La esperanza (XX)

André Malraux

 

 

 

13

Inmóviles como tiradores que apuntan, entre sus chorros hirvientes y el hotel Savoy en llamas, los bomberos se sobresaltaron de pronto sobre sus escalas agitadas como los hilos de los pescadores cuando enganchan un pez. En un estruendo de mina, el incendio se inmovilizó por un segundo: un torpedo acababa de estallar detrás.

—Incendian más rápido de lo que nosotros apagamos —pensó Mercery.

Había creído que sería útil a España como consejero, hasta como estratega, después de la toma de la jabonería, se había hecho capitán de bomberos. Y nunca había sido tan útil. Y nunca había sido tan querido. Y nunca, en el frente, había encontrado al enemigo como lo encontraba desde hacía veinte horas. «El fuego es hipócrita —decía—; pero con una buena técnica, se puede…», y se retorcía un poco el bigote. Con traje de bombero, miraba desde la acera opuesta cada grupo de llamas como grupos de enemigos en el ataque. Incesantemente volvían a encenderse las hogueras; las ascuas de calcio eran inextinguibles. Sin embargo, de la hoguera de la izquierda, decididamente apagada, salían fumarolas espesas y blancas, paralelas con el viento de la Sierra, y que el incendio teñía de rojo.

Quedaban cuatro mangas contra tres hogueras, pero estas últimas sólo estaban a cuatro metros de la casa vecina.

La hoguera de la izquierda volvió a encenderse.

El incendio podía ser detenido en el punto más inquietante, en la extrema derecha, antes de que esa hoguera de la izquierda tomara de nuevo importancia. Las mangas saltaron aún sobre un fondo de incendio petrificado: un segundo torpedo esta vez adelante.

Mercery trataba de discernir los ruidos: a pesar de la noche volaban muchos aviones fascistas. Los incendios de Madrid eran para ellos perfectos puntos de referencia. Cuatro bombas incendiarias habían sido lanzadas diez minutos antes. Obuses de grueso calibre caían siempre en los barrios obreros y en los barrios del centro: y, más lejos, la artillería ligera tiraba, mezclada a la de la batalla, ahogada a veces por el aullido de las sirenas, el tintineo de las ambulancias y los desmoronamientos del incendio, punteados de géiseres de chispas. Pero Mercery no oía las bocinas que hubiesen anunciado las mangueras de refuerzo.

Tercera bomba de avión en la misma línea. Cuando Mercery luchaba contra el fuego, quince multiplazas no lo hubiesen hecho moverse un centímetro.

La hoguera del centro se ensanchó súbitamente pero casi enseguida se retorció sobre sí misma. Después de la guerra, me haré jugador… pensó Mercery. Las hogueras de la extrema izquierda estaban controladas. Si llegaba el refuerzo… Mercery se sentía napoleónico. Se retorció alegremente el bigote.

El bombero de extrema derecha dejó caer su manga, permaneció un instante colgado de la escala por un pie, cayó en el fuego. Y todos los demás bajaron, a la vez, peldaño tras peldaño.

Mercery se volvió. Ninguna casa próxima era lo bastante alta para que pudieran tirar desde sus ventanas. Pero se podía apuntar de lejos: se recortaban las siluetas de los bomberos; y no faltaban fascistas en Madrid.

—¡Si alguna vez ese puerco se me pone a mano! —dijo otro bombero.
—Yo creo que es más bien una ametralladora —dijo otro.
—¿Estás chiflado?
—Vamos a ver —dijo Mercery—. Vamos, trepad todos. Las llamas empiezan de nuevo. ¡Por el pueblo y por la libertad!
»¡Inmortal! —agregó volviéndose, antes de tocar la escala.

Ocupó el lugar del bombero que había caído en la hoguera.

Desde lo alto de la escala, se volvió: no tiraban; no veía ningún lugar desde donde pudieran tirar. No es difícil camuflar una ametralladora. Pero el ruido hubiera alertado a las patrullas… Apuntó con su manga; la hoguera contra la cual luchaba resultaba ser la más amenazadora, era un adversario más vivaz que el hombre, más viviente que todo el mundo. Frente a ese enemigo gesticulando con mil tentáculos como un pulpo enloquecido, Mercery se sentía extraordinariamente lento, mineralizado. Y sin embargo vencería al incendio. Detrás de él caían avalanchas de humaredas granates y negras; a pesar de los ruidos del fuego, oía subir de la calle treinta o cuarenta voces. Él se movía en medio de un calor luminoso, radiante y seco. La hoguera se extinguía; disipada su última humareda, Mercery vio en un hueco sombrío a Madrid sin luces, sólo perceptible por sus incendios alejados, que agitaban furiosamente sus capas rojas a ras de tierra. Había abandonado todo, hasta a la señora Mercery, para que el mundo fuera mejor. Se veía deteniendo con un ademán los ataúdes de niños, adornados y blancos como altares levantados para la primera comunión; cada bomba que oía, cada incendio implicaba para él esos pequeños ataúdes atroces. Dirigía con precisión su manga contra la hoguera siguiente, cuando un auto de carrera pasó a toda velocidad y un furioso estremecimiento del aire pareció hacer caer todavía a uno de los bomberos. Pero esta vez Mercery había comprendido: los ametrallaba un avión de caza.

