La botella de Perrier (I)

Edith Wharton

 

 

Dos días de traqueteo por endiabladas rutas en un cochecillo voluntarioso pero renqueante y otros dos a lomos de una montura alquilada de temperamento poco sociable habían llevado al joven Medford, de la Escuela Americana de Arqueología de Atenas, a cuestionarse el motivo por el que su excéntrico amigo inglés, Henry Almodham, habría elegido vivir en el desierto.

Ahora lo comprendía.

Justo en ese momento se encontraba apoyado sobre el pretil de la cornisa de la antigua edificación, entre fortaleza cristiana y palacio árabe, que había sido el pretexto esgrimido por Almodham. O uno de ellos. Abajo, en un patio interior y a medida que descendía el sol, empezaba a levantarse un vientecillo que, con su repiqueteo como de lluvia, se abría paso entre el palmeral llevando frescor a los peregrinos del desierto. Una vieja higuera, enorme y exuberante, se contorsionaba sobre un blanco aljibe, succionando vida de la que parecía ser la única fuente de humedad entre aquellos muros. Más allá, a uno y otro lado, se extendía el misterio de las arenas, doradas como promesas, lívidas como amenazas, según las cubriese o descubriese el sol.

El joven Medford, cansado del viaje desde la costa y abrumado por aquella primera e íntima impresión de la omnipresencia del desierto, sintió un súbito estremecimiento y se apartó de la baranda. Indudablemente era un refugio privilegiado para un erudito misógino. Pero uno había de ser, por fuerza, ambas cosas.

«Echemos un vistazo a la casa», se dijo Medford a sí mismo, como si le urgiese tomar contacto con algo realizado por la mano del hombre para recuperar la sensación de seguridad.

La casa (ya lo había averiguado) estaba vacía, a excepción de aquel criado solícito y cosmopolita que hablaba un palimpsesto de cockney mezclado con lenguas mediterráneas y dialectos del desierto… ¿Sería inglés, italiano o griego? Había también dos o tres subalternos ataviados con burnus que, tras llevar el equipaje de Medford hasta su habitación, dispensaron al entorno de sus subrepticias presencias. El criado le informó de que el señor Almodham había tenido que ausentarse. De un día para otro un jefe local amigo suyo le había hecho llamar para visitar unas ruinas inexploradas al sur. Había partido al amanecer, demasiado precipitadamente como para haberle escrito una nota, aunque sí le hacía llegar un mensaje verbal de disculpa y pesar. Quizá regresase a última hora de aquella misma noche o a la mañana siguiente.

Por lo que sabía el joven Medford, Almodham estaba siempre enfrascado en aquel tipo de exploraciones. Ellas fueron la razón de que se instalase en aquel remoto lugar, y su arriesgada apuesta ya había obtenido la recompensa de unas interesantes ruinas de la primera era cristiana.

Medford celebró que su amigo no se hubiese ceñido al protocolo y, a decir verdad, se sintió bastante aliviado de disponer de unas horas para sí mismo. El verano anterior había contraído malaria y, aunque había llevado puesto su casco de automovilista, no descartaba haber pillado una ligera insolación. Pero, pese a la intensa fatiga, se sentía también profundamente feliz.

¡Y menudo lugar para reponer fuerzas era aquél! ¡El silencio, la lejanía, el aire ilimitado…! En pleno corazón de lo inhóspito, verde follaje, agua, comodidades (había entrevisto unos amplios sillones de mimbre bajo las palmeras)… Una morada acogedora y hospitalaria. Sí, empezaba a comprender a Almodham. Para cualquiera harto del febril ajetreo de Occidente los muros de aquel fortín en el desierto transpiraban paz.

Justo cuando había puesto el pie en las escaleras (diseñadas como si fuesen una escalera de mano) y se disponía a bajar, Medford divisó la cabeza del criado, que en ese momento se alzaba hacia él. Lo hizo con tal lentitud que Medford tuvo tiempo de comprobar que era cetrina y calva en la coronilla, dentada en diagonal por una cicatriz larga y blanquecina y rodeada de toscos cabellos de color rubio ceniza. Hasta entonces Medford sólo había reparado en el rostro del hombre (juvenil, aunque también cetrino) en el que le había impactado descubrir una peculiar expresión que sólo de manera precaria cabría definir como de perplejidad.

