La esperanza (XIX)

André Malraux

 

 

7

Obuses de gran calibre caían entre la Central Telefónica y Alcalá. Uno de ellos no llegó a estallar y dos milicianos lo alzaron, uno delante, otro detrás. El cielo sin nubes del atardecer comenzaba a pesar sobre un Madrid lleno de pavesas y de chispas, donde el olor del bombardeo y del polvo se mezclaba con otro, más inquietante, que López había conocido en Toledo y que creía que era el de la carne quemada. No habían traído dos grecos y tres goyas pequeños que se encontraban en un hotel abandonado por su propietario, y que se esperaban desde la mañana en el Consejo de Protección de los Monumentos, adonde López había sido destinado. Éste quería sacarlos antes de irse él.

Muy poco eficaz en la guerra, López se había mostrado brillante en la protección de las obras de arte. Gracias a él, ni un Greco había sido destruido en el desorden de Toledo, y las telas de los más grandes maestros habían sido sacadas por docenas del indiferente polvo de los desvanes de los conventos.

No muy adelante, frente a una iglesia, estalló un obús de poco calibre: las palomas, que huyeron de inmediato, volvieron, intrigadas, a examinar las frescas roturas del frontón. Por las ventanas de una casa despanzurrada, abiertas ahora hacia el infinito, apareció la alta torre de la Catedral con su escudo barroco, pálido en el atardecer de noviembre.

Era milagroso que ese pequeño rascacielos que domina Madrid no estuviera todavía hecho migajas. Una parte se descantillaba. En cuanto a los vidrios… Detrás de la torre subió el humo de un obús. ¡Dios mío!, pensó López, terminará por llegar hasta uno de mis Grecos…

Una multitud aterrorizada daba vueltas en vano por las calles, sabiendo de lo que huía, y no sabiendo adónde; y otra multitud indiferente, curiosa o exaltada, caminaba mirando para arriba. Un segundo obús cayó en los alrededores: niños, acompañados de mujeres o de ancianos, corrían espantados; otros niños, sin parientes de ninguna clase, «discutían el golpe».

«¡Son unos idiotas, los fascistas! No saben tirar: apuntan a los soldados de la Casa de Campo, ¡y mira dónde pegan!».

Una mañana, en la guardería infantil de la plaza del Progreso, tres niños jugaban a la guerra, mirando hacia arriba, como los que estaban delante de López. «¡Una bomba!», dijo uno de ellos. «¡Cuerpo a tierra!». Los tres soldados disciplinados se pusieron de bruces. Era una verdadera bomba. Los otros niños, que no jugaban a la guerra y permanecieron de pie, fueron muertos o heridos…

Un obús cayó a la izquierda; corrió una fila de perros, oblicuamente; llegó otro grupito de una calle vecina, en sentido inverso. La ronda desesperada de perros abandonados parecía prefigurar la de los hombres. López encontraba para observarlos su mirada de escultor amigo de los animales, pero otros animales lo aguardaban.

Como casi todos los palacios requisados, como el palacio de Alba, aquel adonde iba López estaba abundantemente exornado de animales disecados. Muchos aristócratas españoles amaban más sus piezas de caza que sus cuadros, y, si conservaban sus Goyas, los mezclaban de buena gana con sus trofeos. El inventario de las casas de las grandes familias que habían huido —sólo habían sido requisadas aquellas cuyos propietarios habían huido— constaba a menudo de una docena de cuadros de grandes maestros (cuando no habían sido llevados al extranjero la semana que precedió al levantamiento) y de un número inesperado de colmillos de elefante y de cuernos de rinoceronte, de osos disecados y de animales diversos.

Cuando López entró en los jardines del palacio, saludado por una bomba que cayó a cien metros, un miliciano vino a su encuentro.

—¿Qué pasa, zoquete? —gritó López golpeándolo en el hombro—, ¿y mis Grecos? ¡Dios mío!
—¿Qué? ¿Los cuadros? No había medio de transporte: eran demasiado grandes después de que tus hombres los embalaran como si fueran huevos. El camión ya pasó.
—¿Cuándo?
—Hace más o menos media hora. Pero no quiso llevarse estos animales.

Dispersados bajo los árboles con sus ademanes «naturales», en torno a los colmillos de elefantes cuidadosamente ordenados bajo la marquesina, los osos disecados se agitaban; los obuses sacudían ligeramente la tierra, y los osos abandonados, con una pata en el aire, parecían bendecir o amenazar la tarde de guerra.

—No es frágil —dijo López sereno. Rechazaba para su servicio la responsabilidad de esos museos, que almacenaba otra sección del Consejo de Protección.
—Oye, camarada, si los obuses son malos para los cuadros, esto deberá bastar para los colmillos de tus elefantes. ¿Qué demonios quieres que haga yo con todo esto? ¡Y todavía va a llover!

Bajo un obús muy cercano, el conjunto de animales brincó o se balanceó, y un canario, que permanecía en su jaula dorada de la Compañía de las Indias, se puso a cantar con frenesí.

—Voy a telefonear para que se lleven tus osos.

López encendió un cigarrillo y se fue, con la jaula en la mano. La balanceaba; a cada obús, el canario cantaba más fuerte, después se calmaba… Un edificio ardía como en el cine, de arriba abajo, detrás de su fachada intacta con decoraciones contorneadas, todas las ventanas abiertas y rotas, habitado en todos los pisos por las llamas que no salían, parecía en verdad habitado por el fuego. Más lejos, en la intercesión de dos calles, un ómnibus esperaba. López se detuvo, jadeando por primera vez desde que había salido. Se agitó como un loco, lanzó como una piedra la jaula con su canario, gritó «¡Bajen!». Las personas del ómnibus lo miraron agitarse, igual que a otros cien locos en otras cien calles. López se tiró a tierra, de bruces, el ómnibus estalló.

Cuando López se levantó, la sangre chorreaba de las paredes. Entre los muertos desvestidos por la explosión, un hombre de patillas, desnudo pero herido, se levantaba gritando. El bombardeo se aceleró, siempre en dirección de la Central Telefónica.

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8

Shade estaba en la Central: era la hora de transmitir su artículo. Los obuses caían en todo el barrio, pero aquí todos se sabían apuntados.