Dos.

Mercery los vio volver, extraordinariamente bajos, a diez metros por encima del incendio. No tiraban: los pilotos, que sólo veían a los bomberos cuando éstos estaban sobre el fondo claro de las llamas, debían tomarlos de espaldas. Mercery tenía el revólver bajo su traje; sabía que era inútil, no podía alcanzarlo, pero tenía una necesidad demente de tirar. Los aviones volvieron, y cayeron dos bomberos más: uno en las llamas, el otro en la acera. A tal punto saturado de asco que se tranquilizaba por primera vez, Mercery miraba los aviones virar hacia él bajo el cielo de Madrid incendiado. Le pegaron una bofetada de aire al pasar antes de volver «en el buen sentido»; bajó tres peldaños y se volvió hacia ellos, erguido sobre su escala. En el momento en que el primer avión se lanzaba sobre él como un obús, blandió su manga, regó furiosamente la carlinga y cayó sobre la escala, con cuatro balas en el cuerpo. Muerto o vivo, no dejaba la manga sujeta entre dos barrotes. Ante la metralla caída al suelo, todos los espectadores se habían refugiado bajo los portales. Por fin las manos de Mercery se abrieron lentamente, su cuerpo brincó dos veces sobre la escala y cayó a la calle vacía.

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14

En el vestíbulo de una vieja casa de campo, de un extremo a otro tapizada de mapas, los oficiales esperaban a Manuel, que estaba al teléfono.

—Uno de los falangistas se ha matado —dijo un capitán.
—Pero otro ha denunciado a toda la organización —respondió Gartner.
—¿De qué te asombras? Para venir a hacer ese oficio, hay que ser asqueroso, pero se necesita coraje…
—Tenemos mucho que aprender todavía sobre el ser humano, hombre. Has visto en qué estado estaban; en los casos «de extremo decaimiento moral», como dice el coronel, se encuentra siempre un hombre para que traicione.
—¿Habéis visto los tanques alemanes?, —pregunta otra voz.

Ha visto únicamente las siluetas bajo la lluvia.

—Yo entré en uno, estaba abierto. Uno de los individuos había podido escapar, el otro estaba muerto. Allí en su puesto, con los bolsillos vueltos al revés. No olvidaré eso, con la lluvia…

Chorrea sobre el vidrio incansablemente.

—¿Sus compañeros lo habían desvalijado?
—Pienso que lo habían registrado para que ningún documento cayera en nuestras manos, pero no tuvieron tiempo de meter de nuevo los forros de los bolsillos.
—Lo comprendo muy bien; sacarle cosas de los bolsillos, puede ser necesario; pero meter de nuevo los forros…
—¿Ejecutaron a los hombres?
—Todavía no, creo.
—¿Qué dicen en la base?
—Los camaradas son muy enérgicos. Sobre todo los de Toledo. Los que huyeron cuando no tenían armas ni jefes no perdonan a los que huyeron cuando lo tenían todo.
—Sí, yo tengo también la impresión de que son más firmes que los otros.
—… éstos de hoy les recuerdan lo que más quieren olvidar.
—… ¡Acaban de echarles abajo algo que les había costado mucho levantar!
—Vienen de lejos, y muchos de nosotros también… Pero no hay que olvidar que la historia de los otros, los puercos que han matado al capitán, no alivia a nadie.

Llega Manuel, con las comisuras de la boca hacia abajo, otra rama de pino bajo el brazo.

En la pared, entre los mapas, una caja de mariposas. Un obús estalla muy cerca de la Casa de Campo: el bombardeo vuelve a comenzar. Un segundo obús: una mariposa se desprende, cae sobre la base de la caja, el alfiler al aire.

—Camaradas —dice Manuel—, Madrid arde…

Se halla de tal modo ronco que no se le oye. Ha gritado mucho todo el día, pero no hasta el punto de haber perdido la voz. Continúa en voz baja para Gartner, que repite más fuerte:

—Los fascistas atacan en toda la línea sudoeste. La brigada internacional resiste. Ahora bombardean con aviones y cañones a la vez.
—¿Y se resiste bien?, —pregunta una voz.