El criado, echándose a un lado, miró hacia arriba, y Medford cayó en la cuenta de que su permanente aire de asombro se debía al hecho de que sus ojos azul intenso estaban mucho más abiertos de lo habitual, ribeteados además por densas pestañas rubio ceniza. Aparte de eso, no había ninguna otra cosa destacable en él.

—Iba a preguntar… Esto…, ¿qué vino le sirvo para la cena, señor? ¿Champán o…?
—Nada de vino, gracias.

Los disciplinados labios del hombre dibujaron un remoto amago de desprecio o de ironía. O ambas cosas.

—¿De ningún tipo, señor?

Medford le sonrió a su vez:

—No, de verdad. He estado algo pachucho y me han prohibido el vino.

El criado no parecía querer darse por vencido.

—¿Y un poco de Moselle ligero para siquiera colorear el agua, señor?
—No, nada de vino, de ninguna clase —respondió Medford empezando a exasperarse. Todavía se hallaba en esa fase de la convalecencia en la que a uno le irrita que le contradigan en asuntos de dieta—. Oh, a propósito, ¿cómo se llama usted? —añadió para suavizar un poco la aspereza de su negativa.
—Gosling —respondió el otro para sorpresa de Medford, si bien éste no habría sabido decir cómo había esperado que se llamase.
—¿Es usted inglés, entonces?
—Oh, sí, señor.
—Pero lleva bastantes años por estas tierras, ¿no?
—Sí —respondió Gosling. Demasiado tiempo para su gusto. Añadió que había nacido en Malta—. Pero conozco bien Inglaterra. —De nuevo la mirada de desprecio—. Confieso, señor, que me habría gustado ver Wembley. El señor Almodham me lo prometió en su momento, pero luego… —Como deseoso de mitigar el abandono en el que había incurrido con semejante confidencia, le pidió a continuación las llaves de su habitación y, en el mismo tono ceremonioso, le preguntó a qué hora le gustaría cenar. Tras haber recibido respuesta, todavía se mostraba remiso a marcharse. Parecía más perplejo que nunca.
—Entonces, ¿sólo agua mineral, señor?
—Oh, sí, cualquiera que tengan.
—¿Una botella de Perrier, por ejemplo?

¡Perrier en pleno desierto! Medford sonrió afirmativamente, entregó sus llaves sin rechistar y prosiguió su paseo.

.

La casa, o al menos la zona habitable de ésta, resultó ser más pequeña de lo que había imaginado al principio. Y es que, sobre ella, se levantaba una portentosa dilapidación de muros de piedra amarilla entre cuyas intersecciones se erigían estancias de escayola, unas encima de otras, semiderruidas pese a las vigas de cedro y las contraventanas color carmesí. De entre aquel maremagno de mampostería y estuco, cristiano y musulmán, el reciente inquilino había escogido una serie de habitaciones agrupadas en un ala de la antigua fortaleza. Dichas habitaciones daban al patio principal, el mismo en el que susurraban las palmeras y la higuera se retorcía sobre el aljibe. Sobre el resquebrajado suelo de mármol blanco había un juego de sillas y una mesa baja, así como unos cuantos geranios y unas campanillas azules que se habían avenido a crecer entre las losas.

Un chico con falda blanca y mirada atenta estaba regando las plantas, pero se desvaneció como una nube de vapor al aproximarse Medford.

Y algo había de vaporoso e insustancial en el ambiente. Incluso la amplia habitación porticada con acceso al patio, decorada con cojines tipo alforja, divanes de piel de gacela y toscas alfombras indígenas, incluso la mesa sobre la que se apilaban viejos Times y ultramodernas revistas inglesas y francesas… Bajo el aire claro y burlón todo parecía el espejismo de un caminante del desierto.

Una hamaca bajo la higuera invitó a Medford a dormitar. Cuando despertó, la tensa cúpula azul que había sobre su cabeza estaba constelada de estrellas y la brisa nocturna cuchicheaba con las palmeras.

Descanso, belleza, paz. ¡Sabio Almodham!

.

