me cago —dijo el otro, un hermoso muchacho medio aturdido—. Si los jefes hicieran su trabajo, no tendríamos que escaparnos. ¡Vamos, sálvese quien pueda!
—¡Los del centro resisten!

Todo esto, más que hablar, se ladraba en medio de la lluvia. Gartner estaba delante de uno de los soldados, con su boca demasiado pequeña en su rostro demasiado ancho. El soldado bajó su fusil.

—Dime, cara de pescado muerto, ¿quieres que te asciendan? Si te quedas para hacerte aplastar por los tanques, allá tú, pero si pretendes que aplasten a tus compañeros, te voy a…

Ramón, de un puñetazo, lo hizo caer en el barro. Así desarmado, tanto a él como a su compañero, los rodearon cuatro hombres de Gartner. Éste iba hacia delante, ahora corriendo: el capote amarillo sobre sus hombros se volvía gris a través de la lluvia.

Los seis hombres de que había hablado Ramón esperaban en un hueco de cuatro o cinco metros, cubiertos de lodo. Pero no era el caso de empezar un combate.

—Aquí están los muchachos —dijo Ramón, como si le hubiese presentado a Gartner y a los otros.
—¿Vamos? —preguntó el comisario.
—Espera —dijo el que parecía mandar a los seis—. Los otros están arriba.
—¿Quiénes? —preguntó Gartner, con aire estupefacto.
—Eres demasiado curioso.
—Me cago. Lo que me interesa es que sean tipos seguros. Porque yo tengo armas, pero no para entregarlas a cualquiera. ¿Cuántas quieren?
—Para nosotros seis.
—Los compañeros y yo podemos tener enseguida diez pistolas ametralladoras.
—No, para nosotros seis. No más.

El otro golpeó sobre su fusil, encogiéndose de hombros.

—No es que tengamos necesidad —dijo uno de los otros—. Pero, en mi opinión, es muy útil. También las diez.

El primero aprobó, como si hubiera obedecido. Las manos del que acababa de hablar eran finas. Es un falangista, pensó el comisario.

—Comprendes que, a pesar de todo —continuó Gartner dirigiéndose al primero en hablar—, es algo muy diferente de tu escopeta. Una 7,65 no es un revólver de señora. Y así, mira, abres el gran cargador. La armas así. Tiene cincuenta balas. Como vosotros sois seis, hay ocho para cada uno. ¡Arriba las manos!

Apenas avanzó, el que había contestado primero, dos centímetros la mano hacia el fusil, se desmoronó en un charco de un balazo en la cabeza. La sangre se esparció en el agua, negra, bajo un cielo mortecino. Los tanques enemigos avanzaban siempre.

Los compañeros de Gartner apuntaron a los otros y los trajeron. Ante la granja, encontraron a Manuel y a sus camiones. Gartner saltó al auto de Manuel y lo puso al corriente. Manuel había enviado ya a la izquierda la sección antitanques de su reserva.

Los tanques fascistas iban a llegar dentro de pocos minutos a esa sección. Si el centro resistía, la reserva reemplazaría a la izquierda y, como la derecha avanzaría siempre, todo iría bien. Si no…

En el centro estaban los de Aranjuez y todos los que se habían unido a ellos: antiguas milicias de Madrid, de Toledo, del Tajo, de la Sierra misma, obreros de las ciudades, yunteros, obreros agrícolas, pequeños propietarios —los metalúrgicos y los peluqueros, los textiles y los panaderos—. Combatían ahora en un paisaje erizado de pequeños cercos de piedra paralelos, como las curvas en los mapas del Estado Mayor; desde allí era imposible que no viesen que si los tanques enemigos avanzaban todavía dos kilómetros (cinco o diez minutos) ni uno de entre ellos quedaría con vida. Manuel había dado orden de resistir, y ellos resistían, aferrados a las piedras, pegados a los altibajos del terreno, escondidos detrás de los árboles menos anchos que ellos, los morteros enemigos delante y detrás, las ametralladoras tirando a fuego cruzado, los obuses de la artillería pesada viniendo a buscarlos desde el fondo de la lluvia. Manuel había inspeccionado el centro, y había visto a sus hombres caer uno tras otro, sepultados uno tras otro por la tierra removida por los nuevos obuses. A través del furor con que la tierra que estallaba en kilómetros de kilómetros parecía abalanzarse contra las nubes, precipitar contra la lluvia de invierno su lluvia, de la que brotaban terrones, cascotes y heridas, Manuel veía llegar un vago enemigo con sus bayonetas. No brillaban en ese paisaje donde la lluvia disolvía todo lo que le echaba la tierra, y sin embargo Manuel sentía las bayonetas como si él mismo hubiera sido atacado. Algo confuso pasaba en el fondo de la lluvia, alrededor de los innumerables y absurdos cercos de piedra; y la ola enemiga (esta vez no eran los moros) refluyó, como si no hubiera sido deshecha por los antiguos milicianos sino por la lluvia eterna que ya mezclaba muchos de sus muertos con la tierra, y mandaba de vuelta hacia invisibles trincheras las olas de asalto enemigas, deshilachadas y disueltas, a través del velo de una lluvia con detonaciones tan numerosas como sus propias gotas.