Manuel levanta su rama de pino: Madrid está fuera de cuestión.

—Habrá ejecuciones —continúa—. Nos envían guardias civiles.

Gartner repite. Pero ahora Manuel no puede hablar más. Estallan los obuses en medio de la indiferencia general.

A cada obús próximo, de la caja caen una o dos mariposas. Manuel escribe una frase al margen de un mapa del Estado Mayor, desplegado sobre la mesa ante él.

Gartner lo mira, mira a cada uno de sus camaradas; su boquita en su cara chata traga de golpe la saliva, y dice por fin en un tono que anuncia la victoria, la derrota o la paz:

—Camaradas, los aviones rusos han llegado.

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15

El enemigo se replegaba sobre Segovia. Los gubernamentales tenían muy pocos hombres realmente armados para perseguirlo, y no querían desguarnecer Madrid. El regimiento de Manuel y las tropas que le habían sido adjuntas, en descanso, dividían el ejercicio por compañías.

No llovía, pero las nubes medio deshilachadas y muy bajas de la mañana pasaban sobre las casas castellanas, cuyas piedras y tejas eran del mismo gris. Desde la escalinata de la alcaldía, Manuel veía llegar a esos hombres de los que era responsable.

Enfrente, un castillo enorme. Más que semiderruido, como en cada uno de esos pueblos, construido sobre rocas blandas cuyos pedazos destruidos se confundían con los escombros del castillo; a la derecha, una calle en pendiente por donde venían las tropas que debían desfilar en la plaza entre la alcaldía y las ruinas del castillo. Manuel no había vuelto a ver a sus tropas desde las ejecuciones de la noche.

La primera compañía llegaba a su altura, las botas golpean cadenciosamente los adoquines puntiagudos, en una formación tan eficaz como la de un ejército regular; en el momento en que iba a pasar la escalinata, el comandante ordenó:

—¡Vista a la izquierda! ¡A la izquierda!

Todas las cabezas se volvieron al mismo tiempo hacia Manuel. Era la primera vez que se daba esa orden en el regimiento, y una de las primeras veces, sin duda, en todo el frente de Madrid. Ese saludo por el cual todos los voluntarios se ligaban cada vez más a su jefe, lo ordenaban los capitanes revolucionarios, y Manuel lo sentía por otra parte ligado a lo que había ocurrido en la noche.

Cuando llegó la segunda compañía, se hizo la misma maniobra, y la misma para cada compañía. Manuel miraba pasar a todos esos hombres en orden de combate, tan fuertes ahora como sus enemigos. Sentía que estaba a su cargo el defenderlos contra todos y contra ellos mismos, como ellos defendían al pueblo de España, pero no lograba olvidar las caras vueltas hacia arriba y cubiertas de lodo, y el «entonces, ¿ya no sales en nuestra defensa?». Sin embargo, esas miradas que, cada vez que pasaban, cruzaban la suya, no eran indiferentes y vagas: eran trágicamente fraternales, llenas de aquella noche.

El castillo se parecía a aquel junto al cual Manuel había escuchado a Jiménez en el frente del Tajo. «No seducir jamás…». Se trataba ahora de otra cosa muy diferente que seducir: había sido necesario matar, no a enemigos, sino a hombres que habían sido voluntarios, porque él era responsable ante todos de la vida de cada uno de aquellos que pasaban delante de él. Todo hombre paga por aquello de lo cual se siente responsable: él, en adelante, era responsable de esas vidas.

Cada vez más triste y cada vez con mayor fortaleza, Manuel cruzaba sucesivamente la mirada con aquellos que habían concertado con él la alianza de la sangre.

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16

Pasado el regimiento, Manuel se encontró en la plaza vacía, sin miradas, con algunos perros vagabundos y el cañón lejano. Gartner estaba con la brigada. Nunca Manuel se había sentido más solo.

Tenía tres horas por delante. Y el castillo, una vez más, lo inclinaba a pensar en Jiménez. Éste se hallaba a una docena de kilómetros, en descanso también. Manuel hizo telefonear: estaba allí. Manuel dio instrucciones y tomó su automóvil.

El pueblo donde la brigada de Jiménez estaba estacionada se hallaba detrás de aquel de donde venía Manuel. Los campesinos en éxodo pasaban todavía, y Manuel llegó a casa del coronel a través de filas de asnos y de carretas, y un amontonamiento de manadas de toda clase.