¡Sabio Almodham! Tras haber concluido (con resultados un tanto decepcionantes) las excavaciones que la sociedad arqueológica le había encomendado hacía veinticinco años, su amigo había decidido quedarse, había tomado posesión de aquella fortificación de los Cruzados y había mudado sus intereses de las ruinas antiguas a las medievales. Pero Medford sospechaba que incluso estas investigaciones más recientes las llevaba a cabo de manera esporádica, siempre y cuando su ánimo no se viese excesivamente lastrado por el hechizo de su solaz.

El joven americano había conocido a Henry Almodham en Luxor el invierno anterior. Ambos habían cenado en casa del coronel Swordsley, en una fragante terraza sobre el Nilo encendida de estrellas y, habiendo despertado Medford cierto interés en el arqueólogo, éste le había instado a visitarle en el desierto el año siguiente.

Habían pasado juntos esa única noche, con el viejo Swordsley pestañeando con sus párpados ensoñadores y en compañía también de dos o tres encantadoras damas del Palacio de Invierno que no pararon de conversar y de proferir exclamaciones sobre una y otra cosa. En el camino de regreso a Luxor, cabalgando bajo la luz de la luna, Medford creyó haber desentrañado las líneas esenciales del carácter de Henry Almodham. Talante saturnino pero sentimental, crónica indolencia alternada con brotes de actividad asombrosamente lúcida, corrosiva inseguridad aliviada por una secreta autoestima y ansia de soledad combinada con la incapacidad para soportarla durante demasiado tiempo.

Medford sospechaba que había algo más: un toque de reconfortante romanticismo Victoriano derivado del entorno, de lo remoto e inaccesible de su retiro, del hecho de ser conocido como ese Henry Almodham («el que vive en el castillo de los Cruzados, ya sabes») y del gradual encierro en una pose adquirida en la juventud y dentro de la cual se había ido agarrotando a medida que le sobrevenía la madurez. Sí, intuía algo profundo y oscuro, aunque el joven no habría sabido precisar qué. Quizá fuese simplemente que aquel singular estilo de vida había acabado por curar alguna vieja herida, alguna mortificación del pasado, algo que años atrás le hubiese tocado en una parte vital de su ser dejándolo en cierto modo dañado. Especialmente en los ademanes dubitativos de Almodham, en el aspecto soñador de su rostro, largo, bronceado y armónico, con su copete de pelo gris, detectaba Medford cierta inercia mental y moral que habría fomentado (y de la que a su vez le habría exonerado) la vida en aquel castillo novelesco.

«Una vez aquí, ¡qué sencillo resulta quedarse!», pensó.

—La cena, señor —anunció Gosling.

La mesa estaba dispuesta bajo una bóveda del salón. El atenuado resplandor de las velas se proyectaba como una balsa rosácea en el atardecer. Cada vez que se exponía a la luz, el criado, con chaqueta blanca y zapatos de terciopelo, parecía más eficaz y atónito que nunca. Por otra parte, el menú… ¿Sería también maltés el cocinero? Gosling detuvo momentáneamente su tarea, acompañó su asentimiento de una sonrisa y empezó a escanciar Chablis en el vaso del invitado.

—No tomo vino —dijo Medford con paciencia.
—Lo siento, señor. Pero lo cierto es que…
—¿No dijo que había Perrier?
—Así es, señor, pero acabo de darme cuenta de que no queda. Ha hecho un calor terrible y como el señor Almodham ha pasado una larga temporada en casa se la ha bebido toda. La nueva remesa no llegará hasta la semana que viene. Dependemos para ello de las caravanas que marchan en dirección al sur.
—No importa. Agua natural, entonces. La prefiero.

El asombro de Gosling fue en aumento hasta convertirse en ostensible estupor:

—¿Agua, señor? El agua de por aquí…

Medford se revolvió irritado:

—¿Qué pasa con el agua? Hiérvala, ¿de acuerdo? No voy a… —Apartó el vaso de vino a medio llenar.
—Oh…, ¿hervirla? Desde luego, señor. —La voz del hombre decayó hasta transformarse en un susurro. Depositó sobre la mesa una sustanciosa mezcla de arroz y cordero y, a continuación, se esfumó.

Medford se reclinó en el respaldo de la silla, abandonándose a la noche, al relente, a las rachas de viento entre las palmeras.