A las cinco y media, la Central había sido alcanzada. Ahora, golpe tras golpe, los obuses la cercaban. La habían alcanzado, después perdido, y la buscaban de nuevo. Telefonistas, empleados, periodistas, mensajeros, milicianos se sentían en el frente. Los obuses estallaban a muy cortos intervalos, como repercute el ruido del trueno. Quizá los aviones volvían de nuevo al ataque. Caía la tarde, y las nubes estaban bajas. Pero bajo todos los ruidos de las centrales telefónicas no se oía la vibración de ningún motor.

Un miliciano vino a buscar a Shade: el comandante García convocaba a los periodistas en una de las oficinas de la Central; todos los corresponsales de alguna importancia estaban allí y esperaban. ¿Por qué ahora?, —se preguntaba Shade—. Pero era costumbre de García, cuando tenía que habérselas con la prensa, de ir a donde la consideraba más expuesta.

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En una de las oficinas de la antigua dirección de la Central, cuero, madera y níquel, García se hacía comunicar cada día las copias de los artículos enviados de Madrid. Se los traían en dos legajos: «Política» y «Hechos». Mientras esperaba a los corresponsales, hojeaba el segundo, cansado de ser hombre: tal era la atrocidad que todos los artículos rebosaban de ello.

PARA PARIS-SOIR: «Antes de llegar a la Central —leía—, acabo de asistir a una escena de una atroz belleza.
»Esta noche, cerca de la Puerta del Sol, han encontrado un niño de tres años que lloraba, perdido en las tinieblas. Ahora bien, una de las mujeres refugiadas en los subsuelos de la Gran Vía ignoraba qué había sido de su hijo, un niñito de la misma edad, rubio como el niño encontrado en la Puerta del Sol. Le dan la noticia.
»Corre a la casa donde guardan al niño, en la calle Montera. En la semioscuridad de una tienda con las cortinas bajas, el niño chupa un pedazo de chocolate. La madre avanza hacia él, con los brazos abiertos, pero sus ojos se agrandan, adquieren una fijeza terrible, demente.
»No es su hijo.
»Permanece inmóvil largos minutos. El niño perdido le sonríe. Entonces se precipita sobre él, lo estrecha en sus brazos, lo lleva pensando en el niño que no han encontrado».

«Esto no pasará», pensó García.

La tarde rojiza llenaba las ventanas con los vidrios rotos.

PARA REUTER: «Una mujer llevaba a una pequeña de dos años a la cual le faltaba la mandíbula inferior. Pero la pequeña vivía aún, con los ojos muy abiertos, y parecía preguntar con asombro quién le había hecho eso. Una mujer atravesó la calle —el niño que llevaba en brazos no tenía cabeza…».

García no ignoraba, por haberlo visto, el ademán aterrador por el cual una madre protege lo que le queda de su hijo. Hoy por hoy, ¿cuántos ademanes hay como ése?

Tres obuses lejanos estallaron sordamente como tres golpes de teatro; la puerta se abrió, los corresponsales entraron. Sobre una mesa baja, unas flores artificiales de vidrio, todavía intactas, vibraban a cada detonación. Como los vidrios estaban hechos trizas, el olor de la ciudad incendiada entraba con el humo por las dos ventanas.

—En caso de que una línea estuviera libre —dijo García—, el que la ha pedido será inmediatamente prevenido desde aquí. No ignoran ustedes que no los convoco jamás sino para comunicarles documentos. Antes de comunicarles aquel para el cual los he llamado, permítanme que les llame la atención sobre lo siguiente: desde el comienzo de la guerra hemos destruido, según los comunicados fascistas, aviones enemigos en nueve aeródromos. Es más fácil bombardear Sevilla que el aeródromo de Sevilla; ahora bien, si ha ocurrido que algunas de nuestras bombas, errando su objetivo militar, hayan herido civiles, por lo menos jamás una ciudad española ha sido sistemáticamente bombardeada por nosotros.
»Vayamos ahora al documento. Se lo leeré a ustedes. Les ruego que cada uno tome conocimiento del original. Que por lo demás nos ocuparemos de exponerlo en Londres y en París, pueden ustedes estar seguros… Es una pequeña circular dirigida a los oficiales superiores rebeldes, simplemente. Este ejemplar ha sido encontrado el 28 de julio en posesión del oficial Manuel Carrache, hecho prisionero en el frente de Guadalajara.

Una de las condiciones esenciales de la victoria consiste en quebrantar la moral de las tropas enemigas. El adversario no dispone ni de bastantes tropas ni de bastantes armas para resistir; a pesar de ello es indispensable seguir estrictamente las siguientes instrucciones:
Para ocupar el hinterland es indispensable inspirar a la población cierto horror saludable.
Una regla se impone: todos los medios empleados deben ser espectaculares e impresionantes.
Todo lugar que se encuentra en la línea de retirada del enemigo y, de una manera general todo lugar situado detrás del frente enemigo debe considerarse como zona de ataque. A este respecto no podrá haber diferencia en que las localidades alojen o no tropas enemigas. El pánico reinante en la población civil que se encuentra en la línea de retirada del enemigo contribuye grandemente a la desmoralización de las tropas.
Las experiencias hechas en el curso de tal guerra demuestran que los daños provocados por descuido en las ambulancias y en los transportes de enemigos provocan un fuerte efecto de desmoralización en la tropa.
Después de la entrada en Madrid, los jefes de las unidades deberán instalar inmediatamente en los tejados de los edificios que dominan los distritos sospechosos, comprendiendo entré ellos los edificios públicos y los campanarios, nidos de ametralladoras que puedan dominar todas las calles adyacentes.
En caso de veleidades de resistencia de la población, se tirará inmediatamente sobre los opositores. Dado el gran número de mujeres que combaten del lado adverso, no podrá tomarse en consideración el sexo de esas militantes. Mientras más rigurosa sea nuestra actitud, el aplastamiento de toda resistencia de la población será más rápido, y más cercano el triunfo de la renovación de España.