Ambos salieron: la humedad acentuaba la semisordera de Jiménez. El enemigo bombardeaba bastante lejos hacia la derecha, y se oía el cañón de Madrid. Por los boquetes de la Sierra aparecía la llanura de Segovia.

—Creo que ayer he vivido el día más importante de mi vida —dijo Manuel.
—¿Por qué, hijo mío?

Manuel le contó lo que había ocurrido. Caminaban en silencio. Desde el principio, a Jiménez lo había sorprendido el cambio de la fisonomía de Manuel, su pelo cortado al rape, su autoridad. Del joven que había conocido, sólo subsistía la rama de pino húmeda que Manuel tenía en la mano.

Se decía que había grandes incendios cerca de El Escorial, y nubes muy oscuras se aferraban a las pendientes de la Sierra. Más lejos, hacia Segovia, un pueblo ardía: con los prismáticos, Manuel vio correr a campesinos y asnos.

—Sabía lo que había que hacer, y lo he hecho. Estoy resuelto a servir a mi partido, y no me dejaré detener por reacciones psicológicas. No soy un hombre que tenga remordimientos. Se trata de otra cosa. Usted me dijo un día: hay más nobleza en ser un jefe que un individuo. De la música, no hablemos; la semana pasada me he acostado con una mujer que había amado en vano, en fin… durante años; y tenía ganas de irme… No lamento nada de todo eso; pero si lo abandono, es por algo. Sólo se puede mandar para servir, si no… Me hago responsable de esas ejecuciones: se hicieron para salvar a los otros, a los nuestros. Únicamente, óigame usted: no he subido un solo peldaño en el sentido de una eficacia más grande, de un mando mejor, que no me haya separado más de los hombres. Cada día soy un poco menos humano. Usted ha encontrado necesariamente los mismos…
—Yo no puedo decirle sino cosas que usted no puede comprender, hijo mío. Usted quiere obrar y no perder un mínimo de fraternidad; yo pienso que el hombre es demasiado pequeño para eso.

Pensaba que esa fraternidad no puede encontrarse sino a través de Cristo.

—Pero me parece que el hombre se defiende siempre mejor de lo que cree, y que todo aquello que lo separa de los hombres debe acercarlo a su partido…

Manuel lo había pensado también, y a veces no sin miedo.

—Acercarse al partido no vale nada si es para separarse de aquellos para los que el partido trabaja. Sea cual fuere el esfuerzo del partido, quizá ese vínculo vive por el esfuerzo de cada uno de nosotros…
»Uno de los condenados me ha dicho: “¿Ya no sales en nuestra defensa?”.

No dijo que había perdido realmente la voz. Jiménez lo tomó del brazo. Desde esa altura, todo era irrisorio en los hombres de la llanura, salvo las pausadas cortinas de fuego que subían hacia el cielo, o las nubes informes que avanzaban lentamente; parecía que a los ojos de los dioses los hombres sólo fueran la materia de los incendios.

—Pero ¿qué quiere usted, hijo mío? ¿Condenar tranquilo?

Lo miraba con una expresión afectuosa, llena de mil experiencias contradictorias y quizá amargas:

—Hasta se acostumbrará a eso mismo…

Como un enfermo elige a otro enfermo para hablar de la muerte, Manuel hablaba de un drama moral con un hombre a quien ese mundo le era familiar; pero, más que por su sentido, por la humanidad de sus respuestas. Comunista, Manuel no se interrogaba sobre el fundamento bueno o malo de su decisión, no ponía en tela de juicio su acto, toda cuestión de ese género, a sus ojos, debía resolverse por la modificación de sus actos (y no era cuestión de modificarlos) o por el rechazo de la cuestión. Pero la característica de las cuestiones insolubles es ser motivo de diálogo.

—El verdadero combate —dijo Jiménez— comienza cuando debemos combatir una parte de nosotros mismos… Hasta entonces, es demasiado fácil. Pero no se hace uno hombre sino por tales combates. Debemos siempre encontrar el mundo en uno mismo, lo queramos o no…
—Usted me dijo un día: el primer deber del hombre es ser amado sin seducir. Ser amado sin seducir, incluso si…

En un gran desgarramiento de rocas acababa de aparecer la otra ladera de la Sierra, por encima de Madrid poco visible en la extensión gris, inmensas humaredas oscuras subían con una lentitud desolada. Manuel sabía lo que significaban. La ciudad desaparecía detrás de su incendio como los navíos de guerra detrás de las banderas de sus humos de combate. Venidas de las numerosas hogueras de las que no aparecía el menor enrojecimiento, las columnas de humo subían a disgregarse hasta el centro del cielo gris; todas las nubes parecían nacidas de esa única hoguera desplegada en el sentido de su camino, y los sufrimientos acumulados en la fina línea blanca de Madrid entre los bosques llenaba el cielo inmenso. Manuel se dio cuenta de que hasta el recuerdo de la noche había sido arrastrado por el viento lento y pesado que traía el olor de las hogueras de Cuatro Caminos y de la Gran Vía.