.

La cena consistió en una suculenta sucesión de platos. Justo cuando le servían el segundo y empezaba a sentir sed, vio que le colocaban una jarra de agua junto al codo.

—Hervida, señor, y le he exprimido un limón.
—Estupendo. Supongo que a finales de verano el agua se vuelve por estas tierras un poco cenagosa, ¿no?
—Así es, señor. Pero encontrará esta de su gusto, señor.

Medford la probó. Le supo mejor que la Perrier. Apuró el vaso, se echó hacia atrás y rebuscó en su bolsillo. En un instante apareció al alcance de su mano una bandeja con puros y cigarrillos.

—¿No… fuma usted, señor?

Por toda respuesta, Medford sostuvo su cigarrillo ante los ojos del hombre:

—¿Cómo llama usted a esto?
—Oh, ya, claro. Me refería al otro estilo. —Gosling echó una discreta mirada a las pipas de opio de jade y ámbar que había sobre la mesa auxiliar.

Medford declinó la invitación con una sacudida de hombros y se quedó pensativo. Tal vez fuera aquél el otro secreto de Almodham… o uno de ellos. Porque empezaba a pensar que podría haber muchos, y todos celosamente escondidos tras la vigilante frente de Gosling.

—¿Todavía no hay noticias de Almodham?

Gosling estaba recogiendo los platos con ademanes diestros. Por un momento pareció no haberle oído. Pero luego, desde el fulgor de las velas, dijo:

—¿Noticias, señor? Difícilmente podría haberlas, ¿verdad? No hay telégrafo en el desierto, señor. No es como en Londres. —Su tono respetuoso atemperaba la sutil ironía—. Pero para mañana por la noche deberíamos tenerle ya por aquí. —Gosling se detuvo, se aproximó un poco, pasó una de sus raudas manos por la mesa en busca de unas últimas migajas y añadió vacilante—: Seguramente podrá usted quedarse hasta entonces…

Medford se echó a reír. La noche era un bálsamo, se colaba en su ánimo como si le diese alas. El tiempo se diluía, lejos quedaban el estrés y las complicaciones.

—¿Quedarme? ¡Me quedaría un año si hiciese falta!
—Oh… ¿un año? —repitió Gosling en tono jocoso, antes de recoger los platos del postre y marcharse.

Medford había dicho que esperaría a Almodham durante un año, pero a la mañana siguiente cayó en la cuenta de que tales términos arbitrarios habían perdido allí todo sentido. No existían medidas de tiempo en semejante lugar.

La boba esfera de su reloj reducía a la nada su letanía diaria. El rotar de los astros en torno a aquellos muros ruinosos se limitaba a dejar constancia de las circunvoluciones de la Tierra y los espasmódicos movimientos del hombre carecían de sentido.

El simple hecho de estar hambriento, el aviso del reloj interno, se veía neutralizado por la irrelevancia de la sensación en sí, relegada a un espasmo espectral fácilmente apaciguable con algo de miel y frutos secos. La vida y la molicie, liviana y monótona, de lo eterno.

Al declinar la tarde, Medford se sacudió aquella rara sensación de ubicuidad y subió a la azotea. Se puso a acechar a través del desierto la posible llegada de Almodham. Hacia el sur, las montañas de alabastro figuraban un velo azulado suspendido contra la luz. Una gran columna de fuego había prendido en el oeste, esparciéndose en nubecillas plumosas que convirtieron el cielo en un surtidor de pétalos de rosa y en oro las arenas extendidas a sus pies. Ningún punto lejano que sugiriese la llegada de un jinete. Medford aguardó en vano la aparición del ausente anfitrión hasta que cayera la noche y el puntual Gosling volvió a convocarle a la mesa.

Durante la tarde, Medford se entretuvo hojeando las vanguardistas revistas (de sólo tres meses de antigüedad y ya rancias al tacto), luego las apartó a un lado, se tumbó en un diván y se dispuso a soñar despierto. Almodham debía de pasar mucho tiempo soñando, seguramente. Y entonces, justo cuando su amigo empezase a sentirse presa del sopor, partiría como una exhalación a surcar el desierto tras la aventura de alguna ruina ignota. No era mala vida.