Cuatro veces la infantería fascista volvió al arma blanca, y cuatro veces se fundió en el gran velo de agua.

La línea resistía. Pero, hundiendo la izquierda de Manuel, los tanques de la derecha fascista llegaban a la sección antitanque.

.

Pepe dirigía esta sección. Por poco que tuvieran la menor aptitud para dirigir, los dinamiteros del mes de agosto aún vivos dirigían ahora. Pepe refunfuñaba: «Lástima que su compañero González no esté aquí y con él, para la pequeña experiencia que iba a intentar». Pero González peleaba en la Ciudad Universitaria. Al mismo tiempo, Pepe se regocijaba. «¡Ya se darían cuenta del golpe que iban a recibir!». Seguidos de bastante lejos por su infantería, los tanques fascistas avanzaban a toda velocidad hacia el primer valle, que los ponía al abrigo de la artillería republicana. En cada valle de la Sierra, hay una carretera o un camino: los camiones habían traído a Pepe y a sus hombres a tiempo.

De ambos lados de la carretera, un terreno bastante descubierto: aquí y allá bosquecillos de pinos negros bajo la lluvia. Los hombres de Pepe tomaron posición, tendidos sobre las aguas empapadas, en medio de un olor a hongos.

El primer tanque entró en el valle, a la derecha de la carretera. Era un tanque alemán, muy rápido y móvil; bajo esa lluvia interminable todos los dinamiteros tenían la impresión de que hubiese debido enmohecerse. Ante él, huía a todo correr una jauría de perros que se habían vuelto salvajes, refugiados en la Sierra.

Los demás empezaron a distinguirse. Pepe, tendido, no veía el terreno entre la maleza, y los tanques parecían avanzar brincando, curvando sus torretas como una cabeza de caballo, o irguiéndola. Tiraban ya y sus cadenas parecían sonar, no con el ruidito mecánico que traía la lluvia, sino con el estruendo de todas las ametralladoras. Pepe estaba acostumbrado a las ametralladoras, y estaba acostumbrado a los tanques.

Esperaba.

Mostrando los dientes con una sonrisa inamistosa, empezó a tirar.

Una máquina puede parecer estupefacta. Al oír las ametralladoras, los tanques se habían hundido. Cuatro de entre ellos —tres de la primera línea, uno de la segunda— se alzaron juntos, no comprendiendo lo que les sucedía, encabritados como misteriosas amenazas a través de una lluvia de pesadilla. Dos se volvieron, uno cayó, el cuarto quedó en el aire, derecho bajo un pino muy alto.

Por primera vez acababan de encontrar las ametralladoras antitanques.

La segunda ola nada había visto de lo que acababa de suceder —un tanque es casi ciego—. Había llegado a toda velocidad. Por encima de la primera fila de ametralladores acostados, la segunda comenzó a tirar y los tanques a vacilar —salvo cuatro, que sobrepasaron a Pepe, y arremetieron sobre su segunda línea.

El caso estaba previsto: Manuel había hecho maniobrar a sus hombres. Los ametralladores de la segunda línea dieron la vuelta a dos ametralladoras, mientras que los otros y los de la primera fila continuaban tirando contra la masa de tanques que huían en zig-zag en el diluvio, a través de los pinos negros. Pepe se volvió también: esos cuatro eran más peligrosos que todos los demás, si a sus conductores no les faltaba resolución, la brigada a la que terminarían por llegar, supondría que eran seguidos por otros.