Uno de los oficiales de Jiménez llegó en auto:

—Llaman al teléfono al teniente coronel Manuel. Habla el Estado Mayor.
—¡Oigo! ¿Me llamaba usted?
—Felicitaciones del Alto Mando por la manera en que ha dirigido la acción de ayer.
—A sus órdenes.
—Usted sabe que los antiguos fugitivos de las milicias se presentan para ser incorporados de nuevo.
—…
—El Alto Mando ha decidido formar una brigada con esos elementos. Son los más difíciles de manejar de todos los que disponemos.
—…
—El jefe del Estado Mayor piensa que usted tiene las condiciones requeridas para ese mando.
—¡Ah!
—El partido de usted piensa lo mismo.
—…
—De igual modo el general Miaja. Usted estará a cargo de esa brigada de un momento a otro.
—Pero ¿mi regimiento? ¡Mi regimiento!
—Creo que van a incorporarlo a una división.
—¡Pero yo lo conozco hombre por hombre! Quién podrá…
—El general Miaja piensa que usted está calificado para ese mando.

Cuando dejó el teléfono, Heinrich lo esperaba. Los internacionales encaraban un contraataque a Segovia, y Heinrich subía hacia Guadarrama. Partieron juntos.

El automóvil bajaba de la Sierra. Manuel tenía la impresión de conocer bien a Heinrich porque conocía la naturaleza de su mando; pero, a medida que le iba resumiendo la jornada de la víspera y su conversación con Jiménez, le parecía que la única comunicación humana que existía entre el general y él era el extraño vínculo que se establece siempre entre un traductor y el que lo traduce.

Heinrich había inclinado la cabeza hacia delante; su nuca afeitada era lisa y un gesto de reflexión puerilizaba su vieja cara como fregada con piedra pómez.

—Estamos para cambiar la suerte de la guerra. ¿Crees posible que uno cambie las cosas sin cambiarse a sí mismo? Desde el día en que aceptas un mando en el ejército del proletariado, ya no tienes derecho a tu alma.

—¿Y el coñac?

Manuel había visto a Heinrich hacer distribuir a todos los borrachos de su brigada botellas de coñac cuya etiqueta había sido reemplazada por otra que decía: «De parte del general Heinrich. Fuera del trabajo, todo; en el trabajo, nada».

—Puedes conservar el corazón: eso es otra cosa. Pero debes perder tu alma. Tú has perdido ya tu pelo largo. Y el sonido de tu voz.

El vocabulario era casi el de Jiménez, pero el tono era el tono duro de Heinrich, y sus ojos azules sin pestañas miraban fijo como en Toledo.

—¿Qué es lo que usted, un marxista, llama perder su alma?

El tuteo no se ejercía más que en un solo sentido.

Heinrich miraba los pinos desfilar en el día triste.

—En toda victoria hay pérdidas —dijo—. No sólo en el campo de batalla.

Apretó fuertemente con su mano el brazo de Manuel, y dijo en un tono que Manuel no supo si era el de la amargura, de la experiencia o de la resolución.

—Ahora, ya no debes tener nunca piedad de un hombre perdido.

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17

Madrid, 2 de diciembre

Delante de la ventana, hay dos muertos. Al herido lo han tirado hacia atrás por los pies. Cinco compañeros sostienen la escalera, con sus granadas de mano junto a ellos. Una treintena de internacionales está en el cuarto piso de una casa rosada.

Un altavoz enorme, de aquellos que transportan los camiones republicanos para la propaganda y cuya bocina los llena, grita en la tarde de invierno que ya declina: ¡Camaradas! ¡Camaradas! ¡Conservad vuestras posiciones! Los fascistas ya no tendrán municiones esta tarde: la columna Uribarri les ha hecho saltar esta mañana treinta y dos vagones.

¡Camaradas! ¡Camaradas! Conservad…

Los fascistas no tendrán más municiones, pero por el momento las tienen: han contraatacado y ocupan los dos primeros pisos. El tercero es neutral. Los internacionales ocupan el cuarto.

—¡Basuras!, —grita en francés una voz que sube a través de la chimenea—. ¡Ya veréis si no tenemos bastantes municiones para reventaros!

Abajo, es el Tercio. Las chimeneas son buenos tubos acústicos.