En ese momento Gosling apareció con un café turco servido en una taza repujada con filigranas.

—¿Hay caballos en el establo? —preguntó Medford de improviso.
—¿Caballos? Únicamente percherones, señor. El señor Almodham se llevó consigo los dos mejores caballos de montar.
—Estaba pensando que podría salir a caballo a buscarle.

Gosling ponderó la cuestión.

—Claro, podría hacerlo, señor.
—¿Sabe qué ruta tomó?
—No exactamente, señor. Iba a guiarles el caíd del hombre que le dio aviso.
—¿Guiarles? ¿Quiénes iban con él?
—Sólo uno de nuestros hombres, señor. Ellos se llevaron los dos purasangres. Hay un tercero, pero es manso. —Gosling hizo un inciso—: ¿Conoce las veredas, señor? Discúlpeme, pero no creo haberle visto a usted por aquí con anterioridad.
—No —admitió Medford—. Nunca había estado aquí.
—Oh, entonces… —El gesto de Gosling resultó bastante explícito: «En tal caso ni siquiera el mejor purasangre le sería de ayuda».
—Supongo que todavía cabe la posibilidad de que aparezca esta noche, ¿no?
—¡Oh, sin duda, señor! Confío en verles desayunando juntos aquí mañana —dijo Gosling en tono efusivo.

Medford dio un sorbo a su café.

—Ha dicho que nunca me había visto antes por aquí. ¿Y usted? ¿Cuánto lleva aquí?

Gosling replicó al instante, como si las cifras nunca permanecieran alejadas de su memoria durante mucho tiempo:

—Once años y siete meses en total, señor.
—¡Casi doce años! Demasiado tiempo…
—Sí, mucho.
—Y supongo que no se ausenta usted de aquí con mucha frecuencia.

Gosling, que se alejaba ya con la bandeja, se paró en seco, se giró y respondió con impetuoso énfasis:

—No me he ausentado ni en una sola ocasión. No desde que el señor Almodham me trajo aquí por primera vez.
—¡Dios bendito! ¿Ni unas vacaciones?
—Ni eso, señor.
—Pero el señor Almodham se marcha de vez en cuando. Le conocí en Luxor el año pasado.
—Efectivamente, señor. Pero resulta que cuando está aquí me necesita a su entera disposición y cuando no está me necesita también para vigilar al resto. Así que ya ve usted…
—Sí, ya veo. Pero debe de estar haciéndosele horriblemente largo…
—Se me hace largo, señor.
—Pero ¿y los demás? ¿Quiere decir que no son plenamente fiables?
—Bueno, señor, es que son árabes —dijo Gosling con desdeñosa indiferencia.
—Ya. ¿No hay entre ellos uno sólo que lleve más tiempo al servicio del señor Almodham y que sea de fiar?
—Esa palabra no figura en su vocabulario, señor.

Medford se entretuvo encendiendo un puro. Cuando levantó la vista comprobó que Gosling todavía estaba a un metro escaso de distancia.

—Fue como si nunca me hubiese hecho esa promesa, señor —dijo con un punto de exaltación.
—¿Promesa?
—La de darme vacaciones, señor. La misma promesa…, una y otra vez.
—¿Y nunca se presentó la ocasión?
—No, señor. Los días fueron pasando…
—Ah, en este lugar no es de extrañar. No permanezca usted despierto por mí —añadió Medford—. Creo que voy a esperar al señor Almodham.

Gosling abrió todavía más, si cabe, los ojos:

—¿Aquí, señor? ¿En el patio?

El joven asintió y el criado permaneció inmóvil unos instantes, mirándole, transformado a la luz de la luna en una espectral figura blanca, el inquieto fantasma de un paciente mayordomo que pudo haber muerto sin haber gozado jamás de vacaciones.

—¿Toda la noche aquí abajo, en este patio, señor? Es un lugar retirado. No le oiría si me llamase para cualquier cosa. Estaría mejor en la cama, señor. El aire es malo. Podría volver a darle fiebre.

Medford se echó a reír y se repantigó en su holgada silla. «Decididamente —pensó—, este tipo necesita un cambio de aires». Y en voz alta comentó:

—¡Oh, estoy bien! Es usted quien parece nervioso, Gosling. En cuanto regrese el señor Almodham me propongo hablarle en su favor. Obtendrá usted sus vacaciones.