—Agrego —dijo García— que, desde el punto de vista fascista, encuentro esas instrucciones lógicas. Mi opinión personal es que el terror forma parte de los medios empleados sistemáticamente, técnicamente, por los rebeldes, desde el primer día, y que ustedes asisten aquí al drama del cual Badajoz fue el ensayo general. Pero dejemos las opiniones personales.

Y, en tanto que los periodistas salían:

—Recibirán también la entrevista de Franco del 16 de agosto, la que comienza por: «Nunca he de bombardear Madrid: allí hay inocentes…».

Seguían cayendo obuses, pero a un kilómetro; en la Central ya no les hacían caso.

Entró un secretario.

—¿Ha telefoneado el coronel Magnin? —preguntó García.
—No, comandante: los internacionales combaten en Getafe.
—¿No ha venido el teniente Scali?
—Han telefoneado desde Alcalá: pasará hacia las diez. Pero el doctor Neubourg está aquí, comandante.

Jefe de una de las misiones de la Cruz Roja, el doctor Neubourg venía de Salamanca. García y él se habían encontrado antes en dos congresos, en Ginebra. El comandante no ignoraba que Neubourg había visto muy pocas cosas en Salamanca, pero que había visto por lo menos, y largamente, a Miguel de Unamuno.

Franco acababa de destituir de su cargo de rector de la Universidad al más grande escritor español. Y García no ignoraba hasta qué punto el fascismo amenazaba en adelante a este hombre que había sido un ilustre defensor.

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9

—Desde hace seis semanas —decía el médico— está acostado en un cuartito, y lee… Desde su destitución ha dicho: sólo saldré de aquí muerto o condenado. Está acostado. Continúa acostado. Dos días después de su destitución, han entronizado en la Universidad el Sagrado Corazón…

Neubourg miraba de paso, en el único espejo del cuarto, su cara delgada que se esforzaba por ser espiritual, y que parecía la ruina de su juventud. Al principio de la conversación, García había sacado una carta de su cartera:

—Cuando supe que usted vendría —dijo—, estuve hojeando nuestra correspondencia de otros tiempos. He encontrado esta carta, de hace diez años, desde el exilio. Allí dice: «No hay más justicia que la verdad. Y la verdad, decía Sófocles, puede más que la razón. Así como la vida puede más que el placer y más que el dolor. Verdad y vida es pues mi divisa, y no razón y placer. Vivir en la verdad hasta si uno debe sufrir, más bien que razonar en el placer o ser feliz en la razón…».

García colocó su carta delante de él en el escritorio bruñido, que reflejaba el cielo rojo.

—Es el sentido mismo del discurso lo que lo ha hecho destituir —dijo el médico —: «Es posible que la política tenga sus exigencias, de las cuales nos mantendremos aparte. Esta Universidad debe estar al servicio de la Verdad… Miguel de Unamuno no podría estar donde está la mentira. Y en lo que respecta a las atrocidades rojas de las cuales no dejan de hablarnos, sepa usted bien que la más oscura de las milicianas —fuese, como se dice, una prostituta—, cuando combate con un fusil y arriesga su vida por lo que ha elegido, es menos miserable ante el espíritu que las mujeres que he visto salir antes de ayer de nuestro banquete, con los brazos desnudos que sólo habían dejado de rozar las sábanas de seda y las flores para ir a mirar el fusilamiento de los marxistas…».

El don de imitación de Neubourg era conocido.

—En mi calidad de médico, querido amigo —dijo recobrando su verdadera voz—, déjeme decirle que su horror a la pena de muerte tiene algo patológico. Y que contestarle precisamente al general fundador del Tercio era un medio seguro de exasperarlo. Cuando defendió la unidad cultural de España, empezaron las interrupciones…
—¿Cuáles?
—«¡Muera Unamuno, mueran los intelectuales!».
—¿Quiénes gritaban?
—Jóvenes idiotas de la Universidad. Entonces el general Millán Astray se levantó y gritó: «¡Muera la inteligencia, viva la muerte!».
—A su juicio, ¿qué quería decir?
—Sin duda, ¡váyanse al demonio! En cuanto a viva la muerte, era quizá una alusión a las protestas de Unamuno contra los fusilamientos.
—En España, ese grito es bastante profundo: en otros tiempos, lo han lanzado los anarquistas.

Un obús cayó en la Gran Vía. Dichoso por su coraje, Neubourg recorría a grandes pasos la oficina de García y su cabeza calva reflejaba vagamente el cielo incendiado.

De ambos lados de su cráneo, surgían mechones de cabello negro. Durante veinte años el doctor Neubourg (aunque fuera, en su campo, eminente) encontró «que había algo en él, ¿no es verdad, querido amigo?, de abate del siglo XVIII», y ese algo perduraba todavía en él.

—Fue entonces —continuó el médico— cuando Unamuno respondió con su famoso: «Una España sin Vizcaya y sin Cataluña sería un país semejante a usted, mi general: tuerto y manco». Lo cual, después de la respuesta a Mola: «Vencer no es convencer», que todos conocían, no podía pasar por un madrigal… Por la noche fue al casino. Lo injuriaron. Entonces volvió a su cuarto y ha dicho que no saldrá más de allí.

García, aunque escuchara con atención, tenía los ojos fijos en la vieja carta de Unamuno colocada sobre su escritorio. Leyó en voz alta: «¿Renunciarán los de la cruzada y el desquite a representar el papel de guardias civilizadores del Rif, lo que significa descivilizar? ¿Rechazaremos alguna vez ese honor de verdugo?
»Con esa España nada quiero saber; menos aún con aquella que los que gritan para no escuchar llaman la Gran España. Me refugio en la otra, en mi España pequeña. Y quisiera tener la fuerza de voluntad suficiente para no leer nunca los diarios españoles. Son algo atroz. Rompen el corazón a pedazos. Oímos tan sólo rechinar el montón de títeres, los molinos de viento que son nuestros gigantes…».

Subía un clamor de la Gran Vía. El resplandor del incendio estremecía las paredes, como los ríos soleados estremecen en verano el cielo raso de los cuartos.

«Rompen el corazón a pedazos…», repitió García, golpeándose con la pipa la uña del pulgar.