—¡Cochinos a diez francos diarios!, —contesta Maringaud, que se ha puesto a cuatro patas: hasta el fondo del apartamento, las balas llegan a la altura de la cabeza. Él tuvo en otra época el romanticismo de la Legión. Los refractarios, los enérgicos. Abajo tiene a la Legión española, venida a defender no sabe qué, borracha de vanidad guerrera. El mes anterior, en el Parque del Oeste, Maringaud ha atacado a la bayoneta. ¿Y cuándo el Tercio? Esa jauría adiestrada en sangre, servil a no sabe qué, le produce horror. Los internacionales son también una legión, y lo que más odian es la otra.

Los 155 republicanos tiran sobre lo que fue el hospital.

El apartamento, donde Maringaud y sus compañeros buscan «ángulos de tiro» entre ruidos cristalinos de vidrio roto, es el de un dentista. Una puerta está cerrada con llave. Maringaud es tan fornido que parece gordo, y tiene cejas espesas sobra una nariz chiquita en una cara de bebé de publicidad. Cuando derriban la puerta, aparece el gabinete de trabajo, un moro indolentemente tendido en el sillón de operaciones, muerto. Ayer eran los republicanos los que ocupaban la planta baja de la casa. Esta ventana es más ancha y menos alta que las otras; las balas enemigas sólo han roto hasta tres metros del suelo la vidriera del dentista. Desde allí se puede ver y tirar.

Maringaud no tiene todavía mando: no ha hecho su servicio militar. Pero no le falta autoridad en su compañía: todos saben que era secretario de fábrica de una de las más grandes manufacturas de armas. Los italianos habían encargado allí dos mil ametralladoras destinadas a Franco; el patrón de la fábrica, fanático de armas, no las dejaba encajonar «porque no estaban a punto». Todas las noches, terminado el trabajo, una parte de la fábrica se iluminaba por encima de la ciudad, y el viejo patrón, apasionado, modificando sólo una bisagra de una máquina minúscula en su taller, ponía a punto la pieza decisiva que debía hacer de esas ametralladoras «ametralladoras que no necesito decirle cómo». Y a las cuatro de la mañana, uno después de otro, militantes obreros, siguiendo las instrucciones de Maringaud, llegaban para falsear, con algunos limazos, la pieza pacientemente elaborada. Seis semanas. Durante cuarenta noches se prosiguió en esa fábrica de armas ese combate paciente entre la pasión técnica (el patrón de Maringaud no era fascista; sus hijos si lo eran) y la solidaridad.

Todos los de la brigada habían por experiencia que no era un trabajo inútil.

Los compañeros de Maringaud vienen a instalarse encima de las balas.

Esa casa, donde se combate desde hace diez días, asaltada o sitiada, es inexpugnable, salvo por la escalera donde se relevan cinco internacionales con sus granadas. La perspectiva no permite poner un cañón en batería, y en cuanto a las balas… Quedan las minas. Pero, mientras el Tercio esté abajo, la casa, incluso minada, no saltará.

Los cañones de 155 de los republicanos continúan tirando.

La calle está vacía. En una docena de casas, se insultan por las chimeneas. A veces, un ataque, de uno o de otro lado, trata de ocupar la calle, fracasa, se retira; los centinelas, que la muerte no distrae, esperan, ociosos, detrás de las ventanas; si un infeliz periodista viniera a observar aquí, tendría de inmediato su balazo en el cuerpo.

Hay un fusil o una ametralladora detrás de cada ventana, el altavoz cubre con sus gritos enronquecidos los insultos de la chimenea, y la calle está vacía como para la eternidad.

Pero, a la derecha, está el hospital, la mejor posición fascista del frente de Madrid. Ese sólido rascacielos, aislado en medio del césped, domina todo el barrio residencial. Desde su cuarto piso, los compañeros de Maringaud ven a los republicanos, en cada calle, a cuatro patas en el barro; y aunque no vieran el hospital, adivinarían su presencia por la altura que ningún cuerpo vivo puede sobrepasar.

Como las casas de la calle, el hospital, cuyas ametralladoras tiran incesantemente, parece abandonado. Este rascacielos melancólico y asesino, ruina de torre babilónica, sueña como un buey entre los obuses que lo abofetean con escombros.

Uno de los internacionales, buscando en todos los armarios, acaba de encontrar unos gemelos de teatro.

Las granadas estallan en la escalera. Maringaud va hasta el rellano.

—No es nada —dice uno de los internacionales de guardia, en medio del estruendo de los obuses.

El Tercio ha intentado subir una vez más.