Gosling continuó inmóvil. No articuló sonido durante un minuto.

—¿Lo haría usted, señor? ¿Lo haría? —dijo aquello de forma entrecortada, con un quiebro de voz, la última palabra distorsionada por la risa…, una especie de chirrido breve y estridente, la clase de risa de quien lleva demasiado tiempo sin permitirse tales desahogos—. Gracias, señor. Buenas noches, señor. —Y se fue.

.

—¿Hierve usted siempre el agua que bebo? —preguntó Medford, agarrando el vaso sin llegar a levantarlo.

Lo dijo en tono cordial, casi confidencial. Medford tenía la sensación de que su espontánea promesa de conseguirle a Gosling unas vacaciones había establecido entre ambos una genuina amistad.

—¿Hervirla? Siempre, señor. Faltaría más —Gosling se expresó con un atisbo de reproche, como si la pregunta de Medford supusiera un agravio (involuntario, cabía esperar) en el marco de la relación que acababa de instaurarse entre ambos. Escrutó a Medford con sus ojos desorbitados, en los que, más allá del velo de profesional indiferencia, se entreveía una sincera preocupación.
—Porque, sabe usted, mi baño de esta mañana…

En aquel preciso instante Gosling estaba recibiendo un fragrante plato de cuscús de manos de un sigiloso árabe. Por lo bajo le susurró al nativo:

—Tú, condenado aborigen, ¿es que ni siquiera sirves para sostener un plato derecho? ¡Aggh!

El nativo se esfumó tras aquellas imprecaciones y Gosling, manteniendo el pulso deliberadamente bajo control, colocó el plato ante Medford.

—Éstos son todos iguales. —Con un gesto de fastidio retiró un resto de suciedad de la manga de su uniforme.
—Es que esta mañana mi baño olía mal, ¿sabe usted? —dijo Medford.
—¿Su baño, señor? —Gosling recalcó sus palabras. El asombro volvió a anegar aquellos ojos clavados en Medford, hasta el punto de anular cualquier otro tipo de emoción—. Desde luego que no iba yo a consentir que pasara una cosa así —dijo en tono de autocensura.
—Es el único aljibe que hay, ¿no? ¿El del patio?

Gosling emergió al fin de la honda cavilación en la que le había sumido la queja del huésped.

—Sí, señor, sólo ése.
—¿De qué clase de aljibe se trata? ¿De dónde procede el agua?
—Oh, sólo es una cisterna, señor. Agua de lluvia. Nunca ha habido ningún otro. Y, que yo sepa, siempre ha funcionado sin problema. Pero en esta estación se vuelve un poco loco. Puede preguntarle a cualquiera de esos árabes, señor. Pese a lo embusteros que son, no se van a pringar molestándose en mentir sobre eso. Vaya que no.

Medford degustaba ahora con cautela el agua de su vaso.

—Ésta parece estar bien —dictaminó.

La satisfacción se dibujó en el semblante de Gosling.

—Yo mismo me ocupo de vigilar que se hierva convenientemente, señor. Siempre lo hago. Espero que esa dichosa Perrier llegue mañana, señor.
—¡Oh, mañana! —Medford se encogió de hombros al tiempo que tomaba un segundo sorbo—. Puede que mañana no esté aquí para bebería.
—¿Qué…? ¿Se marcha, señor?

Al girarse abruptamente, Medford captó una expresión nueva e indescifrable en los ojos de Gosling. Le daba la impresión de que el hombre le había cogido una especie de afecto perruno. Medford incluso habría jurado que Gosling habría deseado retenerle allí, convencerle de que fuera paciente y pospusiera su marcha. Y sin embargo, bien pudiera ser también que fuese alivio lo que percibió en su mirada; satisfacción, casi, en su voz.