—Lo que quisiera saber es lo que piensa. Lo estoy viendo insultar a Millán Astray, con su aire noble, asombrado y pensativo de búho encanecido. Pero ése es únicamente el aspecto anecdótico: hay algo más.
—En conversación privada, después, hemos hablado mucho. O, mejor dicho, él ha hablado mucho, porque yo no hacía más que escuchar. Detesta a Azaña. Todavía ve en la República, y sólo en ella, la unidad federal de España; está en contra de un federalismo absoluto, pero también contra la centralización por la fuerza, y ahora ve en el fascismo esa centralización.

Un extraordinario olor de agua de Colonia y de incendio llenaba la oficina con los vidrios rotos: se incendiaba una perfumería.

—Ha querido estrechar la mano del fascismo sin darse cuenta de que el fascismo tiene asimismo pies, querido amigo. Que conserve su voluntad de unidad federal explica muchas de sus contradicciones…
—Cree en la victoria de Franco, recibe a los periodistas y les dice: «Escriban que, ocurra lo que ocurriere, no estaré jamás con el vencedor…».
—Se cuidan de escribirlo. ¿Qué le ha dicho a usted de sus hijos?
—Todos sus hijos están aquí, dos como combatientes… No creo que no piense nada de ello. Y no tiene a menudo la ocasión de ver a un hombre que haya conocido tos dos campos…
—Salió una vez, después del discurso. Se dice que como respuesta a lo que había dicho de las mujeres, lo convocaron en un cuarto con las ventanas abiertas delante de las cuales fusilaban…
—He oído eso mismo, sin creerlo demasiado. ¿Tiene sobre ello informaciones precisas?
—No me ha hablado del asunto, como es natural. Yo tampoco, querido amigo, como puede usted suponer.
»Su inquietud ha aumentado mucho en estos últimos tiempos ante el eterno recurso de este país a la violencia y a lo irracional.

Un ademán confuso con la pipa parecía indicar que García tomaba moderadamente en serio esa clase de definiciones. Neubourg miró su reloj y se puso de pie.

—Lo único que me parece, querido García, es que todo lo que decimos está a pesar de todo un poco al margen de las cosas. La oposición de Unamuno es una oposición ética. Nuestra conversación sobre ello era indirecta, pero constante.
—Evidentemente, los fusilamientos no son un problema descentralización.
—Cuando lo dejé en su cama, amargo y taciturno, rodeado de libros me pareció también dejar el siglo XIX…

Cuando lo acompañó hasta la puerta, García le mostraba con el caño de su pipa las últimas líneas de la carta que tenía en la mano.

«Cuando vuelvo los ojos del espíritu hacia mis doce últimos años atormentados, desde el momento en que me arrancaba del ensoñamiento sombrío de cierto exiguo gabinete de trabajo de Salamanca —¡cuánto he soñado en él!—, todo se me aparece como el sueño de un sueño.
»¿Leer? Ya no leo mucho, sino junto al mar, del que soy cada día más íntimo…».

—Hace de esto diez años —dijo García.

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10

En el momento en que Shade, obtenida la comunicación con París, fue llamado a la sala de teléfonos, cayó un obús muy cerca. Otros dos, todavía más cerca. Casi todos los ocupantes se lanzaron contra la pared opuesta de la ventana. A pesar de las lámparas eléctricas, se adivinaba el profundo resplandor rojizo de afuera, y parecía que fuera el incendio mismo el que tiraba contra la Central, en cuyos trece pisos con las ventanas abiertas no se veía una sombra humana. Por fin, un viejo periodista bigotudo se despegó del tabique; después todos, uno tras otro: miraban la pared como si buscaran sus propios rastros.

De nuevo cayeron obuses. Apenas menos cerca; pero ninguno abandonó el lugar en que se había colocado. Se dice que en las asambleas, cada veinte minutos, pasa un silencio: la indiferencia pasaba.

Muy pronto Shade pudo empezar a dictar. Mientras se sucedían sus notas de la mañana, los obuses se acercaban, a cada explosión las puntas de los lápices saltaban todas juntas sobre los blocs de los taquígrafos. Cesaron de tirar, y creció la angustia. ¿Es que los cañones estaban rectificando su tiro? Todos esperaban. Esperaban. Esperaban. Shade dictaba. París transmitía a Nueva York.

«Esta mañana, coma, he visto las bombas cercando un hospital en donde había más de mil heridos, punto. La sangre que dejan tras sí, coma, en la caza, coma, los animales heridos, coma, se llama pista, punto. En la acera, coma, sobre la pared, coma, había una red de pistas…».

El obús cayó a menos de veinte metros. Esta vez todos se precipitaron al sótano. En la sala casi vacía sólo quedaban los telefonistas y los corresponsales «en línea». Los telefonistas escuchaban las comunicaciones pero su mirada parecía buscar la llegada de los obuses. Los periodistas que dictaban, continuaban dictando: cortada la comunicación, ya no la encontrarían a tiempo para la edición de la mañana. Shade dictaba lo que había visto en el Palacio.