Maringaud toma los gemelos. Visto de más cerca, el hospital cambia de color, se vuelve rojo. Debe su forma nítida únicamente a su masa: bajo cada golpe del 155 que lo bombardea, se hunde, se abolla o se achata levemente, como el hierro al rojo bajo los golpes del martillo. Sus ventanas, más visibles, le dan ahora un aspecto de colmena cuyas abejas han huido. Y sin embargo, muy lejos, en torno de ese baluarte en minas, los hombres se arrastran por las calles lluviosas o trepan por los troles herrumbrados del tranvía.

—¡Dios mío, Dios mío!, —grita Maringaud alzando sus fuertes brazos—. ¡Ya está, ya está! ¡Lo atacamos!…

Están pegados unos a los otros, entre el moro muerto en su sillón de dentista y la ventana. Las manchas negras de los dinamiteros y de los lanzadores de granadas surgen de la tierra en torno al hospital, alzan los brazos, entran de nuevo en el barro, reaparecen donde estaba cinco minutos antes el rosario rojo de la dinamita y de las granadas.

Maringaud corre hasta la chimenea, grita al Tercio:

—¡Miren un poco lo que ocurre en el hospital, zopencos!

Y vuelve corriendo a su lugar. Los dinamiteros están muy cerca; de la colmena hundida corre hacia las líneas fascistas todo un pueblo de insectos perseguidos por sus propias ametralladoras.

La chimenea no ha contestado. Un checo, más inclinado que los otros internacionales, el máuser al hombro, tira, tira, tira. En las casas de la otra acera desde donde son asediados, los internacionales tiran también: rozando la pared, los del Tercio huyen de la casa rosada: la casa está minada y va a estallar.

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El Negus avanza en la contramina. Desde hace un mes, no cree ya en la Revolución. El Apocalipsis ha terminado. Queda la lucha contra el fascismo y el respeto del Negus por la defensa de Madrid. Hay anarquistas en el Gobierno; otros, en Barcelona, defienden ásperamente doctrina y posiciones. Durruti ha muerto. El Negus ha vivido tanto tiempo de la lucha contra la burguesía que ahora vive sin mayor trabajo de la lucha contra el fascismo: las pasiones negativas siempre han sido las suyas. Y sin embargo, eso no va ya. Oye a los suyos hacer por radio la llamada a la disciplina y envidia a los jóvenes comunistas que hablan después, y cuya vida no ha sido transformada en seis meses… Combate aquí con González, el gordo compañero con quien Pepe atacaba a los tanques italianos frente a Toledo. González es de la C. N. T., pero todo eso le es indiferente. Hay que hacer polvo a los fascistas y discutir después. «Tú comprendes —dice el Negus—, los comunistas trabajan bien. Yo puedo trabajar con ellos, pero quererlos, no. En vano echo los bofes, no hay nada que hacer…». González era minero en Asturias y el Negus obrero de los transportes en Barcelona.

Después del lanzallamas del Alcázar, el Negus se ha refugiado en ese combate subterráneo que quiere, donde casi todo combatiente está condenado, donde sabe que morirá, y que conserva algo de individual y de romántico. Cuando el Negus no sale adelante con sus problemas, se refugia siempre en la violencia o en el sacrificio; en los dos a la vez, mejor aún.

Avanza, flaco, seguido por el gordo González, en una contramina que debe terminar un poco más lejos que la casa rosada. La tierra se vuelve cada vez más sonora: o la mina enemiga está muy cerca (pero no oye golpear), o…

Arma una granada.

El último golpe de pico se hunde en el vacío, y el cavador se desmorona, arrastrado por su impulso a un gran hueco profundo. La linterna eléctrica del Negus busca a su alrededor como la mano de un ciego: tinajas, altas como hombres. Un sótano. El Negus apaga y salta. Frente a él, otra linterna busca también. El que la tiene no ha visto la luz del Negus, la primera en apagarse. Un fascista. ¿Tirar? El Negus no ve al hombre. La casa rosada está casi encima de ellos. González se encuentra todavía en el pasillo. El Negus lanza su granada.

Cuando el humo que gira sobre sí mismo a la luz de la linterna de González se disipa, dos fascistas se han hundido, la cabeza por encima de un lago pegajoso de aceite o de vino, de donde salen pedazos de vasijas enormes, y que sube, en la luz fija de la linterna eléctrica, hasta sus hombros, hasta sus bocas, hasta sus ojos.

El contraataque republicano ha terminado: Maringaud y sus compañeros están libres. González y los suyos vuelven a la permanencia de la brigada. Hay que atravesar parte de Madrid.