Tres estaban cada uno contra un pino: habían pasado solos, porque sus conductores estaban muertos.

El último continuaba avanzando, bajo el fuego de las dos ametralladoras. Se había lanzado por la carretera vacía, y corría con su alboroto de llantas bajo el estruendo de las ametralladoras antitanques, a setenta por hora, sin tirar, absurdo y minúsculo entre las pendientes cada vez más altas, perdido sobre el asfalto, extrañamente solitario, laqueado de lluvia, reflejando el cielo pálido. Llegó por fin a una curva, chocó contra la roca y quedó allí calzado, como un juguete.

Los tanques que no habían sido tocados corrían ahora en el mismo sentido que los tanques republicanos, cayendo sobre su propia infantería espantada que comenzaba a desbandarse. Delante, entre los pinos alrededor de un tanque encabritado como un fantasma de la guerra, tanques en todas las posiciones, cubiertos ya de ramitas, de agujas, de piñas cortadas por las balas —asidos por la lluvia y la herrumbre futura como si estuvieran abandonados desde hacía meses—. Manuel acababa de llegar.

Más allá del brinco de las últimas torretas, la derecha fascista se desbandaba detrás de ese cementerio de elefantes. Y la pesada artillería republicana comenzó a bombardear su línea de retirada.

Manuel volvió a irse de inmediato hacia su centro.

La huida de la derecha enemiga ante sus propios tanques, seguidos ahora, como si hubiesen sido tanques republicanos, por los hombres de Pepe que no tenían ametralladoras, seguidos también por los dinamiteros y por la reserva de Manuel a paso de carrera en el barro, llevaba al derrumbamiento, arrastrando el ala del centro fascista. El centro de Manuel, reforzado por una parte con las tropas venidas de Madrid en los camiones, por la otra mantenida en reserva, salía por fin de sus piedras en un orden enfurecido.

Eran los que se habían acostado en las plazas el día del cuartel de la Montaña, cuando tiraban sobre ellos de todas las ventanas, y que «se prestaban» las ametralladoras en caso de ataque; los que habían asaltado el Alcázar con sus escopetas, los que habían huido contra los aviones, llorando en el hospital porque «los nuestros los habían abandonado», los que habían huido ante los tanques y los que habían resistido con dinamita; todos los que sabían que los señoritos reconocían al «buen pueblo» por su servilismo —la inagotable multitud de los futuros fusilados, invisibles como el cañón que contra ella avanzaba de un extremo a otro de la línea con un redoble de tambor.

Los fascistas no tomarían Guadarrama aquel día.

Manuel, con su rama de pino bajo la nariz, miraba las líneas confundidas de los de Aranjuez y de los hombres de Pepe, como si hubiera visto avanzar su primera victoria, todavía viscosa de barro, en la lluvia monótona e interminable…

A las dos, todas las posiciones fascistas estaban tomadas; pero había que detenerse allí. No era cuestión de avanzar hacia Segovia: los fascistas parapetados esperaban más allá, y el ejército del centro no tenía más reservas que las que estaban en línea.

.

.

6

Las mesas de La Granja a lo largo del bulevar estaban vacías, pero todo el fondo del café estaba lleno. En Madrid, la lluvia que venía de la Sierra había parado. La sonoridad de las explosiones era nueva: más débil que la de las bombas, pero a diez o veinte metros del suelo.

—¿Han llegado nuestros cañones antiaéreos? —preguntó Moreno, más hermoso que nunca.

Nadie contestó. Todos los que allí bebían se conocían más o menos. Los vasos temblequeaban por el estampido constante del cañón de la Ciudad Universitaria. El café no estaba iluminado; la una de la tarde irradiaba hasta el fondo de la sala una luz de sótano.

Un oficial abrió la puerta e hizo entrar el brillo del día de noviembre:

—El fuego se extiende por todas partes. Ya llega por aquí.
—Lo apagaremos —dijo una voz.
—¡Es difícil decirlo! En la calle San Marcos, en Martín de los Hijos…
—En la avenida Urquijo…
—El hospicio de San Jerónimo, el hospital San Carlos, las casas alrededor del Palacio.