—¿Tan pronto, señor?
—Bueno, llevo ya cinco días aquí. Y puesto que todavía no hay noticias del señor Almodham y dice usted que incluso es posible que se haya olvidado por completo de mi llegada…
—¡Oh!, no digo eso, señor. ¡Olvidado no! Sólo que cuando todos esos montones de piedra se apoderan de él, se olvida del tiempo, señor. Eso es lo que quiero decir. Los días pasan…, está como en un sueño. No le extrañe que crea que está usted todavía por llegar, señor. —Una imperceptible sonrisita aligeró la incolora gravedad de los rasgos de Gosling. Era la primera vez que Medford le veía sonreír.
—Oh, lo comprendo, pero aun así… —Medford hizo una pausa. Su instinto de alerta trataba de combatir el marasmo en que le sumían la molicie de aquel lugar embriagador y sus reconfortantes comodidades—. Es extraño…
—¿Qué es extraño? —repitió al instante Gosling mientras colocaba dátiles e higos secos sobre la mesa.
—Todo —dijo Medford.

Se apoyó contra el respaldo de su asiento y, a través del arco, contempló el alto cielo desde el cual caía el mediodía en cascadas de azul y oro. Almodham estaba allá afuera, en algún lugar bajo aquel toldo de fuego, tal vez abstraído en sus sueños, como había dicho el criado. Verdaderamente, la tierra era un incesante sortilegio.

—¿Café, señor? —sugirió Gosling.

Medford aceptó.

—Me resulta raro que diga usted que no confía en estos tipos…, en estos árabes…, y sin embargo no parece en absoluto preocupado porque Almodham esté ahí fuera, Dios sabe dónde, sólo con todos ellos.

Gosling ponderó el comentario sin alterarse. Entendió a qué se refería Medford.

—Bueno, señor, no… Usted no lo entendería. Es el tipo de cosas que no se puede enseñar, cuándo fiarse de esta caterva y cuando no. Según convenga a sus intereses, señor, y a su religión, como la llaman ellos, vamos. —Su desprecio era ilimitado—. Pero incluso para comprender un poco por qué no estoy preocupado por el señor Almodham, tendría usted que haberse mezclao con esta chusma y entender el parloteo ese que se traen entre ellos.
—Pero yo… —balbució Medford. Se interrumpió bruscamente y se inclinó sobre su café.
—¿Sí, señor?
—Se puede decir que he viajado con ellos, más o menos.
—Oh, viajar. —El tono de Gosling no acertó a conciliar el respeto con la sorna que había despertado en él el alarde de Medford.
—Con este llevo ya cinco días aquí —insistió el otro como queriendo proseguir con su argumentación. El sol de mediodía apretaba con fuerza incluso en la zona sombreada del patio y empezaban a debilitarse los débiles resortes de su voluntad.
—Lo entiendo, señor. Un caballero como usted con otros compromisos pendientes… Estará apurado de tiempo, por así decirlo —convino Gosling en tono conciliador.

Despejó la mesa, trasladó su contenido sobre un par de brazos árabes que tan pronto aparecieron como se esfumaron, y finalmente él mismo se quitó de en medio mientras Medford se dejaba caer en el diván. Tierra de sueños…

.

La tarde envolvía el ambiente como un gran velarium de paño dorado cubriendo las almenas y cayendo en vaporosos pliegues sobre las frondosas palmeras. Cuando, al cabo de un rato, lo dorado se tornó violeta y el oeste semejaba un arco de cristal que abarcaba las arenas, Medford se sacudió la modorra y anduvo un rato deambulando. Pero esta vez, en lugar de subir a la azotea, tomó una dirección distinta.

Le asombró descubrir lo poco que sabía de aquel lugar tras cinco días de merodeos y espera. Quizá fuese la última noche que pasaría allí solo. Salió del patio a través de un abovedado pasadizo de piedra que conducía a otro recinto amurallado. Al aproximarse él, dos o tres árabes que habían estado agachados por los alrededores se incorporaron y desaparecieron de la vista. Parecía que hubiesen sido engullidos por la recia mampostería.

Un poco más allá de donde estaba, oyó Medford ruido de cascos, la agitación de un establo al caer la noche. Atravesó otra arcada y se encontró de repente entre caballos y mulas. Un árabe estaba cepillando a uno de los caballos bajo la luz declinante, un ejemplar joven, vigoroso y castaño. También aquel criado pareció a punto de evaporarse, pero Medford le detuvo sujetándole de la manga.

—Continúe con su trabajo.