«Esta tarde, he llegado algunos minutos después de una explosión, ante una carnicería: allí donde las mujeres habían hecho cola había manchas; la sangre del carnicero muerto corría sobre el mostrador del puesto, entre las reses y los corderos colgados de ganchos de hierro, sobre el suelo donde corría el agua de una cañería reventada.
»Y hay que comprender que todo eso es para nada.
»Para nada.
»Más que el terror, es el horror lo que sacude a los habitantes de Madrid. Un anciano me ha dicho, bajo las bombas: “Siempre he despreciado toda política, pero ¿cómo admitir darles el poder a los que así utilizan el que todavía no tienen?”. Durante una hora he formado parte de una cola delante de una panadería. Había algunos hombres y un centenar de mujeres. Cada cual creía que permanecer una hora en el mismo sitio es más peligroso que caminar. A cinco metros de la panadería, del otro lado de la calle estrecha, colocaban en los ataúdes a los cadáveres de una casa despanzurrada, como lo hacen en este momento en cada casa destrozada de Madrid. Cuando no se oían ni cañones ni aviones, se oían los martillazos resonar en el silencio. A mi lado, un hombre dijo a una mujer: “Juanita tiene el brazo arrancado, ¿crees que en ese estado se casará su novio con ella?”. Cada cual habla de sus asuntos. Al cabo de un momento, una mujer gritó: “¡Qué desgracia comer como nosotros comemos!”. Otra contestó con el aire grave y al estilo que todas han tomado un poco de la Pasionaria: “Tú comes mal, nosotros comemos mal, pero antes no comíamos bien, y nuestros hijos comen como no comían desde hace doscientos años”. Aprobación general.
»Todos esos despanzurrados, todos esos decapitados han sido martirizados en vano. Cada obús acrecienta la fe del pueblo de Madrid.
»Hay ciento cincuenta mil lugares en los refugios, y un millón de habitantes en Madrid. En los barrios más amenazados no existe ningún objetivo militar. El bombardeo va a continuar.
»Mientras escribo, obuses estallan de minuto en minuto en los barrios pobres; en la hora indecisa de la tarde, tan fuerte es el resplandor de los incendios que en este instante, delante de mí, la tarde cae sobre una noche del color del vino. El destino levanta su telón de humo para el ensayo general de la próxima guerra, ¡Compañeros americanos, abajo Europa!
»Sepamos lo que queremos. Cuando un comunista habla en una asamblea internacional, pone el puño sobre la mesa. Cuando un fascista habla en una asamblea nacional, pone los pies sobre la mesa. Cuando un demócrata —americano, inglés, francés— habla en una asamblea internacional, se rasca la nuca y formula preguntas.
»Los fascistas han ayudado a los fascistas, los comunistas han ayudado a los comunistas y hasta a la democracia española; las democracias no ayudan a los demócratas.
»Nosotros, demócratas, creemos en todo menos en nosotros mismos. Si un Estado fascista o comunista dispusiera de la fuerza de los Estados Unidos, de Inglaterra y de Francia reunidos, estaríamos aterrorizados. Pero como es nuestra fuerza, no creemos en ella.
»Sepamos lo que queremos. O bien digamos a los fascistas: ¡Fuera de aquí o vais a encontrarnos! Y digamos al día siguiente la misma frase a los comunistas, si es necesario decirla.
»O bien digamos de una buena vez: “Abajo Europa”.
»La Europa que miro desde esta ventana no tiene ya para enseñarnos ni su fuerza, que ha perdido, ni su fe de moros que bambolean sus Sagrados Corazones. ¡Compañeros de América, que todo aquel que en nuestro país quiere la paz, que todo aquel que odia a los que borran las papeletas de voto con la sangre de los carniceros muertos en el mostrador de su carnicería, se aparte en adelante de esta tierra! Basta de este tío de Europa que viene a daros lecciones con su cabeza que ha perdido la razón, sus pasiones de salvaje y su cara de gaseado».

Una vez que terminó de dictar, Shade subió al último piso, el mejor observatorio de Madrid. Cuatro periodistas estaban allí, casi tranquilos: en primer lugar, porque estaban ahora al aire libre y los lugares cerrados dan mayor intensidad a la angustia, y en segundo lugar, porque la cúpula de la Central, más pequeña que su torre, parecía menos vulnerable. La tarde sin sol poniente y sin otra vida que la del fuego, como si Madrid hubiera sido llevado por un planeta muerto, hacía de este fin del día una vuelta a los elementos. Todo lo que era humano desaparecía en la niebla de noviembre aplastada por los barcos y enrojecida por las llamas.

Un haz de fuego hizo estallar un pequeño tejado que hasta ese momento —con gran asombro de Shade—lo había escondido; las llamas, en vez de subir, bajaron a lo largo de la casa que incendiaban y después ascendieron a la techumbre. Como en un fuego de artificio bien dispuesto, al final del incendio las chispas atravesaron la niebla: un vuelo de pavesas obligó a los periodistas a agacharse. Cuando el incendio se unió a las casas ya quemadas, las iluminó por detrás, fantasmales y fúnebres, y permaneció mucho tiempo detrás de sus líneas de ruinas. Un crepúsculo siniestro se levantaba sobre el Ángel del Fuego. Los tres hospitales más grandes ardían. El hotel Savoy ardía. Las iglesias ardían, los museos ardían, la Biblioteca Nacional ardía, el Ministerio del Interior ardía, un gran mercado ardía, los mercaditos llameaban, las casas se desmoronaban en vuelos de chispas, dos barrios estriados por largos muros negros se enrojecían como parrillas sobre brasas; con una solemne lentitud, pero con la rabiosa tenacidad del fuego, por Atocha, por la calle de León, todo eso avanzaba hacia el centro, hacia la Puerta del Sol, que ardía también.

Es el primer día… pensó Shade.

Las andanadas de obuses caían ahora más a la izquierda. Y del fondo de la Gran Vía sobre la cual Shade estaba inclinado y que veía mal, empezó a subir, cubriendo a veces la campana de las ambulancias que bajaban sin parar por la calle, un sonido de letanías bárbaras. Shade escuchaba con la mayor atención ese sonido que venía de muy lejos en el tiempo, salvajemente acordado con el mundo del fuego; parecía que después de una frase periódicamente pronunciada, la calle entera, a modo de responso, imitaba el redoble de los tambores fúnebres: rataplán-rataplán-rataplán.

Por fin Shade, más que comprender, adivinó, porque había oído el mismo ritmo un mes antes: en respuesta a una frase que no oía, el ruido del tambor humano decía: no pasarán. Shade había visto a la Pasionaria, negra, austera, viuda de todos los muertos de Asturias, conducir en una procesión grave y hosca, bajo banderines rojos que llevaban escrita su frase celebre: «Es preferible ser la viuda de un héroe que la mujer de un cobarde», veinte mil mujeres, en respuesta a otra larga frase, recitaban el mismo no pasarán; lo había conmovido menos que esta multitud mucho menos numerosa pero invisible, cuyo encarnizamiento en el coraje subía hasta él a través del humo de los incendios.

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11

Manuel, con su rama de pino en la mano, salía de la alcaldía, donde funcionaba el consejo de guerra elegido: asesinos y fugitivos eran condenados a muerte. Contra los fugitivos, los verdaderos anarquistas habían sido los más fuertes: todo proletario es responsable: si ha sido engañado por los espías falangistas, no por ello es menos culpable. Pasó un auto, el doble triángulo de sus faros rayado por lluvia.