Otros oficiales entraron. Junto con ellos, invadió el café un olor a piedra ardiente.

—El hospital de la Cruz Roja…
—El mercado de San Miguel…
—Ya han apagado una parte. En San Carlos y San Miguel, se acabó.
—¿Qué esperan? ¿Los antiaéreos?
—Mozo, un ajenjo —dijo el compañero de Moreno, un melenudo estragado.
—No lo sé. No lo creo.
—Son metrallas —dijo el oficial que había entrado el último—. En la plaza de España, caen tanto como pueden. Pero en Guadarrama no pasan.

Se había sentado al lado de Moreno, con uniforme también —y joven ese día porque estaba recién afeitado—. Ahora tenía el pelo corto.

—¿Cómo reaccionan en la calle?
—Ahora comienzan a bajar a los refugios. Hay algunos que se quedan donde están, petrificados, sobre todo las mujeres. O que se caen al suelo, o que gritan. Hay los que corren al azar. Todas las mujeres que llevan niños de la mano corren. Están los curiosos también.
—Toda la mañana he tenido la impresión de un temblor de tierra —dijo Moreno.

Quería decir que la multitud no tenía miedo de los fascistas, pero era presa del espanto de un cataclismo; porque la cuestión de «rendirse» no se planteaba más que la de rendirse a un temblor de tierra.

Pasó una ambulancia, precedida de su campana.

Con el estruendo de un rayo, los vasos saltaron sobre los platillos, y junto con los aperitivos, se esparcieron sobre las mesas pedazos triangulares de gruesos vidrios: habían tirado una bomba en el bulevar enfrente del café. Rodó la fuente de un mozo y cayó en el silencio con un ruido de címbalos sofocados. La mitad de los consumidores se lanzó por la escalera del subsuelo con un tintineo de cucharillas; la otra mitad quedó allí, a la espera. Pero no hubo otra explosión. Como siempre, los cigarrillos salieron de docenas de bolsillos (pero nadie ofreció a nadie) y docenas de fósforos se encendieron a la vez en la humareda que giraba sobre sí misma, cuando se escurrió entre los dos grandes huecos con dientes de sierra que habían sido los espejos, un muerto, entre los vidrios hechos trizas, quedó apoyado en una barra del torniquete de la puerta giratoria.

—Nos apuntan —dijo el compañero de Moreno.
—No des la lata.
—¡Estáis todos locos, no comprendéis nada! ¡Os haréis matar porque sí! ¡Te digo que nos apuntan!
—Me cago —dijo Moreno.
—¡Oye, hombre, disculpa! Yo he combatido, desde luego. Todo lo que quieras. Pero hacerme matar porque sí, por bombas de avión, eso no. He trabajado toda mi vida, hasta ahora, y tengo todos mis sueños por delante.
—Entonces, ¿qué haces aquí? Ni siquiera estás en el sótano.
—Me quedo, pero me parece idiota.
—«Mira lo que hago, no escuches lo que digo», ha dicho un filósofo.

Bajo el gruñido de los obuses que caían de todos lados, los reflejos del día de invierno aferrados a los pedazos de vidrio que estaban en la mesa y en el piso, se estremecían imperceptiblemente en los charcos temblorosos de manzanilla, de vermut y de ajenjo. Los mozos subían del sótano.

—Dicen que Unamuno ha muerto en Salamanca.

Un civil volvió de la cabina telefónica.

—Hay una bomba en el metro de la Puerta del Sol. Un agujero de diez metros de profundidad.
—Ven a ver —dijeron dos veces.
—¿Había refugiados en el metro?
—No lo sé.
—El servicio de ambulancias dice que había a mediodía más de doscientos muertos y quinientos heridos.
—¡Para empezar!
—… Dicen que han luchado en Guadarrama…

El que había telefoneado se sentó delante de los desechos de un aperitivo.