Ya se ha adquirido la costumbre del bombardeo; en cuanto los paseantes oyen un obús desaparecen por una puerta y después vuelven a seguir su camino. Acá y allá, las fumarolas que inclina un viento suave ponen en la tragedia una paz de chimeneas de pueblo a la hora de la cena. Un muerto ha caído a través de la calle, con un portafolio de abogado apretado bajo el brazo que nadie se atreve a tocar. Los cafés están abiertos. De cada estación del metro sale una población semejante a la de un asilo de noche siniestra; una población desciende por ella con colchones, toallas, carritos para niños, carretillas cargadas de batería de cocina, mesas, retratos, niños con toros de cartón; un campesino trata de empujar un asno tozudo. Desde el 21, los fascistas bombardean diariamente, en los alrededores de Salamanca, extraordinarias componendas se elaboran para colarse dentro de las casas… A veces, el montón de escombros se mueve y aparece una mano con los dedos extraordinariamente tensos, pero los niños juegan a los aviones de caza junto a los bombardeos, entre las caras agobiadas por la huida. Las mujeres vuelven a Madrid en espuertas y colchones, como las de los cuentos árabes. Un conductor de tranvía que se ha unido a los soldados para ir al servicio permanente de las brigadas, le dice a González:

—Como vida, comprendes, es vida; pero como oficio no es un oficio: sales, haces tu trabajo, llegas al final con la mitad de tu clientela, la otra se ha muerto en el camino. Te lo repito: no es un oficio…

El conductor se detiene, González se detiene, Maringaud se detiene. Todos los transeúntes se detienen o corren a refugiarse bajo las puertas: cinco Junkers, protegidos por catorce Heinkels, llegan sobre Madrid.

—No hay que tener miedo —dice una voz—, uno se acostumbra.

Y antes de que González y Maringaud hayan visto sea lo que fuere sobre el cielo gris de la tarde, una multitud enorme sale de los refugios, de los sótanos, de las casas, de las estaciones del metro, el cigarrillo en la boca, las herramientas o los papeles en la mano, en suéter, en chaqueta, en pijama, o cubiertas con frazadas.

—¡Son los nuestros!, —dice un civil.
—¿Cómo lo sabes?, —pregunta González.
—¡Me suena mejor que antes!

Del otro lado de Madrid, por primera vez, llegan treinta y seis aviones de caza republicanos.

Por fin llegan los aviones vendidos por la U. R. S. S. después que ésta ha denunciado la no intervención. Algunos ya han combatido en Getafe, y los aparatos reparados de los internacionales han echado folletos sobre Madrid para anunciar la reorganización de la aviación republicana; pero esas cuatro escuadrillas de nueve aviones, que llegan en losange, dirigidos por Sembrano, son, por primera vez, la guardia de Madrid.

El Junker que va a la cabeza tuerce a la derecha, tuerce a la izquierda, vacila. Las escuadrillas republicanas se precipitan a toda velocidad sobre el grupo de bombardeo. Las manos de los hombres se crispan sobre el hombro o la cadera de las mujeres. Desde todas las calles, desde todos los tejados, desde todos los orificios de los sótanos, desde todas las estaciones del metro, aquellos que hace ya dieciocho días esperan de hora en hora las bombas, miran. Por fin la escuadrilla enemiga da media vuelta hacia Getafe, y un grito de quinientas mil voces, salvaje, inhumano, liberado, sube hacia el cielo gris donde se hunden los aviones de Madrid.

.

Heinrich mira por la ventana, al caer la noche, la multitud de soldados separados de sus unidades que acaban de hacerse reincorporar. Ante él, el mapa donde lleva las indicaciones que le transmite Albert, pegado al teléfono, como de costumbre. Por todas partes se confirma que los fascistas, privados por el coronel Uribarri del tren con municiones, no tienen más municiones.

—El ataque a Pozuelo y Aravaca ha sido rechazado, mi general.

Heinrich anota en el mapa las nuevas posiciones. Los pliegues de su nuca blanca parecen sonreír.

—El ataque a Las Rozas ha sido rechazado —trasmite otro oficial de Estado Mayor.

De nuevo el teléfono:

—Muy bien, gracias —contesta Albert.

El ataque a la Moncloa ha sido rechazado.

Todos tienen ganas de congratularse.

—¡Coñac general en el próximo éxito!, —dice Heinrich.

El Ministerio de Guerra transmite el orden de las posiciones en el receptor de Albert; las brigadas llaman por el otro aparato.

—¡Dadme coñac!, —dice Albert—: Avanzamos en la Puerta de Hierro; la carretera de La Coruña está despejada.
—¡Villaverde está reconquistado!
—¡Marchamos hacia Quemada y hacia Garalito, mi general!

.

(Continuará…)

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