«Podrán tranquilamente bombardear Madrid», pensó Manuel: no se veía absolutamente nada.

En el momento que pasaba frente a la puertita que adivinaba por la luz del corredor, se echaron sobre él y se sintió agarrado por las corvas. En la luz plena de lluvia de las linternas eléctricas inmediatamente encendidas por Gartner y aquellos que lo seguían, dos soldados de la brigada de rodillas en el fango espeso, le abrazaban las piernas. Él no les veía la cara.

—¡No pueden fusilarnos!, —gritaba uno de ellos—. ¡Nosotros somos voluntarios! ¡Hay que decirlo!

Había callado el cañón. El hombre no gritaba levantando la cara, sino bajándola hacia el barro, y a sus gritos los envolvía el gran cuchicheo de la lluvia. Manuel no decía nada.

—¡No pueden, no pueden!, —gritaba el otro a su vez—. ¡Mi coronel!

La voz era muy juvenil. Manuel no veía las caras. En torno de cada gorra de policía contra su cadera, en la mancha confusa de las antorchas, gotitas que parecían subir del suelo revoloteaban entre las líneas apretadas de la lluvia. Súbitamente, como Manuel no contestaba, uno de los dos condenados echó hacia atrás la cara para mirarlo; de rodillas, con el torso echado también hacia atrás para ver a Manuel por encima de él, los brazos caídos sobre ese fondo inmemorial de noche y de lluvia, era el que siempre paga. Había frotado salvajemente su cara contra las botas llenas de barro de Manuel; su frente y sus pómulos estaban cubiertos de barro, rodeando la mancha cadavérica de las órbitas que permanecían blancas.

«Yo no soy el consejo de guerra», estuvo a punto de contestar Manuel, pero le dio vergüenza esa retracción. No se le ocurría nada, sentía que sólo podía librarse del segundo condenado rechazándolo con el pie, lo cual le parecía odioso, y quedaba inmóvil ante la mirada enloquecida del otro, que jadeaba, y ante el rostro del que bajaban ahora los regueros del chaparrón, como si llorara con toda la cara.

Manuel se acordaba de los de Aranjuez y de los del 5.º cuerpo en la misma lluvia, al terminar la mañana, detrás de sus pequeños cercos; su resolución de reunir al consejo de guerra no había sido tomada sin reflexión; pero no sabía qué hacer, constreñido entre lo hipócrita y lo odioso: fusilar ya es bastante sin agregar reflexiones morales.

—¡Hay que decirlo! —gritó de nuevo el que lo miraba—. ¡Hay que decirlo!…

¿Qué diré?, pensaba Manuel. La defensa de esos hombres estaba en lo que nadie sabría decir jamás, en esa cara chorreante, con la boca abierta, que había hecho comprender a Manuel que estaba frente a la eterna cara del que paga siempre. Nunca había sentido hasta ese punto que había que elegir entre la victoria y la piedad. Inclinado, trató de apartar al que le estrechaba la pierna: el hombre se aferró furiosamente, la cabeza siempre gacha como si no conociera del mundo entero más que esa pierna que le impedía morir. Manuel estuvo por caer e hizo fuerza con los hombros, sintiendo que serían necesarios varios hombres para separarlo de aquél. De pronto, el hombre aflojó los brazos y miró a Manuel, él también, de abajo arriba: era joven, pero menos de lo que Manuel había pensado: estaba más allá de la resignación, como si lo hubiera comprendido todo no sólo ahora sino por los siglos de los siglos. Y, con la amarga indiferencia de los que hablan ya desde el otro lado de la vida:

—Entonces, ¿ya no sales en nuestra defensa?

Manuel se dio cuenta de que no había dicho todavía una palabra.

Dio algunos pasos, y los dos hombres quedaron detrás.

El olor profundo de la lluvia sobre las hojas tapó el de la lana y el cuero de los uniformes. Manuel no se volvió. Sentía a sus espaldas a los dos hombres de rodillas en el barro, con el cuerpo inmóvil, y cuyas cabezas lo seguían.

.

.

12

Una fulguración transformó en día artificial, por un segundo, la luz eléctrica. Para que García y Scali la hubieran sentido a pesar de las bombillas eléctricas encendidas, tenía que provenir de una llama muy alta. Ambos fueron hasta una de las ventanas. Ahora el aire estaba frío, y una bruma ligera subía, mezclando la niebla al humo de los incendios de centenares de casas que ardían sordamente. Ninguna sirena: sólo los autos de los bomberos y las ambulancias.

—La hora en que las walquirias eligen entre los muertos —dijo Scali.
—Hasta qué punto Madrid, en medio del fuego, parece decirle a Unamuno: ¿para qué puede servirme tu pensamiento, si tú no puedes pensar mi drama?… Bajemos. Vayamos a la otra oficina.

García acababa de contarle a Scali la conversación que había tenido con el doctor Neubourg. De todos los hombres que acababa de ver en el día y en la noche, Scali era el único para quien todo eso tenía la misma resonancia que para él.

—El ataque de la revolución que hace un intelectual que fue revolucionario —dijo Scali— es siempre poner en tela de juicio la política revolucionaria por… su ética, si quiere usted. Seriamente, comandante, ¿desearía usted que esta crítica no se hiciera?
—¡Cómo lo desearía! Los intelectuales creen siempre un poco que un partido son hombres unidos en torno de una idea. Un partido, más que a una idea, se parece sobre todo a un carácter que actúa. Para atenernos a lo psicológico, un partido es más bien la organización para una acción común de una… constelación de sentimientos a veces contradictorios, que son aquí: pobreza —humillación—, apocalipsis —esperanza—, y cuando se trata de comunistas: gusto por la acción, por la organización, por la fabricación, etcétera. Querido amigo, deducir la psicología de un hombre de la expresión de su partido, me hace el mismo efecto que si pretendiera deducir la psicología de mis peruanos de sus leyendas religiosas.