El hombre, joven y musculoso, de enjuto rostro beduino, se detuvo y le miró.

—No sabía que su excelencia hablase nuestro idioma.
—¡Oh, sí! —dijo Medford.

El otro permaneció callado, con una mano sobre el inquieto cuello del caballo y la otra embutida en su fajín de lana. Él y Medford se escrutaron mutuamente bajo la exigua luz.

—¿Es éste el caballo manso? —preguntó Medford.
—¿Manso? —Los ojos del árabe recorrieron las patas del animal—. Bueno, sí… Es manso —respondió vagamente.

Medford se agachó y palpó las rodillas y los espolones del animal.

—Parece bastante en forma. ¿No sería posible dar un paseo con él esta noche si me apeteciera?

El árabe se tomó unos segundos para reflexionar. Evidentemente, le había desconcertado la magnitud de la responsabilidad sobrevenida con la pregunta.

—¿A su excelencia le gustaría montar esta noche?
—Oh, no sé, es un antojo. Tal vez sí o tal vez no. Medford encendió un cigarrillo y le ofreció otro al mozo cuya blanca dentadura reflejó su evidente satisfacción. Al aproximarse los dos hombres para compartir el fósforo pareció ceder un poco la timidez del árabe.
—¿Es ésta una de las monturas del señor Almodham? —inquirió Medford.
—Sí, señor, es su favorita —dijo el mozo, acariciando con orgullo el brillante hombro del caballo.
—¿Su favorita? ¿Y cómo es que no se la ha llevado consigo en esta expedición tan larga?

El árabe guardó silencio y clavó la vista en el suelo.

—¿No le pareció raro? —quiso saber Medford.

Ambos continuaron sin decir palabra mientras sobre ellos descendía rauda la noche azul. Al cabo de un rato, preguntó Medford en tono casual:

—¿Dónde cree usted que está su amo en este preciso instante?

La luna, oculta durante el radiante declinar del día, se había adueñado de repente del mundo, y un profuso rayo blanco caía de lleno sobre la igualmente blanca casaca del nativo, sobre su rostro bronceado y sobre el turbante de pelo de camello coronado con un nudo en la parte superior. Sus agitados globos oculares centelleaban como joyas.

—¡Si fuese voluntad de Alá que lo supiésemos!
—Pero cree usted que está a salvo, ¿verdad? No le parece necesario enviar todavía una partida en su busca…

El árabe pareció meditar cuidadosamente la cuestión. La pregunta debía de haberle cogido por sorpresa. Pasó un brazo moreno por el cuello del animal y siguió escudriñando el empedrado del patio.

—Cuando el señor Almodham está fuera, el señor Gosling es nuestro amo.
—¿Y él no lo considera necesario?
—Todavía no —suspiró el árabe.
—Pero si el señor Almodham tarda demasiado en regresar…

El hombre volvió a guardar silencio y Medford prosiguió:

—Usted es el mozo principal, imagino.
—Sí, excelencia.

Se produjo una nueva pausa. Medford se volvía para marcharse cuando, por encima de su hombro, añadió:

—Supongo que sabe usted qué dirección tomó el señor Almodham, que sabe dónde ha ido.
—¡Oh, desde luego, señor!
—En tal caso usted y yo saldremos a caballo a buscarle. Esté preparado una hora antes del amanecer. No le diga nada a nadie… Ni al señor Gosling ni a nadie. Los dos deberíamos ser capaces de dar con él sin ayuda.

Los ojos y los dientes del árabe dieron muestras de aquiescencia.

—¡Oh, señor, estoy seguro de que usted y mi amo se verán antes de mañana por la noche! Y nadie va a enterarse de nada.

«Está tan preocupado por Almodham como yo», pensó Medford. Un leve escalofrío recorrió su espalda.

—De acuerdo, esté usted preparado —repitió.

A su regreso encontró el patio desierto, fantasmalmente habitado por palmeras aleadas de plata y por una higuera de mármol blanco.

«Después de todo —se le ocurrió pensar—, igual ha sido mejor no haberle dicho a Gosling que hablo árabe».

Se sentó y esperó a que Gosling llegase del salón para anunciar, pomposamente y por quinta vez, que la cena estaba servida.

(Continuará…)

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