—Estoy harto —continuó el compañero melenudo de Moreno—. ¡Y te repito que nos apuntan! ¿Qué hacemos aquí, en pleno centro? ¡Es idiota!
—Vete.
—Sí, a China, a Oceanía, no importa adónde.
—… El mercado del Carmen está incendiándose —gritó una voz de afuera, inmediatamente cubierta por una nueva campana de ambulancia.
—¿Qué harías en Oceanía? ¿Collares de conchillas? ¿Organización de tribus?
—¡Pescaría peces de colores! ¡De todo! ¡Con tal de no oír hablar más de esto!
—Te molesta de tal modo desvincularte de todo esto que ni siquiera tienes ganas de bajar al sótano. Yo he dicho los mismos discursos que tú, infeliz. ¡Y a Hernández, pobre!

Miró súbitamente a su compañero con temor: Hernández, hoy, era él, Moreno, y Hernández estaba muerto. Pero la superstición se disipó como se disipaba el humo delante de ellos:

—Estuve a punto de irme a Francia; después vacilé; después me tomaron de nuevo los camaradas, la vida. Delante de los obuses, no creo en las reflexiones; ni en las verdades profundas; ni en nada: creo en el miedo. El verdadero: no el que hace hablar; el que hace irse. Si te vas, no tengo nada que decirte; pero desde el momento en que te quedas aquí, harías mejor en cerrar el pico.
»En prisión, he visto todo lo que se puede ver, he oído a cada tío jugarse la vida a cara o cruz, he aguardado el domingo porque no fusilaban el domingo. He visto a tíos jugar al frontón en la pared donde quedaban todavía pedazos de sesos y pelo de los presos. He visto a más de cincuenta condenados a muerte jugar a cara o cruz en sus celdas. Cuando hablo de eso, sé de qué hablo. Bueno.
»Sólo que hay otra cosa, hombre. Yo había peleado en Marruecos. Allí era todavía una especie de dependencia del duelo. Aquí, en las primeras líneas, pasa algo muy distinto. Después de los diez primeros días, eres un sonámbulo. Ves que todo se te viene abajo. La artillería, los tanques, los aviones son cosas demasiado mecánicas, todo se vuelve una especie de fatalidad. Y estás seguro de que no podrás salir nunca más. No sólo de la situación en que te encuentras ahora: de la guerra. Eres como el que ha tomado un veneno que actuará dentro de algunas horas, como un individuo que ha pronunciado sus votos. Tu vida ha quedado detrás.
»Y entonces la vida cambia, estás de pronto en otra verdad, los otros son los que están locos.
—¡Tú estás siempre en una verdad!
—Sí. Mira lo que es: avanzas sobre una cortina de fuego. No te ocupas de nada ni de ti. Caen centenares de obuses, avanzan centenares de hombres. Tú eres sólo un suicida, y, al mismo tiempo, posees lo que hay de mejor en todos. Posees su… lo que tienen de mejor, en fin, como la alegría de la multitud en carnaval. No sé si me hago comprender bien. Tengo un compañero que llama a eso el momento en que los muertos se ponen a cantar. Desde hace un mes sé que los muertos pueden cantar.
—Muy poco para mí.
—Hay algo que yo, el más antiguo oficial marxista, no había sospechado nunca. Una fraternidad que no se encuentra sino del otro lado de la muerte.
—Están aquellos a los que haría combatir con los fusiles contra los aviones. Y aquellos a los que haría combatir con los fusiles contra los tanques. Yo, en este momento…
—Yo he estado tan crispado como tú, y ahora…
—Estarás todavía más tranquilo cuando estés muerto.
—Sí, sólo que ahora me cago en todo.

La sonrisa de Moreno descubría sus dientes magníficos. Todas las botellas decorativas colocadas encima del bar se vinieron abajo con un ruido de sonajeros; las mesas parecieron endurecerse bajo la explosión, y un anuncio de vermut cayó sobre la espalda de Moreno cortándole la sonrisa como si le hubieran pegado un manotazo. Las narices que salían del subsuelo volvieron a hundirse.

Un civil herido, barbudo, se precipitó desde afuera sobre la puerta giratoria, y la hoja, lanzada a toda velocidad, golpeó contra el pecho del muerto allí atascado, con un sonido blando en medio del silencio que siguió a la explosión. El herido pegaba con los puños en el vidrio medio rojo, se encarnizaba, hasta que por fin cayó.

Por todas partes continuaron las explosiones.

(Continuará…)

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