Tomó su gorra y su revólver, hizo girar el conmutador: se apagó la luz. Había mantenido fuera del cuarto el fuego, que entró de pronto, asentándoles en el fondo de la garganta un gusto a madera quemada, empujando el humo en la oficina con la invencible lentitud de los incendios que avanzaban hacia la Puerta del Sol. Todo el cielo, borra de vino, pesaba en el cuarto sin luz. Por encima de la Central y de la Gran Vía, cúmulos rojo oscuro y negros se acumulaban, tan espesos que podían apretarse en el puño. Tosiendo y estornudando, aunque el humo, más visible que antes, no fuera más denso, Scali volvió a la ventana. El sol de la calle quemaba; no, era el asfalto brillante que enrojecía bajo el reflejo de las cortas llamas. Un rebaño de perros abandonados comenzó a aullar, absurdo, irrisorio, exasperante, como si hubiera reinado sobre esa desolación de fin de mundo.

Todavía funcionaba el ascensor.

Caminaron por las calles hasta el Prado, negras bajo el cielo leonado. Allí, en la oscuridad absoluta, los ruidos oídos desde la ventana de la Central las rodeaban aún: Madrid se vendaba. Iban hacia otro ruido, semejante a miles de golpecitos sobre el asfalto.

—Unamuno perderá su muerte —dijo Scali—. El destino le había preparado aquí los funerales con los que había soñado toda su vida.

García pensaba en el cuarto de Salamanca.

—Aquí habría encontrado otro drama —dijo—, y no estoy seguro de que lo hubiera comprendido. El gran intelectual es el hombre del matiz, de la gradación de la calidad, de la verdad en sí, de la complejidad. Es, por definición, por esencia, antimaniqueo. Ahora bien, los medios de acción son maniqueos porque toda acción es maniquea. En estado agudo desde que toca las masas; pero hasta si no las toca. Todo verdadero revolucionario es un maniqueo nato. Y todo político.

Sintiose apretado por todas partes a la altura de las caderas. No era posible que hubiese tantos heridos. Trataba de ver con las manos. ¿Una manada de perros? ¡Y qué olor a campo y a tierra!

Cada vez lo apretaban más; imposible dar un paso. El sonido de las patas sobre el asfalto era más duro y más rápido que el de las patas de los perros.

—¿Qué es eso? —gritó Scali, ya a unos cinco metros de él—. ¿Carneros?

A pocos metros, un balido. García, hundido en el calor, consiguió apretar el botón de su linterna, y cayó el haz luminoso rozando una nube apenas más espesa que la de humo: carneros, en efecto. La linterna no iluminaba lo bastante lejos para que García viera el final de la manada que los rodeaba. Pero los balidos se respondían en centenares de metros. Y ni la sombra de un pastor.

—¡Tuerza a la derecha! —gritó García a Scali.

Los rebaños echados por la batalla refluían, atravesaban Madrid para bajar hacia Valencia. Sin duda los pastores —que ahora marchaban en grupos armados— estaban detrás de sus animales o en calles paralelas al bulevar. Pero en ese momento los rebaños invisibles, dueños del Prado, como lo serían cuando terminaran los hombres, avanzaban, deprisa y calurosos entre los incendios, con su espeso silencio roto aquí y allá por débiles balidos.

—Vamos a buscar el auto —dijo García—, eso será más sensato.

Subieron hacia el centro.

—¿Decía usted?
—Reflexione sobre esto, Scali: en todos los países —en todos los partidos—, a los intelectuales les gustan los disidentes. Adler contra Freud, Sorel contra Marx. Sólo en política se excluye a los disidentes. La afición a los excluidos en la intelligentsia es muy viva: por generosidad, por afición a la ingeniosidad. Olvida que para un partido tener razón no es tener una buena razón, es haber ganado algo.
—Los que podrían intentar, humanamente y técnicamente, hacer la crítica de la política revolucionaria, si quiere usted, ignoran la materia de la revolución. Los que tienen experiencia de la revolución no tienen ni el talento de Unamuno, ni siquiera, a menudo, los medios de expresarse.
—Si hay demasiados retratos de Stalin en Rusia, como ellos dicen, no es sin embargo porque el perverso de Stalin, agazapado en un rincón del Kremlin, ha decidido que así sea. Vea aquí mismo, en Madrid, la locura de las divisas, ¡y Dios sabe que al Gobierno le importan un bledo! Lo interesante sería explicar por qué los retratos están allí. Sólo que, para hablar de amor a los enamorados, hay que haber estado enamorado, no hay que haber hecho una encuesta sobre el amor. La fuerza de un pensador no está ni en su aprobación, ni en su protesta, mi querido amigo; está en su explicación. Que un intelectual explique por qué y cómo las cosas son así; y que proteste después, si lo cree necesario (ya no valdrá la pena, por lo demás).
»El análisis es una gran fuerza, Scali. No creo en las morales sin psicología.

No oían ningún ruido de incendio. Bajo esas manchas inmensas de un rojo intenso y sombrío de hierro candente que se va enfriando, recorridas por humaredas pesadas y velos desgarrados que cubrían el cielo como si todo Madrid ardiera, el silencio se amueblaba a veces con un ruido sordo, extravagante en ese cielo siniestro: el de los miles de pezuñas que continuaban subiendo desde el Prado.

—Sin embargo —dijo Scali—, antes de mucho tiempo habrá que enseñar de nuevo a los hombres a vivir…

Pensaba en Alvear.

—Ser un hombre, para mí, no es ser un buen comunista; ser un hombre, para un cristiano, era ser un buen cristiano, y yo desconfío.
—La cuestión y no es poca, mi querido amigo, es la de la civilización. Durante un buen momento, el sabio —digamos: el sabio— ha sido considerado, más o menos explícitamente, como el tipo superior de Europa. Los intelectuales eran el clero de un mundo cuya política constituía la nobleza decente o sucia. Eran ellos y no los otros Miguel y no Alfonso XIII —e incluso Miguel, y no el obispo—, los encargados de enseñar a los hombres a vivir. Y he aquí que los nuevos jefes políticos aspiran al gobierno del espíritu. Miguel contra Franco y ayer contra nosotros, Thomas Mann contra Hitler, Gide contra Stalin, Ferrero contra Mussolini, es una querella de investiduras.

La calle se había torcido, y la hoguera del Savoy, invisible, irradiaba por encima de ellos un vasto resplandor.

—Borgese más bien que Ferrero… —dijo Scali, señalando la noche con el índice—. Todo eso me parece girar, si usted quiere, en torno a la idea famosa y absurda de totalidad. Ella enloquece a los intelectuales; civilización totalitaria, en el siglo XX, es una palabra vacía de sentido; es como si se dijera que el ejército es una civilización totalitaria. En verdad, el único hombre que busca una real totalidad es precisamente el intelectual.
—Y quizá sólo él la necesite, mi querido amigo. Todo el fin del siglo XIX ha sido pasivo; la nueva Europa parece construirse sobre el acto. Lo que implica algunas diferencias.
—Desde ese punto de vista, para el intelectual, el jefe político es necesariamente un impostor, puesto que enseña a resolver los problemas de la vida sin plantearlos.

Estaban en la sombra de una casa. La manchita roja de la pipa encendida de García describía una curva como si hubiese querido decir: esto nos llevaría muy lejos. Desde que había llegado, Scali sentía en García una inquietud que no era habitual en el sólido comandante de orejas puntiagudas.

—Dígame, comandante, según usted, ¿qué puede hacer de bueno un hombre en la vida?

El repique de una ambulancia se aproximó a toda velocidad, como una sirena de alerta, pasó y se apagó. García reflexionaba.

—Transformar en conciencia una experiencia tan larga como sea posible, querido amigo.

Pasaba delante de un cinematógrafo que ocupaba toda la esquina. Un torpedo de avión lo había despanzurrado, demoliendo de arriba abajo la pared que daba a la calle más angosta. El servicio de auxilio registraba los escombros, buscaba algo, víctimas, quizá, con linternas eléctricas. Como para llamar a los hombres a contemplar esta búsqueda de los muertos con el mismo sonido con que antes los llamaba para soñar, detrás de la fachada casi intacta, el timbre de llamada temblaba en la tarde de invierno.

García pensaba en Hernández. Y, frente al inmenso incendio de Madrid, sentía con angustia, como si hubiera mirado a unos locos, hasta qué punto los dramas de los hombres son semejantes, giran en un pequeño círculo infernal.

—La revolución está encargada de resolver sus problemas, y no los nuestros. Los nuestros no dependen sino de nosotros. Si menos escritores rusos se hubieran largado detrás de los ejércitos de la emigración, las relaciones de los escritores y de los soviets no serían quizá las mismas. Miguel ha vivido como mejor podía —quiero decir: lo más noblemente posible— en la España monárquica que odiaba. Hubiese vivido lo mejor posible en una sociedad menos mala. Difícilmente, quizá. Ningún Estado, ninguna estructura social crea la nobleza de carácter ni la calidad del espíritu; a lo sumo podemos esperar condiciones propicias. Y es mucho…
—Bien sabe usted qué es lo que pretenden…
—Lo que pretende un partido en ése campo sólo prueba la inteligencia o la tontería de sus propagandistas. Lo que me interesa es lo que hace. ¿Por qué está usted aquí?

Scali se detuvo, sorprendido de no lograr precisarlo, y frunció la nariz como hacía siempre que reflexionaba.

—En lo que me concierne, no uso este uniforme porque espero del Frente Popular el gobierno de los más nobles; uso este uniforme porque quiero que cambien las condiciones de vida de los campesinos españoles.

Scali pensaba en el argumento de Alvear, y lo hizo suyo:

—¿Y si para liberarlos económicamente debe hacer usted un Estado que los esclavice políticamente?
—Entonces, como nadie puede estar seguro de su pureza futura, no queda más remedio que dejar hacer a los fascistas.
»Desde el momento en que estamos de acuerdo en el punto decisivo, la resistencia de hecho, esta resistencia es un acto: nos compromete, como todo acto, como toda elección. Lleva en sí todas sus fatalidades. En ciertos casos, esa elección es una elección trágica, y para el intelectual lo es casi siempre, para el artista sobre todo. ¿Y qué? ¿No había por eso que resistir?
»Para un hombre que piensa, la revolución es trágica. Pero para un hombre semejante la vida también es trágica. Y si para suprimir esa tragedia cuenta con la revolución, está equivocado, eso es todo. He oído formular casi todos sus problemas a un hombre que usted quizá ha conocido, al capitán Hernández. Ha muerto, por lo demás. No hay cincuenta maneras de combate, no hay más que una, y es salir vencedor. ¡Ni la revolución ni la guerra consisten en gustarse a sí mismas!
»No sé qué escritor decía: “Estoy poblado de cadáveres como un viejo cementerio”. Desde hace cuatro meses, todos estamos poblados de cadáveres, Scali; todos, a lo largo del camino que va de la ética a la política. Entre todo hombre que actúa y las condiciones de su acción, hay una lucha (la acción que se necesita para vencer, eh, no la que se necesita para perder lo que queremos salvar). Es un problema de hecho y de… talento, si puede decirse así, no un tema de discusión. Una lucha —repitió, como si se lo dijera a su pipa.

Scali pensaba en el combate del avión de Marcelino contra sus propias llamas.

—Hay guerras justas —continuó García—, la nuestra en este momento; no hay ejércitos justos. Y que un intelectual, un hombre cuya función es pensar venga a decirnos, como Miguel: os dejo porque no sois justos, me parece inmoral, querido amigo. Hay una política de la justicia, pero no hay partido justo.
—Es la puerta abierta a todas las componendas…
—Toda puerta está abierta para los que quieren forzarla. Tanto en lo que respecta a la calidad de la vida como del espíritu. La garantía de una política del espíritu por un gobierno popular, no depende de nuestras teorías sino de nuestra presencia aquí, en este momento. La ética de nuestro Gobierno depende de nuestro esfuerzo, de nuestro encarnizamiento. El espíritu en España no será la misteriosa necesidad de no sé qué, será lo que nosotros hagamos.

Un nuevo incendio se iluminó junto a ellos.

—Querido amigo —dijo García irónicamente—, la emancipación del proletariado será la obra de los trabajadores mismos.

.

(Continuará...)

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